
Nacido en Badajoz, Ángel Cuéllar (Villafranca de los Barros, 1972) apenas tenía unos meses cuando llegó a Sevilla, la ciudad que lo vio crecer y donde el fútbol se convirtió en su vida. Desde niño, supo que el balón lo distinguía: era mejor, más rápido, diferente. Enamorado del Betis por un Rafa Gordillo de medias caídas, no dudó cuando el club verdiblanco llamó a su puerta. En el Benito Villamarín se convirtió en ídolo, liderando un ascenso inolvidable y una histórica tercera plaza en Primera División.
Internacional en todas las categorías de la selección española, campeón de Europa sub-16 y debutante con la absoluta con Javier Clemente, su talento lo llevó a enamorar a Johan Cruyff y fichar por un FC Barcelona que ya lo había querido tras ganarle una Copa del Rey juvenil a los Pep Guardiola, Sergi y compañía. Pero en la Ciudad Condal, una grave lesión en su primer partido y desencuentros con Bobby Robson frenaron su sueño blaugrana. De vuelta al Betis, un conflicto con Lopera marcó un antes y un después, llevándolo a peregrinar por equipos como Nàstic, Racing de Ferrol o Levante, hasta descubrir la esencia pura del fútbol en Tercera División.
Hoy, tras probar en los banquillos y asentado en los medios, Cuéllar sigue ligado al fútbol mientras observa con orgullo la prometedora carrera de su hijo Martín en las inferiores del Getafe. Nos recibe en su casa, entre risas y recuerdos, mostrándonos su impresionante colección de camisetas antes de sentarnos a charlar largo y tendido sobre una vida dedicada al balón.
Naces en Badajoz, pero llegas muy pronto a Sevilla.
Con seis meses ya estaba en Sevilla. Fue por decisión de mis padres, que fallecieron los dos el año pasado con apenas veinte días de diferencia. Ambos nacieron en Villafranca de los Barros. Mi padre era ferroviario y sacó una oposición importante, con una muy buena nota, lo que le dio la oportunidad de ir tanto a Madrid como a Sevilla. Curiosamente, se decantaron por Madrid, pero a última hora mi madre le hizo cambiar de idea porque quería estar más cerca de la familia y terminamos en Sevilla.
¿Te sientes más pacense o sevillano?
Te voy a decir algo que a lo mejor suena muy raro: tengo muy poco arraigo a la tierra. A ninguna. Sé valorar muchísimo Sevilla, como a otros muchos sitios. Entiendo que lo que hace diferente a los lugares son las personas, y por ahí va un poco mi forma de entender las cosas. Considero que Sevilla es un sitio magnífico, como lo pueden ser otros. La diferencia la marcan las personas, por eso no tengo demasiado vínculo con la tierra. Puede resultar un poco chocante, pero es así.
Tu madre quería una niña.
Tengo dos hermanos mayores. En esa época no había ecografías para saber qué iba a ser, y siempre estaba la ilusión. Primero, con la edad que me tuvo, que fueron cuarenta y un años, ya tenían dudas de que todo fuera como tenía que ser; y luego tenían también esa ilusión… pero no fue así.
Imagino que sería con esos hermanos mayores con los que empezarías a dar patadas al balón.
Sí. A mi padre le gustaba mucho el fútbol, pero el vínculo fue sobre todo con mi hermano mayor, Pedro, que llegó a jugar en el Betis Deportivo. Me sacaba catorce o quince años, pero tengo conciencia de ser muy pequeñito y levantarme temprano por la mañana para ir con él al campo en Tercera División. Por aquel entonces debía tener cuatro o cinco añitos y me soltaban ahí en el descanso con la pelota para hacer cosas con ella. Era una especie de mono de feria, en realidad (risas).
Siempre, desde pequeño, ese vínculo con el balón es por mi hermano mayor, fue él quien me apasionó. Pero mi casa ha sido un sitio en el que siempre ha gustado este deporte. Al poco tiempo de esos días en los que iba a acompañar a mi hermano, ya estaba jugando en la calle al lado de mi casa, en el barrio de Nervión, y allí me descubrió el ojeador de un equipo de la zona, el Amistad, que me propuso entrar.
Siempre fui delantero; por aquel entonces tendría ocho o nueve años. Estuve un año jugando ahí y después me fichó el Hispalis, que era otro equipo de la zona. Allí fue similar, jugaba en un campo paralelo a donde lo hacían ellos, empecé a destacar porque en una temporada marqué ciento y pico goles, y ahí surgió la oportunidad de ir al Betis o al Sevilla.
Siempre destacaste.
Pronto, desde pequeño, ya me di cuenta de que era muy bueno, mejor que los demás chicos de mi edad, y tenía una gran facilidad para regatear y hacer goles. En el barrio, siendo apenas un crío, ya jugaba con chicos mucho mayores. En ese aspecto siempre he sido un chico avanzado, como pueden ser otros jugadores en otros sitios, y lo descubrí pronto.
Sin embargo, no era consciente de eso e iba por ahí diciendo que era el mejor. Desde entonces hasta ahora tengo un desapego absoluto a cualquier cosa relacionada con el ego. No lo tengo ahora y nunca lo he tenido, pero sí noté desde muy pronto que tenía esa facilidad para jugar.
Y eliges al Real Betis. ¿Siempre fuiste aficionado?
Por aquel entonces tendría doce años y es muy raro, ya que en mi casa nadie era bético. Ellos eran más bien del Real Madrid por el tema de las Copas de Europa, pero siendo un chaval vi a un jugador con las medias bajas, que corría, que volvía… y me impactó. Quién sabe por qué, pero me enamoró. Por eso, he sido siempre bético. Y lo he sido de una forma natural, sin que nadie me lo inculcara, aunque parezca una cosa extraña al no venir de casa. Tal vez fue esa visión de Rafa, que después se lo he comentado muchas veces, u otra razón, pero jamás tuve ninguna duda entre Betis y Sevilla. Soy bético desde que tengo uso de razón.
Cuando hablas de ese señor con las medias bajadas y las piernas arqueadas, ¿cómo fue compartir vestuario tantos años después de esa primera visión que tuviste?
Tengo muy buena relación y llegué a jugar con él, que es una cosa impresionante. Para mí, Rafa es el jugador más importante de la historia del Real Betis. Ha habido otros que también han sido claves, pero él, por su envergadura como futbolista, como ser humano y como representante de lo que es el Betis, es el jugador más destacado que hemos tenido. Ahora mismo está en la posición que le corresponde, como una especie de presidencia de honor, un puesto en el que representa al club, y no me parece que haya nadie mejor que él para hacerlo.
Cuando Gullit ganó el Balón de Oro en 1987, dijo que debería haberlo ganado Rafa Gordillo.
Lo primero que hay que saber de Rafa y entender, es su grandeza como ser humano, esa sencillez, su normalidad, esa cercanía y sus ganas de ayudar siempre y crear buen ambiente. Rafa lo primero que propiciaba dentro de un vestuario era el buen rollo; y todo eso, independientemente de lo que ha hecho futbolísticamente sobre el césped, que ha tenido un valor enorme. En mi opinión, es el primer lateral moderno, de esos como los actuales que tienen llegada y la ponen. Y además, es de los que la ponía con todas las letras y no se limitaba a tirarla al área, sino que la centraba para el que iba a rematar, que es una diferencia muy grande. Puedes preguntar a Hugo Sánchez cuánto le aportó a él en el Real Madrid. Ya te digo, el primer lateral moderno y clave para que la figura del lateral sea tan importante en el fútbol actual. Luego, aparte, estaban los números que tuvo, las veces que fue internacional, el número de partidos que jugó, los títulos… Rafa ahora mismo, reciclado al fútbol moderno, con los condicionantes que hay ahora y los recursos que tienen, estaríamos hablando de una estrella mundial rutilante, sin ninguna duda.
Llegas al Betis siendo un crío y quemas etapas rapidísimo.
