
Marco Giovannetti (Milán, 1962) tiene la misma cara de cuando sufría por todas las cuestas del mundo para llegar siempre entre los mejores. Ciclista de clase, de regularidad, con palmarés cuco pero poco destello, Giovannetti es icónico por aquella Vuelta a España de 1990, la que Banesto pensó para Miguel, luego para Gorospe, y demasiado tarde para Perico. Fuga bidón, periodistas que apenas saben lo que ocurre por Italia, sensación de sorpresa y pasmo. Luego te pones a mirar palmarés más allá del primer lustre y…
Porque fue ciclista de espesor, Marco, aunque se pinte con modestia. En su país, en España. Compitiendo contra los más grandes, contra Bugno, contra Indurain, contra el mismo Delgado. Alguien que estuvo en el Gavia, que ganó en Monviso, que subió Stelvio con una vertebra gimiente. Un estilo agónico, reconocible. El escalador de metro noventa, el que nunca pierde mucho, al que jamás pueden descolgar. Rara avis. Inolvidable.
Hablamos con Marco sobre muchas cosas. Sobre el placer de sufrir, y el sufrir tras los primeros. Sobre ganar medallas de oro olímpicas, pedalear con nieve bajo los párpados, compartir grupo con Moser o Hinault. Sobre las leyendas de los noventa, sí, y esos noventa que se nos hacen niñez. Y también sobre cosas menos bonitas, porque la vida, como las bicis, tienen momentos buenos y otros que solo te hacen gracia al recordar.
Ah, Marco ríe, ríe mucho.
Y es fácil contagiarse.
Naces en Milán, pero casi por casualidad.
Sí, por casualidad. En esos tiempos había muchos originarios de la Toscana que iban a Milán para trabajar. Mi padre y mi madre se fueron a la gran ciudad, aquí vivían en el campo, y se encontraron en Milán. Levantaron allí su familia, mi hermano y yo nacimos en Milán.
¿A qué se dedicaban tus padres?
Hostelería. Muchos toscanos iban a Milán para abrir trattorias toscanas allí. Mi padre y mi madre hicieron lo mismo. Luego abrieron varios restaurantes, bares… En fin, siempre comerciantes.
¿Cuál era la especialidad en esas trattorias?
(Ríe). La especialidad de mi padre era cambiar. Cambió de trabajo muchas veces, pero siempre restaurantes. Él en la cocina, mi madre llevaba la sala.
¿Cómo empezaste con la bici?
Fue prácticamente por casualidad. Empecé a correr en Milán, con mi hermano. Yo, para ser honesto, por copiarle un poco, cuando eres pequeño, si el hermano mayor hace algo tú también quieres hacerlo, así que él empezó y yo también. Pero vivíamos en el centro de Milán y era imposible para la bicicleta, para salir de Milán se necesitan al menos cuarenta o cincuenta minutos en medio del tráfico. Después los alrededores de Milán son completamente llanos, pero el ciclista no podía llegar hasta allí, se quedaba en Milán.
¿Cómo era ese Milán?
Milán era todavía un lugar vivible… Yo, de pequeño, iba a la escuela solo, a pie, daba vueltas por todo Milán con mis amigos, sin ningún peligro, sin ningún problema. Era una ciudad vivible donde llegaban muchas personas, también de afuera, del sur, de Toscana, para encontrar trabajo, mejorar su situación y vivir mejor.
¿Ya no es vivible?
Ahora no lo sé, porque hace tiempo que no voy, pero es mucho más caótica, mucho más difícil. No creo que los niños de doce o trece años estén tan seguros caminando por todo Milán, por lo que dicen. Es un poco más peligrosa, hay más tráfico, más posibilidades de encontrarte con gente que te puede hacer cosas malas. Creo eso, que es un poco más peligrosa.
¿Recuerdas tu primera bici?
Sí, claro.
¿Cómo era?
Empecé a correr en Milán, en un club cuyo presidente era un exprofesional, uno de los años de Coppi. Se llamaba Renzo Zanazzi. Corrió varios años de pro, luego hizo un club en Milán, y nosotros fuimos a correr allí. Y la bicicleta era de un mecánico que se llamaba Marnati, uno que hacía bicicletas a manos, artesanales. Para la época era una buena bici.
¿Y el maillot? ¿Cómo era?
El maillot era naranja y azul, me parece. Todavía lo recuerdo.
¿Conservaste alguno de los amigos de ese primer club?
Sí, uno, uno con el que además mis padres hicieron amistad, y la continuaron hasta hace pocos años. Luego… Yo corría con uno de sus hijos, a veces nos encontramos aquí, en Toscana, y pasamos algunas horas juntos.
¿En tu familia había tradición ciclista?
No.

Eres el primero.
Sí. De hecho, empezamos por casualidad, como dije antes. El ciclismo lo empecé a seguir justo cuando comencé a correr, porque antes no le gustaba a nadie en mi familia. Bueno, mi padre sí lo seguía un poco, pero no teníamos una tradición.
Tu ídolo de entonces, cuando chaval.
Por esa época estaban Merckx, Gimondi… y, claro, para un italiano el ídolo era Gimondi.
La pregunta más difícil de todas: ¿Moser o Saronni?
Como corredor me gustaba más Moser que Saronni. Después conocí a ambos, cuando pasé a profesionales aun corrían. Aunque Saronni es muy simpático, como campeón y como ciclista me gustaba más el modo de correr de Moser. En persona me caían bien los dos.
Moser era un ciclista grandote, como tú.
Sí, más o menos como yo, incluso más robusto. Pero las características como ciclista son completamente diferentes… Él era un ganador, un campeón. Yo no (ríe).
Tú eras mejor escalador.
Yo iba más fuerte en los ascensos, sí. Extrañamente, porque a pesar de ser alto y pesado conseguía ir fuerte subiendo. No era un escalador puro, claro… Los escaladores, esos pequeños que pesan 50 kilos, si aguantaba con ellos al final me daban un hachazo y me dejaban. Pero conseguía estar siempre entre los primeros, entre los cinco o seis, estaba delante. Aunque, al final, siempre había alguien más fuerte que yo.
¿Cuándo piensas que puedes convertirte en ciclista profesional?
Mi historia fue muy lenta, una maduración lenta. Comencé a correr a los trece años, sin grandes resultados. Seguramente fuera por mis características, como descubrí después, así que no fui muy fuerte de inmediato. Pasé a juveniles y comenzó a aumentar el kilometraje de las carreras, pruebas un poco más duras, y ahí comencé a ir más fuerte.
