
Las normas de hospitalidad árticas, eso de que la puerta esté siempre abierta a cualquier hora para quien busque compañía, se parecen mucho a las normas de los Llanos del Sotillo, el pueblo andaluz de mi abuela Florentina. Ella tenía una amiga que no era inuit, pero que se comportaba como si lo fuera. Podía traerte tomates o patatas y sentarse en una silla y quedarse allí quieta, frente a la chimenea, sin hablar, sin prisa por irse. Era muy inuit la Rosarito.
Creo que en un pueblo del norte de Groenlandia, en un Siorapaluk o en un Savissivik, la Florentina y la Rosarito no habrían tenido muchos problemas en integrarse. Hasta puedo llegar a imaginarlas cazando focas. Las recuerdo a las dos sentadas frente al fuego, sin nada que decirse.
Mi otra abuela también era andaluza y también estaba conectada con el mundo polar. Al parecer, a los sesenta años había leído Iglús en la noche, de Hans Ruesch, y se había quedado impactadísima. Decía que era el libro más raro que se había leído en su vida y estuvo una buena temporada recomendándoselo a sus vecinas de Andújar: «Los esquimales esto, los esquimales lo otro, los iglús por aquí, los iglús por allá».
Con este legado ártico familiar sobre mis hombros, me pongo delante de unos de los exploradores polares más destacados del mundo, Ramón Larramendi, protagonista de la travesía polar no mecanizada más larga de la historia. Quedamos en la sede madrileña de su agencia de viajes y expediciones, Tierras Polares, donde le dejo claro desde el primer minuto mi gran conocimiento en lo suyo. «¿Qué se caza con eso?», le pregunto señalando unas maderas alargadas que hay expuestas en una vitrina en la pared. «Son unos esquís antiguos», me contesta.
No lo ha parecido, pero llevo varios días preparándome para el encuentro, leyendo noticias, viendo documentales y dando saltos por las redes sociales. Para cuando llega el momento de comenzar la entrevista, es tal el batiburrillo de palabras remotas que llevo encima (seracs, belugas, caribúes, sextantes, tundras, banquisas y vientos catabáticos) que no tengo la sensación de estar frente a una persona, sino más bien frente a un género literario: la poesía polar.
¿Qué es, si no poesía polar, eso de acampar en la capa de hielo de Groenlandia, en «la mágica noche que no es noche», en una expedición en busca de nuevos nunataks? Yo no quiero confundir a nadie a estas alturas, pero ¿qué es, si no poesía polar, eso de inventarse un vehículo sostenible para la exploración y la investigación científica en los polos y llamarlo «trineo de viento»?
Larramendi vive parte del año en el sur de Groenlandia y habla inuit. Lo aprendió cuando convivió con ellos en su gran expedición Circumpolar, la última expedición polar clásica, un recorrido de 14.000 kilómetros desde Groenlandia hasta Alaska realizado en tres años (1990-1993) en el que sólo utilizó los medios de transporte no mecanizados de los inuit: el trineo de perros, el kayak y la marcha a pie. Hoy en día, debido a la disminución del hielo marino en el Ártico, ese recorrido ya no podría realizarse.
El mítico Paso del noroeste, esa obsesión para exploradores europeos desde el siglo XV, es otro. Los paisajes son otros. Los inuit son otros. El mundo, con su Internet, sus sistemas de GPS y su inteligencia artificial, es otro. Larramendi también. Y es que, como él mismo me cuenta sentado en un sofá bajo la atenta mirada de un pingüino dibujado por su hijo, «después de un viaje, de cualquier viaje, por pequeño que sea, uno siempre vuelve siendo otro».
Se te considera uno de los mejores exploradores polares del mundo. ¿Cómo eras de pequeño?
Yo creo que era un niño normal. Nací en Madrid, en una familia urbana total. Vivíamos en el centro, sin contacto con la naturaleza. Yo era un niño normal en una familia numerosa.
¿Eras el pequeño?
Era el pequeño, sí. En mi casa no teníamos televisión. Teníamos muchos libros y me gustaba mucho la lectura. Me gustaba porque no tenía más remedio, básicamente.
Algo había que hacer.
Algo había que hacer con el aburrimiento. De hecho, el interés por los polos empieza gracias a un libro que había en mi casa. Había una colección de naturaleza. El libro lo guardo aquí. Era parte de una enciclopedia de naturaleza, de las que había antes en todas las casas. Eran veinticinco fascículos: uno de las montañas, otro de los desiertos… Había uno que era de los polos. Me gustaba mucho la colección entera y me la leí varias veces. Luego fui seleccionando y, al final, me quedé releyendo el de los polos como más veces. Me gustaba releerlo y, no sé, me fue fascinando ese mundo.
¿Cómo era la vida en una familia urbana en Madrid con tantos hermanos? Erais nueve, ¿no?
Éramos nueve hermanos, sí. Una familia normal, digamos. Una familia numerosa, de las que ahora apenas hay, pero antes sí las había. Una casa pequeña, con muchísimos ahí. O sea, era otro mundo.
Entonces, este interés por los polos te viene desde la infancia.
Es un proceso de años. Tengo un recuerdo de una noticia que leí relacionada con Groenlandia y que, por tanto, me ubica en el tiempo.
¿Qué fue?
Era una expedición que hubo en Groenlandia. Me fijé. Me llamó la atención. Es decir, que ya para ese momento tenía que estar interesado. Eso pasó cuando yo tenía prácticamente trece años. Es decir, que a los trece años una expedición a Groenlandia ya suponía algo para mí, ya me llamó la atención lo suficiente como para que me acuerde.
Tu primer reto fue cruzar los Pirineos esquiando de mar a mar.
Sí, efectivamente.
¿Por qué?
Empecé a ir a la montaña. Me uní con unos amigos que tenían interés en la montaña. Salía a la Sierra de Madrid, a la Pedriza, tampoco nada muy especial. Empecé a ir a los Pirineos, a caminar y a escalar un poco. Cosas normales de los fines de semana.
¿En qué momento decides que quieres hacer la Transpirenaica en esquís?
Primero estás como interesado y luego te preguntas: «Todo esto que he visto aquí, que me parece un mundo o una vida fascinante… ¿Por qué yo no puedo hacer algo así? ¿Por qué yo no?». No tengo muy claro el momento, sería un proceso.
¿Qué edad tenías cuando tomas la decisión de hacerlo?
Plantearme que iba a intentar hacer algo… Pues a lo mejor tenía 17 años o por ahí, porque eso lo hice con 19.
Y tienes gente que te sigue en esa primera aventura.
Bueno, éramos un grupo de amigos del colegio. Nos gustaba la naturaleza, ir a la montaña… Fue como ¿por qué no hacer esto? Esa opción de los Pirineos era muy accesible: no tienes más que coger el tren a Hendaya y ponerte a caminar. Es decir, que no tiene nada: llegar a un pueblo, comprar comida en el supermercado y continuar. No es un proyecto sofisticado. Tienes que tener las ganas de hacerlo.
¿Qué tal fue la experiencia?
Fue el paso de la imaginación a los hechos. De estar flipando, de coger un libro y decir «esto cómo mola» a hacer las cosas. Y hacer las cosas no es lo mismo que estar flipando. Es el paso a la realidad; la realidad es que, al final, es dura. Puede ser duro, puede ser miserable, puede ser peligroso… Esa es la fase difícil, pasar de una cosa a la otra.
¿Recuerdas en algún momento pensar «qué hago yo aquí»?
Evidentemente. Estuvimos cincuenta y pico días. Íbamos mal equipados. Lo planteamos mal. Éramos unos novatos con poca experiencia. A lo mejor fue un poco más duro innecesariamente. Ya, de por sí, es una paliza importante en invierno. En algún momento, cuando llevas muchos días de marcha y estás extenuado, piensas: «¿Qué sentido tiene esto?, ¿qué hago yo aquí? Estoy agotado, helado…».
