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Sebastián Álvaro: «’Al filo de lo imposible’ y ‘El hombre y la tierra’ son los programas que más ayudaron a cambiar la mentalidad social»

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Estoy en una preciosa biblioteca repleta de libros sobre exploración, montañas y lugares remotosa punto de entrevistar a su dueño, Sebastián Álvaro (Madrid, 1950), el creador y director del que probablemente sea el programa más longevo de Televisión Española, Al filo de imposible. A mí me daba un poco de miedo cuando era pequeña, la verdad. Recuerdo las imágenes de unas personas escalando una montaña en condiciones extremas y sentir una extraña sensación de absurdo y hasta un poco de frío. Yo tendría ocho o nueve años y mi programa favorito era otro, una serie americana de una niña medio alienígena que podía parar el tiempo cuando quería. La niña, que se llamaba Evie, solo tenía que juntar los dedos y el tiempo se paraba. Los capítulos eran cortos y bastante predecibles: las cosas iban bien, pero de repente las cosas se torcían e iban mal. Había problemas, quizás no de vida o muerte como los de Al filo de lo imposible, pero los había. Entonces Evie decía: «Dejadme a mí». Juntaba los dedos, paraba el tiempo y lo solucionaba todo.

En la biblioteca de Sebastián Álvaro también hay diccionarios. No uno ni dos; hay unos cuantos. La sensación, mientras lo espero y trato de descubrir la lógica detrás de la disposición de sus libros, es la de no haberme preparado lo suficiente, la de querer parar el tiempo y prepararme bien. ¿Qué le puedo preguntar que no le hayan preguntado ya mil veces?

En su casa hay barullo. Jaleíllo, que diría mi madre. Su hijo está grabando un documental y él es uno de los entrevistados. Sebastián me atiende en lo que parece un descanso de la grabación. Es domingo, afuera llueve un poco y creo que los libros están ordenados por regiones del mundo.

Sebastián, hace poco, el explorador polar Ramón Larramendi (on quien Al filo de lo imposible realizó expediciones a Groenlandia, el Polo Norte y el Polo Sur) me contó que a veces se preguntaba qué sucedería en caso de un colapso de la civilización. Imaginemos que la civilización colapsa y el 90% de la población desaparece. ¿Tú cómo lo ves? No parece un escenario tan descabellado, ¿verdad?

Hay un libro muy interesante que se llama El cisne negro que plantea nuestra incapacidad para prever los acontecimientos más importantes de la historia de la humanidad. Somos incapaces de prever qué va a pasar mañana. El autor es un libanés que explica que nadie supo prever el crack de 1929, los ascensos de los fascismos, la Primera Guerra Mundial —que nadie quería—, la Segunda Guerra Mundial, la crisis económica del petróleo del 73, la última gran crisis económica o los atentados del 11S. Todos estos sucesos han sido vitales en el transcurso de la humanidad. No sabemos qué va a pasar.

Es posible prever, en situaciones como las que estamos viviendo —con una DANA, con una pandemia que, en vez de matar a uno de cada diez mil contagiados, pudiera matar a uno de cada tres, como pasó con la peste negra—, que eso, desde luego, sería el colapso de la civilización tal y como la conocemos, sin lugar a dudas. Y luego, cosas previsibles que estamos viendo y que, de alguna forma, ya están sucediendo, como migraciones de millones de personas, bien por falta de agua o por cuestiones de cambio climático.

Grandes naciones con poblaciones muy numerosas a las que, de repente, la agricultura les colapsa o cualquier otra cosa relacionada… Eso nos pondría en situaciones inimaginables hasta ahora. El problema no es tanto lo que ya sabemos con respecto al cambio climático, sino que nunca hemos tenido ocho mil millones de personas. Las consecuencias de cualquiera de esas situaciones que hace doscientos años hubieran afectado a una parte pequeña, ahora pueden afectar a millones y millones de personas.

Musk quiere enviar gente a Marte y Trump ha dicho hace poco que va a poner la bandera con las estrellitas allí. Parece que dan por hecho que necesitamos colonizar otro planeta.

No lo sé. Parece que en los programas de la NASA y de otras organizaciones está llegar a Marte, pero eso no sería una salida viable para nuestra civilización tal y como la concebimos hoy en día. La atmósfera de Marte es irrespirable. A día de hoy, todavía no hemos sido capaces de encontrar agua; pero, aun en el supuesto de que hubiera agua, en los años que tardaríamos en llegar a Marte, establecer las primeras colonias, etcétera, supondría, de facto, que, si esta sociedad aquí es incapaz de sobrevivir, por las temperaturas o por lo que fuera, sería el colapso de la civilización tal y como la conocemos hoy en día.

¿Tú te irías a Marte?

Bueno, es que ir a Marte hoy en día no es una cosa muy diferente a ir a la América recién descubierta hace cinco siglos. De hecho, el 90% de la gente que fue América ya no regresó jamás a España. Cuando se dice: «Todos los voluntarios que se están apuntando a Marte es de viaje de ida, porque no les dará tiempo a ir y luego volver», pues eso era ir a América en el siglo XVI, una auténtica aventura.

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Nos hemos ido un poco lejos. ¿A qué te dedicas ahora?

A trabajar más que antes. Hago un montón de cosas: escribo libros, doy conferencias, ayudo a mi hijo a hacer documentales, sigo haciendo cuatro o cinco expediciones al año y todavía estoy muy activo en un trayecto de ayuda humanitaria en Pakistán, muy interesante también.