Empecé a ganar, y pensé que podría hacer algo en el ciclismo. Luego pasé a amateur, que en mi época había amateurs, y fui más fuerte, gané cosas, me llamaron para ir a los Juegos Olímpicos de 1984, en Los Ángeles. Ganamos allí el oro en los 100 kilómetros. Yo había ganado otras carreras muy duras en Toscana y ya estaba seguido por algunos equipos profesionales, pero aquella medalla fue el billete para pasar.
Eso de Los Ángeles seguramente sea uno de tus grandes éxitos… Una medalla de oro, nada menos.
Sí, obviamente, aún hoy me recuerdan más por haber ganado la Olimpiada que por todo lo demás. Fue un éxito importante para mi carrera, me sirvió para pasar al profesionalismo y para ser recordado, para ser catalogado de un cierto modo en el mundo del ciclismo.
¿Cómo se afronta una contrarreloj por equipos de 100 kilómetros con otros tres ciclistas?
Nuestro seleccionador, que era Edoardo Gregori, nos hizo entrenar durante cuarenta días. Estuvimos concentrados y todos los días salíamos una o dos veces para hacer pruebas, para hacer contrarreloj, para probar los cambios, entrenarnos, coger el ritmo, acostumbrarnos a correr juntos y hacer esos 100 kilómetros. Así que se hace gracias a los entrenamientos, gracias a la dedicación a esa especialidad. Si te has entrenado puedes hacer posibles estas cosas, siempre que vayas con voluntad, con capacidad y con cabeza.
Pero es una prueba de agonía. Gracias a mis características no sufrí mucho, porque yo iba durante 100 kilómetros a cuarenta y cinco o cincuenta por hora sin dificultades. Si hubiera tenido que hacer sesenta por hora, luego cincuenta y cinco, luego cincuenta, luego cincuenta y cinco otra vez… habría tenido muchos más dificultades.
Con un ritmo siempre regular, como llevamos en Los Ángeles, marchaba sin problema. La posibilidad de tirar y luego poder recuperar cuando vas a rueda de los otros… Fue duro, porque 100 kilómetros son muchos, pero no ha sido de las cosas más difíciles que he hecho en el ciclismo.
Una curiosidad, ¿qué orden llevabais en el cuarteto?
Vamos a ver si lo recuerdo… Al inicio salimos con (Eros) Poli, (Marcello) Bartalini, (Claudio) Vandelli y yo. Yo iba a rueda de Vandelli, que era el más bajo. Bartalini y Poli eran los más altos, Poli era el que tiraba más.
¿Cómo era la vida en la Villa Olímpica?
Esto no te lo puedo decir, porque no estuvimos en la Villa Olímpica. Me falta un poco esa experiencia, pero para poder salir en bicicleta a entrenar… La Villa Olímpica estaba en el centro de la ciudad, no se podía salir en bici. Nos fuimos a un hotel al lado de donde estaba el recorrido de la contrarreloj, que fue por una carretera cerrada, y nos entrenábamos al margen de todo. Así que no vivimos la atmósfera olímpica. Es una cosa de la que me arrepiento, no haber podido conocer a otros campeones de otras especialidades.
Una pena, ¿no?
Sí, una gran pena ahora, pensándolo después. En aquel entonces, cuando se vive el momento, se es joven y no piensas en muchas cosas. Nos dijeron después de la carrera, tras haber ganado, si queríamos pasar una semana en la Villa Olímpica. Pero a todos nos esperaban en Italia, en casa, y nadie se quedó. Pasamos todos. Me arrepiento ahora, que soy viejo, me arrepiento. Pero es mejor así.
Por aquella carrera de Los Ángeles no estaba, por el boicot, la selección soviética, que dominaba en aquellos años. ¿Cómo era correr contra ellos?
Pues no tuve muchas oportunidades de medirme a ellos, creo que solo coincidimos en el Giro de las Regiones.
¿No hiciste Carrera de la Paz o Girino?
El Girino no lo hice, pero la Carrera de la Paz sí, es verdad.
¿Y cómo eran?
Muy fuertes. Eran prácticamente profesionales, nosotros amateurs. Seguramente podían competir con los profesionales sin problemas. Ekimov, por ejemplo, era un campeón y podía ser fuerte también entre los pros.
¿Hombres contra niños?
Sí, podríamos decirlo así.
¿Echas de menos aquellos 100 kilómetros contrarreloj en los Juegos Olímpicos?
No sé… Puedo entender porqué la quitaron: en 1984 o 1990 no había tantas naciones que pudieran ganar, solo cuatro o cinco, las otras eran inferiores. Quizá esto propició que quitasen la especialidad. Hoy sería diferente, porque el mundo del ciclismo se ha ampliado, se ha hecho internacional. En esa época no eran tantos los países, muchos menos que hoy… a lo mejor las naciones del Este, Italia y poco más.
Los 100 kilómetros era una buena prueba, muy técnica. Quizá espectacular, o quizá no, pero como técnica… de gran impacto. Luego pusieron otras pruebas, incluso el Mundial contrarreloj por equipos, pero era por escuadras, no por naciones. Sinceramente, creo que perdió un poco, porque una cosa es correr para la selección nacional, y otra distinta es correr para tu equipo.

A ti siempre te hemos identificado, principalmente, como escalador.
No… Mi principal característica, mi punto fuerte, era que iba fuerte en la contrarreloj y en la subida. No era un escalador puro, pero era uno de los que se defendían y andaba fuerte, llegaba entre los cinco mejores en montaña, y también en la crono. Y mi mayor virtud era la regularidad. De hecho, mis mejores resultados fueron en las grandes vueltas: Giro de Italia, Vuelta a España… La regularidad. Tras una decena de días de carrera, doce días… en vez de empeorar, mejoraba.
Muchos comienzan a bajar, yo mejoraba, iba siempre más fuerte. Claro que al final los cinco o seis corredores que eran auténticos campeones me batían. Pero yo siempre estaba ahí delante, con los primeros. En los abanicos, en las etapas de viento de la Vuelta a España… siempre en cabeza… La regularidad era mi punto fuerte.
¿Entrenabas la montaña por tu zona?