Eso es una fase importante. El momento del choque al 200% con la realidad. El paso de la imaginación a la realidad, que siempre es lo más difícil. La realidad no tiene nada que ver con lo que puedas haber pensado jamás. Nunca, bajo ninguna circunstancia. Esto se aplica a toda cuestión de la vida. Esto no es exclusivo de las expediciones. Esto es siempre.
Es parte del encanto, ¿no?
Efectivamente. Al descubrir cómo es la realidad, hay una fase de «¿qué es esto?». Lo más normal es volverte para atrás. Si continúas es porque, de alguna manera, está la pasión que tienes. Algo vence esa fuerza natural del «¿qué sentido tiene esto?».
¿En tu casa te animaron?
Bueno, más bien no me desanimaron, que ya fue mucho.
Es mucho eso.
Fue: «Bueno, si tú piensas que tienes que hacerlo, hazlo». De hecho, para la edad que tenía y para el nivel de riesgo que asumía es bastante sorprendente. Mis padres eran de otra época, de la vieja escuela, pero para eso eran muy echaos palante. De hecho, los padres modernos somos mucho peores.
Totalmente.
Mi padre, que había estado en la Guerra Civil, tenía la sensación de que con poca edad ya podías hacer muchas cosas, te podías desempeñar en muchas historias. Ellos habían pasado por muchas situaciones. Tenían esa confianza y fue como: «Bueno, si tú sientes que lo tienes que hacer, no te vamos a animar, pero tampoco te vamos a intentar hundir para que no lo hagas».
También eras el último hijo de nueve. Los pillarías un poco cansados. Si el último sale explorador, tampoco pasa nada.
Eso ayuda (risas)
¿Qué sensación tienes cuando completas el reto de los Pirineos?
Me acuerdo perfectamente del tren en el que fui, un tren nocturno con esos asientos que había antes. Me acuerdo de la gente que había en el vagón. Me acuerdo hasta de sus caras. Era como: «Esto es real, está pasando». Me acuerdo de las expresiones de las caras de la gente que había en el vagón de tren para ir para allí. Hasta ese punto era un momento importante para mí, de sentir que estás empezando un camino. Lo hicimos. Había un montón de peligros. Podía haber salido mal, pero lo completamos. Para mí fue uno de los viajes más duros que he hecho nunca, por la inexperiencia.
¿Estabas en la universidad?
Estaba en la universidad y dije: «Paso». Hice un año de Geológicas y dije: «Lo siento, pero yo no quiero estar aquí. Ciao».
Un año y dijiste…
Dije: «Yo voy a hacer esto otro». Era un proyecto que surgió porque el padre de un compañero que fue a la expedición de los Pirineos trabajaba en Islandia, en el puerto de Reykjavik. Iba y venía a Islandia. Traía algunas revistas de Islandia… Fue como entrar en contacto con aquel mundo.
Esa época sin Internet, sin conocer a nadie que jamás hubiera salido prácticamente de los Pirineos… De repente, compraron los mapas de Islandia y empecé a flipar. Hicimos la travesía a Islandia. Como él trabajaba para la compañía naviera islandesa, nos contó que a lo mejor algunas personas podían viajar gratis en un barco mercante, así que nos surgió la oportunidad de ir en el barco mercante.
¿De qué año estamos hablando?
Estamos hablando del 85.
Pero ¿qué españoles se iban a Islandia en el 85 a explorar algo?
No había nadie, evidentemente. No había nada de turismo en Islandia. Cero turismo. Nos fuimos en barco mercante: ese nivel de viaje. Llegamos, estaba Aitor Yraola, me acuerdo perfectamente, un vasco que estaba viviendo allí. Fuimos para hacer la expedición, para cruzar el interior, que era un proyecto ambicioso.
¿Qué queríais hacer exactamente?
Cruzar el interior de Islandia. Con los años visto, no es un proyecto menor. Llegamos ahí con 19 años y unas caras de niños impresionantes.
¿La llevabais bien preparada?
Hombre, todo lo bien que lo puedes llevar preparado, sin haber salido de España en tu vida y sin conocer a nadie que haya hecho una expedición antes.
Perdona que me ría.
Tienes tus limitaciones. Y sin internet, que ahora, creas que no, te da una cantidad de información bestial. Antes era: «No sé quién ha visto un artículo de Islandia en una revista que han publicado de no sé qué». Ese nivel era. Lo planeamos lo mejor que nos pareció y no lo hicimos tan mal para la poca información que teníamos.
¿Cómo lo hicisteis?
Con esquís. Estuvimos durante un mes entero cruzando el interior de Islandia.
¿Con el grupo de amigos de los Pirineos?
Sí, con los de los Pirineos y otro amigo más. La policía no nos quería dejar salir, veía a unos españoles de 19 años con unas caras de niños que alucinas, y el proyecto, que no era un proyecto menor…No nos quería dejar salir la policía.
¿Por si os pasaba algo?
Sí, claro, no teníamos pinta de poder sobrevivir ni de broma.
No tenías cara de explorador todavía.
Teníamos una cara de niños que flipas, eso es de lo que teníamos cara. De hecho, estuvimos casi a punto de abandonar antes de partir. Estaba todo el mundo diciendo que si estás loco, que si te vas a morir… Pues hombre, uno tiene su corazoncito en esta vida.
A ti te han tenido que decir muchas veces que estás loco, ¿no?
Y que me voy a morir, por supuesto.
¿Qué haces con ese tipo de comentarios?
Evidentemente, cuanta menos experiencia tienes, menos criterio tienes, menos seguridad tienes en lo que vas a hacer, porque no tienes ni idea. Nosotros en ese momento estábamos como deprimidos, un poco por las esquinas. La policía, la gente que sabía de allí…. Pero, a veces, hay pequeños golpes de suerte. La vida te va llevando pequeños golpes de suerte que vas encontrando.
¿Tú crees?
No tengo ninguna duda, pero para eso hay que estar en el camino, desesperado, para que te pasen los golpes de suerte. Nunca sabes cuándo te van a venir. No va a ser el primer día.
¿No crees que en eso de la suerte hay mucho de cómo lo percibe uno?
Evidentemente, primero tienes que estar en el camino. Tienes que estar en Islandia, con todo, intentándolo. En tu casa no vas a tener un golpe de suerte en la vida. Tienes que estar en movimiento, intentándolo, y cuando te sale mal, tienes que motivarte, continuar y continuar… Y, de repente, a lo mejor, te surge un golpe de suerte. En este caso, conocimos a un francés muy simpático, que fue el primero en organizar una excursión en Islandia, el primero que hizo algo de turismo en Islandia como tal.
Nos lo contaba por la calle. Nos dijo «no hagáis ni caso a estos». Nos dio ánimos. Nos dijo que teníamos que tener dos ideas claras: «Tenéis que enterrar la tienda para las tormentas todas las noches y tal». Nos dio un poco de confianza. Nos dio ese empujón, porque al final no tienes ni idea, no has estado fuera en tu vida y vas a hacer algo que no sabes ni cómo es. No tienes ni la más remota idea de cómo te vas a encontrar.
¿Y qué te encontraste?
El interior de Islandia, que es un desierto de lava. El glaciar, el mundo polar, las extensiones largas…Entras ahí y vas resolviendo como puedes las situaciones. Al final, este viaje salió bien. Tan mal no lo preparamos dentro de las limitaciones. Conseguimos hacerlo. Estos dos viajes fueron críticos. Si hubiera salido algo mal, lo más normal hubiera sido volver a casa, dedicarme a otra cosa y seguir otro camino.