La evolución fue meteórica y destaqué desde el primer momento. En alevines hice una cantidad de goles enorme y, como no había cadetes, pasé a jugar en infantil, siempre con jugadores uno o dos años mayores que yo, aunque seguí destacando de la misma manera. Ahí, con catorce o quince años, debuté con la selección española sub-16, con la que acabamos siendo campeones de Europa contra Portugal aquí en España. Siendo también muy joven, jugué con el División de Honor del Betis y nos proclamamos campeones de la Copa del Rey contra el FC Barcelona de Guardiola, Sergi, Carreras, Pinilla, Paqui, que luego estuvo en el Tenerife… que tenía un equipo brutal y al que ganamos por 4-2 con tres goles míos. Después de eso, muy pronto, con diecisiete años, ya debuté en Primera División. El paso por la cantera fue meteórico, siendo internacional en todas las categorías y con un protagonismo grande.
Uno con el que coincidiste en el filial fue Momparlet, que tiraba las faltas con una potencia sensacional…
Estuve muy poco tiempo en el filial y fue un paso fugaz, pero ¡uf! ¡Pegaba al balón que lo rompía!
¿No tuviste un poco de vértigo con esta evolución tan vertiginosa?
No fui nunca muy consciente, no tuve esa sensación. Cuando todavía estaba en el juvenil y me reclamó el primer equipo, nunca me vino a la cabeza eso de decir: «Joder, me ha llamado el primer equipo, estoy destacando». Simplemente fui y ni lo esperaba. Era un poco como jugar, todo natural, un divertimento. Después ya vinieron los estreses y las cosas fueron de otra forma, pero hasta entonces no tenía esa conciencia: ni de ser profesional ni de que me fuera a llamar el primer equipo.
¿Cómo es el día antes de debutar con el primer equipo?
Tenía poca conciencia de dónde estaba y lo que había, a lo mejor lo normalicé o fue mi cabeza. Fui a Logroño y salí en el segundo tiempo; creo que íbamos perdiendo uno a cero y tuve una acción en la que robé el balón a los centrales y me fui solo mano a mano. En mi mundo juvenil, regatear al portero era relativamente fácil, pero en aquella acción le amagué, él sabía que yo era zurdo, se fue para mi izquierda y la sacó a última hora. Era Canales, un gran guardameta. Ese fue mi debut con José Luis Romero en el banquillo. Estaba acostumbrado al mundo juvenil; es el primer día que juegas y no es lo mismo. El vértigo es otro. Al inicio es complicado, pero ya luego lo vas normalizando con el paso del tiempo.
Compartiste ataque con Pepe Mel.
Pepe era diferente a Rafa. No tenía esa capacidad de ayudar. Por ejemplo, esa temporada en la que debuté en Primera con apenas diecisiete años y nos fuimos a Segunda, lo hice junto a otros compañeros de la cantera como Loreto y Luis Márquez. Y él hizo unas declaraciones en las que decía que con diez jugadores de dieciocho años no se podía subir a Primera División. Esas palabras se me quedaron grabadas, porque eran una gran presión añadida. Después, con el paso del tiempo, he tenido una relación normal con él, aunque nada que ver con la de Rafa.
Sergio Kresic pasó por el banquillo.
Sergio era un hombre único, un entrenador más a la antigua usanza, pero todo lo que te puedo decir de él es bueno. Personalmente, yo era un chico joven, pero me trató con muchísimo respeto y cariño. Creo que eso es vital para los que llegan de la cantera, la presión en un club como el Betis para un chico al que están esperando y que tiene que responder no es nada sencilla, y él me ayudó bastante en ese aspecto. En esos momentos, ya empezaba a tener cierto peso en el equipo, pero fue alguien que me aportó y ayudó, ya que en esa época el Betis era un sitio complicado, muy difícil con los que lo dirigían. Había años en los que pasaban tres o cuatro entrenadores…
Te iba a preguntar precisamente sobre esa inestabilidad en el banquillo. ¿Cómo le afectaba eso a un chaval joven que acaba de llegar al primer equipo?
Al final, te acostumbras porque es lo que conoces. Es lo que viví desde que empecé con diecisiete años: bailes de entrenadores, equipos inestables, la afición enfadada… un club cogido con pinzas al nivel de que después se demostró que quien lo tenía era una persona que acabó enjuiciada y condenada. Todo eso, al final, es lo que estás viviendo, pero como no conoces otra cosa, no puedes comparar. Cuando cambias de sitio, ves que hay otras formas de actuar. O basta con comparar con lo que pasa ahora en el propio club. Actualmente, es increíble ver cómo lo están gestionando, hacia dónde lo llevan y de la forma en que está en el panorama nacional e incluso europeo. El Betis es ahora un club que está creciendo y no tiene nada que ver con lo que había.
Quizá no solo en el Real Betis, todos los clubes parecen ahora compañías del IBEX. Soy de los del «odio eterno al fútbol moderno» y tal vez se ha perdido la magia de ese fútbol de los ochenta o los noventa para pasar a ser como franquicias de la NBA.
Esa evolución es normal y tiene que ser así. A los que somos un poco nostálgicos, es cierto que… Pero los clubes tienen otro control en ese aspecto. Y tiene que haberlo, porque lo que no podía ser es lo que pasaba antes, ese «todo vale» y «ya vendrás tú y pagarás si puedes pagar y, si no, ya veremos qué ocurre». Eso no puede ser así. Es cierto que toda la evolución es así y, hasta cierto punto, es lógico.
Después de ese descenso, estáis un par de años en Segunda, pero el tercero llega Serra Ferrer y subís.
De Lorenzo solo te puedo decir cosas buenas en el sentido de que fue el entrenador que más partido me supo sacar siendo tan joven. En Segunda División, ya había hecho goles; con Jorge D’Alessandro estuve bien y con Sergio Kresic también, ambos me cuidaron, trataron bien y pienso que di un cierto rendimiento; pero Lorenzo fue el que más o menos me soltó: «Estás aquí y este es tu momento». El que realmente me dijo: «¿Dónde quieres ir, hacia dónde, qué quieres hacer?». Tenía una gran capacidad para sacarte lo mejor y, en esos diez o doce últimos partidos, lo hizo para que el equipo ascendiera. Con él, pegamos un tirón y esos jóvenes, junto con lo que ya había, nos hicimos fuertes para llegar a ese último partido en Burgos, ganar, lograr el ascenso y después darle continuidad en Primera. Lorenzo ha sido un entrenador determinante en mi carrera.
¿Cómo es esa mañana después de un ascenso tan deseado?
Lo que recuerdo, y además te lo digo ahora mismo, es haber bebido de más en el autobús de Burgos a Madrid y ni siquiera poder salir esa noche porque no había ni comido. Me tuve que acostar porque no pude salir y poco más te puedo decir. Las celebraciones de después fueron eternas: tres horas en el autobús para llegar del AVE al Benito Villamarín; la afición estaba esperando eso muy ansiosamente.
Imagino que para un equipo de la historia del Betis y su importancia en la ciudad, cada año en Segunda era una presión añadida.
Totalmente. Ten en cuenta que el Betis ya lleva bastante tiempo intentando pegarle bocados a lo deportivo para igualar lo institucional. El Betis es una entidad que, no ahora, sino desde hace muchísimo tiempo, necesita que su equipo, como mínimo, pelee por estar en Europa. No tiene otra forma de entenderse. Ahora, en los últimos años, lo está consiguiendo porque el equipo tiene unos gestores muy serios, que están trabajando muy bien y con una evolución importantísima como club, cosa que antes estaba un poquito más estancada con lo que tenía arriba. Pero, en esa época, por supuesto, celebrar un ascenso fue un poco como el inicio de todo lo que ocurrió después. Aquel año se celebró como si hubieran ganado la Copa del Rey porque estaban deseando que el equipo estuviera donde ellos creían que tenía que estar: en Primera. Se había pasado una penuria, un calvario tremendo.
Otro con el que compartes ataque fue el Toro Aquino.