¿En Pakistán?

Desde el año 2001 estamos haciendo un proyecto de ayuda y cooperación en una aldea perdida en el norte de Pakistán, en las montañas más bellas y más remotas de la Tierra. Es un proyecto basado en la educación integral. Tenemos escolarizados al 94% de niños y niñas. Eso en Pakistán es prácticamente inédito, a las mujeres no las educan. El verano pasado, una chica fue la primera mujer de esta aldea que ha terminado una carrera universitaria. Tenemos el primer y único equipo femenino de chicas alpinistas en Pakistán. Es un proyecto muy interesante.

Veo que estás involucrado en un montón de cosas.

De hecho, yo creo que trabajo más que antes.

¿Cómo te organizas?

Siendo una persona metódica y trabajadora. Me organizo muy bien.

¿Eres metódico?

Sí, es la única forma de aprovechar el tiempo que nos queda y, a medida que cumples años, como te das cuenta de que el tiempo que te queda es cada vez menos, tratas de aprovecharlo cada vez mejor.

¿Imaginabas que tu vida iba a ser así?

Nadie puede imaginar la vida que uno va a llevar. Nunca, jamás, y te advierto de que ese es uno de los mejores aspectos de la vida, porque como cuenta Tom Hanks, nunca sabes qué bombón de la caja te va a tocar. Yo nunca pude imaginar que iba a llevar una vida tan maravillosa como la que he tenido.

Tus expectativas se han visto superadas, entonces.

Mis expectativas siempre iban en el camino de intentar hacer más y mejor lo que tenía que hacer. Muchas veces el azar lo decides, hay un apartado… No soy un determinista, en el sentido de que la vida te viene dada y da igual lo que hagas, pero también sé que tú puedes hacer un montón de cosas y, de repente, el azar decide que hagas unas u otras. Y eso me ha ocurrido. Yo he estado a punto de morir siete veces. En treinta años perdí a treinta y tres amigos cercanos, así que ¿por qué no me podía haber ocurrido a mí lo mismo? Una avalancha, una piedra que cae… Pues porque el azar no lo quiso así.

¿Qué entiendes tú por el azar?

Yo creo que son las circunstancias, las casualidades, las que te hacen conocer a una gente determinada. ¿Por qué nos enamoramos de una mujer determinada habiendo aproximadamente cuatro mil millones de mujeres ahora mismo? ¿Por qué en un momento determinado conoces a una persona? Si no hubiera conocido a Larramendi, probablemente no hubiéramos hecho juntos el desarrollo del trineo y no hubiéramos ido al Polo Sur. Y, probablemente, lo del Polo Norte lo habría hecho de otra forma, con otra gente. Eso no lo decidí yo. Eso fue en un momento determinadouna cuestión casual. El destino, el azar o lo que fuera puso ahí delante.

¿Por qué hizo mal tiempo un día que decidí no hacer tal cosa? ¿Por qué no fui a una determinada expedición en la que fueron amigos y ellos murieron y yo me quedé? En el año 2002, a la vuelta del Makalu, el helicóptero tenía que hacer dos viajes y yo debería haber ido en el segundo y no en el primero, pero a última hora cambié el orden de los helicópteros y viajamos nosotros primero. El segundo, que llevaba a los sherpas, se estrelló y murieron diez personas. Habríamos muerto toda la gente de Al filo del imposible y no ocurrió y los pobres sherpas murieron.

¿Cuánto dejas entonces en manos de la intuición?

Muy poco. Tu obligación es poner todo, pero tienes que saber que a pesar de poner todo, de hacerlo bien, de repente no vas a controlar toda tu vida al cien por cien. Va a haber apartados ahí que se te escapan y que están en manos del azar. Ahora, una vez que llegó la tormenta, tú lo que tienes que hacer es librarte de esa tormenta o escalar esa montaña o hacer lo que tengas que hacer en ese momento determinado ¿Cuánta gente se perdió eso que dice Sabina? ¿Cuántos besos perdí por no saber decir: «Te necesito»?¿Cuánta gente se sintió atraída por una mujer o por un hombre y perdió la oportunidad de haber cambiado su vida porque el destino le colocó la persona adelante, pero no supo hacer lo que debería haber hecho?

¿Por qué estudiaste periodismo?

Ah, pero yo no iba para periodista. Yo iba para ingeniero de telecomunicaciones.

Anda, como yo. Hice un año y lo dejé.

Yo no lo dejé, yo lo cambié, porque empecé a trabajar en Televisión Española y aquella televisión fue la mayor caja de sueños que ha tenido este país. Es decir, nosotros hacíamos dos óperas dramáticas a la semana, quince series documentales, las minifalderas de Valerio Lazarov caminando por los… Y yo dije: «Yo lo que quiero hacer es esto».

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Espera, ¿eso lo ponemos, lo de las minifalderas?

Sí, sí, sí. Era la primera vez que en los estudios de Televisión Española había minifaldas. Eran mucho más cortas de las que se ven ahora. Y eso se puso de moda. Pero además de encontrarte a chicas en minifalda me encontraba a tíos vestidos de romano, porque estábamos haciendo personajes del siglo XIX. Esa era la mejor televisión pública que hemos tenido nunca. Era un conjunto de sueños.