Ves por primera vez los paisajes polares que te habían impresionado cuando eras pequeño.
Entras en ese mundo. Ya tienes una sensación de qué va aquello, que es un primer paso, un pequeño primer paso.
¿Y qué pasa? ¿Vuelves a España? ¿Vuelves a la carrera?
Tuve un pequeño golpe de suerte, porque justamente nada más llegar salió un concurso de radio que había en España, el premio Tu aventura vale un millón. Presentamos el proyecto de cruzar Groenlandia. Había un solo premio para toda España. Se presentaron 700 proyectos y ganamos el millón de pesetas.
La suerte, de nuevo.
No teníamos ni idea, no nos conocía nadie. Fue una especie de milagro. Impresiona, justo en ese momento.
¿Qué proponíais en ese proyecto que presentasteis al concurso?
Cruzar Groenlandia de este a oeste. Eso ya es una expedición polar real, de verdad. Gracias a ese premio pudimos hacer el proyecto. Fuimos en barco a Islandia y cogimos un avión a Groenlandia desde allí. Hicimos esta expedición, que fue otro paso más. Al final salió bien.
«Nunca dejaré de sobrecogerme por la imponente belleza de los polos», dices en un tuit.
Es que es así. Es un sitio bastante espectacular. Obviamente, la primera vez esa sensación se multiplica por diez. Luego ya, quieras que no, sigue impresionando, pero no es lo mismo. No son las mismas sensaciones de la primera vez, sobre todo cuando eres tan joven y no has salido mucho. También tuvimos todo tipo de problemas, pero la expedición salió bien.
¿Algún problema gordo?
Tuvimos problemas gordos, por supuesto. Íbamos sin GPS, con nuestro sextante; o sea, estábamos completamente en otra época. Al final, nos equivocamos con el sextante. Para salir de la isla necesitas encontrar el camino correcto. Todo está lleno de grietas. Estás atrapado en el interior.
Hay un pequeño paso en el que, más o menos, se supone que hay una zona en la que puedes encontrar un camino para salir, pero claro, con el GPS todo eso es fácil; con el sextante, una pequeña desviación de tres o cuatro kilómetros es bastante fácil tenerla. Eso es lo que nos ocurrió. Tuvimos una pequeña desviación en el cálculo de las coordenadas de salida y salimos por un camino equivocado. Nos metimos en un sitio de grietas brutal y tuvimos un riesgo absoluto.
¿Y qué pasó?
Tuvimos que estar saltando grietas, unos vacíos que te mueres de cincuenta metros. Estuvimos a punto de no salir, prácticamente, de quedarnos ahí atrapados en el interior. Aquello no fue una broma.
¿Qué recuerdas?
Es de las veces que he sentido la muerte más cerca en mi vida. Además, mientras estaba en la travesía, en una tormenta perdí mis crampones. Cometí un error, los saqué del trineo, se me rellenaron de nieve y los perdí. Entonces tenía que pasar por esa zona con unas grietas que te ponen los pelos de punta sin crampones. Lo pasamos mal y yo lo pasé doblemente mal. Fue como: «De esta no salgo ni de broma. Me voy a resbalar fijo. No puede ser que no me resbale».
¿Cómo consigues salvarte?
Lo que a mí me salvó fue que, al contrario, cuando lo interiorizas o lo asumes, de repente tienes una tranquilidad total. Tienes el nervio cuando piensas que algo va a ocurrir. Cuando interiorizas que la muerte es inevitable, de repente sientes paz.
¿Paz?
Es como si estuvieras viendo venir un tsunami. Comprendes que va a ocurrir. El nervio lo tienes cuando hay posibilidades de que no ocurra. Cuando sientes que la muerte es inevitable, te relajas y eso te permite concentrarte y hacer las cosas mucho mejor. De repente, te mueves sin dudar y eso hace que lo hagas todo bien. Tienes que saltar desde un sitio, llegar sin crampones al otro lado. Al moverme con esa paz, no me resbalé. No tuve ningún error y pude salir. La sensación de asumir que te vas a morir yo no la había experimentado nunca.
¿La has vuelto a experimentar después?
A ese nivel, nunca. De haber interiorizado «hasta aquí», nunca. No a ese nivel. Esa fue la única vez. Al final, sales, lo consigues y no te das cuenta de dónde has salido, pero la experiencia queda ahí. Fue un viaje duro. Todo te va formando un poco más.
Cuando vuelves a España, ¿eres un poco otro?
Siempre eres un poco otro. De cualquier viaje uno vuelve siendo un poco otro. De cualquier viaje un poquito especial, no hace falta que sea una expedición. De alguna manera, los viajes te cambian. Aquí, obviamente, te cambia más por la edad, porque eres más cambiable, más influenciable, porque tienes menos experiencia y tu disco duro está más virgen. Lo que te está ocurriendo te está influyendo más. Pero antes de volver tuvimos otro pequeño golpe de suerte.
¿Otro?
En el aeropuerto, ya para volver, conocimos a un danés muy simpático. Nos contó que vivía en Groenlandia, que era profesor en una escuela. Estuvimos hablando durante mucho tiempo y nos dijo «Yo vivo en un pueblo. Si queréis ir, pues contactadme, que yo a lo mejor os puedo encontrar una casa».
Y volvéis a España.
Volvimos y: «¿Ahora qué hacemos?» Tenemos en Groenlandia a alguien que nos deja una casa y nos ayuda…
¿Cómo llegas entonces a iniciar la gran expedición Circumpolar?
Todo es una secuencia. El danés nos invita a ir a Groenlandia, a una casa para estar gratis el tiempo que quisiéramos, porque se había suicidado un chico y nadie quería vivir allí.
El suicidio en Groenlandia.
Hay muchos, sí. Y, desgraciadamente, eso no ha bajado. De hecho, es un problemón. La casa estaba como maldita, nadie quería vivir ahí, «pero oye, si no os importa esto…». Al contrario, está bien que alguien viva ahí, como para quitar la maldición, porque son muy supersticiosos. Estuvimos allí, en esa casa que nos dejaron gratis para estar el tiempo que quisiéramos.
¿Con los mismos amigos de Pirineos?
Fui con uno de ellos. Era de la misma pandilla. Fuimos sólo dos. Llegamos allí y no teníamos ni idea. Fue nuestra primera vez en un pueblo en Groenlandia, porque ya habíamos cruzado el interior, pero esto era estar en un pueblo. La expedición Circumpolar surge porque en esa casa, en una de las habitaciones, había un poster con un mapa en el que ponía Inuit Circumpolar Conference y en él estaban puestas todas las poblaciones Inuit.
Era sólo del Ártico Americano. Todos los días dormía y tenía enfrente el mapa en el que ponía Inuit Circumpolar Conference con todos los pueblos Inuit marcados ahí. Esa fue luego la ruta de la Circumpolar. La ruta estaba ahí.
Te la dieron hecha ya.
Efectivamente. Yo estaba ahí y durante tres meses, todos los días lo veía, por la noche estaba leyendo y lo veía… De alguna manera, fue ahí cuando surgió la idea de la expedición Circumpolar, y luego el libro. No fue un momento de eureka, sino más bien como un mensaje que te está llegando y, por las razones que sea, te va calando y te va permeando. Al final, dije: «Sería una chulada hacer un viaje uniendo todas las poblaciones Inuit».
Casi nada: un viaje de 14.000 kilómetros. Bueno, ya tenías experiencia, habías cruzado Islandia y Groenlandia.
Tenía 21 años y alguna cosita ya había hecho.
¿Qué querías?
