Entrevistas Futbol

Eloy Olaya: «Vi hace poco el penalti del 86 con los chavales del Sporting, y les dije: mirad, no se acaba el mundo»

Una guía de la temporada que pasó en el Badajoz, última de su carrera como futbolista, describe a Eloy Olaya (Gijón, 1964) como un delantero que «se mueve con soltura y habilidad en la mediapunta. Ratonil y oportunista en el área». Casi treinta años después, nos recibe Eloy en la sede de la promotora que regenta junto con su hermano. La ciudad cuya foto satelital cuelga de una de sus paredes recuerda, ante todo, a este hijo de una de las hornadas doradas de Mareo como integrante de un hoy quimérico Eurosporting, capaz de derrotar al Milan de Arrigo Sacchi. Valencia, ciudad en la que recaló después, como mitad de la dupla eléctrica que formó a principios de los noventa con el búlgaro Lubo Penev. El resto de España, ay, por un crucial penalti fallado en el estado Cuauhtémoc de Puebla, durante un Mundial que acabaría ganando la Argentina de Maradona. Viene a ser Eloy parte de una generación bisagra entre dos fútboles: empezó su carrera en uno en el que futbolistas de Primera División podían ganar la lotería comprada en una sidrería de barrio; la terminó en los años de la Ley Bosman y los primeros fichajes milmillonarios y guerras televisivas. Michael Robinson —nos contará— siempre le recordaba que marcó el primer gol codificado.

Eloy: naces en Gijón en 1964. ¿A qué se dedicaban tus padres?

Mi padre fue trabajador de una carpintería, luego regentó una, y posteriormente fue promotor y constructor durante muchos años. Mi hermano, que es siete años mayor que yo y arquitecto, y yo continuamos después ese camino. Mi madre había estado en una tienda que tenían en frente de la playa de San Lorenzo, en la escalera 5, pero luego la vendieron y se dedicó a las labores del hogar; a cuidarnos a mi hermano, que marchó muy joven a hacer la carrera, y a mí; estar pendiente de que hiciera los deberes y demás. Eran otros tiempos. Mi padre marchaba a trabajar a las ocho de la mañana y volvía a las ocho de la tarde. Venía a buscarme al colegio cuando entrenábamos.

El Colegio de la Inmaculada, cantera de grandes futbolistas gijoneses.

Sí, sí, sí. Primero Herrero II, posteriormente Zurdi y yo, más tarde Manjarín, Ricardo Bango, luego PabloPérez,PedroSantacecilia… El colegio tenía un campo pequeñito de arena, y ahí empecé a jugar. Bueno, empecé a jugar en la calle, en la plazuela de San Agustín y en la playa. Yo vivía en el número 3 de la calle Capua, la plazuela estaba delante, y jugabas allí con los bancos de porterías, o incluso con dos quioscos que había a cada extremo de la plaza. Nadie protestaba, ni se quejaba, ni siquiera los dueños del quiosco. Otras veces hacíamos las porterías con una mochila, un jersey, una sudadera… Hacíamos campeonatos y todo.

Del Inmaculada al Sporting. Debutas con el primer equipo muy joven, con quince años, en un partido de Copa del año 1979. Y con estrella: anotas el primer gol.

Había habido interés del Sporting ya al acabar el primer año de infantil, pero mi padre dijo que era muy pronto; que era muy joven; que jugase un año más en el colegio y que el año que venía, si seguían interesados, hablarían. Al acabar infantil, coincidió que no había cadetes, y en el setenta y nueve paso al Sporting juvenil. Lo de la Copa fue porque el Sporting B también jugaba la Copa del Rey, de la que había quedado eliminado, y aunque el primer equipo necesitaba futbolistas, y en este caso delanteros, no podía coger los del filial.

En aquellos años los filiales jugaban la Copa y hasta podían llegar a la final, como sucedió con aquel Real Madrid-Castilla.

Exacto. Eso pasó justo un año después. Pues nada, me llamó Novoa. Recuerdo que estaba en el colegio, era un martes, y llaman a la puerta y la profesora, o el profesor, no recuerdo ya, me dice: «Eloy, tienes que subir para Mareo». Me quedé asustado. Salí y estaba mi padre esperándome con el coche a la entrada del colegio, donde las cadenas. El Sporting había llamado al colegio para preguntar si no había inconveniente en que saliese para subir a Mareo: entrenaban a las once. El partido era al día siguiente contra el Turón: antes, las eliminatorias de la Copa del Rey eran con equipos cercanos, de la provincia. Entrenamos otra vez por la mañana y por la tarde jugamos en Mieres, en el Hermanos Antuña, porque el campo del Turón era muy pequeño, y ganamos cero a cuatro. El primer gol lo marqué yo, de cabeza.

Eres el jugador más joven de la historia del Sporting en jugar un partido oficial y en marcar un gol.

Sí. El más joven en jugar un partido oficial, que no de Liga, donde debuto ya con dieciocho años, en el ochenta y dos.

Debutas contra Osasuna.

Sí. En el ochenta y dos, viene Vujadin Boškov del Madrid, y subimos del Sporting B —con el que habíamos subido de Tercera a Segunda B, con José Luis Viesca de entrenador— una tralla de jugadores: Tocornal, Mino, Ablanedo; Esteban, Vallina y Villa, que habían venido de Avilés, del Ensidesa; yo, Nacho, Zurdi

Empiezas a jugar en un Sporting en el que ya no está Quini, aunque después volverá. ¿Se notaba mucho su ausencia?

Pesaba, sí, o preocupaba, más bien, por la faceta goleadora. El equipo, cuando yo entro, venía de jugar aquella final de Copa contra el Madrid, pero también de salvarse en la última jornada contra Las Palmas y de que hubiera un momento en el que estaba prácticamente en Segunda División. Pero había buenos futbolistas.

¿Qué tal Boškov?

Era muy moderno. Veníamos de una época en que el entrenamiento era muy largo y con baja intensidad. Con su faceta técnica, su faceta física y su faceta táctica, pero muy largo. Normalmente, no te bajaba de una hora y media, y luego por la tarde. En cambio, con Vujadin llegamos a hacer entrenamientos de una hora. Muy intenso, mucho balón por el medio… Hacía trabajo físico, también: no traía preparador físico, algo que ahora es impensable. Se apoyó en Tati Valdés, que ejercía de segundo entrenador, y en preparadores físicos que había aquí, pero él traía su idea, entiendo yo que de la escuela yugoslava. Yo, aquella primera temporada, compagino jugar con el primer equipo y con el filial. Es en la segunda temporada de Boškov cuando ya soy un componente más de la plantilla y juego treinta y tres de treinta y cuatro partidos que tiene la competición.

Era un tipo excéntrico, ¿verdad? He leído que os organizaba hasta los paseos.