Yo iba destinado a arreglar los equipos de electrónica y a arreglar unas cámaras o hacer la línea de redes de Televisión Española y, de repente, me dije: «Yo lo que quiero es participar en esto». De ahí, me hice técnico de sonido, pero hice de cámara, trabajé en vídeo… Es decir, en los primeros diez años me hice profesional de televisión y eso fue fundamental, aunque entonces no lo supiera, para después hacer Al filo de lo imposible. Y, mientras tanto, como se hacía en aquella época, yo trabajaba, hacía la mili y estudiaba al mismo tiempo.

Pues lo mismo que ahora, ¿no?

(Risas) Yo empecé a trabajar con 14 años. Hoy en día pones a tu hijo a trabajar a los 14 años y te denuncian, te llevan a la cárcel y te quitan la patria potestad por explotación infantil. Y, sin embargo, a mí eso no me vino mal. En absoluto. No guardo un mal recuerdo de aquellos años. Tuve una infancia feliz con mis padres.

Recuerdo que trabajábamos, teníamos que ayudar en casa a mis padres y luego, cuando me puse a trabajar, cualquier ayuda era buena. Es decir, que no me arrepiento de haber tenido un aprendizaje, por decirlo de alguna forma, tan duro, pero que significó tanto para mí, porque los valores fundamentales, la honestidad, el trabajar duro, el esfuerzo, el sacrificio… Saber que todo eso viene en el mismo paquete de la vida, a mí me ha ayudado mucho.

¿Notas alguna diferencia en las expediciones, en cuanto a valores, entre los que, como tú, vienen de abajo y los que no?

Yo he juzgado a la gente por lo que hace, no por lo que dice.

Por cómo se comportan, ¿no?

Sí, y eso funciona, yo creo. Está muy bien tener un sentido de selección de personal, de la gente. Yo creo que ese aspecto tampoco se me ha dado mal. En esto de la aventura he visto quién es un poco cantamañanas y dice más de lo que hace, que la gente más austera, que muchas veces es más trabajadora y se tiran menos el rollo.

¿Qué valores son los que más te gustan en la gente para una expedición? Imagino que no distarán mucho de los que buscas en el resto de las facetas de tu vida.

Yo creo que sí, pero allá cada uno. Yo creo que lo que aprendí en montaña me ha valido para la vida diaria. Yo valoro a una persona que sea trabajadora, que sea honesta; es decir, que sea leal. Me parece que la lealtad es la base de la amistad y la base del amor, en definitiva. Pero luego, cuando te pones a hacer un programa de televisión, también tienes que tener en cuenta su capacidad para relacionarse con otra gente.

Si vas a escalar una montaña con otra persona, que te atas a una cuerda con ella, pues vale con que sea un buen alpinista, pero si llevas un grupo de siete personas en el que el propósito final no es subir a la cumbre…El propósito de Al filo de lo imposible no era conquistar cima; el propósito del Al filo era contar historias para televisión, hacer buenos documentales.

¿Y qué no soportas en la gente?

La mala gente.

¿Qué es la mala gente?

La gente que no es leal, que te traiciona. A la gente que traiciona, tanto a nivel amoroso como profesional como personal, los descarto de mi vida. Es una de las cosas que no soporto. Soporto los pecados veniales, por decirlo así, pero no los pecados mortales. A la gente que no es leal, en cuanto me doy cuenta, la aparto.

¿Eres rápido en eso?

Sí. Antes, cuando era joven, tardaba más tiempo, porque tardé en aprender eso. Ahora gasto muy poco tiempo. No quiero, sé que mi tiempo es escaso y no lo voy a invertir con gente que no lo merece. Para trabajar en equipo necesito gente que tenga determinadas cualidades que en la vida normal no se exigen. Por ejemplo, que sean valientes. Yo voy con gente que muchas veces tiene que decidir si se juega la vida o no, y eso es la vida de todos, muchas veces, y eso se tiene menos en cuenta en la vida diaria. ¿Quién habla de valentía en nuestros días? Nadie. Pues yo voy con gente valiente y eso está muy bien muchas veces. Son gente de carácter rudo, áspero, con los que muchas veces la vida no es sencilla, pero en los momentos cruciales sabes que puedes contar con ellos.

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¿Te has llevado alguna sorpresa en ese sentido?

Pocas. Pocas.

¿Y buenas sorpresas?

Sí, en general me he llevado buenas sorpresas, pero también alguna mala y tiene que ver con que eso que nosotros denominamos valores y que antes se llamaban virtudes, que es lo mismo, en realidad. Muchas de ellas no son inamovibles, porque cuando hablamos de que tienes miedo o de que eres valiente, en realidad tenemos muchos miedos diferentes y valentías diferentes. Yo he visto a gente muy valiente comportarse de forma muy valiente, solidaria y altruista una vez, y otra vez comportarse como cobardes.

¿La misma persona?

La misma persona, sí. Lo cual quiere decir que no es inamovible. A lo mejor el día que fuiste cobarde no estabas en el mejor día o en el mejor momento o en la mejor situación. A lo mejor de ti dependía tu mujer y un hijo y por eso te arrodillaste delante de un jefe tirano, yo qué sé. Y, sin embargo, dos meses antes te jugaste la vida por ir a rescatar a un compañero a siete mil metros con muy pocas posibilidades de sacarlo.

No hay dos personas que nos definan de la misma manera.

Es que eso lo explicó muy bien Heráclito, con lo de que no te puedes bañar dos veces en el mismo río. ¿Por qué? Porque el río fluye, ¿no? La persona tampoco es la misma. Es que nosotros no somos la misma persona que hace cinco o diez años. Esa gente que dice: «Yo sigo pensando igual que hace treinta años». Pero coño, pues háztelo mirar. Porque entre medias algo ha pasado de por medio ¿no? Vivimos en un planeta dinámico y nosotros somos seres dinámicos en constante cambio.

