
La mejor anécdota que Lothar Matthäus guarda de Diego Maradona fue fuera de los terrenos de juego. En Sevilla, en 1993, durante una fiesta privada en la que el argentino había invitado a su amigo alemán a celebrar su regreso al fútbol tras una sanción por dopaje. Matthäus llegó al hotel con el uniforme de su club y con dos compañeros de equipo a la zaga. Lo que siguió fue, según sus propias palabras en Die Sport Show, una noche irrepetible.
«Entré con el chándal del Bayern de Múnich y con Jan Wouters y Raimond Aumann detrás. Y de repente apartó a toda su familia, ¡fuera, fuera, fuera!, y nos puso a nosotros en su lugar: ‘Lothar aquí, Raimond allá, Jan Wouters allá’. A los rivales de dos horas antes nos colocó a su lado. Y luego… lo que pasó ahí dentro yo no lo sé muy bien, pero al final estaba bailando encima de las mesas sin camiseta. Fue único».
Pero Matthäus hay un detalle que el capitán alemán quiere dejar claro. En medio de aquella celebración, Maradona le había prometido a Aumann la camiseta que llevaba puesta. Y a la mañana siguiente, a pesar del estado en que había quedado la noche anterior, Maradona cumplió: «A las nueve de la mañana, Raimond Aumann abre la puerta de su habitación y encuentra la camiseta de Diego Maradona colgada allí. No se había olvidado. Con todo lo que había pasado, no se había olvidado. Eso era también Maradona: en él podías confiar».

La relación entre ambos, explica Matthäus, fue siempre de respeto mutuo aunque con el campo de por medio. Hablaban antes de los partidos, se cruzaron en dos finales mundiales, en México 1986 y en Roma 1990, y compartían cenas después. Lo que Maradona apreciaba en él, dice el alemán, era precisamente que no buscaba hacerle daño: «Lo que Diego Maradona valoraba en mí era que no intentaba lesionarle como la mayoría de los rivales, sino que era leal con él, duro, quería ganarle, intentaba sacarle del partido cuando tenía esa tarea o cuando nos íbamos a un duelo, pero él sabía siempre que yo intentaba resolverlo con medios legítimos. Y por eso surgió entre nosotros algo así como una amistad futbolística silenciosa. Nos veíamos fuera del campo de vez en cuando. Compartimos cenas después de los partidos. Celebramos juntos mi partido de despedida aquí en Múnich hasta las cinco de la mañana, y en Argentina, en su partido de despedida, creo que ya eran las seis y media».
La comunicación entre ambos nunca fue en inglés. Tampoco en alemán, naturalmente. Fue en italiano, el idioma que ambos habían absorbido durante sus años en la Serie A: «Inglés creo que él no sabía nada. Y yo tampoco muy bien. Así que hablábamos en italiano, claro. En Nápoles y en Milán. De otro modo probablemente no nos habríamos entendido. Pero en italiano sí podíamos hablar de muchas cosas».
El Mundial de Italia 90, el mundial de Lothar Matthäus
El Mundial de Italia de 1990 es, para Lothar Matthäus, algo que va más allá del título que obtuvieron. Fue la culminación de un proyecto en el que se había trabajado durante años y, además, fuera de los terrenos de juego vino acompañado de la unificación del país: «Franz Beckenbauer lo predicó desde el principio y así entramos al torneo con una gran confianza en nosotros mismos. Sabíamos que teníamos una selección que podía ser campeona del mundo si sacaba lo que llevaba dentro».
La unión del equipo, insiste, no era solo una cuestión de vestuario. Era también el reflejo de un momento histórico. Miles de aficionados se desplazaron hasta Italia: «Los notabas por el acento, de dónde venían. Pero estaban delante del hotel, habían plantado sus tiendas delante del hotel. Estaban en caravanas frente al hotel. No dentro, sino fuera. Y fue simplemente un encuentro extraordinario. Sabíamos que teníamos una selección que podía llegar hasta el final».

