Futbol Historia del fútbol español

¿Qué hizo Luis Enrique en el Real Madrid?

Él no tiene problemas para desenvolverse como lateral derecho o izquierdo, como delantero o centrocampista. Es un ejemplo a seguir como profesional, pues en todas las situaciones intenta sacarse a sí mismo el máximo provecho en beneficio de su equipo. Esta polivalencia es un seguro para su entrenador en casos de emergencia. También es poco valorada por el aficionado en general.

Ricardo Gallego. El País, abril de 1995

Como si ser seleccionador nacional en España no fuese suficiente pecado, Luis Enrique también cometió durante su etapa como futbolista el de estar a malas con el Real Madrid. Esto, como es evidente, pone a un profesional en el punto de mira de los medios afines al club. Sin embargo, sus desencuentros con el Madrid fueron meramente deportivos. Su paso se produjo en unos años tormentosos en los que la deuda crecía, los fichajes no acompañaban y la Quinta experimentaba su declive. Por motivos diferentes, los proyectos de Antic, Floro y Valdano acabaron saliendo mal, con desenlaces muy tormentosos. En una de esas marejadas, el asturiano cogió el puente aéreo. Repasamos aquellos días hace años en esta publicación, merece la pena volver a ellos tras la salida de su cargo como seleccionador nacional de fútbol.

Nacido en Gijón en 1970, Luis Enrique vino al fútbol en la escuela de Mareo, cantera de la que ha trascendido que fue expulsado por ser «pequeño y delgado». Después de hincharse a meter goles en el Club Deportivo La Braña, lo trajeron de vuelta al Sporting y poco faltó para que se fuera ya al Barcelona. Tal y como contó Javier Giraldo en el diario Sport, el Barça le hizo un seguimiento y el ojeador de los catalanes en el norte de España, Isidoro Sánchez, se lo terminó llevando a hacerle una prueba en Barcelona. Eso sí, la cosa salió mal.

Al llegar a Barcelona perdió el billete de vuelta y en los entrenamientos le molestaron los abductores. Dijeron que ambas cosas se debían a los nervios. Luego jugó un partidillo con el juvenil, donde estaba Tito Vilanova, por cierto, y decidieron rechazarlo sin muchos miramientos. El máximo responsable de la cantera, Luis Romero, le dijo un lacónico: «Has hecho poco». Y dieron orden a Isidoro Sánchez de dejar de seguirlo. El protagonista de esta historia se volvió a casa desolado.

Pero este chaval o su entorno dieron muestras ya en ese momento tan temprano de su carrera de que nada se iba a interponer entre el futbolista y el triunfo. Luis Enrique firmó un precontrato con el Oviedo, el máximo rival, pero Carlos García Cuervo logró retenerlo en Gijón y el jugador contribuyó a forjar la leyenda del Sporting B de Abelardo, Manjarín y él mismo. Era 1988.

En la 89-90 debutó en Primera División. Derrota en casa contra el Málaga, pero en la que envió una chilena al larguero. No hizo mucho más, pero en la siguiente temporada explotó. Enchufó goles de todos los colores y la mayoría de una ejecución impecable. Se pueden ver en un Fiebre Maldini donde rescatan un programa de El día después en el que se daba fe del pedazo de jugador en que se había convertido. Jorge Valdano iba comentando los goles que llevaba Luis Enrique ese año junto a Nacho Lewin. Uno de los tantos destacados era a Zubizarreta en el Camp Nou, nada menos, y era sencillamente espectacular. El argentino concluyó la locución con una de esas frases de las que le granjearon fama de brillante orador, sentenció: «apto para la lucha y finalmente para la sutileza final» (sic).

Luis Enrique se convirtió en el futbolista revelación de Primera División y pasó a la historia. Fue el que le marcó a Abel, portero del Atlético de Madrid, el que dio por concluido su legendario récord imbatido. Tuvo tanta visibilidad que al asturiano solo le salieron novias. Hasta Rafael Martín Vázquez dijo de él que podría ser un buen jugador para el fútbol italiano, pero por lo que fuera prefirió quedarse. El Real Madrid corrió raudo a pagar su cláusula de doscientos cincuenta millones de pesetas, que le parecía desorbitada al Barcelona —«es como un melón sin abrir», adujeron—, y la capital se llevó a la joven promesa.

