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Jorge González Amo: «En La Blume nos mezclábamos los niños bien con los hijos de los rojos, fue muy educativo»

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Jorge González Amo

Si efectuamos un sondeo previo entre la gente del atletismo, se obtendrá una solemne unanimidad: Jorge González Amo (Madrid, 1945) es una figura colosal a la que el tiempo ha respetado y maltratado a la vez. En cierta forma maltratado por la gloria olímpica, su relato le convierte en testigo de casi cien años del deporte más universal. Mientras, las dos guerras mundiales cobraron el peaje a varias generaciones de atletas y truncaron carreras. Es mal de muchos.

Para todo el mundo es Jorge, un segundo padre, un confesor, el rival en la pista del que luego uno se hace amigo. Puede contar vivencias con los principales protagonistas de los momentos más insignes de las hemerotecas y de los vídeos más repetidos de la historia del atletismo.
Charlar con él y tratar de sintetizar su papel múltiple en el deporte español es imposible. Con él, lo mismo se habla de Tommy Smith en México 1968 que de los Juegos de Berlín 1936.

Robo a un compañero periodista unas palabras que resumen perfectamente quién es Jorge González Amo: posiblemente y por sus roles de atleta de élite, estudioso, estadístico y formador de atletas durante treinta y tantos años, la persona más importante del mediofondo y fondo españoles.

Jorge dice que no, que es uno más de tantos. Y nos abre sus archivos, que apenas necesitaremos, porque guarda cada dato en su cabeza. Nos enseña a entender que ser deportista en los años sesenta era un escenario de libertad. Que la universidad era un complemento necesario de aquellos jóvenes. Que la hermandad entre los pueblos y las clases existe cuando todo se reduce a correr, a soñar. Reserven media hora de su tiempo para saborear cada fotograma de nuestra conversación. Aun si no conocen los personajes de los que estemos hablando, comprenderán el calado de este chico bien de la posguerra si abren una pestaña y consultan en la wikipedia todas esas referencias.

Estamos en plena primavera-verano, meses cruciales y clasificatorios para los Juegos de París 2024 y, si uno sigue la prensa, la impresión que da es que el atletismo, además de ser el más bello de los deportes, es un deporte injusto y cruel.

Injusto no lo sé. Cruel sí lo es. Sobre su injusticia, lo que tenemos es una clasificación en la que el valor de medición siempre es muy objetivo. Hay un ránking, que es estadística pura y dura. Un atleta es el 10 o el 15 del mundo y eso es un valor numérico. El problema es que está poco valorado a la hora de entender el nivel del esfuerzo que supone y, sobre todo, de la dificultad de destacar. Porque es un deporte simple…

Y universal.

… Y universal. Un señor de Djibouti, que no sabemos ni donde está en el mapa, o de Islas Vírgenes, saca una medalla olímpica o es el primero del ranking mundial. En otros deportes más mediáticos esto es impensable. Por ejemplo, el mismo ciclismo, que hasta hace poco era muy local, muy europeo, luego se ha extendido a Estados Unidos y Sudamérica y hasta Australia, y de hecho hay que seguir viniendo a Europa a destacar.

En el atletismo la competencia es enorme. Cuando analizamos ser campeón olímpico como Fermín Cacho o Ruth Beitia, imagina la trascendencia. Las pruebas que no son técnicas las puede hacer cualquier chaval del mundo y destacar. Además, aquí las razas son muy influyentes. En otros deportes influye lo económico, tener un buen patrocinio, o poder ir a un buen club, como lo restringido que es el tenis.

Incluso dentro del atletismo hay disciplinas en las que se necesitan muchos más medios porque son más técnicas: en lanzamientos que necesitas artefactos e instalaciones específicas. Tener una pértiga es caro y, si salen pertiguistas africanos, tienen que irse a las universidades estadounidenses para destacar. Pero la velocidad pura, saltos de longitud, mediofondo y fondo, son totalmente naturales.

Jorge González Amo

Y la buena o mala suerte hace que en tu casa se respirase atletismo y poco menos que estaba sentenciado que acabarías practicándolo.

Lo viví como luego lo vivieron mis hijos. No tan intensamente como ellos, pero yo ya sabía que mi deporte sería el atletismo. Cuando iba corriendo al colegio, iba midiendo las distancias de 800 y 1.500 metros de las manzanas de mi barrio. Iba con la cartera y el abrigo, corriendo y cronometrándome. Usaba una ruedecita que existía para hacer mediciones en los mapas y marcaba todo. Es más, sabía que yo quería hacer mediofondo.

Tu padre es uno de los precursores de la primera generación sólida del atletismo español del siglo XX.

Mi padre fue un mediofondista de buen nivel al que la Guerra Civil le pilló muy joven, y entonces tuvo que dejarlo. Pero él ya había sido campeón universitario de Madrid y estaba en una preselección para acudir a los Juegos de Berlín 1936. Entonces era de los que tenían posibilidades, aunque era demasiado joven y no creo que hubiera llegado a hacer las marcas mínimas. Pero por él yo ya tenía recortes y sus trofeos en casa.

Sobre todo te transmite nombres y figuras cruciales para tu futura educación como atleta.

Yo era un niño que sabía quién era Jack Lovelock, un neozelandés que había sido el campeón olímpico y récord mundial en 1500 en Berlín, o Rudolf Harbig, el de 800 metros. Con 12 o 13 años me llevaba a ver atletismo a las pistas de la ciudad universitaria de Madrid, a ver lanzamientos de jabalina al estilo español, o ver un encuentro internacional entre Alemania y España, en 1957, y pude ver correr a leyendas como Tomás Barris en esa misma pista.

Es que estamos hablando de que en tu casa se hablaba de Jessie Owens, de los juegos de la era nazi. Qué importante son las referencias y el contexto del pasado en el deporte para que las aprendan las generaciones nuevas. Saber de dónde viene tu deporte.

Tuve la suerte de tener este entorno familiar, claro. Mira, cuando mi padre compró la primera televisión, el primer reportaje que vimos fue cuando se bajó por primera vez de los 4 minutos en la milla, con Roger Bannister; ¡Yo vi esa carrera en la televisión en el 59! Y mi padre dijo que con eso ya había amortizado la compra de la tele. Después, yo he querido transmitir esto a muchos atletas porque el valor de la Historia da valor a tu deporte y da valor a lo que estás tú haciendo.

Cuando posteriormente estuve en la Federación Española trabajando con los jóvenes, siempre intenté explicarles que antes hubo gente que siempre corrió muchísimo. Tanto como ellos, pero hace 50 o 60 años y les cuentas las marcas que hacían Herb Elliot o Peter Snell en los años sesenta. Luego hay de todo: tienes atletas como Mario García Romo, que se lee toda la Historia, y otros que pasan totalmente y no se fijan. Pero eso ha pasado siempre. También en mi época.