Él decía que los jóvenes tenían que estar a merced de los veteranos. Si un veterano le decía a un joven «yo me siento ahí», el joven se tenía que levantar. Llegó prácticamente a decirnos que les dejáramos preparadas las botas a jugadores como Antonio Maceda, Mesa, Uría, Joaquín, Cundi… Y sí, lo de los paseos. Él iba delante y después los veteranos, y los jóvenes nunca podían sobrepasar a los veteranos. Normas un poco militares, pero aceptadas por todos por la convivencia y el buen trato. Siempre digo que la gente joven que subimos en aquella hornada debemos mucho a los veteranos, que eran los que daban el callo, asumían las responsabilidades y mantenían la convivencia. Los respetábamos, pero ellos también nos respetaban a nosotros. Nos aconsejaban, nos hacían madurar. Cuando vivíamos situaciones complicadas, notabas el peso de su tranquilidad: «Tranquilos, que esto lo sacamos adelante». Y al revés: cuando las cosas iban bien, sabían reposar la euforia.

La estrella del Sporting post-Quini al que tú te incorporas es Maceda, que después será vendido al Madrid. El Sporting se había vuelto un club vendedor.

Bueno, vendedor siempre lo fue: ahí están los traspasos de Quini, Churruca, Morán… El año en el que yo llegué al Sporting fue complicado económicamente. Se nos debía dinero del año anterior, había muchos retrasos en el cobro de las nóminas… Recuerdo un partido de Copa, creo recordar que contra el Atlético de Madrid, en el que nos negamos a entrenar, para forzar la situación.

Quini vuelve en 1984, a sus treinta y cinco años. ¿Qué tal ese regreso?

Bien, bien, muy bien. Vino con una predisposición fantástica y una ilusión tremenda. Y para nosotros, los jóvenes, supuso una inyección de sabiduría. Futbolísticamente, Quini era increíble. Fue mi ídolo de niño y, luego, mi maestro de profesional. Con Novoa hacíamos mucho trabajo de definición, de remate, y acabábamos con distintas situaciones de finalización: mano a mano, remate directo… Y Quini, que rematando era espectacular, nos enseñaba a rematar de primeras según venía, a rematar de volea, de semi volea… A veces veía que metías la pierna que no era la adecuada y te lo decía: «¡Mete la izquierda!». Era un fenómeno.

¿Qué tal Novoa?

Muy bien. Supo manejar el fin de ciclo de veteranos como Abel o Enzo Ferrero. La última temporada de Boškov había sido normalita. Normalita para entonces, claro: quedar el trece en Primera División hoy sería la hostia, ¿eh? Con Novoa jugamos dos competiciones europeas seguidas: en su primera temporada, 1984/1985, acabamos cuartos; y en la segunda, sextos.

El Eurosporting. De esas dos uefas, en la primera jugáis y sois eliminados por el Colonia. En la segunda, por el Milan, que os derrota en Italia, pero al que habíais ganado en El Molinón. Los aficionados se habían concentrado a las afueras del hotel en el que se alojaba el Milan para impedir dormir a sus jugadores con cánticos, que Gullit y Van Basten trataron a duras penas de apagar moviendo los colchones contra las ventanas.

Sí, eso dicen (risas). Ganamos uno a cero. Un partido brillante contra un equipo espectacular; el todopoderoso Milan de Arrigo Sacchi. Ahí estaban, además de Van Basten y Gullit: Baresi, Ancelotti, Donadoni… Ese mismo año consigue quedar campeón de Liga, y posteriormente, de la Copa de Europa. Pero aquí llegó con problemas. No habían empezado bien la Liga, en la Copa de Italia habían quedado eliminados y la derrota aquí les supuso un palo tremendo.

Estuvo a punto de costarle el puesto a Sacchi.

Sí, sí. Acababa de coger el equipo con los planteamientos que todo el mundo conoce: la defensa muy adelantada. Y allí en Italia —en Lecce, que no en San Siro, porque estaban sancionados— nos metieron tres cero, pero si hubiésemos pasado nosotros la eliminatoria, posiblemente Berlusconi, que era el presidente, lo hubiera destituido. Después de aquella victoria enderezaron un poco el rumbo. En la UEFA, después los eliminó, creo recordar, el Espanyol de Clemente, que luego llegó a la final, pero en Liga encadenaron dos o tres victorias seguidas y al final quedaron campeones.

En esta primera etapa en el Sporting, vives un par de cuartos puestos. ¿Ganar la Liga era un objetivo en el que creyerais?

No, no. El objetivo, que parece increíble ahora, era entrar en competición europea; en la UEFA. No era fácil, porque para la Copa de Europa, la Champions ahora, solo se clasificaba el campeón. El de Copa de Rey iba a la Recopa, y solía ser uno que quedase segundo, tercero o cuarto. Así que el quinto, y a veces el sexto, entraban en UEFA. El objetivo era quedar ahí. En la temporada 87/88 ya no lo conseguimos. Fue una temporada convulsa, en la que muchos jugadores terminaban contrato, y también Novoa. El club necesitaba vender y lo más jugoso éramos Juan Carlos Ablanedo y yo, que éramos jóvenes y estábamos en la Selección, tanto en la sub-21 como en la absoluta.

Como internacional, disputas dos grandes torneos: el Mundial de 1986 y la Eurocopa de 1988. ¿Qué tal aquella Selección?

Siempre digo que a aquella Selección le pasaba un poco lo que al Sporting. Había habido buenas hornadas muy jóvenes en distintos equipos. En el Barcelona, Calderé, Soler, Rojo… En el Madrid, los Míchel, Butragueño… En el Athletic de Bilbao, Zubizarreta, Julio SalinasTomás, del Atlético de Madrid, Quique Setién, del Racing de Santander… En el Sporting, Ablanedo, yo… Lo que hizo bien Miguel Muñoz fue mezclar esa hornada con veteranos que venían del varapalo del ochenta y dos y de la final del ochenta y cuatro, como Camacho, Maceda, Goikoetxea, Víctor, Rincón… Se hace un grupo fantástico en el que hay una mezcolanza de jugadores del Real Madrid, no muchos, jugadores del Futbol Club Barcelona, no muchos, y jugadores de otros equipos. Y lo mismo que en el Sporting: los veteranos son los que tiran del carro cuando hay problemas. Éramos un grupo muy unido, una piña. Yo debuto en noviembre del ochenta y cinco.

¿Clasificación para el Mundial?

No, un amistoso.

México 86. ¿Cómo era la convivencia? Los internacionales del basket jugaban a la pocha. Vosotros ¿a qué jugabais?

A las cartas se jugaba mucho, y también al ping-pong, al billar… Salías a pasear, leías… No había televisión en las habitaciones, y la comunicación de entonces era la que era; no había teléfonos móviles. Para llamar a España, tenías que pedirlo a centralita, y solo había dos o tres líneas, pero, aparte de nosotros, estaban los delegados de la Federación e incluso medios de comunicación que a veces necesitaban esas líneas. Pero nos entreteníamos. En aquel Mundial fue todo muy complicado, muy caótico, pero eso contribuyó a que hiciéramos piña. Con la Federación había problemas de primas, con los hoteles… La concentración previa, diez días antes de que empezase el Mundial, la hicimos en Tlaxcala, para adaptarnos a la altura, y el hotel era un sitio tristísimo y lamentable. Ahora sería impensable meter ahí a cualquier Selección. Para ir a entrenar, teníamos que coger un autobús en el que echábamos media hora, tres cuartos. Entre medias, fuimos a jugar dos partidos a Guadalajara, donde íbamos a jugar luego, y volvimos; aquel hotel sí que estaba fenomenal. Hubo un momento en el que dijimos: «Joder, ¿quedamos aquí?». Pero teníamos que volver a Tlaxcala, porque habíamos dejado cosas. A todo esto, hubo unos que pillaron la venganza de Moctezuma y estuvieron bastante fastidiados antes de empezar la competición, con cagalera y vomitonas.