Su primera temporada en el Real Madrid, fue el accidentado año de Mendoza, Radomir Antic Leo Beenhakker. No obstante, Johan Cruyff, sin pelos en la lengua habitualmente, dijo sobre él: «En ningún momento entramos en la puja por su fichaje, se trata de un buen jugador, pero no es la gran estrella que se dice». Mil trescientos millones se gastó Mendoza en Prosinecki, Rocha, Lasa y el asturiano, llamado a sustituir, él o el emergente Alfonso, la figura de Hugo Sánchez, en franco declive y que además estaba lesionado.

Durante la temporada, uno de los tremendos dilemas del año fue quien ocupaba el puesto de acompañante de Butragueño. Aunque curiosamente, como mejor rindió el 7 fue sin nadie. Respaldado atrás por Míchel, Hierro, Luis Enrique y Gica Hagi haciendo la guerra por su cuenta. El asturiano se estrenó con un gol de cabeza contra el Logroñés en la séptima jornada y repitió en la décima contra el Burgos con un tanto que las crónicas destacaron:

El Madrid salió en tromba y a los dos minutos se adelantaba en el marcador merced a un contrataque bien llevado por Luis Enrique, que pilló a la defensa burgalesa mal colocada, enfiló desde medio campo la portería rival y batió a Elduayen de tiro cruzado en su salida. El gol madridista desmoronó la hasta entonces bien organizada defensa burgalesa. (La Vanguardia, 18 de noviembre de 1991).

Sin embargo, ahí se quedó la cosa más o menos. Metió dos más y ese fue su saldo en todo el año. Cuatro goles. Paralelamente, la selección española no se clasificó para la Eurocopa de Suecia, pero, pese al desastre nacional, se hablaba mucho del combinado olímpico que tenía que dar la cara en Barcelona 92. Ahí Luis Enrique y Alfonso se compenetraban perfectamente y se hablaba de un equipo muy serio en el que llamaban la atención nuevos valores como Solozábal, Ferrer y Abelardo.

Debió ser lo único estimulante que tuvo Luis Enrique ese año, porque en el Madrid en enero se desató una crisis de las que hicieron época. Ramón Mendoza medió ante Radomir Antic para que sacase a jugar a Hugo Sánchez, que estaba protestaba su suplencia. Esto obligaba al serbio a cambiar todo el dibujo de su equipo. Luis Enrique había sido titular hasta el momento en casi todos los partidos, pero tampoco había demostrado que era un supercrack como lo había sido el ganador de cinco pichichis. Antic obedeció, Hugo no marcó, y en un partido en casa contra el Tenerife en el que se terminó pidiendo la hora con Michel de portero tras expulsión de Buyo, se tomó la decisión de despedir al entrenador con el equipo líder. Se entendía que Radomir no era capaz de que sus jugadores dieran espectáculo.

Pero Beenhakker, al que se le encomendó la misión de mejorar la estética del juego, lo hizo incluso peor y el affaire con Hugo le estalló en la cara. El mexicano se negó a viajar con el equipo si no iba a ser titular y declaró «si el equipo pierde la primera plaza y sigo sin jugar, entonces diré unas cuantas cosas». El órdago acabó con Hugo en el Rayo Vallecano previo paso por el CF América y con el club haciendo una segunda vuelta en la que tarde o temprano acababa pinchando hasta el conocido desastre de Tenerife en la última jornada.

Llegado el verano, se cumplieron los pronóstico y Luis Enrique se echó al cuello la medalla de oro de Barcelona 92. Un extraordinario campeonato, una gran generación y unos partidazos de mucho cuidado. Jugó todo lo jugable y marcó un gol en dura competencia con unos Kiko y Alfonso en plena forma.