Fíjate que ha sido hasta una ventaja para algunos. Por ejemplo, Fermin Cacho salía a correr y ni sabía quién era Said Aouita. Pues uno que corre mucho, y me pongo detrás de él y arreando. Es parte del carácter y forma de ser de Fermín que también es importante, incluso beneficioso.

Hay una anécdota de los Juegos de Atlanta 1996 en la que vinieron los del equipo de waterpolo de fiesta e hicieron saltar la alarma antiincendios de la villa. Con la que se preparó, porque para los americanos aquello era un estado de emergencia. Pues todo el mundo en vela, justo la noche antes de la final de 1.500. Y muchos de sus rivales perdiendo horas de sueño por la tensión, excepto Cacho, que no se había enterado de nada y había dormido como un tronco.

Pero en general ha habido gente a la que el pasado de su prueba le ha encantado. A José Luis González le encantaba toda la historia de la milla, los récords, los antiguos y el valor de los mediofondistas como Bannister y demás.

Jorge González Amo

¡Es que tu has vivido a Abebe Bikila!

Claro, yo he vivido a Bikila. Verle correr, porque yo era junior. Sus historias míticas primero, luego correr con él en el Cross de Lasarte en San Sebastián, verlos a él, a Mamo Wolde, pues te emociona y es la ley de nuestro deporte. A los atletas actuales les debe emocionar lo mismo correr ahora con Jakob Ingebritsen.

Naces en el Madrid de 1945. Y juegas en una ciudad en reconstrucción y con gente pasando hambre y miserias. ¿Una época dura para crecer como niño?

Mis recuerdos son ya de una ciudad un tanto posterior. Mi padre estuvo destinado primero en Asturias y en Sevilla y yo ya vine a un barrio de Argüelles muy asentado. Yo también me sentía como un privilegiado por la ocupación de mi padre. Pero como niño de esa época nos permitía jugar en medio de la calle, partidos, batallas de piedras y lo típico. La zona de Vallehermoso y de la calle Islas Filipinas era un descampado, pero, sí, ya vine con unos ocho diez años. Mi vida de niño fue feliz.

En 1962 aparece tu nombre en rankings como récord de España juvenil de 800, pero antes empezaste a esquiar y a nadar.

Mi padre no quería que hiciese atletismo tan joven. Él quería que me formase como deportista porque era más importante ser coordinado. Su frase típica era primero adiestramiento y luego entrenamiento. A esquiar no me obligó. Yo era un niño que iba a esquiar, lo que hacíamos pocos.

Aprendí a esquiar en la sierra más difícil para aprender que es Navacerrada, pero luego, en unas vacaciones de Navidad, mi padre me metió en un grupo de montaña de universitarios que iban de viaje al valle de Arán. No estaba ni la estación de Baqueira construida, sino que esquiamos en los prados de Salardú. Te dabas cuenta de las diferencias de nivel: veías a los niños del pueblo esquiar con las tablas curvadas de los toneles y te daban sopas con honda.

Unos monitores de allí que eran campeones de España, los hermanos Moga, nos hicieron mejorar mucho y de ahí empecé a competir. En 1960 fui a unos Campeonatos de España en el valle de Nuria. Pero al año siguiente los chicos que vivían en la montaña progresaban y ya me ganaban todos.

Mi compañero de entrenamiento era un esquiador, Aurelio García, que fue olímpico, y que era rival de Paquito Fernández Ochoa. Era muy bueno técnicamente y físicamente era una bestia, pero mentalmente no era tan fuerte como Paquito. Era de verdad una bestia: cuando luego yo entrenaba en Navacerrada, él, que era el hijo del administrador del Albergue del Frente de juventudes de Navacerrada, subía corriendo recto desde el puerto hasta la cima de la Bola del Mundo, sin parar.

En aquellos campeonatos juveniles, en slalom especial me descalificaron, en gigante quedé entre los 15 primeros y en descenso, como era menos técnico teóricamente, creí que iría mejor, pero me pegué una caída a cien metros de meta de esas de matarse, partí los dos esquís y llegué andando. Ahí se acabó mi vida de esquiador. En junio empecé a entrenar atletismo a escondidas de mi padre.

¿Cómo crecía un atleta en Madrid en aquellos años sesenta en que las pistas de atletismo ni eran azules ni había un dron sobrevolando ni …

En Madrid había una sola pista, la de la Ciudad Universitaria de ceniza, de 300 metros de cuerda. Allí bajábamos todos. Yo era un chaval de 15 o 16 años y, por amistad con un chico que veraneaba con nosotros, empezó a entrenarme Jaime López Amor, que era un velocista del Colegio Calasancio que con 15 años llegó a hacer 10.8 en 100 metros y más tarde plusmarquista de nacional de 400 m con 48.0.

Era al mismo tiempo estudiante de arquitectura y él se encargó de entrenarnos. Íbamos dos o tres días, nos enseñó la maravilla de la Casa de Campo, la recta del llamado «bosque» que ya estaba marcada cada cien metros. En aquel templo de la pista entrenaban los grandes del momento, que eran Jesús Hurtado o Julio Gómez, y los chicos de la Blume.

La Blume es una institución clave.

La Residencia Blume fue un gran avance para su época, dando becas a atletas universitarios a partir de 1958. Volviendo a aquella pista (nota: hoy todavía está en uso y convertida en un auténtico y olvidado símbolo mundial) todos nos juntábamos en gran un ambiente donde nos preparábamos para los juegos escolares.

Era una mezcolanza estupenda: había toreros haciendo preparación física, había antiguos futbolistas y viejos atletas como Manuel Macías (ex recordman español de 1500m). Aquellos eran nuestros catedráticos del deporte. Además y sobre todo, estaba Teodoro, el cuidador de las pistas, que se encargaba del vestuario y era todo un filósofo de la vida. Nos enseñaba todas las cosas del mundo, hasta sobre relaciones sexuales nos daba charlas. Era la escuela de la calle.

Y para la gente que no éramos chavales de la calle, sino pijos, niños bien, eso nos enseñó a vivir una mezcla estupenda. Gente sobre la que no conocíamos nada. Hijos de republicanos, los llamados hijos de los rojos, gente estupenda que no tenían ni cuernos ni rabo ni nada. En nuestro mundo nos habían enseñado que eran como demonios, pero para ti eran chavales con las mismas ilusiones, o más que nosotros, que entrenaban contigo. El atletismo nos brindó una formación fantástica.

Jorge González Amo

En esa formación de la vida como juvenil, te vas a estudiar francés a Bélgica aunque exactamente francófona no era tu ciudad de acogida.

Aún no sé bien cómo me quedé en Bélgica. Mi padre era amigo de los dirigentes del equipo escolar, con los que acudíamos a los campeonatos de la Federación de Estudiantes Católicos, la FISEC, y conocía a Juan Sastre, histórico juez de atletismo y a otro antiguo compañera de mi padre, quien fue dirigente de la residencia Blume, José María Casero Picurio. Y les dijo que yo tenía intención de ir allá a aprender francés. Y contactaron con un jesuita que dirigía la Federación Internacional de Deporte Escolar, en Lovaina. Así que me dejó en un colegio mayor en verano, sin alumnos, y con los curas flamencos.

