Atletismo

Del hielo a la ceniza: Un viaje por las pistas de atletismo

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Pistas de atletismo
Foto: Cordon Press

En un talud reposan unas filas de asientos que forman hileras premeditadamente irregulares. Sobre ellos dormitan alguna mochila y, tiradas, un par de zapatillas pertenecientes a una chavalería delgada y ágil que termina su sesión de entrenamiento. En la explanada asentada bajo ese talud, unas rectas componen siempre dos lados largos de un campo, unidas a cordel por dos lados cortos, trazados en semicírculo sobre tierra apisonada, sobre una cuidada hierba o, desde los años sesenta, sobre un material sintético de color rojo. Dos rectas, dos curvas. Como si fuera un código universal, ya sea bajo el sol o la niebla, esta es más o menos la pinta que presentan las pistas de atletismo.

Escribo «como si fuera», dejando la puerta abierta a alguna escapatoria posible al corolario, pero no: es un código universal y quien diga lo contrario, no tiene ni puñetera idea de atletismo. Sólo se salvan unas cuantas excepciones, metidas con calzador porque las han construido en un entorno físico extremo, o porque así lo han querido desde un moderno estudio de arquitectura con ideas originales. Correr alrededor de un campo de fútbol, por el tejado de un parking o la cubierta de un yate son algunas de esas excepciones que refuerzan el principio inmutable.

De hecho, cuando los más acérrimos aficionados sostenemos que el atletismo es el deporte más viejo del mundo, uno de los asideros sobre los que soportamos el debate es la evidencia arqueológica que nos dejó el mundo griego en forma de estadios. Ya desde las manifestaciones deportivas de hace dos mil quinientos años, el formato de la doble recta está presente y documentado.

Si no se está mucho por la labor de buscar imágenes en Internet, aunque este artículo estará plagado de visitas a las imágenes satélite de la misma, hagan memoria de las películas de romanos. Esas carreras de cuadrigas que pintaba Ulpiano Checa (tiene un museo maravilloso en Colmenar de Oreja) muestran cómo debió ser la morfología más parecida al estadio antiguo. Al final de una larga recta había unos mojones o spina en los que se giraba para ir y regresar sobre la explanada a la que daban las gradas de los circos de Mérida, Roma, Tarraco o Arlés.

De lo otro, de una versión del estadio para correr a pie y no montado sobre bestias o carruajes, también hay ejemplos que cuentan siglos de antigüedad. El más famoso está a espaldas de los jardines atenienses del Zappeion, cruzando la avenida Vasilis Konstantinou. Es una pista de una superficie moderna negrísima, que aparece recogida por un ciclópeo abrazo de graderío blanquecino: es el Καλλιμάρμαρο (kalimarmaro, mármol hermoso), o estadio Panathinaiko.

Estadio Panathinaiko (Foto: Cordon Press)
Estadio Panathinaiko (Foto: Cordon Press)

En él se celebraron los primeros Juegos de la Olimpiada Moderna en 1896, pero su fundación como pista para competir data de un desmonte hecho a tal propósito en el siglo IV aC y que fue ampliado a una capacidad de 50.000 espectadores (no es una errata) en el siglo II aC. Así ha sido siempre. Invariablemente, dos rectas y dos curvas, unas y otras iniciándose al final de la anterior, haciendo del atleta un Sísifo castigado para toda la eternidad, pero también un Mercurio metrónomo con la capacidad de flotar a un ritmo endiablado.

La pista y el estadio cuentan con un cosmos particular: en Eritrea o Melbourne, en una septentrional localidad noruega o en el Tokio del futuro, está ese obstáculo aparcado en un lateral sobre el que alguien eleva la pierna para hacer unos estiramientos; se ve a un atleta aficionado que trota o esprinta, quizá preparando algunas oposiciones, o aprovechando la pausa del comer; queda algún rastrillo que han dejado en el arenero sobre el cual se salta longitud como Bob Beamon o Tara Davis; o una pequeña botella de agua fresca que yace a la sombra de una colchoneta de salto de altura o pértiga, sirviendo al deportista de cordón umbilical contra la deshidratación.