El Toro era brutal. Para mí, fue un jugador con el que me entendí a la perfección y la mejor temporada que hice en el Betis fue con él. Nos vimos hace poco en Murcia, alrededor de un año atrás, cuando estuve en el Departamento Institucional de la AFE. Le pegué un abrazo y me dio una alegría enorme verlo. Era un currante del fútbol al que le costó muchísimo llegar a un equipo como el Betis e hizo muchísimos goles. Además, me liberaba muchísimo con los centrales para que pudiera hacer mi juego entre líneas, debido a que era un mediapunta que pisaba mucho el área. Él también se aprovechó mucho de mi juego, en el buen sentido, e hicimos un buen tándem, una de las parejas que ha podido tener el Betis. Tiraba faltas, penaltis… una zurda tremenda y un jugador muy fiable que, además, era un trabajador nato y muy cercano.
Háblame de esa rivalidad Betis-Sevilla, porque me han comentado compañeros tuyos que las cosas siempre se quedaban en el campo.
He tratado con muchos jugadores del Sevilla y nuestra relación dentro y fuera del campo era completamente distinta. No tenía nada que ver. Me viene a la mente Martagón, que me hacía alguna entrada en los partidos y le decía: «¡Joder, Juan, no sé ni dónde me has dado!» y él me respondía: «Venga, Angelito». Te hablo de tíos que eran durísimos y tal, pero después se trataba de personas magníficas. Pablo Alfaro, el propio Martagón, Prieto, que fue compañero en la selección… rivales duros, muy difíciles siendo delantero, pero después el trato con ellos era excepcional cuando acababan los partidos. Evidentemente, tontos también había, porque tontos hay en todas partes. No te voy a decir nombres, pero los había, aunque, por lo general, nos llevábamos bien.
Tras el ascenso, sois terceros después de ganar al Real Madrid en la última jornada.
Sí, ganamos en el Santiago Bernabéu por 0-2 ante el Real Madrid, que ya era campeón. Nosotros éramos un equipo que llevaba una inercia muy poderosa desde Segunda División, tuvimos unos retoques de nivel que se adaptaron tremendamente bien al equipo y unos jóvenes que, pese a que tenían una edad temprana, ya se sentían con jerarquía y un nivel para brillar en Primera División. Además, como te decía antes, teníamos un entrenador que, desde el orden y la motivación, sabía hacer que los jugadores estuvieran enchufados. El equipo llegó a Primera con una confianza enorme, empezamos fuertes y, en el primer partido en casa, le ganamos al Albacete por 4-1 con dos goles míos y, en el segundo, le hicimos 5 al Sporting de Gijón con mi primer hattrick. Arrancamos fuerte, perdíamos pocos partidos y, además, éramos muy solventes defensivamente.
Pedro Jaro fue Zamora.
¡Sí! El equipo era muy ordenado y defensivamente estaba muy fuerte. Además, cuando llegábamos arriba, hacíamos daño. Particularmente, estuve muy bien, sobre todo ese año, que fue muy bueno en ese aspecto junto a otros compañeros que también estuvieron muy acertados con el gol.
La repercusión de Segunda no era la misma que la de Primera. ¿Cómo vivías estar bajo el foco?
Era joven, pero ahí noté que ya había llegado a un punto de madurez. La presión la seguía teniendo, pero me sentía más liberado. A esas alturas, entendía que tenía mucho peso, todavía no poseía una gran experiencia y no creo que fuera mi mejor momento en cuanto a sentirme bien porque todavía tenía presión, pero ya podía decir: «Ahora estoy aquí, soy consciente de dónde estoy, sé que puedo con esto y estoy para lo que sea». Ese año fue un poco el de la confirmación de lo que se venía viendo, de un chico que venía destacando y que pasó dos o tres años adaptándose un poco a lo que es la élite.
¿Con qué momento de esa temporada te quedas?
Ese año hubo momentos inolvidables y encuentros excepcionales. Un partido en sí no podría decirte, pero hay algunos como el del hattrick frente al Sporting de Gijón, con Ablanedo de portero y la Liga prácticamente recién comenzada. También te diría el último partido contra el Real Madrid, que es con el que se acaba con todo: ganamos 0-2 en casa del campeón y ya pensamos: «Vaya temporadón».
Esa temporada incluso recibes la llamada de la selección española.
Ya había sido internacional setenta u ochenta veces en categorías inferiores, había disputado un Mundial sub-19… pero esto no tenía nada que ver. Con la llamada de la absoluta, me salté directamente la sub-21 y a mí me hizo debutar Javier Clemente, lo cual era un poco extraño, porque piensa que estaba llevando a un mediapunta cuando él no tenía que ver nada con eso y me puso por la banda izquierda, pero me tuvo que llevar porque hice una temporada muy buena. El recibimiento por parte de todos los compañeros fue inolvidable. Fernando Hierro, que tenía una voz fuerte dentro del grupo, me acogió, y todos me integraron perfectamente. Mi primer partido fue contra Finlandia en Málaga y el segundo contra Alemania en Jerez; tuve por ahí de compañeros a Julen Guerrero o Santi Cañizares y fue mágico.
Javier Clemente.
Con él, sabías que iba a ser muy difícil encontrarte con un gesto decepcionante por su parte. Iba de frente y, en ese caso, era como Luis Aragonés. Luis, si le ibas serpenteando, tenías problemas con él, pero era un tío que percibías que te iba a ir de frente. Y eso es muy significativo para un entrenador. La virtud o el rasgo más grande que debe tener es ser consecuente con lo que dice y con lo que hace. «Sigue entrenando bien, si sigues así vas a jugar…» y después no te pone. Eso, ni Javier Clemente ni Luis Aragonés te lo hacían. Te podía gustar más o menos cómo entrenaban, pero ellos eran directos. Y esto, al final, con el paso del tiempo, cuando han pasado tantos entrenadores por tu vida, te das cuenta y piensas: «Esto es lo que más valor tiene», y sabes que tienes que ir con él sí o sí.
José Mourinho, con el que coincides en el FC Barcelona, siempre me ha recordado a Javier Clemente.
Puede ser por esa forma de hablar con la prensa y expresarse. Pero piensa que el Mourinho que conocí era un ayudante, el segundo de Bobby Robson. Ya se le veía que tenía un cierto peso en las decisiones y algunos temas, pero no era el Mourinho de después ni mucho menos.
Después de esa temporada 1994-1995, te ficha el FC Barcelona. ¿Cómo fue esa llamada? Porque me han dicho que primero te vacilaron…
Fue muy curioso. Años atrás, cuando nosotros le ganamos esa Copa del Rey en División de Honor al propio FC Barcelona de la que hablamos antes, ya tuve la posibilidad de fichar por ellos, pero decidimos esperar porque estimamos que era lo oportuno… sin saber que esta posibilidad iba a volver a darse. En ese momento, no contemplamos la posibilidad de marcharme a La Masía y seguí en el Betis porque entendimos que quizá era el sitio más adecuado para poder llegar a la élite. Quizá fue una decisión extraña, porque no es fácil decirle que no al Barça, aunque luego se demostró acertada porque conseguí, dentro de lo que era mi club, poder hacerlo. No sé si en el Barça hubiera sido posible o no… ¿quién sabe? Por aquel entonces, tenía dieciséis años y, con casi veintitrés, se dio esta nueva opción.
Estaba de camino para la boda de un compañero, el central Juanlu, e iba junto al que es ahora director deportivo del Real Betis, Alexis Trujillo, en el coche, justo cuando recibí una llamada y, al contestar, escucho: «Soy José Luis Núñez, ¿qué tal? ¿No quieres venir al Barça?». Me quedé alucinado, no sabía ni qué responder, tartamudeaba: «Sí, sí, bueno, no. No sé…» Y ahí es cuando él me cortó para soltarme: «Que no, soy Miguel Santos, el representante, que el Barcelona va a pagar tu cláusula» y dejó la operación a Miguel Ángel Cermeño, que era quien trabajaba con él ya en aquella época. Fueron quinientos millones de pesetas más el tema del IVA; fue así como el Barça pagó mi cláusula y aparecí allí. Mientras tanto, Lopera estaba en Turín para fichar a Robert Jarni.
También te quiso el Real Madrid.