Sí, por Toscana. Mi zona es bellísima para los ciclistas, tuve la suerte de que mis padres eran de aquí y encontré muchos amigos que montaban en bici para entrenarnos juntos. Y tuve la posibilidad de rodar en todos los terrenos… está toda la llanura para hacer cien o ciento cincuenta kilómetros, hay cuestas, hay puertos. Puedes encontrar subidas largas como el Monte Serra, como las de Pistoia, por la Garfagnana… Hay subidas de todo tipo, también duras como San Pellegrino. Recorridos de todo tipo, cada uno se puede especializar como quiera. Para mí fue una suerte.
¿Pasar a profesionales fue un sueño?
Bueno… sinceramente, no era un sueño. Como dije antes no había tradición de ciclismo en mi familia, no es que desde pequeño dijera «quiero ser profesional». Pero después, viendo mis resultados, viendo que podía ser un buen corredor, tuve la voluntad de pasar al profesionalismo, de llegar a correr con los que veía en la tele.
Das el salto con el equipo Ariostea, una buena escuadra con muchos veteranos de nivel. ¿Cómo eran? Hablo de gente como Panizza, Contini.
Como jefe de filas estaba Contini. Y Panizza que ya era un veterano, un gran corredor, muy admirado porque tenía una enorme capacidad de sacrificio. Tenía espíritu de batallador, no se desmoronaba, no se lamentaba de las dificultades, del dolor, estaba siempre listo para tirar, para ir a por todas. Contini, en cambio, era un ciclista de gran clase.
¿Panizza te contaba cosas de Merckx o de Hinault?
De Merckx no, pero de Hinault sí. Y yo tuve la fortuna, y el «infortunio», de correr contra él, porque en el 85 Hinault ganó el Giro de Italia y yo hice decimocuarto en la general. Era impresionante, parecía que no hacía fuerza, parecía que iba lento, que no iba fuerte… pero si te metías a su rueda, veías que marchaba a toda velocidad, porque arrastraba un desarrollo mucho más duro del que conseguías mover tú. Iba sin muecas, como si no hiciera esfuerzo. Me encontré después a un tal Gianni Bugno, que rodaba igual.
Al año siguiente el equipo se llama Gis Gelati, pero es la misma estructura.
Sí, hubo un poco de polémica entre los que llevaban la escuadra y el sponsor, que era la Ariostea. No llegaron a un acuerdo y se separaron. Nosotros firmábamos el contrato con la sociedad que gestionaba los patrocinadores, y ésta encontró a Gis Gelati, Ariostea hizo otra escuadra por su cuenta.
Nosotros, todo el grupo que habíamos corrido en Ariostea, pasamos a la Gis. También estaba allí otro joven como yo, que pasó a profesionales con la misma edad, y luego se convirtió en un gran velocista. Se llamaba Adriano Baffi. Y también teníamos varios corredores muy fuertes, aunque no lograsen grandes resultados. Pero eran buenos, gregarios muy buenos.
Una pregunta que no me resisto a hacer… ¿cómo era Johan van der Velde, que coincidió contigo en el equipo durante el año 1987?
Lo conocí mucho como amigo, me gustaba su personalidad. Fue un gran corredor, de gran clase sobre la bici. Al contrario que yo, él era un corredor vencedor, cuando tenía el día podía soltar a todos en montaña o ganar al sprint. Un corredor completo. Le faltaba la que era mi mejor característica, la regularidad. Si hubiese sido regular habría ganado también un Giro, o un Tour, porque con su clase podría hacerlo. Pero le fallaba un poco la regularidad.
La leyenda de van der Velde nos habla sobre su excentricidad.
Excentricidad, exacto, era impredecible. No podías entender que hiciera una gesta como en el Gavia sin haberse quedado helado. ¿Recuerdas la tremenda etapa del Gavia?
Volveremos a ella más tarde, sí.
Pues van der Velde soltó a todos durante la subida y luego, en la cima, se quedó helado y se paró porque no podía seguir. Los coches de la organización no pudieron encontrarlo, nadie sabía qué había sido de él.
Un personaje.
Sí, y con gran clase.
Tú debutas pronto en el Giro y lo haces bien, con ese decimocuarto puesto… pero es que después haces entre los ocho primeros siete años consecutivos.
Sí… aparte de lo dicho, mi punto fuerte eran las Grandes Vueltas. Hice varios puestos de honor en el Giro por mi regularidad, pero nunca primero, nunca campeón. Hice sexto, octavo, sexto, cuarto, tercero… La única victoria grande fue en la Vuelta a España, y gracias a una fuga en la que subestimaron mis características. No me conocían al cien por cien y ahí sí pude ganar.
Es un currículum impresionante.
Todos dicen que soy modesto, pero yo digo la verdad… He sido un buen corredor, fuerte, de los mejores, pero no el mejor… no puedo decir que fui un campeón como los que ganan mucho, como Miguel Indurain, como Delgado, como Bugno, Fignon, etcétera. He sido un buen corredor que tuvo una oportunidad en la Vuelta y la aprovechó hasta el final porque apretó los dientes. Era regular, y en las Grandes mejoraba con los días. Quien pensaba aquel año que iba a entrar en crisis se equivocó, porque mis características eran exactamente esas.
¿Y el Tour? Nunca te gustó…
No es que no me haya gustado, de hecho, mi mayor deseo era intentar hacer el Tour con garantías. El primer año que fui estaba yendo fuerte y me caí. No tenía experiencia, fue una caída estúpida, me hice un hematoma en el costado y tuve que retirarme. Después empecé a correr la Vuelta, que entonces venía antes que el Giro y el Tour… Hacía Vuelta, Giro… y las dos veces que fui al Tour fueron después de haber hecho ambas, así que llegaba al Tour y ya no podía más, nunca hice una buena general.
La vez que gané la Vuelta, hice después tercero en el Giro… Tras una semana desde el pódium de Madrid y ya estábamos saliendo otra vez… Puedes entender cómo llegué a Milán, solo era el coulotte, la maglia y las zapatillas, no había nada más. Luego me llevaron al Tour, ¿qué querían que hiciera? Imposible pensar en la general. Después, con Gatorade y Bugno de compañero, lo mismo… Un año Vuelta y Giro, al año siguiente Vuelta y Giro. Hago cuarto en la Vuelta, hago cuarto en el Giro, y luego me dicen «ven a correr el Tour». Y al final iba, pero no, no, no. Imposible.