En la siguiente etapa, Benito Floro, paisano de Luis Enrique, un técnico que llegó con al vitola del Sacchi, se hizo cargo del equipo. Temporada 92-93. El club incorporó a Iván Zamorano, indiscutible en la punta, y de nuevo a Rafael Martín Vázquez. Alfonso y Luis Enrique pasaron a ser suplentes. El equipo empezó la temporada perdiendo en el Camp Nou y mostrando un juego muy poco atractivo. La penúltima oportunidad de la Quinta para volver a ser la que era se estaba esfumando. Para colmo, Robert Prosinecki, la estrella esperada y deseada, volvió a jugar después de su complicada lesión, pero nunca recuperó la habilidad en su pierna buena, particularmente ese año fue negro en cuanto a su confianza. Se habló de que si fumaba mucho, de que si las noticias que llegaban de Yugoslavia le amargaban, que los yugoslavos que frecuentaba en Madrid no le subían el ánimo precisamente con sus relatos vitales y, fuera como fuese, sobre el césped parecía un exjugador.

Con todo, la arqueología en YouTube nos ha legado un vídeo de un buen gol de Luis Enrique en otoño al Timisoara. Una elegante definición que hacía honor a la cosa esa de «finalmente la sutileza final» que había dicho Valdano. Así las cosas, en diciembre Mendoza ya empezó a mandar mensajitos de que con la garra de Luis Enrique el equipo parecía otra cosa. El Bernabéu recibió el encargo y empezó a pitar a Butragueño.

Lo gracioso es que en enero el equipo ganó al Barcelona en un polémico encuentro en el Bernabéu, 2-1 de penalti, y empezó a remontar hasta ponerse segundo en febrero por detrás del Superdepor que se lo estaba pasando pipa con Bebeto y Mauro Silva. En estas fechas, Luis Enrique llegó a ser considerado un jugador indispensable. Martín Vázquez se fastidió el quinto metatarsiano y nadie le echó mucho de menos.

De esos inicios de año de resurrección también hay un gol del asturiano en YouTube. Es del 1-5 a la Real en Atocha. Butragueño abrió el marcador con una vaselina un tanto heterodoxa, pero vaselina al fin y al cabo. Y Zamorano hizo lo que le dio la gana en la segunda parte. Como dato curioso, en el segundo gol del chileno, de una brillante ejecución, se ve con toda claridad una pancarta en la grada, detrás de la portería, con un mensaje escueto y directo: «ETA». Luis Enrique marcó el quinto en esa portería, la de los aficionados donostiarras más desacomplejados, y también con mucho estilo, con unos amagos que logran que Yubero pierda el equilibrio y meterla con seguridad.

No se puede decir que Luis Enrique fuese la estrella de ese equipo, pero provocaba penaltis, ocasionaba autogoles o sus fallos de cara a puerta terminaban en gol de otro, como el que marcó Esnáider al Logroñés, que solo sirvió para empatar porque el Tato Abadía igualó a dos ese partido en el quinto minuto del descuento. Posiblemente la imagen más bella de la historia del fútbol español que nunca volverá, el Tato celebrando ese golazo.

El caso es que este equipo, al final, también doblegó al Dépor en el Bernabéu, que jugó con poca fe en sus posibilidades, y en mayo alcanzó el liderato. Entonces, ¿qué premio le tenía reservado Mendoza a Luis Enrique? En efecto, largarlo. Lo quiso colocar en un canje por Fernando Redondo, el deseado. Mal rollo. El Tenerife lo pedía a él, a Alfonso y novecientos millones. El asturiano se negó. Pero ya de paso, cuando Lasa se lesionaba, empezaron a ponerle de lateral para que lo tuviera aún más complicado. Fichas a un chico porque demuestra ser un killer del área y lo pones de defensa. Se ha hablado mucho de este tema, de que podía con eso y más. Pero ahí queda el dato. Sobre todo porque así se llegó a Tenerife y, una vez más, se volvió a palmar la liga en el último partido.

Días después, el Madrid levantó la Copa del Rey tras vencer al Zaragoza 2-0. Fue el único título serio en tres años, amén la Supercopa’90 y una Copa Fioruci, durante aquella travesía por el desierto de dominio del Dream Team. Pero Luis Enrique no estuvo en esa final.

