
El 25 de julio de 1992 cerca de 60.000 personas vieron a Jaime Rebollo lanzar una flecha ardiendo que sobrevoló el estadio Lluís Companys e iluminó el inicio de los Juegos de Barcelona. Una de las afortunadas que presenció la escena en vivo fue Betty Cebrián (Reus, 1971). Sus 196 centímetros de altura y su movilidad sin precedentes en el poste fueron uno de los pilares que llevaron a España a conseguir diploma olímpico. Un año más tarde, llegaba a un nuevo hito: la selección absoluta femenina de baloncesto conseguía la primera medalla de oro de su historia en el Europeo de Perugia (1993). La catalana, la cuarta jugadora con más internacionalidades (252), cuenta con un palmarés envidiable de 5 Ligas y 4 Copas de la Reina, además de un oro y dos bronces europeos.
La interior fue un talento generacional que cruzó continentes (debutó en la WNBA con las NY Liberty en 1998) y que años más tarde sigue rompiendo barreras desde los despachos. Tras seis años trabajando en la Federación Española dio el salto a la Federación Internacional de Baloncesto (FIBA) donde actualmente trabaja como responsable de baloncesto femenino (Global Head of Women in Basketball) y proyectos.
¿Cómo fueron los inicios?
Empecé a los 13 años. Bastante tarde pese a haber crecido en Cataluña, especialmente porque siempre he sido muy alta y es extraño que no me vieran antes. Yo estudiaba en Barcelona en una escuela muy pequeña y el profesor de educación física me preguntó si me gustaría federarme porque se me daban bien todos los deportes. Además, jugaba más con los chicos que con las chicas… y fue un poco así. Seguramente si no me hubiera dicho nada ese profesor, pues hubiera seguido sin saber que existía la estructura de clubs. Fue un poco casualidad todo.
Pasó por el famoso programa de formación del SEGLE XXI, entonces ubicado en Manresa.
En realidad comencé en el Hospitalet porque mis padres, que no vienen del mundo del deporte, llamaron a la Federación Catalana o imagino que el profesor de educación física les recomendó que hablara con ellos. Siendo joven ya medía 1,90 metros. Entonces la Federación nos preguntó dónde vivíamos, estábamos en Vilanova i la Geltrú y yendo a la escuela en Barcelona. Y nos comentaron que el club que en ese momento tenía un buen programa de formación era el CB Hospitalet.
Vivíamos en Vilanova y subía y bajaba con el tren, fue un poco una cuestión de logística. Estuvo muy bien porque allí tenía a Silvia Font de entrenadora, que ahora está en el Segle XXI y que además también fue mi entrenadora más adelante con el UB Barça.
Y me acogieron con los brazos abiertos y de ahí todo fue bastante rápido porque cuando entras en el proceso de federado ya… Rápidamente pasé al SEGLE XXI y comencé con la selección catalana. Yo en ese momento no sabía hacer nada: hacía entradas básicas. Apenas comenzaba. Pero el físico jugaba mucho y fue todo sobre ruedas. No me planteaba nada de futuro, en ese momento simplemente iba siguiendo los pasos naturales.
Yo siempre digo que la ventaja que tenemos en Cataluña es que desde pequeños, con once o doce años, la estructura está muy establecida y si vas trabajando y mejorando día a día, acabas llegando. Si tienes el talento y el físico poca gente se escapa. Además, hay muy buenos entrenadores, con lo que identifican el talento rápidamente.
Era muy alta siendo muy joven. ¿Le generó eso en algún momento inseguridad o incomodidad?
Bueno, las típicas de la adolescencia diría yo. Mi madre también era muy alta y desde pequeña siempre me decía que tenía que estar orgullosa, ¿sabes? Ella en su generación también lo pasó y siempre me decía: ¡tú, estírate! Siempre me repetía eso. Además, yo fui a una escuela suiza, porque mi madre era suiza, y la media de altura era más elevada. En la escuela era alta, pero no era lo típico que en las fotos te salía medio cuerpo en comparación con el resto de compañeros. Yo lo viví bastante de manera natural y sin complejos.
Es cierto que luego, al entrar en el mundo del baloncesto con doce o trece años, que es cuando empieza la adolescencia, pues te ves muy acompañada. Y entonces ya noté que ese era mi hábitat, porque no solo me sentía aceptada, también bienvenida, porque todo el mundo quería tener en su equipo a alguien de 1,92m. Entonces pasas de no encajar a ser bienvenida con los brazos abiertos, y eso te lo hace muy fácil porque todo el mundo te ayuda para que estés bien. El baloncesto para mí siempre ha sido mi hábitat y el sitio donde más cómoda me he sentido.