Quizá pudiste probar en aquella experiencia amarga con Eldor.
El último año que corrí realmente bien, en cabeza… bueno, cometí errores. Después de hacer cuarto en la Vuelta y cuarto en el Giro, me convencieron para montar una escuadra para mí, aquella famosa Eldor, tú la recuerdas. Allí perdí un año, porque me encontré todo tipo de problemas… No podía entrenarme, no pensaba en competir, veía a personas que conocía, a mecánicos, a masajistas, a corredores, pasándolo mal…
Y al final nos encontramos sin dinero, con muchos problemas. Fui a la Vuelta, pero tuve que retirarme para volver a casa y resolverlos. Perdí todo un año. Por suerte, gracias al gran Ercole Baldini conocí al Doctor Squinzi, de Mapei, que entró prácticamente a salvar la situación. Él entró como sponsor, y corrí para Mapei el último tramo de aquel año.

Mapei entra en 1993.
Sí, en 1993. En 1994, y para terminar lo que te comentaba sobre el Tour, decidimos con los directores deportivos y con Squinzi que no haría la Vuelta y disputaría el Tour. Pero el destino quiso que me cayera durante el Giro de Italia. Iba quinto, estaba fuerte, con la proyección para hacer un gran Tour… Y me caí, como un estúpido, me rompí una vértebra. Adiós sueños de gloria, adiós Giro, adiós Tour. Luego nació mi hija, perdí un poco las ganas de correr… Me desenganché, esa es la verdad.
¿La retirada fue también por Mapei?
También me retiré por eso, porque pensaba hacer de manager en Mapei. Al inicio prácticamente era mi sociedad. Luego, por varias razones, Squinzi me propuso vender la participación. Yo accedí, él era el sponsor y quien podía hacer todo. Pero pensaba quedarme allí, no sé qué sucedió.
Quizá fue porque Squinzi quería hacer el equipo más fuerte del mundo y yo no era capaz de manejarlo, acababa de retirarme y no tenía experiencia para un equipo de veinticinco o treinta corredores con grupo español, otro grupo belga donde tenían a Museeuw… En mi opinión, me apartaron y me dejaron con un rol que no era el mío. Preferí abandonar Mapei y abandonar el ciclismo. Y no he vuelto a entrar.
¿Sientes orgullo al ver en lo que se convirtió aquel Mapei que tú llevaste a las bicis?
Me alegra por la persona de Giorgio Squinzi y por las alegrías que se llevó. Pero, sinceramente, orgulloso… no.
Todo el mundo habla bien de Giorgio Squinzi.
Sí, claro, yo no puedo hablar más que bien. Aunque sus decisiones fueran apuntar a otras personas, se comportó de diez cuando fui a pedirle ayuda. Yo necesitaba determinadas cosas para el año siguiente y me ayudó al cien por cien, me permitió terminar dos temporadas sin tantos problemas.
¿Cómo era el pelotón italiano de los años ochenta, con tantos equipos?
Había muchas escuadras profesionales porque los costes no eran muy altos. Con lo que cuesta hoy un equipo, comprabas todos los que había en Italia en los años ochenta. El presupuesto de un UAE hoy, por ejemplo, es superior a juntar todos los de las escuadras italianas de entonces. Entonces sí, se podían hacer cosas con presupuestos razonables. Hoy es imposible, o muy difícil, que una empresa pueda gastar esas cifras. Para estar a niveles altos, tipo UAE, en Italia no hay.
¿Y la convivencia, el compañerismo?
Entonces las escuadras se convertían en familias. No es como ahora que, me cuentan amigos que son directores deportivos, hay treinta o cuarenta corredores, y uno hace una temporada sin ver al otro porque tienen calendarios diferentes, uno Vuelta, otro Giro, otro Tour, otro clásicas… Aparte de cuatro o cinco que corren juntos lo más importante, el resto ni se ven.
En los ochenta nos convertíamos en una familia, corríamos prácticamente todo el año juntos. El calendario era uno y los corredores éramos doce o trece, así que no podías cambiar tanto. O te caías bien y te hacías amigo del compañero, o te caías mal y… (ríe). Pero yo tuve la suerte de no encontrar gente antipática. Siempre hice amistades, siempre estuve a gusto en las escuadras.
Tú estuviste, me recordabas antes, en la legendaria etapa del Gavia, durante el Giro de 1988.
Era un momento en el que yo estaba mejorando, subiendo en la general. Salimos sin que nos dijeran nada, no es como ahora, con televisión en el coche y radios. Llegamos al Gavia, Van der Velde atacó y reventó todo. En la subida él iba sin manguitos, porque no pensaba encontrar nieve arriba. Yo empecé a mi paso, regular, y me hallaba solo.
Tuve la suerte de encontrar al coche de equipo, no sé muy bien cómo, y me dijeron que siguiera adelante. Luego me uní a Chioccioli, que llevaba la maglia rosa, yo corría entonces con la Gis, él había estado por esa escuadra en años anteriores. Cuando llegamos a la cima, en el falso llano, nevaba y no se veía nada. Yo llevaba un maillot de manga larga, muy mojado, y un gorro con el que intentaba protegerme, porque si no, la nieve se te metía en los ojos y no veías la carretera.
Chioccioli me dijo: «Marco, ve tú adelante, porque no veo». Así que yo iba delante, y no sé cómo no me caí. Empezamos el descenso y ahí comenzó el verdadero drama. Temblaba, tenía el manillar rígido, no sé cómo llegué abajo. Frenaba con las manos abiertas, fíjate, porque no podía cerrarlas. Al llegar a meta, estaba tiritando, y Chioccioli aun más que yo. En el hotel tardé cuarenta minutos en poder sostener una taza de té caliente. Fue tremendo. Esa bajada… impresionante.
¿Pasaste miedo en la bajada?
Los organizadores, con los que hablé después porque trabajé un año en la organización del Giro, tuvieron mucha suerte de que no pasara nada más grave. Porque pudo ocurrir cualquier cosa, muchos habían perdido el sentido. No se sabía dónde estaban los corredores, ni cuánto tiempo habían perdido en la clasificación, nada…
Solo después se supo que Chioccioli había perdido el Giro, pero, en el momento, nada. Pero cuando corres en bici, y te pones en esas situaciones, tienes que tener la mente fría, no pensar que tienes miedo. Si lo piensas, no haces lo que haces. Allí pensaba solamente en frenar cuando debía, en no caerme, en llevar la bici a meta. El miedo te tumba, especialmente en un descenso.