Yo no quería nada, simplemente quería seguir una pasión, una pulsión, un sueño. Era como una especie de entelequia. Al final, todo esto es una pasión, lo haces porque sientes la llamada. Es así, porque no es racional ni tiene ningún sentido. Nunca pensé que profesionalmente me iba a servir para nada. A mí, que luego me he dedicado a los viajes, que es de lo que vivo, jamás se me pudo ocurrir que aquello me iba a servir para algo. Eso fue mucho después. El proyecto surgió y hubo que organizarlo, prepararlo, pensarlo…Eso me llevó tres años, realmente.
¿Tanto tiempo?
Era el año 92, el quinto centenario. En España ahora ya es prehistoria, pero fue un momento especial, realmente. Fue ahí cuando empecé a prepararlo. Tres años. Claro, es otra escala de proyecto.
Ibas a usar kayak y trineo de perros solamente.
Efectivamente. De perros no tenía ni idea. Había probado uno en el pueblo ese, pero por supuesto no tenía la más remota idea, y kayak, pues hice la vuelta a España. Hice un viajecito para aprender. Aprendí e hice ese viaje, que era muy sencillo: subir en coche a Hendaya y de ahí empezar a navegar y dormir por la noche en la playa. Como en los Pirineos, el viaje en sí no tiene nada, nada más que hay que hacerlo, claro. Hice dos viajes pensados para prepararme, ese y un viaje a Noruega.
¿Dormías con la ventana abierta en invierno, como Amundsen, para ir acostumbrándote al frío?
Dormía con la ventana cerrada. Salir a la calle con poca ropa y en manga corta, eso me ha gustado más, pero dormir con la ventana abierta, no. Bromas ni de broma.
¿Qué fue lo más difícil de la preparación de ese viaje?
Era un desafío impresionante y, claro, de primeras es ¿con quién? Ya mis amigos me dijeron: «Hasta aquí llegamos. Esto es ya tu historia». Esto ya tenía una envergadura… Desde el principio estaba planteado para una duración de tres años. Para mí la gracia del viaje era precisamente esa, irme tres años. Luego tardamos un poco más todavía, unos meses más.
¿Dónde encuentra uno gente que quiera irse tres años de expedición al Ártico?
Bueno, es que no encontraba a nadie al principio, claro. No conocía a nadie que pudiera ir siquiera. Al final, en un momento dado estuve pensando en hacerlo solo.
¿Era un viaje que se podía hacer en solitario?
La cuestión era si hacerlo o no. Ya había aprendido la lección de que el movimiento genera la solución. Es decir, que cuando no hay una solución, tu propio movimiento es el que la va a generar. Si estás en ello y te vas a ir, entonces es cuando puede aparecer quien vaya. ¿Cómo lo vas a resolver? No tengo ni la más remota idea, pero tu movimiento te genera la solución, que es una pequeña cosa que es importante de comprender.
No es una idea tan intuitiva. Yo lo aplico a todo constantemente. Al final, conocí a un amigo de un amigo… Claro, no podía encontrar un compañero para toda la expedición. Era alguien que no conocía.
¿Qué valores o cualidades buscabas en esos posibles compañeros de expedición?
Bueno, tampoco lo tenía muy claro. ¿Quién fue a la expedición? Pues las únicas personas que me dijeron que querían ir. El criterio no fue una cosa extremadamente compleja. No hacía falta haber ido a Harvard. No hice filtros, o sea: «¿Tú quieres? Pues vale». Las únicas personas que me dijeron que querían ir y no me dijeron «es que».
«No, me encantaría ir, pero es que tengo unos cursos, pero es que he quedado». Vinieron los que dijeron: «Voy». Ese fue el criterio de selección. Y solo hubo tres personas que dijeron voy (risas). Esos fueron los compañeros. Un «es que» aquí en Madrid, allí puede ser un problema. Evidentemente, hicimos algunas cosas previas para conocerlos un poco. Gente muy variopinta, pero bueno, la realidad es que funcionó.
Fue complejo, la relación fue muy compleja, pero lo cierto es que ninguno de los que vinieron a la expedición dudaron sobre el objetivo. Luego, como todo, la convivencia es dura. Pero no dudaron en el objetivo ni en la decisión de continuar, que es una parte importante. En el camino puede haber conflictos, y los hay, por supuesto, pero el conflicto grave es no estar convencido del camino que vas a llevar.
Esta expedición, la Circumpolar, está considerada como la última gran expedición polar clásica.
Y lo es. Efectivamente, hoy ya no se puede hacer. Fuimos sin teléfono satélite, sin GPS, básicamente a pelo.
Tampoco se podría hacer por el deshielo.
Está la parte del deshielo y la parte de la tecnología. Son dos cosas importantes. La tecnología es brutal ahora mismo. Lo de la tecnología es apocalíptico ya. Y está la parte del deshielo. Hay muchas zonas de deshielo que ahora mismo ya son agua abierta. El mar ya no se hiela en zonas por donde hicimos la ruta. La expedición Circumpolar es clásica por lo otro, porque era solo el mapa y ya está, a pelo.
Esta expedición te cambia la vida completamente.
Obviamente. Esto ya es otro nivel.
Tres años y pico. Se va un Ramón y vuelve otro.
Totalmente. Es un proyecto colosal, por decirlo de alguna manera. Realmente lo es, a todos los niveles. Siempre digo que esos tres años equivalen a una vida entera. Ya he vivido una vida entera y todo lo que tengo de más es de regalo.
Vida concentrada.
Son tres años y una cantidad de cosas que te pasan de todo tipo… Es tal nivel y con tanta intensidad durante tanto tiempo, que no es comparable. No lo puedes comparar con nada. Y todo a una edad en la que todavía estás un poco virgen. Todo es nuevo. Primero, tienes una energía que no es tan fácil tener después. Un entusiasmo, una capacidad de recuperación, una capacidad de asombro… Muchos elementos que se tienen a los veintipocos años, básicamente.
¿Crees que con el tiempo es inevitable tener menos curiosidad o asumir menos riesgos?
Obviamente. Es la evolución normal, es lo que tiene que ser. Por eso a veces digo que esta expedición la hice a la edad límite. Realmente fue un proyecto, ya no del viaje exterior, sino de aprendizaje, de experiencia, de gente.
¿Le darías algún consejo a ese Ramón que está a punto de iniciar esa travesía?
No hay consejo. No hay consejo que dar de nada. Es la pura realidad. El consejo no existe. Es lanzarte. Lanzarte y confiar en que vas a resolver las situaciones que se te planteen. Recuerdo que fuimos en coche a Copenhague. Salimos de Madrid. Me acuerdo de ir por la Castellana con la furgoneta, cargado con los esquís, pensando: «probablemente vuelva en tres años o nunca».
Hay que ser realista: las probabilidades de que no volviera no eran escasas. Recuerdo que no era capaz de imaginar realmente dónde iba. No era capaz de visualizarlo. Eso es parte del atractivo. Entrar en algo que no soy capaz de visualizar lo que va a suponer. Mi mente no lo podía registrar.
Era algo tan colosal que no lo podía registrar. Ahí estaba un poco la gracia, el atractivo del viaje, porque implicaba desconectar totalmente. Yo quería que fuese un viaje de tres años, de desconexión total con la realidad que había conocido hasta ese momento, para entrar en una realidad totalmente diferente a todos los niveles.
Ya había estado en ese pueblo de Groenlandia, ya había visto cosas, pero una cosa es estar en un pueblo de Groenlandia, que sales por ahí, que puedes acompañar a alguien a pescar, y otra cosa es estar solo en medio del hielo durante años. No es lo mismo. Por eso la escala del proyecto realmente era algo inimaginable. Esa era la gracia.