Varios de los jugadores alemanes más importantes ya vivían en Italia. Matthäus llevaba dos años en el Inter de Milán. Brehme también. Thomas Berthold había estado en el Hellas Verona y luego en la Roma. Rudi Völler jugaba en la Roma. Esa familiaridad con el país acabó siendo una ventaja: «Yo y algunos compañeros ya vivíamos en Italia en esa época. Y así teníamos una especie de Mundial en casa, porque vivíamos allí. Transmitimos ese sentimiento al equipo. Esa sensación de estar en casa, de estar a gusto, pero también de tener una responsabilidad: la supimos aprovechar de forma extraordinaria».
Beckenbauer, además, dio a sus jugadores libertades que en otras épocas habrían sido impensables. Matthäus recuerda que entre el partido de octavos de final contra Holanda y el cuarto de final contra Checoslovaquia hubo seis días sin nada que hacer, y el seleccionador les dio uno libre del todo: «Franz dijo: ‘Hoy no quiero veros’. Quien quisiera quedarse podía quedarse, claro. Yo me fui al lago de Garda. Cogí el coche, tomé el ferry y al otro lado del lago me fui a pasear en barco con amigos de Múnich. Incluso pude quedarme a dormir, lejos del hotel del equipo. Völler no estaba por ningún sitio del hotel porque conoció a Sabrina, tenía otras cosas más importantes que hacer. Y así Franz nos dejaba esa libertad porque quería ver en nosotros esa responsabilidad que luego también teníamos que asumir en el campo».
El San Siro, el estadio donde el Inter disputaba sus partidos, fue también el escenario de cinco de los encuentros alemanes en aquel Mundial. Para Matthäus, que llevaba dos temporadas llenándolo cada semana, aquello era literalmente su casa: «Boris Becker siempre hablaba de Wimbledon como su salón. El mío era el San Siro. Y especialmente con la camiseta de Alemania, poder jugar allí cinco partidos… diría que hubo una pequeña ventaja competitiva, porque nos sentíamos en casa».
De todas las relaciones que Matthäus forjó a lo largo de su carrera, ninguna fue como la que tuvo con Andreas Brehme, el lateral que marcó el gol decisivo en la final de Roma contra Argentina: «A Andy no le llamaría colega ni amigo. Era como mi hermano. Andy y yo compartimos mucho en la vida. Jugamos juntos en el Bayern. Pero ya en 1980 y 1981 nos habíamos encontrado en la selección sub-21. Compartimos muchas cosas no solo en el campo sino también fuera de él. Salimos alguna que otra noche, cuando Berty Vogts, el entrenador de entonces, no se enteró. Menos mal que no se enteró. También estaban Rudi Völler y Littbarski. Ya éramos así de jóvenes, mucho antes del Mundial».

Cuando ambos coincidieron en el Inter de Milán, aquella convivencia se volvió aún más estrecha. Cuatro años compartiendo habitación doble, en los viajes con el club y en las concentraciones con la selección: «Cuando nos fuimos juntos al Inter de Milán, dormíamos siempre en habitación doble. Cuatro años en el Inter, habitación doble. Con la selección, también habitación doble. Si piensas en cuántos partidos hay en un año, cuántas fases de preparación, cuánto tiempo pasas concentrado… en el Mundial estuvimos seis semanas en la misma habitación doble. Sabías absolutamente todo del otro. No teníamos habitaciones individuales. No había suite. Era una habitación doble normal donde dormías uno al lado del otro cada noche, donde por la mañana uno tenía que esperar al otro a que saliera del baño porque solo había uno. Nos sabíamos todo el uno del otro».
