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Juary: una historia de mafia, fútbol y bailes en el córner de estadios pobres

Juary celebra el gol que dio la primera Champions al Oporto

«Cuando termina la temporada y estoy a punto de irme de vacaciones me llama un directivo y me dice: vamos a Italia a ver jugadores y te vienes conmigo porque entiendes de esto. Me pareció un poco raro, pero me convenció. Cuando subo al avión veo que también viaja el secretario del club… Primer vaso de vino y les pido explicaciones. Nada. Segundo vaso, tercero, cuarto… El caso es que acabo pidiendo una botella, nos la bebemos y ya medio borracho no me contengo. Basta ya, decidme a dónde me estáis llevando. Entonces el secretario me agarra del brazo y me lo cuenta. Juary, no puedes escapar. Aquí no hay ni paracaídas. Nos vamos a Italia porque te hemos vendido al Avellino». Pasar del fútbol sudamericano al europeo siempre es una aventura, pero lo de Juary juega en otra liga.

Jorge Dos Santos Filho (São João de Meriti, 1959) fue uno de los cromos emblemáticos de la Serie A en los ochenta. El campeonato italiano había vuelto a permitir la contratación de extranjeros hacía dos temporadas y todos los clubes, grandes y pequeños, mataban por disfrutar de su cuota de talento exótico. Juary comenzaba a ser popular en Brasil porque jugando con el Santos le había enchufado tres goles al São Paulo en uno de esos derbis sentidos en los que no es excepcional que muera gente en extrañas circunstancias. Incluso había disputado un par de partidos con Brasil en la Copa América antes de marcharse a México, para ganarse el pan en el Universidad de Guadalajara. Que Juary era un delantero tan menudo como rápido y hábil lo empezaban a reconocer en Brasil, pero en Italia el chico era un cero a la izquierda. Era, los más viejos del lugar entenderán esta imagen, el concejal de Cuenca en el inmortal relato de Chiquito de la Calzada.

Juary estaba a punto de aterrizar en Italia con dos problemas a cuestas: los italianos no tenían ni la más remota idea de quién era Juary y Juary desconocía por completo qué era Avellino, la pequeña ciudad a la que se dirigía. Sin embargo, eso no era lo más importante. Lo trascendental en esta historia de oportunismo, fútbol destartalado y gloria efímera es que nuestro protagonista estaba a punto de presentarse frente a Antonio Sibilia, el presidente del Avellino. Aunque llamar presidente a Sibilia es quedarse corto. Podemos quedarnos en que Sibilia era presidente o dueño, pero estaríamos escogiendo las palabras que nos brinda nuestro rico idioma de forma al tuntún. Porque usar  la palabra presidente para solucionar la descripción de Sibilia y quedarse tan ancho es como verse rodeado por una marabunta de zombis y escoger la pala en lugar de la recortada como método de defensa personal.

Juary en un partido con Santos [PNB]

Antonio Sibilia era alguien digno de reverencias en Avellino. En la pequeña ciudad de la Campania, pobre y castigada con demasiada frecuencia por los terremotos, Sibilia era un patrón. El hombre había llevado al equipo de Tercera a Primera a su manera. Su estilo incluía un lenguaje propio, batido extravagante de italiano, dialecto y jerga de los bajos fondos. Su modo incluía dos guardaespaldas custodiando su despacho en el estadio Partenio día y noche. Traje gris, camisa abierta sobre el barrigón y bigote de galán antiguo. Y su saber hacer llevaba aparejada una amistad sincera con Raffaele Cutolo, el capo de la Nueva Camorra Organizada. Sibilia había salido de la miseria poniendo ladrillos. Primero con sus propias manos, después levantando su empresa de construcción. Y dedicarte al ladrillo en una ciudad donde los seísmos golpean cada cierto tiempo y hay presencia mafiosa, llama a dos cosas: los problemas y el dinero derivado de las comisiones.

Juary recuerda la primera vez que conoció a su presidente en varias entrevistas con distintos medios italianos. El contexto es el de un despacho con cuatro personas, de las cuales solo una parece tener idea de fútbol. Una es el entrenador del Avellino, Luis Vinicio. Las otras tres son un viejo obeso, Don Antonio, y dos machacas que le guardan la espalda. «Sibilia se pone las gafas en la punta de la nariz, me echa una mirada de arriba abajo y le dice a Vinicio: ¿Estás seguro de que esto es un futbolista? ¿Me he gastado ochocientos mil dólares en esto? Si no juega en tres meses os echo a los dos».