¿Por qué fichaste por el equipo Seur? En aquel entonces no era tan habitual como ahora correr en equipos extranjeros…
Después de cuatro años juntos, entre Ariostea y Gis, el patrón no encontró sponsor y nos dejó libres. Queríamos ir juntos cuatro, cinco o seis, pero no hubo escuadra que nos fichase a todos. Y por casualidad, a través de un periodista español que hacía un poco de manager para el Seur de Maximino Pérez, me contactaron.
Me quedé un poco descolocado, porque no había corrido en España ni conocía corredores españoles. Pero el trato económico era muy ventajoso respecto a lo que cobraba en Italia. Es feo decirlo, pero fue un asunto de dinero. Fui con un amigo, Salvador Cavaliere, quizá solo no me hubiese animado. Pero Seur tenía potencial económico y querían montar una buena escuadra. Así que me metí, digamos, un poco a ciegas, pero fuimos a ver cómo se corría en España.
Al hilo de eso, ¿había mucha diferencia entre la forma de correr en Italia y en España?
Mucha, mucha. En aquellos tiempos en España se corría de una forma más directa… salida y al ataque. Había pocos equipos potentes como para cerrar huecos, era batalla desde la salida hasta la llegada. En Italia salíamos más lentos, y el final era más fuerte, muy distinto. Además, en España había muchísimas vueltas cortas de cinco o seis días, en Italia me hubiese ido mejor con ese tipo de calendario…
El primer año en España tuve problemas de adaptación… El ambiente, el modo de correr, la gestión de Maximino. Él y yo discutíamos, no veíamos igual la forma de organizar la escuadra. Así que no encontré la condición ideal para obtener buenos resultados. El Giro de aquel año 1989… fue cuando anularon el Gavia, anularon la etapa.
Perdí tiempo un día y ya no pude recuperar, una etapa corta de ochenta kilómetros con final en alto, me bloqueé, eran esfuerzos violentos que a mí me iban fatal. Así que generé ácido láctico y me bloqueé, ese era mi límite. Yo era fuerte por regularidad, no en esfuerzos cortos y violentos. Con esa anulación, y los recortes, no pude recuperar puestos, y en Seur empezaron a dudar de mí.
Al año siguiente ficharon a Álvaro Pino y con Álvaro, que era un campeón y organizaba la escuadra como en Italia, me quito responsabilidades y corro tranquilo. Ese año 1990, al llegar a la Vuelta, éramos líderes él y yo… quizá incluso más él. En el primer abanico tuve que esperarlo, y perdí casi un minuto. Pero luego, cuando cogí la escapada e hice la crono, él me ayudó muchísimo. Los compañeros me llevaron de lujo. Gracias a ellos gané la Vuelta.
¿Cuáles eran tus intenciones al comienzo de esa Vuelta?
Hacer la general, estar con Pino y que la carretera decidiera quién era el líder, quién era el uno y quién el dos. Mi carácter me llevaba a ayudar a mis compañeros, cuando vi que él estaba en dificultad en aquel abanico, lo esperé sin pensar y nos unimos para ir juntos. Luego, cuando yo lo necesité, él se puso al cien por cien a mi disposición, y el resto de mis compañeros también.
Y eso que no tuvimos fortuna, porque (José Salvador) Sanchís se cayó y se hizo daño, él podía haber sido otro gran apoyo. Al final quedamos solo cuatro en el equipo, porque también Pino se retiró por tendinitis. Fue muy disputado hasta el final. Repito, mis compañeros estuvieron enormes.
¿La fuga de Ubrique fue espontánea o planificada en el hotel?
Fue por casualidad, siendo Pino el líder yo tenía libertad para entrar en fugas. Había una escapada por delante, y luego salimos detrás con Jon Unzaga, un compañero. Al inicio íbamos regulando, no pensábamos sacar tantos minutos.
A medida que pasaban los kilómetros, Maximino llegó en el coche y empezó a decirnos a Jon y a mí: «¡A tope, a tope, que llegáis!». Y a mí me salió el espíritu de ir a por todas, empezamos a creer. Detrás no sé qué pasó, si nadie tiró, no sé… Pero no estaba estudiado en el autobús, fue un poco por casualidad.

Cuando coges el amarillo y debes defenderlo… ¿temes más a Delgado o a Indurain?
Oh, Indurain era joven y aún nadie sabía sus capacidades, era Delgado quien tenía que ganar la Vuelta. Así que a él le temía más, claro. Y a la ONCE también, tenían a Cabestany y otros ciclistas muy fuertes, como equipo eran fortísimos. Pero Delgado era el rival.
Tú conoces a Miguel Indurain desde sus inicios, has corrido con él desde que pasó a profesionales… ¿Esperabas su evolución?
Lo vi crecer, sí. Desde mi punto de vista fue un gran campeón y una gran persona. Tras ganar la Vuelta, el primero que vino a darme una palmada y felicitarme fue Miguel. Después ganó Giro y Tour, y siguió siendo la misma persona… disponible, simpático. Cuando había que competir, miraba por sus intereses, pero en el día a día era un grande.
Podría haber ganado aún más si hubiera tenido otro carácter, algo como Pogačar hoy, esa voluntad de ganar siempre. Pero él también pensaba en que los demás ganasen etapas, en contentar a los sponsors. En la Vuelta que gané a Delgado, Miguel hizo de gregario para él. Y fue gentil y simpático, aunque yo estaba quitándole la victoria a su líder. Después ya no lo traté mucho antes de ser un campeón, porque enseguida empezó a ganar más cosas. Y tras el segundo Tour empezó a ganar todavía más.
Volvemos a 1990… ¿cuándo entendiste que podías ganar la Vuelta?
Tras la contrarreloj de Zaragoza. Una crono es difícil, yo sabía que iba fuerte, pero siempre podía salir un día malo y perder todo. Y Delgado no era especialista, pero estaba en forma. Cabestany, que sí era un gran especialista, ese día se me acercó a veinticuatro o veinticinco segundos. No perder el amarillo en Zaragoza me hizo entender que podía llevarlo hasta Madrid. Faltaban etapas, y una muy dura, pero pensé que podía defenderlo. Después de la crono, Delgado estaba a minuto y medio, creo. Y ahí me dije… Tal vez puedo ganar la Vuelta.