Empieza el Mundial. Derrota contra Brasil y, luego, dos victorias contra Irlanda del Norte y Argelia.

Contra Brasil se jugó fenomenal, pero hubo aquel famoso nogol de Míchel, que bota dentro, y luego el gol de Brasil en posición un pelín adelantada de Sócrates. De aquella no había una toma muy buena, pero ahora posiblemente entraría el VAR y lo anularía. El segundo partido también se dio bastante bien, con el gol de Butragueño nada más empezar, a los cinco minutos, y ya en la segunda parte otro de Julio Salinas. Esos dos primeros partidos fueron en Guadalajara. Yo entro en la convocatoria en el tercer partido, contra Argelia, en Monterrey.

Con Miguel Muñoz había dos Españas: la titular y la suplente. La titular siempre era titular y la suplente siempre era suplente. Había dos o tres reservas que sí jugaban algo; tú eras uno de ellos. Pero otros no jugaban nada, ni un minuto, y no lo llevaban bien. Hay una anécdota célebre de Poli Rincón cogiendo la maleta —que después resultó estar vacía— y montando el número de que se quería volver a España.

Sí que se generó polémica porque había jugadores que no contaban para el seleccionador, como Quique Setién, Lobo Carrasco, Urruti o, sí, Poli Rincón. Había un once tipo; la prueba está en que coges las alineaciones y ves que se repiten. También es que ahora puedes hacer cinco cambios, pero entonces solo se podían hacer dos; y ahora entran todos, los veintidós, en la convocatoria, pero entonces solo entraban dieciséis. En el banquillo nos podíamos sentar todos, pero los convocados se sentaban en el banquillo propiamente dicho y el resto en otro fuera, a pie de campo. Había ese malestar, pero a partir del partido de Argelia y de clasificarnos se generó una ilusión espectacular tanto en los que jugaban como en los que no jugaban. También tuvimos que adaptarnos mucho a los problemas de los campos: hierba muy alta, mucho calor, la altura… Y decíamos que había que ser muy solidarios, porque cogías una asfixia tremenda. Si cinco futbolistas se paraban en el campo, estabas muerto, y eso obligaba a que hubiera mucha unión; a ser muy solidarios en el esfuerzo colectivo.

Pasáis la eliminatoria y os vais a Querétaro a jugar contra Dinamarca. He leído que Muñoz insistió en que os alojarais en el propio Querétaro en lugar de en Ciudad de México, y que la Federación tuvo que escoger un hotel a toda prisa y resultó estar lleno de cucarachas. Os rebeláis y acabáis en el mismo hotel que Dinamarca.

Tras ganar a Argelia, teníamos toda la tarde, porque el partido se había jugado a las dos, hora de allí, y entonces Miguel Muñoz consultó con la organización si había posibilidad de marchar ya para Querétaro y dormir allí, en el hotel que pudiésemos. El viaje se nos dio mal, porque el avión iba a salir a las siete de la tarde y acabó saliendo a las nueve o diez de la noche. Llegamos al hotel a eso de las doce, tardísimo. Pero aquello ni era un hotel ni era nada: exacto, cucarachas por las habitaciones, un desastre. Empezó a haber voces por el pasillo de que allí no dormíamos, allí no dormíamos. Entonces, la organización arregló ir al hotel de Dinamarca, nos montamos en el autobús y fuimos para allá. Al día siguiente, se jugaba el Alemania-Dinamarca, y el que quedase primero, se enfrentaba con nosotros. Nosotros nos instalamos en el hotel de Dinamarca pensando que, si quedaba Dinamarca, como así fue, nos íbamos al hotel que dejase libre Alemania, y si ganaba Alemania, nos quedábamos en el hotel aquel. Ganó Dinamarca. Y Alemania, en teoría, se tenía que ir. Pero Alemania dijo que no se iba del hotel; que se quedaba y se iba dos días antes del partido. Ya estábamos allí, no había más hoteles y al final en aquel hotel, que era súper grande, nos quedamos los dos equipos. Se montó un maremágnum de la leche, con toda la batalla mediática montada y los medios de comunicación españoles viniendo a hacernos entrevistas y demás, y los daneses quejándose. Pero nosotros decíamos que si Alemania no quería marchar, no era nuestro problema, y que de allí no nos movíamos.

He estado repasando el anecdotario de aquel Mundial. ¿Muñoz os dejaba beber cerveza, pero no Coca-Cola?

Nah, no, no. Ni él ni Vicente Miera eran estrictos con el tema de la alimentación; son mucho más estrictos ahora. Sí lo era con el tema del agua y de no comer cosas por fuera, pero por las diarreas. Llevábamos un cocinero español y comíamos bien, a base de pastas, arroces, carnes… Mucha fruta, también, que es muy típica en países tropicales como México.

Formas parte de una especie de generación bisagra, entre un fútbol que conservaba todavía la espontaneidad, la naturalidad, y el deporte hipertecnificado que se ha vuelto en los últimos años.

No había un control tan estricto como hay ahora, no. A ver, yo creo que el fútbol se tenía que profesionalizar en todos los aspectos, y dos de los que faltaban eran la mecánica de entrenamientos y la nutrición. Yo no vivo esa profesionalización en mi primera etapa en el Sporting; y en Valencia, empiezo con Espárrago, que traía todavía un método vamos a decir tradicional. Pero luego, con Guus Hiddink, que viene de Holanda, ya vivo una metodología más avanzada. Hiddink no trabajaba prácticamente nada el aspecto táctico, pero el físico era todo con balón y a mucha intensidad, y en alimentación ya marcaba pautas: el tema de la grasa, etcétera. Pero bueno, no tanto como ahora. Ahora los jugadores están súper medidos en todos los aspectos, y superdelgados. Yo no llegué a vivirlo a esos niveles.

También empiezas tu carrera en un momento en el que el futbolista de élite todavía es un tipo accesible, integrado en la misma sociedad que el aficionado. El otro día me enseñaba mi padre una foto de una boda de un amigo suyo, que la había celebrado en una sidrería en la que coincidieron con toda la plantilla del Sporting: Quini, Jesús Castro, Churruca, etcétera. A los futbolistas de un club subcampeón de Liga, hoy no te los encuentras en una sidrería; son una especie de semidioses que viven lejos de la sociedad. El final de tu carrera coincide con el inicio de esa transformación. Te retiras justo cuando se acuña aquello de «la Liga de las Estrellas».

Era todo menos hermético, sí…

El futbolista salía del estadio en chándal y caminando, no en un Audi con los cristales tintados.

