
Andy Murray está de vuelta de todo y cuenta con humor lo que suponía enfrentarse a Roger Federer, Rafa Nadal y Novak Djokovic. En una entrevista en The Switch, el escocés repasa una convivencia que empezó mucho antes de que aquellos nombres se repartieran los grandes títulos del tenis. Él acabaría formando parte del Big Four, aunque para conseguirlo tuviera que abrirse paso entre los otros tres.
Con Djokovic se cruzó en Francia, cuando ambos eran niños. Aquel encuentro en el torneo de Les Petits As, en Tarbes, terminó con una victoria de Murray por 6-0 y 6-1. El resultado, desde luego, no permitía anticipar las dificultades que el serbio le plantearía después. A Nadal también lo conoció en los torneos juveniles y recuerda la velocidad a la que progresaba: tenía un año más que él y pronto empezó a dejar atrás aquellas competiciones para hacerse un sitio entre los profesionales.
Federer pertenecía a una generación anterior. Mientras Murray y Djokovic recorrían el circuito juvenil, el suizo empezaba a construir su dominio. El escocés recuerda haber ido a verlo jugar en el Abierto de Estados Unidos de 2004, cuando él participaba en el cuadro júnior: «Me senté en la pista a observar cómo jugaba Federer».
Con los años, mirar desde la grada dejó paso a una forma bastante más exigente de aprendizaje. Enfrentarse a aquellos tres jugadores permitía comprobar el estado de su tenis sin demasiadas posibilidades de engañarse: «Cuando yo estaba en lo más alto, había una diferencia entre esos tres chicos y el resto del circuito. Jugar contra alguien situado entre el número quince y el veinte del mundo no era lo mismo que enfrentarte a ellos. Esos partidos te daban una imagen mucho más precisa de cómo estabas jugando».
Esa cercanía también tenía sus límites. Murray recuerda que, al comienzo de su carrera, entrenaba bastante con Federer, pero las sesiones compartidas desaparecieron conforme se convirtió en un rival. Su explicación tiene poco de agravio personal: a los mejores les interesa conocer a los jóvenes que llegan, observar sus golpes y descubrir qué pueden ofrecer. Cuando esos jóvenes empiezan a disputarles los títulos, compartir pista adquiere otro significado.
Con Djokovic y Nadal mantuvo una costumbre distinta. Entrenaba con ellos a menudo y le gustaba hacerlo antes de los grandes torneos. Encontraba en aquellas sesiones una preparación difícil de reproducir con otros compañeros, aunque también reconoce la paradoja: medirse con un rival directo ayuda a ponerse a punto y, al mismo tiempo, permite que ese rival examine de cerca tus recursos. Hay que decidir cuánto enseñar y cuánto reservar para el partido.
Con Federer acumuló veinticinco enfrentamientos, de los que ganó once. El primero fue la final de Bangkok de 2005: Murray disputaba su primera final ATP y enfrente tenía al número uno del mundo. Perdió aquel encuentro, pero su presencia en los partidos decisivos acabaría convirtiéndose en una costumbre.
Antes de todo eso estuvo Escocia y una familia en la que el deporte ocupaba buena parte del tiempo. Su madre, Judy Murray, fue fundamental en su formación y en la de su hermano Jamie Murray, aunque el escocés rechaza la imagen de una entrenadora empeñada en fabricar campeones a la fuerza: «Se veía a mi madre como una figura que nos obligaba a mi hermano y a mí a jugar al tenis. Pero yo, al ver a mis propios hijos, sé que si intentara obligarles a jugar al tenis o forzarles de alguna manera, harían exactamente lo contrario».
Lo que recuerda es la capacidad de su madre para convertir el entrenamiento en algo divertido. El tenis convivía con el fútbol, el golf y el squash. Su padre también practicaba deporte y los hermanos crecieron rodeados de partidos, juegos y desplazamientos. La afición se fue formando dentro de aquella vida cotidiana.
Judy conseguía, además, que un deporte individual tuviera algo de aventura colectiva. Los niños entrenaban juntos y viajaban a los torneos en grupo, con minibuses y equipos que representaban a Escocia. «Sentías que eras parte de un grupo, no que estabas entrenando a solas con tu entrenador de manera individual», explica Murray. Aquellos compañeros ayudaban a que la rutina resultara menos monótona y a repartir una presión que, con los años, acabaría siendo mucho más difícil de compartir.
El traslado a Barcelona exigió otro compromiso. Según cuenta en la entrevista, la Federación Británica de Tenis, la LTA, le ofrecía una plaza en su academia de Sutton, pero él prefirió formarse en España. La federación cubrió un tercio de los gastos y completar la financiación requirió el esfuerzo de sus padres y la búsqueda de patrocinadores: «Fui muy afortunado de que mis padres me dieran la oportunidad de ir y hacer eso».
Al recordar aquella decisión, Murray también habla de la educación y de las alternativas que quiere preservar para sus hijos: «Quiero que mis hijos tengan una buena educación, de modo que puedan practicar el deporte con algo menos de presión, sabiendo que si no tienen éxito en él, tendrán otras opciones».
Sobre competir bajo presión tiene bastante experiencia. Durante años, cada llegada a Wimbledon lo enfrentaba a una cuenta pendiente que pertenecía a todo el tenis británico. Fred Perry, en 1936, había sido el último británico en conquistar el título individual masculino. La espera terminó con Murray en 2013, pero antes hubo muchas preguntas sobre si llegaría a conseguirlo.
«Yo tenía posibilidades reales de ganar, pero tras muchos años sin conseguirlo, la pregunta que surgía una y otra vez era si algún día sería capaz de levantar ese trofeo. Eso hacía que la tensión y la presión en los medios fueran creciendo», recuerda. Aprendió a manejar aquella atención, aunque en sus primeras temporadas le resultaba insoportable.
Para protegerse intentaba reducir el ruido exterior. Evitaba la radio y la televisión, pero procuraba tener cerca a su familia y a su equipo. La soledad tampoco era una solución: «Cuando estaba solo empezaban a aparecer todas las preocupaciones. Pensaba demasiado y me preocupaba demasiado por los resultados». Necesitaba compañía para que el torneo no ocupara también cada minuto fuera de la pista.
Después de retirarse, aceptó una oportunidad que pocos habrían imaginado durante aquellos años de rivalidad: entrenar a Djokovic. La experiencia le permitió observar desde el banquillo al jugador con el que había compartido tantos partidos importantes. La describe como una de esas propuestas que habría lamentado rechazar, aunque también le sirvió para reconocer cuánto valoraba su vida fuera del circuito.
En la entrevista sitúa a sus cuatro hijos y al golf entre sus prioridades. Llevarlos al colegio, recogerlos o irse a esquiar en familia eran actividades que su carrera había limitado durante años. También admite que esperaba echar mucho más de menos la competición: «No echo nada de menos la vida profesional en el tenis, aunque pensé que sí lo haría».
Esa satisfacción con la retirada no ha supuesto una despedida completa de los banquillos. En mayo de 2026, la LTA anunció su incorporación al equipo de Jack Draper para la temporada de hierba. El tenis sigue encontrando espacio en su agenda, ahora entre compromisos familiares y jornadas de golf que también quiere conservar.
