
Se juega el primer Clásico de la temporada y vence el Madrid. A la mañana siguiente, el diario As abre con: «Flick ya sabe que el Madrid es otro». Se juega el último Clásico, el Barça gana y el resultado supone la destitución de Alonso. El Periódico recoge la noticia bajo el titular «Flick se llevó por delante a Ancelotti y ahora también a Xabi Alonso». Y brinda contenido como el siguiente: «Flick, y su obra, tiene tanta influencia que desquicia al madridismo (…) Su Barça, al que devolvió la autoestima y la competitividad, al tiempo de dotarle de una identidad volcánicamente ofensiva, es indescifrable para ellos».
Son ejemplos para reflejar algo extendido. El hecho de que en la actualidad se ve el fútbol desde un yo entrenador. Un entrenador moderno y malinterpretado, además, cuya capacidad técnica es la causa última del desarrollo de un partido.
El protagonista es su saber. Son sus tácticas: lo que ellos pensaron que iba a pasar en el campo. Si faltaba Mbappé, si expulsaron a Pedri, si falló un pase Huijsen o el hecho de que la pareja entre Lamine y Raphinha se vuelva imparable si tiene un buen día son asuntos secundarios. El futbolista lo es. Plan de partido se usa desde hace dos días, pero ya debe de ser la expresión más repetida en la historia del fútbol. Entonces es Flick quien gana a Alonso, aunque ninguno de ellos haya tocado un solo balón durante los 90 minutos.
Las botellas de Tedesco
Esta es la confusa realidad que se vive. Y a ella no escapan los propios entrenadores.
La semana pasada se viralizó un vídeo de Tedesco con aroma a performance. El entrenador del Fenerbahçe coge unas botellas en la zona técnica para explicar a Asensio —tres veces campeón de Europa con el Madrid— los movimientos que había de hacer durante el partido. Una de las cuentas que lo publicó fue Ataque futbolero —con 504 mil seguidores—, sentenciando que «Minutos después [de la corrección, o del teatrillo], Asensio asistió en el gol de la victoria».
Se trata de simplificar un sistema social tan complejo como el fútbol y mezclar lo esencial —la capacidad de Asensio para asistir— con lo accesorio —lo que supuso el botelleo para que asistiera—. Así, al asumir que existe una relación causa-efecto concreta en un juego que en realidad es global e imprevisible, creemos controlarlo. Toda vez que el hecho de considerar que las respuestas del fútbol pueden preestablecerse, hace pasar la verdadera insignificancia de lo externo por algo fundamental.
Hay un plató para cada experto
Ejemplificaba con Tedesco porque resulta que esta banalización nos conviene a todos. Tanto al futbolero con aspiraciones personales o profesionales que se da pábulo, como al entrenador perfectamente decidido a vivir de ello.

Hoy, al aparentar que existe un conocimiento del juego más profundo, cuantas más voces se tengan en cuenta, mejor. De tal modo, donde antes había un comentarista para la retransmisión del partido, acaso algún director técnico o ex futbolista de primer orden que acercaran el profesionalismo al telespectador, ahora hay tres personas de cualquier ámbito con perfil analítico. Asimismo, si en algún momento la figura del entrenador se aceptó tan clave como suficiente para dar sentido grupal a las individualidades de un equipo, ahora los cuerpos técnicos profesionales se componen de hasta una decena de especialistas.
En la actualidad, poder dedicarse al fútbol sin tener un saber cierto permite que cada opinante tenga su plató y cada analista, su cuerpo técnico. Puede concluirse, a propósito de todo ello, que encontrar las siete diferencias entre un tuitero seguido (ejem, holi), un comentarista de DAZN (muchos colegas, so sorry), cada redactor y algunos de los conferenciantes de The Coaches’ Voice (sin acritud, todo okay), un tertuliano de El Chiringuito (no tengo el placer) y el actual entrenador del Madrid (parece, eso sí, un buen tipo), por ejemplo, es como para que baje Dios a estrechar la mano del afortunado.
Mourinho denuncia la situación
En cuanto al interés de los entrenadores y al estado del particular en la élite, una denuncia reciente de Mourinho toca el nervio de la situación.
Durante los noventa, después de ser auxiliar del legendario Robson y del técnico de moda Van Gaal en el Barça, para que a Mourinho le dieran el banquillo del Porto tuvo que hacer rendir al Leiria. Luego, para que le dieran el del Inter, hubo de ganar la Champions con el Porto; y para que le dieran el del Madrid, ganarla a su vez con el Inter. Entonces ahora dice que «cuando el AC Milan contrata a Massimiliano Allegri, la Juventus a Luciano Spalletti o la Roma a Gian Piero Gasperini, nunca me sorprende (…) La sorpresa es cuando personas sin trayectoria, que no han hecho nada, tengan la oportunidad de dirigir a los mejores clubes del mundo. Es una auténtica sorpresa».
