
Dos horas y media ha estado Michael Beasley en Club Shay Shay, tiempo suficiente para rajar de lo lindo sobre media NBA. Quizá el pasaje más relevante de la entrevista para el público español sea cuando cita a Mario Hezonja. Con cierta rabia contenida, cuenta cómo los New York Knicks lo dejaron sin contrato y acto seguido firmaron al alero croata por más dinero del que él mismo había pedido.
«Estaba intentando negociar mi contrato antes de ir a Nueva York. Me dicen lo que me dicen. Vale, perfecto. Miro a mi agente y le digo: ‘Hermano, tienen seis millones para darme. Diles simplemente que me den esos seis millones por un año. ¿Sabes lo que quiero decir? No les hace daño a ellos y a mí tampoco’. Pregúntame qué hicieron al día siguiente».
Así lo hace el presentador y Beasley continúa: «Mario Hezonja, llevando el número ocho, acaba de firmar por ocho millones de dólares. Así que el dinero… pregunta quién llevaba el número ocho el año anterior. Yo. Ni siquiera una llamada para decirme que iban a ir en otra dirección».
Se sintió despreciado, tanto por el detalle del número como por no tenerle al corriente de lo que iban a hacer. «Cada vez que jugaba bien, todos se reían y pensaban que era suerte», sentencia.
Michael Beasley y LeBron James
La relación de Beasley con LeBron James es también interesante. Lo admira profundamente como jugador y como hombre, pero lo asocia al período más oscuro de su vida, la temporada con los Lakers de 2018-19, cuando su madre agonizaba a miles de kilómetros y él tenía que seguir jugando. Cuando le preguntan si hubieran debido mantener unido aquel núcleo joven de Los Ángeles, Beasley responde: «Honestamente, sí. Pero yo no era un jugador de baloncesto entonces. Mi madre se estaba muriendo».

Fue una desgracia para alguien que había llegado tan lejos, no podía disfrutar de una oportunidad como esa: «No podía… Magic Johnson y LeBron James, mis personas favoritas. No podía ser feliz a su lado porque ellos también se estaban riendo». El vestuario seguía con su rutina, sus bromas, su vida, mientras él llevaba dentro un peso invisible para los demás.
Sobre el famoso rumor de que Beasley dominaba a LeBron en los entrenamientos de Miami, el exjugador lo desmiente: «El relato estaba mal contado. Yo lo marcaba en los entrenamientos. Tío, yo le defendía los noventa y cuatro pies de pista porque quería mejorarle a él, pero también quería mejorar yo» Lo que ocurrió, explica, fue que un día LeBron llegó agotado tras un partido doble: «Un día… estaba simplemente cansado. Acabábamos de jugar dos partidos seguidos o algo así. Me pongo a defenderle y él gritó: ‘¡Hoy me defiende Mario Chalmers!’» Y fue un periodista quien malinterpretó la escena: «Lo único que vio fue que Bron no quería que Michael Beasley le defendiera. Y esa fue la historia que publicó».
A pesar de todo, el respeto que profesa Beasley por LeBron es absoluto: «LeBron tiene probablemente la mejor cabeza que he visto nunca para entender el juego. Y, sinceramente, es el modelo de vida perfecto. Literalmente, el ejemplo ideal. Lo único que la gente podría criticarle es el tiro. Lleva toda la vida con su novia del instituto, sigue jugando en la NBA al máximo nivel, tiene a un hijo ya en la liga y al otro a punto de llegar».
Entre todos los directivos con los que trató a lo largo de su carrera, Beasley reserva sus elogios más sinceros para Pat Riley, el mítico presidente de los Heat de Miami. Y lo hace porque Riley fue el único que, según él, le habló con sinceridad en un entorno como es la NBA a veces, donde manda el dinero y aparece la mezquindad: «Fui yo quien provocó aquello. Por eso adoro a Pat Riley, porque es brutalmente honesto. Me sentó y me dijo: ‘Hermano, no voy a traspasarte. Solo lo haría si pudiera traer a Bosh y a LeBron al mismo tiempo’. Me lo dijo así, tal cual».

