Tenis

Manolo Santana, «El Cordobés» de la cancha, a Wimbledon desde una España en alpargatas

En una España en la que llevar pantalón corto era cosa de niños, Manolo Santana constituyó una anomalía, una brizna de modernidad en un país que caminaba aún en alpargatas y que se disponía a dar un cambio social y económico sin precedentes. El deporte, minoritario en una población que todavía no podía permitirse esos lujos, contribuiría a esas transformaciones a través de unos pioneros que pasarían a la historia: el Real Madrid, algunos boxeadores (Legrá, Urtain, Carrasco…) y Santana.

Número uno mundial, campeón de Wimbledon, ganador de dos Roland Garros y de un Open de Estados Unidos, su curriculum deportivo no refleja la enorme trascendencia cultural que tuvieron sus victorias ni la importancia de su figura como exponente de una nueva sociedad que se abría al mundo quitándose sus complejos finiseculares.

«El Cordobés» de la cancha

Manolo Santana nació en 1938 en plena guerra civil, una guerra que perdió sin haber siquiera luchado. Su padre, un pobre electricista militarizado por la República como trabajador del tranvía de Madrid, fue encarcelado por los vencedores y falleció al poco de ser liberado. En el hogar familiar de la madrileña calle de López de Hoyos se pasaba hambre. Su hermano, para ganar unas pesetas, recogía las pelotas de los señoritos que jugaban al tenis en el Club de Tenis Velazquez, vecino a la casa familiar.

Cuenta la leyenda que un día fue a llevarle un bocadillo, quedándose prendado de ese juego protagonizado por señores vestidos de blanco. El pobre niño se hizo una raqueta con una silla vieja y, ya con la de segunda mano que le regaló un socio del club, empezó a ganar los torneos que se organizaban entre los «ballboys».

Una familia acaudalada lo apadrinó y fue así como Manolín se convirtió en Manolo y comenzó a ganar títulos. Los Romero Girón construyeron una pista en una explotación maderera de su propiedad y le aseguraron el sustento mientras entrenaba, algo por entonces insólito. Una historia de superación muy propia del franquismo que recuerda, sin el tremendismo taurino, al de otra de las figuras mediáticas del momento: Manuel Benítez «el Cordobés».

Luis Arilla y Manolo Santana

Empezó a entrenar en el frontón Recoletos y en la Ciudad Deportiva del Real Madrid y comenzó a viajar con 17 años. En 1956 fue campeón de España junior y en 1961, con sólo veintitrés años, ganó su primer Roland Garros enfrentándose a Pietrangeli. A su vuelta de París, en Barajas solamente le esperaba un pequeño grupo de socios del Velázquez: «por entonces en España no se sabía si la bola de tenis era redonda o cuadrada, no tenían ni idea de tenis, así que solo podían jugar al tenis los que tenían la posibilidad económica». Él se encargaría de cambiar esa situación.

En 1963 repitió la gesta en dobles, formando pareja con Emerson, y un año después volvió a ganar el torneo parisino en individuales, de nuevo enfrentándose a Pietrangeli. En 1965 se alzó con un US Open que aún se jugaba en hierba. Ya era una figura internacional.

Campeón del franquismo en la hierba sagrada

Con una Copa Davis que se resistía, Santana se centró en Wimbledon. Lo llamaba «la hierba sagrada del All England Club», el torneo más prestigioso del mundo, dominado entonces por anglosajones. Para alcanzar esta cima, inédita para un español, renunció a participar ese año en Roland Garros y estuvo un mes aprendiendo a jugar como lo hacían los australianos: jugadores altos y fuertes, no como el madrileño, que basaban su juego en el saque-volea. «Era el camino a seguir y me acerqué a Laver, Emerson, Stollie, Roche… Aprendí muchísimo».

«Cayeron los mejores por la otra parte del cuadro y en la final me enfrenté a Dennis Ralston, un americano muy grandote. Estaba enfadadísimo porque no entendía que un español le ganara en hierba». Los mejores eran Newcombe y Emerson. A Ralston, que previamente le había ganado en el torneo de Queen’s, lo venció por 6-4, 11-9 y 6-4. Cuando recogió la copa lo hizo con el escudo del Real Madrid en el pecho y, saltándose el protocolo, besó la mano de la duquesa de Kent.

Santiago Bernabéu contempló la victoria desde el palco y lo acompañó en el viaje de vuelta, siendo recibido en Barajas, ahora sí, como un héroe nacional. El tenista, junto con el Real Madrid, se convirtió en el mejor embajador del franquismo en el extranjero, situándonos, en esto del deporte, en igualdad de condiciones respecto al resto de naciones europeas.

