
Aburrimiento. Sopor. Siesta de verano, ciclistas en la tele, el Tour de los primeros días. Llanos, llanuras, qué tedio, tú. Ya llegarán los montes, y allí me pongo, allí presto atención grande. Pero ahora mismo me entra una modorrita…
Solo que no. O no siempre. Que también hay etapas de llano con interés, con hostiones grandes, con leyenda. Que sirven para completar las Grandes Vueltas tanto como los puertos y las cronos. Y que, además, exhiben espectáculos gordísimos cuando toca. Cuando hay viento, cuando hay cortes, cuando hay ganas, cuando hay clase.
Acompáñenos el lector por esta selección chiquita de las etapas llanas más interesantes de siempre. Y comente por su preferida, por cuál echa a faltar, por qué otra deberíamos incluir.
Y no se me duerman, hombre.
Esto se acaba cuando esto se acaba, dice Jean.
El Tour de 1947 fue… distinto. Por situaciones, condiciones, cronología. No estaba Europa, entonces, para aquellos asuntos. No estaba… carreteras derruidas, hambre, edificios que son cascotes, recuerdos que aun humean. Cuando empieza ese Tour de Francia, julio de 1947 (primero sin Desgrange, por cierto) están los galos aun con la guerra en las carnes. Apenas meses desde los Tratados de París, ni germanos ni transalpinos correrán la Grande Boucle. Bueno, algunos corren, porque algunos viven en Francia y ya los consideramos franceses, aunque sean poco franceses para considerarlos muy franceses.
Esto tiene su importancia, como veremos.
En lo competitivo (o en la supervivencia) pues quedó también rarete. René Vietto, Le Roi René, que retorna, que perdió exuberancia juvenil, que nunca será el palmarés que acompañe al mito. Pero va salvando obstáculos, va venciendo rivales, un día este, otro día aquel. René que llega de jaune a la etapa 19. Contrarreloj individual. Cortita, como debe ser, apenas 139 kilómetros. Ya ven, un prólogo. Impanis, que gana, hace casi tres horas y cincuenta minutos. René pierde quince, porque cuando no tienes el día es que no tienes el día. Tour de montaña rusa para él… dice que igual se marcha, que qué le resta allí. Días antes, en Niza (su zona, su casa, sus puerto de Turbie, Braus y Castillon) tiene un problema en el dedo meñique del pie. Igual está roto, y molesta bastante. Vietto va al médico del Tour, venía a que me cortasen el dedo, quiero seguir en carrera. El médico desobedece.
Así eran las cosas antes.
Y eso, que de la crono sale como líder Pierre Brambilla. Pierre Brambilla fue, años ha, el primer corredor que coronó El Escudo en una etapa de la Vuelta a España, así que servidor está encantado con que vaya a ganar el Tour, oigan. Sucede que Brambilla vive en Francia, y es ciclista francés, pero realmente nació en Italia, aunque realmente nació en Suiza, pero él era italiano, aunque después será francés. Mira, no sé, un lío. ¿Resumen? Que huele a italinini del todo, y eso, en la Grande Boucle de 1947, pues nos mola regu. ¿Otro resumen? Que no espere ayudas este Brambilla, hostias.
Tampoco debería hacerle falta. Quedan solo dos etapucas. Dos llanos, oigan. Hasta Caen, luego a París. Chupao.
Solo que no.
Pasan, los ciclistas, por Rouen. La tierra de Rollo, oh, sí. Pasan, los ciclistas, por Rouen, y es la última tarde, y está todo vendido. Pasan, los ciclistas, por Rouen, y suben la colina de Bonsecours (que no es nada, oigan, la colina de Bonsecours, que menos de dos kilómetros al seis, la colina de Bonsecours) y allí ataca Jean Robic, y sale a por él Pierre, porque Robic es tercero en la general, porque le saca menos de los tres minutos. Lo coge fácil, ambos desisten. Game over. Sucede que, en ese preciso instante, los supera un bólido. Se llama Edouard Fachleitner y acabará el día siendo un hombre muy rico. Robic aprieta, quiere coger a Fachleitner. Brambilla, cansado, desiste. Quedan cien kilómetros. Cien kilómetros de planicie. Dónde van esos dos.