Y así sucedió. Beasley recuerda despertar una mañana con el teléfono sonando que parecía que iba a explotar por la noticia del día, lo traspasaban a Minnesota: «Aquello duró quizá dos o tres horas, pero cuando ocurrió, fue directo a Minnesota. Y yo estaba jodidamente molesto. Pensé: ‘Mierda, tío…’. Pero bueno. Sí, estaba enfadado». La honestidad previa de Riley no amortiguó el golpe, pero al menos no lo pilló por sorpresa.
En medio de una entrevista llena de resentimiento hacia la NBA y hacia quienes, según él, nunca entendieron lo que estaba viviendo, Beasley se detiene con especial cariño en Josh Hart. Recuerda que un día, sentado en el autobús del equipo, estaba llorando en silencio casi sin darse cuenta. «Solo intentaba estar callado», explica. Hart lo vio, se acercó y le dio un abrazo antes de decirle: «No sé por lo que estás pasando, pero puedes hablar conmigo». Para Beasley, aquel gesto tuvo un valor enorme porque, según insiste durante toda la conversación, muy poca gente se preocupó realmente por cómo estaba.
Pero él también era hermético. Sale a colación la idea de pedir ayuda y Beasley hace una pausa antes de añadir lo más duro: «Y nunca lo hice. Y ojalá lo hubiera hecho». Nunca aprendió a pedir ayuda. A lo largo de la conversación repite varias veces que, cada vez que intentaba explicarse o mostrarse vulnerable, sentía que la gente se reía de él, lo juzgaba o reducía todo a «problemas mentales» o «problemas de carácter».

Durante toda su carrera sintió que nadie se preocupó realmente por entender quién era fuera de la cancha. Según cuenta, la NBA, los medios e incluso buena parte del entorno solo veían al personaje público, al jugador imprevisible, el talento desaprovechado, el tipo con «problemas», pero casi nadie se detuvo a mirar a la persona que había detrás de todo eso. No para de hablar de eso, reitera, vuelve una y otra vez a esa idea… hasta que habla de Charles Barkley. Beasley apenas necesita unas pocas palabras para explicarlo: «Charles vio quién era yo, tío». Después añade: «Me mola Charles, tío».
El polo opuesto de Barkley es Stephen A. Smith, el célebre analista de ESPN. El exjugador lo pone a parir, y no es el único: «Stephen A. Smith me conoció con quince años y nunca me dijo una palabra. Y ahora de repente este tío habla de problemas de carácter a los dieciocho. ¿Cómo coño sabes tú de problemas de carácter? No sabes que yo cogía un autobús para llegar a esos gimnasios donde me viste. Que caminaba una milla después de bajarme del autobús. Pero problemas de carácter, ¿por qué? Porque tú creciste con puente. Yo no. Nunca me preguntasteis nada. Ni una sola vez».
Beasley se sincera y explica que, durante su etapa en los Knicks, su madre vivía en la zona de Baltimore, a unas tres horas en coche de Nueva York. Él hacía ese viaje continuamente para verla. Después de los entrenamientos, después de los partidos, siempre que podía. Por eso quería quedarse en Nueva York, o, al menos, jugar en una ciudad cercana como Washington o Filadelfia, para seguir teniendo a su madre relativamente cerca. Pero acabó fichando por los Lakers.
Según relata, fue entonces cuando descubrieron la verdad sobre la enfermedad de su madre. «Cuando fiché por los Lakers fue cuando supimos que mi madre nos había mentido con lo del cáncer, nos decía que estaba en fase dos y en realidad era fase cuatro» Beasley cuenta que ella intentaba proteger a sus hijos y ocultar el deterioro físico que estaba sufriendo. Cada día se levantaba, se tomaba la morfina y se preparaba para hablar con ellos por videollamada: «Se aseguraba de tomarse la morfina para poder hacer esa llamada». Hasta que su hermano viajó para verla en persona y enseñó a Beasley una realidad que la cámara nunca había mostrado, su madre estaba ya en una fase terminal.