La muerte de Brehme, hace algo más de dos años, le dejó una profunda: «Sabía que tenía problemas, pero que fuera tan grave y que todo fuera tan rápido… Eso me golpeó. Yo podía esperar que mis padres, con 89 años, dijeran en algún momento ‘ya ha sido suficiente, ya ha sido una vida’. Pero Andy… todavía me duele hoy».
Cuando el calcio era la liga top
La Serie A de los años ochenta era, según Matthäus, la liga más poderosa del mundo. Comparable solo a lo que es hoy la Premier League. Los mejores jugadores del planeta convergían en Italia, y los clubes italianos dominaban las competiciones europeas: «Italia era la liga más fuerte, comparable a lo que es hoy la Premier League. Los equipos italianos se repartían casi siempre los títulos internacionales entre ellos. Recuerdo, por ejemplo, la final de la Copa UEFA de 1991, el Inter de Milán contra la AS Roma. Eso significa tres alemanes en el Inter, como Klinsmann, Brehme y Matthäus contra Rudi Völler y Thomas Berthold, que por entonces ya había pasado del Hellas Verona a la Roma. Y naturalmente había también una rivalidad especial en Milán cuando los dos grandes clubes se enfrentaban, con tres alemanes por un lado, tres holandeses por el otro. Era una rivalidad enorme».
El ambiente del San Siro, en particular, era algo que Matthäus no había experimentado antes. En el Olimpiastadion de Múnich podían jugar con doce o trece mil espectadores en ligas ordinarias. El San Siro estaba lleno cada fin de semana, alternando entre el Inter y el AC Milán: «En Múnich teníamos a veces doce, trece mil espectadores en el Olimpiastadion, que tiene capacidad para entre sesenta y setenta mil. Sí es verdad que alguna vez se llenaba cuando jugábamos en la Copa de Europa contra el Real Madrid o contra grandes clubes. Pero en la Bundesliga, muchas veces no había ambiente. El San Siro, lleno todos los fines de semana. Una semana los partidos del Inter, la siguiente los del AC Milán. Y gracias al Mundial de 1990, mientras yo ya jugaba allí, se añadió ese tercer nivel superior al estadio, la ampliación de la capacidad. Era mi salón».

El fútbol en Italia, explica, era prácticamente una religión. La conversación giraba alrededor del juego desde el lunes por la mañana hasta el domingo por la noche: «El fútbol en Italia está a la altura de la religión. Allí solo se hablaba de fútbol. No solo nosotros, los jugadores, sino también los aficionados, vayas donde vayas. El fútbol estaba tan en el centro de todo en aquella época porque estaban orgullosos de su liga, orgullosos de tener a los mejores jugadores del mundo todos juntos, como Maradona, todos en Italia. Era como un Mundial de clubes. Así lo sentía yo».
Su historia
Antes de convertirse en el mejor centrocampista del mundo, Lothar Matthäus fue delantero centro. Nueve años jugando como número 9, buscando el gol. Llegó al Borussia Mönchengladbach con dieciocho años procedente de la cuarta división, y su primer entrenador profesional, Jupp Heynckes, tomó una decisión que cambiaría su carrera para siempre cuando le retiró de la delantera y le colocó de mediocentro defensivo: «Yo había jugado nueve años de delantero centro antes. Era el número 9. Era el goleador en el equipo juvenil C, en el juvenil A, en el primer equipo aficionado de Herzogenaurach, siempre el número 9. Y entonces llega Jupp Heynckes y se le ocurre ponerme de número 6. Pensé: ¿qué ve en mí? Si yo soy un goleador. Y de repente tengo que sacar al creador de juego del equipo contrario del partido. Eso significaba que en mi primera temporada me enfrenté a Hansi Müller, a Felix Magath, a Paul Breitner, internacionalmente a Platini, a Zico... Grandes dieces. Y de alguna manera me fue más fácil y luego me lo explicaron, yo podía reaccionar en lugar de actuar. No tenía el juego de cara a la portería contraria, sino de espaldas cuando atacaba. Desde la posición defensiva tenía el juego más delante de mí. Tenía primero el permiso de neutralizar al rival, al creador de juego, y luego fijar mis propios acentos hacia adelante. Fue para mí una situación totalmente nueva».