Eso es. Vivía normal, saludaba normal, salía a tomar algo y a lo mejor le pedían una foto. Es cierto que ahora hay mucho más entusiasmo en la calle, mucha más presencia de gente que quiere fotos, autógrafos… Nosotros teníamos nuestro momento en el que salías de los partidos y te acercabas a zonas valladas a firmar y hacerte fotos, o se te acercaba la gente al final de los entrenamientos. Con la Selección, algo más. No es que no hubiera entusiasmo. Pero la gente lo llevaba con más timidez, estaban más cohibidos. Ahora son mucho más valientes: «¡Oye, un autógrafo, una foto, tal!». También depende del equipo. Los equipos grandes tipo Madrid, Barcelona, Atlético, es muy complicado, porque son gente muy mediática, muy famosa, pero, si hablamos del Sporting, yo el otro día vi a un jugador comprando en el Hipercor de la calle Uría. Andan por la calle normal, no es una cosa que se salga de madre. Cuando eres una estrella internacional, tiene que ser muy complicado.

En el Mundial de México os visitó Rocío Jurado.

Y Pedro Ruiz. Pedro Ruiz nos vino a ver a Navacerrada, donde habíamos estado concentrados diez días, nada más acabar la Liga, los que no estábamos en competición europea; los del Bilbao, el Zaragoza, el Racing de Santander, el Sporting… El Atlético de Madrid jugaba la final de la Recopa, el Real Madrid la de la UEFA y el Barça aquella final de la Copa de Europa frente al Steaua en Sevilla. Las vimos allí precisamente. Con Pedro Ruiz lo pasamos muy bien: un tipo sensacional. Luego, en el Mundial, sí: hicimos una comida con Rocío Jurado en la que nos regaló un obsequio, una paloma la paz, y la foto conmemorativa. Después fue cuando algunos cogieron la venganza de Moctezuma. Habían ido de cena el día anterior con las mujeres, pero decían: «¡Fue la comida con Rocío Jurado!» (risas).

Repasando el anecdotario, leí también sobre un utillero falangista que acompañaba a la Selección desde Chile ‘62, y que defendía el material deportivo como si la vida le fuese en ello.

¿Antonio? Buah, el bueno de Antonio. Le puteaban muchísimo, se cachondeaban mucho de él. Los veteranos, Gordillo y compañía, le armaban cada una allí en Tlaxcala… Por ejemplo, decían: «Vamos a decorar los árboles». Había un patio interior con árboles tropicales, palmeras y tal, y no sé cómo se las arreglaban, pero le abrían la habitación del material, lo sacaban todo, las camisetas de entrenamiento, los chándales, los pantalones, los calcetines, y lo colgaban de aquellos árboles; decían que había que darle colorido y alegría a aquel sitio.

No permitía que os quedaseis con la camiseta del partido, ¿verdad?

No quería, no. Luego sí que nos la daban, pero nos querían dar solo una, y lo típico: una la cambias con el equipo contrario. Si querías regalarle otra a un familiar, ya no podías. Al final se llegó al acuerdo de que sí que nos daban dos camisetas. Ha cambiado todo tanto… Ahora las camisetas van con el partido que corresponde, la fecha y demás, pero, de aquella, solo llevaban el número, ni siquiera el nombre. Yo tenía el 20.

¿Creíais en la posibilidad de ganar el Mundial?

Después de Argelia, sí; y después de Dinamarca, por supuesto. La clave está en el gol de Butragueño faltando cuatro minutos de la primera parte, cuando ellos ganaban uno a cero: la habían metido de penalti. De no ser por ese gol, en la segunda parte nos hubiésemos ido para arriba y nos hubiesen pillado por todos los sitios. Pero empatamos en prácticamente la única que tenemos: un mal pase de Jesper Olsen al que Butragueño llega antes que el portero. Nos vamos al vestuario contentos: joder, nos pudieron meter tres, pero empatamos. Y en la segunda parte metemos cuatro; ganamos uno a cinco. El grupo se sintió muy unido. Después del cuarto gol que marcamos, el segundo del Buitre, nos abrazamos todos; hasta los que no jugaban y más cabreados habían estado.

Cuartos, Bélgica, tu famoso penalti. ¿Qué falla, antes, en ese partido? ¿Por qué no lo ganáis antes de la tanda de penaltis?

Sabíamos que era un partido complicado; que no iba a ser como el de Dinamarca. Bélgica defendía muy bien y tenía las cosas claras. Tenía a Ceulemans arriba, a Scifo por ahí, a Gerets de lateral derecho, que subía y las ponía… Se nos puso complicado. Empezamos perdiendo. Pero yo creo que en la segunda parte, cuando empata Señor, merecemos más. Después de jugar, teníamos la sensación de que no habíamos sido merecedores de ganar el partido, aunque tampoco de perderlo; de que el empate había sido justo. Y yo tardé muchísimos años en ver el partido; ya había dejado el fútbol cuando lo vi. Pero hizo un recopilatorio del Mundial Ricardo Rosety y nos juntamos Víctor, Rincón, Señor y yo a verlo. Rincón sí lo había visto, pero Señor creo que no lo había visto entero, y yo tampoco. Lo vimos comentándolo y dijimos: hostia, es que merecimos ganar. Teníamos la sensación de que no habíamos sido rápidos, ni dinámicos, pero es que era Puebla, una altura tremenda, calor, humedad, el campo muy seco, la hierba de, me cago en la leche, veinte centímetros… Costaba conducir el balón, pero al ver el partido me di cuenta de que, pese a todo eso, habíamos jugado con dinamismo, bien, y habíamos merecido pasar la eliminatoria antes de los penaltis.

El penalti. ¿Cómo lo vives, cómo lo vivís? ¿Cómo es ese «tierra, trágame»?

Yo había salido en la segunda parte. Cuando llegamos a los penaltis, estaba bien. Llevaba desde Navacerrada haciendo entrenamientos con trabajo físico, pero también espacio reducido, finalizaciones, remates a puerta y penaltis. Veintitantos días tirando penaltis. Cuando llegó el momento y nos juntamos todos, vino Vicente Miera y me preguntó: «¿Estás bien para tirar el penalti?». Digo: «Sí, sí, sí, perfecto». Ahí quedó la cosa. Empezó Butragueño y yo tiré el segundo. La verdad es que el penalti está mal tirado, muy mal tirado. Yo, el otro día, lo comenté con los chavales del Sporting, con los que vi la imagen antes del partido contra Japón. Les dije dos cosas. La primera, no cambiar de idea. Yo, cuando llego y cojo el balón, tengo la idea de tirarlo a la izquierda de Jean-Marie Pfaff y pegarle un poco a media altura y arriba. Pero cuando lo vi colocado, cambié de idea. Cuando ahora ves a futbolistas, Messi, tal, que cuando van a tirar el penalti no miran ni para el portero, intuyo, habría que preguntarles, que lo hacen para no cambiar la idea, o para que la mirada retante del portero no les haga perder la concentración. Yo miré a Jean-Marie Pfaff y vi que había dejado más hueco para su parte derecha, o sea, para mi izquierda. Y cambié de idea. Arranqué, le pegué mal y me la paró. En el momento, pues sí: «tierra, trágame». Pero también les dije a los chavales: mirad, no se acaba el mundo.