Total que allí algo tienes que hacer. Y te pones a entrenar como un demente.

Allí me quedé solo todo el verano del 62, con diecisiete años. Me veo allí y yo, que ya ese año era un atleta de 800 y 1.500 y 3.000, que había peleado con Manuel Gayoso y Joan Ripoll (el mejor de todos nosotros, que se rompió el tendón de Aquiles con 22 años y dejó el atletismo) para las selecciones de las pruebas, que ya había competido en encuentros juveniles internacionales, me dedico a mi mejor diversión: entrenar.

Me iba a las pistas de la zona universitaria de Lovaina y la verdad es que entrené mucho. Estaba allí solo, entrenando y poco más. De aprender francés, la verdad, poco. Luego en el fin de semana me evaluaba el jesuita a ver qué progresos estaba haciendo. Pero veía que poca cosa. A las dos o tres semanas me incorporaron a vivir con su familia, que tenía sobrinos de mi edad, a ver si la cosa mejoraba, pero en un par de semanas más, pues el poco francés que sé, es lo que aprendí de aquello, en dos sitios que pertenecían a Flandes como Westende y Amberes.

La historia es cómo confiaron mis padres en mandarme allá. Si algún padre exatleta me encarga ahora hacer lo mismo con un hijo suyo en alguna competición, y contactar con una familia para dejar a un chaval a Alemania o donde sea, en menuda situación me ponen.

Y allí estaba dándose cera el mismísimo Roelants.

Gaston Roelants, que ya sería ese verano Campeón de Europa y luego tuvo el Récord del mundo y en Tokio 1964 fue campeón olímpico de 3.000 obstáculos.

¿Qué es tener diecisiete años y ver entrenar a un campeón olímpico?

Imagina, todavía no había sido campeón olímpico, pero sí del Cross de las Naciones y además era todo un personaje. Iba con su barbita, se llevaba un loro, un casete grande de aquellos y lo colocaba en la tribuna para poner música mientras entrenaba. Encima la tribuna sobre la grada hacía de caja de resonancia y todos oíamos la música. Lo que veías era un tipo que colocaba un obstáculo en una recta y lo pasaba como cuarenta veces para un lado y para otro a toda pastilla, con la música allí puesta.

Años más tarde, en 1971, en Volodalen, se lo recordé, pero él no se acordaba de mí. Y luego vi también muchas competiciones y hasta un encuentro Bélgica-Grecia, allí en el que compitió André Dehertoghe, al que había visto en Barcelona en un encuentro Bélgica-España y que era otro tipo buenísimo que llegó a hacer 3:37 y a competir luego en los Juegos de México. Todos estos ídolos eran mi entretenimiento en el día a día en Lovaina.

Inmediatamente, siendo aún juvenil, te ves envuelto compitiendo en carreras con ellos mismos. Ese año ya corres en Barcelona un 800 de alto nivel.

Otra que ni sé cómo pudieron meterme allí, en un meeting tan complicado como el de la Mercé. Se corría en el estadio olímpico de Montjuic, en la pista de 500 metros original. Yo apenas tenía 2:01 de marca personal en 800. Salíamos un montón de gente, pero ya impresionaba solamente ver a Olavi Salonen, que era un finlandés que había tenido el récord del mundo (aunque fuera por unas horas) de 1.500, hacer para calentar unos quince cienes a toda pastilla antes de competir.

Total que allá que me metí para hacer 1:55.4 que era récord de España juvenil después del verano que había pasado en Lovaina. También corría Alberto Esteban que hizo 1:49.3, que era la mejor marca mundial junior del año. Y yo hice una marca que realmente nadie se creía, quedé el 13 o 14, lo achacaban a un error de cronometraje o que me habían dado el mismo tiempo que el grupo.

Jorge González Amo

Cómo entrarías a participar fue un misterio. Algún contacto tendrías.

No lo sé. Sí, bueno. Tenía un amigo y compañero de entrenamiento y atleta ya muy conocido, Fernando Canals, que hacía 3.000 obstáculos, y debió tener contactos en la organización porque aquello era un meeting extraordinario que se hacía en septiembre, a la vuelta del verano. Hasta yo dudaba de mi récord, claro. Había estado copiando los entrenamientos que había leído de Peter Snell, que había recopilado en la revista Atletismo Español Jose Luis Martínez, en los que describía los entrenamientos de Arthur Lydiard. Afortunadamente en la primera carrera del año siguiente repetí la marca y ya me quedé tranquilo.

Detengámonos un momento. Para que los lectores hagan un paralelismo ¿Cuáles eran las dos o tres maneras de entrenar que se estilaban en los sesenta?

Estaba todo basado en los intervalos. Repeticiones. Era lo que hacían Woldemar Gerschler, Tomás Barris, que era nuestro modelo, y lo que leíamos era lo que habían hecho Emil Zatopek y Rudolf Harbig.

Espera. ¿Estás diciendo tan naturalmente que copiábais del mismísimo y legendario Zatopek?

Sí (risas), tú veías los entrenamientos de Zatopek, los adaptabas un poco y ya valía. Aunque es cierto que tanto Jaime López Amor y luego Jose Luis Torres nos entrenaban con mucho sistema. Pero, en edades de juvenil o júnior, entrenábamos poquísimo. Cuando batí el que llamábamos «record de mi familia», apenas entrenaba dos o tres días con 18 años.

Cuando bajé de los 4 minutos siendo juvenil, en Tolosa, consultando los entrenamientos que tengo por ahí en una ficha, hacía máximo cuatro series de 300 a 45 segundos. Lo que hacíamos eran muchos rodajes y muchos cambios de ritmos de tiempos. Torres me ponía a hacer series de un minuto o tres minutos, y a la intensidad que tu nivel marcaba gradualmente. También hacíamos muchas diagonales, veinte, treinta, en la parte central del campo. E intervalos de 100 y 200.

Hasta que llega un científico que, observando la naturaleza, se da cuenta que el fortalecimiento general puede ser más eficiente.

Nos llegaron primero los entrenamientos de Percy Cerutty, que era el entrenador de Herb Elliot, que era el más grande, un chavaluco estratosférico. Ganaron tanto Snell en 800 en Roma 1960 como Elliot en 1.500, sobre todo con las marcas que iba encadenando, récord mundial tras récord mundial. Elliott había hecho 3:36 y 3:54 en la milla con veinte años. Nosotros teníamos a Barris que hacía 3:41 y que lo situaba entre lo mejor del mundo. Pero es que Elliott gana la final en los Juegos de Roma con 3:35, sacando al segundo casi tres segundos.

Y la pregunta es cómo entrenaba para esa progresión.

