Boxeo

José Legrá: «En el boxeo dos hombres se están matando durante doce asaltos y luego se abrazan de corazón»

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El boxeador hispanocubano José Legrá, campeón del mundo del peso pluma del CMB, Reino Unido, 7 de enero de 1969. (Foto de Len Trievnor/Daily Express/Hulton Archive/Getty Images)

Antes de que le pusieran unos guantes, aquel niño flaco que sacaba brillo a los zapatos de los señores en las calles cubanas de Baracoa soñaba con el béisbol, con llegar a ser un gran campeón de un deporte en el que la gloria se perseguía con un bate en lugar de con unos puños enguantados. Quizá por eso José Legrá siempre boxeó como si el cuadrilátero fuese un diamante, ligero de piernas, atento a la trayectoria del rival y dispuesto a salir corriendo en cuanto conectaba el golpe. No era un púgil hecho para quedarse quieto intercambiando castigo. Entraba, golpeaba y desaparecía. Cuando el adversario conseguía averiguar dónde estaba, Legrá ya estaba en otro sitio. El Puma de Baracoa murió en Madrid, en la madrugada del quince de julio, y los periódicos lo han despachado con el teletipo de agencia. Nos dejó a los ochenta y nueve —según algunas versiones, ochenta y tres en otras—, tras sobrevivir a la covid-19 durante la pandemia. Una despedida demasiado discreta para quien vivió haciendo ruido, hablando casi tan deprisa como movía las piernas y convirtiendo cada combate en un espectáculo. Durante unos años, aquel limpiabotas cubano fue uno de los hombres más populares de España, campeón del mundo cuando el boxeo era un deporte que seguía medio país y por eso merece algo más que unas líneas en la sección de obituarios, merece que volvamos a contar su historia.

Legrá llegó a Barajas a finales de 1963, con los bolsillos vacíos y con el boxeo profesional recién prohibido en su país, y lo esperaba al pie de la escalerilla Evelio Mustelier, Kid Tunero, otro cubano al que la historia había traído antes a este mismo sitio y que se encargó de pulir lo único que aquel chico traía consigo, una velocidad de piernas que nadie sabía muy bien de dónde le salía. Encadenó más de sesenta victorias seguidas, se hizo español en 1966 y en diciembre del año siguiente se proclamó campeón de Europa, y el 24 de julio de 1968, en un pabellón junto al mar en Porthcawl, tumbó dos veces en el primer asalto a Howard Winstone y le quitó la corona mundial del peso pluma en el quinto, con la primera cadena de Televisión Española retransmitiendo en directo y con los españoles del graderío saltando al cuadrilátero para pasearlo a hombros. Encima del ring, mientras Matías Prats narraba para Radio Nacional, Legrá se puso a cantar a pleno pulmón el La, la, la con el que Massiel había ganado Eurovisión tres meses antes, y no se me ocurre una imagen que retrate mejor a la España de aquel verano, ni un modo más exacto de entender por qué un negro cubano llegó a ser en este país lo que fue.

El título le duró seis meses. En enero de 1969, en el Royal Albert Hall, los jueces se lo entregaron a los puntos a Johnny Famechon en una decisión que nadie de los que estaban allí defendió después, y que él siguió considerando un robo hasta el último día. Volvió a ser campeón de Europa por séptima, recuperó el cetro mundial en Monterrey en diciembre de 1972 tumbando a Clemente Sánchez en el décimo, lo perdió cinco meses más tarde en Brasilia contra Eder Jofre, también a los puntos, también discutido, y todavía llegó a rodar una película, Cuadrilátero, con Eloy de la Iglesia, y a convertirse, dos décadas después, en un rostro simpático de las variedades de Telecinco. Del viaje a Brasil contaba una cosa que explica el país entero. La víspera lo llamaron para decirle que a las once y cuarto de la mañana lo recibía el jefe, y el jefe era Francisco Franco, y él fue a El Pardo y le prometió que haría lo humanamente posible por devolver el título a España, y cuando volvió sin él lo que peor llevaba no era la derrota sino haber dado su palabra a alguien delante del cual un limpiabotas de Baracoa no podía permitirse fallar.

