
Barcelona’92 fue uno de los pocos casos en el que la celebración de un gran evento deportivo supuso un beneficio para la ciudad y el país en el que tuvo lugar. La obra Circus Maximus, de Andrew Zimbalist, era una buena referencia para comprobar que la propaganda política, la especulación y los beneficios a corto plazo para un grupo reducido de empresas son la norma en estos eventos, mientras los naturales sufren las consecuencias negativas.
En el caso de los mundiales, algunos de los análisis económicos que se han realizado arrojan un saldo no siempre satisfactorio. Celebrar un Mundial de fútbol es, para muchos gobiernos, el gran escaparate, una oportunidad de situar al país en el centro del mapa, atraer visitantes y acelerar inversiones. Pero desde el punto de vista económico, la pregunta clave sigue abierta y es cada vez más incómoda: ¿es realmente rentable organizar un megaevento deportivo o se trata más bien de un negociete que toma como rehén al país anfitrión? La tesis citada aborda precisamente esa cuestión desde una perspectiva empírica, con datos entre 2000 y 2024.
Uno de los argumentos más repetidos a favor de organizar un Mundial es que actúa como motor de crecimiento. Los gobiernos sostienen que el evento impulsa el PIB, moviliza inversión privada, moderniza sectores y deja un legado de infraestructuras que beneficia a la economía durante años. Sin embargo, la evidencia que recoge el estudio es mucho menos optimista, en la mayoría de casos, los grandes torneos no generan un impacto macroeconómico significativo.
Brasil es un ejemplo claro. Tras organizar los Juegos de Río 2016, el análisis no encuentra un efecto estadísticamente relevante sobre el crecimiento económico. La economía brasileña no mostró un salto estructural atribuible al evento, y los indicadores antes y después se mantuvieron prácticamente en la misma trayectoria.

Mientras tanto, hay un coste descomunal. Los megaeventos exigen inversiones enormes, y en ocasiones históricas. El Mundial de Qatar 2022 es el caso extremo: el país gastó más de 220.000 millones de dólares, fue el torneo más caro jamás celebrado. Una cifra que no se explica solo por el deporte, sino por la ambición de construir infraestructuras desde cero y proyectar una imagen global que blanquease el sello de una dictadura represiva.
En los Juegos Olímpicos es más de lo mismo. Sochi 2014 fue en su momento el evento más caro de la historia, con casi 29.000 millones de dólares, mientras que Río 2016 alcanzó los 23.600 millones. Los sobrecostes son habituales, especialmente cuando el país anfitrión no dispone de redes de transporte, estadios o capacidad hotelera suficiente. La organización obliga a construir a gran velocidad, y eso dispara el gasto público.
Aquí aparece un problema económico central, los costes suelen ser permanentes, mientras que los beneficios son temporales. Muchos estadios se convierten en infraestructuras infrautilizadas, difíciles de mantener, y las deudas quedan como carga fiscal. Con frecuencia, los megaeventos generan más déficits que ganancias, y el balance económico tiende a ser negativo.
Vendrán turistas
El turismo es el segundo gran argumento a favor. Se espera que un Mundial atraiga millones de visitantes, aumente el consumo y mejore la reputación internacional del país como destino. Pero el estudio subraya que estos efectos suelen ser de corta duración y, en muchos casos, estadísticamente insignificantes. La subida de turistas durante el torneo no siempre se traduce en un aumento sostenido en los años posteriores.
En Brasil, por ejemplo, el impacto del evento sobre el turismo internacional después de Río 2016 no fue significativo. El país ya era un destino turístico importante, y los Juegos no produjeron un salto estructural. Incluso cuando hay un aumento puntual, el efecto se diluye rápidamente, y factores externos, como crisis económicas o pandemias, pesan mucho más en el largo plazo.
Rusia 2018 ofrece una historia parecida. El Mundial no dejó un impulso claro en turismo, y variables como el tipo de cambio influyen más en la llegada de visitantes que el propio torneo. Esto cuestiona una de las grandes promesas de los organizadores, que el evento sirve como campaña turística global con beneficios duraderos.
En investigaciones previas queda claro que el Mundial, a diferencia de algunos Juegos Olímpicos, tiene un impacto turístico aún más efímero. Puede atraer visitantes durante unas semanas, pero en uno o dos años el efecto desaparece. La emoción del torneo no siempre se convierte en un flujo estable de viajeros, sobre todo si el país no logra consolidar una oferta turística atractiva más allá del evento.
Creará trabajo
El tercer gran beneficio esperado es el empleo. La construcción de estadios, el refuerzo de servicios y la llegada de visitantes generan puestos de trabajo temporales. Sin embargo, la cuestión es si esos empleos se mantienen después. En la mayoría de países analizados, el efecto sobre el mercado laboral no es significativo a largo plazo.