La mujer siguió yendo sola a las sesiones de quimioterapia hasta que finalmente tuvieron que ingresarla en cuidados paliativos. «Mi madre conducía ella misma hasta la quimio», cuenta todavía alucinando. Cuando por fin pudo verla en persona, el impacto fue brutal. «Cuando llegué a casa debía de pesar unos dieciocho kilos. Era literalmente un esqueleto. Nunca habías visto algo así». Y resume todo el dolor de aquellos meses: «La persona más fuerte de toda mi vida se había convertido en una pasa. Y mientras tanto vosotros os estabais riendo de mí».
Se refiere a una de las anécdotas más célebres de su carrera, un entrenamiento en el que apareció con un pantalón que no se correspondía con el uniforme del equipo. Durante años aquello circuló como un meme más sobre «el caos Beasley». Pero él explica que aquel día estaba completamente destruido emocionalmente. Su primo James acababa de ser asesinado después de que una chica le tendiera una trampa para robarle.
Beasley asegura que ni siquiera quería jugar. «No quería estar allí», admite. Pero sentía que, si abandonaba el equipo para acudir al funeral, nadie le creería. «Tenía que decidir si cogía ese vuelo y dejaba que pensaran que estaba mintiendo sobre la muerte de gente o si me quedaba». Finalmente se quedó. Y sobre el pantalón explica: «Me puse esos pantalones porque me quedaban igual que los otros y ni me di cuenta».
Más adelante llega Kevin Durant. Sale cuando surge la duda de si le gustaría seguir jugando. Lo pone como ejemplo: «Kevin Durant sigue jugando y yo tengo un año menos que él. ¿Crees que no quiero seguir ahí?» También le preguntan si cree que podría ganarle uno contra uno, Beasley se parte de risa: «No sé qué decirte… Hablamos de Reaper Slim… (La Flaca Parca)».
En el debate sobre el mejor jugador actual, Beasley se decanta por Nikola Jokic y de forma bastante convencida, tiene pocas dudas: «Creo que Jokic es el único fenómeno que he visto nunca. Nunca he visto nada parecido a Jokic, tío», dice primero. Y enseguida añade la parte que más le impresiona de su juego: «Hace que todo parezca tan fácil, tan tranquilo». Y lanza una comparación que no es más que la dura realidad: «Si yo fuera Russell Westbrook estaría enfadado con Jokic. Westbrook convirtió los triples-dobles en algo histórico durante cuatro años y ahora este tío los consigue como si nada, todas las noches». Además, completa el panorama de nuevos talentos con una sentencia rápida sobre Victor Wembanyama: «Wemby tiene el mayor potencial».
La vida después de la NBA
Cuando la NBA ya no lo llamó más, Beasley no cayó en el típico relato del deportista arruinado. Cayó en algo más crudo. Admite haber dormido en la calle: «El coche lo embargaron. Estaba durmiendo fuera de verdad.» Un amigo le llamaba cada noche para ofrecerle el sofá, pero Beasley siempre lo rechazaba: «Entendía desde pequeño lo grande que era mi presencia. No pongo mis cargas sobre mis amigos».

Lo que sí admite abiertamente es la depresión. «Estaba jodidamente deprimido», reconoce en uno de los momentos más crudos de la entrevista. Y explica que salir de ahí le llevó a construir casi una filosofía personal alrededor de una idea: «We Them Ones», algo así como «nosotros somos esos», el lema que empezó repitiéndose a sí mismo en los peores momentos y que terminó convirtiendo también en una marca de ropa.
Para Beasley, «We Them Ones» funciona como una especie de mensaje de supervivencia dirigido a gente que, como él, siente que vive incomprendida o permanentemente juzgada: «Mientras vosotros discutís si el vaso está medio lleno o medio vacío, yo solo os digo que el vaso está sucio». Es decir: mientras los demás debaten sobre optimismo o pesimismo, él siente que habla desde un lugar mucho más áspero y más real, marcado por el dolor, la desconfianza y las heridas acumuladas. Una mezcla de narcisismo victimista, pero también de verdad, procede de unos de los entornos más duros de Estados Unidos.
La entrevista retrocede continuamente hacia una infancia marcada por la violencia, la rabia y la sensación de no encajar en ningún sitio. Cuenta que empezó a pelearse siendo muy pequeño y que aquello acabó convirtiéndose en algo cotidiano. «He estado enfadado toda mi vida. Era un niño enfadado». Recuerda incluso algunos episodios extremos. Cuenta que de niño golpeó brutalmente a otro chaval durante una pelea: «Le di una paliza a ese niño. También le pegué a la directora en primaria».
Parte de esa rabia, explica, tenía que ver también con cómo creció en Washington DC, una ciudad a la que llama varias veces «Chocolate City», el histórico apodo asociado a su mayoría afroamericana. Allí, según cuenta, se sentía distinto físicamente del resto de niños. «Me llamaban blanco», recuerda. Habla de burlas constantes: «Tenía los ojos verdes y la piel clara. Nunca supe realmente dónde encajaba».
A partir de ahí la conversación entra en terrenos mucho más personales. Habla de sus hijos, dice tener diez en total, nueve biológicos y un hijastro, aunque nunca llegó a casarse.También asegura que algunas madres de sus hijos utilizaron contra él la imagen pública que se había construido sobre su salud mental y su comportamiento. Según revela, la narrativa del «Michael Beasley inestable» terminó afectándole incluso fuera del baloncesto, especialmente en su vida familiar y en la relación con varios de esos chavales.

Pero los prejuicios llegan por algo y en su caso la marihuana le marcó como jugador. Ahora, sobre la legalización de la marihuana en la NBA, Beasley opina: «A mí me penalizaron y me juzgaron al mismo tiempo. A ellos solo les juzgan. Eso ya es algo».
Al final de más de dos horas, cuando le preguntan qué cambiaría de su vida si pudiera volver atrás, Beasley responde sin dudar: «Nada. ¿De qué otra manera aprendería las lecciones? Sería muy egoísta de mi parte cambiar algo. Aprendo las lecciones. Sigo adelante. Los recuerdos son lo que nos retiene».