¿Considera que existe alguna correlación con el hecho de destacar en la juventud por la altura y luego tener una personalidad más de «cacho de pan»?
Es una buena pregunta… Sí que creo que normalmente las jugadoras muy grandes son muy bonachonas y no tienen maldad. Al final, cada persona tiene su carácter, pero puede ser un factor el hecho de sentirte «bicho raro» a veces y de intentar encajar en la sociedad y luego en el baloncesto.
Imagino que, como no tienes que sacar los codos —porque no tienes tanta competencia a tu alrededor, porque las exteriores tienen que tener ese punto de competitividad y mala leche para seguir avanzando porque al final hay tantas y tan buenas que para llegar arriba tienen que demostrar más— las altas al no tener tanta rivalidad, porque el físico te da más, a lo mejor hace que no tengas que sacar ese lado tan competitivo.
Yo era muy competitiva, pero nunca de tener mala leche. Mi hermana, por ejemplo, era más bajita que yo y también comenzó a jugar conmigo. Y muchos entrenadores decían que si se hubieran juntado la mala leche de mi hermana con mi altura habría salido un monstruo, como diciendo que la combinación de las dos era explosiva (ríe).
Durante cuatro años las jugadoras con más proyección se juntaron en una concentración permanente llamada Plan ADO con el objetivo de obtener un buen resultado en los Juegos de Barcelona ‘92 ¿Cómo pasó a formar parte del equipo?
Estaba en el Segle XXI haciendo mi proceso de formación y en ese momento se dio a conocer que Barcelona sería la sede de los juegos olímpicos de 1992. Entonces se creó el equipo ADO 92, que era una concentración de selección española en la BLUME de Madrid. Entrenábamos por la mañana y por la tarde, había preparación física, técnica…
Estábamos en una burbuja total: nos adaptaban los estudios, estábamos sin parar desde las 6 o 7 de la mañana hasta la noche. Allí hicimos una gran transformación física. Ahí empezó a cambiar todo. El plan ADO ayudó a los demás clubes a profesionalizarse y a subir el nivel. Yo estuve de los 17 a los 21 años, y eso me vino genial porque todavía estaba en edad de formación y me dio la oportunidad de jugar muchos partidos internacionales e importantes con jugadoras seniors. Tras los juegos los clubes empezaron a tener preparadores físicos, a incluir el físico en su plan de desarrollo… Cambió todo.
¿Cómo llevó estar permanentemente concentrada durante cuatro años a nivel emocional? Y más en una época donde a lo mejor los entrenamientos eran un poco más «soviéticos», por decirlo de alguna manera.
Duro. Fue duro. Primero porque estás fuera de casa y no dejas de tener 17 años. Te pierdes muchas cosas de la familia: las Navidades, Semana Santa… No era un campo de concentración, pero estábamos muy metidas en esta burbuja donde no ves ni a tu familia ni a tus amigos y pasas poco por casa. Es una rueda donde no piensas mucho.
Es duro mentalmente, pero vas pasando etapas y cada año que pasas estás más cerca del objetivo y te lo planteas como: yo voy pasando rondas. Imagino que para las que cortaron fue más duro: hubo jugadoras a las que dejaron fuera justo antes de los Juegos y habían estado ahí 4 años. Eso tiene que ser muy duro. Porque además el Plan ADO fue un cambio de mentalidad de entrenamientos: de calidad, de cantidad y de variedad. Entonces… Fue duro e incluso algunas compañeras dejaron de jugar después. Y para nosotras también era duro, porque te despides de amigas y a la vez es raro porque tú sigues ahí. Es como una selección natural…
Además, al estar 24 horas juntas ahí se crean unos nexos de unión que somos casi hermanas, yo veía a mis compañeras más que a mi hermana, y es duro ver como la gente sufre. Ya sin los descartes, hay compañeras que sufrieron mucho porque los entrenamientos eran muy muy duros y bueno, era así porque se buscaba casi una selección natural de… «el que aguante».
Pero a la vez vas haciendo tu camino, ves que vas pasando y de alguna manera lo vas sobrellevando. El machaque fue duro pero cada vez veías el objetivo más cerca y aguantabas más. Al final el objetivo era tan bonito que cuando lo consigues te olvidas de todo lo que has vivido.