Esa era la idea, irme totalmente fuera del mundo, de todo lo que conocía. Esa era la esencia del viaje. Era importante que durara tanto tiempo, porque para irte mentalmente necesitas tiempo. Es un viaje mental. Te vas alejando poco a poco de donde sales. Te vas alejando. Lo vas dejando y dejando y cada vez te vas alejando más, y para eso hace falta tiempo, no hay más, no se puede hacer de ninguna otra manera.
Si no, tú te puedes desplazar físicamente, pero desde luego no mentalmente, porque estás demasiado cerca, Esa era la aventura interior, una parte de la exploración a otro nivel. Está la exploración física, la exploración exterior, y está la exploración interior. Eran dos tipos de exploraciones paralelas, pero diferentes.
Llegas a una Groenlandia de hace cuarenta años, que imagino que es totalmente diferente a la Groenlandia que tenemos ahora, y con la idea clara de aprender.
Planteé un primer invierno solo de aprendizaje. El tema de los perros, el idioma, la gente…
¿Cómo era la gente?
Bueno, la gente es diferente, es otro mundo. La mente de la gente funciona de modo distinto a la tuya. Eres consciente de cosas de las que normalmente no eres consciente, cuando lo comparas. En esta conveniencia, entre otras cosas, eso también era parte del atractivo. Es un mundo diferente. A veces puede ser desesperante, porque no puedes comprender realmente lo que está pasando. Es lo que le pasa a mucha gente, que no es capaz de entender la lógica, que no es fácil, no es evidente, pero bueno, ahí está la gracia.
Comentas en una charla que he visto por Internet que los inuit pueden llegar a tener una vida social abrumadora.
Efectivamente.
Hablas de las visitas que se hacen entre ellos, no para hablar de nada, sino solo para estar cerca de alguien. Me ha recordado un poco a mi abuela, que vivía en un pequeño pueblo de Jaén. Tenía una amiga que se presentaba a cualquier hora con tomates o lo que fuera.¿Y qué se iban a contar, si se veían todos los días? Se quedaban sentadas frente a la chimenea en silencio. Yo creo que ese era un silencio bastante inuit.
Todo esto es de un mundo anterior, una vida anterior. Tiene sus particularidades, pero ocurre en todos lados.
Hay algo universal ahí, en esa necesidad de compañía.
Por supuesto. La vida en entornos cerrados, aislados…Antes todo el mundo estaba aislado. Moverse no era tan fácil, era una cosa que se podía hacer, pero mucha gente no se movía nada. Además, sin comunicación con el exterior. Ahora mismo tenemos sobrecomunicación. Hay unos elementos que son claramente universales. Al final, es cómo se gestionaban las sociedades antes de este mundo medio extraño en el que estamos ahora mismo.
Eso era lo normal. Esta gente que está aislada en un sitio, en la noche polar, tiene muy presente la necesidad de contacto social. Tampoco hace falta estar contándote nada. Eso es un poco nuestro. Viene alguien y hay que darle conversación. Acaba la conversación, hay un silencio de cuatro segundos y ya estás aterrorizado (risas)
Conviviste con ellos.
Con muchísima gente, en muchísimos pueblos. Hay una parte social espectacular de la expedición, no es sólo «voy a ir de A a B».
¿Qué te atrae de los inuit?
Es una gente diferente. Es fascinante el hecho de que hayan podido sobrevivir en esas condiciones. Es muy buena gente, en general, con un gran corazón. Es la realidad, es gente muy generosa y normalmente muy hospitalaria. Tienen las normas de la vida antigua, digamos. Es un mundo tan distinto, que me resulta atractivo. Te replanteas lo que tienes, el peso de la historia que llevamos cada uno de nosotros.
Normalmente no lo piensas, pero llevas tres mil años de historia por tus venas mientras caminas por la calle. No eres consciente, pero lo llevas ahí metido, y ellos llevan otros tres mil años de historia totalmente diferentes por sus venas, de todas las generaciones anteriores. Por supuesto, estás llevando montones de cosas del pasado, has perdido la relación de unas con otras.
Hay cosas de ellos que son muy entrañables, diría, desde el punto de vista humano. Luego está toda la parte de cómo gestionan la vida en la naturaleza. Su conexión con la naturaleza es absolutamente espectacular.
Precisamente, sobre la conexión de los inuit con la naturaleza, me llamaba atención la palabra groenlandesa sila, que según he leído puede significar tanto clima, como conciencia. Es fascinante que tengan una sola palabra parar mencionar lo de fuera y lo de dentro. Exagerando un poco, yo puedo ser perfectamente una tormenta polar y viceversa.
Es una vida expuesta a tal nivel a la naturaleza… Evidentemente, la civilización lo que ha buscado siempre es aislarte de la naturaleza, porque la vida en la naturaleza es muy dura. Eso de «vamos a recuperar la vida en la naturaleza…»
Primero, hay que estar seguros de si sabes lo que estás diciendo. Yo sé lo que significa, así que: «Gracias, civilización, por lo que me has permitido». Esas palabras suenan bien cuando estás recibiendo todo lo que te ha permitido la civilización. La vida en la naturaleza es de una dureza que la gente ni siquiera se puede imaginar.
Es, básicamente, lo que nuestros antepasados de cualquier lugar han estado viviendo. Han tenido unos niveles de sufrimiento que nosotros no podemos ni imaginar. Buscamos cómo aislarnos de la naturaleza para crear el mundo más amable posible. Estamos absolutamente aislados de la naturaleza.
Luego está la integración, la adaptación… Los inuit son parte del medio. Te das cuenta de que el hombre es una parte de la naturaleza. Eso impresiona, comprender cómo están viviendo, cómo están percibiendo. Sientes que eres un animal más del medio. Los osos están observantes, los lobos… La gente está alerta. La naturaleza es alerta continua.
Cualquier animal salvaje está en alerta absoluta. La norma número uno es: «No hay descanso». El peligro está en cada instante. Te pueden atacar; eso es la naturaleza salvaje, alerta absoluta con todo lo que hay a tu alrededor. No es estoy relajado fumando un puro, eso no es la naturaleza, eso es la vida en la naturaleza en un resort, que sería el culmen de la civilización, de alguna manera.
Decía Harari que la clave de nuestra supervivencia como especie está en haber sido capaces de organizarnos en grandes grupos, pero que individualmente no tenemos nada que hacer en la naturaleza frente a un chimpancé.
Por supuesto, tal y como estamos, es espectacular, pero en un nivel básico, lo hemos perdido. Por supuesto que lo tenemos. Todos lo tenemos. No tenemos que olvidar nunca que hemos sido cazadores-recolectores durante cien mil años, a lo mejor tres mil años agricultores y pijos modernos cuarenta años. Es así.
El mundo que nosotros damos por descontado es nuevo. Ni estás preparado ni nada. Esto es lo excepcional. Vas perdiendo todos tus instintos. Tú lo tienes, todo el mundo está preparado para lo otro, pero lo hemos perdido. Son capacidades que se han dormido y que en algún sitio están, pero sería muy difícil recuperarlas. Estar, están.
A veces me entra la duda… ¿Qué pasaría ante un colapso real de la civilización? Pues el 90% de la gente moriría. Ciao. Obviamente, habría un porcentaje de gente que sí sería capaz de sobrevivir. Estoy absolutamente seguro de eso. Hay gente que puede hacer cosas en su vida moderna que conectan un poco más con esas capacidades. Es muy difícil saber quién podría aguantar en una situación real de reconexión obligada con la naturaleza, no de reconexión voluntaria.
¿Qué es la adversidad para ti?