Cuando fue recibido en El Pardo, Franco le dijo: «Santana, bien triste fue lo que pasó con su padre, pero a veces en las guerras pagan justos por pecadores». El Caudillo le impuso la encomienda de Isabel la Católica tras presenciar un partido de exhibición entre el campeón y José Luis Arilla. El dictador parece disfrutar del encuentro en las imágenes que grabó el NODO, donde el jugador también regaló raquetas y carantoñas a los nietos del Generalísimo.

           

Amateurs VS profesionales

El tenis de entonces no se parecía nada al de ahora. El deporte de élite se dividía entre los amateurs, que en teoría no podían cobrar, aunque en muchos momentos lo hacían de forma clandestina, y los profesionales, a los que les estaban vedadas competiciones como la Copa Davis.

Santana pronto pudo pasar al mundo profesional pero José Antonio Samaranch, máximo rector del deporte patrio y en un futuro presidente del Comité Olímpico Internacional, se encargó de que siguiese siendo amateur. El objetivo de Samaranch, y del gobierno, era conseguir que España brillase en la Copa Davis, para así poder reverdecer los éxitos propagandísticos que el franquismo se había apuntado con las victorias del Real Madrid y de la selección española.

Así, el gobierno contó con Manolo como gran reclamo para la campaña “Contamos contigo”, con la que se pretendía fomentar la práctica deportiva en España. El tenista no pudo competir con Laver o Rosewall, o con españoles como José Luis Arilla o Andrés Gimeno, que ya habían pasado al lado profesional, pero sí pudo colaborar con el plan de Samaranch para que el tenis se convirtiera en disciplina olímpica. En las olimpiadas de México 1968, en las que fue deporte de exhibición, el español fue la gran estrella y se alzó con la medalla de oro en individuales y con la plata en el dobles. El tenis no fue olímpico hasta 1988. Pero en Barcelona 92, cuando Jennifer Capriati ganó un oro para Estados Unidos, en su banquillo estaba Santana.

El pionero

Manolo Santana poseía todos los récords nacionales hasta la llegada de Rafael Nadal. Ante el manacorí, todos los registros palidecen, pero son épocas incomparables. El madrileño venció en 72 torneos, cuatro de ellos de Grand Slam, como ya hemos comentado. Se mantuvo siete años (1961-1967) entre los diez primeros del mundo y en 1966 fue nombrado número uno del mundo. Todos los logros fueron conseguidos en una época en la que los jugadores australianos y norteamericanos ganaban prácticamente todas las competiciones. Manolo fue el primer europeo que obtenía victorias tanto en Roland Garros como en los torneos de hierba. Cuando en 1965 ganó el Open de Estados Unidos, ningún europeo lo había hecho desde Fred Perry en 1936. Cuando venció en Wimbledon, hacía doce años que no lo lograba un jugador del viejo continente. Nunca ganó el Open de Australia, porque nunca participó en ese torneo.

Luis Arilla y Manolo Santana durante el partido de Wimblelon contra la pareja Eugene Scott y Nicola Pilic

La Copa Davis era el coto privado de los australianos y de los americanos, que se repartían las victorias desde la Segunda Guerra Mundial. Manolo lideró al equipo español hasta dos finales (1965 y 1967). Por entonces, el último campeón defendía directamente el título en su país. Era el denominado Challenge Round. Los españoles fueron derrotados en la hierba australiana por 4-1 en las dos ocasiones, pero llegar a la final era una heroicidad impensable hasta entonces y al alcance de muy pocos países.

Jugador Davis por antonomasia, poseyó casi todas las plusmarcas relativas a nuestra selección: más triunfos en total (92), en individuales (69) y dobles (23), y más series jugadas (46). Capitaneó al equipo nacional en dos etapas, de 1980 a 1985 y de 1995 a 1999, poniendo la base de lo que luego serían las históricas victorias posteriores en esta competición.

La trascendencia social y cultural del tenista es aún mayor que sus éxitos deportivos. Enseñoreado por el franquismo, que aprovechó sus gestas, al igual que hizo con las contadas victorias deportivas de la época, asentó las bases del tenis actual como deporte internacional, pues abrió los grandes torneos a jugadores no anglosajones. Pionero del olimpismo en su disciplina, ayudó a difundir el tenis en España al crear afición, abriendo paso a las sucesivas generaciones de tenistas, que encontraron en él a un padrino cariñoso y cercano. Al frente del Mutua Madrid Open en sus últimos años, la pista principal de la Caja Mágica lleva su nombre como colofón, no solo a su carrera tenística, sino también a su labor como gestor deportivo y a su carisma como uno de los personajes icónicos del siglo XX español.

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