A ti te gusta mucho pensar, ¿no?

Bueno (risas), he utilizado una parte de mi vida en eso. Se supone que somos animales inteligentes diseñados para reflexionar y actuar de forma inteligente, aunque hay días en los que leyendo el periódico parezca todo lo contrario. Estamos diseñados para actuar inteligentemente y eso siempre supone la reflexión, por un lado, y luego curiosidad e imaginación para no estar estáticos. Creo que la curiosidad y la imaginación son las que nos impulsan. En mi caso, para hacer cosas imposibles, pero a la gente le da también por mirar las estrellas, por escribir libros, por hacer entrevistas… Yo qué sé. Cada uno termina, como decía Wilson, encontrando el sentido de la existencia. Cada uno tiene que encontrar el sentido de su existencia.

Buenos, eso es muy difícil.

No es tan difícil.

Yo creo que sí. No creo que sea algo normal. Hay muy pocas personas que tengan claro el sentido o el propósito de sus vidas.

Pues deberíamos concluir que, si es así lo que dices…

Bueno, es solo mi opinión.

No, si es probable que tengas razón. Pues deberían dedicarle a eso más tiempo y, si no, se darán cuenta un poco más tarde. Algo tiene que tener sentido en nuestra vida, pues si no lo encontramos, si no lo tiene, entonces da igual que pases toda tu vida dedicado a estar en una oficina oscura haciendo algo que no te gusta, para lo que no te sientes motivado, casado con una persona a la que no quieres y que hace tiempo que se te olvidó el nombre. ¿No crees que algo debería unir todo eso?

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Esa palabra tan grande, el propósito, no creo que muchas personas la tengamos clara.

En fin, doy conferencia sobre eso y todo el mundo, sabiendo que cambiamos, debería saberlo. El libro de Víctor Frank, El sentido de la vida… Víctor Frank es un psicólogo austriaco al que meten en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial con su mujer y sus padres. Sus padres y la mujer mueren en el campo de concentración y él dedica su existencia, dice: «Yo tengo que sobrevivir porque alguien tiene que contar esto». Y escribió el libro El sentido de la vida, que dicen que es el mejor libro jamás escrito, que lleva vendidos millones de ejemplares. Es un tipo que termina contando que sobrevivió a las condiciones miserables de un campo en el que la gente moría, precisamente porque quiso que la muerte de sus padres, de su mujer, tuvieran un sentido. El sentido es contar el horror de los nazis en los campos de concentración para que se conocieran y jamás volviera a repetirse una cosa así.

¿Crees que nunca se volverá a repetir algo así?

Espero que no se vuelva a repetir una cosa así. Espero y deseo. Ahora, soy incapaz de predecir el futuro, te lo he dicho hace un rato.

Hablando de propósitos, ¿cuál era el propósito que tenías con Al filo de lo imposible?

Contar historias. Contar historias dignas de ser contadas. Buenas historias que casi podían ser guiones de televisión, pero que además tenían la característica de que eran reales. Era la realidad, tal y como era. Y de eso podría haber hecho un programa banal en el que contara nada más que la épica de unos deportistas consiguiendo un nuevo récord, pero jamás Al filo de lo imposible fue eso.

Era la reflexión de personas colocadas al límite.Y en esa nueva relación con la naturaleza se contaban historias apasionantes de seres que convivían. Algunos de ellos morían por hacer algo que merecía la pena, realmente. Yo jamás hubiera soñado ni hubiera podido prever que íbamos a hacer doscientas expediciones y 355 documentales. Al filo de lo imposible terminó convirtiéndose, probablemente, en el programa más longevo de Televisión Española y yo creo que junto a El hombre y la Tierra son dos de los programas que más ayudaron a cambiar la mentalidad de la sociedad española, al respecto de la naturaleza, la conservación, la aventura y, por tanto, también de la relación del hombre con la naturaleza que le rodea.

Somos capaces de conservar el Teide y al mismo tiempo somos capaces de subir a una montaña como el K2 sin botellas de oxígeno. Podemos hacer un montón de cosas. No podemos hacer todo lo que deseamos ni todo lo que pretendemos hacer y, por tanto, hay que convivir con la incertidumbre y también con la frustración, pero yo podría decir que he hecho infinitas cosas mucho más grandes de las que pude llegar jamás a imaginar, así que lo que hay que hacer es ponerse a trabajar todo el día, con pico y pala.

Aquello de «Ya está el abuelo contando historias»… En tu caso, es que las tienes hasta grabadas.

En este caso, yo creo que sí que se puede decir que mis nietos van a tener un abuelo batallitas (risas).

¿Por qué necesitamos una televisión pública?

Porque es la única capaz de garantizar lo que deberían ser los valores esenciales de la cosa pública, que en nuestro caso es formar, informar y entretener. Esa tele que yo viví lo cumplía, no digo que fuera una tele perfecta. Sin lugar a dudas, teníamos muchos defectos. Hacemos cosas imperfectas porque somos seres imperfectos, no hay hombres perfectos ni mujeres perfectas, pero podemos hacer cosas que merecen la pena y la tele pública era fundamental. Sobre todo, fue fundamental en la transición.