¿A lo largo de esos cuatro años de plan ADO ya era consciente de que el baloncesto podía ser una salida profesional?
Sí. Yo era súper joven, pero veía que de las grandes que había al final éramos tres para dos puestos, y veía que tenía opciones. Cuando supe que iba a los Juegos, vi que tenía nivel para ser profesional. Lo fui madurando poco a poco. También seguía la liga española y veía que el proceso natural sería fichar por un equipo. Tras los juegos olímpicos entré ya en el mundo profesional y en verano de 1992 firmé mi primer contrato profesional con el BEX.

¿Cómo fue vivir los Juegos de Barcelona ‘92?
No sé cómo expresarlo. Fue… Ese momento cambió mi vida. Es que se me pone la piel de gallina. Estar en tu ciudad, con tus amigos… Además que yo, cuando anunciaron los Juegos de Barcelona ‘92, me hice voluntaria con mis amigos del cole. Y de repente pasé de ser voluntaria a ser participante y mis amigos eran voluntarios y estaban todos por allí. Estaba mi familia, la ciudad nos acompañó, la Villa Olímpica con pisos nuevos, la playa para ti sola…
Era como vivir en una burbuja en medio de tu ciudad y con todos los lujos: había comida, bebidas, te cruzabas con atletas de élite… Y en baloncesto además estaba el Dream Team. Recuerdo que jugábamos en Badalona y nos alternábamos día de partidos masculinos y día de partidos femeninos. Pero el día que jugaban los chicos, nosotras íbamos a entrenar en la pista anexa del Olímpic. Y claro, yo iba a entrenar y me cruzaba con el Dream Team en los pasillos de los vestuarios. ¡Ibas a la anexa a entrenar y Michael Jordan iba al vestuario! Y claro, esta sensación de decir:« eh, ¿me acabo de cruzar con Michael Jordan?»
Además, tuvimos la suerte que ese año había los mejores jugadores del mundo y poder verlos fue muy bestia. Fue un sueño. Una situación irreal. A veces pienso que no sé si realmente estuve allí porque es tan irreal y tan perfecto que no se puede describir. Fue mucho más grande de lo que imaginábamos. No queríamos que acabase, yo quería quedarme allí. Quedamos quintas e hicimos diploma, pero hicimos un buen papel bueno porque en ese momento España ni se clasificaba para los europeos.
Una de las imágenes más icónicas de los Juegos de Barcelona 1992 es la ceremonia de inauguración en el Estadi Olímpic. ¿Recuerda ver caer la flecha en el pebetero?
Estábamos debajo. Todos estábamos allí debajo. ¡Eso fue indescriptible! La sensación en el desfile de apertura, de salir ahí en ese momento, estando en tu ciudad. Luego jugué los Juegos de Atenas, pero vivir eso… Además, hubo muchas medallas españolas y la Vila Olímpica era muy intensa: cada día había una fiesta porque cada día había alguien con medalla. Fue todo irreal. Eso no se puede volver a repetir en la vida. Habrá más juegos, pero ningunos serán como los Juegos de Barcelona.

Tras los Juegos firmó su primer contrato con el BEX en Liga Española. ¿La incorporación de las jugadoras del Plan ADO fue un punto de inflexión también para subir el nivel de la liga? ¿Generó expectativa eso?
Yo diría que sí. La sensación esa temporada al incorporarnos en los clubes de la liga era casi como fichar a una extranjera, porque como no habíamos jugado parecíamos como el rol de la americana del equipo. Pero yo, por ejemplo, tenía 21 años. En el BEX éramos 4 del plan ADO y la presión se repartió un poco. Cuando no eres la única todo es un poco más fácil.
Un año más tarde, en 1993, formó parte del equipo que se alzó con el oro en el Eurobasket. Más de 20 años después de su primer partido oficial, la selección femenina conseguía su primera medalla internacional. ¿Qué recuerdos tiene de Perugia?
Había mucha polémica con el equipo olímpico porque había jugadoras en ese momento en la liga que lo estaban haciendo muy bien pero no entraban en la absoluta porque había jugadoras que llevaban cuatro años de Plan ADO. Había críticas del entorno que decían que no era la mejor selección, pero cuando terminó, el Plan ADO cambió el seleccionador (Manolo Coloma sustituyó a Chema Buceta) y se hizo una selección que fue un mix perfecto entre plan ADO y las mejores de la liga.