El mensaje va dirigido hacia Arbeloa y Rosenior, a quien, con su intelectualización táctica del crack Enzo Fernández («Siempre he utilizado a los jugadores en diferentes funciones y haré lo mismo con Enzo»), bien podríamos considerar la imagen del gafapasta en fútbol. Aunque no solo a ellos, en realidad, sino a lo que podría considerarse un gremio.

Entrenadores que no han necesitado demostrar la sensibilidad —el verdadero saber, algo que no se aprende en los manuales de táctica— para confeccionar y dirigir un equipo, sino que han recibido la gran oportunidad gracias al signo de los tiempos.
Ellos evidencian que el mero hecho de ser discípulo del ganador Guardiola te permite un puesto destacado, tanto como hacer alguna/s buena/s temporada/s con en el primer club profesional que te toca dirigir, aunque sea en ligas menores como la neerlandesa, la portuguesa o la francesa. O incluso puede ser suficiente hacerla con algún filial.
Sobre vendehúmos como Amorim
La cuestión, como asume Mourinho, pasa por exhibirse. Pegarse a quienes conocen las respuestas del juego –porque en ese momento sus equipos ganan: Mourinho las conoció, pero ya las ha olvidado- y a quienes conforman la corriente de opinión. Conseguir que algún equipo gane algo siendo conceptualmente reconocible. Del filial madridista se escribieron artículos como «El libreto de Arbeloa» o «El método Arbeloa: con su llegada cambió todo».
Un entrenador ha de posicionarse pronto y, ya puestos, agregar de su parte lo que le dé un plus de popularidad. Asuntos que le hagan pasar por influyente, como las botellas de Tedesco, los altavoces de Arteta o las peroratas a viva voz en las pausas de hidratación bajo micro de tantos otros entrenadores —opuestas a la discreción de un verdadero sabio, he ahí su trayectoria, como Pellegrini, por ejemplo.
Todo pasa por «intentar hacer ver que las cosas obvias, las factuales —el nivel de los futbolistas y su complementariedad—, no son lo determinante, sino que lo es cualquier detalle irrelevante —pongamos, enseñar a controlar con la pierna alejada—, revelado por ti». Estas son palabras de otro sabio entrenador con 30 años de carrera, que aún sigue en el circuito, y hay decenas de casos para ilustrarlas.
Llevado al extremo, encontramos el de un tal Amorim que, siendo el peor récord de la historia del United, expone en rueda de prensa que los mandatarios tendrán que echarle si quieren ver otra cosa porque él no piensa cambiar su propuesta, en la que hay que confiar porque es en sí ganadora. De este modo queda como un tipo con personalidad que, aun en las malas, no duda en tener la fórmula del ganar.
Entonces Amorim pierde aún más partidos, hasta que por fin el club acepta que pagaron una millonada por quien sobre todo es un afortunado vendehúmo. Llega en su lugar Carrick, interino al no tener prensa —porque su Milddesbrough de Championship no ganó de manera reconocible—, quien sin dar un ruido vence en su estreno ante el City y luego al Arsenal líder, con la confección de un XI tan tradicional que evoca la gloriosa etapa de Ferguson. Y tiene que salir Lisandro a explicar lo obvio de que «cuando se tiene un entrenador que realmente sabe [sin palabrería], es muy diferente».
Origen del frikismo en los banquillos
Actitudes como las de Tedesco o Amorim son el frikismo del fútbol. Un frikismo tiránico gracias a toda clase de sobreexposición mediática. Un frikismo que, sin embargo, no nació ayer.
En un texto de 2008 titulado «Shakespeare y el entrenador contemporáneo», Lillo ya escribió lo siguiente: «Una persona está de entrenador cuando dirige un equipo y por extensión logra vigencia en los medios de comunicación. (…). Aprovechando su contexto laboral, no pierde opción para divulgarse a sí mismo, para manifestar y amplificar que está, para exponerse al público y hacer lo posible para que esa exposición sea la antesala de otras inmediatas. Mientras está trata de agigantar su visibilidad, pregonar que está, erigirse en el rey del escaparate. Está de entrenador el que se pregunta a cada minuto qué puedo hacer para aparecer en la prensa a todas horas. [Mientras, por otra parte] Una persona es entrenador cuando posee capacidad, destreza, talento, conocimientos y habilidades sociales, sabe de jugadores y conoce las posibilidades del juego para dirigir un equipo de fútbol. (…)»
Aunque ha habido casos puntuales a lo largo de la historia —baste recordar a Helenio Herrera y su libro Yo, publicado en el lejano 1962—, podemos situar el punto de quiebre en la década de los ochenta, con la llegada del Método, obra táctico-conceptual de Sacchi.