Y si el equipo queda eliminado, la culpa no es solo tuya. Zubizarreta no le paró ningún penalti a los belgas.

No, pero es que los tiraron muy bien. Ejecutaron fenomenal los cinco penaltis. Zubizarreta no tiene la culpa.

Te consoló Camacho: «Vamos, niño, que no pasa nada». Lo que decías de los veteranos.

Me consolaron todos: Víctor también, todo el equipo. Yo pensaba: «¡Seré tonto!». Quedarnos fuera fue una pena. Argentina no nos quería ver ni en pintura.

Se cuenta que Bilardo respiró aliviado al ver que no les tocaba España.

Hacíamos marcaje al hombre, y Maradona ya estaba jugando en el Nápoles, pero había pasado por Barcelona, y se acordaba bien de todo lo que le había pasado con el Athletic de Bilbao, el Real Madrid…

¿Cómo es que lleven treinta y seis años recordándote aquel penalti?

Bueno, al final es historia de los mundiales. Luego se repitió en Corea, con el de Joaquín. Ellos marcaron los cinco y nosotros fallamos aquel.

Aquello se digirió de otra manera; se le pudo echar la culpa al árbitro.

También es verdad, sí: aquellos dos goles anulados, uno que no había salido, el penalti que pudo haber pitado…

Cuando la Selección gana la Eurocopa de 2008 y el Mundial de 2010, además de alegría, ¿sientes alguna clase de alivio personal, individual, en el sentido de que aquellos triunfos desplazaran del centro de la memoria colectiva los fracasos anteriores? Llegó a haber una especie de alineación dolorosa de la mala suerte que recitábamos de memoria: el gol fallado de Cardeñosa en Argentina ‘78, el encajado por Arconada en Francia ‘84, tu penalti, el codazo de Tasotti…

Sí, sí, sí. Yo en aquellos años colaboraba con la Federación asturiana, de seleccionador, y un día vino Vicente del Bosque para el centenario y, charlando con él, nos dijo: «Este es el título de muchos internacionales que honraron a la Selección y se lo merecieron». De hecho, mencionó especialmente aquella generación del ochenta y seis; los recitó a todos: Camacho, Maceda, Goikoetxea, Gordillo, la Quinta del Buitre… «Fuisteis», nos dijo, «una generación que lo hicisteis todo para conseguir este título».

En 1988, juegas la Eurocopa en Alemania. Os vais rápido.

Sigue prácticamente la misma generación. Hay muy pocas variaciones en los convocados. Y empezamos fenomenal, ganando a Dinamarca en un partidazo con goles. Pero teníamos un grupo complicado: Italia y la anfitriona, Alemania. Al día siguiente de perder contra Italia, a mí me dice Miguel Muñoz que esté listo, porque tenemos que ganar y posiblemente salga con tres delanteros. Pero al día siguiente, sufro un esguince de tobillo y a tomar por el culo. Quedamos eliminados en el campo de Múnich. Fue una pena, porque veníamos todavía con la dinámica del Mundial, y el equipo se había clasificado bastante bien.

Aquel mismo año, te vas al Valencia, que te ficha por cien millones. Así que no te toca aquella lotería que le tocó a toda la plantilla del Sporting.

La Peña Jiménez, sí. No, no me tocó. Tocó en diciembre, y yo ya me había ido.

Algo se habló entonces de un interés del Barcelona.

Hubo mucha rumorología. Era el Barcelona de Luis Aragonés, con el motín del Hesperia aquel. Cruyff llegaba ese año y me imagino que dijo lo que necesitaba y en el club se pusieron a barajar delanteros que destacasen en España. Estaba Julio Salinas, claro; estaba Bakero, que formaba parte de aquella generación buena de los Begiristain, López Rekarte, etcétera; estaban veteranos como Pichi Alonso; estaba Ramón el del Sevilla, que había estado en la sub-21… Al final, la decisión la tomaba Cruyff, me imagino que viendo partidos en directo o en vídeo. Y del Sporting me dijeron que tenía un acuerdo con el Barcelona en caso de que la oferta llegase a cien millones de pesetas, pero nunca se llegó a concretar. Luego hubo mucha polémica, porque los medios de comunicación decían que era yo el que estaba poniendo unas condiciones económicas descomunales, que qué va, ni mucho menos. Y me fui a la Eurocopa con la cosa en el aire y los periodistas diciendo que ya estaba hecho con el Barcelona, que no lo estaba. Estando allí, me llamó el representante para decirme que había una oferta del Valencia y un principio de arreglo con el Sporting. Pregunté si el Sporting estaba contento y me dijo que sí, y que el contrato mío no era por lo que nos podían dar en Barcelona, pero que lo valorase. Aquel había sido un año difícil, el más duro en el Sporting. Vuelvo a decir lo mismo: decirles ahora a estos que estábamos en mitad de la tabla en Primera División y que eso era duro es la hostia. Pero para nosotros lo era, y no acabábamos de engancharnos. Yo tenía veinticuatro años y me pareció el momento. Es verdad que el Valencia había estado en Segunda División, y que ese año se había mantenido en la última o penúltima jornada, pero el representante me dijo que tenía buenas perspectivas; que estaba Víctor Espárrago de entrenador, que iban a reforzar el equipo y que Arturo Tuzón, un tío muy serio, tenía miras de volver a poner al Valencia en su sitio.

¿Qué tal la vida en Valencia? ¿Cómo es dejar tu ciudad e irte al otro extremo del país?

El primer año fue duro, sobre todo por el calor. La gente que vive o vivió en Valencia lo sabe: el verano es durísimo; noches sin dormir y eso. Un calor húmedo, además. Entrenábamos a las ocho u ocho y media de la mañana y, luego, a las ocho de la tarde: un cambio tremendo para mí, que venía de entrenar a las once en Gijón. Me costó habituarme, pero la convivencia era muy buena. El equipo funcionó con Espárrago. Se había fichado a Ochotorena; de México había llegado Lucho Flores, que había estado dos años antes aquí en Gijón; subía Camarasa del filial y conmigo llegó Zurdi. Y el equipo tenía gente joven como Voro, Giner, Fernando, Quique [Sánchez Flores], Nando, al que habían fichado el año anterior…; y gente con veteranía como eran José Sempere, Ricardo Arias, Subirats, Bossio, que era internacional con Uruguay… Había jugadores a los que quizás les faltaba nivel y sabían que iban a tener pocas posibilidades de jugar, pero los intentábamos integrar. Y el año fue deportivamente bueno, espectacular: nos clasificamos para la UEFA. El segundo, quedamos segundos en Liga. Y el tercero ya fue más complicado, porque no nos clasificamos. Espárrago cometió ahí una equivocación, creo yo, porque en diciembre o enero ya dijo que no iba a renovar, y la gente se dejó llevar un poco, aunque al final casi nos metemos.

Formas una dupla muy exitosa con Lubo Penev, del que te he leído decir que no has conocido, con permiso de Quini, un futbolista igual.