El loco de Cerutty empezó a salir en las revistas metiendo a los atletas a entrenar por las dunas, entrenamiento natural, cambió todo el sistema de moda fraccionado, empezó a usar el farlek y la carrera continua. Y a nosotros, teniendo la casa de campo, aquello nos vino de cine. Lo que no sabíamos es que Cerutty y Lydiard se habían formado con Gösta Olander en la localidad de Volodalen, en Suecia.

El significado legendario de Volodalen.

A través de las revistas, del L’Equipe, empezamos hacia 1962 o 1963 a leer que Olander, El Brujo, entrenaba en un sitio que se convertiría en nuestro paraíso. De hecho, en nuestra zona de entrenamiento en la Casa de Campo teníamos una zona al otro lado de la tapia con unas praderas en loma a las que nosotros asociábamos el aspecto imaginario sueco y lo bautizamos como Volodalen.

La cosa es que Alberto Esteban y Jose Luis Martínez hicieron un doblete espectacular venciendo en los Campeonatos iberoamericanos en el estadio Vallehermoso. Y estaba en Madrid el director de L’Equipe, que escribió unos artículos en la revista, alabando mucho el desconocido atletismo español y la calidad de los atletas españoles como el ya nombrado Tomás Barris, Esteban, o Pipe Areta, el jabalinista Alfonso de Andrés, etcétera.

Todos con un gran nivel pero aislados para Europa. A través de él se consiguió que tanto Esteban como Martínez fueran invitados a conocer Volodalen ese año, en Suecia, a unos cientos de kilómetros del círculo polar ártico. Fueron en invierno a entrenar allí y se encontraron que había algún fondista italiano y, sobre todo, esquiadores de fondo. Allí habían ido Cerutty y Lydiard a ver los sistemas de entrenamiento ¡de la época de la Segunda Guerra Mundial!, en la que destacaron los escandinavos que entrenaron con aquel sistema, como Gunder Haag y Arne Anderson.

Olander, que no era entrenador pero sí observador de la naturaleza, vio que los animales no hacían entrenamiento de intervalos ninguno. Y trasladó aquello a Australia y Nueva Zelanda, de donde salieron Elliot y Snell, Halberg… y más tarde el gran Ron Clarke que hicieron de altavoz del sistema para el resto del mundo.

Jorge González Amo

Tu entrenador, Jose Luis Torres, era bastante más comedido que aquel cambio de entrenamiento.

Jose Luis era un entrenador total, fantástico, porque insistía en la fuerza y la condición física. Pero todos sus atletas eran explosivos: velocistas, vallistas, saltadores y lanzadores. Me cogió un poco como un favor especial al terminar con López Amor, y era el único entrenador que había en la residencia Blume.

Luego le llegó algún mediofondista más como Gayoso, que era un portento y me había ganado en la prueba de selección de 1.500, y vino becado como el sucesor de Barris. Pero su talento era más como velocista. Torres, en el primer 400 que le hizo correr, le vio ganar a los cuatrocentistas de la Blume, haciendo 49.3 en la pista de 300, sobre ceniza. Fue un vallista enorme que llegó a ser plusmarquista español de 400 vallas y liso con 46.2 y casi finalista olímpico en ochocientos. Así que yo era el que más distancia hacía de su grupo.

Experimentábamos, Torres decía una cosa, yo sugería otra, pero sobre todo parábamos de correr dos meses para trabajar la técnica de carrera y la fuerza durante el invierno. Solo hacíamos gimnasio en noviembre y diciembre, salvo trote para calentar.

También fuimos adaptando las series largas y el programa de Lydiard aunque ya te digo que la base era el interval.

Aparte de formarte como atleta de élite, tú tenías que sacarte una carrera universitaria.

Mi padre quería que fuese ingeniero de caminos, que fuese economista, supiese inglés y batiese el Récord de España. En Caminos lo intenté, estuve un año haciendo un curso selectivo de ciencias, luego pasé a un curso de iniciación de pruebas técnicas, que era muy duro. Hacían una limpia tremenda, además que yo todos los dibujos los presentaba con borrones.

Me pasé a Económicas, siendo ya mayor, claro. Primero en una especie de academia de la calle San Bernardo, luego a la Ciudad Universitaria, pero en un año construyeron unos barracones y nos trasladaron a Somosaguas. Estábamos al lado de la facultad de Filosofía y Letras, en la llamada «Galería Preciados» donde el cantautor Raimón había dado el célebre concierto de protesta, y estábamos en el centro de Madrid para todos los follones. Y aquella facultad nuestra era la que llevaba la voz cantante de toda la protesta universitaria. En un verano terminaron los barracones y para allá que nos mandaron.

Son años difíciles para sobresalir en lo académico porque la universidad europea, en general, hierve.

Estudiar la carrera allí, en los años 1968 y 1969… Hubo un curso en el que no hicimos ni exámenes. Pero nos venía muy bien porque el día que había huelga, pues nos íbamos a entrenar. Si había asamblea, pues nos evadíamos y a mediodía entrenábamos.

No eres seleccionado para los Europeos de 1966.

No hice la mínima. Hice 3:44, que era buena marca, y mejoré la del año anterior pero no me acuerdo bien qué pedían. Pero ni me lo planteé, pedirían una marca muy exigente, pero no muy lejos de esta. Sí teníamos en mente la mínima olímpica cuando las anunciaron en 1967. Y que fueron endurecidas por la Federación Española. Si la mínima olímpica era 3:42, la federación nos pedía 3:41.4 o correr dos veces en 3:42, que era más difícil aún.

Debe ser que tenían mucha gente corriendo en 3:42 en aquella época y querrían seleccionar.

No había nadie. De hecho, solo Barris había hecho 3:41.7 en 1958.

Sobre la ovalada mesa del salón están las zapatillas Adidas Azteca con las que Jorge corrió en México, hay pares y pares de zapatillas de clavos que aún sobrevivirían algún uso y cuyas bondades Jorge insiste en contar. Son las zapatillas de clavos con las que todos los tendones de aquiles de los atletas de élite terminan sufriendo.

En una caja cuidada con primor están los cuadernos de entrenamiento del atleta Jorge González Amo. Escuetos, rústicos y mimados recopilatorios de sesiones de dureza increíble con una cosa en la cabeza: preparar competiciones internacionales, ciclos olímpicos, carreras celebradas en lugares comunes de la historia del atletismo universal como los Bislett Games de Oslo, el estadio olímpico de Estocolmo, entrenamientos en Suecia, en la sierra de Madrid o en los Pirineos. Todo aparece meticulosamente organizado por un economista de titulación que trabajó durante décadas como estadístico. La estadística que todavía hoy elabora y repasa.

En una página dice Día 18, Vi «Eliminatorias de 1.500 en los Juegos Olímpicos de Méjico». Se trata de una ventana en el tiempo que produce un placentero y frío sudor en las manos. Hemos hablado de Jesse Owens y de los Juegos de Hitler y ahora salen a escena las hazañas de Bob Beamon y el mágico año de 1968.

Jorge González Amo

¿Cuándo y cómo te enteras de que serás olímpico en Mexico 1968?

