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¿Real Madrid? El vestuario del Wimbledon FC sí que era una verdadera panda de inadaptados

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Wimbledon FC
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Hay equipos que ganan ligas. Hay equipos que ganan Copas de Europa. Y luego hay equipos que atan a sus propios jugadores al techo de un coche en marcha y los pasean por la autopista mientras el resto se descojona desde el arcén. No hablo del Real Madrid MMA de Valverde y Tchouaméni, sino del Wimbledon de finales de los ochenta, ¿acaso el mejor equipo de la historia del fútbol inglés? Si la afirmación os suena excesiva sabed que es la única manera de hacerle un mínimo de justicia a aquellos tarados.

El vestuario de aquel Wimbledon es el más fascinante, caótico e inclasificable que ha dado jamás este deporte. No porque fueran violentos, que lo eran, sino porque todo aquello —el cafrismo, el humor negro, la lealtad casi tribal— ¡les funcionó! Ganaron la FA Cup tumbando al Liverpool y luego desaparecieron del mapa, devorados por el tiempo y por unos directivos que reubicaron el club en otra ciudad como quien traslada un Burger King. Pero como cantaron Eskorbuto eso es una historia triste y aquí estamos para divertirnos leyendo lo que pasaba dentro de aquel vestuario.

Para comprender a la Crazy Gang, así les llamaban, hay que entender de dónde surgieron. El Wimbledon llega a Primera en 1977, paso a paso desde la quinta división. Con un estadio cochambroso, sin dinero, y, en palabras de su lateral Nigel Winterburn, sin ni siquiera lavadora. «Teníamos que llevarnos la ropa de entrenamiento a casa para lavarla nosotros mismos. Y las botas las comprábamos de nuestro bolsillo». Por poner un ejemplo, los vestuarios de Plough Lane estaban ubicados al fondo de la cafetería.

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Vinnie Jones y Paul Gascoigne

El entrenador Dave Bassett los llevó de la cuarta a la primera división en cuatro temporadas sin cambiar ni un milímetro el estilo. Fútbol directo, pressing, intimidación y un lema: si aguantas aquí, aguantarás en cualquier sitio. «Éramos unos inadaptados que encontramos una familia que nos aceptaba», dijo Vinnie Jones años después. Una familia disfuncional, algo violenta y de permanente cachondeo, pero una familia al fin y al cabo.

Si eras nuevo en el Wimbledon, tenías dos opciones: largarte o aguantar mecha. No había período de adaptación, no había nadie que te explicara las normas porque las normas no existían. Las bromas eran tan salvajes que varios jugadores confesaron años después haber estado al borde de la depresión durante los primeros meses. Terry Phelan llegó llorando al despacho del entrenador, Bobby Gould, porque no podía soportarlo más. Otros como Scales, lidiaron con aquello visitando los bares hasta romperse. ¿Para tanto eran las bromitas de aquellos becerros? Pues qué sé yo: atarte desnudo al techo de un coche y llevarte por la autopista a toda velocidad, arrastrarte por la nieve en calzoncillos, encerrarte en el maletero, dejarte sin comer dos días…

Mi favorita es la de los cumpleaños, que recuerda con claridad el futbolista Gary Blissett. Al parecer, el Wimbledon salía a trotar por el barrio ante la escasez de instalaciones y era muy normal que al cumpleañero le dejaran medio en pelotas en mitad del trote para que tuviera que volver de esa guisa al campo ante la mirada, imagino ya entrenada, de los vecinos. Una vez superadas esas semanas de fogueo, el día a día en el Wimbledon tampoco era un remanso de paz. Cuando Dennis Wise no te estaba poniendo pomada en los calzoncillos, era Vinnie Jones el que te bajaba los pantalones durante la foto oficial. O lo mismo te quemaba el traje, que eran muy de quemar los chavales. Que se lo digan a John Hartson, que después sería un delantero respetado en la Premier League, cuando vio sus pertenencias arder tras el primer entrenamiento.

El Wimbledon manejaba dos respuestas para cualquier problema: fuego o nudismo. La desnudez era el castigo estándar para prácticamente cualquier cosa: cumpleaños, marcar un gol, ganar un partido. Aunque también había momentos de originalidad. «A veces también te untaban con betún de zapatos. Te ataban a los postes durante el entrenamiento. Ahora parece una locura, pero entonces lo veíamos completamente normal», recuerda Dean Lewington. Que el portero Dave Beasant llegaba en moto, pues alguien habría para llenarle el casco de polvos de talco.

Vinnie Jones era el más famoso de aquel Wimbledon —el que hizo carrera en Hollywood, el legendario matón—, pero el jefe era John Fashanu. Cinturón negro de karate, planta de jugador de rugby, cojones como balones medicinales. «Mandábamos con el miedo. Era maravilloso», dijo en un documental de BT Sport, como si tal cosa. Fashanu admitió haber arrastrado a un compañero de vestuario tirándole de los orificios nasales y paridas por el estilo pero también de algún episodio más oscuro. Un jugador —cuyo nombre nunca se confirmó del todo, aunque el rumor siempre apuntó a Robbie Turner— tuvo la mala idea de encararse con Fashanu y la cosa acabó como el rosario de la aurora. El pasaje incluye frases como «lanzado por el vestuario como un muñeco de trapo».