Ay, Pierre.
Jean Robic (bretón, feo, corajudo, mala hostia, estilo incómodo sobre la máquina) decide apostar. Mira, Fachleitner, si me relevas yo te doy 100.000 francos. Tú no puedes ganar el Tour, pero igual yo sí. Apretón, trato hecho. La locura.
(¿Quieren una paradoja? Fachleitner, el que tiró de Robic para que no ganase el Tour un italiano nacido en Suiza, había visto la luz en Santa Domenica d´Albona, actual Sveta Nedelja. Vamos, que era, entonces, italiano, o yugoslavo, o vaya usted a saber. Qué delicia, la historia).
Y eso, que la etapa es para Briek Schotte, porque todo es un sindiós en esos últimos kilómetros, y nuestro Fachleitner ni parcial trinca. Pero sacan catorce minutitos a Pierre. Y Jean Robic se viste de amarillo. En el pódium final, que solo fue líder de la carrera cuando acabó la carrera. Segundo es el «italiano» Fachleitner, tercero el «italiano» Brambilla.
Díganme si no sirven las etapas llanas. Y díganme si no es bonito eso de competir hasta el último día…
La Odisea de Hugo Koblet.
Era bello. Hermoso. Estético, elegante, grácil. Y lo era en un momento en que los caminos tenían polvaredas, y légamo, las bicis pesaban quintales, las manos llegaban sangrando por ampollas y traqueteo. No es fácil, no, ser armonía en mitad del caos.
Pero Hugo es armonía, inclusive, en medio de su propio caos.
Al menos un tiempo.
Hugo Koblet fue una rara avis. En un torbellino de épicas, de ciclistas tragando nubes, de tubulares arrancados con los dientes, él jugó papel de seductor y fino. Siempre llevaba un peine en el bolsillo del maillot, para acicalar antes de atender a los periodistas tras la etapa. Sobre todo cuando había ganado. Y ganaba mucho. Ganaba mogollón. Lo llamaron el Mozart de la bicicleta. Por precoz, por hacer fácil lo difícil. Tenía, enfrente, a paisanos como Coppi, como Bartali, como Bobet, Robic o Kubler. Y todos lo llegaron a temer. Fue primer no transalpino con la maglia rosa, fue dominador en Suiza, fue estrella de los velódromos. Y fue, también, protagonista en la más alucinante etapa de planicie del Tour.
Esa que dicen «Milagro de Agen».
Pongamos contexto. Julio de 1951, Tour de Francia. Participación excelsa, no falta nadie. Están Gino Bartali, está Louison Bobet, también Jean Robic, Fiorenzo Magni, Géminiani, Ockers, Bernardo Ruíz, incluso un Fausto Coppi que arrasó en su anterior visita francesa, pero reincide lastrado en la moral, con el fallecimiento de su hermano Serse pesando memoria. Y luego estaba él. Hugo Koblet. Que jamás corrió el Tour, que viene dispuesto a todo. Y que escoge la demostración más complicada de todas.

Fue camino de Agen. Undécimo parcial, 177 kilómetros. Llanos. Llanísimos, línea absoluta. Calor, eso sí, mucho calor. Y Hugo que prueba, Hugo que quiere mostrar a todos quién es el que manda. Casi 140 a la meta, tres horas hasta llegar. Ataque, marcha en solitario, sin otra rueda donde resguardarse, sin sombra a quien perseguir. Y, entonces, pedalea. Se limita a eso. Pedalea.
Contra los mejores del mundo, pedalea.
Frente al pelotón hambriento, pedalea.