¡El día que hice la mínima (risas)! El verano del 67 ya competí muy bien y vi que la mínima estaba cercana. En un encuentro nocturno en Viareggio entre EE.UU., Italia y España, me ganó José María Morera y ya hicimos una marca muy buena, sin liebre y con victoria de Ciccio Arese, que hizo récord de Italia. Pero el día que batí el récord de España estaba seguro de que iba a batirlo.

Compartía habitación con Alberto Esteban, que a su vez se lo había quitado a Barris, y él ya había hecho una décima menos de la mínima olímpica al paso de una milla en el meeting de Estocolmo. Es el verano del 68 y vamos a competir a Göteborg. Había estado entrenando con Bodo Tümmler en Volodalen, donde nos habíamos hecho buenos amigos, y coincidimos allí.

Me pidió que hiciese de liebre, que pasase en 1.000 en 2:24 para poder hacer récord de Europa. Pero en la pista habían celebrado una carrera de motos y la pista estaba muy arenosa. Se arrepintió y propuso tirar para Anders Gärderud y para mí. Él se quedó a una décima del récord de Suecia y Escandinavia y yo batí el de España. Y por cierto, ese récord lo batió dos días después en un Noruega-España con 3:38.5 Arne Kvalheim, en una carrera en la que yo tiré los primeros 1100 m.

Ya habíais viajado a México como selección española anteriormente para participar en unas Semanas Preolímpicas. ¿Cómo fueron aquellas competiciones?

De altísimo nivel. Allí estaban todos los que luego fueron medallas olímpicas, excepto Ron Clarke, que estaba en contra de competir en la altitud de México. Se organizaron desde 1965 para probar lo de la altitud, para que ellos aprendiesen a organizar todo, no se celebró el programa de atletismo sino de prácticamente todos los deportes.

Coincidimos con nadadores, ciclistas, y una selección de gente con gran potencial olímpico. En el 66 fuimos bastantes, aunque la participación bajó en el 67, pero imagina. Inauguramos en 1967 la pista de tartán, creo que fuimos los primeros atletas españoles que corrieron sobre esa superficie. Morera y yo corrimos esa misma semifinal sobre el nuevo material.

Siempre se ha dicho que los Juegos de México 1968 son el acceso a la puerta del atletismo moderno. El tartán, los materiales, cambios en estilos de saltos, y las marcas, que son de puro siglo XXI.

No todos; por ejemplo, la fibra de la pértiga con la que Ignacio Sola saltó 4 m 60 ya existía en Tokio 1964, pero, sí, sobre todo el nivel de las marcas, en México hay gente bajando de 10 segundos en 100, de 20 en 200, de 44 en 400 m, haciendo 1:44 en 800, 8 m 90 en longitud, o Fosbury saltando altura. Siempre se tiene como un año especial. Hay una coincidencia de una generación especial de atletas, que incluso se mantuvieron en lo más alto hasta Múnich 1972.

Estaban David Hemery, Kip Keino, Randy Matson, Tommy Smith, John Carlos, Lee Evans, Ralph Boston, Bob Beamon, Al Oerter, una serie de gente que explotó allí y llevaron el atletismo masculino a un nivel en el que, al menos en marcas, yo digo que ya está prácticamente estancado. Se llegaron a los límites, y las marcas posteriores ya fueron a base de aumentar la densidad. El 3:33 de Jim Ryun en 1967 es ahora la mínima olímpica de 1.500, es un marcón. Y entonces lo hacía uno, pero ahora lo hacen 25 o 30.

La matanza de Tlatelolco. ¿Recorrió por vuestro espinazo un escalofrío o allí no se sabía nada oficialmente?

Nosotros sufrimos un disgusto enorme, estábamos convencidos de que se iban a suspender los juegos. Llevábamos un mes allí para adaptarnos a la altitud, desde el 16 de septiembre, y los juegos empezaron el día 12 de octubre. Aquello pilló en Tlatelolco a unos jugadores de hockey que tuvieron que tirarse debajo de un coche.

De todas maneras, sabíamos que había habido una matanza, no nos sorprendía porque en años anteriores, en la universidad, el ejército ya entró a la universidad disparando con bazookas a la gente que taponaba el acceso a una puerta. Esa fue otra matanza. Nos dijeron que no saliéramos de la villa, pero luego ya pudimos hacer vida normal. Nos movíamos por la ciudad con libertad, aunque estábamos bastante aislados, fuera de la ciudad.

¿Qué pensaste al ver a los velocistas afroamericanos arrasar así y volcar toda su ira? Porque estabas en el estadio cuando Tommy Smith y John Carlos levantaron el puño en el podio, poniendo un nudo en el estómago del COI.

Sabíamos que el movimiento del Black Power existía y ya sabíamos que había permeado en los atletas negros norteamericanos. Había además un aislamiento dentro del propio equipo olímpico de Estados Unidos.

Había turnos para entrenar en la pista de la villa olímpica. No durante el mes que estuvimos, porque éramos pocos, pero, cuando llegaron todas las delegaciones, los afroamericanos se los saltaban y bajaban a entrenar aunque no les tocara. Hay que decir que no nos cayeron muy bien, aunque ya los conocíamos del encuentro frente a EE.UU. e Italia en Viareggio. Allí ya habíamos visto el potencial que tenían aquellos atletas, pero también su prepotencia.

Lo que nunca nos dimos cuenta, allí en el momento, fue el impacto mediático de aquello. No hasta que la prensa empezó a difundirlo. Ves el puño, vimos que era una reivindicación fantástica. También vimos a los del 400, que subieron con la gorra negra, a Lee Evans, pero de todo nos dimos cuenta después. No sabíamos que les habían echado de la villa ni nada. Creíamos que era una protesta justa, pero sin conocer la entidad.

Jorge González Amo

Se critican cosas del movimiento olímpico moderno, pero aquello estaba dirigido en aquellos días por Avery Brundage.

Es que era un nazi y ejercía de ello.

El salto de Bob Beamon lo viviste y hasta lo fotografiaste.

Los atletas teníamos un sitio privilegiado en la pista. Era donde ahora se pone la prensa, en la zona de meta y la curva siguiente. Pero teníamos movilidad para ir por cualquier sitio, sin restricciones de acreditación ni nada. Además, allí en México, dándole a alguien una insignia del Real Madrid o del Barça o del equipo nacional de España, pues te dejaban entrar.

Y Julio Bravo y los demás jefes de expedición dijeron «vamos a ver la longitud». En el 67 yo ya había visto la prueba en las preolímpicas, justo en el mismo sitio, cuando Igor Ter Ovanesian había batido el récord mundial con 8 m 35. Así que dije que vale. Nos acercamos a unos pocos metros, a la altura del foso, en la contrarrecta.

Y tú habías tenido un encuentro con uno de los protagonistas días antes.