Con suerte, si aguantamos un rato sentados en los tablones de la grada, el talud o apoyados sobre la barandilla del anillo, veremos algún curioso que se cronometra el tiempo que tarda en dar una vuelta, para luego compararse con lo que ha visto hacer a los dioses del estadio. Porque hay una certeza global: esa pista medirá, en el noventa por ciento de los casos, cuatrocientos metros exactos.

A malas, cuatrocientas cuarenta yardas.

Corría el pomposo, arqueológico, neoclásico y reflexivo siglo XIX. Algunos prohombres enamorados de la Antigüedad como Ernst Curtius y sobre todo el empresario Evangelis Zappas, en 1853 ya tenían una idea bien clara sobre cómo resucitar los Juegos de la Era Clásica. Lo único que se ponía por medio era el dinero. Así, hasta que no se aseguró al Rey Otón I de Grecia (tan de Grecia que era de Baviera y odiaba el derroche) que no le costaría un dracma, no les otorgó su permiso para que, en 1859 y posteriormente en una versión mejorada en 1870, se celebrasen unos primeros Juegos, casi exclusivamente helénicos, en un Panathinaiko que había sido excavado y que resurgiría de un silencio de siglos, y fue reformado para acoger una enormidad de público.

Pero había una particularidad, derivada de una realidad arqueológica: la longitud del estadio ateniense rondaba los 260 metros, a los que había que sumar un par de curvas de 34 metros. Sobre esas distancias de carreras que se celebraban en el formato clásico, no había un Dios que estableciera las medidas estándar de la nueva era. Hacia 1870 se estaba consolidando el mundo en la era del comercio global, las potencias llevaban décadas acometiendo la unificación de las medidas imperiales y métricas. Mientras, los textos y ruinas certificaban que en los Juegos Clásicos las distancias eran el estadio, algo menos de un doble hectómetro, el diaulo o doble estadio, el dólico, etcétera. Así que tuvo que venir un ciudadano de su Graciosa Majestad para darle a la competición la clave definitiva que precisaba encontrar la arquitectura.

Y esa clave era la de subdividir en cuatro partes la milla británica (bueno, británica…). Cada una de las porciones medía 440 yardas. Había que construir estadios de cuarto de milla de perímetro. En el resto de Europa dieron por buena esa subdivisión, tanto si se medía por arriba como por abajo. Tocaba apechugar porque, en definitiva, los ingleses eran quienes encabezaban estos días aquel movimiento del atletismo amateur, y los cuatrocientos metros del sistema métrico se parecían bastante a su equivalente en yardas. Qué remedio.

También era la distancia aproximada que salía rodeando con un bordillo recto y curvo cualquiera de los nuevos terrenos de fútbol y rugby que surgían como setas. Apuesto mis viejas zapatillas de clavos que este hecho de índole práctica aceleró el proceso. No hacía tanto tiempo desde que, en 1863, se había fundado en Londres la Football Association. Apenas tres años después, la liga amateur imparable fundaría el Amateur Athletic Club, primer organismo de nivel nacional que esa misma fecha organizaría los primeros campeonatos nacionales de atletismo. Los ingleses.

Sin unos estadios ad hoc, ¿dónde se celebraron? En los amplios jardines de la Beaufort House, en Walhalm Green, Chelsea. ¿Las distancias? Milla, cuarto de milla, cien yardas, y todo un programa en el que reconocemos las distancias equivalentes que hoy día machacan las zapatillas de clavos de los monstruos llamados Noah Lyles, Sydney McLoughlin o Mohamed Attaoui.

Pistas de atletismo
Vålådalen (Foto: Cordon Press)

De pequeño, me imaginaba carreras siguiendo las líneas de colores por las páginas de un mapa de carreteras que había en nuestro R-5. Hoy tenemos Google Maps y puedo volar por encima de cualquier territorio de la Tierra. Desde arriba toda la tierra firme es amarillenta o verdosa, hasta que amplías la imagen sobre ciudades y pueblos y la vista se fija en las formaciones típicas del campo de entrenamiento atlético. Y aparecen anillos rosados, empalidecidos por el uso, de color rojo teja, arrancados a machete al altiplano, o lúgubres pistas blancas donde el clima impone su rigor.

Abran Maps en una pestaña aparte.

