
Novak Djokovic ha pasado por el programa Cold as Balls, presentado por el actor y humorista Kevin Hart, para repasar los momentos clave de su carrera entre cachondeo, baños de hielo y vaciles. El serbio habló de su infancia, de la rivalidad con Roger Federer y Rafa Nadal, de cómo afrontaba los partidos más largos y también del relevo generacional. En ese último apartado, dedicó varios elogios a Jannik Sinner y Carlos Alcaraz, a los que considera representantes del presente del tenis y reveló que incluso llegó a aconsejar al entorno del italiano sobre los aspectos que debía mejorar… antes de que empezara a derrotarle con frecuencia.
Djokovic no tiene dudas sobre quiénes marcan el ritmo del circuito actual: «Creo que cualquiera que siga el tenis sabe que Sinner y Alcaraz son la fuerza dominante del circuito ahora mismo. Estos dos chicos, por la manera en que juegan…», afirmó antes de dirigirse al público para preguntarles: «¿Ya sabéis cómo juegan? ¿Conocéis sus estilos? ¿A quién os recuerdan?». Cuando los asistentes respondieron que a él mismo, el serbio reconoció que ese paralelismo supone un enorme orgullo: «Para mí ese es el mayor cumplido que puedo recibir. Si después de veinte años de todo lo que he hecho he conseguido influir en la siguiente generación y hacer que jueguen incluso mejor de lo que yo jugué en mi mejor momento, soy feliz. Ese es el objetivo».
A continuación, explicó que nunca ha entendido el conocimiento como algo que deba guardarse para uno mismo, sino que considera una obligación transmitirlo a quienes vienen detrás: «¿Sabéis a qué me refiero? No puedes llevarte contigo todo lo que has aprendido, todo lo que has construido en tu cabeza. Tienes que compartirlo. Así que intento recibirlos siempre con los brazos y el corazón abiertos. Hablo con ellos siempre que me preguntan algo».

Fue entonces cuando soltó la bomba sobre Jannik Sinner. Según relató, hace un tiempo, cuando el italiano apenas empezaba a abrirse camino en la élite, fue su propio entrenador quien le pidió consejo: «Hace unos años, el entrenador de Sinner se acercó a mí. Creo que acababa de ganarle en unas semifinales. Él era muy joven entonces; bueno, sigue siéndolo. Tendría unos veinte o veintiún años. Me preguntó: ‘¿Qué opinas de él? ¿Qué crees que deberíamos mejorar? ¿Qué sensaciones tuviste cuando jugaste contra él?’. Incluso me dijo: ‘Si no quieres compartirlo conmigo, lo entiendo. Al fin y al cabo sois rivales y puede convertirse en una amenaza para ti’».
Djokovic confiesa que decidió ayudar con total sinceridad: «Y yo le respondí: ‘No, no. Estaré encantado de compartirlo’. Así que le conté todo lo que había visto en la pista: sus debilidades, sus fortalezas y los aspectos en los que debía trabajar». El desenlace de la historia, sin embargo, terminó volviéndose en su contra, como él mismo bromeó entre risas: «Y durante los tres años siguientes empezó a ganarme en Wimbledon todos los malditos años. Así que quizá cometí un error». Pese a ello, dejó claro que no se arrepiente de haber actuado así: «Pero, al final, me alegro, porque se trata de devolver al deporte todo lo que me ha dado».
Novak Djokovic, Rafa Nadal y Roger Federer
El serbio también repasó la histórica rivalidad que mantuvo con Roger Federer y Rafa Nadal, el trío que dominó el tenis masculino durante dos décadas. Al recordar el nacimiento del llamado Big Three, Djokovic contextualizó las diferencias generacionales entre los tres. «El Big Three, ¿no? Los últimos veinte años de la edad de oro del tenis masculino. Roger es seis años mayor que yo. Rafa me saca solo un año, así que por edad siempre he estado mucho más cerca de él, aunque dio el salto a la élite unos años antes que yo. En cierto modo, ellos me allanaron el camino».
Reconoce que, antes incluso de convertirse en su gran rival, veía a Federer y Nadal como referentes: «La verdad es que los admiraba y quería establecer una buena relación con ellos también fuera de la pista. Pero era difícil porque éramos los principales rivales. Cuando llegué al número tres del mundo, ellos me vieron, lógicamente, como una gran amenaza. Los tres luchábamos por lo mismo».