Como delanteros, los mejores, sí. Quini era de otra galaxia como rematador. Y yo en Valencia tuve muchísimos delanteros, desde Rommel Fernández, que en paz descanse, hasta Salenko, Toni, que era un brasileño que se trajo, Juan Antonio Pizzi, que vino cedido… Luego Mijatović, aunque ya no era un delantero al uso, sino más un mediapunta. Pero Penev, hostia, era tremendo; un goleador, un devorador. Cuando cogía el balón, tenía una potencia tremenda. Si el rival nos achuchaba, le tirabas el balón y te la aguantaba, te sacaba una falta o desequilibraba; sacaba el equipo adelante.

En 1990 marcas el primer gol codificado.

Siempre me lo decía Robinson, que en paz descanse: «¡Metiste el primer gol de Canal Plus!». Fue en un partido contra el Atlético de Madrid en el que empatamos a uno. Marqué yo por el Valencia y, por el Atlético, Rodax, que era austríaco, y falleció el otro día; lo leí en Twitter.

De Espárrago siempre cuentas una anécdota referente a tu pretensión de marcharte a Gijón en Navidad.

Espárrago era muy estricto, militar. Él y el Profe, que era como llamábamos al preparador físico, Modesto Turrén, que había venido con él. Con ellos era todo muy preparado, muy minucioso, muy repetitivo. Tácticamente, también lo preparaba bien. Veía muy bien los partidos. El Profe se ponía arriba en la primera parte para verlos; Espárrago tenía mucha confianza en él. Y después hacía las variaciones; siempre un cambio en la primera parte o, si no, en el descanso o a comienzos de la segunda parte. Lo tenía todo muy claro. Y sí, la anécdota aquella. Creo que fue el segundo año. El equipo iba bien, y llegaban las Navidades. Había Liga el 1 de enero, creo que jugábamos contra la Real Sociedad, y donde antes se daban cinco días, decidió dar solo tres, lo que, para los que no éramos de Valencia, era una faena. Los veteranos (Arias, Sempere…) fueron hablar con él un poco en nombre nuestro; de Ochotorena, que era del País Vasco, de Zurdi, de otro chaval de la cantera que era de Bilbao, mío… Bossio no se iba a ir a Uruguay, ni Ciraolo a Argentina, claro. Me acuerdo como si fuese hoy; fueron a hablar con él al centro del campo de entrenamiento, para que no lo oyese nadie, y le dijeron: «Míster, no se lo decimos por nosotros…». Sempere, por ejemplo, era de Torrellano, en Alicante. «No se lo decimos por nosotros, yo a mi pueblo voy y vengo, pero la gente que tiene que irse a Asturias, al País Vasco, etcétera, jolín, desconectar, ver a la familia…». Entonces Espárrago dijo: «¿Ven ustedes aquella fábrica?». Había allí cerca una fábrica, con su chimenea. «¿Ven a aquellos trabajadores? Pues ellos seguro que solo van a tener vacaciones el día de Navidad y, como mucho, el de Nochebuena. Yo a ustedes les estoy dando tres días. Ustedes son profesionales de esto, y tienen tres días. Se van ustedes y, el día 26, a entrenar todos». No había más que hablar. De hecho, ese otro partido lo jugábamos en Bilbao, y nos hizo venir a todos a Valencia. Pero ya en Bilbao, durante la charla técnica antes del partido, nos dijo: «Bueno, después del partido, nos vamos a Valencia, y si, en Valencia, Ochotorena, Zurdi, Eloy y alguno más quieren irse, que me lo digan, y en vez del día 26, que vengan el 28». Era así. Te apretaba, pero luego te soltaba.

Después llega Hiddink, que venía de protagonizar éxitos con el PSV Eindhoven. Un tipo especial. Tú estabas en el campo el día que se negó a jugar si no se retiraba una grada nazi de la grada de Mestalla.

Sí, sí. Acabábamos de salir a calentar. Tuvo mucha repercusión. Hiddink era un tío sensacional. El trato con los jugadores, la convivencia, era espectacular. Con él pasamos de lo estricto-estricto a mucha libertad. Venía con otra historia de Holanda; nosotros habíamos ido allí a jugar contra el PSV y lo habíamos visto. Los jugadores se juntaban dos horas o dos horas y media antes del partido, en una especie de cafetería que había arriba, y convivían; y después del partido, también se pasaban media hora o tres cuartos tomando un café con las familias. A Valencia trajo la misma idea. Teníamos que llegar tres cuartos de hora antes a los entrenamientos: si eran a las diez, a las nueve y cuarto. Si alguno se tenía que vendar, se vendaba; otros iban al gimnasio. Y si alguno no tenía nada que hacer, le decía: «Pues usted se viene conmigo a tomar un café». Y te ibas con él al bar de Paterna, que llevaba Pedro Puchades, el Papi de Paterna, un tipo del que guardo muy buen recuerdo.

La ciudad deportiva de Paterna se acaba de montar.

Se acababa de montar, sí. Y eso. Allí te ponías con Hiddink, que tomaba tres cafés en media hora y se fumaba una cajetilla de tabaco, a charlar de lo que fuera: de fútbol, de la vida, de un país, del otro… Hasta de mujeres, de lo que fuera, le daba lo mismo. Luego, faltando veinte minutos, te ibas a vestir, y él también. Era muy, muy cercano; nada que ver con Espárrago.

Como pasar de un padre estricto a un padre colega.

Sí, sí. Que luego, ostras, a su manera te decía las cosas, ¿eh? Sobre todo a Lubo, que era un chaval joven, de veinte años, de Bulgaria, y al que más le gustaba todo. No se cortaba ni con veteranos, ni con jóvenes que pudieran subir. Tengo un recuerdo muy simpático de un partido de octavos o cuartos de final contra el Barça de Johann Cruyff, en Copa. En casa habíamos ganado tres uno, y llegamos al Nou Camp pensando que pasábamos seguro. Pero a los diez minutos ya perdíamos tres a cero. Habían marcado Bakero y no recuerdo quién más. En el minuto cuarenta marcamos nosotros, no sé si Fernando o Penev, y acabamos la primera parte con la eliminatoria igualada. Hiddink llegó al vestuario muy callado; nosotros pensábamos: «Verás este, nos va a echar una puta bronca aquí de la hostia». Pero empieza: «Vamos a ver, chavales, ¡vaaamos a ver, chavales! No, joder. No, joder. Vosotros ¿qué pensabais? ¿Que partido, en vez de a las nueve, empezaba a las nueve y cuarto? No, joder, chavales, no, joder. ¡Partido empezaba a las nueve! Ahora está empatado, pero ahora no va a pasar» (risas). Al final, pasamos por penaltis; fallaron ellos el quinto y metió Fernando.

Tácticamente, os daba mucha libertad, ¿no?