Sí, con el líder del año, Ralph Boston, dos días antes. Me dijo a través del baloncestista Clifford Luyk qué, cuidado, que Beamon puede llegar a saltar 9 metros. Dijo: «saltará 9 metros en el futuro, pero aquí no me ganará». Y vimos el salto, hice una foto con un objetivo que habíamos comprado a unos atletas rusos, pero enfoqué de aquella manera y le corté la frente en la foto.

Es una foto que tengo en color, muy bonita, y vi toda la parafernalia, la que se montó, y ahí sí vimos la importancia en el momento de que era algo histórico. Fue lo que se considera un «momento mágico», pues coincidió con el 400 de Lee Evans, otro momento histórico, bajando de 44 segundos. ¡También el 200 de Irena Szewińska!

El 18 de octubre de 1968, a las 11 de la mañana, corres en unas series clasificatorias con gente como Jim Ryun, Kip Keino, Bodo Tümmler…

Ahí me equivoqué totalmente. Es de las veces que si la historia me dejara dar la vuelta… Estaba para pasar las eliminatorias. Muchas cosas pues las hice mal. En los días previos, en todo. A las 5 de la mañana me levanté a hacer un rodaje previo cuando tenía que haber ido directamente a la competición (nota: en el diario, la entrada del día reza: «12 kms de hierba por la mañana»).

También había entrenado intensamente los días anteriores en altitud y no terminé de recuperarme. Me arrepentiré toda mi vida de no haber corrido la semifinal. En la serie ganó Ben Jipcho que era un desconocido, pero sabíamos que había hecho 3:58 en la milla en Nairobi, a dos mil y pico metros de altitud. Como rivales directos yo tenía a Oleg Rayko, el ruso, Josef Odložil, que era subcampeón olímpico en Tokio en 1.500, y Harald Nordpoth, que había sido plata en el 5.000 de Tokio también.

Estaba el francés Jacky Boxberger al que yo no le veía superior. Y al mismo Odložil, a quien había visto hacer un test de 1.200 y sabía que no estaba mejor que yo. Además, yo tiré; tenía que haber esperado y llegué muy mal a la última recta.

Y te ganaste un bonito billete para ver todo desde la grada.

Fue mi mayor disgusto deportivo. Además, sufrí, llegué muerto. Y viví la circunstancia de ser perdedor. La soledad del atleta que pierde. Casi no podía subir la rampita que había para salir de la pista de lo roto que estaba; estuve 45 minutos con 180 pulsaciones en los vestuarios con un cuidador local que quería llamar al médico. Me tapaba con unas mantas.

Sobre todo, me dolió que no hubo ni un solo español que viniese a verme en esos 45 minutos. Antes yo vi la selección de baloncesto que había perdido y había visto a Samaranch bajar al vestuario. Y pensé que me moría yo solo y eso… (hace una pausa emocionado). Cuando luego he estado trabajando con los chicos, intento acercarme siempre al que pierde.

Ya iré luego a felicitar al que se clasifica y gana. Primero hay que ir al que necesita la ayuda. Está pasándolo mal. Hay cosas que vives como atleta, como la necesidad de tener compañía antes de entrar en la cámara de llamadas y de acceder a la pista. Yo necesitaba ver a mi entrenador un momento y aquello me tranquilizaba.

Son muchos nervios. Quizá no todos lo necesiten, pero creo que para muchos y sobre todo los jóvenes, es fundamental.

¿Cómo vives el ciclo en la búsqueda de Múnich 1972? Eres relativamente joven todavía, pero no habrá más Juegos para ti.

Es la época más dura. Terminas los Juegos y te requieren para hacer el servicio militar, acudir directamente al cuartel al día siguiente. Al campamento de reclutas de Colmenar Viejo. No hubo miramientos. Además, durante la instrucción me hicieron repetir el tiempo que había estado en México.

Eres récord de España, vienes de unos Juegos Olímpicos y te ves sin poder salir del campamento durante meses. Luego me destinaron a un cuerpo de guardia, día sí día no, en la Capitanía General, cuando había un equipo de atletismo en el batallón del Ministerio del Ejército, pero que, mientras me reclamaba, estuve haciendo guardias hasta que de nuevo por enchufe y contactos de mi padre lograron sacarme. ¿Qué vas a recuperar como atleta perdiendo de octubre hasta abril?

Jorge González Amo

Una temporada entera echada a perder.

Cogí 14 kilos. Y cuando llego al equipo del batallón, un capitán dice que si no rindo en el equipo que me mete a hacer guardias. Total, que pierdo de golpe y en tres meses desde 78 kg que pesaba hasta 61. Pude competir en el Campeonato de España y el del Mundo Militar en Poitiers, pero después cogí una anemia, y luego fue un encadenando de todo.

Cambié físicamente y nunca más volví a acercarme a mis marcas. De ahí a sufrir una tendinitis de Aquiles, cuya única solución era operarse. Pero veía que los que se operaban estaban cojos o no volvían al atletismo. Podía entrenar en invierno sin clavos, pude hacer cross, fui al mundial de cross y hasta fui internacional en 3.000 en 1974 en pista cubierta, pero ya siempre con dificultades.

Hasta que lo estaba pasando muy mal y así. Luego me rompí el tendón de Aquiles en Volodalen en 1972 y ya no hubo manera, cuando mi año olímpico habría sido ese. No dejé el atletismo, pero al alto nivel ya no se podía. Hice una oposición en 1975 al INE y empecé a dedicarme a otras cosas. Pero siempre seguí corriendo.

Quien lleve un rato leyendo pensará que eres una leyenda de la pista. Pero hubo una vida después, enganchado a la carretera.

En asfalto es donde más volumen podía hacer. Sin clavos. Varios años pasé de 7.500 kilómetros entrenados. Y con un solo entrenamiento. Pero no soy maratoniano, soy mediofondista. Llegaba bien al kilómetro 30 pero luego ahí reventaba. En medios maratones llegaba a ganar a los maratonianos de la época, Eleuterio Antón, Ricardo Ortega, pero ellos tiraban adelante y yo pinchaba.

Haces tu primer maratón en Oiartzun, en 1977, y coincides con un récord del mundo femenino.

Era un circuito de ida y vuelta de 10 km. Había un gato muerto por el que pasábamos más veces que yo qué sé. Lo hicieron desde el parking del Mamut, un hipermercado que era el patrocinador. Debuté con 2h 33 y Chantal Langlacé hizo 2h 35 y yo no hacía más que mirar atrás porque veía que me enganchaba. Luego corrí con la gran Grete Waitz en el maratón de Nueva York donde me ganó claramente y mejoró también la plusmarca mundial.

Quiero ver ese recorte de prensa en el que sales en meta con la imperial Grete Waitz.

En el 80 quedé segundo en el Maratón de Madrid y el premio para los 5 primeros era ir con el equipo de Mapoma a Nueva York. Ya salíamos de lados separados del puente de Verrazano, y nos juntamos a partir del kilómetro 5 o 6. Veo adelante un grupo de unas 50 y les voy cogiendo cuando veo que ahí iba Grete Waitz.