Y ese mix, con todo el trabajo más el talento, hizo un cóctel explosivo que puede salir bien o mal, pero que en este caso fue bien y nos plantamos en la final. Fue uno de esos torneos que no te lo planteas mucho y vas dando pasos adelante. Nos tocó Francia, que es un rival que nos gusta, y sabíamos que era una oportunidad que no podíamos dejar escapar. Fue un año raro, porque fue el año del boicot a Rusia y Yugoslavia, era el momento de dar el salto. Lo que llevábamos de esos cuatro años de plan ADO más el talento que se había desarrollado en la liga española se juntó en el momento perfecto.

¿Qué tal fue jugar a las órdenes de Miki Vukovic en el Godella (1994-95)? Allí llegó tras jugar con el BEX (allí ganó Liga y Copa) y el equipo ya había sido campeón de Europa dos veces (1992 y 1993), ganaron Copa, Liga y quedaron finalistas de la Euroliga.
Qué te tengo que decir. Escuela balcánica. Ese equipo era muy bestia. Tenía la mejor americana de Estados Unidos, Katrina McClain, también estaba Teresa Edwards… En aquella época se podían fichar dos americanas, pero se fichaban a las mejores porque no había la WNBA [la creación de la liga norteamericana fue en 1996]. Jugar con estos equipos de Euroliga se hacía caro porque siempre había americanas y me convertí en jugadora de rotación y no estaba acostumbrada a ello.
Yo había sido titular siempre y de repente pasé a ser la rotación de la mejor pívot del mundo, ¿sabes? Aprendí mucho en los entrenamientos, pero era otro tipo de temporada. Cuando sabes que eres titular sabes que vas a jugar minutos, pero de repente sabes que eres suplente y que por mucho que demuestres en los entrenamientos, la americana debe jugar y hacer sus números. Aquí ya no se trataba de luchar para conseguir tu puesto, muchas veces había una mentalidad de aguantar a alguien en pista hasta que hiciera sus números. Y yo no lo entendía. A menudo pensaba: bueno, pero déjame jugar, ¿no? Es un proceso y no disfrutas igual. Me costó mucho porque con 3 o 5 minutos en pista pues… cuesta.
Miki era un entrenador que tenía unos roles muy claros: titulares y suplentes. No nos mezclaba. Entrenábamos muy duro, muchas horas. Y el hecho de entrenar muy duro y saber que por muy bien que entrenes no vas a jugar pues se hace duro. Además, por otro lado, tienes un nombre y para ir a la selección tienes que jugar. Y si no juegas a lo mejor no te llaman para ir convocada…
Entonces te pones una presión de intentar demostrar en 5 minutos que eres muy buena, y en pocos minutos no puedes demostrar gran cosa. Fue duro porque no estaba acostumbrada a ese rol, pero aprendes. Lo ganamos todo. Y él, como persona, respetaba mucho lo que hacía todo el mundo y quería igual a la americana que metía 20 puntos estando 35 minutos en pista que a la que era rotación y jugaba 5. Y no le puedes rebatir nada.
¿Cómo fue el salto a la WNBA en 1998? Allí coincidió con Teresa Weatherspoon, Kym Hampton, Rebecca Lobo…
La WNBA había arrancado hacía un par de años y yo no fuí drafteada, pero fui al Mundial de Berlín con la selección (mayo-junio 1998) y ahí estaban todos los ojeadores. Me vieron y mi agente me dijo que las Liberty querían que fuera al training camp. Y dije: «vale, pero estoy en el Mundial, ¿cómo voy a ir al training camp?» Y me dijeron que cuando acabase me fuese allí directa a los tres o cuatro días que duraba el training camp. Y sí, sí. Me cogieron pese a que me había perdido la mitad del training camp.
Fue muy guay porque era Nueva York, siempre tenía la casa llena de gente que venía de visita, jugábamos en el Madison Square Garden… Pero a mí el concepto de juego americano no me sedujo. Era correr mucho y muy individual, todo era físico y uno contra uno. Cuando recibías el balón tenías un segundo para tirar. Yo recuerdo la sensación de recibir la pelota y saber que apenas tenía 1 segundo para hacer algo con ella. No podía pensar porque mi juego era recibir, mirar qué pasa, subir, leer… Pero allí era imposible.