Sí. Te marcaba unas pautas en defensa, pero… pautas. Solía jugar con tres atrás; era cuando ya empezaba a entrar Camarasa. Tres centrales, Camarasa, Voro y Giner, y dos carrileros: Leonardo —el brasileño, que ahora es director deportivo, y antes lo fue del Paris Saint-Germain— con Nando, y luego Quique. Si no estaba uno de ellos, ponía a Camarasa de marcador; y cuando estaba Arias, a Arias. Marcaje bastante individual. Por lo demás, cuando tenías el balón, te daba mucha libertad. El estudio del rival no le preocupaba. Nos decía: «Jugar nosotros. Nosotros [Eloy se lleva las manos al pecho y se da unos golpes]. Si tenemos que defender, defendemos; y si tenemos que atacar, atacamos». Como decía antes, tampoco trabajaba nada el aspecto táctico. Sí que es verdad que fue él el que empezó a plantar muñecos por el campo y a hacer movimientos, y hacíamos juegos con balón que al final son trabajos tácticos, pero no específicos. Te das cuenta luego: «Hostia, claro, aquello se hacía así por esto». Jugabas en superioridad, jugabas en inferioridad, jugabas partidos con porterías pequeñas, con porterías grandes, con dos porterías grandes y cuatro pequeñas…

En 1993, el Valencia vive una crisis importante. El Karlsruhe, al que veníais de ganar, os propina la mayor goleada encajada por el club en su historia. Un siete cero. Lo pasáis mal con la afición. En aquel momento erais líderes en Liga, pero después, una sucesión de tres derrotas acaba con Hiddink. Después viene una sucesión de entrenadores que acaba rocambolescamente, con la vuelta del propio Hiddink.

Es duro decirlo, pero es cuando empiezan en el fútbol las ese, a, de. Las sociedades anónimas deportivas. En el Valencia de Arturo Tuzón, ahora presidente del consejo de administración, entra otro puñado de gente como consejeros. Todos querían ser presidentes, y muchos de ellos, de hecho, lo fueron. Yo, con la pandemia, estuve recopilando muchas cosas que tenía mi padre archivadas, recortes y demás; y ordenándolos encontré la foto del día que se constituyó el consejo de administración. Dije: «Hostia, si es que todos fueron presidentes». Allí estaba Melchor Hoyos, que ese sí que no quería ser presidente, pero luego lo fue; estaba Paco Roig, estaba Jaime Ortí, estaba un tal Morera que lo fue poco tiempo… Había también uno con el que yo tuve un problema, porque hablaba mucho en los medios de comunicación criticando a los futbolistas, y ya dijo de entrada que su ilusión máxima era ser presidente del Valencia. Estaba Pedro Cortés, que tenía lo de Seur y mucha relación con los futbolistas, y había sido directivo con Arturo Tuzón… Todos querían ser presidentes, y aquello fue la hostia. Los futbolistas deberíamos haber estado al margen de todo eso, pero se hizo complicado. Uno tenía buena relación con determinados futbolistas, otro con otros, otro con el secretario técnico o el director deportivo… Y sí, lo de los entrenadores. Empezamos con Hiddink, lo coge Paco Real, que era un hombre del club (murió hace unos cuantos años) y está, nada, tres partidos; luego viene Héctor Núñez. Estando Héctor Núñez, Arturo Tuzón presenta la dimisión y entra Francisco Roig, que trae de vuelta a Hiddink.

En 1994 llega Carlos Alberto Parreira, y te aparta.

Sí. Con Hiddink, la temporada anterior, yo había tenido una luxación de hombro, que se me había salido a principio de la temporada y se me volvió a salir al final. Me operan y viene Parreira, que es el entrenador de la selección de Brasil que queda campeona del mundo: Romario, Bebeto… La pretemporada, mientras Parreira está en Estados Unidos, la empezamos yéndonos al Pirineo con [José Manuel] Rielo, que era su segundo y ya lo había sido de Hiddink; llevaba tiempo en el club. Llega Parreira. Y con este sí que era lo del equipo titular por un lado y, por otro, el carro del pescao, ¿oíste? (risas). ¡Entrenábamos en otro campo! Rielo, que había ido a Estados Unidos, nos lo había dicho. Le decíamos: «Bah, Rielo, ¿qué me estás diciendo; que si Romario no juega, entrena aparte?». Y nos decía: «Sí, sí, entrena en otro campo. Él trabaja con los once o doce que juegan y los otros entrenan en otro lado». Parreira venía también con el Profe, que tenía un ordenador y, de cada partido, iba anotando los pases y los tiros de cada jugador, las conducciones, etcétera. Tenía como unas letras, le daba ahí al F1 y no llevaba un control físico, pero sí técnico y táctico. A lo mejor acababas el partido diciendo: «Bah, jugué bien». Y decía: «No, mira, diste tantos pases, y fallaste tantos». Te salían los pases buenos en verde y los pases malos en rojo.

Como una hoja de Excel, ¿no?

Eso es. O a lo mejor te decía: «Eres un jugador defensivo, pero mira: no interceptaste, defendiste muy poco». Posiblemente alguna cosa se le escaparía, pero llevaba ese control. Luego creo recordar que Parreira puso a otro a ayudarlo, e iban los dos; no sé si uno cogía el aspecto ofensivo y el otro el defensivo o qué. También podía pasarte que dijeras: «Puf, jugué mal». Y que te dijeran: «Pues no jugaste tan mal, porque mira: hiciste tantos pases buenos, un acierto de tanto por ciento». Para mí fue un año difícil. Empecé no jugando por lo del hombro. El club había valorado la posibilidad de que me marchase, y yo le dije que no tenía problema si algún equipo se interesaba, pero no salió nada. Salió algo de México, pero no me apetecía salir de España, y me quedé. Los que no jugábamos con Parreira hicimos mucha piña. Él hacía muchos partidos de titulares contra suplentes. Por ahí andaban Engonga o un chaval que empezaba, que se llamaba Javi Navarro y no daba una patada a nadie. Le teníamos que decir: «¡Javi, hay que dar!». Lo hablaba con Dani Borreguero, que coincidió con él en el Elche un año en que fue cedido para allá: «Dani, tío, yo conocí a este en Valencia y no daba una patada». Él me decía: «¡Y en Elche tampoco!».

Transformóse.

Transformóse, transformóse de cojones. Pues bueno, empecé a jugar muy poco. Pero luego fui entrando poco a poco. A veces, los que no jugábamos jugábamos partidos por semana, contra equipos del filial o de Tercera de la zona. Y al final acabé jugando. En Liga nos fue mal, pero en la Copa del Rey nos fuimos metiendo y llegamos a la final.

La final del agua de 1995.

Eso es. El Dépor nos gana uno cero en la primera parte, pero en la segunda jugamos muy bien nosotros y empatamos con gol creo que de Mijatović. El partido estaba para ganarlo nosotros, pero faltando nueve o diez minutos está cayendo el diluvio universal y se tiene que suspender. Después, se intenta, creo que por parte de los dos equipos, repetir el partido entero; empezar de cero, pero al final fue que no y se jugó lo que quedaba dos o tres días después. En esos diez minutos, nos marcó gol Alfredo y perdimos el partido.

Nunca llegaste a ganar un título. ¿Espinita clavada?

El único título que gané fue con la selección sub-21, con Luis Suárez, en el ochenta y seis, en Valladolid. Y sí, espinita, porque al final lo que te queda cuando dejas el fútbol son los títulos, pero bueno…

En 1995, vuelves al Sporting. ¿Qué tal?