Es conocido que Sacchi confiaba ciegamente en las tres líneas del 4-4-2 y entrenaba determinados patrones durante meses uniendo a sus cuatro zagueros con una cuerda. Al respecto, Cappa me contó que su antecesor en el Madrid Floro, apodado entonces el Sacchi español, le confesó en cierta ocasión que para él era prácticamente lo mismo tener en el equipo a Redondo que a cualquier otro volante, ya que las funciones estaban previamente asignadas al puesto. Todo frikismo.
El propio Ancelotti, discípulo predilecto de Sacchi—a cuyas órdenes estuvo como futbolista y de quien fue asistente en el Mundial de 1994—, reconoce en varios de sus libros que en sus inicios como entrenador desperdició la categoría futbolística de hombres como Zola o Baggio, descartados por no encajarle en el módulo sacchista, hasta que más adelante tuvo la lucidez de reflexionar sobre ello.
Fue cuando a Ancelotti le tocó dirigir a Zidane que supo rectificar, liberarse de frikismos y convertirse en el entrenador más laureado de la historia de la Liga de Campeones gracias a profesar el debido respeto a la naturaleza del juego: verlo desde un yo jugador.
El frikismo confunde al mediocre
El Método de Sacchi —que evidentemente dejó de funcionar cuando no dirigió al Milan de los holandeses— y las decisiones de Ancelotti en su Parma son solo el origen de algo que se ha extendido porque atañe al ego. Es humano triunfar y pensar que todo se debe a uno mismo. La victoria nubla el juicio y dirige al ombliguismo. Hasta los más capaces caen en sus redes de manera puntual.
Desde Menotti: frikismo es decir a un defensor como Montero que tire un caño en la zaga para liberarle la tensión (no es frikismo decírselo a Álvaro en la delantera, como hizo su clarividente discípulo Valdano). Pasando por Cruyff: frikismo es confiarle la portería del mejor equipo del mundo a Busquets porque sabe jugar con los pies, cuando vienes de ganarlo todo con Zubizarreta (no es frikismo confiársela a Valdés, por delante del mundialista Rustu, como hizo su perspicaz discípulo Rijkaard). Por Van Gaal: frikismo es descartar a Riquelme porque no te encaja en el dibujo.
Frikismo es explicar cómo jugará un equipo en una pizarra sin que haya ni un solo nombre propio junto a las fichas. Frikismo es afirmar que el 4-4-3, el 5-3-2 o cualquier otro sistema es ideal para desarrollar el juego. O el popular Bielsa: frikismo es decir a Valdano que para ser un gran entrenador necesita tener la pizarra llena de flechas. Hasta llegar a Guardiola: frikismo es imaginar que existen espacios indefendibles, que lleva al frikismo de escribir libros sobre ello.
Ellos, los sabios, salen indemnes, finalmente, pero el mensaje llamativo cala en sus seguidores.
Así, frikismo es pensar que los triángulos y los cuadrados son lo importante cuando juegan Busquets, Xavi e Iniesta, entonces podemos encontrar una Selección española con Soler, Gavi, Koke o Sarabia fijados a su cuadrado para triangular. Frikismo es montar un andamio junto al campo de entrenamiento y poner pinganillos a los futbolistas para controlarlos. Y el mismo frikismo es contratar a carteristas para que tus jugadores estén atentos, es invitar a pilotos de la Real Fuerza Aérea Británica para comunicarte mejor con tu equipo, es llevar a un perro llamado Win (victoria) a los entrenamientos para reducir el estrés acariciándole, es dar un discurso motivacional en el que enciendes una bombilla bien grande y luminosa. Frikismo de manual es hacerlo todo bajo la cámara.
Luis Enrique o Arteta salen a flote, principalmente, porque tienen la suerte de dirigir clubes con dinero por castigo. Si se va Mbappé llega Kvaratshkhelia, y si en seis temporadas no se gana nada importante, a la séptima el equipo tiene nivel defensivo suficiente para armar las dos mejores zagas del mundo.