En los entrenamientos nos ponían unas colchonetas que usaban los de fútbol americano y nos defendían con eso que casi salías volando. Además, no podías pasarla porque ya no la veías más. Yo no estaba acostumbrada. Hice dos años, viví la experiencia, y ya está.

Nueva York es una ciudad con mucho glamour. ¿Es cierto que estando allí fue a una fiesta de Whitney Houston?
Sí (ríe). Luisa Bisetti y mi agente vinieron a verme a Nueva York al principio. Ahí en el Madison siempre había famosos en la fila cero. Y como yo no jugaba mucho, me pasaba el partido mirando quién estaba ahí. Y entonces un día me fijé que vino Whitney Houston con su hija. Tras el partido había una green room y los famosos se quedaban allí a tomar algo y saludaban a las jugadoras.
Y en un momento vino una compañera y nos dijo que ese día era el cumpleaños de Whitney Houston y que hacía una fiesta en un local y nos había invitado. Algunas decían que estaban cansadas y tal… Y yo dije: «¡yo voy!» No sé que van a hacer las otras, pero yo voy. Y al final sí. Fuimos a una discoteca, entramos, estábamos en la lista, y ella estaba allí rodeada de gente.
Había un escenario pequeño y cantó un poco, había pastel… Había mucho famoseo y de vez en cuando subía al escenario. En esa época no había móviles y no ha quedado prueba de ello. Me impactó mucho cuando murió porque era muy buena tía y muy guapa, y me dio pena saber como acabó.
¿Cómo vivió la cultura de Nueva York a finales de los ‘90? ¿Y qué tal la experiencia inmersiva del baloncesto americano?
He tenido mucha suerte. Siempre cuento que el primer día de entrenamiento no recuerdo como tenía que entrar. Nosotras vivíamos a dos calles del Madison. El entreno era a las diez, llegué al Madison y no sabía por donde se entraba. Me puse en el túnel por donde entran los taxis, el túnel era gigante, luego vi un ascensor por donde sube la gente, pero claro, el ascensor era gigante y llegué a una planta y ahí había de todo: un restaurante, una iglesia, había también una cocina… No sabías en qué botón estaba el vestuario.
Al final llegué, no sé como, y luego me enteré de que las compañeras iban en taxi al entrenamiento porque ya las dejaba dentro. Imagino que me puse en algún sitio que no era ni el ascensor correcto y al final aprendí que pese a vivir a dos calles, debía ir en taxi.
Allí no quedábamos para ir juntas a entrenar, cada una iba a su bola. Todo el mundo iba individualmente. Por ponerte un ejemplo, recuerdo a mi compañera de habitación, que en ese momento todavía compartíamos habitación, era la rookie y pedía siempre room service. ¿Crees que me preguntaba si pedíamos juntas? No. O salía a comer algo y ni tan siquiera había la comunicación de decir: «voy a buscar algo de comer, ¿quieres algo?» Todas estas cosas mi cultura deportiva no las compartía. Por eso, al final dije que esto no estaba hecho para mí. Al final, viví la experiencia, pero tras dos años de ir, además entre selección, liga y euroliga… Ya fueron suficientes.
Es curioso porque no jugué tanto tiempo allí, pero mucha gente del mundo del deporte todavía me preguntan por mi etapa en la WNBA. Y eso que fui dos veces y fueron tres meses, que en comparación con toda mi carrera, no es nada. En cambio, poca gente me pregunta por la medalla de oro, por los Juegos… Todo el mundo se acuerda más de la WNBA. Es algo que creo que va bien hacer porque lo tienes en tu currículum, pero lo recuerdo por estas anécdotas más que por el baloncesto.

Coincidió muchos años en su etapa deportiva con Pilar Valero (1970-2022): Valencia, Vigo (1998-00, donde ganaron dos ligas y una copa) y en la selección.
Buf ¡Era la mejor! La mejor compañera que puedes tener. Era un chute de energía brutal y una persona siempre positiva. Coincidí con ella desde cadete porque éramos de la misma generación y jugadoras como ella hacen que te enamores de este deporte, porque íbamos a las concentraciones y nos lo pasábamos genial. Ella siempre me cuidaba, me protegía, salíamos juntas de fiesta… Es de esas personas que te encuentras por el camino y que te hace sonreír en la vida.