Aquella última etapa de montaña, cerca de Madrid… ¿qué recuerdas?
(Suspira) Mucha dificultad, mucha. Desde inicio hasta la meta Banesto y ONCE atacaron por todas partes. Yo solo tenía tres compañeros… Unzaga, el mejor escalador de ellos, estuvo grandísimo, me acompañó hasta la última subida. Yo hasta tuve que ir a buscar bidones al coche y llevárselos a él, para que siguiera tirando delante… así iba el equipo, quedábamos muy pocos. Fue durísimo.
En la última subida rodaba al límite, hasta que atacaron y me descolgué un poco. En la bajada recupero y entramos en meta con el grupito de la general, todos juntos salvo Cabestany, que perdió el segundo puesto. Acabamos todos juntos. Pero yo fui al límite de mis posibilidades.
¿Qué se siente al ganar una Vuelta a España?
Una satisfacción inmensa, inmensa. Quieres algo en tu trabajo, haces sacrificios, pones pasión, tiempo, voluntad, y después de todas esas dificultades… no solo en las veintiuna etapas, también los años anteriores, toda la preparación, el equipo, los compañeros que gastan su energía por ti… Lograr la victoria es inmenso.
Conterno, Gimondi, Battaglin y Giovannetti, entonces, como los únicos italianos que ganaron la Vuelta.
(Ríe un poco). Imagina… también una gran satisfacción, esos nombres…
Una duda… ¿Cómo se vive tu victoria en Italia? ¿Emitían la Vuelta a España por la televisión italiana en aquel tiempo?
Ese fue uno de mis «infortunios», porque la televisión no la daba. Solo un periodista de La Gazzetta seguía la Vuelta, Bergonzi. En Italia no sabían nada. Mis padres o los que querían ver los resultados llamaban, miraban el telediario a ver si decían algo, no decían mucho. Por desgracia no fue seguida, y no tuve reconocimiento. Además, desde Madrid fui directamente a Bari para la salida del Giro, ya que a causa de los Mundiales de fútbol en Italia habían anticipado el Giro, y no había ni una semana de descanso entre las dos Grandes.
No tuve tiempo de ir a casa, ni de celebrar, fui al Giro y allí el campeón era Gianni Bugno. Aunque llegué tercero, quedé a su sombra, y no tuve notoriedad. Habiendo hecho primero en la Vuelta y tercero en el Giro… si no hubiera estado Bugno hubiese tenido esa notoriedad. Pero pasé un poco bajo el radar.
Hablas del Giro de Bugno… ¿Cómo era Gianni?
Gianni era otro Indurain, gran campeón y gran caballero. Me siento honrado de haberlos conocido a ambos. Con Gianni luego pasé dos años en Gatorade, y lo conocí mejor. Como ciclista tenía una clase y una potencia increíbles. Mismo gesto siempre, no sabías si iba mal o fortísimo. Uno miraba la cara del rival para ver si estaba al límite, pero con Gianni no era posible… misma cara, misma postura… y a veces te soltaba. Tenía una potencia para esprintar enorme, en televisión parecía que no estaba esprintando, pero arrastraba desarrollos durísimos. Tenía ese algo más. Y una mentalidad quizá frágil, si hubiera tenido la de Chiappucci habría sido casi imbatible.
Vale, pues sigamos entonces… ¿Cómo era Claudio Chiappucci?
Lo contrario de Gianni. Físicamente no era un gran campeón, pero tenía garra, voluntad, un carácter de hierro. No se rendía nunca, siempre al ataque, en subida, en bajada, en el llano… Un combatiente nato. Se convirtió en grande por su carácter.
¿Había mucha rivalidad entre ellos dos?
La rivalidad la creaban un poco los periodistas. La diferencia de carácter se veía fuera… Gianni era más reservado, Chiappucci iba a programas de televisión, a entrevistas, hablaba, alguna vez decía algo contra Gianni… y a Gianni se le pasaba a los cinco minutos. En bici Chiappucci atacaba por todas partes, y Gianni lo sufría un poco. Ahí había algo…
Y Gianni era más bello.
Para mí sí. Por carácter, por amistad y por compatibilidad.
Yo decía por aspecto físico, pero no se lo cuentes a Chiappucci.
(Ríe) No soy una mujer, no te puedo decir… Pero para mí es número uno. Correr con él era una gran satisfacción, un gran placer. Yo sabía que podíamos funcionar juntos.
¿Qué recuerdos guardas de tus directores?
El primero Pannuci, quien me hizo pasar a profesional y me dio libertad para mostrar mis posibilidades. Con Maximino Pérez tuve discusiones, pero al final me dio la posibilidad de ir a la Vuelta, así que le debo una… Stanga en Gatorade era más manager que director; como directores teníamos a Claudio Corti y Vittorio Algeri, muy buenos exprofesionales. Y Fabrizio Fabbri, también un gran recuerdo.

Para mí tu mejor año es 1992, con un cuarto en la Vuelta, otro cuarto en el Giro, la etapa en Italia, el campeonato nacional…
Yo quizá prefiero el 90, con la Vuelta y el pódium del Giro. Pero 1992 fue una gran temporada, la última gran temporada. Digo, y lo pienso realmente, que más de eso no habría podido conseguir, no al menos con mis características, así que estoy muy contento con lo logrado. El ciclismo me dio, además de un buen rédito económico, y dejo eso en segundo plano, la posibilidad de conocer personas, culturas, lugares, nacionalidades. Ahora no nos vemos mucho, pero hay simpatía y una amistad que queda.
Vamos a ese 1992… Consigues finalmente tu etapa en el Giro. Y no en cualquier lugar, sino en Monviso, en Pian del Re.
Una montaña bellísima y una subida difícil. Era un Giro en el que estaba yendo fuerte, pero, durante una etapa no demasiado dura, atacó Chiappucci en un descenso bajo la lluvia, se formó una fuga y tuve un bajón físico aquel día. Miguel me dijo que, hasta entonces, yo era el que más le asustaba para la victoria final, aunque quizá no era cierto.