Esa competencia permanente, explica, impidió que la relación trascendiera más allá del respeto profesional: «Así que nunca llegamos a ser realmente cercanos. Espero que algún día podamos tomarnos un cóctel juntos, sentarnos en una playa y hablar de todo lo que hemos vivido durante estos últimos veinticinco años, pero todavía no ha ocurrido. Hemos pasado muchísimo tiempo enfrentándonos en la pista».
Después, comparó las personalidades de sus dos grandes adversarios y explicó cómo intentó encontrar su propio espacio entre ambos: «Roger siempre fue muy elegante. Por la manera de comportarse dentro y fuera de la pista, por su estilo, por todo. Tiene un carácter increíble, un enorme carisma. Todo el mundo lo quiere. Rafa, en cambio, es justo lo contrario. Es un toro físicamente. Energía, tenacidad, una intensidad increíble».
Sin embargo, lo más llamativo de su reflexión llegó al explicar cómo vivió su irrupción en una época dominada por Federer y Nadal. Djokovic asegura que sintió que el mundo del tenis ya tenía escrita su historia y que él era un invitado inesperado: «Yo intentaba encontrar mi sitio entre ellos, pero aquello parecía el guion de una película de Hollywood. Ellos dos jugaban casi todas las finales importantes. No había espacio para un tercer jugador. Nadie quería ver aparecer a este chico serbio de Europa del Este en un deporte tan occidental. Era como: ‘¿Qué hace este aquí? ¿Dice que quiere ser el número uno? ¿Este chico tan arrogante cree que puede derrotar a los grandes?’».
Pese a ese ambiente, considera que las dudas y las críticas acabaron reforzándole. «Así que tuve que luchar contra esos molinos de viento durante toda mi carrera, especialmente al principio. Contra la prensa y contra la percepción de mucha gente. Pero, al final, eso me hizo todavía más fuerte». Aun así, insiste en que la rivalidad nunca eliminó el respeto mutuo: «Siempre hubo respeto entre nosotros, pero también hubo momentos desagradables. Y es normal. Cuando estás peleando por hacer historia a ese nivel, ¿qué esperas? No vas a salir a cenar con ellos todas las noches».
Trabajar la resistencia
Kevin Hart quiso saber qué pasaba por la cabeza de Djokovic cuando disputaba esos partidos maratonianos que podían alargarse durante cinco o incluso seis horas. El serbio explicó que el tenis tiene una particularidad que lo hace especialmente exigente desde el punto de vista mental, ya que el jugador está completamente solo y no puede refugiarse en nadie cuando las cosas se complican: «Cuando estás tú solo en la pista, no hay nadie que pueda sustituirte. No puedes descansar. No puedes irte diez minutos fuera. Tienes que resolver las cosas por ti mismo. Tienes que encontrar una solución».

Djokovic recordó que no todos los encuentros son iguales y que, aunque algunos terminan relativamente rápido, otros ponen al límite la resistencia física y psicológica de cualquier tenista: «A veces, en el tenis, tenemos partidos relativamente rápidos, de una hora y media. Otras veces juegas encuentros históricos de seis horas». Sin embargo, reconoció entre risas que esos duelos interminables no eran precisamente sus favoritos: «Por cierto, odiaba que eso ocurriera. Era lo que más odiaba de mis partidos cuando se iban a seis horas y media».
Pese a ello, asegura que precisamente esos escenarios extremos terminaron convirtiéndose en una de sus mayores fortalezas. «Para mí, tenía que sacar fuerzas de donde fuera. Tenía que profundizar dentro de mí mismo. Pero mi especialidad eran los partidos largos. Básicamente desgastaba a mi rival. Siempre fui muy bueno reservándome algo para el final».
Ese chico del Este jugando a un deporte tan occidental
Djokovic recordó que su llegada al tenis fue completamente casual y que, en realidad, nada hacía pensar que acabaría dedicando su vida a ese deporte: «Sinceramente, fue cosa de Dios. Fue el destino. En mi familia no había ninguna tradición tenística, ni tampoco en mi país».
Explicó que, aunque Serbia siempre ha producido grandes deportistas y el baloncesto era el deporte más popular, el tenis era una disciplina minoritaria y, además, muy cara en la década de los noventa: «Serbia es un país mucho más pequeño que Estados Unidos, pero hemos tenido algunos de los mejores jugadores de baloncesto del mundo. Los deportes de equipo eran muy importantes. Los deportes individuales no eran tan populares y, además, eran bastante caros cuando yo estaba creciendo. Era un país marcado por la guerra, con una crisis económica, con muchas dificultades para las familias, que luchaban simplemente por sobrevivir. El deporte no era una prioridad».