Todo eso está en los libros. Lo que no está, o está solo en una cinta que rueda por internet, es la conversación que mantuvo con Jesús Quintero ya de mayor, cuando ninguno de los dos tenía nada que vender y el silencio del entrevistador servía para que el entrevistado se cayera hacia dentro. Le preguntó Quintero qué se siente al besar la lona por primera vez, y Legrá, que llevaba casi trescientos combates encima, respondió que una sensación muy desagradable, y enseguida, sin que nadie se lo pidiera, explicó por qué, porque uno llega a creerse Dios —«entre comillas», matizaba—, y de pronto está en el suelo y descubre que aquello era ignorancia, la ignorancia que tenemos los seres humanos. Se acordaba del rival, un tunecino cuyo nombre ya no le venía, y se acordaba de que tres meses más tarde, en París, lo tumbó dos veces y tuvieron que quitárselo de encima en el cuarto asalto, y contaba las dos cosas con la misma voz, la caída y la revancha, como quien enseña las dos caras de una moneda que le costó mucho aprender a mirar.

Le preguntó también si había llorado en un cuadrilátero, y dijo que la lágrima le empezó a salir arriba y que se la guardó para el vestuario, por aquel campeonato del mundo que no perdió y que le quitaron, y añadió que hoy ya no lloraría, porque a estas alturas le habían fallado tantas personas que se creía sus amigas que las lágrimas se le habían mudado de sitio. Contó entonces la anécdota de aquel al que resolvió en una hora un problema de una mercancía retenida en la aduana de Barcelona, y que años después, cuando fue él quien necesitaba un favor, lo citó a las once de la mañana y no apareció, y Legrá, que se había metido en la cafetería de enfrente para llamar por teléfono y comprobar lo que ya sabía, prefirió no subir, por amor propio, y ni siquiera quiso decir el nombre delante de la cámara porque no merecía la pena mencionarlo. Y de ahí, sin transición, saltó a lo que de verdad le fascinaba del oficio al que lo empujaron sin preguntarle, que en la calle un vecino te guarda rencor toda la vida porque un día ibas despistado y no le diste las buenas tardes, y en cambio dos hombres se pasan doce asaltos intentando destruirse y al final se abrazan de corazón, de corazón, insistía, sin rencor ninguno. Lo cruel no estaba dentro de las cuerdas. Lo cruel estaba en el graderío que gritaba «mátalo, mátalo», y él no se lo perdonaba, y se preguntaba en voz alta qué le costaba a esa gente gritar «gánale», o «pégale», por qué la palabra tenía que ser aquella, y de ahí pasaba a los que se ríen cuando el picador se cae del caballo, y remataba diciendo que aquello era el circo romano.

Un tramo de la entrevista no se emitiría hoy, y alguien más pulcro que yo preferiría no citar. Legrá, negro, hijo de una madre negra, confesó a Quintero, pidiendo perdón antes y después, que las mujeres negras no le atraían, y se metió en un pantano del que salió con la única frase que redime el pasaje entero, cuando Quintero le apuntó que hay quien prefiere que le digan «de color» y él se sublevó, porque llamarlo a uno «de color» no significa nada, porque color son el azul y el amarillo, y a él había que llamarlo negro, que era lo que era y lo que no pensaba disimular. Aquel hombre que se equivocaba en público con una sinceridad que ya no se estila había entendido antes que muchos que el eufemismo es una forma educada de quitarle a alguien el nombre.

De las cosas buenas de la vida hablaba con la misma naturalidad. Se había casado con Nines, cordobesa, y contaba lo del carburador con una carcajada, y mandaba recuerdos a los amigos vivos y a los muertos, a Pedro Carrasco, a Rocío Jurado, que entonces peleaba su último combate y a la que quiso desear públicamente lo mejor porque habían sido vecinos en la misma escalera de Núñez de Balboa, él en el segundo y ella en el cuarto. Y confesó lo que ningún campeón confiesa mientras lo es, que con veinte años y pico y el cinturón en la cintura llegó a creer que el dinero no se le acabaría nunca y que el mundo era una tienda donde bastaba abrir la boca para que le dieran lo que señalase, y que a su alrededor había siempre gente comiéndole el coco. Quintero, que sabía dónde estaba la herida, le preguntó por el día en que salió a la calle sin corona. Legrá tardó en contestar, y lo que dijo fue que aquello duele por uno, claro, pero duele más por determinadas personas, y ahí se le quebró un poco la voz y cambió de tema.

Los últimos años los pasó en una residencia que le pagaron los amigos, con la memoria yéndose y volviendo, contándoles a los otros ancianos que él una vez fue campeón del mundo, cosa que seguramente ninguno creía. Que el país que lo paseó a hombros en Porthcawl lo despidiera con doce líneas de agencia y sin ponerse de acuerdo en su edad es una manera bastante española de cerrar el asunto. A mí me queda la imagen que él mismo eligió para explicarse, la de los dos hombres que se han estado matando durante doce asaltos y se abrazan al terminar, sin rencor, de corazón, mientras el público sigue pidiendo sangre desde la oscuridad. Ojalá alguien lo esté abrazando ahora.

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