La velocidad con que se produjo su irrupción fue vertiginosa. En pocas semanas pasó de cuarta división a titular en la Bundesliga; en pocas semanas más, a disputar partidos internacionales de la UEFA ante más de ochenta y cinco mil espectadores: «Seis semanas después eres titular en la Bundesliga. Siete semanas después eres jugador de la selección B. Diez semanas después juegas partidos internacionales contra el Inter de Milán ante ochenta y cinco mil espectadores, contra Platini como te he contado, llegas hasta la final de la Copa de la UEFA, marcas goles decisivos en el camino. Y de repente eres internacional. Y nadie te protegía. No tenías un agente a tu lado que te hubiera marcado el camino, ningún periodista ni ningún management. Estabas solo. Yo venía de una ciudad pequeña, de cuarta división».
Rechazado por no ser alto
Antes de toda esa historia de éxitos hubo un rechazo que, con los años, se ha convertido para Matthäus en una anécdota. Siendo juvenil, fue convocado para una concentración de la selección bávara sub-C. Se presentó, jugó bien, él mismo dice que muy bien, y esperó que le incluyeran en la lista definitiva. Su nombre no salió: «Vino el responsable, reunió a las ocho selecciones regionales y dijo quiénes estarían en la siguiente concentración de la selección bávara. El nombre de Lothar Matthäus no apareció. Y entonces se acercó a mí y me dijo: ‘Mira, has estado muy bien, pero eres todavía joven, el año que viene tendrás otra oportunidad. Y además eres demasiado pequeño’. Eso me golpeó. No había ido por rendimiento, sino por estatura. Casi no pude aguantar las lágrimas. Y luego volví a casa y mi madre, que tampoco es que sea muy alta, recibió toda mi rabia. Con doce, trece años le dije: ‘Por tu culpa no he entrado en la selección, porque eres pequeña y yo también soy pequeño’».

El año siguiente tampoco fue convocado. Nunca llegó a jugar en la selección bávara. Pero, con el tiempo, reconoce que todo aquello solo sirvió para motivarle más: «Nunca jugué en la selección bávara. O era demasiado malo, o demasiado pequeño, o nadie miraba hacia Herzogenaurach, aunque otros jugadores de Herzogenaurach sí habían estado en la selección bávara. Pero bueno, son anécdotas que hoy recuerdo con una sonrisa, aunque entonces sí que dolieron. Y en el Borussia Mönchengladbach, Jupp Heynckes lo hizo todo bien. Todo. Porque me apoyó, se mantuvo a mi lado incluso en los malos momentos, cuando quizá había perdido un poco el suelo bajo los pies».
Los grandes contratos
Matthäus ha ganado mucho dinero a lo largo de su carrera. Pero insiste en que el dinero nunca fue el motor de sus decisiones. La prueba más llamativa de ello la da él mismo: con dieciocho años, tras su primera temporada profesional, la Juventus de Turín le ofreció veinte veces su sueldo neto en Mönchengladbach: «Tenía dieciocho años. Era mi primer año como profesional. Había estado en la Eurocopa, había llegado a la final de la UEFA. Y la Juventus de Turín me ofreció veinte veces mi sueldo neto en el Borussia. Si se puede preguntar, ¿cuánto era aquello? Un millón neto. ¿Y sabes lo que ganaba en Gladbach? Cincuenta mil netos. Pero eso era mucho dinero para un chico de dieciocho años. Era una barbaridad. Pero yo nunca jugué al fútbol por el dinero. Si lo hubiera hecho, habría tenido que cambiar de club cada año».