Tuve la opción de ir a ambos equipos, pero lo del Real Madrid fue porque me quería algo más Ramón Mendoza que Jorge Valdano. No es que Valdano no me quisiera, pero el que apostaba fuerte era el presidente. Y, en el Barça, era Johan quien tenía interés en mí. Me decanté por el Barcelona, ese Dream Team… y que Johan Cruyff apostara realmente por mí hizo que no lo dudara.
¿Y cómo es el primer día que te encuentras con Johan Cruyff?
El Betis no era lo que es ahora y se trataba de un club que estaba pasando dificultades. No es la entidad de ahora, con su ciudad deportiva —diría que de las mejores de España-, un equipo que ha ido evolucionando, sino que tenía muchos problemas. De repente, das el salto a un club como el Barça, que es todo lo contrario. Estamos hablando de una entidad que ya está instalada en la superélite, con todo lo que eso conlleva: eso lo percibes rápidamente y a todos los niveles.
Y luego estaba la figura de Johan… que acentuaba eso todavía más. ¡Buf! Me acuerdo de que llegué junto a Luis Figo, del Sporting de Lisboa, con el que me había enfrentado mucho en categorías inferiores, y tuvimos una anécdota muy graciosa: Cruyff jugaba como jugaba, con ese sistema que implantó y había evolucionado de la Holanda del 74 de Rinus Michels; en los primeros partidos, nos puso por fuera, tanto a Luis como a mí. Hubo un día en que nos preguntó un periodista qué nos parecía esta ubicación en el campo y nosotros le comentamos que estábamos acostumbrados a jugar en la mediapunta, pero que nos adaptábamos a lo que hiciera falta… y, automáticamente, salió al día siguiente en la prensa que «Luis Figo y Ángel Cuéllar no están cómodos jugando por fuera». Los dos fuimos corriendo a hablar con Cruyff porque estábamos asustados acerca de lo que iba a pensar de nosotros; quisimos explicarle que no lo habíamos dicho y, cuando se lo comentamos, él respondió: «Decídselo al que lo ha escrito y quien lo ha publicado», como diciendo que a él no le contáramos milongas. Él era alguien con una forma de ser incomparable y del que solo puedo hablar maravillas. Se lo comentaba a Jordi, con el que coincidí hace poco, Johan conmigo siempre se portó genial.
Johan fue un revolucionario.
Estamos hablando de alguien que fue capaz de evolucionar lo que ya había aquí, que era todo un 4-4-2 bien armadito y, desde ahí, lo que pudiera surgir. Había entrenadores que tenían algunas variantes, como Luis Aragonés con el tema del contragolpe, que lo hacía fenomenal, pero, claro, cuando llegó Johan, lo primero que hizo fue secuestrar el balón y se olvidaba de lo que ocurría detrás. Eso es precisamente lo que luego evolucionó años después Guardiola. Pep supo evolucionar en ese aspecto defensivo después de irse un año con Bielsa. Pero todo parte de lo que hizo el Dream Team, que entendía que lo transcendental era sacar el balón desde atrás, con ese escalonamiento interior y una amplitud por fuera, algo que provocaba que el rival no supiera cómo defender esas situaciones. Tenía el concepto del tercer hombre, esas rupturas… y luego tenía a Ronald Koeman, tíos como Chapi o Sergi, que liberaban mucho a nivel defensivo.
¿Cuesta adaptarse a un equipo que juega así?
Sí, claro que cuesta. Es complicado porque vienes de otra cosa completamente diferente, tienes que entender muy rápido conceptos y cosas que no son sencillas. Los aficionados habrán escuchado mil millones de respuestas y reflexiones suyas que tienen una lógica y una sencillez aplastante y piensas: «¿Cómo puede ser tan sencillo?». Al final, desde la sencillez es donde encuentras la dificultad, hay cosas que hay que saber hacerlas, no es de un día para otro, pero él conocía el perfil de jugador que firmaba. Johan sabía el jugador que quería y su perfil.
¿Cuándo llegaste esa pretemporada, te dio algunos inputs sobre lo que buscaba en ti?
Sí, pero él no era de charlas muy largas, sino que te decía cosas puntuales, detalles. Puntualizaciones que tenías que entender rápido y llevar a la práctica. No era un entrenador de charlas muy extensas, de meterte y pegarte una espesura táctica. No era su estilo.
¿Cómo era aquel Figo de veintidós años con el que llegas al FC Barcelona?
Personalmente, ya tenía relación con él y, como te comentaba antes, nos habíamos enfrentado mucho en categorías inferiores cuando jugaba con España y él con Portugal. Y, prácticamente, nada más llegar, esa relación ya se convirtió en mucho más próxima. Luis fue uno de los jugadores más cercanos a mí en los dos años que estuve en Barcelona. Hace unos meses, coincidí con él en un avión de vuelta de Barcelona y me dio mucha alegría verlo. Todo lo positivo que le pase a Luis a mí me alegrará. Se lo merece; es un buen chaval y, desde esa época, tenemos una muy buena relación.
¡Vaya duelos con Portugal en aquellas inferiores!
De las primeras veces en que nos enfrentamos fue en Vallecas, en la final de la Eurocopa sub-16 de 1988, que fue la primera y única vez que les ganamos, porque después, siempre que nos cruzábamos, íbamos a la calle. En nuestro equipo estaban jugadores como Mikel Lasa o Isma Urzáiz y Portugal tenía una generación sensacional con el propio Luis, Jorge Costa, Peixe, João Pinto… eran terribles, muy complicados y tremendamente difíciles de ganar. Después de aquella final, sabíamos que, cuando nos cruzábamos con ellos en cuartos o en semis, nos echaban. Ese equipo luego acabó coronándose campeón del mundo sub-20 en el Mundial que se celebró en su país en 1991.
Otro de los que llega contigo fue Robert Prosinecki, una carrera lastrada por las lesiones.
El rubio era… ¡uf! Bueno, ya en el Estrella Roja fue increíble. En esa época, muchos decían que si Prosinecki fumaba, que si se lesionaba… Bien, de acuerdo, pero estamos hablando de un jugador con una envergadura futbolística enorme. Él llegó a Madrid, que no es un sitio fácil, y el fútbol no es igual al de hoy en día, donde los profesionales se cuidan muchísimo. Pero no hay que olvidar que, además de ser un chico grandioso como ser humano, cuando Johan lo firmó para el Barcelona, venía de hacer un año enorme en el Oviedo. Él, en Madrid, tuvo muchos problemas, pero volvió a encontrarse en un sitio en el que quizá estaba liberado mentalmente, y Cruyff apostó por él porque era un perfil que le gustaba.
Vaya generación tuvo aquella Yugoslavia de Boban, Jarni, Prosinecki, Suker o Mijatovic y aquel Mundial juvenil de Chile. Si no llega a ser por la guerra de los Balcanes…
Un equipazo, creo que hubieran hecho historia.
También se fichó a Meho Kodro, que venía de romperla en la Real Sociedad, rozar el Pichichi y naufragó.
En el Barça, le costó. Al final, el FC Barcelona no es un sitio sencillo. Él vino después de Romario; al año siguiente, vino Ronaldo… El Barça siempre ha estado acostumbrado a grandes atacantes. A delanteros sobresalientes que hacían goles. Y ahí, a Meho, quizás se le notó un poquito de tensión, porque venía de hacer muchos tantos con la Real Sociedad y, en el Barcelona, estuvo un poquito más presionado y le costó algo más en ese aspecto.
Además, coincidió justo con un Dream Team que ya se deshacía en juego y resultados…
Sí, se estaba diluyendo hasta el punto en el que ese último año en el que estuvo Johan no conseguimos ganar nada.
Esa temporada 1995-1996 está marcada a nivel personal por una rotura del ligamento cruzado anterior y una lesión de menisco de la rodilla izquierda que te deja fuera varios meses.