En esa etapa entré en crisis y perdí opciones. En el Monviso llegamos a la última subida con Indurain vestido de rosa, y tres gregarios tirando fuerte, sobre todo un francés, Fabrice Philipot, que era bravo. Subíamos un grupo de diez, con los de la general. Yo no conocía bien la subida, pero un momento me aparté un poco y dije «ahora me voy», faltaban tres kilómetros. En aquel entonces mi condición física iba para abajo, porque venía de la Vuelta y eran ya las últimas etapas. Saqué toda la energía que tenía y me fui. Pude coger doscientos metros y aguantarlos hasta la meta.
Miguel le dijo a Philipot que siguiera su paso regular, porque a él le iba bien así. Luego salió Lelli detrás, pero no pudo cogerme y gané la etapa. Una enorme satisfacción, porque yo no he sido un gran vencedor y ganar una etapa del Giro era objetivo desde mi paso a profesionales. Y luego subir al podio con Miguel de maglia rosa fue una gran satisfacción.
Estuviste muy cerca del pódium, a menos de un minuto de Chioccioli.
Sí, Chioccioli fue tercero y yo cuarto. Pero ese día yo solo miraba la victoria de etapa. Estuvimos cerca, me quedé contento. El podio final… me habría gustado, pero Chioccioli la última semana fue el más fuerte de todos en subida, y se lo mereció.
Y además fuiste campeón de Italia ese 1992.
Sí. Una de las pocas carreras en línea que conseguí ganar.
Ya te dije antes, para mí tu mejor año.
Fue de los mejores, el segundo mejor tras 1990. Pero la Vuelta a España fue mucha satisfacción… la victoria más bonita, porque una Gran Vuelta de veintiún días era lo que más deseaba. Mi sueño era ganar una grande. Hubiera preferido el Giro por ser italiano, pero…
Me contaste antes sobre el Eldor y no volveré al tema, pero me queda una cuestión de tu última temporada, en 1994… esa caída en el Giro que te trastoca el año.
Fue en la etapa con llegada a Marostica. Yo creo un poco en el destino, en las coincidencias… En esa etapa iba quinto en la general, iba fuerte, no había hecho la Vuelta y habría mejorado en el final del Giro. En esos tiempos el casco no era obligatorio, yo nunca lo llevaba, pero ese día me puse el casco porque no me gustaba el circuito final. Pensé: hay riesgo de caída, me lo pongo.
Estamos la última subida, quise estar delante para evitar caídas, llegamos a los últimos cuatro kilómetros y, al pasar al lado de Miguel, pensé: me pongo a su rueda, Miguel nunca se cae… No tuve tiempo ni para pensarlo y ya estaban cayendo delante de nosotros. Paré, eché pie en tierra y, por detrás alguien, no sé quién, me atropelló con la bici y me tiró al suelo. Sentí un gran dolor en la espalda. Me subí otra vez a la bicicleta, llegué con 40 segundos perdidos, rodando muy rápido, yo estaba muy fuerte. Y luego me empezó a doler más la espalda.
Te lo cuento porque es una cosa realmente increíble… me empezó a doler más la espalda, y me dijeron «no te puedes retirar, eres el líder del Mapei». Hice una etapa, llegué, salí otra vez… y perdí quince minutos. Al día siguiente había que subir Stelvio y Mortirolo. En el Stelvio frío, en el Mortirolo no podía ni ponerme de pie. Si me empujaban, al tocarme la espalda, gritaba del dolor.
Llegué casi fuera de control, lo salvé por segundos. Dije «me voy a casa, me duele mucho, me estoy destrozando la espalda». Hice una radiografía y me cuentan que tengo la vértebra rota. Y que si me caía podía quedar paralítico, corrí cuatro etapas del Giro de Italia en esas condiciones. Ahí dije basta, stop, he tenido suerte. Lo que te decía de las coincidencias, de los destinos.
Nadie supo esto, porque desde la escuadra no lo dijeron, muchos pensaron que abandoné porque no iba fuerte. Pero fue el destino. En ese Giro habría estado en los cinco primeros, y habría hecho un buen Tour. El destino lo quiso así. Lo importante es que no quedé paralítico.
¿Entendiste que esa caída era el fin de tu carrera?
No en el momento, lo entendí después, cuando el profesor me dijo que, por un centímetro y medio de suerte, no quedé paralizado. Entendí que aquello fue el destino.
Tú estabas en el Giro de 1993, cuando la Mecair era increíblemente fuerte con Ugrumov y Argentin. Este Ugrumov que fue, de alguna manera, tu sustituto en Seur, además… ¿Cómo era él?
Un corredor con características más o menos como las mías… quizá un poco más escalador y menos contrarrelojista, más fuerte en subida y un poco menos en crono. Muy regular. No fue gran vencedor, no ganó mucho, pero siempre estaba delante. Muy fuerte.
Se habló entonces del vínculo entre aquel equipo y Michele Ferrari. Un tema, por decirlo así, feo…
A ver… Michele Ferrari era un doctor, pero fue de los primeros en no solo ser médico, sino también preparador, decir al corredor cómo entrenar, cuánto, qué hacer antes y después, técnica… Como son los preparadores hoy. Era un profesor muy atento a todo… pedaladas, kilómetros, el entrenamiento. No solo medicina, también preparación del atleta. Luego salió el escándalo de la medicina, etcétera. Pero indudablemente era un técnico, un preparador, además de médico.
Sin entrar en detalles, ¿como veterano te diste cuenta de que algo estaba cambiando en los 90? ¿Se hablaba en el grupo?
Lo sabíamos todos, es un tema complicado… Y que lo supiéramos todos no significa que todos lo hicieran, eso quiero dejarlo muy claro. Además, algunos creen lo de «si lo hiciera yo también entonces me convertiría en campeón», y eso es absolutamente equivocado. La medicina, por sí sola, no hace a nadie un campeón.
Desafortunadamente, en ciertas situaciones te ayudaba a hacer algo más, a mantenerte arriba. Pero si ibas lento y tomabas medicina, no rodabas fuerte por ello… Un burro no se convierte en caballo de carreras, puede ir fuerte una vez, pero luego… el caballo es un caballo. Todos sabían que algo había cambiado, entró un producto que, al menos, daba más ayuda a quien ya iba fuerte. Pero, en mi opinión, los campeones seguían siendo los mismos. Que cambiara el nombre de alguno vale, pero los campeones eran aquellos.
No te pido que me digas cuál es ese producto, porque no hace falta.
No, no.
¿Tú llegaste a probarlo?