El único vehículo de cohesión de nuestro país era la televisión pública, que fomentó los valores políticos, democráticos, etcétera, etcétera. Era la única arma de cohesión de nuestro país, porque una vez que el programa político, la Constitución, nos dividió en autonomías, lo que queda para unir todo ese conglomerado, como se vio en la pandemia o en la DANA de Valencia, es realmente muy poca cosa.

Ya vemos que tenemos un problema de cohesión, de unidad, para dar respuestas a problemas complejos y que somos muy lentos. Yo creo que tenemos un sistema que hasta ahora se ha desarrollado bien, pero que nos falta cohesión. Creo que somos poco eficientes. Somos muy eficientes con la vacunación, por ejemplo, de la pandemia. ¿Por qué? Porque está centralizada en Bruselas, nos mandan tantas dosis, las repartimos… Pero dar una respuesta rápida a un problema complejo, como fue la pandemia al principio… Fuimos muy ineficientes, y la DANA en Valencia ha puesto de manifiesto lo mismo, ¿no?

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¿Qué ha puesto de manifiesto? La ineptitud, ¿no?

Ineptitud, sí, pero también falta de coordinación entre una comunidad autónoma y el Gobierno central. Si ni siquiera ante un problema como la pandemia o un hecho puntual catastrófico, como la DANA, el Gobierno central y las comunidades son capaces de dar una respuesta rápida y unida, entonces lo que hay que replantearse es el sistema.

¿Qué te parece la televisión pública que tenemos hoy?

Es que no la veo.

Yo la veo muy poco también.

No veo la televisión generalista. Prácticamente no la veo. Por la noche generalmente veo una película o una serie de Movistar o de Netflix o de lo que sea.

¿Cuál estás viendo ahora?

Ahora estamos terminando Chacal, que me está gustando mucho.

A ti te gustarán las películas y las series apocalípticas, ¿no?

Sí, pero vemos muy poca tele. No veo más de una hora de tele al día. Yo soy de los que bajan la media. A cambio, leo más que antes.

Entonces el programa de Broncano no lo has visto.

No, no lo he visto más de un minuto. No desprecio la tele, ¿eh? Simplemente estoy apartado.

¿Qué haces además de leer? Estás ocupado con tus charlas, ¿no?

Sí, y haciendo montaña. Vengo de estar en Tenerife cinco días, donde he presentado el último libro que tengo, Mis montañas, he presentado un festival de montaña y he dado una charla a los trabajadores del Cabildo en cuatro días y medio. Pero, además, he subido una montaña de 2.700 metros. He estado con mis amigos de Tenerife y he recorrido 15 kilómetros por Anaga.

Vaya, ¿sabes que has hecho más en cuatro días y medio que yo en los últimos cinco años. Bueno, y más que mucha gente de 20 años.

Bueno (risas). Ya no me comparo con nadie. Hago lo que yo creo que tengo que hacer y que me apasiona.

¿Nunca has tenido un problema de salvo?

Hasta ahora, no. He tenido una vida saludable. No he fumado, no bebo. Me cuido, porque hago actividad física. Voy al gimnasio y por la tarde camino. Me ordeno mucho y me va bien. Supongo que todo va bien hasta que un día deja de ir bien, pero hasta ahora sigo escalando montañas de seis mil metros todos los años.

Hablando de la vida saludable. Dijo Messner en una entrevista que si mandas a un médico al campo base del Everest a hacer unas pruebecillas, el 90% de los que suben van dopados.

La verdad es que no lo sé.

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Se lo comenté a Carlos Soria y me dijo que él tampoco sabía nada, pero que le habían dicho que la viagra le podía ir bien para las alturas.

Bueno, hay dos cosas. Lo de la viagra se descubrió haciendo un experimento con la viagra para otra cosa. De repente, se descubrió que podía servir para prevenir el edema pulmonar. Utilizaron a chavales jóvenes en el Montblanc y, de repente, lo descubrieron. Ya sabes que la viagra se descubre al contrario. Se está buscando un medicamento para otra cosa, hacen unas pruebas con una cantidad de gente y descubren que la gente que lo está tomando tenía erecciones. Se descubre el que es, probablemente, el medicamento más exitoso de todos los tiempos, el que que más dinero ha dado.

Lo de que están dopados quiere decir que es muy probable que en un campo base, si sometiéramos a la gente a las mismas pruebas de doping que se utilizan para el deporte normal como el atletismo o el fútbol o tal, pues saldría que sí, entre otras cosas, porque el hematocrito (ya sabes, el hematocrito es el número de globos los rojos en sangre)… Al ciclista, con el 51% de hematocrito lo ponen fuera de la carrera, aunque lo pueda haber conseguido de forma natural yéndose a entrenar a Sierra Nevada. Nosotros estuvimos haciendo pruebas en un campo base del Everest y había gente que tenía un hematocrito del 70%. Quiere decir que, bajo ese aspecto, pues es probable que sí. Y luego, la gente toma medicamentos que probablemente en otras pruebas no se tomen y que lo tienes que tomar, desde antiinflamatorios, aspirinas, heparinas…

Entonces, ¿tú no lo llamarías dopaje?

Pero probablemente alguien más estricto sí que lo haría. Yo, sin embargo, consideraría que utilizar botellas de oxígeno para subir a una montaña es claramente doping, sin más. Hay una regla del AMA, la Agencia Mundial Antidopaje, que dice que estará prohibido cualquier sistema llevado a variar artificialmente la sangre del deportista. Pues tal cual.