Fue un palo. Era el primer partido de Liga, contra el Valladolid, intenté regatear a Fernando, que precisamente luego fue compañero mío en el Betis, pisé mal al caer y en cuanto ocurrió la acción, ya intuí que podía ser algo grave. Pero lo que no se me olvida de esos meses es tener una fuerza de voluntad enorme. Joan Malgosa, que en paz descanse, era el que nos recuperaba, me decía: «Ángel, creo que he tenido pocos jugadores con tu fuerza de voluntad para sacar esto adelante». En efecto, no llegó ni a los seis meses y medio y ya estoy jugando contra el Betis medio tiempo en la segunda vuelta; es decir, lo tomé muy en serio. Fue un momento complicado, pero no es comparable a cuando me sucedió la segunda vez, ya jugando en el Betis, que sí fue mucho más doloroso todo el tema de pensar en volver a pasar otra vez por lo mismo. En esa primera ocasión, me recuperé bien, volví pronto con ilusión, con ganas, jugué con Johan e incluso marqué algún gol en la parte final de temporada. Lo afronté todo como un desafío de forma natural y pensé: «Me ha tocado esto». No pensé: «Joder, qué depresión», sino: «Me ha tocado esto, tengo que hacer todo lo posible y voy a por ello».
La lesión acaba provocando que te pierdas la Eurocopa de 1996. ¿Te flagelaste mucho por no estar?
Precisamente, ese día que me lesioné, iba a ir con Nadal a la selección para jugar contra Chipre. Pero no, lo que pasó con aquella situación fue dar un cambio muy rápido a nivel mental y ponerme a trabajar, que es lo que tocaba. No hubo lamentaciones ni he llorado siquiera por ello. Al principio, cuando ocurre la lesión, sí te frustra, es normal, pero cambié rápido. Quién sabe la razón, si fue de una forma natural o qué sucedió, pero eso fue lo que pasó.
Cuando acaba la temporada, se marchó Johan, llegó Robson y jugaste poco. ¿No eras su perfil?
De inicio, comencé jugando con él, pero hay un momento en que intuyo que quiere traerse a Amunike, con el que compartía representante, José Veiga, el mismo que tenía Luis (Figo). Ahí visualicé un movimiento extraño, porque Amunike tenía mal la rodilla, como se supo después. Pero es cierto que ahí quizás me equivoqué, porque, en vez de seguir trabajando hasta el mes de noviembre o diciembre, que es cuando llegó Emmanuel, tuve minutos, estaba ahí. Es verdad que después entré en un enfrentamiento con Robson en el que el único perjudicado fui yo. Ahora, con el tiempo, entiendo que fue absurdo y, quizá, si hubiera seguido trabajando y haciendo las cosas bien, hubiera tenido más oportunidades, pero entré en un enfrentamiento con él en el que, al final, salí perjudicado.
Saber que llegaba Amunike te hizo mella.
Sí, me hizo mella y me equivoqué. Y, además, sabiendo que era alguien que era más limitado que yo, con todo respeto. Pero, en vez de reaccionar de otra manera, tirar adelante y avanzar en dirección a «voy a demostrarlo, voy a tener paciencia», entré en un enfrentamiento con él y ese año participé menos de lo que hubiera querido. Y ya, el verano siguiente, cuando ocurre lo que ocurre y me acabo marchando, Joan Gaspart me dijo que Van Gaal no le había dicho que no me quisiera, pero el Betis vino de vuelta y ahí es cierto que no tuve a nadie que me advirtiera: «Cuidado. Primero, te has lesionado; segundo, ha pasado esto. Tienes tres años más de contrato y no hay necesidad de volver ahora mismo. Párate, porque Van Gaal no ha dicho que no te quiere». Y esas son situaciones que, para mí, son claves en el paso por el Barça.
Hablas de un enfrentamiento con Robson. ¿Pero te refieres a discusiones o algo que influyera incluso en tu forma de entrenar?
Fue un enfrentamiento personal, pero en cómo entrené, nunca. Jamás. Tampoco en faltas de respeto, pero sí en una relación muy tensa. Quizá con Mourinho no tanto e intentaba estar en medio, pero con él era una situación muy complicada que pude haber evitado. Eso es un error, por ejemplo, que intento trasladarle en este caso a mi hijo Martín, a fin de que este tipo de cosas se manejen de otra forma.
Te faltó alguien que estuviera detrás de ti «Oye, espabila, que esto no tiene que ser así».
Absolutamente. Mi padre era un hombre de fútbol, pero eso no lo tenía. Pero sí es el momento de que te avisen: «Para, ten cuidado. Este no es el camino y por aquí vas a salir perjudicado tú». Es imposible ganar a un entrenador, ya que él tiene el arma más poderosa, que es no ponerte.
¿Pero no hubo ningún compañero que te diera un toque? ¿Un Pep Guardiola comentándote: «Ángel, te estás equivocando»?
No lo recuerdo exactamente, pero ten en cuenta que, al final, cada uno tiene su situación. Bastante tiene ya cada uno con lo suyo para tener que estar ejerciendo de padre o de hermano con nadie. Tampoco se lo recrimino ni se lo reprocho.
¿Y Robson? Porque parecía un alma cándida que ni siquiera hablaba español…
No lo hablaba. El que tenía peso realmente y la voz cantante era José (Mourinho). Pero también me resulta un poco feo hablar de alguien que no está en este mundo y pueda hablar. No me resulta acertado, pero, personalmente, creo que fue un entrenador que pasó sin pena ni gloria en cuanto a aportarme algo a nivel futbolístico. Insisto, Mourinho es otra cosa diferente y es el que creo que tenía más peso.
¿Se atisbaba a ese Mourinho que se convirtió en ‘The Special One’?
Sí, ya empezó a notarse. Tenía esa capacidad para hablar con los jugadores, para discutir del juego y hablar de situaciones, aunque no todavía esa personalidad tan fuerte que desarrolló después con el paso del tiempo.
Esa temporada de Robson coincides con un extraterrestre. El mejor jugador que he visto en un campo antes de Messi.
Ya somos dos. Solo entrenando con Ronaldo, ya te dabas cuenta de que era estratosférico en el sentido de que todo era balón, juegos reducidos, muchas definiciones… y él era control y para dentro, con una naturalidad increíble. Es el mejor jugador con el que he compartido vestuario, al que he podido ver y, además, hablamos de un chaval absolutamente normal. Explosividad, facilidad… le veías jugar y te dabas cuenta de que era un futbolista de otra galaxia, a años luz de todo lo que haya podido tener cerca o haya visto. En cuanto a comparación con el fútbol actual, puede ser Leo o Cristiano. A ese nivel.
Con 20 años, se echó el peso del equipo a la espalda y ganáis Supercopa, Recopa y Copa del Rey. ¿Con qué te quedas en una temporada tan complicada a nivel personal?
Con lo que me quedo, quizá, no es tan agradable, pero se trata del aprendizaje de lo que pasó y cómo no tiene que actuar un jugador joven para tener continuidad en un equipo grande.
Vuelves al Betis, pero me comentas que en ningún momento te comentaron que Van Gaal no contara contigo. ¿Qué te motivó al cambio?
La motivación fue que me daban siete años de contrato, venía de pasarlo mal, tenía la oportunidad de volver a casa, entendía que podía ser un sitio para quedarme el resto de mi carrera con un contrato alto y no hubo un padre ni un representante que me advirtiera para decir que no, que esperara tres años en Barcelona y ya habría tiempo. También hubo algunos compañeros que me llamaron para que volviera a jugar con ellos y eso fue, básicamente, lo que ocurrió.
Luis Aragonés.
Al regresar de Barcelona, me encontré con él, que era un entrenador con mucha personalidad y, para mí, de inicio, no fue sencillo después de jugar muy poco, haber pasado lo que pasé y tener, digamos, esa actitud con Bobby Robson. No te voy a decir que chocáramos, pero había que engrasar un poquito todo eso y no me resultó fácil de inicio. Además, él me veía como un jugador para estar por fuera, me preguntó por dónde me sentía más cómodo, pero me ubicó en unas posiciones en las que andaba un poquito perdido y, de inicio, me costó encontrar continuidad otra vez y volver a sentirme importante. Me viene a la cabeza entrenar como una bestia, sentirme muy bien en ese aspecto, pero, cuando tenía la posibilidad de entrar, tenía algún problemita muscular que me complicaba darle continuidad. Aquel primer año de mi regreso, eso me impidió poder estar a la altura que hubiera esperado con él. Hubo un partido en el Bernabéu al que llegué con muchísimas ganas, estaba enorme físicamente y, al minuto cinco o diez, me hice daño en el cuádriceps. Eran situaciones puntuales que no me dejaron tener continuidad con él. De Luis, siempre voy a recordar que me habló siempre muy de cara, de frente, y eso lo valoras con el tiempo. Al año siguiente, ya fue cuando, en pretemporada, nos despertaron a la una de la madrugada para decirnos que se marchaba. Con Lopera, era muy difícil, sobre todo para un entrenador de su personalidad.