Un Sporting distinto. El objetivo era mantenerse, no ya estar arriba. Mucha gente joven con la que se había pasado muy mal aquella temporada de la promoción contra el Lleida, lo que se quiso compensar tirando de experiencia. Viene Julio Salinas, viene Giner del Valencia, vengo yo, Hugo Perico Pérez… Nos entrena Ricardo Rezza, pero lo que es el fútbol: jugábamos en casa y ganábamos de puta madre, jugábamos fuera y horrible. Echan a Rezza y viene Novoa, al final nos salvamos faltando dos jornadas. El segundo año viene Benito Floro, y viene con sus ideas nuevas, renovadas, revolucionarias [Eloy esboza una sonrisa burlona]. Un tipo peculiar donde los haya. El tema del psicólogo, por ejemplo, que es verdad que ahora ya lo hay en los clubes. También determinados aspectos técnicos y tácticos.

¿Cómo cuáles?

Por ejemplo, en los entrenamientos, él decía, y no estoy de acuerdo, que al defender en el área había que mirar siempre el balón. Giner tenía unas peleas descomunales con él: «¡Míster, no lo entiendo! ¡Yo tengo que ver dónde está el rival!». «¡No! ¡Usted tiene que mirar el balón!». Aquel fue un año… meh. Yo tenía que jugar veinte o veinticinco partidos para renovar automáticamente, pero no jugaba. Me senté con él y le dije: «Míster, quiero jugar, pero si no cuenta conmigo, me busco una salida». Me decía que no; que estuviera tranquilo; que contaba conmigo. Pero luego me hacía feos. Sí que es verdad que, lo que son las cosas de la vida, en una de esas reuniones que tuve con él, creo que en Vigo, me dijo: «Quédate, vas a jugar. Pero, además, escúchame una cosa: si por circunstancias no juegas y no te quieren renovar, y yo voy a hacer por que te renueven, tú eres el futuro secretario técnico de este club». Yo ni me lo planteaba. Tenía el título de entrenador, y podía gustarme entrenar, pero ¿secretario técnico? «¡Lo que yo te diga, lo que Benito te diga!», me decía, y el cabrón acertó (risas).

Terminas tu carrera en Badajoz, adonde te vas a mitad de la temporada 1996/1997.

Estaba Antonio Maceda, y me dijo: «Vente para acá». Y para allá me fui año y medio, esa primera media temporada con Maceda y, luego, otra con Peiró. No jugué mucho. Me salieron cosas para jugar en Segunda División, pero ninguna me convencía demasiado. Y el caso es que iba mucho a vernos jugar Antonio López, que después iba a ser entrenador del Sporting, para mirar posibles incorporaciones: allí estaba, jugando con nosotros, cedido del Racing de Santander, un tal Munitis; estaba Txutxi, un central cedido del Athletic de Bilbao… Como no jugaba, un día coincidí con él en la grada, y me preguntó qué iba a hacer. Le dije que me gustaría seguir un año más o dos, pero que ya iba costando, y ya me dejó caer que, puesto que tenía el título de entrenador, en el Sporting podía haber sitio para mí. Al final me retiré y me vine a entrenar a Mareo, primero en cadetes, y al año siguiente en juveniles.

Después, como secretario técnico, entre 2001 y 2006, serás el principal valedor del fichaje de Marcelino García Toral.

Me propusieron hacerme cargo de la Escuela de Fútbol de Mareo, y lo único que les pedí fue que me permitieran incorporar a alguien para echarme una mano y hacer cambios estructurales. Me dijeron que sí, y entonces le dije a Marce que si quería venir. Tenía relación con él, porque habíamos sido compañeros en el Sporting y también habíamos coincidido en una hornada de gente que se sacó más o menos a la vez el título nacional de entrenadores: Mino, Ferrero, Ricardo Bango, Iñaki Tejada, Alejandro Menéndez… Él, en aquel momento, estaba entrenando al Lealtad. Mi idea era reestructurar Mareo y, sobre todo, adelantar procesos de jugadores que iban destacando: que infantiles que iban sobrados pasasen a cadetes, cadetes a juveniles, juveniles al filial… Fuimos trabajando juntos. Y en un momento dado, Vicente Cantatore es destituido como entrenador del primer equipo y sube Pepe Acebal, que entrenaba al filial. Y Rosendo Cabezas me pregunta que a quién poner en el filial; que del filial para abajo era responsabilidad mía, y que yo decidiese. Se lo digo a Marce, y Marce está dos años entrenando al filial, un equipazo muy joven que llega a jugar la promoción de ascenso a Segunda División: Pablo Amo, David Villa, Pablo Álvarez, Samuel… Al año siguiente, descienden en la última jornada, y al siguiente, Antonio Maceda, que había pasado a ser el entrenador del primer equipo, lo deja, porque no ve futuro y tiene muchas dudas, y tomo la decisión de que Marce coja el primer equipo. Mediáticamente hubo dudas debido a aquel descenso, pero yo digo que es el que mejor conoce a la plantilla y que estoy convencido de que va a sacarle el máximo rendimiento. Convenzo al consejo de administración, y ahí empieza la aventura de Marcelino como entrenador profesional.

¿Cuál fue tu mejor gol?

Tengo el recuerdo de dos goles. Uno fue en Murcia, en La Condomina, con el Sporting, donde ganamos cero a tres, o uno a tres, y yo marqué dos. El primero, nada, fácil: jugada no sé si de Ferrero y empujarla. Y el otro un poco de volea, sin ángulo, girándome. El balón sale en parábola y va para el otro palo. También tengo un recuerdo muy grande del primer gol con el Valencia, porque además fue muy bonito. También contra el Murcia, con Amador de portero, en casa. Ganamos tres a cero, marca Subirats el primero, Flores el segundo y yo el tercero: un pase de Fernando desde un poco más allá del medio campo, yo me desmarco a la espalda del central y ya entrando en el área, en carrera, viene el balón, le pego con la izquierda y entra pegando al palo derecho. Ese año vengo a Gijón en Navidades y José Manuel, el gerente del Sporting, me dice: «¡Ese gol tenía que ponerse todos los fines de semana!». No era como ahora, que hay un seguimiento tremendo; había el Estudio Estadio y poco más. Como mejores, recuerdo esos goles. Y luego también guardo el recuerdo de los dos que marqué en el cero a cuatro al Barcelona en el Nou Camp, aunque fueron goles sencillos, y el de la final de la Eurocopa sub-21 que ganamos, donde meto el primero.

Hoy, además de regentar esta promotora con tu hermano, eres comentarista deportivo.

Sigo vinculado al fútbol, sí; por la radio y con los veteranos del Sporting, con los que participo a veces.

¿Sigues firmando autógrafos?

Sí, sí, sí. Sigo, sigo. Y te llena de satisfacción. Incluso tengo todavía fotos de cuando era jugador, y suelo llevarlas de viaje, porque a lo mejor en un hotel te reconocen y te piden un autógrafo.

Un placer, Eloy.

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