Me meto y poco a poco el pelotón se va quedando sin gente. Durante los kilómetros que discurren por Haarlem nos quedamos ella y yo solos y estuve tirando de ella. Al entrar a Central Park hay una cuesta, y ahí se me subió el gemelo y tuve que aflojar. Ella tiró, batió el récord del mundo y yo hice 2h 28 o así, no me acuerdo. Y se quedó en meta esperando para que llegase yo y darme las gracias por tirar para ella.

En los últimos ochenta se recuperan las viejas carreras de montaña modernas. Y ahí estás también. Casi que me has dado el titular: Jorge González Amo, de Berlín 1936 al trail running.

Y me gustaba mucho correr en montaña. Fue una de las cosas que me permitió no dejar de correr. El año de Múnich estuve lesionado hasta unas pruebas de selección que pude hacer en Madrid. Y unos días, me fui al Pirineo con el entonces campeón de España de 1.500, Rafael García, y fuimos a un viaje que pasaba por Ordesa. Allí hicimos un entrenamiento hasta las cascadas de Cola de Caballo.

Cuando salimos de Torla corriendo, nos cruzamos con unos que venían con mochila y les preguntamos como cuánto quedaba. Y nos dicen como cuatro horas, pero fuimos y volvimos corriendo en poco rato y me di cuenta de la ventaja de correr en la montaña y la maravilla de poder ir mucho más ágil y disfrutando del paisaje. Y sí, empecé en las carreras aquellas.

De hecho, corrí la Sierre Zinal en el año ochenta y algo, fui con Antonio Postigo, carrera que ahora es una de las grandes. Y un año venía de una excursión, sin entrenar, pero con las piernas fuertes de andar por Monte Perdido y me apunté al cross Dehesas-Cotos.

Dios mío. Recuerdo que un año nevó en pleno septiembre.

Ese año no. Corriendo en montaña, muchas veces es más importante saber bajar que subir. Subías de piedra en piedra por la calzada romana y luego en la Fuenfría te tirabas bajando hasta las Siete Revueltas. Había un esquiador de fondo muy bueno que era el favorito, porque andaba muy bien en el monte, pero bajando por la Fuenfría nos tiramos a 2:30 el kilómetro como bestias y ahí le dejé, porque tenía piernas enteras para luego remontar a Cotos y la gané por eso.

Jorge González Amo

Y como tenías que probar todo, un día decides probar con el triatlón y tampoco se te da mal. Con más de 40 años logras ser internacional absoluto.

Mi padre me había obligado a hacer natación de pequeño y nadaba bien, pero con el atletismo y los kilómetros que llevaba encima, el cuerpo ya no era tan eficiente en el agua. Y empecé con cuarenta y tantos años y salió bien. Fui internacional absoluto en Cascais, en el primer campeonato de Europa de triatlón, donde me fue muy mal porque me había roto la clavícula en la bicicleta un mes antes.

Y cómo ibas tú a entrenar con una clavícula rota…

Nadar no pude. Pero al día siguiente volví de la leche de la bici directamente de Ibiza a la oficina y llamé a mi mujer que era médico. Le dije que me había hecho daño. Que viniera directamente al hospital y, en fin. Y una semana estuve haciendo ejercicios de subir y bajar cajones y skipping en casa y luego a correr. La bicicleta la entrené haciendo rodillo, pero del móvil, que es mucho más peligroso que el fijado. Y al poco tiempo ya iba corriendo a la oficina desde casa, atravesando la Casa de Campo.

Recuerdo el chascarrillo de que siempre te podrías encontrar a Jorge González Amo cruzando la Casa de Campo en un sentido u otro, ¿no lo sabías?

Jajaja no. Iba corriendo al trabajo desde Aravaca, haciendo kilómetros de más, claro: me entretenía a la vuelta corriendo, pero me subía por el bosque a hacer mis cambios de ritmo, mis cuatromiles, y para casa. Otros días paraba en la piscina del INEF y hacía dos, tres o cuatro mil metros, y seguía corriendo hasta casa. Con la bicicleta salía por la tarde o con el rodillo.

¿Llegaste a correr un Ironman?

Lo más largo que corrí fue en Niza. Allí corría Mark Allen, y yo gané en categoría veteranos. Es de las mayores satisfacciones de mi carrera deportiva. Yo salía sin marca, o sea, fuera de la élite, como participante popular, y en los boxes, en lugar de ponerte con los buenos al principio y salir por la izquierda, los populares teníamos que correr por todo el parking, aquel para luego reincorporarse perdiendo en la transición un montón de tiempo.

Los primeros 150 dorsales iban, por un lado, así que, cuando yo pasaba a uno de aquellos 150, era un subidón tremendo. De la natación salí sobre el puesto 400, llegué tras la bici como el 140 y llegué bien dentro de los 60-70 primeros. Al segundo veterano le saqué siete minutos en la bicicleta, y eso que era un ciclista que había sido medalla olímpica en Roma.

Se quedaba alucinado cuando estábamos en el podium, y me decía: «pero tú no has hecho ciclismo?» Y yo no, pero era lo que mejor se me daba. En distancias Niza fueron 4 nadando, 120 en bici y 32 corriendo. E hice el sexto tiempo absoluto de la carrera a pie. ¡Además, fue donde más me han dado nunca de premio económico!

Para terminar, en 1988 pasaste a trabajar para la Real Federación Española de atletismo en un puesto muy particular: responsable de las categorías inferiores.

Cuando ganó José María Odriozola las elecciones, entré de adjunto de Postigo, con la idea de quedarme yo con el mediofondo pero me quedé por circunstancias con los pequeños, lo que a la larga me dio grandes satisfacciones y disfruté muchísimos. Primero sub 20, junior y juveniles de entonces, y así hasta 2012 cuando Ramón Cid contó conmigo como responsable de mediofondo. Aún sigo en el organigrama de la RFEA, pero dentro de un «panel» y con muchas menos funciones y responsabilidades, pero sigo disfrutando del trato con atletas y entrenadores.

Y has dicho siempre que ser entrenador es ser una guía de vida, un progenitor del atleta. «Jorge» es como te recuerdan todos los atletas que han estado bajo tu radar.

Aquí siempre me emociono. Seguro que he hecho cosas injustas con los atletas. Pero siempre he intentado tomar decisiones lo más justas posibles y previamente habladas con mis superiores como Mariano Gª Verdugo y Ramón Cid, pero siempre fue difícil como se ve en estos momentos de cara a los Juegos Olímpicos. Son decisiones de seleccionar a tres atletas, que es lo que te dejan llevar. Son decisiones que he tomado siempre con humildad cuando me equivoqué, saber pedir perdón y rectificar si he podido.

Siempre recordaré una anécdota con Arturo Casado, que era juvenil, que quedó segundo en un Campeonato de España y donde seleccionábamos para un encuentro España-Francia. Quinto quedó Salva Crespo, y teníamos que darles una hoja de seleccionado con un color a los del encuentro, y de otro a los de una simple concentración en Santander.