¿Crees que pudo influir algo el estrés en los problemas musculares recurrentes?
Puede ser, aunque, con el tipo de operación a la que me sometí, se perdía masa muscular y, a nivel mecánico, no es lo mismo. Se trató de lesiones que no eran seguidas, pero llegaban en momentos en los que impedían tener continuidad. Después, con el paso del tiempo, todo eso se reordena y, en otros proyectos, sí pude hacerlo bien, aunque ya no eran proyectos de primerísimo nivel.
En el Betis, te encuentras nuevamente con Javi Clemente.
Él continúa siendo exactamente el mismo y eso es vital. Seguía generando un ambiente muy bueno y muy sano alrededor del equipo, pero el presidente era muy complicado. Al igual que Luis, eran entrenadores que no tenían nada que ver con los presidentes, que eran poco fiables a la hora de ser honestos, de ser personas que, al final, no te digan una cosa y hagan otra. Lopera estaba acostumbrado a que todo el mundo le llevara la maleta y que nadie de los que estaban a su alrededor le dijera lo que no quería oír. Eso, con entrenadores como estos de los que hablamos, era complicado y, entonces, te cortaba el cuello. Él tenía que tener a gente que pudiera controlar, y Clemente no lo era. Esa temporada en la que llegó Javi fue cuando tuve la segunda lesión, en este caso en la rodilla derecha; me operaron en Sevilla y vine a Madrid a recuperarme a la Clínica Cemtro.
En aquella segunda etapa, teníais también un equipazo… pero acabáis descendiendo.
Nosotros nos fuimos a Segunda con Alfonso, Finidi… estamos hablando de jugadorazos con un nivel enorme. Futbolistas tremendos. Había una gran plantilla, sobre todo Alfonsito, que ha sido mi compañero desde los escalafones inferiores de España y ha sido siempre un jugador absolutamente diferencial.
Tras ese descenso, un nuevo ascenso. Sin embargo, explota todo con Lopera, que te acusó de no rendir y acabas fuera del club.
Sí, bajo rendimiento voluntario, cuando había sido el cuarto o quinto jugador que más veces había sido convocado y el tercer máximo goleador del equipo.
¿Cómo se vive esa situación?
Ahí sí que pasé un mal trago, ya que estaba en el sitio que era mi casa y que él reaccionara de esa manera… Aunque, luego, con el paso del tiempo, observas que, hasta cierto punto, era lógico, porque miras su histórico y su forma de ir por la vida era esa. Tampoco es cuestión ahora de hablar de un hombre que no está entre nosotros y, además, falleció hace poco. Pasé un calvario y tuvieron que pasar años para demostrar que, efectivamente, fui un jugador honesto, no hubo un bajo rendimiento voluntario, se me despidió de forma improcedente y tuvo que asumir las consecuencias de todo eso. Aunque tuvo que pasar mucho tiempo para que sucediera.
¿Nunca encontraste una razón por la que pudiera hacerlo?
Entiendo que hubo un informe de alguien que tampoco está entre nosotros. Y que, quizá, ese informe, por algún motivo que desconozco, no fue el acertado; él hizo caso y creo que fue un poco el detonante. De todos modos, las cosas en el Betis, en ese momento, se hacían como se hacían… Él manejaba todo y lo decidía todo. Para mí, fue algo sorprendente, porque, ¿podía tener un rendimiento mejor? Sí. Pero, en cualquier plantilla, ¿cómo eres capaz ahora mismo de decir que hay un bajo rendimiento voluntario? ¿Que un tío lo hace mal porque quiere?
¿Tu relación con Lopera era buena, lo típico de las tarjetas de El Corte Inglés como al resto?
Sí, normal. Como con todos los demás. Personalmente, no tenía mala relación con él hasta ese momento, así que lo primero que hizo fue sorprenderme. El club llamó para decirme que tenía que buscar una solución para salir. Pregunté por qué y entonces ellos no me dieron muchas más opciones. Ni siquiera quisieron hablar de qué forma lo podíamos mirar, pese a que tenía contrato y no podía renunciar a él. Al final, tenía que buscar una solución rápida, que no era lo que quería, y fue ahí donde todo se precipitó y saltó esto.
En un sitio tan futbolero como Sevilla, ¿cómo notabas a la ciudad? ¿Estaba contigo o con Lopera?
Estuve mal. Él los tuvo engañados, como así se ha demostrado: cometió los delitos que cometió con el club, porque así lo señaló una jueza que tuvo las narices de decir que hubo desvío de capital, apropiación indebida… en fin, que lo enjuiciaron por eso y lo condenaron. Él dejó al Betis con un problema económico grande y, entonces, la gente despertó de aquel que había llegado autoproclamándose como el Mesías y el salvador de la entidad. Sin embargo, en aquel momento, la situación era distinta, me tiró a todos encima y lo pasé muy mal. Había muchos conmigo, pero otros no, aunque ahora mismo no se lo tengo en cuenta a nadie ni se lo achaco, porque, por aquel entonces, él era Dios. Ahora, una vez se ha destapado un poco lo que era aquello, no le guardo rencor a nadie ni muchísimo menos, pero el trago fue malo. Y no solo para mí, sino también para mi familia.
¿No valoraste buscar la ayuda de un psicólogo?
En ese momento, no te lo planteas. Era una época muy distinta a la que vivimos ahora, en la que tienes muchísimos recursos que no tienen nada que ver. Antes, era todo como era.
¿Pensaste en retirarte?
Sí. Fueron meses muy malos, hasta el punto en el que no quería jugar más. Me marché de Sevilla, dado que la presión era enorme, y fui a Barcelona. Una vez allí, Pep (Guardiola) me comentó que me podía ir a entrenar con Emili Ricart y me puse a entrenar con él, a subir La Mola, en la montaña, hasta que hubo un momento en que me comentó: «Vete a ver a Xavi Villena», que, por aquel entonces, estaba en la dirección deportiva del Nàstic, «y así, por lo menos, tienes la oportunidad de jugar con ellos y te entretienes». Fui para allá sin ninguna perspectiva y ninguna esperanza de nada, simplemente pensando en ir y probar. Empecé a entrenar con ellos, comencé a divertirme y creo que ellos no se atrevieron a proponerme nada porque no contemplaban que pudiera jugar en Segunda con ellos. Estuve así alrededor de un par de meses hasta que Xavi Villena me preguntó: «Oye, ¿tú contemplarías la posibilidad de estar aquí?». Le respondí que lo que buscaba en ese momento era volver a encontrarme a mí mismo, quitarme todo el lastre que llevaba encima y poder volver a sentirme jugador. Así fue. Habían hecho 17 o 18 puntos en la primera vuelta, en la segunda, hicimos más de treinta y metí bastantes goles.
Los aficionados del Atlético de Madrid no se olvidan de que les amargaste unas horas un ascenso en ese 3-3.
Hice el 2-2 cuando faltaban unos veinte minutos; luego, el Petete Correa marcó el 3-2 a apenas diez minutos y, cuando faltaban dos o tres, hice el 3-3 con una falta que el Mono Burgos no la vio ni salir. Jesús Gil ya tenía todo acordonado e incluso la grúa para subir a Neptuno. «¡Qué me habéis hecho!», me decía, aunque le respondí: «Pero, presi, si vais a subir mañana». «¡Pero hoy ya no!» (risas). Y así fue, porque el Leganés ganó en Huelva y, al final, acabaron ascendiendo. Ese año, me encontré como jugador, estaba liberado, con unas ganas locas y me había quitado todo ese lastre mental, así que hice muchos goles y me lo pasé muy bien.