La misma lógica aplicó cuando se fue al Inter de Milán en 1988. Habría podido irse antes, el AC Milán, el Nápoles y la Juventus le habían tentado en los años previos, pero esperó hasta sentirse preparado, no solo futbolísticamente sino también mentalmente: «No me dejé seducir por el dinero, sino que esperé internamente a que llegara el momento de convicción, el momento adecuado para hacer ese cambio, si es que quería hacerlo. Y ese momento llegó después de la temporada 87-88, para dejar el Bayern de Múnich. Todavía hoy doy ese mismo consejo a los jugadores jóvenes: ‘más vale esperar quizá un año más, hasta que uno esté realmente preparado’».
El traslado al Bayern de Múnich en 1984 respondió a esa misma filosofía, quería ganar títulos, y en Mönchengladbach había llegado dos veces a una final sin poder ganarla. En la Copa DFB de 1984 falló un penalti ante el Bayern, el propio equipo al que fichó semanas después: «El momento más duro de mi carrera fue ese, porque yo mismo contribuí a que no saliera bien. No fue el penalti decisivo, pero si el mío hubiera entrado y todo hubiera seguido igual, habríamos ganado la Copa y yo me habría ido del Borussia con un regalo de despedida. Y me habría ahorrado las burlas en el vestuario del Bayern durante las primeras semanas. Pero eso pertenece al pasado. Me fui al Bayern porque quería ganar títulos, y tres Bundesligas justificaron ese salto».
El Bayern noventero
El Bayern de Múnich de los años noventa fue célebre en Alemania por sus turbulencias internas tanto como por sus éxitos deportivos. La prensa lo bautizó como el «FC Hollywood». Matthäus no rehúye el tema, aunque matiza desde el principio que las cosas no eran exactamente como se contaron: «Los intereses particulares estaban por encima de todo. No el de uno o el de otro, sino el de todos. Los traspasos, los cambios de entrenador… También tuvimos a Trapattoni, que encajaba bastante bien con el Hollywood. En Italia era muy enérgico, lleno de energía, pero aquí llegó con sus limitaciones con el alemán, igual que yo con el inglés, y las cosas se mezclaron. Trapattoni no se sentía cómodo en Múnich y se fue muy pronto. Luego llegó Otto Rehhagel. Luego Franz Beckenbauer. Rehhagel tenía problemas con algunos jugadores, también los jugadores los teníamos entre nosotros. Había falta de respeto en algunos casos».

Matthäus habla también de Jürgen Klinsmann, con quien se le emparejaba en los titulares con regularidad. La relación entre ambos era tensa fuera del campo, admite, pero en el terreno de juego nunca hubo fricción: «Claro, Jürgen y yo no éramos los mejores amigos. Pero al menos en el campo siempre hubo un enorme respeto mutuo, porque habíamos conseguido muchas cosas juntos. No solo fuimos campeones de Alemania con el Bayern, sino que ganamos el Mundial. Ganamos la Copa de la UEFA con el Inter de Milán. Ganamos la Copa de la UEFA con el Bayern. Nos beneficiamos mutuamente en el campo. Pero fuera del campo pensábamos de manera diferente, digámoslo así. Sin embargo, eso no encajaba en la historia que se contaba, que se llevaban muy bien en el campo si ya no se entendían fuera. Él era el primero en felicitarme cuando yo marcaba, y yo era quien le pasaba el balón cuando él estaba en mejor posición. Nos lo dábamos todo el uno al otro».
Sobre el famoso «diario» que Matthäus publicó en el Bild durante aquella época, el propio protagonista quiere puntualizar que no fue un diario propiamente dicho: «Eso no es exactamente así. El Bild fue quien se puso en contacto conmigo y me preguntó qué había hecho yo en tal día, qué había pasado en el Bayern, qué había hecho yo mientras la selección jugaba un partido en otro sitio porque yo estaba lesionado. Y yo contaba lo mío, si ese día había entrenado, me había comido unas salchichas blancas, me había tomado una cerveza. Entraban cosas de mi vida privada, sí. Pero los titulares los ponía el Bild, no yo. Yo no redacté ningún libro. Con el tiempo, no lo volvería a hacer. Pero mucha gente no sabe ni hoy que no me senté con nadie a escribir un libro, sino que el Bild fijó los titulares del año a partir de lo que ocurrió, y yo añadía mi historia de ese día».