Fue entonces cuando el azar cambió su vida: «Elegí el tenis porque construyeron tres pistas delante del restaurante que llevaba mi familia. Estaba en el sur de mi país, en una estación de esquí donde prácticamente crecí». Djokovic recordó que apenas tenía cinco años y que pasaba el día observando cómo levantaban aquellas pistas: «Ayudaba a los trabajadores que las estaban construyendo. Como era un niño tan pequeño, les hacía gracia que estuviera siempre mirando con tanta curiosidad. Me dejaron ayudarles. Bueno, en realidad les llevaba cervezas y bebidas desde el restaurante de mi familia mientras ellos se emborrachaban. Por eso las líneas de la pista no quedaron precisamente muy rectas». Entre risas, añadió que aquella colaboración tuvo recompensa: «A cambio me dejaron ser uno de los primeros niños en golpear una pelota en una pista completamente nueva».
Aquella primera experiencia bastó para que naciera una pasión que ya no desaparecería. «Por supuesto, me interesé muchísimo. Fue amor a primera vista». Poco después empezó a seguir por televisión a las grandes figuras del momento y encontró un objetivo que marcaría toda su carrera. «Veía a Andre Agassi y a Pete Sampras, los grandes de aquella época. Creo que fue en 1992 cuando vi a Agassi ganar Wimbledon y pensé: ‘Dios mío, quiero ser ese hombre algún día. Quiero estar en Wimbledon’. Empecé a soñar». Para Djokovic, esa ilusión es el origen de cualquier carrera deportiva. «Todos amamos el deporte porque nos enamoramos de la emoción de jugar. Aspiramos a parecernos a nuestros héroes, a nuestros ídolos. Así fue como empezó todo».
Antes de decidirse definitivamente por el tenis, sin embargo, todavía dudó entre seguir los pasos de su padre en la nieve o empuñar una raqueta. «Esquiaba muchísimo porque vivía en la montaña. Por eso estoy acostumbrado al frío. Pasaba mucho tiempo en la nieve. Mi padre era esquiador profesional y también instructor. Me llevaba con él desde que era un bebé, bajando las pistas. Estaba un poco loco… y sigue estándolo».

Finalmente, cuando tenía diez u once años, tomó la decisión definitiva: «Tuve que elegir entre el esquí y el tenis. Elegí el tenis. No fue una mala elección, aunque el esquí sigue siendo una de mis grandes pasiones». Más adelante volvió sobre esa etapa para explicar que las circunstancias políticas condicionaron directamente sus primeros años como tenista. «Toda mi vida estaba determinada por las circunstancias que vivíamos como familia y como país. Había sanciones, nadie entraba ni salía del país durante cuatro o cinco años. Yo no podía viajar para disputar torneos júnior». Pese a ello, asegura que aquellas limitaciones terminaron convirtiéndose en una ventaja desde el punto de vista mental. «Todo eso construyó mi resiliencia, mi perseverancia y fortaleció todavía más mi deseo de realizarme como jugador de tenis».
El serbio considera que esa capacidad para sobreponerse a las dificultades no nació de un único momento, sino que fue desarrollándose a medida que avanzaba su carrera. «Creo que he tenido varios momentos de revelación a lo largo de mi vida deportiva. El primero fue cuando tenía cinco años y pensé: ‘Quiero jugar a este deporte. Estoy enamorado de él. Esto es lo que quiero hacer’. Pero entonces solo era un niño. Simplemente quería jugar. No pensaba en la realidad de todo aquello. Solo disfrutaba. Solo era feliz cada vez que cogía una raqueta».
Llegar a creer que puedes ser el número uno
Djokovic contó también que nunca hubo un único instante en el que pensara que podía convertirse en el mejor del mundo, sino una sucesión de momentos que fueron reforzando esa convicción. El primero llegó siendo apenas un niño, cuando descubrió el tenis. «Creo que he tenido varios momentos de revelación a lo largo de mi vida. El primero fue cuando tenía cinco años. Pensé: ‘Quiero jugar a este deporte. Estoy enamorado de él. Esto es lo que quiero hacer’. Pero, claro, era un niño. Solo quería jugar. Sí, soñaba con estar algún día en Wimbledon, con ganarlo y con ser el mejor del mundo, pero a esa edad no sabes qué es realmente posible. Solo juegas. Solo disfrutas. Solo eres feliz cada vez que coges una raqueta».
El segundo gran impulso llegó gracias a la persona a la que todavía hoy se refiere como su «madre tenística», la legendaria entrenadora Jelena Genčić. Djokovic recordó que fue ella quien sentó las bases de su juego y quien convenció por primera vez a sus padres de que estaban ante un talento excepcional. «Después llegó el momento en que conocí a mi madre del tenis, como me gusta llamarla. Ella me inculcó todos esos fundamentos increíbles para este deporte: la forma de jugar, la técnica, la mentalidad. Falleció hace doce o trece años, pero fue fundamental en mi desarrollo». A continuación recordó la frase que cambió la perspectiva de su familia: «Les dijo a mis padres: ‘He entrenado a algunos de los mejores jugadores que han salido de esta parte del mundo y creo que vuestro hijo tiene lo necesario para convertirse en el mejor del mundo’».