En la 93-94, en la primera jornada de liga se metió un 1-4 al Osasuna que parecía prometer un año de grandes éxitos. Se había fichado a Dubovski, pichichi de la liga eslovaca, por más o menos lo mismo (500) que el Barça le pagó ese mismo verano al PSV por Romario (550). Un 1-3 en casa en la jornada siguiente frente al Valladolid puso las cosas en su sitio. Lo que le gritó la grada a Vitor aquel día no se puede reproducir y fue poco comparado con lo que todavía quedaba por expeler en las siguientes jornadas. Martín Vázquez pasaba por el organizador del equipo, pero la cosa estaba muy anquilosada. Lejos quedaban los años de pases vertiginosos de Butragueño, Míchel y Rafa, que este año vivió un auténtico viacrucis. Cuando el Tenerife eliminó al Madrid de la Copa en el Bernabéu por 0-3, le tuvieron que sacar escoltado por la policía. Ese día del estadio y días después también de los entrenamientos. Martín Vázquez dejó de hablarse con Floro y llegó incluso a filosofar en sus quejas en la prensa:

La vida era antes más bonita, la sociedad nos ha hecho cambiar, cada uno va a lo suyo… En un sitio o en otro… puedo demostrar mis cosas. (El País, 22 de febrero de 1994).

En cuanto a Luis Enrique, en este segundo año de Floro se le situó en el lateral con todavía más frecuencia. Y ahí daría de sí lo que diese, pero hay que subrayar que la prensa lo destacó en Navidad como el jugador «más en forma de la plantilla». Al menos se logró ganar al Barcelona en la Supercopa, aunque en el póster de la celebración Luis Enrique saliera mirando para otro lado, casi como avergonzado. O igual solo estaba vislumbrando en el horizonte lo que le venía encima al equipo. Ocurrió un 8 de enero de 1994. Barcelona. Estadio Nou Camp. Romario da Souza Faria hizo lo que le vino en gana con la defensa blanca. Resultado: cinco a cero. Luis Enrique tuvo una colaboración destacada en el cuarto gol de la noche. Nadal lanzó un melón sin peligro a la banda, el asturiano no pudo controlarla, se la robó Laudrup, toquecito a Romario y gol. En ese momento la cámara enfocó a Hristo Stoichkov. Reía como si le hubiese tocado la lotería. Los directivos barajaron la posibilidad de multar a los jugadores por bajo rendimiento.

Justo en el siguiente encuentro, de Copa frente al Atlético, el equipo pudo desquitarse un poco. En la ida Luis Enrique tuvo una participación destacada provocando el penalti del empate del Madrid y, en la vuelta, clavó un gol de cabeza por la escuadra a pase de Paco Llorente bastante decente y que resultó decisivo. Aunque el charro de la noche fue de Lasa tras una galopada y pasar de dársela a Butragueño. «¡Prefiere el disparo a jugar con Butragueño!», dijo asombrado José Ángel de la Casa en la retransmisión, pero de ese disparo salió un golazo de padre y muy señor mío.

Ese año, en Europa, de nuevo contra el PSG, no hubo suerte en la ida en casa, 0-1, y en el partido de liga de esa semana ocurrió el Lleida-Gate famoso de «Con el pito nos los follamos», la última charla desesperada de Floro. El técnico fue destituido y se acabó la dictadura del férreo 4-4-2. Un sistema que había dado tics de autoritario, uno de los escándalos del año se produjo cuando Toni Grande cambió a un 3-4-3 con el filial durante unos minutos y se montó por desobedecer y no mantener el 4-4-2 zonal de Floro, quien advirtió que iniciaría una investigación para depurar responsabilidades.

Con Del Bosque, que cogió el equipo como subalterno, Luis Enrique volvió al ataque y fue quizá el mejor jugador en la vuelta contra el PSG. Sin ser decisivo, digamos que sí que estuvo en las jugadas decisivas. Insistía con algo de vehemencia, recurso caro a aquel Madrid, y en un córner que propició marcó Hierro el único gol de los blancos. Pero la cosa no daba más de sí. El empate envió a casa al Madrid.