Además, Matthäus revela que muchas filtraciones al periódico que se le atribuyeron a él procedían en realidad de otros compañeros del vestuario. Markus Babbel lo reconoció abiertamente en el documental sobre el FC Hollywood: «Markus Babbel dijo claramente, si uno prestaba atención, que nosotros sabíamos que si le pasábamos algo a Lothar, todo caería sobre él, porque conocíamos su relación con el Bild. Y así participamos un poco en que todo recayera sobre Lothar. Me sentí abandonado por jugadores a los que yo había apoyado. Un Kuffour que vino de Ghana, yo le traté como a un hijo. Cuando voy a Ghana todavía hoy, no me llaman Lothar, me llaman papá Lothar».
El final
El capítulo más amargo en la relación de Matthäus con la selección alemana no fue ninguna derrota. Fue una exclusión. En 1996, el seleccionador Berti Vogts le dejó fuera de la Eurocopa que Alemania terminó ganando en Inglaterra. Matthäus no se enteró por una conversación directa con el técnico. Lo leyó en la lista: «Estuve lesionado todo el año 1995. Rotura del tendón de Aquiles a finales de enero, luego a mediados de noviembre de vuelta con el Bayern, despacito, algunos minutos en la Bundesliga. Y entonces Berti Vogts me dijo, en un viaje a Sudáfrica, que no tenía que llevarme obligatoriamente, que me cuidara a mí mismo, que así dejaba sitio para otros jugadores. Él sabe perfectamente lo que yo puedo hacer. Pero en Sudáfrica hubo también una conversación entre Berti Vogts y algunos jugadores. Me lo contaron poco después personas de la federación que me llamaron. Estaba esquiando, era el 20 o 21 de diciembre, y me llaman de noche. Me dijeron que en ese momento era el tema principal allí, que si querían seguir contando conmigo en la selección o no».

La exclusión definitiva le llegó sin una llamada previa, sin una conversación, sin ningún aviso. Simplemente apareció la convocatoria y su nombre no estaba: «Soy el récord de internacionalidades, soy campeón del mundo y nadie habló conmigo. No hacía falta que Berti Vogts volara a Múnich, habría bastado con una llamada: ‘Mira, me he decidido en tu contra por estas razones’. Y hay que aceptarlo, aunque quizá no se pueda entender. Con Berti Vogts tengo hoy en día de nuevo una buena relación. Y digo incluso que hizo todo bien porque la selección ganó la Eurocopa. Pero haber comunicado las cosas abiertamente, eso sí que me lo debía».
Mientras Alemania se proclamaba campeona de Europa, Matthäus estaba en las antípodas. Literalmente: «No lo seguí. No lo vi. Me fui de viaje por el mundo con mi exmujer y con mi hijo. Fue probablemente la mejor decisión. Porque la manera en que me comunicaron que no iba fue como una bofetada. Y así como yo dije que Nagelsmann debería haberle dicho a Oliver Baumann que Neuer volvía, el entrenador también le debe decir al jugador que no cuenta con él, y no que el jugador se entere en el momento en que se hace pública la lista. A mí me pasó exactamente eso».
Matthäus cierra el episodio con una enseñanza que resume toda su trayectoria: «Creo que uno aprende también de los errores que comete. Y yo he cometido muchos. Y quizá he hecho muchas cosas bien precisamente porque antes había cometido esos errores. Aprender de ellos y no repetirlos, eso creo que es lo más importante. Un error, lo puedo entender y lo acepto. Pero si lo repites, entonces eres idiota».