En Valencia éramos las dos del equipo suplente, porque como te decía, Vukovic jugaba con dos equipos (titulares y suplentes). Pues al final las titulares querían jugar con nosotras porque nos lo pasábamos tan bien que querían juntarse… (ríe). Ella siempre sabía como destensar un momento tenso con un comentario o con una broma. Los entrenadores la querían tanto que al final, pese a poder estar cabreados o tensos, escuchaban un comentario que generaba una reacción en cadena de risa y luego seguíamos. Siempre ha sido el alma de los equipos. Una tía única.
Era una jugadora de equipo que lo tenía todo. Cuando le detectaron el tumor cerebral fue un shock porque tras retirarse era la que estaba más en forma. Cuando le detectaron el tumor se nos vino el mundo abajo. Entre todos cuidamos mucho de ella hasta el último momento. Nunca te puedes imaginar que a alguien tan vital le pase algo así. Fue muy triste. Fui al entierro y recuerdo que en ese entierro estaba todo el mundo del universo del baloncesto, masculino y femenino. Allí estaba todo el mundo. Creo que su pérdida ha sido lo más duro que he vivido de mi vida en el mundo del baloncesto.
El baloncesto profesional ha evolucionado mucho a lo largo de los años y en algunos aspectos se ha individualizado. ¿Cree que las jugadoras antes se cuidaban más y hacían «más tribu» entre ellas?
Antes, como no había móviles creo que había mucha más convivencia. Nos veíamos fuera de los entrenamientos, íbamos juntas de vacaciones cuando terminaba la temporada… Es cierto que venían dos americanas y a menudo venían por 2-3 años, y al final se convertían en parte de la familia porque había muchas actividades conjuntas: íbamos a casa de alguien a comer, al cine juntas tras los entrenos… Eso ahora no pasa porque con las plataformas cada una ve su propia peli.
Y por ejemplo, nosotras veíamos los Óscar a las cinco de la madrugada todas juntas porque sabíamos todas las películas porque las habíamos visto juntas. Y hacíamos cosas así que ahora no se hacen porque están como más aisladas. A lo mejor ahora tienes un par de buenas amigas en un equipo, pero antes había más coexistencia.
Me acuerdo, por ejemplo, cuando era carnaval íbamos todas disfrazadas al entreno y éramos igual de profesionales, pero había todos estos momentos donde se priorizaba el equipo y había más espíritu de equipo, que considero que ahora es más una unión de individuos y antes era más un equipo. No sé cómo viviría esta etapa ahora.
Por ejemplo, de mi generación, ahora hace poco en la Copa de la Reina, todas las que nacimos en el 1971-72 hicimos un reencuentro. Incluso me encontré con el gerente del club del Hospitalet donde comencé. Habían pasado 40 años y todavía se acordaba de mí y mira, me hizo ilusión porque fue el primer club que me dio la bienvenida. Y esto, ahora, imagino que con Instagram y redes sociales, a su manera seguirá pasando, pero no sé si es igual de auténtico.

Su última temporada en activo fue con el Barcelona y ganaron el título de Liga (2004-05). ¿En qué momento decidió que llegó la hora de poner punto y final?
Ese año ya tenía 35 años y me encontraba bien pero veía que ya no iba. Entonces lo pasas mal porque cuesta mucho aceptar que ya no puedes más. Físicamente estaba bien, no tenía claro si acababa o no. Y me acuerdo que forzamos el quinto partido de play-off contra el Valencia de Amaya Valdemoro, Elisa Aguilar… y tal. Y me acuerdo que estábamos haciendo la siesta del día del quinto partido y le dije a Sandra (Gallego), que era mi compañera de habitación: «Sandra, tengo el presentimiento de que si ganamos hoy, es el momento». Y me dijo: «¡Qué dices! Si puedes jugar más años…» Y quedó ahí.
El partido iba…, Íbamos perdiendo, pero de poco. Y Sandra sale en el último cuarto y mete tres triples seguidos que nos ponen por delante. Y ganamos el quinto partido. Luego me cambian, yo ya estaba en el banquillo, y Sandra me dijo: «esto es para ti». Y entonces lo supe, que era el momento de parar. Además, la Federación me propuso comenzar a trabajar en el Comité Técnico, yo ya tenía la carrera de fisio, y pensé también que a lo mejor si no me subía a ese tren ya no volvería a pasar. Yo siempre he sido muy culé y terminar ganando el quinto partido y con el Barça… No podía imaginar un final mejor. Ese era el momento. Fíjate, las jóvenes que venían a ayudar al equipo eran Sílvia Domínguez y Anna Cruz… Imagínate.