He escuchado en alguna entrevista que propones prohibir el uso de botellas de oxígeno como solución a lo que sucede en el Everest. ¿Crees que eso resolvería completamente el problema de la masificación allí?

No es una idea mía. Fue de Erhard Loretan, que era un alpinista suizo, uno de los mejores alpinistas de todos los tiempos, un tipo que además murió joven. Él propuso eso. Si prohibimos las botellas de oxígeno en el Everest, se acabará la masificación al Everest mañana mismo.

¿Qué tiene que pasar para que eso ocurra?

Simplemente que las corruptelas en Nepal, provocadas por las agencias nepalíes, sobre todo, y algunas otras extranjeras, y la connivencia con el gobierno se acabe, se termine. Lo único que tiene que hacer el gobierno de Nepal es cumplir la propia normativa que se han dado ellos mismos para los parques nacionales. Ya está, así de claro. Una normativa que impide tirar basuras en la montaña. Es muy fácil, muy fácil.

Tan fácil y tan complicado.

Sí, porque mueven millones. En los países pobres, poder comprar voluntades sale muy barato. Es tal el dinero que se mueve en tan poco tiempo que es imposible. Se corrompen los políticos, los policía… Toda la cadena de mando que debería de impedir eso, se corrompe de principio a fin.

Que no se me pase preguntarte si has visto al yeti.

El Yeti no existe, compañera.

¿Por qué crees que Messner lo buscó tanto tiempo?

Bueno, a Messner a veces se le va a la olla, pero yo creo que el libro que escribió sobre el Yeti, lo que viene a decir, más o menos, es que es una leyenda llevada por occidentales y que realmente algunas de esas cosas misteriosas responden a huellas de los últimos osos de la Himalaya o cosas por el estilo.

¿O alucionaciones?

Bueno, yo creo que las alucinaciones están más en otro sentido. Están más en el sentido de la Teoría del tercer hombre, que escribió T. S. Elliot. Escribió ese famoso poema basado en las alucinaciones que tuvieron Shackleton, Worsley y Cream, mientras atravesaban la isla San Pedro en Georgia del Sur, a la vuelta de la Antártida. Probablemente fueron alucinaciones debidos, sobre todo, a que estaban al límite de su existencia después de dos años en los que habían comido mal. Estaban exhaustos y, de repente, todos ellos pensaron que había otra persona más que les animaba a continuar.

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Qué interesante.

Esto sí es recurrente en la literatura de montaña, porque eso le pasó a Hermann Buhl en 1953 en el Nanga Parbat. De repente, por la noche, cuando estaba a punto de morir, se le aparecían alpinistas alemanes que habían fallecido y, sin embargo, le decían: «Tienes que ponerte en pie y seguir caminando».

Algo igual o parecido le pasó a Juanjo San Sebastián, nuestro compañero en el K2, que pasó una noche al raso colgado en una pared. Se quedaba dormido y veía a una compañera del trabajo que le animaba: «Pasa, que vas a estar calentito aquí». Yo creo que eso son alucinaciones, jugadas que pone nuestro cerebro en marcha para que puedas sobrevivir.

¿Qué hay después de la muerte?

No lo sé, yo creo que nada, pero eso ahora mismo no me quita mucho el sueño.

¿No lo piensas?

No gasto mucho tiempo en pensar en ello, porque creo que la cuestión fundamental es qué voy a hacer hasta entonces. ¿Qué puedo hacer hasta que llegue ese día? Trato de utilizar mi tiempo de la mejor forma posible, siendo buena persona e intentando ayudar a la gente que yo pueda.

A estas alturas, dices que tu única ambición profesional es que los 355 capítulos se ordenen.

Estaría muy bien, sí. Pero eso no depende de mí, depende de Televisión Española.

Yo creo que lo disfrutaremos todos mucho, ¿no?

Yo creo que sí, pero además creo que es una obligación de la televisión pública.

¿Cuesta mucho hacer eso?

Cuesta más trabajo que dinero, y el trabajo supone poner a trabajar a gente que sabe del tema y ahora mismo no hay nadie que sepa de Al filo de lo imposible en Televisión Española ni nada por el estilo.

¡Tú!

Sí, claro, pero para eso me tienen que llamar por teléfono, que es lo que tienen que hacer.

Claro. Es parte de nuestro patrimonio cultural.

Yo creo que sí, pero bueno, eso no depende de mí. Es parte del patrimonio. Igual que El hombre y la tierra. Yo creo que esos programas deberían conservarse… Además, filmamos en cine, con lo cual lo único que hay que hacer es convertirlos al sistema digital.

Me gustaría profundizar en Al filo de lo imposible. Me gustaría saber qué recuerdas de la primera y de la última expedición. ¿Cómo evolucionó tu mirada sobre la aventura a lo largo de todos esos años?

Es una mirada cambiante sobre cuarenta años de vida. En realidad, mi mirada sobre la exploración y sobre la primera gran aventura, desde 1981 hasta nuestros días, tiene un fondo común, que es una mirada curiosa, de querer adentrarse en lo desconocido, que es, fundamentalmente, la mirada de un joven ansioso por conocer el mundo. En la última etapa, es la mirada de un hombre maduro que regresa a casa y, de alguna forma, es la mirada de Ulises de vuelta a Ítaca. Me gusta esa comparación en el sentido de que, en realidad, la historia de la humanidad es la historia de la exploración, y la historia de la exploración es la historia de una pasión; una pasión llena de curiosidad y de imaginación, que se lleva a la práctica y se convierte en realidad.