La adversidad es cuando todo lo que tú piensas se viene abajo. Cuando las cosas se vienen abajo. De repente, te deja tu marido, te echan del trabajo y tu madre se muere. Es decir, que todo tu mundo, o lo que tú percibes como tu mundo, se desmorona. ¿Cómo reaccionas cuando tus bases se desmoronan? En una expedición quiere decir que, de repente, empiezan a pasar cosas, lo que tú pensabas se viene abajo, las cosas en las que te estás apoyando se vienen abajo.
¿Te has deprimido alguna vez?
Depresión, como tal, no. Más fuera de la expedición. Más en España. Es muchísimo más fácil deprimirse en un contexto urbano. He pasado por periodos en la expedición de duda. Evidentemente, no siempre estás igual. No somos una línea. Puede haber en la expedición momentos más bajos, momentos más altos, pero para mí lo peor es el contexto urbano, lo veo muchísimo más hostil, desde ese punto de vista.
En la expedición tienes tu equipo y tu dirección, tienes dificultades, tienes problemas, pero tienes un objetivo. La dirección es muy importante. El propósito. Eso es fundamental. A mí me parece muchísimo más hostil la ciudad, el entorno urbano. Cuando las cosas van medio bien, es fantástico, pero cuando las cosas van medio mal, es más fácil caer en el aislamiento social.
Si tienes un propósito, una dirección y un equipo, ya tienes mucho. A mí me gusta mucho observar y te das cuenta de lo fácil que es convertirte en algo invisible en la ciudad. Probablemente, solo en este edificio, las historias humanas sobrecogedoras que habrá, que ni están en estadísticas ni importan a nadie… Estoy convencido de que si subiera piso por piso, probablemente me sobrecogería. Solamente en este edificio, sin ir más lejos.
Quizás haya aquí alguna señora que viva sola, enferma y sin familia. O quizás en el quinto haya un chico que no sale de su habitación. El entorno urbano es muy hostil. Es amable desde el punto de vista de que no estás en la naturaleza, no tienes que soportar el frío, por ejemplo. Hay una serie de elementos de la naturaleza que no existen para ti. Pero, en el fondo, como seres humanos, estamos diseñados para las adversidades de la naturaleza.
Por eso, según fue pasando el tiempo, una de las cosas más curiosas fue ir poco a poco reconectando con alguien que yo no sabía que tenía dentro. Me sorprendí a mí mismo. Te vas separando y vas entrando en otro pequeño mundo. Una vez que entras en la naturaleza, ves que estás diseñado para eso. No estás diseñado para el estrés urbano.
La tensión, la adrenalina, el hambre… Estás diseñado para eso, porque hemos tenido que sobrevivir situaciones inimaginables durante milenios, hemos tenido que gestionar el estrés cuando el peligro es real. Estás preparado para eso, aunque lo desconozcas. Los recursos están en algún lugar de ti mismo.
¿Se cansa uno de lo bello?
Yo creo que no, lo que pasa es que cuando lo bello se convierte en rutina, es difícil valorarlo. Yo defiendo el contraste siempre, porque el contraste es lo que enriquece.
Vives parte del año aquí y parte ahí, ¿no?
En 2024 he pasado casi cinco meses en Groenlandia, he pasado un mes en Islandia, y luego he estado aquí seis meses. Los últimos tres años viví en Islandia tres años enteros. O sea, cada año me lo diseño un poco diferente, intentando llegar a un equilibrio de fuerzas, pues tengo una familia, una mujer, un hijo, y entonces, claro, hay que intentar hacer el mejor diseño posible con todos los factores.
Un hijo al que le habrás inculcado la pasión por la naturaleza y la aventura.
Tampoco se lo he intentado inculcar especialmente, porque pienso que lo que yo hago es algo muy particular, algo mío, a lo que he llegado por mis propias decisiones. Él lo conoce, lo sabe, pero son cosas a las que debe llegar uno mismo y a lo mejor él llega a otro sitio. Tiene que tener el bagaje, esa formación, por supuestísimo, pero tiene que llegar a su propio punto de destino.
Volviendo a la Expedición Circumpolar, terminas la travesía en 1993 y entras en la historia de los grandes exploradores polares a los 27 años. ¿Cómo es volver?
Volver ya es más complicado, porque cuando me fui no pensé en el día después ni pensé en nada. Me fui con 24 años. Siempre digo que los 24 están en el límite, porque a esa edad ya te empiezas a estresar: «¿Qué hago con mi vida?» Yo ahí me fui. Dije: «Ciao. No hay futuro». Pero claro, un día vuelves a tu casa. Yo di por descontado que no existía el futuro.
Es muy difícil hacer algo sin pensar en el futuro para nada. Era una locura, sabía que era una locura, pero era el momento de hacer esa locura. Ese era el planteamiento. La vuelta fue un poco dura para mí, fue como «Es que no he pensado que iba a llegar este día». Es así, prácticamente no lo has pensado. Es todo tan intenso y un día se acaba.
La vida de antes te estaba esperando.
Efectivamente, te impresiona ver a tus amigos. Para ti ha pasado una vida entera y ves que tus amigos tienen la misma rutina. La sensación era que para mí había pasado una vida entera y para la gente con la que estaba quedando era como si hubiera pasado un fin de semana. Eso impacta.
De alguna manera, se da como un momento difícil, porque es como: «Y ahora, ¿qué?» De hecho, estuve dos años, que se podría parecer algo a una depresión. No depresión, sino como, de repente, estar como sin rumbo después de haber tenido una dirección súper clara.
Era imposible superar lo que habías hecho.
Claro, eso lo tenía claro. Por eso hay que procesar, y por eso los años siguientes para mí fue lo más complejo. Estaba sin saber qué hacer. Te has ido tan lejos mentalmente de todo y ahora toca volver. Y no es tan fácil volver al puerto de partida. Fue como: «Me he pasado, me he pasado de irme lejos». Prácticamente no hice nada esos años, estuve aquí un poco perdido, un poco desorientado.
Venía de tener una dirección clara en la que no dudas. Eso es mucho. Cuando tienes una dirección clara que te arrastra, puedes estar triste, pero es difícil que puedas estar deprimido, porque es una fuerza que te está moviendo, que de alguna manera te puede sacar. Cuando no tienes una fuerza que te arrastre, porque no hay nada ya que te arrastre, es un momento más complejo.
¿Cómo sales de esa situación? ¿Estuviste así dos años?
Bueno, dos, casi tres. Evidentemente, al final, pues, pensé: «tendré que currar de verdad» (risas). Estás ahí, en la casa de tu madre, en la habitación… Pensé: «Me tengo que pirar, tengo veintinueve tacos, ¿qué hago aquí?, ¿qué hago con mi vida?, ¿qué hago ahora?». Fue ahí cuando surgió Tierras Polares, que es a lo que yo me dedico.
Creaste la agencia de viajes y expediciones Tierras Polares.
Sí. Es que no me veía haciendo otra cosa. Surgió Tierras Polares para hacer algún viaje en el que pudiera transmitir parte de lo que yo había sentido. Empecé con un viaje en kayak en Groenlandia; fue el primer viaje guiado que hice en Tierras Polares, y bueno, pues ahí empecé. Cogí esa dirección. No tenía ni idea, nunca había pensado en dedicarme al turismo. Jamás, hasta dos años después de la expedición, se me había pasado por la cabeza.
Qué putada lo de tener que buscarse uno la vida.
Bueno, es la supervivencia moderna. Los cazadores de hoy tampoco están todos los días deseando salir a cazar focas; es decir, no hay más cojones, básicamente hay que salir, igual que nosotros tenemos que salir. Estas son nuestras focas. Es una putada, pero es que no tiene mucha solución, ¿no?
En paralelo, seguiste haciendo expediciones.
Como decías antes, yo ya había hecho algo que era como lo más. Ir al Polo Norte lo veía como un proyecto menor, como una chorrada. Ir al Polo Sur lo veía como un proyecto mejor, sin duda.