Pero Juary jugó. Le bastaron un par de partidos para convertirse en el ídolo de la curva en el estadio Partenio en una época convulsa. La Campania había sido sacudida por un terremoto terrible hacía pocos meses. A las siete y media de la tarde del 23 de noviembre de 1980 la tierra tembló, después se abrió y lo engulló todo. Murieron tres mil personas, 280.000 tuvieron que abandonar sus viviendas. Incluso el estadio del Avellino sirvió como improvisado hogar para miles de ciudadanos. En ese clima se hizo leyenda Juary. Marcando en Catania, en Ascoli, al Bologna, plantando cara también a los grandes del norte… Y pasando a la historia del folclore futbolístico italiano por su insólita manera de celebrar los goles. Cada vez que el brasileño marcaba, lo celebraba bailando en círculos sobre el banderín del córner. Milla antes de Milla. Juary bailaba y los afectados por el seísmo, los terremotati, olvidaban por un momento su desgracia.

Antonio Sibilia

A esas alturas de la película, Sibilia ya había cambiado su percepción de Juary y lo había acogido bajo su manto. Tanto que un día pasa a buscarlo en su Mercedes. Juary se sube al cochazo y cuando le pregunta a dónde van, el presidente lo manda callar tal y como lo habían hecho meses atrás los dueños del Santos en aquel avión en el que más que un futbolista se sintió una vaca camino de la subasta. Pasan los kilómetros y al entrar en Nápoles, se da cuenta de que el paseíto no va de vacaciones. Están en Castel Capuano, en los juzgados. Era un día importante, comenzaba el juicio contra la Nueva Camorra Organizada y su capo Raffaele Cutolo, amigo personal de Sibilia. La cara de Juary cuando les ve intercambiarse tres besos y al otro recibir una medalla de oro con un lobo, el símbolo del Avellino, y la leyenda: a don Raffaele Cuttolo, con aprecio, es un poema.

Aunque las posibles conexiones entre el dueño del Avellino y la camorra resultan evidentes, el único periodista que se anima a tratar el caso concienzudamente es Luigi Necco, el reportero que solía comentar todos los encuentros de la Campania en Novantesimo Minuto, el programa deportivo por excelencia de la RAI. El 29 de noviembre del 81, antes de un Avellino-Cesena a Necco le pegan varios tiros en las piernas y le dejan una nota en la ventanilla del coche que reza: «¿Vas a volver a hacer el criticón?» Unas horas más tarde, el equipo gana 2-0 al Cesena con un gol de Juary. Mientras se recupera de sus heridas, el Avellino se salva, la ciudad sigue malviviendo tras el terremoto y Juary se va al Inter, el primer paso de una lenta decadencia que le lleva a pasar sin pena ni gloria por el Ascoli y la Cremonese.

Juray, en el Oporto, ante Hans Pflügler

«Si fuese un camorrista no habrían intentado secuestrarme, ni me habrían disparado ni me habrían metido en un coche con 80 armas de fuego», explica Sibilia cuando le intentan juzgar por su relación con la camorra. El caso trasciende aunque los modos del presidente ya eran de sobra conocidos en el ambiente futbolístico. Uno que no debía extrañarse al ver los supuestos tejemanejes del presi en los periódicos fue el representante de Juary. En su biografía recordó, a toro pasado, la ocasión en la que fue a pedirle más dinero a Sibilia y este le respondió posando su revolver sobre la mesa. «Cuando me siento me molesta», dijo Sibilia y con esa frase quedó zanjada la negociación.

Cinco años después de estas peripecias, el Porto está sufriendo para contener al Bayern de Rummenigge y Matthäus en la final de la Copa de Europa. Nadie en el Prater de Viena mueve una pestaña cuando, en el descanso, Arthur Jorge quita a un joven centrocampista para meter a un delantero brasileño en el ocaso. Los alemanes ganan por 1-0 y a los portugueses les falta un cuarto de hora para morir. Entonces, el recién ingresado quiebra en el área y asiste a Madjer para que empate con aquel taconazo delicioso. Tres minutos después el argelino devuelve el favor con un pase medido para que el brasileño superara a un atónito Jean-Marie Pfaff. El Porto gana su primera Copa de Europa y el héroe es el mismo Juary de Avellino, que lo celebra corriendo como alma que lleva el diablo hasta el banderín. Parece que va a hacer su famoso baile, pero a última hora se inhibe. Y todo el mundo entiende que de eso ya ha tenido bastante.

Juary en su etapa en el Inter de Milán, junto al entrenador Rino Marchesi y su compañero Alessandro Altobelli

2 Comentarios

  1. Exquisita nota. Bravo Sergio.

  2. Pingback: Ramón Calderé: "Cruyff me descartó porque corría mucho, dijo que no hacía falta correr tanto en el fútbol"

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