Los registros goleadores de Luis Enrique tampoco fueron muy allá esa temporada: dos goles en liga. Aunque hay que entender que jugó atrás todo el año. Uno fue al Racing en el Sardinero, haciendo de nuevo buena la frase de «finalmente la sutileza final» y un tiro cruzado al Albacete en las últimas jornadas. La vergüenza de perder en casa contra el Barça, con aquel gol de Amor, y no poder dcarle el título al Dépor, Luis Enrique se la ahorró. No estuvo presente y salió en verano directo para el Mundial. En la Roja, Clemente le adoraba por su polivalencia, aunque en el Mundial de Estados Unidos pasó a la historia por el codazo que recibió de Tassotti dentro del área, no sancionado como penalti por el colegiado Sándor Puhl. La escena del asuturiano sangrando con la nariz rota son historia del fútbol español.

En la 94-95, Jorge Valdano recaló por fin en el Real Madrid. El juego mejoró notablemente. Fue el año de, por este orden, Zamorano, Laudrup. Amavisca, Buyo, Quique Sánchez Flores y habría sido también el de Redondo de no ser porque Jokanovic, del Oviedo, le partió la rodilla. El excelente delantero Carlos explicó el porqué sin contemplaciones: «Ha sido una desgracia, pero también hay que ver lo que ha tenido que soportar Jokanovic. Yo he visto cómo ha intentado humillarle y he oído las cosas que le dijo. Hasta le tuve que decir que quién se creía que era. No todos tenemos la suerte de tener un amigo en el Madrid para llevarte».

¿Y Luis Enrique? Los titulares decían que cuando iba a la selección, defensiva, era delantero, y en el Madrid, ofensivo, defensa. Le preguntaron si no se estaba volviendo esquizofrénico y contestó que ya estaba acostumbrado a «encontrar criterios distintos». Aquel año, al final jugó de todas las posiciones posibles. En el Madrid empezó de lateral, pero cuando Míchel se rompió en Anoeta pasó al centro del campo y, ocasionalmente, Valdano también lo puso de delantero. Lo relevante es que casi siempre fue titular. En el recuerdo esta ha quedado como su mejor temporada en el Madrid y, también, una imagen para la historia su cuarto gol en la manita de vuelta al Barcelona.

Justo un año y un día después del repaso en el Camp Nou, fue el Madrid el que le metió 5-0 al Barcelona. Luis Enrique fue comedido antes del partido y declaró que respetaba al Barça y que lo temería el resto del año aunque saliera derrotado de Madrid. Elegante y señorial, sí, pero cuando clavó el cuarto, casualmente el que se marcó en contra el año anterior por un error suyo, echó a correr hacia la grada abriendo los brazos, agitó su camiseta del Real Madrid para detenerse y exclamar por dos veces «¡Toma!» moviendo el puño eléctricamente, instante en el que fue abrazado por sus compañeros.

Ese año también se produjo el debut de Raúl González y Valdano tuvo arrestos para despachar a Butragueño, lo que anunciaba un cambio de era, que tardó dos años, una Ley Bosman y unos cuantos millones en producirse, pero se produjo. El asturiano hizo su segundo mejor registro de goles con el Madrid, cuatro, pero en la grada estaba pasando algo. Con el equipo campeón de liga, con Buyo buscando el Zamora y Zamorano igualar a Romario como Pichichi, en uno de los últimos partidos contra el Betis en el Bernabéu, el público pitó a Luis Enrique. ¿Por qué? Ese había sido su mejor año. Ante la polémica, desde Barcelona ya se especuló con su fichaje, pero Núñez lo desmintió. Siguió una temporada más.

Verano del año 1995. Ramón Mendoza, que acababa de ganar las elecciones a Florentino Pérez y de declarar como perjudicado por las escuchas del CESID, le comunicó a Valdano que no había un duro para fichar. Llegaron Esnáider y Freddy Rincón, que fue recibido cariñosamente en la capital de España con pintadas en las paredes del estadio que decían «Vuelve a la selva», «Te vamos a matar», «Eres un blanco fácil» entre otras como «Valdano solo ficha sudacas». De hecho, cuando él y Cappa firmaron por el Madrid, ya se había pintarrajeado en Concha Espina «No queremos ni rojos ni sudacas». Para empeorar el ambiente, esa temporada empezó con derrota estrepitosa en la Supercopa ante el Deportivo y Luis Enrique fue titular en ambos partidos.