Estas cosas quedan… Cómo se dice… cuando uno baila debe bailar, y cuando uno juega debe jugar. Y juega con las cartas que hay, no te puedes echar atrás, ¿no? Si tienes que jugar, juegas.
Pasemos a algo más amable… ¿Qué hace un ciclista la mañana después de abandonar la bici? ¿Sale a dar una vuelta tranquila?
Sí, después de dejarlo, continué con la bici. Y sufrí un poco el hambre (ríe), porque, si seguía comiendo como cuando corría, me ponía en cien kilos. Muchos me avisaron, «debes sufrir hambre los primeros seis meses pero luego se calma, porque si no, engordas». Y lo logré… seguí con la bici, sufrí un poco el hambre, intenté no comer tanto, me mantuve. Hoy no soy delgado, como en los tiempos de profesional, imposible, pero me mantengo. Y después de dejarlo, debes mantenerte activo unos años, no interrumpir de golpe la vida que hacías, porque si no el físico se resiente.
¿Y cómo es volver a la vida del día a día?
No es un retorno, realmente, porque yo corrí desde los trece hasta los treinta y dos años, así que nunca viví la vida «normal». Fue un aprendizaje para una nueva vida. Antes en invierno, cuando no había carreras, podías divertirte un poco con amigos, pero siempre con la cabeza en no hacer demasiadas cosas porque lo podías lamentar más tarde. Siempre mirabas el tiempo, la lluvia, el viento… Entrar en la nueva vida es despreocuparte de si hace frío o calor, de si duermes una noche, de si sales a divertirte. Es una nueva dimensión.
Colaboraste un tiempo con el Giro de Italia, ¿no?
Sí, un año, solo un año.

¿Sentiste diferencias entre los jóvenes ciclistas de los 80 y los de décadas después?
Para encontrar diferencias tendría que vivir más con ellos, no he tenido posibilidad. La diferencia que veo es que ahora hay menos cultura de lo que ha pasado antes, menos interés por conocer el ciclismo de antes. No saben que si el ciclismo hoy es lo que es, precisamente es gracias a quienes fueron antes.
Antes había campeones, y los gregarios estaban hechos para sacrificarse, para lanzar al líder. Era otro ciclismo. Luego, gracias a otros corredores, se han puesto reglas y se han hecho carreras más libres, con posibilidad de que más jóvenes jueguen sus cartas. Gracias a todo eso llegó el ciclismo de hoy. Pero los jóvenes no creo que se interesen en saber. Me gustaría investigar si saben que antes, si el capitán atacaba sin criterio, los gregarios lo abroncaban.
¿Echas de menos la sensación de competir, de llevar tu cuerpo al límite?
Sí, me falta la sensación de mejorar mi cuerpo, mis prestaciones, ver que poco a poco, a base de esfuerzos y sacrificios, pasas de ir a treinta hasta ir a cuarenta, luego a cuarenta y cinco; esa sensación de quedarte en cabeza solo con cinco o seis ciclistas; de sentir que vuelas. Eso falta.
¿Qué carrera te habría gustado ganar?
El Giro de Italia.
¿Más que el Tour?
Más que el Tour.
Vamos acabando… ¿Qué hace hoy Marco Giovannetti?
Ahora ayudo a mi hija a gestionar un hotel. Yo llevé durante casi veinticinco años un hotel en Altopascio, cerca de Lucca, lo tenía en alquiler. Con el covid entramos en crisis, tuve problemas con el propietario, y dejé la actividad. Mi hija quiso volver a retomar el negocio con un pequeño hotel cerca de allí, porque con el propietario del anterior no nos habríamos puesto de acuerdo. Así que compramos uno pequeño, siempre en Altopascio, y ahora estoy con ella y ayudo a llevarlo. Si quieres saber el nombre: Villa Nadar, Altopascio (ríe).
¿Volverías a ser ciclista?
Estoy viejo, no tengo el físico (vuelve a reír).
Me refiero a si volvieras a nacer.
(Piensa) Buena pregunta… Volvería, volvería. Pensándomelo un poco, pero sí, volvería.
¿Lo pasaste bien como ciclista?
Sí, lo pasé bien como puede pasarlo bien alguien que hace un trabajo que le da satisfacciones. Me divertí viendo mundo, conociendo personas. Hay muchos momentos de diversión y de grandes satisfacciones que, sin ser ciclista, quizá no habría tenido.
¿Y te divertiste con el sufrimiento?
Claro, parece una cosa estúpida, pero encontrar dificultades a veces es bueno. Para ser ciclista, o en otros deportes individuales y también en equipo, debes llegar al placer de sentir la dificultad, tener gusto por el sacrificio. Si no, no llegas a ciertos niveles. Creo que el mismo Pogačar hoy, que es superior a todos, si no tuviera el placer y la necesidad de sufrir, no sería Pogačar.


Soy super aficionado Al ciclismo de esa epoca y desconocia su faceta olimpica. Fue UN Gran corredor y muy Buena persona por lo que me han contado y SE NOTA en la entrevista. Muy sincero con lo del doping. Yo lo Veo exactamente igual que El. En la Vuelta del 90 claramente no lo conocian y Maximino que tuvo sus cosas malas (muchas) fue muy cuco no dando pistas. Con su calendario era impossible brillar en El Tour y le echo muchos huevos con lo de Eldor, ESO si lo conocia. Squinzi le ayudo pero lo Quito de en Medio, pero El MISMO reconoce sus limitaciones a Nivel de gestion. Sobre los burros y los caballos 100% de acuerdo, de hecho soy de Los pocos convencidisimos que siempre habria ganado El tour, llevaba una linea parecida a la de Miguel con su edad, Al empezar tarde a correr en bici, todavia mas sorprendente y era UN autentico campeon, en cualquier cosa que hiciera
Me prefiero a Lance Amstrong en la Ultima parte, UN autentico Caballo de Carreras
Y muy Buena entrevista Marcos, muy Buena. Soy uno de esos fanaticos del baul de Los recuerdos y de ancestors de la tierruca.
Siempre me cayó muy bien Giovanetti, es de ese tipo de corredores que tenían la mentalidad de ayudar al compañero si se hacía necesario, como hacían Indurain o Gorospe: podían ganar o sacrificarse por alguien sin mayor problema. Además su nombre siempre fue molón, y quedó en el imaginario colectivo de la España de aquellos años, no se si porque el apellido sonaba a » Ramazotti», que entonces era muy escuchado en España.