Al principio nadie se inmuta. Qué le pasara a Hugo, qué raro es siempre Hugo, ya lo cogeremos, a Hugo. Después aumentan distancias, siempre poco a poco. Treinta, cuarenta, el minutín. Y los grandes ponen gregarios para que trabajen, para sofocar esa estupidez. Será mejor, mira lo que te digo, será mejor incluso para el escapado, que así solo pierde fuerzas. Pero Hugo sigue inmóvil, solo las piernas como émbolos que suben y bajan, maillot color sangre, cruz nieve en el pecho. Minuto, minuto y medio. Vale, cosa de campeones, de líderes. Y todos, todos, se ponen a relevar, cabeza del pelotón, unos metritos, luego entra el siguiente, y el siguiente. Así. Se llaman Gino, y Louison, se llaman Fiorenzo, Fausto y Raphäel. Es el Gotha de su década. Colaborando, compartiendo fuerzas. Contra un hombre solo.
Y el hombre solo gana.
Hugo Koblet llega, hasta esa ciudad de Agen, tres minutos y medio antes que sus perseguidores. Ha conseguido, hidalgo solitario, aumentar distancias frente al pelotón que persigue. Ha conseguido, también, una de las gestas que se quedan como referentes en la carrera más grande del mundo.
Ganó Hugo aquel Tour de Francia, y nunca logró terminar ningún otro. Dicen que si le gustaba demasiado la bohème, dicen que si cuidaba poco sus costumbres, sus hábitos. Derrochaba y hacía saberlo. Murió trece años más tarde de aquella explosión gloriosa, cuando estrelló su coche. Muchos, casi todos, piensan que fue suicidio. No había cumplido los cuarenta.
Bajando a Marsella mientras buscas venganza.
Fue el día después al día después del día más grande. Cuando cayó el monstruo. Cuando murió Aquiles.
Fue el día después al día después de Orciéres Merlette. Cuando el asfalto se derritió, cuando los regueros de sal y agua resbalaron desde mentones y narices. Atacó Agostinho en Laffrey, porque, quién sabe, igual aquello se le parecía un pelín a Mozambique. Atacó Agostinho, y salieron otros, y no salió él, el belga, y sí salió él, el conquense, y empezó a tirar Luis Ocaña, y detrás tiraba Eddy con todos sus rivales a rebufo, complacidos al ver que mordía el polvo, gozando de esa visión inédita, gozosa, la de Merckx batido. Fueron casi nueve minutos. Dicen que el Tour está sentenciado.
No conocen a Eddy.
Cuentan que si esa semana, esos días entre el Puy-de-Dôme y Menté, fueron los más grandes que jamás vieron las bicis. El volcán, el pinchazo en Chartreuse, Orciéres, la crono, el turbión pirenaico. Y, claro, Marsella.
Hubo descanso tras la épica de Luis. Hubo descanso, y todos tenían patucas durísimas, y todos buscaban aire. Dicen que si fue un miembro del Kas el primero que olió chamusquina. Una terraza, un café. Y, delante, pasan los Molteni, toda la escuadra del belga. A relevos. A toda hostia. Pelín tenso. Luego vio sus bicis con la patilla lijada. Y entendió. Piñón diminuto. Habrá leña.
Mucha leña.
Tras Orciéres, tras el descanso, hay etapa de transición. Ni llana, es, porque todo consiste en bajar desde los Alpes hasta el Mediterráneo. Doscientos cincuenta kilómetros hasta el Vieux Port marsellés. Un día menos para París, un obstáculo que ni obstáculo parece.
Pero…
Dan la salida y los de Molteni arrancan corriendo junto a sus bicis, impulsándolas, subiéndose en marcha como si fuera carrera de ciclocross. Qué locura, qué pretenderán. Abre un tal Marinus Wagtmans (flequillo blanco, muslos enormes), a quien consideran el que mejor baja de todos. Y empieza a tumbar su bici, a rozar con el pedal los suelos, a sacar chispas, a devorar horquillas. Con él, Huysmans. Y Eddy. También seis aventureros que se encuentran, arte de magia, en la mayor guerra que nunca pudieron imaginar.
Detrás, todos.
