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Leo Messi se regala a cámara lenta la opción de ser campeón del mundo

Dieciséis años tardó Argentina en entender a Leo Messi, su mejor jugador. Dieciséis años de dejarle solo contra el mundo y exigirle imposibles. Dieciséis años de competir con su talento, de rodearle de falsas estrellas en vez de complementos necesarios. Dieciséis años que tocaron a su fin con la llegada de Lionel Scaloni al banquillo albiceleste, un hombre que como jugador siempre supo sus limitaciones y se ajustó a ellas; un recién llegado que como entrenador ha diseñado un sistema rocoso que solo busca el lucimiento de su gran estrella. Pero no un lucimiento cualquiera, sino con sentido.

Los que pasamos años disfrutando con Messi en el Barcelona no conseguíamos entender la incapacidad de su selección para explotar la jugada clave de su repertorio. Messi, que puede llenar minutos de YouTube con grandes jugadas individuales, golpeos a la escuadra y faltas imposibles, en realidad ha decidido la mayoría de los partidos con un movimiento clave: la pared. Algo tan sencillo como eso y tan difícil, al parecer, de recrear en el equipo nacional. Mundial tras mundial, vimos a Leo recibir, pasar la pelota al Lavezzi, el Tévez, el Dybala o el Higuaín de turno, buscar la continuación y encontrarse con la nada.

Las ventajas de Messi nunca fueron ventajas explosivas o, si lo fueron, se limitaron a sus primeros años. Ya desde el año de Tito Vilanova en el banquillo azulgrana –y Leo tenía 26, por entonces– se le viene acusando de «jugar andando». Andando, llegó a la final de la copa del mundo en 2014 y se quedó a un par de ocasiones cantadas de ganarlo. Andando, se convirtió en el máximo goleador y el máximo asistente de la historia de la albiceleste. Andando, ha llevado en volandas a su equipo a una segunda final mundialista, dejando para el recuerdo una jugada a cámara lenta en la que, sin grandes aceleraciones, dejó retratado al gran Josko Gvardiol y regaló el tercer gol a Julián Álvarez.

Incapaz de generar él mismo los espacios, Messi cimentó su jerarquía a través de la colaboración ajena. Pase y desmarque. Pase y desmarque. No necesariamente en vertical, por supuesto, algo que tanto ha costado entender en Argentina, una selección a menudo sobreexcitada. Es incluso emocionante ver a esta selección entender tan bien a su capitán y dejarse la piel en la labor de coronarle como el único jugador en la historia en ganar Mundial, Copa América, Juegos Olímpicos, Mundial Sub 20, Champions League y Balón de Oro.

Para eso, decía, bastó con descubrir la pared. No se puede pedir que Messi haga todo el rato lo que le hizo a Guardiol -y aun así, esa jugada requiere de un Lovren que mire atentamente sin tapar el único hueco posible durante cinco largos segundos-, así que Scaloni tuvo bien claro que había que adaptarse. Nunca una limitación dio tantos réditos. Condenados a devolverle el balón a Messi incluso en jugadas en apariencia intrascendentes, Messi ha parecido durante tres semanas aquel jugador intratable que fue durante años. Da el balón y todos esperan el momento para devolvérselo en ventaja. Cuando lo consiguen, el peligro está asegurado.

Ya en la primera parte, Argentina había desbaratado las opciones de Croacia

Elegí mal día para ser central croata

Decía Juanma Lillo allá por 2010, los años del esplendor del rosarino, que sí, que Messi era el que mejores jugadas hacía del mundo, pero que el mejor jugador era Iniesta. Son distinciones casi metafísicas que siempre se suelen solventar con una mueca de desprecio, pero viendo a Messi en 2022 queda mucho más claro lo que quería decir el tolosano. Messi ya no es capaz de imitar las jugadas de Mbappé ni las de Haaland ni las del omnipresente Modric, un jugador de leyenda. Y, sin embargo, puntualmente, en el entorno adecuado, puede ser mejor jugador que todos ellos.