¿Veías como un proyecto menor ir al Polo Sur?
Sí.
Pero no es un proyecto menor, ¿no?
Bueno, yo lo veía como un proyecto menor. No comparable, vamos a ponerlo. Es una expedición que está bien, pero no hay comparación.
La gran expedición ya la habías hecho.
Es inigualable. Cuando la acabé, lo supe: «Es imposible que vuelvas hacer algo así en tu vida. Jamás. Nunca. Bajo ninguna circunstancia».
¿Y repetirla?
No, no puede ser, porque no tienes el descubrimiento. Esa parte es importante, eres joven y estás descubriendo. Eso es irrepetible, totalmente. Lo otro, bueno, que está bien, no es una chorrada ir al Polo Norte, es interesante, pero no es comparable. Entonces, me surgió colaborar con el programa Al filo de lo imposible de la mano de Sebastián Álvaro y tuve la oportunidad de participar en la expedición española al Polo Norte magnético y al Polo Norte geográfico.
¿Y qué tal?
Fui al Polo Norte geográfico desde Siberia. Bueno, no eran proyectos que yo hubiera hecho por mí mismo, porque intelectualmente no me atraían, pero me dieron la oportunidad y me pareció maravilloso. Fue una gran oportunidad que le agradezco a El filo de lo imposible.
Me ayudaron a salir un poco de mi mundo, me sacaron otra vez al mundo activo. Preparar una expedición es muy complejo y da mucha pereza. Son proyectos muy costosos y difíciles de organizar; es un lío muy, muy grande. Entonces, bueno, hice esas dos expediciones, que hasta cierto punto fueron un golpe de suerte.
Otro golpe de suerte.
Sí, porque fue precisamente yendo al Polo Norte geográfico, que es, físicamente un viaje muy duro y muy exigente…
¿Te preparaste físicamente?
Sí, porque sabía que era especialmente duro. En el mundo polar sería el más duro físicamente de todos los proyectos que se pueden hacer.
¿Por qué es tan duro?
Porque vas por el hielo del Océano Ártico, tienes que arrastrar un trineo de ciento y pico kilos, la nieve está en malas condiciones, necesitas hacer una fuerza física brutal. Necesitas estar en una forma física que te mueres, además, del frío, que es una cosa dura durante muchos días, meses, prácticamente.
Fue precisamente durante las largas jornadas de marcha al Polo Norte cuando empecé a pensar en el trineo de viento. Empecé a pensar: «¿Por qué no?». Como había utilizado el trineo de perros, pensé en usar un trineo inuit, ponerle una cometa, una tienda… Empecé a construir en mi cabeza el proyecto del trineo de viento.
Porque en la Expedición Circumpolar habías aprendido a construir trineos como los inuit.
Claro, yo ya había construido muchos trineos. Había visto por qué funcionan, por qué no funcionan…Es todo un conocimiento.
Habías aprendido a hacer trineos, a hacer tu propia ropa…
Claro, de todo. Es como ir a la universidad. Yo no fui a la otra universidad, porque Geológicas, bye bye, pero esta fue mi universidad, efectivamente.
El sistema educativo actual no está preparado para que un niño diga que quiere ser explorador polar.
Ese fue mi Master’s degree en temas polares (risas). Lo saqué y aprobé con nota. Empecé a darle vueltas. Me sorprendió que nadie hubiera resuelto cómo navegar por la superficie del hielo. Pensé: «Esto tiene que funcionar, fijo. Una cometa más un trineo inuit. Y por qué no poner una tienda. Y por qué no dormir encima…».
El concepto básico lo construí mentalmente ahí, en las largas jornadas de marcha, que son jornadas agotadoras, extenuantes y muy monótonas muchas veces. No hay casi en qué pensar, porque es la planicie. Cuando estás con los perros, pues se están peleando, tienes que estar pendiente, tienes más adrenalina, pero estar esquiando…
Por eso a mí no me interesa tanto, es como muy monótono. No tienes casi ni en qué pensar. Estás ahí las doce horas al día y todo es exactamente igual. Te vuelves loco de no saber con qué llenar la cabeza. Es un poco agotador en ese sentido. Entonces, cuando acabó el viaje, fue cuando dije: «Esto tiene que funcionar fijo».
Y te pones en marcha con el trineo de viento.
Tuve otro golpe de suerte más. Es lo que te digo, que hay pequeños golpes de suerte que están en el camino. Sebastián Álvaro, a quien evidentemente le estoy agradecido, y a quien, en parte, probablemente le deba el comienzo del proyecto (no tengo claro si él no me hubiera dado la oportunidad, si yo lo hubiera empezado o no), me dijo: «¿Por qué no me planteas algún proyecto interesante para la Antártida?» Entonces le dije: «Vamos a construir esto, y con esto cruzamos la Antártida». Así fue como surgió el proyecto del Trineo de viento.
¿Cómo fue la construcción de ese primer trineo de viento?
Hicimos una primera prueba del trineo y aquello funcionaba. Primero probé el sistema inuit y luego probé un sistema de trineo más de tipo tecnológico, como de catamarán de barco. Son dos filosofías: la filosofía inuit y la filosofía de la tecnología.
Probé los dos sistemas y vi que el diseño mixto inuit (yo ya lo pensaba, pero bueno, lo vi con los hechos) era muy superior al diseño tecnológico, que es una cosa totalmente contraintuitiva, porque tenemos una sociedad donde la tecnología es como el nuevo Dios, es increíblemente poderosa.
Al principio lo planteas como un invento para la exploración y después lo vas dirigiendo hacia una plataforma científica.
El proyecto empieza con el desafío de hacer la primera navegación a vela a través de la Antártida. Ese es el desafío, navegar y ya está. Es una aventura de exploración pura. Navegar no es esquiar, no es ir con perros, no es ir en motonieve. Navegar a través del continente no se había hecho nunca, no se había intentado nunca.
¿Cómo prepararse para hacer eso? Primero hay que hacer varias expediciones. Esto es un lío, no es tan fácil como: «Hago una pruebecita y me voy a la Antártida». Al filo de lo imposible lo impulsa, pero la escala del proyecto escapa a un proyecto de televisión, porque es demasiado complejo. Su apoyo fue fundamental.
Al final, fueron cuatro expediciones a Groenlandia, perfeccionándolo cada vez para estar preparado y con posibilidades de éxito para cruzar la Antártida. En 2005, finalmente, planteamos la primera travesía a la Antártida. Al filo de lo imposible fue un partner, pero no fue el único partner. Ese era el hito de la exploración, hacer la primera navegación a través del continente en vehículo a vela. El primer y único sistema y lo conseguimos. Fue una experiencia difícil y dura.
Y entonces ves que allí en la Antártida se le puede dar uso como plataforma de investigación científica.
Ahí surge. Yo lo había medio pensado, pero no en serio. Conocemos a unos investigadores franceses y vemos que realmente que podría tener un potencial científico. El desafío estaba completado, habíamos demostrado que era posible. Entonces, lo que decíamos antes de tener una dirección… En mis dos o tres años sin dirección, tuve claro que el sentido de dirección era importante.
Así que dije: «Bueno, pues vamos a hacerlo». Un desafío es algo que no tienes claro si va a funcionar. Me gustan los desafíos, porque no está claro que los puedas resolver; si está claro que los vas a resolver, no es un desafío, es una cosa que ejecutas, que está bien, pero no es un desafío.
Tengo que decirte que viendo el documental «Anori, Inuit Windslet», de Carlos Pitarch, sobre la vida a bordo de tu trineo de viento, se me saltaron las lágrimas con los paisajes tan bonitos que salen. Es apabullante la belleza de esos paisajes helados.