La exploración, como dijo Cherry-Garrard, es la expresión física de una pasión intelectual. Así que hay un fondo común, que es esa mirada y esa pasión compartida durante cuarenta años, pero también es, al mismo tiempo, la visión de una vida vivida con multitud de experiencias.Yo creo que es una vida apasionada, pero también llena de alegrías, un montón de alegrías y también unas pocas profundas tristezas.

Si hubieras contado con todos los medios para realizar las mismas expediciones, pero sin la posibilidad de documentarlas, ¿habrías cambiado tu forma de concebir la aventura? ¿Crees que la exploraciones un fin en sí mismo o alcanza su verdadera plenitud en el acto de ser contada?

Creo que es algo más complejo. Primero, mantengo que la exploración es la expresión física de una pasión intelectual. Por tanto, se inicia antes de comenzar la pura exploración y tiene que ver con los libros, los estudios y la preparación de aventuras que, muchas veces, ni siquiera sabemos si se van a hacer realidad.

Luego está el segundo acto: el de la acción pura y dura. Para eso nos vale la valentía, porque la valentía es la única virtud que nos lanza a la acción. El resto de las virtudes son más bien quietas, estáticas, pero la que nos invita a pasar a la acción es la valentía. Y luego, por último, está exactamente lo que mencionas: el hecho de ser contada. Es decir, se da fin a la rueda de estudiar, hacer y contar. Se cierra la rueda del proceso de exploración. Primero se estudia, se imagina; luego, una vez que le has dado forma en tu cabeza, se lleva a cabo el puro acto de acción y, por último, se llega a casa. Si merece la pena ser contada, esa experiencia cierra el círculo de lo que es la aventura propiamente dicha, lanzando a otras personas a nuevas aventuras. No es casual que las grandes obras clásicas de la literatura, como La Odisea o El Quijote, sean libros de viajes y aventuras.

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Mucha gente te admira, Sebastián. ¿A quién admiras tú? ¿Cuáles son tus referentes? ¿Han ido cambiando?

Mi capacidad de admiración se ha afinado con el tiempo. En estos momentos, realmente admiro a mis padres y a la generación que representaban. Tuvieron la vida más dura de las posibles; nada más terminar la guerra civil española, ellos comenzaban la juventud, su juventud, que se dejaron. En el caso de mi padre, pues seis años, ¿no? Mi padre era un magnífico jugador de fútbol que hubiera hecho hoy en día carrera futbolística y que, sin embargo, le pilló tres años de guerra con los republicanos y luego tuvo que hacer tres años de mili con Franco. Así que admiro a mis padres por la valentía, por el trabajo esforzado que hicieron, pero también por la inteligencia a la hora de tomar decisiones para saber administrar una familia con cuatro hijos y darles los mejores estudios, porque para ellos era lo fundamental. Y eso me recuerda que es exactamente lo mismo que estoy tratando de hacer en Hushé, educando a los niños de esos porteadores analfabetos, sabiendo que la educación es la única forma de cambiar la vida de la gente.

A nivel intelectual, pues admiro cada vez más a los clásicos griegos, su concepción del mundo y, sobre todo, porque ellos fueron los que nos enseñaron a pensar. A nivel alpinístico, lo tengo claro: la persona que más ha influido en mi forma de pensar, en mi forma de ver la vida, en mi forma de acometer la montaña y aprender de ella es el alpinista italiano Walter Bonatti, del que, además, tuve la inmensa fortuna de ser amigo los últimos trece años de su vida.

En los años que dirigiste Al filo de lo imposible, viviste momentos de muchísima tensión y peligro. ¿Tomaste alguna decisión difícil en alguna expedición que aún hoy te persigue?

Hubo, sobre todo, dos veces de grave peligro, que son las veces que perdimos compañeros, en 1994 y en el K2, en el año 2003.

Son decisiones que todavía hoy medito sobre ellas. Yo creo que fueron las correctas y, además, me enorgullece el saber que estuve allí y que hice todo lo posible por mis compañeros, por aquellos que murieron y también por los que quedaron muy mal heridos.

En el año 94 me hice cargo de la evacuación del compañero que sobrevivió a la tremenda bajada del K2 por la cara norte, Juanjo San Sebastián, al que le terminarían amputando siete dedos de las manos. Al final logramos nuestro objetivo, que era que no le amputaran el brazo, que no perdiera la vida, ya que hubo momentos en los que estuvimos muy cerca.

En el año 2003 se nos mató un compañero porque se nos cayó una pared volcánica en la que estábamos haciendo un rápel de unos 150 metros. Yo creo que también hicimos lo que había que hacer, que era sacar a la compañera lo antes posible y mantenerla con vida esas quince horas. También en este caso y en el caso anterior, esos compañeros siguieron con nosotros. Luego, cuando abandonaron Al filo de lo imposible, fue su decisión, pero en ningún momento fueron excluidos del grupo, sino que más bien les ayudamos a recuperarse. Creo que fueron buenas decisiones, exactamente las que había que tomar.

¿Has descubierto algo sobre la condición humana que no hubieras podido conocer de otra manera, con una vida sin sobresaltos, de oficina, por ejemplo?