Con el Nàstic también marcaste un gol al Real Madrid en Copa del Rey.
Sí, fue un gol prácticamente nada más empezar y que curiosamente estuvo varios años como el más rápido que se había anotado en el Santiago Bernabéu en Copa del Rey. En aquel partido coincidí con Figo y hubo un momento en que se me acercó para preguntarme qué hacía ahí. «Pues ser feliz».
Esa segunda mitad de temporada te pone en circulación y aparecen Alavés y Celta en Primera.
Eso del Alavés lo tengo un poco grabado a fuego porque era una opción muy bonita y que me gustaba mucho. Ellos venían de jugar aquella final de la UEFA contra el Liverpool y me daban dos años, más uno opcional. Sin embargo, me empeñé en que fueran tres años, pasó el tiempo y ahí se rompió. Me esperaron bastante, pero se acabó rompiendo y me arrepiento toda la vida. Después, la otra opción que tenía era el Celta, que estaba pendiente de Gustavo López y, al final, no se hizo. Fue ahí donde se me fueron las opciones que entendía que eran las más interesantes y, después, todo lo que tenía era a nivel de Segunda División.
En esa situación, por un tema familiar, decidí intentar hacer lo mismo que sucedió con el Nàstic y volví a un sitio en el que poder sentirme a gusto, cómodo y donde volver a ser feliz en ese sentido, después de no conseguir engancharme de nuevo a esa élite por un error mío. Apareció el Racing de Ferrol, que hizo una apuesta destacada por mí, y estuve un año en el que, nuevamente, volví a hacer muchos goles y me encontré nuevamente, aunque el equipo no iba. Por aquel entonces, teníamos a Ikechukwu Uche entrenando con nosotros sin ficha: «Hay que hacerle ficha ya a este chaval, ¿qué hacéis?», les sugerí. Por aquel entonces, tenía 18 o 19 años y no veas cómo destacaba en los entrenamientos, era una auténtica máquina. Al final, le acabaron haciendo ficha en enero, pero descendimos.
Mientras tú cambiabas de equipo, en tu casa de Sevilla vivía Martín Palermo.
Sí, vivió en mi casa mientras era jugador del Real Betis y yo no estaba allí. Incluso lo comentaba él mismo en su biografía. Martín era un chaval excepcional, educadísimo y encantador. Hubo un día que me llamó porque rompió una puerta de una patada después de que no lo convocaran para un partido (risas). Me estuvo pidiendo disculpas y diciendo que me la pagaba, pero ya le respondí que no pasaba nada.
Con el Levante, asciendes a Primera.
Pese al descenso, había tenido un buen papel en el Racing de Ferrol, marqué varios goles, ese verano tuve algunas opciones y decidí que el mejor proyecto para avanzar era el Levante. El equipo estaba haciendo una apuesta fortísima con jugadores como Sandro, Alexis o yo, que teníamos cierta veteranía, pero todavía juventud. David Aganzo, Riverita… se hizo un proyecto muy interesante para intentar ascender con Manolo Preciado a la cabeza, que era un experto en la gestión de grupos y fue clave para que el equipo funcionara y ascendiera ese año. Luego, la siguiente temporada fue la última que tuve en la élite, porque tuve otra vez muchos problemas musculares que me impidieron rendir con Bernd Schuster, que llegó ese verano y, curiosamente, ya me quiso para el Xerez en su día.
Háblame de Schuster. Siempre que pregunto por él, se limitan a decirme: «Es alemán».
Precisamente, ahora coincido mucho con él y le tengo mucho aprecio. Me parece un tipo sanísimo, evolucionado a mejor y, efectivamente, con su carácter alemán, aunque ahora mismo es un tío que podría ser de Cádiz. Es mucho más divertido de lo que parece. Ahora es vecino, así que lo veo bastante y estamos tiempo juntos. Como te comentaba antes, Bernd ya me quiso fichar para el Xerez en su día debido a que era un perfil de jugador que le gustaba y, durante mi último año en el Levante, él intentó que estuviera ahí, pero tuve problemas en el tobillo, no hubo continuidad y fue un año complicado en ese aspecto. En la recta final de esa temporada, él se marchó, apareció José Luis Oltra y le fui sincero desde el principio: «Míster, quizá no estoy para aportar en el campo, pero fuera te voy a ayudar en todo lo que haga falta». Y, a día de hoy, él todavía me lo agradece. Podría haber sido un veterano que actuara de otra forma, pero le ayudé en todo lo que pude para que el equipo pudiera estabilizarse en la categoría, aunque, al final, acabó descendiendo en Villarreal en la última jornada. Tuve un papel de ayudante, de animar a los compañeros, hacer algo fuera del campo, porque dentro no pude hacerlo. Y ese fue mi último año en la élite.
Pero seguiste dando patadas al balón…
Después, vinieron otras cosas que, para mí, han sido interesantísimas, muy divertidas y que nunca pensé que pudieran haberse dado. La primera fue en Lugo. Ya no tenía ganas de seguir jugando y lo que me apetecía era irme a casa, pero un compañero me dijo que fuera para allá. Ya tenía 33 años y, cuando le pregunté por el equipo y en qué categoría estaba, me respondió: «Tercera». En ese momento, empecé a pensar en campos de tierra y se lo comenté: «Estás loco, tío, me van a matar a palos, no puedo jugar en Tercera. ¿Qué voy a hacer ahí?». Él me respondía que me estaba equivocando, que el Anxo Carro era un campazo y que los estadios de Galicia eran muy chulos, así que me reuní con Carlos Mouriz, que ahora está de director deportivo del Racing de Ferrol, y me decidí a probar. Nos pusieron una furgoneta, con la que incluso me hice una foto para una publicidad, e íbamos cada día varios jugadores de A Coruña a Lugo, como Braulio Vázquez, que ahora está en la dirección deportiva de Osasuna. A partir de ahí, comencé a tener una relación increíble con todos los jugadores, porque eran chicos que trabajaban mucho, siete u ocho horas al día, y luego iban a entrenar, algo que, para mí, era impensable. No había tocado esas categorías y les cogí un cariño enorme. Hice 25 o 30 goles, porque, al final, pensaba y ejecutaba de otra forma. Además, había un equipo muy interesante y ese fue el inicio de lo que fue el Lugo después en Segunda División B y Segunda A. De hecho, al año siguiente, jugué en Segunda B, lo asentamos en esa categoría y fue cuando me marché.
En ese punto, otro compañero que había estado en Ferrol conmigo, Manel, me convenció para hacer otro año en Tercera. Era el Narón, un equipo que tenía diez años de vida y con el que conseguimos jugar el playoff contra el Antequera; también metí 25 o 30 goles. Ahí fue el momento en el que pensé: «Ya está, me tengo que ir». Sin embargo, estas experiencias te ayudan a conocer otro fútbol, ver cómo otras personas ven el mismo deporte, jugadores que están compartiendo plantilla contigo. Fíjate hasta el punto al que llega esto, Iván, que, en Lugo, tenía un seguro de lesiones que tuve que hacerme en su día cuando volví del Barça, que no me excluía los desgastes de cartílago en la rodilla. En noviembre o diciembre, me vencía; tenía la oportunidad de manejar eso y cobrar una póliza importantísima… no fui capaz de dejarlos tirados y decidí seguir. Podría haber alegado que me dolía la rodilla y, seguramente, hubiera podido cobrar la póliza, pero no fui capaz. Y no lo hice por el cariño que nos teníamos mutuamente, la fe que ellos me tenían como compañero y que no quise dejarlos. Por suerte, al final de ese año, ascendimos. Son compañeros con los que, a día de hoy, todavía mantengo relación y esa fue una de las mejores experiencias de todo lo que he podido tener en mi carrera.
Luego pasas a los banquillos, pero estás poco tiempo. Parece que es complicado meterse en la rueda.
