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Infantino, esto qué va a ser: ¿Mundial o teletienda?

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¿Cómo olvidar el día en que descubrí la teletienda italiana? Fue en Roma, después de un día de turismo agotador junto a mi amigo Granda. Llegamos al pisito de Termini reventados como dos burros viejos, con la única intención de derrumbarnos en el sofá sin pensar en nada bello durante un rato. Encendimos la tele y nos topamos con un vendedor de alfombras exclamando: «questo tappeto è poesia» como si la vida le fuese en ello. Granda y yo nos miramos y soltamos la carcajada. Aquel tipo no vendía solo alfombras: había una liturgia contagiosa en su intento de estafa. Apetecía comprarle un felpudo solo por el empeño que ponía en ello. Cada vez que veo a Gianni Infantino me cuesta distinguirlo del simpático vendefelpudos romano.

El presidente de la Fifa ha puesto el fútbol bocabajo con su última ocurrencia. Pretende montar una filial para administrar sus torneos y venderle un 20% del pastel al mejor postor. Que el Mundial está en venta, en definitiva. La empresa se llamaría Fifa Forward Enterprise, un naming que bien podría habérsele ocurrido a Lladós para alguna de sus iniciativas para la chavalería, y el comprador que Infantino tiene en mente es Thrive Eternal, el fondo de inversión de Josh Kushner, que es hermano de Jared Kushner, que a su vez es yerno de Donald Trump. La administración Trumpfantino en su máxima expresión.

De Gianni no sorprende ya nada. Lleva una década haciéndonos pensar que su labor en la Fifa sería un gran capítulo de The Office. ¿Recuerdan cuando le dio el Premio de la Paz de la Fifa a Donald Trump? «Este es tu premio, este es tu premio de paz». Trump, que llevaba meses de campaña fallida por el Nobel, se conforma con el de consolación y describe tan bizarro momento como «uno de los grandes honores de mi vida» y después se larga a bombardear Irán. Esa escena es el resumen del estilo Infantino: el aprovechamiento de su posición para tejer redes clientelares en su propio beneficio.

La Fifa es, oficialmente, una entidad sin ánimo de lucro. De ahí que montar una filial para venderle parte del negocio a un fondo con nombre de desodorante para masculinidades frágiles se vuelva un paso imprescindible en la jugada. Infantino quiere poder, influencia y negocio pero se hace pasar por buen samaritano y promete repartir los beneficios entre las federaciones, questo tappeto è poesia, pero se ha topado con la oposición de casi todos. De forma especial con el no coordinado de las 55 federaciones de la UEFA. Cincuenta y cinco votos, cero fisuras: ninguna selección jugará el Mundial mientras el plan siga vivo. Ni el motín africano de 1966, que forzó a la Fifa a cederle una plaza propia al continente, había puesto a la organización tan contra las cuerdas.

El problema es que las matemáticas, de entrada, no ayudan a la UEFA. La Fifa son 211 votos, uno por federación; Vanuatu pesa igual que España. La UEFA, con sus 55 votos en solitario, ni de lejos alcanza la mayoría —y antes de que estallara esta crisis, la CAF asiática, la AFC de Oceanía y la Conmebol ya le habían asegurado a Infantino 111 de los 211 votos para la reelección. Pero un hombre que necesita ser adorado lleva mal el ruido de sables, y este le llega por todos lados. Setenta y dos eurodiputados en contra por el caso Balogun, una denuncia ética, EEUU pidiendo investigarle por sus relaciones opacas con Trump y hasta la Confederación asiática —que hasta ayer le debía el cargo— protestando por primera vez, aunque solo sea por las formas. Nada de esto parece detener a Infantino, pero a las puertas de la reelección que ya ha anunciado para 2027, la maleta comienza a ser demasiado pesada.

La pregunta que nadie en Zúrich sabe responder la hizo la Concacaf en su comunicado de rechazo. Tras el Mundial más rentable de la historia —15.000 millones, 15 millones de espectadores—, ¿hace falta capital privado para financiar el fútbol? Infantino lleva llamando «el mejor de la historia» a cada edición desde 2018, porque questo tappeto è poesia, pero: ¿si el negocio va tan bien, por qué malvenderlo?

Infantino ha sobrevivido a Qatar, a Rusia, a su propia imagen para cualquiera con dos dedos de frente. Siempre sobrevive porque alguien aplaude desde algún sitio y ese alguien somos nosotros. La UEFA puede boicotear lo que quiera, los eurodiputados pueden firmar todas las cartas que les dé la gana, que el día que empiece el próximo Mundial —con boicot, sin boicot, con media Europa fuera o con Vanuatu de comodín— estaremos delante del televisor con la cerveza en la mano. Con o sin Infantino el fútbol no será un lugar más limpio. No a estas alturas. Nos indignaremos en el bar, compartiremos el comunicado de Ceferin, gritaremos enfurruñados que «esto ya es demasiado», pero compraremos la entrada, la camiseta y la cuota de la televisión que lo retransmita a horarios incompatibles con la vida sana. Soportaremos que nos vendan el Mundial, pero nunca quedarnos sin él.

Los aficionados del fútbol somos el agua corriente en los países prósperos. Abres el grifo y sale. Infantino tiene la certeza de que, haga lo que haga, todos vamos a volver a su regazo. Lo sabía el vendedor de alfombras de Roma y lo sabe Gianni. Esa misma certeza es la base de una empresa valorada en 20.000 millones. Al vendedor de alfombras lo apagamos al cabo de un rato y nos fuimos a dormir tranquilos. Al fútbol no hay forma de apagarlo. Cada cuatro años seguiremos puntuales a la cita, con la fe de quien ya sabe que le van a timar y aun así saca la cartera. Porque questo tappeto è poesia.

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