A lo largo de su carrera se caracterizó por ser una jugadora interior que rompió moldes. Hasta ese momento no había habido una española con su altura y su agilidad.
Sí, yo era muy alta pero atlética. No tener lesiones y tener un cuerpo físicamente fuerte me permitía correr al contraataque, correr en movimiento y botar… Y claro, en mi época las cincos eran más de plantarse en la zona, que les llegara la pelota, y girarse. A mí me gustaba mucho jugar el pick and roll, me entendía muy bien con mis aleros y me gustaba pelearme en la zona y ganar la posición. Ese era mi juego.
Yo no tiraba de lejos y mi juego era siempre aprovecharme de mi movilidad y mi cuerpo. Sí que a lo mejor fui de las primeras que hacía eso, porque había mucho bloqueo directo y continuación, pero yo me movía más allá. También tenía buen timing de salto, me movía bien… Jugué muchos años con Ingrid Pons y formábamos como un puzle perfecto porque ella se movía siempre en función de mi juego y nos complementábamos muy bien. Es cierto que ahora comienza a haber jugadoras jóvenes españolas que son altas y con una gran movilidad, con Awa Fam tenemos un futuro brillante, pero en mi época no había españolas así. Después de mí ficharon a Sancho Lyttle.

Madrid (1989-94), Valencia (1994-95), Barcelona (1995-98), Galicia (1998-00), Barcelona (00-02), Madrid (03-04) y Barcelona (04-05). ¿Por qué priorizó quedarse en España por encima de otros países?
El boom de los petrodólares comenzó justo cuando yo me retiraba. En mi etapa, Valencia, Vigo y Barcelona eran los mejores pagadores. Hubo alguna oferta, pero la diferencia no era tan grande como para irme a Francia o Italia. Pude ir a Italia, pero a la vez me llegó la oferta de Valencia, que en ese momento era campeón de Europa y estaba al lado de casa.
Además, siempre fichaba en los equipos con contratos de 2-3 años, y cuando podía escuchar ofertas, las que venían tampoco me alumbraban. Así que enganché Valencia, Celta y decidí retirarme en el Barcelona porque soy culé y sabía que mi sitio era ese. No me llamó la atención porque creía que la mejor liga era la nuestra. Yo compensaba yéndome a la WNBA y en verano con la selección.
El dineral ruso llegó al retirarme y mi agente siempre me decía que si hubiera aguantado un año más… Pero yo le dije a mi agente: «¿ahora tengo que irme a Siberia, a pasar frío, no jugar y… ganar dinero? Sí, pero yo no soy así». Entonces dije, mira, no me cuentes más de Rusia que ya tengo la decisión tomada.
¿Diría que España ha sido el equipo de su vida?
Sin duda. Y creo que a cualquier jugadora te diría lo mismo. Primero porque jugar allí te permite saber que eres de las mejores. Luego, representas a tu país y estás representando algo que va más allá. Y luego también, España tal como está formando en baloncesto de formación, vas pasando generaciones con tu bloque de compañeras y con un estilo definido y las etapas de formación acaban siendo un poco… como ir de colonias con tus amigos, porque al final tienes la oportunidad de jugar a un baloncesto de gran nivel, ir a competir fuera y con tus amigos. Competir en Europeos, Mundiales y Juegos Olímpicos te pone en el mapa y creo que eso las jugadoras en España lo respetan mucho, siempre priorizan la selección.
Cuando era jugadora para mí irme en medio de la temporada a las ventanas era un reset y un chute de energía. Porque a lo mejor estás en una dinámica tal, con un entrenador y tal… Y de repente te relajas, te vas con tus amigas a competir, todo el mundo habla el mismo idioma y es todo como: ¡buf! Vuelves a tener tu rol, te clasificas, te da un subidón y luego ya aguantas hasta final de temporada. La selección es la sensación de permanencia absoluta.

En julio de 2004 superó el histórico récord de internacionalidades de Juan Antonio San Epifanio ‘Epi’, convirtiéndose en la primera jugadora en alcanzar las 240 internacionalidades con la selección española absoluta (acabó con 252).
Me llamó el día que lo hice. Yo estaba en los Juegos de Atenas, que fue mi último torneo con la selección. Era el momento. Yo sabía que si jugaba le pasaba en internacionalidades. Y me sabía hasta mal, porque Epi de pequeña era mi ídolo. Y recuerdo el último partido en Atenas, que vino el delegado de prensa y me dijo que tenía una llamada. Y era Epi felicitándome.