En Brasil, Japón y Rusia, los resultados muestran que los megaeventos no alteraron de forma sustancial las tasas de desempleo. Puede haber actividad durante la preparación y la celebración, pero después la economía vuelve a su tendencia habitual. Esto coincide con otros estudios citados, como el caso de Alemania 2006, donde tampoco se detectó un descenso claro del paro asociado al Mundial.
El caso distinto es Qatar. Allí el Mundial sí tuvo un impacto positivo sobre el empleo, se redujo significativamente el desempleo. Pero al mismo tiempo, el efecto sobre el crecimiento económico fue negativo. Es decir, el evento generó puestos de trabajo, pero no se tradujo en una mejora del PIB, probablemente debido al enorme gasto y a la reasignación de recursos hacia infraestructuras deportivas.

Un megaevento puede crear empleo a corto plazo, pero no necesariamente prosperidad sostenible. Además, como advierte parte de la literatura revisada, los beneficios laborales suelen concentrarse en sectores específicos (construcción, turismo, servicios) y no siempre alcanzan al conjunto de la población.
¿Quién hace realmente negocio?
Otro contra económico importante es la desigualdad. La tesis menciona investigaciones recientes que sugieren que los megaeventos tienden a beneficiar más a las élites económicas que a los grupos vulnerables. Los grandes contratos, el negocio inmobiliario y los ingresos comerciales suelen concentrarse en la parte alta de la sociedad, mientras que los costes recaen sobre los contribuyentes.
Además, existe el riesgo de que el gasto público destinado al Mundial sustituya inversiones en áreas sociales prioritarias. Algunos críticos argumentan que dedicar miles de millones a estadios puede ser injustificable cuando existen necesidades urgentes en educación, sanidad o vivienda. Este debate ya acompañó a Londres 2012, donde hubo protestas por la distribución desigual de beneficios.
Entonces, ¿por qué los países siguen compitiendo por organizar Mundiales? La respuesta, según este estudio, es que las motivaciones van más allá de lo económico. Los gobiernos buscan prestigio, poder blando, proyección internacional y reconocimiento simbólico. El Mundial funciona como demostración de modernidad y capacidad organizativa, incluso si la rentabilidad financiera es dudosa.
En este sentido, organizar un Mundial es menos una inversión económica clásica que una operación política y cultural. Los beneficios intangibles (imagen global, alianzas, orgullo nacional) pesan más que los retornos monetarios directos. Por eso, muchos países aceptan costes enormes aun sabiendo que el impacto sobre el PIB será pequeño.
Salvo excepciones, los megaeventos no producen mejoras apreciables en crecimiento, turismo o empleo. Los efectos suelen ser modestos, temporales o inexistentes, y el coste puede superar ampliamente los beneficios. El fútbol dura un mes, pero la factura puede durar décadas, y el verdadero legado no siempre es prosperidad, sino deuda y desigualdad.
Los pelotazos
Sobre la parte del león, los estadios que quedan infrautilizados para los restos, otra investigación señala que las pérdidas económicas pueden ser desorbitadas. El capítulo de las infraestructuras es, probablemente, el corazón económico de cualquier Mundial. No es el turismo ni el empleo lo que explica los presupuestos astronómicos, sino la obsesión por construir estadios, aeropuertos, autopistas y redes de transporte en un plazo fijo e inamovible.
Desde los años setenta, prácticamente, ningún megaevento ha bajado del umbral de los mil millones de dólares en costes de sedes deportivas. En la era contemporánea, esas cifras se han disparado. Desde el año 2000, los grandes eventos rara vez cuestan menos de 10.000 millones de dólares si se incluye el conjunto de infraestructuras urbanas asociadas. El estadio es solo el emblema visible de un gasto que se extiende por toda la ciudad y que suele recaer, en última instancia, sobre el presupuesto público.
Los Juegos Olímpicos de Montreal 1976 se convirtieron en un ejemplo histórico de endeudamiento. La ciudad tardó 30 años en terminar de pagar la deuda contraída para organizar el evento. Aunque las cifras eran menores que las actuales, el patrón ya estaba ahí, infraestructuras sobredimensionadas financiadas con deuda de largo plazo.
El Mundial de Sudáfrica 2010 es un caso paradigmático. Estadios modernos levantados con enormes inversiones en ciudades donde después no existía demanda suficiente. El resultado fueron recintos infrautilizados, caros de mantener y convertidos en símbolos del despilfarro. Los locales no los han disfrutado mucho más que los aficionados españoles.
Ese fenómeno tiene un nombre técnico y político, “elefantes blancos”. Se trata de infraestructuras de gran tamaño, costosas, que exceden las necesidades reales del país anfitrión y que después del evento quedan vacías o se usan de forma marginal. El problema no es solo que el estadio quede vacío, sino que su mantenimiento genera gastos permanentes. Un recinto de 60.000 o 80.000 asientos exige seguridad, limpieza, reparaciones y consumo energético constante. La inversión inicial no termina con la inauguración, se convierte en una carga presupuestaria anual.