Cuando le doy la hoja a Casado de no seleccionado, el padre me dice: «qué pasa, para seleccionar a mi hijo tengo que regalarle un jamón o invitarle a cenar?». No, le contesté, pero llevé a un aparte a Arturo y le expliqué que Crespo estaba acatarrado y tenía 3:51 de mejor marca, mientras que él tenía 4:02 o así. Y me dice «pero Jorge, que el otro día hice 3:55 en Guadalajara», ¡y se me había pasado! Total, que pedí perdón, le pedí a Crespo la hoja de seleccionado y rectifiqué. Por cierto, el padre de Arturo me pidió perdón y me dio las gracias.

Fundamentalmente, ejerciste de padre deportivo de todos los jóvenes talentos del mediofondo y fondo.

Hay que saber tener cintura. Era una injusticia y no podía ser. Pero, claro, me satisface mucho que me recuerden por los momentos buenos, que puedo decir que, en estos 35 años, con diferencia han sido la mayoría. Y también puedo decir que han sido fabulosos, porque me han permitido seguir viviendo en el mundillo que más me llena, el atletismo y todo lo que representa. Al final ya son 64 años ligados a este deporte en alguna de sus facetas.

25 Comentarios

  1. Espectacular entrevista e inigualable su protagonista. Con todo lo que sabe Jorge -una vida- y con lo querido que es por todo el mundo del atletismo, incluso sabe a poco. Gracias por dejar testimonio de ello.

  2. Juan Romero Ogando

    Yo definiría a ajorge como el caballero del atletismo Esañol……

  3. Juanjo Azpeitia

    Magnífica entrevista dejando muy claro el esfuerzo que supone ser campeón y un camino marcado como entrenador y responsable del medio fondo nacional
    Enhorabuena Jorge por ser como eres y es un honor contarte entre mis amigos

  4. Mas de veinte minutos de lectura emocionada. Entrevista muy completa, tal y como yo recuerdo Jorge. Historias, personas y pasiones. Un poquito de entrenamiento y mucha sinceridad. Que fortuna encontrarme con esta entrevista y tener la suerte de que Jorge haya pasado por mi vida en una temporada de formación, entre los 19 y los 25. Con el paso del tiempo, aún me doy cuenta del poso que Jorge dejó en nosotros y como en cierta manera nos guió en dejar poso a otros/as. Gracias Jorge, por tanto y por hacerlo de manera tan natural, honesta y sencilla.

    • Higinio, sois muchas generaciones de atletas los que han tenido esa suerte. Es un lujo al alcance de pocos, si lo piensas bien. Un saludo

  5. Maravillosa entrevista en la que me queda una duda. Cuando habla de julio Bravo en México se refiere a Julio Bravo Ducal?

  6. Juan Ramón de Rafael Nerpell

    Magnifica Entrevista. Yo he seguido toda su carrera atlética y recuerdo todos los nombres de atletas y entrenadores que se citan. Yo empecé a seguirle cuando hizo 3′ 46″ en un año de los 60. Y especialmente cuando hicieron una enorme carrera en Viareggio en 1967 con José María Morera en 1.500 m. Luego le volvió a vencer en la Universitaria en 1 000 m unos días después. Que no consiguió la mínima para Méjico y sí Jorge González Amo con 3’40» , récord de España. Una pena su no clasificación en Méjico. Creo que con 3’50» . Insuficiente para las semifinales y para la grandiosa Final entre Keino y Ryun en 1968. Luego no le seguí continuadamente, al estar yo trabajando en Avilés cuando terminé mi carrera en 1970. De todas formas, sus marcas eran mucho mejores que las mías, y yo apenas corrí unas 50 pruebas en la C. Universitaria y en la Casa de Campo. Fundamentalmente como corredor universitario. Ganando sólamente un Cross Universitario. Trofeo Ingenieros de Telecomunicación en 1966. Y entrando en el Ranking español de los 10.000 m,con poco más de 33′ , en mi primera incursión en esa prueba en 1968. Esa prueba en la Universitaria fue ganada por J. M. Morera en 30′, seguido por Alberto Esteban en 31′ González Amo bajó de los 31′ unos dias después en la pista de la Blume, seguido por Caro a pocos segundos. Bueno, me podría extender largo y tendido sobre las pruebas que J. González Amo hizo en aquellos tiempos, aunque yo nunca que recuerde hablé ni
    entrené con él. Sí con J. M. Morera, Antonio Burgos, Eloy Martín, Alberto Esteban, F. Vela , Serrano y otros de la cuadra de Ballesteros. Con los que pude entrenar unas 20 o 30 veces. No más por motivos de Estudios y Milicias Universitarias. En fin, que podría seguir escribiendo, pero lo dejo por ahora.

  7. Antonio Alix

    Un SEÑOR del deporte, no sólo del atletismo… ¡y del Atleti de Madrid que eso es un plus! . Verle correr por la Casa de Campo era un delicia, se deslizaba. Y ojo, que en bici a mí me ha impresionado -y desesperado- más que ciclistas profesionales, vaya motor infinito el de «el viejo». Todo un honor que accediese a ser uno de los testigos de mi boda en 1991. No sigo Luis, que ya tengo piel de gallina.

    • Antonio, puedo decir que Jorge va ligado a mi entretenimiento desde la infancia y siempre me hacía cruces porque aparecía en todas las clasificaciones desde, que yo recuerde, de 1978 a bien entrados los 90. No he visto más casos de longevidad así salvo Reyes Estévez y quizá alguien más.

  8. Miguel Escalona

    Jorge, una enciclopedia viviente del atletismo entrevistado por el periodista de este deporte. Enhorabuena

  9. Carmen Del Olmo Aparición

    He tenido la suerte de colaborar con Jorge en un momento muy exitoso en categoría junior. Su pasión y sabiduría son contagiosas. Gracias Jorge.

  10. Pablo Vega

    Jorge González Amo es un sabio del atletismo. Yo he tenido la suerte de conocer a unos cuantos sabios del atletismo, pero lo que diferencia a Jorge de muchos otros es su humanidad, incluso los que no hemos tenido un trato intenso con él lo hemos podido percibir desde el primer momento. Gracias a entrevistador, entrevistado y medio por hacernos pasar este buen momento leyendo la entrevista.

  11. Luz Arteaga

    Alguno de ustedes conoció a Pedro Arteaga?

  12. JOSEP M. ANTENTAS

    Gran entrevista y gran protagonista del atletismo español y un gran cazatalentos por ejemplo Esther Guerrero, a la que Jorge siguió desde muy joven.
    Un placer haber competido , a otro nivel por supuesto con él, tanto en pista como en ruta.
    Una forta abraçada,
    Josep Maria A,

    • Luz. Sí que conocí a Pedro y tabién a su padre. Creo que era él y com el tengo una bonita anécdota de la «mili».

  13. Muchísimas gracias a TODOS

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