Coqueta es la palabra que define a la pista de atletismo que tienen en Lerwick, en las británicas Islas Shetland. Colocada igual de lejos de su referencia en la metrópoli, la escocesa Aberdeen, que de las costas de Noruega, sus atletas conviven con el viento del fiero norte mientras negocian rectas y en la bahía de Clickimin. No menos encantadora, aunque sometida a otro clima, es la de la Faja da Ribeira, en Madeira, encajada entre barrancas verdes y bellos bancales atlánticos, verdes y escalonados.

Más madera: la de Vålådalen lleva medio siglo aburrida en un lado de una interminable recta entre bosques, es de tierra apisonada y está contorneada por rectos pinos boreales, todo a su alrededor. Lo que pasa es que esta pista sueca, a siete horas en coche desde Estocolmo, esconde décadas de historia (¡y cuál no!). A este pinar y a sus cabañas de madera subían atletas europeos en los años sesenta, atraídos por la leyenda de un nombre como Arthur Lydiard, el creador del sistema de entrenamiento más revolucionario de la época, que se había formado en aquellos caminos y bosques siguiendo los métodos de otro gurú del atletismo de entonces: Gösta Olander.

Hagan rodar el globo terráqueo con su dedo índice. Tenemos otra masa arbórea, y esta vez vestida de una capa de asfalto resquebrajado y una prohibición gubernamental que tapan los cuatrocientos metros de la pista del estadio Avanhard, en la Hydroproektovska de Prypiat, en Chernóbil. Abedules plateados y pinos han tomado cada metro del estadio, y la doble curva destinada a competir es una carreterita sólo un poco más fantasmagórica que el resto de la ciudad maldita. Más al nordeste de Asia, he descubierto una pista donde se supone que se hace atletismo en Vostok, en el oblast de Sajalin. En la tierra del fin de todo, donde Anton Chéjov acudió a documentar las vidas de los presos de la Rusia imperial, alguien se encarga de mantener las líneas de las calles del anillo y de apisonar una tierra que permanece congelada durante meses.

Aún más allá, en la península de Kamchatka, cientos de kilómetros más en dirección al otro lado de la Tierra, casi mirando hacia Alaska, las fotos tomadas por un usuario de un bonito recinto deportivo muestran una realidad conocida por todos los aficionados a los dos deportes con más adeptos: un partido de fútbol en curso, mientras el anillo carmesí diseñado para los sprinters y fondistas se interpone entre las gradas y los jugadores. «Botas de tacos contra zapatillas de clavos» podría ser el título para una serie de documentales de televisión. Pero encierra una trinchera, a cuyos lados se emperraron unos y otros en luchar hasta el fin: evolucionar o reventar. Corrían los años noventa cuando se abrió el debate en muchos recintos de gran capacidad: qué hacemos con estas seis u ocho calles de un metro y veintidós de ancho que rodean nuestro campo de fútbol. El fútbol quería acercar la hinchada y su calidez al campo (y vender más asientos). El atletismo bramó pidiendo respeto por la tradición de una arquitectura legendaria, mística.

Ganó el dinero —a este lado de la derrota esperamos pacientemente la caída del enemigo de las patadas y los fueras de juego. Total, que lo que cayó en cascada fueron los planes de reforma de decenas de estadios que tenían pistas de atletismo por toda Europa. Si ven ahora ejemplos locales como el estadio de Son Moix, Balaídos, Anoeta o el mismísimo estadio Luzhniki de Moscú, sepan que hace no tanto tenían dimensiones olímpicas. Frente a ellos sobreviven, esplendorosas, las excepcionales soluciones conservacionistas de los Olímpicos de Roma, Munich o Berlín (ay, su color azul magnético).

Del estadio municipal de Trípoli (Líbano, no confundir con la capital libia), destaca tanto un delirante anillo de cemento-casi-asfalto como el alambre de espino que separa este de la grada. Si no hay suerte consiguiendo permiso para usar el sintético del moderno estadio olímpico de la ciudad, los atletas tripolitanos siempre podrán usar cuatro calles de tierra en una pista semi protegida por el recinto del hospital gubernamental de la ciudad.

Regresamos al comienzo del artículo con ejemplos de pistas pintorescas o diseños que buscan destacar como estrellas, porque este es un artículo abierto y sin sesgos ni prejuicios. Vean la pista Tussols Basil en la localidad catalana de Olot, que es un paradigma de integración en un bosque y donde lo verde lo inunda todo. Verde es el material sintético, verde sin final crece alrededor de la instalación y verdes son los árboles del terreno que crecen dentro de la misma pista, donde deberían caer las jabalinas y los martillos. Y se desata la tempestad creativa. Hasta diez pistas de atletismo de varios colores inundan el distrito universitario de la ciudad china de Hangzhou (jueguen con la lupa y alejen o amplíen a gusto y pásmense).