En Atenas 2004, muchas instalaciones olímpicas quedaron abandonadas o deterioradas en pocos años. Son infraestructuras construidas para un pico de demanda excepcional, sin un plan sostenible de reutilización posterior.
Sídney 2000 también tuvo dificultades para rentabilizar parte de sus sedes. Aunque Australia contaba con mayor capacidad económica, el evento dejó infraestructuras que no siempre encontraron uso continuo, lo que demuestra que el problema no afecta solo a países en desarrollo. Corea del Sur y Japón 2002 construyeron estadios para el Mundial que posteriormente fueron utilizados de forma limitada. Incluso en países con ligas profesionales, la demanda doméstica rara vez justifica recintos tan grandes como los exigidos por FIFA.
Ejemplos positivos
En Alemania 2006, en cambio, el legado fue menos problemático porque gran parte de las sedes ya existían o fueron remodeladas, no construidas desde cero. Este es uno de los pocos casos donde el Mundial se integró en una cultura futbolística sólida capaz de llenar estadios después del evento. Sería un caso parecido el de España y Portugal, que van a celebrar el de 2030, pero no tanto el de Marruecos, la otra sede, que preparó nueve estadios de primer nivel, estrenados en la Copa de África, con vistas al Mundial ¿pero después?
El gigantismo no es inevitable. Depende de la exigencia institucional de FIFA y del COI. Los organizadores imponen estándares de capacidad y modernidad que empujan a los países a construir por encima de sus necesidades reales. En Marruecos, el Estadio Príncipe Moulay Abdellah, en Rabat, se ha construido desde cero durante dos años con capacidad para setenta mil espectadores. El Gran Stade de Tánger, renovado, tiene capacidad para setenta y cinco mil.
Desde los años setenta, el coste de las sedes deportivas se ha multiplicado hasta el punto de que ningún evento puede justificarse solo con ingresos directos. Los estadios son inversiones ruinosas si se evalúan con criterios estrictamente financieros. Ahí aparece el concepto de “maldición del ganador”. Las ciudades compiten entre sí prometiendo infraestructuras cada vez más ambiciosas para obtener la sede. El ganador no es el más prudente, sino el que más sobrepuja. Así, el proceso mismo de candidatura incentiva el despilfarro.
Otro factor clave es el plazo fijo. La fecha del Mundial no se mueve, lo que da a contratistas y proveedores una posición de fuerza. Los retrasos se pagan caros, las primas aumentan, y el margen para controlar costes se reduce drásticamente. Incluso Lillehammer 1994, considerado un caso exitoso, solo logró evitar el abandono de infraestructuras gracias a una intervención estatal fuerte, contratos futuros y planificación posterior. Es decir, el legado positivo requiere políticas activas, no solo estadios nuevos. Al final viene otra vez papá Estado al rescate.
Ante esta evidencia, para evitar los elefantes blancos se recomiendan estadios modulares desmontables, sedes temporales y reutilización de infraestructuras existentes. La idea es construir menos y adaptar más, reduciendo el impacto financiero y ambiental. La sostenibilidad aparece siempre como discurso central en FIFA y el COI, pero las promesas verdes no son más que retórica. Mientras, el modelo sigue premiando el gigantismo y las infraestructuras son el principal agujero económico.


El libro de Zimbalist es muy bueno.
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Yo recuerdo perfectamente el primer GP en Motorland. El cacique del PAR se paseaba por allí más feliz que una perdiz. Para un politicucho de regional salir en la champions pues oye, cueste lo que cueste, que total no lo paga el, el solo está para hacerse las fotos que es lo importante.
Excelente artículo como todos los de la autora. Nunca he entendido ese afán por organizar ese tipo de eventos y menos que una mayoría de ciudadanos del país organizador los apoye. Cuando Madrid compitió para los JJ.OO. de 2012 y finalmente ganó Londres, me llevé una gran alegría (vivo en Madrid) para sorpresa de mis compañeros de trabajo.
Nadie parece acordarse del estadio de La Cartuja , construido para un mundial de atletismo, y que años después hubo que reinventarlo para la selección de fútbol,teniendo los estadios del Sevilla y del Betis.
El estadio de atletismo Vallehermoso en Madrid reinaugurado en 2019 y con capacidad para 10.000 (diez mil) espectadores no sé si se ha llenado alguna vez desde entonces. Se puede uno imaginar un estadio de 70.000, usado para los 15 días de unos Juegos.Por no hablar de la piscina olímpica, la piscina para saltos, piraguismo , etc…instalaciones a construir y que se moriran de asco poco después.
El Mundial, bueno. Lo de Marruecos se me escapa la verdad.
Roy Keane: «El FC Barcelona es una institución futbolística más grande que el Real Madrid. El Barcelona construyó su identidad con estilo, filosofía, la Masia… ¿El Madrid? Mucha publicidad y decisiones que siempre parecen favorecerles. Esa es mi opinión».