Aun así, reconoce que a sus padres les costaba creer que aquella predicción pudiera hacerse realidad, especialmente por la situación que atravesaba el país y por el elevado coste del tenis. «En aquella época había guerra, embargo, dificultades… No teníamos dinero y el tenis es un deporte muy caro. Mis padres pensaban: ‘Bueno, si ella lo dice habrá que tomárselo muy en serio, porque es una de las mayores autoridades y una de las mejores entrenadoras que existen’. Pero al mismo tiempo también se preguntaban: ‘¿De verdad esto puede llegar a ocurrir?’».
La confirmación definitiva llegó unos años más tarde, cuando ingresó en una academia en Alemania y otro entrenador de referencia, Nikola Pilić, emitió exactamente el mismo diagnóstico. «Más adelante, cuando tenía trece o catorce años, estaba en una academia de tenis en Alemania y otra leyenda entre los entrenadores, Pilić, que fue mi padre tenístico y también falleció hace unos años, se convirtió en la segunda persona más importante de mi desarrollo. Él dijo exactamente lo mismo». Aquella coincidencia terminó de convencer a su familia. «Entonces mi padre dijo: ‘Vale, ya tengo la confirmación. No puedo ignorar esto’. Invirtió todo lo que tenía y todo lo que podía. Y el resto es historia».
Alma de actor
Djokovic reconoció que siempre ha tenido una faceta muy distinta a la que suele mostrar durante la competición. Explicó que desde joven disfrutaba actuando delante del público y haciendo imitaciones de otros tenistas, aunque durante una etapa de su carrera renunció a esa parte de su personalidad porque sentía que no era bien recibida ni por sus rivales ni por una parte del entorno del tenis. Con el paso de los años, sin embargo, decidió dejar de intentar agradar a todo el mundo y volver a comportarse con naturalidad: «Siempre me ha gustado la comedia en directo. Me encanta el teatro. Me encanta actuar delante de la gente. Me encanta la interacción, la energía que recibes del público». Esa vena artística, explicó, también la trasladó durante años al circuito profesional. «Antes hacía mucho más de lo que hago ahora. Hacía muchísimas imitaciones de los otros grandes jugadores».

Aquellas actuaciones eran muy populares entre los aficionados, pero no tanto dentro del vestuario. «A mucha gente le gustaban, pero a mis rivales y a otros jugadores del circuito no les gustaban nada. Y sentía que tampoco le gustaban a la prensa». Esa percepción le llevó a cambiar de actitud y a intentar adaptarse a lo que los demás esperaban de él. «Dejé de hacerlo porque quería encajar. Quería convertirme en alguien que no era. Quería que la gente me quisiera».
Con el tiempo comprendió que ese esfuerzo por agradar carecía de sentido y decidió recuperar su forma natural de ser. «Entonces me di cuenta de una cosa: ‘Que le den’. Perdón por la expresión, pero necesito ser quien soy». Además, explicó que ese cambio también estuvo motivado por uno de los mejores consejos que recibió al comenzar su carrera. «Uno de los mejores consejos que me dieron las personas que realmente me ayudaron fue: ‘Sé tú mismo’. Especialmente en un deporte individual. Vas a destacar por la calidad de tu juego, pero también por tu personalidad. Tendrás una carrera larga y exitosa si consigues conectar con la gente. Y solo conectarás con ellos si ven que eres auténtico, que eres realmente tú mismo».