Lo que restan son 5 horas, 25 minutos y 28 segundos de persecución. Con los Molteni tirando como perros, con Merckx relevando furioso. Con Ocaña a rueda del Bic, buscando aliados, perdiendo envites. Etapa vertiginosa, lid inesperada. Consecuencias… nadie descansó tras el descanso, nadie disfruta por culpa de Eddy tras disfrutar cuando sufrió Eddy.
En Marsella triunfa Luciano Armani. Llegan, los ciclistas, dos horas antes de lo previsto, no hay vallas, ni meta, ni autoridades, ni señoras con ramos de flores. Nada hay. Meten dos minutos a quienes persiguen. Dos minutos tras trescientos veinticinco de empuje. Pareciera poco. Es suficiente. No me rindo, significan esos dos minutos.
No me rindo.
El resto… historia.

Mira qué de algas.
Aquel Tour de 1999 iba a ser el más limpio de la historia. Luego igual se quedó pelín chuchurrio el asunto, pero así nos lo venden. Fuera los tramposos de doce meses antes, dentro tipos sin mácula y con imagen imposible de mejorar. Como Lance Armstrong. Se lo prometo…
Y, en fin, que gana nuestro ferrari predilecto el prólogo, y en el prólogo ya da positivo, pero es un positivo así, de mentirijillas, y todo se arregla con el recetario de pomadas para el culete, porque en las bicis nos gusta lavar nuestra ropa en privao. Ay.
Aquel año tenía más cosas freaks. Lo del Passage du Gois, por ejemplo. Que a quién se le ocurre meter el Passage du Gois, que es un tema loquísimo, el Passage du Gois. Una recta estrechuca que une la isla de Noirmoutier con el resto de Francia. Una recta pegadita al lecho marino, y allí es poco de piélago el lecho marino. Sumen mareas tipo «océano enfadao», sumen la natural querencia de algas y musguillos a crecer en cualquier saliente y… ¿Resumen? Una pista de hielo, que imposible mantener sobre la bici, que menuda hostia, que ciclistas bajando hasta la arena, hundiéndose, pasando por entre pandemónium de bicis, manillares y peña que hace ay, ay.
Traemos aquí el Passage du Gois porque es buen ejemplo de cómo eran antes las bicis. ¿Te caes? Pues no haberte caído, si eres de los líderes yo acelero y saco ventaja, ya me apretarás gónadas más adelante. Y, oye, a mí me parece fenómeno, porque las carreras empiezan con el corte de cinta y terminan en meta, y lo del medio es todo libertad para competición. ¿Quieren ustedes un falso espíritu deportivo y no aprovecharse? Perfecto, pero no impongan su parecer a los demás. Aquí hubo cuchillo entre dientes, y más mala baba que un careo entre youtuber andorrano y Gabriel Rufián. Zülle pierde seis minutines y casi el Tour, Gotti pierde seis minutos y… en fin, yo nunca me acuerdo mucho de Gotti. Armstrong llegará de amarillo a los Alpes, y allí ya se hunde, te lo digo yo que se hunde. Y Olano tiene la oportunidad de su vida, menudo escaparate se le va poniendo a Olano.
Sic transit gloria mundi.
Ni se les distingue, con tanto barro.
Bueno, aquí hacemos un poco de trampa. Solo un poco. Porque lo de Montalcino, en 2010, no es precisamente etapa de planicie. Cotas, repechos. Y, sobre todo, el sterrato.
Decían que el Giro quiere entrar en el futuro, ser innovador, probar cosas nuevas. Y mete Finestre, y mete, más tarde, esas carreteras blancas que llevan de viñedo a viñedo entre aromas de chianti y polvillo albo. Decían eso, y olvidaban que antes todas las carreteras eran carreteras blancas, que antes volvías lleno de mugre cada vez que coges la bici, que antes eso del macadán era nombre de whisky. Así que el Giro, sabio, no se puso en plan sofisticaciones, más bien miró a su historia para recuperar aquello que le hizo leyenda, ay.