A eso, hay que añadirle una fe inquebrantable. Fe en Messi y fe en el destino. Argentina llegó a Qatar después de hacerse con la Copa América y con una incómoda sensación de «ahora o nunca». Entró en el torneo con una exhibición en el primer tiempo ante Arabia Saudí y acabó ese primer partido con una derrota traumática. Desde entonces, lo sorprendente es lo superior que ha sido a todos sus rivales, pese a complicarse sistemáticamente todos los marcadores. Pudo arrasar a Australia y se quedó a una parada del «Dibu» Martínez de salvar la prórroga. Pudo golear a Países Bajos y acabó clasificándose por penaltis. En ambos partidos, fue escandalosamente superior. En ambos, la defensa mostró una peligrosa mandíbula de cristal.

No se vio esa debilidad ante Croacia. Podemos pasarnos horas discutiendo sobre el primer penalti, pero lo cierto es que tanto puso el árbitro en su señalización como la defensa croata en dejar solo a Álvarez frente al portero. Fue un fallo en cadena impropio de una selección que tanto ha destacado por su orden y su seguridad atrás. A los cinco minutos, llegó otro fallo infantil y el segundo gol, también en mano a mano de Julián Álvarez, que definió tan mal como en la primera oportunidad, pero encontró el apoyo de hasta dos rechaces dentro del área.

El 2-0 no sentenciaba el partido porque ya lo habíamos visto ante Australia y ante Países Bajos y la cosa acabó como acabó. Lo aniquiló la apatía croata y su ausencia de vértigo. Como le sucedió en la semifinal de 1998, no fue capaz de sobreponerse a la tragedia. Se limitó a ver cómo pasaba el tiempo y cómo se alejaba la opción de repetir final después del exitazo de 2018. En la comodidad que da la confusión ajena, Messi se inventó de la nada el tercer gol. Un gol a cámara lenta, como el resto de su juego, y en el que, como decía antes, más allá del mérito propio, es de justicia señalar el desastre conjunto de los dos centrales croatas.

Julian Alvarez sentencia el partido con el 3-0 rematando una genial asistencia de Messi

Argentina, ahora sí, va en serio

Llega así Argentina a su quinta final mundialista. Ha perdido las dos últimas que ha jugado, pero en ninguno de esos dos campeonatos –Italia 1990, Brasil 2014– dio la sensación de haber llegado ahí con justicia. No es el caso en Qatar. Esta no es la selección que se clasificó de milagro para octavos en Rusia y cayó con contundencia ante Francia en el primer cruce. Incluso en el caso de que Griezmann y compañía se volvieran a cruzar en su camino, Argentina podría mirarlos a la cara.

¿Por qué? Porque más allá del talento, hay una idea. Porque, por fin, saben a lo que juegan y saben cómo optimizar sus muchos recursos. Porque su entrenador no solo sobrevivió a una plaga de lesiones y a una primera derrota sin excesivos dramas, sino que supo recomponer el equipo para convertirlo en un grupo unido. Acuña, De Paul, Molina… Argentina está llena de jugadores bajo sospecha este año en sus equipos, pero que se transforman bajo la dirección de Scaloni y la claridad de una misión muy concreta.

Cuando hubo que jugársela, Scaloni prefirió hacerlo con Enzo Fernández y Julián Álvarez, dos postadolescentes, y el fútbol le ha dado la razón. Esa mezcla de valentía y sentido común le han hecho llegar hasta donde ha llegado y le han convertido, a los cuarenta y cuatro años, en uno de los grandes directores técnicos de la historia del combinado nacional. Por supuesto, todo ello quedará en nada si el domingo no gana la final. O en casi nada. Cada partido de Argentina en este Mundial ha sido una puñalada en el corazón del aficionado, que tal vez sea consciente ahora de lo fácil que habría sido sacar lo mejor de Leo cuando a Leo nadie le discutía el trono. No pudo ser entonces. Merecerá la pena la espera si lo consigue ahora. Messi, campeón del mundo. Lo que ya habíamos dado por imposible.

Argentina ya espera a Francia o Marruecos en la final de la Copa del Mundo

Un comentario

  1. Hola, creo que ya tardáis en hacerle una entrevista de las vuestras a Carles Rexach. Es muchísimo más que el de la servilleta de Messi, y aparte de lo que puede explicar de sus vivencias deportivas da para hacer un retrato sociológico de España y Catalunya de los 60 a 2010. Mirad el documental sobre la Recopa de Basilea.

    Y escribo esto antes de la final, el posible campeonato de Messi y de que nos empecemos a acordar de la dichosa servilleta.

    Felicidades por vuestra magníficas entrevistas.

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