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El «believe» de Luis de la Fuente

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Luis de la Fuente, en rueda de prensa en Wembley (Londres), 25 de septiembre de 2026. Cordonpress

Los aficionados a la serie Ted Lasso, que emite actualmente la cuarta temporada, no podemos evitar acordarnos del entrenador del A. C. Richmond —ahora femenino— cuando vemos a Luis de la Fuente con las manos en los bolsillos. La posición de ambos entrenadores es muy parecida, con esa aura de hombre corriente al que nada parece alterar demasiado, como si dirigir un equipo de élite fuese una extensión natural de estar esperando el autobús o haciendo cola en un supermercado.

En esa posición se encontraba De la Fuente el pasado sábado, en Wembley, cuando empezó a complicarse el partido. Inglaterra le daba la vuelta al marcador tras un arranque magnífico de la selección española, que se había adelantado con un gol tempranero de Lamine Yamal. El encuentro empezó a deslizarse hacia el lado inglés y durante unos minutos pareció que España había perdido el control hasta que entraron Alex Baena y Mikel Oyarzabal para darle la vuelta al partido. Durante los minutos que duró la remontada, De la Fuente seguía igual, con las manos en los bolsillos y esa expresión tranquila de analista procesando todo lo que ocurre en el campo.

Quien haya visto Ted Lasso reconocerá el procedimiento, aunque no necesariamente al personaje. Luis de la Fuente no lleva bigote, no habla con aforismos de entrenador de instituto de Kansas y sabe perfectamente lo que es un fuera de juego. Tampoco ha llegado al fútbol profesional por las ganas de revancha de una esposa despechada. El entrenador nacional lleva décadas en las categorías inferiores de la selección y ha visto crecer futbolísticamente a algunos de los jugadores a los que ahora dirige. Sin embargo, entre el entrenador del Richmon y el de la selección subyace una conexión profunda: que los equipos los forman personas y es necesario tratarles como tales.

La serie construyó alrededor de esa idea un cartel amarillo escrito a mano: «Believe». Creer—que en esta cuarta temporada se mantiene a base de tunearse—. Parecía una broma porque todo en Ted Lasso parecía inicialmente una broma, desde el entrenador estadounidense aterrizando en la Premier sin entender sus reglas hasta la dueña que lo contrata para destruir su propio club. Luego uno descubría que el cartel era probablemente el elemento táctico más importante del Richmond. Lasso no pretendía convencer a sus jugadores de que eran mejores de lo que eran, sino conseguir algo bastante más difícil: que confiaran en el compañero que tenían al lado, incluso cuando ese compañero fuese Jamie Tartt, Roy, alguien a quien unas semanas antes habrían arrojado encantados debajo del autobús del equipo.

Por cómo vamos conociendo a De la Fuente no nos extrañaría nada que llevase su propio lema a los partidos con el equipo. En su caso sería «familia» una palabra que usa con bastante frecuencia mientras habla de confianza con una insistencia que en otro contexto podría confundirse con uno de esos seminarios donde un señor con americana blanca explica cómo hacerse millonario despertándose a las cinco de la mañana. La diferencia está en que sus jugadores parecen creerle. Antes de Wembley volvió a referirse a su «fe ciega» en el equipo. Y después salen Baena y Oyarzabal desde el banquillo y resuelven un partido en Inglaterra, como lo hizo Merino anteriormente en el mundial. Todo lo cual ayuda bastante a que la literatura corporativa deje de parecer autoayuda.

Eso era también Richmond. Ted Lasso nunca trató verdaderamente sobre las virtudes de ser buena persona, aunque durante algún tiempo se vendiera así, sino sobre la construcción de un grupo en el que las jerarquías podían moverse sin que todo se desmoronase. Jamie Tartt tenía que aprender que ser el mejor futbolista no significaba que el equipo tuviera que organizarse alrededor de sus neurosis. Roy Kent debía asumir que podía dejar de ser jugador sin dejar de pertenecer al vestuario. Nathan podía pasar de recoger toallas a diseñar una jugada. Incluso el entrenador necesitaba constantemente a quienes tenía alrededor porque la gran broma de la serie era que Ted Lasso, el hombre que parecía enseñárselo todo a todo el mundo, apenas podía sostenerse solo.

Con España ocurre algo parecido cuando funciona. Lamine Yamal o Nico Williams pueden ser superestrellas sin que cada partido tenga que convertirse en una demostración pública de su condición. Rodri puede organizar el centro del campo, Pedri apropiarse durante veinte minutos del encuentro y Oyarzabal seguir apareciendo desde ese extraño lugar futbolístico reservado a quienes nunca parecen protagonistas hasta que uno repasa los partidos importantes y descubre que siempre estaban allí. De la Fuente ha logrado que la selección viva relativamente bien con esa distribución del protagonismo, algo nada sencillo en un deporte que ha convertido cada alineación en una declaración ideológica y cada suplencia en un problema de Estado que debe debatirse durante seis horas en televisión.

También ha construido su autoridad de una manera poco espectacular. Del Bosque tenía el bigote, Luis Aragonés el gruñido y Luis Enrique esa capacidad de entrar en una rueda de prensa como si estuviera dispuesto a discutir con el mobiliario. De la Fuente parece el hombre al que llamarías para presidir la comunidad de vecinos porque nadie tiene nada especialmente grave contra él. Cuando llegó a la absoluta se pensaba que sería una solución provisional, un entrenador de la casa, uno de esos nombres que aparecen mientras la federación busca algo más brillante. Después empezó a ganar y siguió hablando con la tranquilidad de quien lleva una carpeta azul debajo del brazo. Incluso eso lo aproxima a Lasso, cuya principal arma consistía en que los demás tardaban demasiado en comprender que debajo de aquella apariencia inofensiva había un método.

El «Believe» del Richmond no significaba que creer fuese suficiente. Si fuera así, los estadios estarían llenos de campeones y bastaría con imprimir frases motivacionales en las camisetas. Lo que implica es que la táctica funciona mejor cuando quien debe ejecutarla sabe que un error no supone perder inmediatamente la confianza del entrenador, que un suplente entra de otra manera cuando siente que forma parte del plan y que los equipos soportan mejor los malos momentos cuando no necesitan buscar un culpable. España no ganó hoy por abrazarse mucho, naturalmente. Pero cuando perdía en Wembley y Harry Kane colocó el balón en el punto de penalti, el cartel amarillo habría parecido una cursilada. Un rato después España había ganado 2-3. Es lo bueno de algunas cursiladas: cuando funcionan, dejan de parecerlo.

3 comentarios

  1. LOLA MANRIQUE

    Me ha gustado el articulo, y haber si se puede ganar la Liga de Naciones .

  2. LOLA MANRIQUE

    Es una buena similitud entre Luis de pa Fuente con A.C Richmond .

  3. Luis De la Fuente fue un gran jugador y ahora es un gran entrenador como don Vicente Del Bosque .

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