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Estadio Olímpico de Berlín (Foto: Cordon Press)

Existe también una instalación ovalada que se ajusta como un guante a un campo de fútbol australiano en el parque olímpico de Melbourne. Otra pista tiene una simpática forma trapezoidal que se mete bajo el edificio del Curtis High School en Staten Island, Nueva York. El Eistraum es una pista de atletismo en verano que se inunda en invierno y convierte en plataforma de patinaje en la exclusiva localidad suiza de Davos. Ingenio, morro o ego de los arquitectos, cuesta defender que son como siempre dos rectas y dos curvas. Ya lo son un poco menos.

Unas pocas pistas de atletismo más

A unos cientos de metros del anillo sintético novísimo que la maratoniana de Kenia, Lorna Kiplagat, construyó en la carretera de Iten hacia Eldoret, surge una de esas estructuras informales creadas desde la simple geometría de la necesidad atlética. Marcar dos porterías es el comienzo del sueño futbolístico, y trazar dos curvas simétricas, separadas por unos cien metros, el inicio de cualquier relato olímpico. Así, en la entrada de la pista de Kamariny, abierta a ras en el descampado, como tantas otras, no hay ningún arco que diga sports academy ni home of the champions. Es un pelado de aspecto reseco, rojizo, rodeado donde un simple doble bordillo de obra que hace las veces de cuerda (así llamamos en la jerga al mágico perímetro) y también de desagüe.

Alberga, día sí y día también, bestiales grupos de entrenamiento y también dan vueltas los talentos jóvenes que desean llamar la atención y coronarse en el sueño europeo, norteamericano o incluso japonés. La selección se realizará con inmisericorde frialdad y quien la haga jugará con la certeza de que la miseria hace a esos chicos mucho más veloces y resistentes de lo que ellas y ellos mismos creen. Un polvo arcilloso se meterá entre las costuras de zapatillas de tercer uso y que costará sacarse bajo el grifo. Cuando haya grifo.

Al otro lado del Rift Valley, es evidente que abundan pistas de atletismo similares. Etiopía, némesis de Kenia por el dominio supremo del atletismo de fondo, salpica igualmente su territorio de instalaciones cruciales para cada pueblo, y de muchas otras propiedad de empresas del sector. Pastizales urbanos donde se abren cuatrocientos metros míticos como las de Bekoji, Shashamene o la de Jan Meda, en una barriada de Addis Abeba. Abundan villas precintadas para acoger a los atletas de élite y sobre todo a clientes blancos que suspiran por vivir la experiencia de sus ídolos, como las encantadoras pistas gemelas (la vieja, de geometría casi cuadrangular y la nueva, trazada a compás sobre el arcilloso terrero) del Kenenisa Bekele sport centre en Sululta.

Hay pistas incrustadas en lugares absurdos como el centro que tiene la Universitá Studi dello Sport, en Bari, al lado del maremagno del puerto deportivo, entre tinglados precintados bajo un sol de muerte, el parking de camiones pegado a las dársenas que contienen montañas de contenedores e imágenes que quedaron en la retina de Europa cuando se produjo la catástrofe humanitaria albanesa del 8 de agosto de 1991 a bordo del Vlora.

Hay, hubo más bien, una pista dentro de otra, en el estadio olímpico Lluís Companys, en la montaña barcelonesa de Montjuic. La pista de los cuatrocientos metros reglamentarios estaba rodeada de otra de quinientos. Intentaron organizarse en ellas unos Juegos Olímpicos para 1936 pero Adolf Hitler y nuestra versión aldeana se colaron por medio. Se terminaron corriendo pruebas de unos Juegos Populares y posteriormente todo empezó a ir cuesta abajo. El firme del estadio, el estadio mismo y el país por entero.