Digamos que la aventura propiamente dicha, pero sobre todo las expediciones duras, en las que se viven situaciones muy al límite (me estoy refiriendo a lo físico, pero también a lo psicológico). son un magnífico campo de investigación sobre la condición humana y sobre el aprendizaje que sacamos de ellas. Así que, en efecto, cuando estoy de expedición aprendo más sobre la condición humana en unos pocos días que en años de estar conviviendo con esas mismas personas en la ciudad.

Yo creo que allí lo que ocurre es que todo se amplifica. Se amplifican las emociones humanas, la solidaridad, la valentía y sus antítesis, la traición, la cobardía…Todas esas malas cosas que salen cuando nos empujan al límite y la gente lo que hace es salvar la vida. Coloquialmente se dice salvar el culo olvidándose de los compañeros.

Y también al contrario, la gente que, como Juanjo San Sebastián, se queda con su compañero para intentar salvarle la vida, aunque en ese momento tenga menos posibilidad, sabiendo que se está jugando la vida para echar una mano al compañero. Así que, en las expediciones he aprendido a conocer los mejores amigos y también el mejor amor y el mejor desamor, la mejor valentía y la mejor cobardía… Todo eso llevado al límite de las posibilidades del ser humano. Tal y como es la vida.

¿Cómo te repones de los momentos duros?

Sanando el cuerpo y el alma. ¿Cuáles son los mejores espacios sanadores para mí? Las montañas. Aunque parezca un poco paradójico, cuando vengo de una expedición de montaña, y eso vale para las regiones polares o los desiertos, y vengo herido en el cuerpo y en el alma, pues lo que hago es darme periodos de paz, de calma y perderme en las montañas para sanar ese cuerpo y el alma, seguramente de un tipo que no está hecho para vivir en la vorágine y en la tempestad de la vida cotidiana. Intentando vivir, como dijo el Duque de los Abruzos, al margen de la hipocresía de los hombres civilizados.

¿Alguna expedición que te hubiera gustado hacer y no has hecho?

Bueno, hubo un par que debería haber hecho con Televisión Española, pero Televisión Española ya había decidido desmantelar la televisión pública y no pudimos hacerlas. La expedición al Gasherbrum IV y al Cerro Torre, pero que luego en años posteriores las hicimos por nuestra cuenta, simplemente por el gusto y el amor a la aventura y al género documental.

Así que en ese apartado tengo paz espiritual. La que no pude hacer, ni con la tele ni después, fue sobrevolar el K2 en globo, que es sobrevolar el Karakórum, la cordillera más abrupta y con la mayor concentración de altas montañas de la Tierra. Y también, en buena medida, tendríamos que haber sobrevolado la zona desértica de China, del desierto de Taklamakan. Al final no lo pudimos hacer y eso es una especie de pequeña espinita que se me ha clavado en el corazón, como canta el bolero.

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Vámonos a otro tipo de montañas. ¿Qué te ha enseñado la paternidad?

La paternidad me ha enseñado que estamos diseñados genéticamente para reproducir la especie y para sobrevivir. En mi caso, el amor por mi hijo y los nietos es insuperable y se coloca en otra escala de los afectos y de los valores humanos. Lo que me ha enseñado la vida estos años es que lo más importante es encontrar respuesta a la gran pregunta de para que estamos aquí. Que es buscar el sentido de la existencia humana.

Yo creo que la respuesta a ese pregunta solamente se encuentra en los amores y en los afectos que tejemos. Y entre esos amores, los más importantes son los de tu pareja y los de tu familia. En mi caso, mis padres, mi hijo, mis nietos y todo lo que envuelve ese tejido, que es el tejido que nos protege contra las injusticias y las adversidades de la propia vida.

7 comentarios

  1. Pingback: Sebastián Álvaro reflexiona sobre el impacto de ‘Al filo de lo imposible’ y su legado en la sociedad - Hemeroteca KillBait

  2. José L. Piedrafita

    Muy interesante entrevista. Muy bien llevada y orientada.
    Pero detecto algún fallo, probablemente de transcripción. En particular se alude a «Germán Busch en 1953 en el Nanga Parbat»… creo que debe tratarse de «Hermann Buhl», la primera perdona que alcanzó la cima de tal montaña el 3 de julio de 1953. En las etiquetas finales también aparece ‘Germán Busch’ en lugar de ‘Hermann Buhl’. Sería bueno revisar y corregir.

  3. José L. Piedrafita

    Muy interesante entrevista. Muy bien llevada y orientada.
    Pero detecto algún fallo, probablemente de transcripción. En particular se alude a «Germán Busch en 1953 en el Nanga Parbat»… creo que debe tratarse de «Hermann Buhl», la primera persona que alcanzó la cima de tal montaña el 3 de julio de 1953. En las etiquetas finales también aparece ‘Germán Busch’ en lugar de ‘Hermann Buhl’. Sería bueno revisar y corregir.

  4. No podía faltar la cuñita giliprogre de la muchachita entrevistadora. ¿Por qué sólo le pregunta si ve el vomitivo porgramilla del detestable Broncano? ¿Acaso es obligatorio verlo? Nivelazo el de los supuestos jóvenes periodistas del presente/futuro.

  5. Me gusta como la periodista desgrana las diferentes facetas de Sebastian a traves de sus preguntas. Encuentro muy interesante el lado filosofico y profundamente espiritual, (que no religioso), de todas las personas que como Sebastian han tenido el privilegio de experimentar la naturaleza salvaje, cruda y sin filtros. Seguro q hay una fuerte relacion causa/efecto entre esos dos elementos

  6. Buena entrevista. Bien conducida, a pesar de las intensidades del entrevistado.

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