Y eso, que al calor de una clásica muy reciente (una que fue antes cicloturista) programaron etapuca por caminitos. Y aquello fue el acabose, porque salió jornada con lluvia y porque acompañaron los protagonistas mogollón, con sus virtudes y defectos. Virtudes tenían Vino, y Nibali, incluso el Evans arcoirisado, que atacaba muy aviesamente. Aquel día todos pedalean un poco acojonaus, un poco a verlas venir, pero luego ya entran en el barro y les da por recordarse a cuando eran niños, y los niños adoran el barro, así que se nos ponen a hacer cosas de niños, a no pensar en fichas y potenciómetros. Bueno, ayuda también que iba líder Ivan Basso, e Ivan Basso tiene el mismo control sobre la bicicleta que Manuel Fraga Iribarne en 1996, aproximadamente. Vamos, que entra en las curvas tanteando con la puntera, rezando tres avemarías, cuando serás mía, y pensando que, oye, unas opos igual no eran mal plan. Sumen a eso el sprint, que duró tres minutos, sumen las fotos, que nos duran toda la vida, y sumen el mamarracheo extraordinario en los comentaristas de la tele, comparando aquello con Balaclava y haciendo su miaja de ridiculín, que siempre luce reescuchar años después.
En esta categoría podríamos incluirles, también, todas las jornadas con adoquinado que hubo en la historia del Tour. Aquellos hostiones entre Hinault y Zoetemelk, que le caían a uno u otro dependiendo el año. Los días iniciales de 1992, con Roche, Chiappucci y Lemond buscando cosquillas. O esa semana primera en 1975, cuando Merckx convirtió la Grande Boucle en calendario de primorias, atacando todos los días, cogiendo colchón para los fallos futuros en montes. También, sí, otra tarde de lluvia y légamo, en 2014, con Froome cayéndose antes incluso de empezar los adoquines, Contador entrando en las curvas como si fuese mi abuela, y Vincenzo Nibali poniendo agallas por doquier para (medio) ganar su Tour. O, en definitiva, la obra de arte indurainiana camino de Lieja, con Joahn Bruyneel haciendo trasmoto y luego disputando el sprint pese a tener jaune asegurado, porque tampoco pidas a Johan Bruyneel ejemplaridad deportiva a estas alturas de nuestra existencia. Fue alucinante, aquello de Indurain.
Aunque no fuese del todo llana-llana.
Loco Ibiza, Locomía, o los abanicos.
En realidad aquí podríamos meter cualquier etapa de esas de abanicos que tan cucas se nos ponen (casi) cada año. Sucede en París-Niza, en Romandía, sucede, a veces, por el Tour de Francia, en las clásicas del norte, en París-Tours. Pero si hay un reino de los abanicos ese es la Vuelta a España. Quizá por la orografía, quizá el interés de ciertos equipos (esa ONCE juguetona), pero es que aquí los hubo a montones.
Abanicos son, por si no anda usted muy ducho, esos cortes que se hacen cuando hay viento de costado (preferentemente de costado a favor, eh). En tal lance, y para cubrirse, los ciclistas van disponiendo en diagonal, metiendo el primero cuneta. La gracia es que esa disposición está limitada por la propia anchura del asfalto, y que quien queda fuera del abanico tiene minutada segura, porque resulta imposible la recuperación. Así que hay nervios, hay alguna caída por apurar mucho sobre grija, hay tomas desde el helicóptero tan lindas como agónico debe ser a ras de tubulares…
Y eso, que tenemos etapas para aburrir. Albacete es un clásico, con Rominger perdiendo allí más minutos que en todas sus demás participaciones. O Zaragoza, que a veces entran ventoleras gordísimas, y se baten récords de velocidad, y hay mil grupos desperdigaos. Y así casi cada año. Aquí traemos lo de Guadalajara en 2019, que fueron abanicos pero también más rollos, y trincó Nairo cinco minutos sobre los otros líderes, y se volvió a meter en la pelea en una edición donde, por patas, estaba para lucharle a los Cantajuegos. Pero es que siempre fue el más listo de la clase, Nairo, y nunca lo verías descolocao. Bueno, menos en 2015, que lo pillan en unos abanicos franceses.