Lawrie Sanchez celebra el gol de la victoria (Foto: Cordon Press)
Lawrie Sanchez celebra el gol de la victoria (Foto: Cordon Press)

La pregunta obvia es: ¿qué pintaba en todo este berenjenal el míster? Responde Bobby Gould, uno de los entrenadores de la época. «Fashanu entró una vez en mi despacho arrastrando a John Scales y me dijo: ‘Gouldy, este tío es una mierda, no sabe dar un pase’». La realidad es que el míster supo tener la mayor mano izquierda de la historia y los puso a trabajar juntos hasta que funcionó. Gestión de vestuario a la antigua usanza.

Hasta ahora solo he hablado de los jugadores, pero el Wimbledon no se entendería sin Sam Hammam, el dueño libanés que compró el club por capricho, lo encumbró y resultó ser una buena pieza a la altura del resto. Fashanu decía que era como Jesucristo: un jefe con doce discípulos muy diferentes entre sí. Por ejemplo, Hammam ponía en los contratos de los jugadores una cláusula que obligaba a todo el equipo a ir a la ópera si perdían por cuatro o más goles. También entraba al vestuario a gritarles, como cualquier presidente que se precie, pero eso palidece ante la anécdota de los huevos de carnero.

Gould quería fichar a Terry Gibson del Manchester United y Hammam se negaba. Entonces, el dueño le plantó al técnico doce testículos cocinados encima de la mesa: si los comía todos, firmaba a Gibson. Ni corto ni perezoso, Gould agarró cuchillo y tenedor, se zampó las criadillas y Gibson fichó. También me encanta cuando le prometió a Dean Holdsworth que le regalaría un Ferrari o un camello si marcaba veinte goles.

Lo que quizás no se menciona suficiente es que toda aquella locura hacia dentro era también una estrategia perfectamente canalizada hacia fuera para intimidar. El vestuario visitante rara vez lo limpiaban, aparecía empapelado con papel higiénico, echaban sal al té que ofrecían a los jugadores rivales…

El túnel de salida al campo, por ejemplo, era un arma más. Oscuro, estrecho, sin iluminación. Fashanu, en metáfora digna del más avezado lector de la Micromanía, lo llamaba el «Túnel del Doom». Cuando los rivales salían, se encontraban de bruces con Fashanu, Jones y Wise mirándoles fijamente, sin parpadear. Muchos jugadores llegaban a Plough Lane pensando solo en salir sin lesiones, sin importarles tanto el resultado. Eso era una ventaja táctica enorme. Incluso los más experimentados. Gary Lineker reconocía que el vestuario visitante era tan incómodo que ya llegabas al partido con la cabeza en otro sitio.

Y fuera de casa exportaban sus métodos. Cuando llegaban a Old Trafford, enchufaban el equipo de música en el vestuario visitante y lo ponían a todo volumen. Los guardias de seguridad del United los miraban con cara de horror, pero nadie se atrevía a desenchufarlo con Vinnie Jones, Dennis Wise y Fashanu al lado.

Pero el 14 de mayo de 1988, este Wimbledon disfuncional se consagró. Se enfrentaban al Liverpool en la final de la FA Cup. Un equipo carcelario contra el campeón de liga con peloteros brutales como John Barnes, Beardsley o John Aldridge en nómina. Nadie daba un duro por el Wimbledon así que la noche anterior, el míster los mandó al pub a relajarse. Vinnie Jones se hizo un corte de pelo horrible y tuvo la ocurrencia de comprar flores para entregárselas a la princesa Diana en el campo.

Terry Gibson y Gary Gillespie en la final de la FA Cup de 1988 (Foto: Cordon Press)
Terry Gibson y Gary Gillespie en la final de la FA Cup de 1988 (Foto: Cordon Press)

Cuando llegó el momento, se acobardó. Gould, consciente de que muchos de sus jugadores nunca habían pisado Wembley, sobornó al jardinero del estadio para que los dejara entrar el día antes a familiarizarse con el campo.

El día de la final, cuando los delegados avisaban desde el vestuario de que era hora de salir, la respuesta fue unánime: «¡Que esperen!». El Liverpool llevaba minutos haciendo cola en el túnel mientras el Wimbledon terminaba de prepararse a su ritmo y ganar la batalla psicológica. Cuando acabó el partido en Wembley, con 1-0 a favor de los humildes para pasmo de cualquiera, el famoso comentarista John Motson, pronunció la frase que los inmortalizó: «The Crazy Gang have beaten the Culture Club».

Sería lamentable cerrar este texto como si fuera solo un catálogo de anécdotas divertidas. El Wimbledon tuvo un reverso jodido y conviene decirlo. Jugadores como Scales llegaron al límite y acabaron bebiendo más de la cuenta o llamando a su padre por las noches porque no podía más. Phelan habló de «un lugar muy oscuro» en sus primeros meses. Lo que se vendía como camaradería y espíritu de equipo tenía también mucho de acoso sistemático y de cultura del miedo que no todo el mundo pudo digerir igual. El «mandábamos por puro miedo», que decía Fashanu.

El Wimbledon original ya no existe. Lo liquidaron, lo trasladaron de ciudad y lo borraron del mapa con la misma tranquilidad con que ellos ponían sal en el té de los rivales. Ahora sobrevive un Wimbledon creado por los aficionados que se negaron a cambiar de club, pero el espíritu peleón de aquel equipo sigue flotando en el ambiente. Llenando de orgullo a los suyos y provocando una pregunta incómoda para los psicólogos deportivos: ¿Cómo pudo funcionar tan bien algo tan mal hecho? No hay respuesta, solo una imagen de Vinnie Jones con la FA Cup en la mano y el eco de una colleja al final del pasillo.

Un comentario

  1. Roban y luego lloran

    Florentino siendo como es. Un Jesús Gil. Poesía.

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