Pero la cascada de frikismo continúa y su corriente arrasa con las débiles mentes de los analistas y entrenadores mediocres, de los pobres, volviéndolos frikis redomados.
Porque frikismo extremo es creer que lo bueno de que Cancelo jugara de interior es el extra-pass, no la calidad del pasador y los porqués del entorno, y ese frikismo es encontrarte poco después a Udogie y Porro como interiores en el Tottenham. Y frikismo es creer que el no va más para ganar la Champions fue poner a Stones de mediocentro, no que a su lado estuviese la atención sobre un Balón de Oro y arriba, por fin, la incidencia goleadora de la Bota de Oro. Siendo frikismo mal plagiado lo de poner al lateral Malo Gusto como generador de juego, mientras el generador de juego Enzo Fernández queda para la zona de definición.
Al hablar de Arteta o Maresca todo suena muy Barça. Y es natural porque Guardiola es la persona más influyente del mundillo. Pero la realidad es que el frikismo no entiende de banderas.

De tal modo, frikismo-Benítez es decir a Modric cómo tiene que golpear el balón, cuando además fuiste un tuercebotas como jugador. Frikismo-madridista es pensar que el Madrid de los galácticos fracasó por el malhacer de sus estrellas y no porque la política del club (frikismo-Florentino) obligó a que los Pavones defendieran la portería, cuando su nivel solo les daba para defender la del Arles-Avignon. Frikismo-Luxemburgo es pensar que existe algo así como «el Cuadrado mágico, que nace de los ángulos mágicos». También frikismo-Arbeloa es verlo como futbolista abroncar a Cristiano para que —además de permitirle jugar en el Madrid por lo que hace en campo rival— baje a defenderle su zona. Frikismo-Alonso es dejar en el banquillo a Vinicius para alinear en su lugar a Fran García, porque así lo exigía el plan de partido del Madrid ante el Celta. Y frikismo merengue y extendido es sentenciar que en el fútbol actual no se puede ganar sin que todos presionen de forma intensiva, apenas unos meses después de que el Madrid haya coleccionado Champions de ese modo.
Cuando el mal llega hasta el futbolista
El problema de fondo es que entre todos pervertimos la esencia del juego que amamos. Un frikismo que alcanza su cénit de gravedad cuando se filtra en los propios futbolistas.
Porque frikismo es pensar que en el Barça campeón de Europa un jugador insustituible era Pedro —y no un tremendo afortunado—, como frikismo es ser Pedro después de ello y creértelo hasta decir que, para ir como suplente, mejor no vas a una selección campeona del mundo.
Donde en otro tiempo Romario miraba a los ojos de Cruyff y le decía que le dejase en paz, que Romario venía de ganar el Mundial y era mejor que Cruyff, frikismo es que se entreviste tendenciosamente a un jugador de élite como Cancelo para que conteste, a lo friki, que jugó bien como volante porque Guardiola le dijo cómo perfilarse. Y frikismo es que Pubill declare que Simeone le ha enseñado a ser central, porque entonces ya tarda el técnico en enseñar a Nahuel a ser delantero pichichi. O, al menos, podría enseñarlo a defender su línea.
Ay, si Maradona levantase la cabeza y se pusiera a jugar. Cuánta falta haría para convencer a los Cancelos de que ellos son lo importante, de que todo lo que pueden dar en el campo lo tienen dentro de sí. De que nadie les inocula conceptos. Y para corregir a Bilardos henchidos de vanidad: «las consignas que usted quiera pero aquí jugamos como yo digo, así que todos hacia delante», para así ganar el Mundial.
Querido futbolero, aparte sus intereses y respete el ser del fútbol. Obvie lo aburrido de ser adulto y recupere su infancia, tiempo de sueños y verdad. Olvide su yo actual, falso entrenador y falso analista. Tanto al ver como al analizar fútbol, acuda a lo que despertó su pasión: los futbolistas. Por la salud del juego, di NO al frikismo en el fútbol.



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Tebas: “No tengo ganas ni edad para ser presidente del Real Madrid”
Luego que si la liga Negreira…madre mía, ni se esconden
negreira existe,los pagos tambien y tu club es un equipo corrupto. como eres menos objetivo que una piedra,pues tu comentario,aparte de lloron y segundon eterno,te delata en el club de los corruptos
MUY URGENTE
Iturralde González sobre la regeneración arbitral que prometió louzan a Florentino
CESAN A TODO EL CTA excepto a UNA PERSONA
YOLANDA PARGA,que está CASADA con el delegado de campo del REAL MADRID,MEGIA DAVILA
BOOOOOMMMMMM
En cualquier otra liga este Madrid no pasaba del noveno puesto.