Quien esté libre de pecado…


Gracias por este artículo y por las historias que has relatado. Para mí, la etapa más especial fue la cabalgada de Induráin camino de Lieja en el tour de 1995, una obra maestra, como bien relatas. Un placer leerle, como siempre.
Me acuerdo como etapa llana emocionante (definiendo como emocionante a frikis q nos gusta el lio en cualquier etapa) una de la primera semana del tour ’21 en la q se escaparon de salida una buena grupeta de trotones en las q iban los bichos Van Aert y Van der Poel (mitica la imagen en la q se miran y se rien diciendo «la q estamos liando.. «) y q al final acabó ganando Mohoric (acabaría ganando otra mas en esa edición)
Aunq al final, por lo q se recuerda aquella etapa es por q los Movistar saltaron a por Carapaz q intentó escaparse y le acabaron haciendo el trabajo sucio a Pogi como unos pagafantas
Hola amigos. La mejor de todas (la del Bello Hugo debió ser muy gorda)
Fué la que mencionas del Molteni contra Bic. La íbamos escuchando en conexiones por la radio; pusimos la TV para el final de etapa y allí estaban en blanco y negro: Merckx y los suyos a toda ostia, moto 2 Ocaña y los suyos a por ellos.
Merckx, por ésta y otras, El MEJOR DE LA HISTORIA… Pero si hablamos de boxeo… Ocaña lo tumbó en Orcieres Merlette; así que¿¿Quién fue mejor?? ¿Foreman o Alí? Ááámigo. Nunca olvidaremos aquello, ni como Martín Navas lloraba en la radio el día de Mente…
Qué tiempos!… Por cierto, parece que has montado en bici… pero los abanicos no son con viento a favor
¡Membrillo! Son con viento DIAGONAL EN CONTRA. Otra cosa, es que la ruta cambie de dirección y a los escapados les dé a favor y les venga de perlas para volar, porque a favor, beneficia a la cola del pelotón. Un abrazo hermanos de Rafa el maño montador de grúas torre y humilde globero, cofundador de la peña ciclista Rodríguez Magro, Gran amigo QEPD
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Marcos, me llamo Luca Soldi. Soy hijo de Giuseppe Soldi, ciclista italiano, Campeón del Mundo UCI de los 100 km contrarreloj por equipos en categoría amateur — ganado el 2 de septiembre de 1965, en Lasarte, San Sebastián. El primer Campeonato del Mundo en suelo español.
Aquel día, Italia y España se jugaban el oro en los últimos kilómetros. La diferencia fue de 27 segundos. Mi padre corrió junto a Pietro Guerra, Luciano Dalla Bona y Mino Denti. Ganaron bajo la lluvia, con el viento del norte golpeando la costa vasca. Cuando cruzaron la línea de meta, los cuatro lloraron.
Al año siguiente se hizo profesional con Bianchi. Corrió la Milán-San Remo junto a un joven Eddy Merckx — en su primera clásica. Pero el mundo profesional no era su mundo. Guardó el maillot arcoíris en un cajón, volvió a casa, y retomó su vida: empleado de banca, ciclista de los domingos, padre. Ganó otras 150 carreras amateur sin presumir jamás de ello. Durante sesenta años, ese maillot se quedó en aquel cajón.
He escrito su biografía — Il Leone della Zoppas / The Lion of Zoppas — publicada en seis idiomas, también en español.
Tú has escrito Arriva Italia, sobre Coppi, Bartali y Magni. Sabes mejor que nadie lo que significa el ciclismo italiano de aquella época, sus hombres, sus silencios. ¿Crees que podría ser una historia para Jot Down Sport, para Volata, o simplemente para ti?
Me encantaría contártela.
Luca Soldi — [email protected]