En octubre saltaron las primeras alarmas y, cómo no, en plan charlotada. Luis Enrique se cayó de una convocatoria y aprovechó para rajar: «No juego y no juego. Y ya está. ¿Descanso? A este paso con lo descansado que estoy podré jugar hasta los sesenta o setenta años». A las pocas horas, Fernando Carlos Redondo acudió al dentista, se le infectó una muela y Valdano llamó a Luis Enrique convocado. Tuvo que estar en el banquillo con cara de sota delante del míster después de haberla liado por nada.

Todo siguió mal. El Madrid perdió contra Oviedo y Valencia y empató con el Albacete. El que rajó entonces fue Valdano: «Da hasta vergüenza hablar en la situación en que estamos. Me siento con autoridad para pedirle mucho a mis jugadores, pero no estamos ni para pedirle un ruego a los aficionados. El asunto se ha puesto para hombres. Espero un cambio de actitud, desde ya, en los futbolistas».

Hubo una oportunidad contra un Barça también en horas bajas ante el que se empató a uno. Luis Enrique y Laudrup protagonizaron una jugada que le pudo dar la victoria al Madrid, pero el danés falló con todo para enchufarla. Los dos se fueron después directos al banquillo. Ya se hablaba de que Luis Enrique no renovaría y de que le querían el Atlético y el Sporting. Para más inri, Mendoza dimitió como presidente y le sucedió Lorenzo Sanz.

En diciembre, Luis Enrique fue de los pocos del equipo que, sobre el campo, empezó a hacer la guerra por su cuenta, a jugar sin dios ni amo, y eso curiosamente le enfrentó a Valdano. En un partido contra el Español le sustituyó en el descanso y al final del encuentro, en que perdió el Madrid, Luis Enrique se rio en la cara de su entrenador delante de los medios con «sonoras carcajadas». Después, en La Coruña, Bebeto le metió tres al Madrid y el técnico argentino, ya desbordado, declaró: «Hoy empieza el futuro». No iba desencaminado, Sanz había empezado a fichar a Šuker. Y Luis Enrique no iba a volver a jugar con el argentino, prácticamente estaba con un pie fuera.

Llegó enero y Laudrup y el asturiano se reunieron en privado para tomar la decisión de no volver a hacer declaraciones mientras siguieran sin jugar. Valdano se quejó al salir la noticia de que no se respetaba su apuesta por la cantera. Pero en Copa del Rey, con su apuesta, se cayó de nuevo ante el Español en un Bernabeu con un tercio de entrada. Sanz dijo: «La paciencia del público raya en la Santidad». Para enfrentarse al Rayo, Valdano fue más lejos y sentó a Sanchís. No habrá nadie sobre el césped de la Quinta por primera vez en más de diez años. El vestuario estaba dividido entre un bando liderado por Raúl y Redondo, fieles al entrenador, y otro por Michel y Laudrup, desafectos. Los vallecanos ganaron por 1-2 y Valdano fue destuido. Luis Enrique vio todas estas cosas desde la grada.

Fue con la llegada de Arsenio Iglesias que volvió a disfrutar de algunos minutos y él lo celebró con una expulsión evitable. Agredió a Christiansen, entonces en el Oviedo, que le había dado dos patadas por detrás. Tras esta roja, lo último reseñable de su etapa como jugador del Madrid, Luis Enrique lo hizo marcando entre pitos escandalosos un gol al Deportivo en el Bernabeu con la estrecha colaboración de Donato. En su última aparición con la camiseta blanca, en Valladolid, fue sustituido en el descanso por Lasa, que abrió lo que luego fue un 0-3, pero las victorias de final de temporada del equipo no fueron suficientes ni para entrar en la UEFA.

Tres días después del último partido de liga en la Romareda, el 28 de mayo, Luis Enrique anunció su fichaje por el FC Barcelona. Un «secreto a voces», se dijo. Parecía que el único valor que podía tener este fichaje para los catalanes era el de fastidiar al Madrid, pero dieron con un futbolista clave que les duró ocho temporadas. Si con el Madrid nunca marco más de cinco goles en las tres competiciones, con los azulgrana, el primer año enchufó dieciocho y el segundo veinticuatro. Todo esto sin mencionar los goles que le metió al Madrid.

 

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