Aquí,sin intervención del VAR, le añaden 10 minutazos, le pitan un penalti inexistente y le expulsan a 2 rivales, en su campo y contra el Rayo. Así cualquiera compadre…
Sino es por los árbitros,EL REAL MADRID ESTARIA FUERA DE TODAS LAS COMPETICIONES
El arbitraje de Díaz de mera al Rayo en el Bernabéu ,me ha dado VERGÜENZA
Me gustaría que aclarara el autor como si tan poca influencia tienen los entrenadores en sus equipos el barça de flick gana títulos mientras el de xavi no lo hacía y aburría con los mismos jugadores
Pasó exactamente lo mismo que con Amorim o Mares a. Xavi, por ejemplo, tenía esperando por recibir el balón a Pedri y Frenkie en su sector del famoso «cuadrado». Hansi no hizo gran cosa, simplemente les dió la libertad de hacer lo que ya saben hacer, organizar el juego a su gusto, y a partir de ahí empezó a fluir el Barcelona
Todo más que correcto, si no fuese poreñ esa defensa más o menos cerrada de Cancelo (es frikismo de manual tener jugadores fetiche; de hecho se nombran varios casos en el artículo) como defensor, cuando esa es su peor faceta… siendo defensa o lateral o carrilero o friki-volante-en-bloque-alto. De hecho, echo en falta que este interesante y analítico artículo no toque el frikismo léxico que acompaña al frikismo futbolístico, a través del cual los estadistas ejemplifican las vueltas que ha dado el fútbol sobre sí mismo en la última década.
Desde que llegó a Mbappé a ganar septetes en el estadio de los 1000 conciertos, los medios madridistas solo hablan del FCB y cualquier cosa que les pueda consolar. ¿Por qué creéis que es?
Buscas «mediocre» en la Wikipedia y te sale una foto de Javier Roldán.
Un artículo tan friky como el frikismo que plantea en el futbol, como ya han dicho por ahí, muy largo para la fantasía que describe. El futbol es futbol y reflejo de la sociedad, así que todo vale, siempre que se respete al rival y se consiga el resultado más importante, divertirse y divertir y lo demás ganando o perdiendo. Muy mal ejemplo aquellos equipos y jugadores que destacan que lo importante es ganar y ganar (SR7, Mandril) y que como pregunto Valdano, ¿eso deja al resto como fracasados? Magníficos y loados aquellos que en su grandeza deportiva carecen de ego y hacen disfrutar al resto de lo más importante de las cosas poco importantes, el futbol.
Sublime artículo y cura de humildad para charlatanes varios y egos exacerbados.
El análisis desborda frikismo y se hace trampas al solitario. En realidad demuestra que un entrenador malo y obcecado puede acabar con un equipo ¡Y para darse razón invoca a Mourinho!.
Pretende demostrar que uno bueno no sirve para nada si no tiene grandes jugadores. Antes de Arteta el Arsenal tuvo entrenadores y grandes jugadores, pero solo apuntó tan alto con un entrenador decisivo.
El entrenador no sustituye al jugador, pero el jugador que hace lo que le da la gana no vale. Lamine regatea mucho mejor que Flick, pero el juego del Barça no se basa en el regateo de Lamine. Son más decisivos para el juego Pedri o De Jong. Y aunque Lamine use el balón mejor que Flick, es muy probable que Flick tenga un mejor criterio de toma de decisiones. Pero el que tiene que hacerlo en el momento concreto es el jugador. Que el entrenador sea importante no hace que el jugador deje de ser insustituible.
El buen entrenador amplía la capacidad del buen jugador. Y la armoniza con las otras capacidades necesarias de sus compañeros.
El fútbol no solo es juego, es también gol (hacerlo y evitarlo). Como el boxeo: técnica y pegada. Y unas veces van por caminos paralelos y otros no.
Un entrenador no es solo táctica y estrategia. Un entrenador es eso y es espíritu. El ánimo con el que salen los jugadores al campo puede depender del entrenador. Hay jugadores, pocos, que no necesitan ese ánimo. Pero su equipo, estén en el equipo que estén, necesita entrenador. Como el aire que respiran.
Otra cosa es que hay entrenadores malos. Como hay médicos malos o dramaturgos malos. Y futbolistas y periodistas malos. Pero todo se puede hacer mejor.
El Barcelona es, con abismal diferencia, el equipo más perjudicado por los árbitros de este siglo. Y lo es en un país en el que los medios están comprados para convencerte a diario de que es el más beneficiado.