Es precioso. Es muy espectacular. Uno no se acostumbra del todo.
Ver ahí a unas personas en un trineo tirado por una gran cometa de colores en mitad de la nada. Da una sensación de libertad increíble. No puedo ni pensar cómo será vivirlo realmente.
Es navegar a vela. Es un barco de vela para el hielo, aunque no se parece en nada a un barco de vela, no tiene nada que ver ni estéticamente ni en nada. Va salpicando la nieve…Es como cuando subes en un barco y te va salpicando el agua.
¿Se engancha uno al riesgo?
Bueno, a salir de lo que sería la rutina, la normalidad. Yo defiendo la rutina, porque la rutina es la gasolina para salir fuera. Por eso todos los años tengo un periodo lo más rutinario posible. Me cuesta, no me es fácil, pero hago un esfuerzo.
¿Qué haces en esos periodos de rutina?
Trato de que sean periodos lo más estructurados posibles. Es fundamental tener tus fases de vida estructurada y repetitiva.
Y alternarlas con fases en la que no controlas.
Soy un defensor de los contrastes. Todos sabemos que sólo la rutina no es un planazo espectacular, que te come y te devora, pero ahí es de donde uno saca la gasolina. Es necesario para hacer expediciones. ¿Tienes ganas de expediciones? Primero tengo que pasar mi periodo de la mayor normalidad posible. Me recargo, me lleno de energía para luego salir.
Necesito ese contraste de realmente salir a hacer algo diferente y meterme en muchos tipos de proyectos, en los que, por alguna razón, tenga esa sensación de desafío, de no estar seguro. Da más emoción, más intriga. Defiendo la rutina para conseguir el contraste, porque lo puedo contrastar. ¿Vivirías en España o en el Ártico? Lo mejor es vivir en ambos sitios. Saco lo mejor de un lado y saco lo mejor del otro y hago el contraste.
¿Un explorador es siempre un explorador?
Lo haces porque te gusta, porque te apasiona, porque te mueve y porque te llama. Mientras sientas la atracción, sería absurdo no hacerlo. Es decir, mientras puedas hacerlo, porque por tu contexto personal, puede haber miles de cosas que pueden ocurrir en tu vida, que no tienen nada que ver contigo, que te pueden estar limitando.
Entonces, ¿es posible conservar esa chispa se tiene a los veinte años?
Yo intento que para mí permanezca. Intento que sea así. Intento que se mantenga. Por ejemplo, este año tengo otros nuevos proyectos que estoy preparando en el sofá, tomándome un té. Eso es maravilloso también.
Para finalizar, no puedo despedirme sin preguntarte acerca de este interés de Trump por Groenlandia.
Bueno, en cuanto al interés de Trump en Groenlandia, está claro que la parte del Ártico tiene un interés geoestratégico hasta ahora bastante desconocido. Con esto de Trump se ha visto más que va a ser un lugar central en el futuro, en el siglo XXI. El primer eje fundamental en Groenlandia es el de las tierras raras.
Estamos en plena transición energética, toda la tecnología e incluso la defensa (muchísimos de los misiles y del armamento americano) necesitan minerales y componentes que ahora mismo controla China. Entonces, conforme a cómo se están calentando las relaciones entre EE. UU. y China completamente (de hecho, hace poco China ha prohibido exportar tres elementos a EE. UU.: galio, germanio y antimonio) está el miedo de que si China corta la exportación de tierras raras, haya elementos de tecnología y del ejército americano que se queden obsoletos y no puedan funcionar.
Por eso es absolutamente urgente el control de estas tierras raras necesarias para el mundo que se avecina, en el que ya estamos. Hay muchas tierras raras, pero de algunos elementos, Groenlandia tiene los depósitos más grandes del mundo y de otros tiene el segundo más grande del mundo.
Por otro lado, tenemos el tema de la militarización del Ártico, desde el punto de vista de la defensa. Teniendo en cuenta cómo está la unión o la alianza entre Rusia y China (toda la parte de la guerra de Ucrania), claramente el Ártico es un eje crítico de la defensa de EE. UU., sobre todo porque se van a abrir en breve las rutas de navegación a través océano Ártico, con el consiguiente tráfico de mercancía. Esto hace que se convierta en un lugar estratégico clave.
Así que tenemos los recursos naturales, las rutas de navegación que unen oriente y occidente, y a la vez hay un país que domina todo el Ártico, que son los amos y señores del Ártico, que es Rusia, que es el país con el que hay las mayores tensiones militares. El cóctel está servido.
Tiene pinta de que van a aumentar los conflictos internacionales porque hay varias cosas que no están claras. En las aguas internaciones del Ártico hay una serie de contenciosos que no están del todo claros, porque hay un elemento poco conocido que es la minería submarina, que todavía está un poco lejano, le pueden quedar diez, quince o veinte años, pero está ahí en el horizonte. Es un elemento más.
Los inuit en Groenlandia tienen un gran autogobierno y su objetivo es tener la independencia. Pero ser independiente un país con enormes recursos y enorme valor estratégico y sesenta mil habitantes, es un desafío grande. El 80% de la población de Groenlandia realmente es indígena, es inuit.
Desde ese punto de vista, Groenlandia es único. No hay otro país totalmente indígena en el mundo como Groenlandia. Van a tener difícil la protección. Yo espero que lo logren, evidentemente. Las reservas estratégicas van a caer en manos de algún país, obviamente: China, Rusia o Estados Unidos. Europa también quiere poder explotar estas tierras raras, pero parece difícil que lo consiga.
Por eso abrió la Unión Europea su consulado en Groenlandia, porque está muy interesada, pero Estados Unidos está jugando casi como competidor de Europa, no como aliado. El cóctel está servido y el modo en que lo ha especificado Trump, diciendo que estaría dispuesto a usar la fuerza para conseguir Groenlandia, quiero pensar que es una manera metafórica, aunque ha quedado claro que esto ya no va de broma, como en 2019, que pareció una especie de bufonada o un chascarrillo.
Realmente, el eje geoestratégico actual de control de las cadenas de suministros por parte de las potencias y la posibilidad de que si no controlas tu cadena de suministro ser secuestrado, un poco lo que ha pasado en Europa con el gas de Rusia. Esto ahora no va en broma.











Una entrevista súper interesante, me ha encantado la historia de Ramón.
Magnífica entrevista , hay tantas reflexiones para subrayar, es pura filosofía , qué personas tan interesantes.
Una vida muy interesante la de este hombre y qué suerte tuvo de tener unos padres tolerantes que lo dejaron vivir su vida como el quiso sin obligarlo a estudiar una carrera universitaria.
Es una entrevista larga pero se hace corta leyéndola por que todo lo que cuenta es interesante.
Un gran tipo. A los que tenemos la suerte de conocerle, nunca dejará de sorprendernos. Death to Wind!!!
La entrevista es fascinante, un viaje que nos lleva a descubrir, capa a capa, la vida de Ramón. Quien se revela como un ser único y auténtico, cuya humildad brilla con fuerza a pesar de las increíbles hazañas que ha logrado, un verdadero explorador, Me he quedado con ganas de saber más. ¿Para cuándo la próxima entrega? Estoy segura de que Ramón tiene aún muchas historias y enseñanzas que compartir.
Que gran entrevista, los que ya conocíamos algunas de las experiencias de Ramón, hemos descubierto su mundo interior y lo que la determinación puede hacer, está entrevista de la voy a pasar a mis hijos para que vean que todo es posible si se intenta.
Ramón Llarramendi, excelente explorador con más de 40.000 km de expediciones.
Es necesario proteger a los poblados inuits de las tres grandes potencias para repartirse el pastel de la riqueza y recursos de esta preciosa tierra 🌎