Me dijo que tenía que estar contenta y que llegaría el día que vendría alguien que batiría mi récord. Y me hizo una charla muy guay. Luego nos hemos visto algunas veces y le tengo mucho cariño. Luego me pasó a mí, me pasaron Laia (Palau) y Amaya (Valdemoro). Al final es motivo de orgullo. ¡Sigo estando en el top 10 (ríe)!
Su historia parece muy redonda: comenzó el ciclo en el Hospitalet de pequeña y más tarde representando a España en los Juegos del ‘92 y lo cerró en los Juegos de Atenas ‘04 y ganando una liga en Barcelona. Tenía una gran amiga viendo ese partido que jugó en Atenas junto a su familia en Suiza.
Mi historia siempre ha sido curiosa. Una de mis primeras entrenadoras fue Sílvia Font en el SEGLE XXI, que luego fue también mi última entrenadora en el UB Barça. Y es curioso que fuera una mujer, porque no hay tantas y antes había menos, y que estuviera en mi primera experiencia y en la última. Que eso ya no lo puede decir mucha gente. Luisa (Bisetti) siempre me dice que mi madre era mi fan número uno y que vivió muy orgullosa esos partidos. De lo más orgullosa que estoy es que mis amigas desde pequeña aún sean mis amigas hoy en día. Cuando entré en el Hall of Fame mis primeras palabras del discurso fueron recordando a Pilar Valero, porque fue como una hermana para mí. Pasamos juntas viajes, momentos felices, momentos tristes… El baloncesto me ha dado muchas hermanas más.

Actualmente trabaja en FIBA como responsable de baloncesto femenino y proyectos. ¿Cómo dio el paso hacia la gestión deportiva?
Yo había estado seis años trabajando de responsable de selecciones en la Federación Española (FEB). Ya hablaba francés y alemán por mi madre, y luego aprendí inglés con el baloncesto y en Estados Unidos. Cuando estaba en la FEB, había una comisión FIBA que se reúne dos veces al año que es la ‘Comisión de la Mujer’ donde se habla de competiciones y calendario. Eso me abrió la puerta a conocer a la gente de la FIBA.
Cuando me quedé embarazada y nació mi hijo, vimos que la logística en Barcelona era complicada así que hicimos un cambio de vida y nos fuimos a vivir cerca de Múnich, donde está la sede de FIBA Europa. Cuando mi hijo tenía como un año y medio salió un puesto de trabajo de 3×3 y comencé así. Cuando el 3×3 se convirtió en disciplina olímpica, la logística se trasladó a la sede de FIBA Mundo, en Suiza. Yo entonces pedí seguir en Alemania y pasé a ser responsable de baloncesto femenino, programas y proyectos.
En 2019 FIBA Mundo decidió priorizar en su plan estratégico el desarrollo del baloncesto femenino. Entonces me llamaron para coordinar ese plan con las oficinas de todo el mundo y llevamos a cabo diferentes programas de mujer y baloncesto donde intentamos que las federaciones impulsen el trabajo de más mujeres para que puedan desarrollarse como gestoras, entrenadoras y árbitras.
Por ejemplo, uno de los planes que impulsamos se llama Time Out, que es para que jugadores y jugadoras puedan pensar qué hacer tras su retirada. Si se quieren dedicar a la gestión deportiva les damos una formación para que puedan integrarse en el mundo del deporte. Han pasado jugadores como Víctor Claver, Vega Gimeno, Leo Rodríguez…
Al final, muchos jugadores no han podido formarse durante su etapa deportiva y reciben esta formación de un año y medio. Está funcionando muy bien porque además muchos de ellos terminan en cargos importantes en sus federaciones. Es importante la formación porque muchos jugadores reciben ofertas de gestión deportiva tras retirarse y no pueden decir que no.
Deben formarse porque están acostumbrados a la excelencia en el baloncesto y es muy difícil llegar y ser excelente en un puesto sin antes haber recibido una formación al respecto. Yo, por ejemplo, hice el curso superior de entrenadora. Me sirvió para ver que no quería ser entrenadora. Pero además, me sirvió porque en la Federación también era responsable de contratar a los entrenadores de categorías inferiores. Al final también, cuanto más te formes, mejor.


El arquero de Barcelona 92 era Antonio Rebollo, no Jaime