Muchos dicen que, como hemos sido jugadores, lo tenemos más fácil, pero no es así. No es nada sencillo. A mí, personalmente, es algo que me apasiona. El pie de campo me encanta, creo que tengo capacidades para la gestión de grupos, pienso que es algo que he desarrollado bien y me voy tranquilo en esa faceta. Empecé desde abajo, con alevines en la Federación Gallega, cadetes en el Ural y, después, soy capaz de entrenar en Payosaco, en una categoría en la que ascendimos a Preferente. Fui dando todos los pasos, de ahí, salté a Tercera División en un proyecto fuerte con el Cerceda, hicimos playoff dos años después y salí de una forma extraña, yendo segundo.
Al poco tiempo, encontré un proyecto con el Jumilla en Segunda B, en el que creo que desarrollé un trabajo muy bonito y el equipo, los jugadores, estaban contentísimos y hubo partidos de nivel, pero, al final, nos faltaba esa suerte en las áreas y no pudo ser. ¿Y qué ocurrió? Dejo ese proyecto, después, tengo esa posibilidad de poder engancharme a proyectos interesantes como el Córdoba B en Segunda B, que, además, era un equipo tendente a llevar a entrenadores al primer equipo, pero parece que, por alguna razón, pregunto y me dicen que no puedo entrenar ese mismo año, aunque no era la misma categoría. Ahí se me escapa la posibilidad y ese año me paré un poquito. Luego, aparezco aquí, engancho con la televisión y, una vez que lo hago, me acomodo en ese aspecto. Me pregunto: «¿Dónde voy? ¿A qué proyecto?», mis hijos empiezan a crecer, Martín empieza con esto del fútbol, vuelvo a ser padre… hay alguna posibilidad, pero no me acaba de convencer. Además, la televisión es un medio que me da una estabilidad enorme y me decanto por eso.
Entonces, ¿has cerrado la puerta a los banquillos?
Ahora mismo, es complicado. Muy difícil. No sé qué tipo de proyecto y cómo tendría que ser para que mueva la silla, y levantar el tinglado, pues, además de los dos hijos pequeños, también tengo los dos mayores y no es fácil, nada sencillo. La vida que tengo, en ese aspecto, es relativamente estable y cómoda como para que un banquillo la cambie. Sin embargo, no te lo dejo de reconocer, me apasiona.
El olor a césped.
No hay nada como eso.
¿Cómo surge lo de empezar en los medios?
Mi amigo Dani, Daniel Fernández, me comentó un día que, si quería, podía hablar con Felipe del Campo para ver esta posibilidad. Nunca había estado en el medio, pero fui a probar un día a Gol TV con el tema del Betis. Parece que a Felipe le gustó, volví a las tres o cuatro semanas y luego me volvieron a llamar otra vez. Poco a poco, empezó a hacerse asiduo porque veían que daba el perfil y hacía mucho tiempo. De ahí, salté a las tertulias en BeIN Sports y, después, automáticamente, empecé con LaLiga TV a hacer como cuatro partidos cada fin de semana, Betis y Barça siempre y otros dos. Luego, entre semana, casi siempre hacía uno de Champions, otro de Europa League y tuve mucha continuidad. Ahí hubo un cambio, dejé de estar en LaLiga TV, pero seguí vinculado a Movistar, haciendo el Betis, fundamentalmente, en Europa. Ahora, además, también tengo un tema pequeño en ABC de Sevilla, en Al final de la Palmera. Todo esto, junto con un poco la carrera de Martín, conciliar la vida con dos niños pequeños… es donde se ocupa mi tiempo y es el enfoque de vida que tengo ahora. ¿A dónde irá? No lo sé, pero ese es un poco mi esquema vital.
¿Quién te dio los mejores consejos en esos inicios en televisión?
Tenemos un amigo en común, que no es porque lo sea, pero le tengo un cariño enorme. Es Rubén (Uría), un hombre que tiene una gran valía profesional y personal. También he tenido la suerte de tener narradores cerca que son también buenas personas, como Jordi Pons o Alberto Pérez, profesionales que creo que me han aportado muchísimas cosas. Además, hay una cosa que algunos no ven, pero es la cantidad de profesionales que están detrás de cuando ves un programa, el comentario de un partido, una narración o un programa de deportes. Son muchas personas que están cuidándolo todo para que eso se pueda llevar a cabo: vestuario, técnicos de sonido, editor, productora… hay mucha gente a la que coges mucho cariño. Y, volviendo a los consejos, he tenido la suerte de estar con muchos profesionales. Y sigo estándolo ahora, compartiendo mesa con Susana (Guasch) y Javi (Muñoz), que son sensacionales. Después, tengo a Axel al lado, Pichi Alonso, compañeros como Moyá, Nacho Monreal, Rafita Alkorta… Para mí, es un lujazo cada vez que voy y me lo paso como si estuviera en un parque de atracciones. Es algo que me gusta y creo que se me da bien, porque me siguen llamando.
¿De qué te arrepientes?
Muchas veces, le digo a mi hijo: «Tío, he sido campeón del mundo en equivocarme, de cagarla». Y te sigues equivocando, pero intentas hacerlo lo menos posible. A nivel deportivo, aun entendiendo que volví a mi casa cuando salí del FC Barcelona, creo que podría haber manejado mejor algunas situaciones a nivel personal, por lo que justificar o recriminarle a alguien que no fuera capaz de haberme ayudado me parece un poco injusto. Era joven, tenía veintitrés o veinticuatro años, pero podría haber manejado algunas situaciones de otra manera para haber sido mejor jugador, haber hecho más cosas para ser mejor jugador.
Ahora lo pienso: «Joder, podría haber hecho tantísimas cosas para haber sido mejor jugador». Hay esa información que antes no teníamos, pero podría haber hecho más para ser mejor futbolista. ¿Cómo qué? No lo sé. Al final, la información que había era la que había. A nivel de alimentación, suplementación, etcétera, no tiene nada que ver con lo de ahora.
Y, después, a nivel personal, muchas. Creo que nos da para otras dos horas y eso mejor lo dejamos para la biografía, porque han sido muchos errores, algunos de ellos provocados, quizás, por el momento en que dejas de jugar, no tienes necesidad económica y ahí sufres un croché de izquierda que te deja absolutamente noqueado y valoras: «¿Qué hago?, ¿dónde voy?, ¿dónde estoy?, ¿qué pasa?» hasta que te vuelves a ubicar con pequeñas motivaciones. Sí que cometes errores de esos que te llevan a pensar «me he equivocado», aunque nunca lo he hecho de forma premeditada, porque lo que sí llevo por bandera es que soy buena persona. Eso lo he sido siempre y, aunque me haya podido equivocar, no ha sido de forma consciente para herir a nadie. Me quedo con eso, creo que soy buena persona. Los que me conocen realmente, que se molestan en conocerme, saben que están delante de una buena persona. Esto, para mí, es muy significativo ahora mismo y, por eso, intento que los que están cerca de mí se equivoquen lo menos posible. De cualquier modo, les podré decir algunos de los errores que he cometido, pero tendrán otros.
Ahora estás mejor que cuando jugabas.
Sí, porque ahora, posiblemente me cuido mejor y con más recursos de los que tenía antes. Quiero decirte que, aunque uno, alguna vez, dé, como digo yo, «un apretón al acelerador del coche» porque, si no, el motor pierde fuerza y hay que darle un apretón para que abra, generalmente, mi vida es de orden.
¿Tu mejor momento?
Mi mejor momento son muchos, pero, en definitiva, es el mismo: el juego. Tengo el recuerdo de jugar, de haber jugado al fútbol, la parte que podríamos llamar «romántica» de todo esto, que creo que es lo mejor que me ha pasado, dejando a un lado lo personal. Me lo he pasado muy bien con los veteranos, tanto del Barça como de la selección española, y he estado en muchos sitios, como México, Dubái o El Cairo, pero hace tiempo que no le doy una patada al balón. Sin embargo, no hay una semana que pase sin que sueñe que hago un regate o meto un gol.
Y, cuando sueñas que marcas esos goles, ¿qué camiseta llevas?
La del Real Betis Balompié.












Pingback: Ángel Cuéllar: Su paso del Barça al Betis y la importancia de la llamada de sus compañeros - Hemeroteca KillBait
Muy buena entrevista. Me la he leído entera (y soy del SFC 😏). Interesante su vida deportiva.