Hay recintos que compiten por etiquetas cibernéticas estúpidas como qué pista de atletismo está situada más al norte. Carne de buscadores y de hilos en Reddit. Como ocurre con el Valhall stadion de Tromsø, Noruega (a 69.65°N) frente a la de su cercano Lakselv en pleno Finnmark (70.046°N). Es tontería porque las seis calles de goma de la bahía de Vadsø están a 70.078°N, situadas frente a unas viviendas prefabricadas de tejado negro, mirando al criminal Mar de Barents, y subidas en una planicie tan aburrida como un gris día de entrenamiento con diez series de mil metros. Si nos ponemos a mirar nuestro planeta boca abajo, seguramente las pistas Cabezón Oyarzun, color gris pálido excepto cuando el hielo avanza, que rodean el campo de rugby Agustín Pichot en Ushuaia, Tierra de Fuego, son tanto o más meridionales que las que se encuentran en la verde y lejana Invercargill, Nueva Zelanda, su espejo simétrico de la misma realidad de las ocho calles, peligrosas llanuras donde el sol del sur todo lo explica.

Cinder es la combinación usada durante décadas para mantener la superficie de las pistas de atletismo. Cenizas, carbón, roca triturada y una parte de arcilla. La excelsa traducción libre por la que conocemos en España a estos viejos anillos es pista de ceniza. Pues, orientada al mediodía, en un escalón del terreno aterrazado que siempre miró al Manzanares y a la guerra entre sus bandos vecinos, sobrevive desde 1931 la pista de piso color gris marengo de la Ciudad Universitaria de Madrid, construida al cobijo de una arboleda y asomada al sol y al graderío de un viejo estadio de rugby.

En aquella casi única instalación del Madrid de posguerra, como recuerda el atleta olímpico en México 1968 Jorge González Amo, «había toreros haciendo preparación física, había antiguos futbolistas y viejos atletas». Entrenaban juntos los hijos de rojos y de nacionales, el encargado de mantenimiento les instruía sobre la vida, y se exorcizaba el paso de los días con el atletismo como excusa. En sus 301 metros de cuerda se corrió un 100 en diez segundos de la misma manera que los estudiantes de la Complutense se ponían en forma a mediodía, entre las clases.

Bien entrado 2023, se constituyó una asociación dedicada a preservar la memoria y cuidar la instalación. Entre otras razones, me hice socio para ayudar a rescatar del olvido un atletismo histórico que se está escurriendo entre nuestros dedos tecleadores. Fundada por antiguos atletas y periodistas, cada mes de mayo la pista es un escenario. Se pintan de cal las seis calles igual que se ha delimitado en décadas pretéritas, igual que se sigue haciendo en las pistas del Deportivo Biniza, en Juchitán de Zaragoza, México, o en la quemada hierba de las de Marcará, en el Áncash peruano.

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Pista de ceniza de la Universidad Complutense de Madrid (Foto: @APCeniza)

Sobre este escenario, la Asociación de Amigos de la Pista de Ceniza representa una jornada de atletismo que tiene casi cien años de antigüedad. La excusa, confiesa el escritor Miguel Calvo, fue organizar una especie de manicomio donde se rescataran las «vivencias de corredores, rutas literarias y deportivas, revisitar cine Olímpico» y que resurgiera el aire fresco de la Residencia de Estudiantes de Madrid. Y la vieja pista del SEU se puso a revivir matinales deportivas en las que se reunían hasta 15.000 espectadores.

El vehículo para estas jornadas iba a ser la memoria de Miguel De la Quadra-Salcedo, que fue lanzador y récord mundial de jabalina, además de estudioso y antropólogo a la vez de las especialidades atléticas populares. Año tras año, regresan a estas seis calles personas sin cuya historia no se entiende la eterna juventud del atletismo. Aquí donde universitarios trotan entre semana, juegan al voley playa o hacen botellón, vinieron desde un decatleta de noventa años como Marcelino Vaquero González del Río, Campanal III, Bernardino Lombao, Amo, Ignacio Sola, Felipe Areta, hijos todos del gran entrenador Jose Luis Torres e iniciadores del atletismo moderno español, un mediofondista que bregó con Lasse Viren como Javier Álvarez Salgado, hasta velocistas como Loles Vives o Armando Roca (que hizo 10,6 en cien metros lisos en este recinto en 1959). «Ceniza somos y en ceniza nos convertiremos», decía refiriéndose a esta pista la legendaria sprinter española.

Dos rectas, dos curvas.

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