
Hay muchos campeonatos con victorias heroicas, puntos inverosímiles y hazañas inmortales que irán directas al Hall of Fame y todo lo que haga falta, pero pocas veces en la historia se podrá igualar lo que hizo Serena Williams en el Open de Australia de 2017 cuando jugó el torneo embarazada… y lo ganó.
La noticia de su estado trascendió semanas después de que levantara el trofeo y se ha convertido en uno de los episodios más citados del deporte contemporáneo. Ahora, en una conversación íntima con Michelle Obama para Higher Ground Productions ha dado todos los detalles de cómo fue aquello.
Todo empezó, como tantas cosas en la vida de Serena Williams, con una derrota. Semanas antes del Open de Australia, la tenista disputó un torneo en Nueva Zelanda. Perdió contra una rival, Madison Brengle, ante la que, en su opinión, no debería haber perdido: «Solo para que quede claro, esta es una de las pocas veces en mi vida en las que podía perder y no enfadarme demasiado. Todo empezó en Nueva Zelanda. Estaba jugando un torneo antes del Open de Australia y, bueno, yo nunca he sido precisamente la persona más positiva del mundo en una pista de tenis. Si alguien ha seguido mi carrera, ya lo sabe. Y claro, empezaron a sacar todas esas imágenes mías rompiendo raquetas. Yo pensaba: ‘¿En qué momento esto se ha convertido en un roast sobre Serena?’. Yo solo intentaba apoyar a Coco Gauff (risas) [Coco estaba siendo criticada por expresar frustración en público]».

Pero el enfado de Serena, en esta ocasión, no era normal. La rabia le salía muy de dentro y estaba siendo demasiado incontrolable: «En fin, estaba en ese torneo con esa famosa actitud mía que a veces tenía. Perdí contra una chica contra la que sentía que no debía perder. Y recuerdo que estaba furiosa. Hacía viento y estaba enfadada con el viento, con los recogepelotas, con todo. Estaba muy, muy enfadada. Seguro que rompí una raqueta. Estaba fatal. Y después, en la rueda de prensa, dije: ‘Odio este lugar. No voy a volver nunca. Esto es horrible’. Me sentía tan miserable».
Una semana más tarde, instalada en Melbourne para preparar el Open, Serena empezó a notar algo extraño. Su cuerpo le enviaba señales que no encajaban con el esfuerzo físico habitual. La fatiga era diferente. La respiración, más difícil de lo normal. Y había algo más: «La semana siguiente llegué a Australia y empecé a entrenar. Y pensaba: ‘¿Por qué me cuesta tanto respirar?’. Además, tenía los pechos enormes, enormes, enormes. Y pensé: «Vale, voy a hacerme un test’. Me hice el test y salió positivo. Y pensé: ‘Esto es una locura’. Fui al médico y me dijo: ‘Sorpresa…’. Yo pensé que estaría de unas cuatro semanas. Y él me dijo: «No, estás de siete semanas’. Y yo: ‘¿Cómo? ¿Qué? ¿Perdón?’. Fue una locura».
El embarazo de Serena Williams
El diagnóstico supuso un cambio trascendental, pero lo fuerte es que ella siguió erre que erre: «Pero entonces todo empezó a tener sentido. Entendí por qué estaba jugando tan mal. Probablemente estaba atravesando uno de los peores momentos de mi carrera. Y pensé: «Vale, Serena, ¿qué vamos a hacer ahora? Hay un bebé aquí dentro’».

Ante la duda, decidió seguir jugando. Ya había firmado su participación en el Open. Se retiró del dobles, algo que su hermana Venus entendió rápidamente: «Ya me había comprometido a jugar el Open. Me retiré del dobles y Venus no me dijo nada, pero más tarde me confesó que cuando me retiré supo inmediatamente que estaba embarazada».
Serena lamenta que Venus lo supiera durante el torneo. Cree que quizá intentó protegerla inconscientemente. «Ojalá no lo hubiera sabido», dice, pero independientemente de que no fuera un secreto íntimo completamente, ganó el torneo con un embarazo de nueve semanas, agotada, ansiosa por los cambios fisiológicos del primer trimestre, lo consiguió: «Al final del torneo estaba de nueve semanas. Estaba agotada. Recuerdo pensar constantemente: ‘No puedo jugar puntos largos. Tengo que terminar rápido. Tres golpes y se acabó’. Así que empecé a buscar muchísimos golpes ganadores y muchísimos saques directos. Una estrategia completamente absurda».
Hubo, además, una dificultad añadida cuando varias de sus rivales, según cuenta ella, consiguieron irritarla: «Yo no había ido allí pensando en ganar. Lo que pasó fue que cada vez que avanzaba pensaba: ‘Puedo ganarla’ Y luego: ‘Sí, puedo ganarla’. Y entonces: ‘Esta me ha enfadado, así que tiene que caer’. Así fue como ocurrió».

Su nueva arma, esta vez, fue el disimulo: «Si alguien vuelve a ver aquellos partidos, verá que después de un punto largo yo perdía el siguiente casi siempre. Porque necesitaba recuperar el aire. Pero además tenía que mantener la cara de póker para que nadie notara que estaba sufriendo. Pero las mujeres podemos hacer cualquier cosa».
Todo esto, con 43º que hacía en esa época del año. Estaba, literalmente, asfixiándose: «Y además supe que iba a tener una niña. En Australia hacía muchísimo calor. Un día tuve que jugar con 43 grados y pensé: ‘No puede ser’. Y ahí fue cuando dije: ‘Voy a tener una niña’. Porque pensé: ‘No hay manera de que un niño pudiera soportar todo esto’. Perdón, chicos. Lo dije completamente en serio. Ese mismo día le dije a mi marido que íbamos a tener una niña. No había manera de que un niño pequeño soportara todo lo que yo estaba haciéndole pasar a ese bebé. Y tuvimos una niña». Se llama Olympia Ohanian.
La influencia de Mamá Williams
La historia de Serena Williams es, en gran medida, la historia de su madre, una mujer que aprendió tenis para poder entrenar a sus hijas, que viajó con ellas por todo el mundo. Serena explica que esa capacidad para transformar la adversidad en energía viene en gran parte de los años que pasó entrenando con ella: «Con mi madre no había juegos. Tenía que ser seria y tenía que hacer todas esas cosas. Pero mirando hacia atrás, fui capaz de ver que ella fue capaz de inculcarme una dureza mental que mi hermana en realidad no acabó adquiriendo, porque yo tuve que hacer mucho más. Tuve que trabajar muchísimo más. Tuve que hacer muchas más cosas en su pista. Como que esto no era un juego, era algo muy serio… Al final estuve muy agradecida de tener ese tiempo con ella para centrarme solo en la técnica y en no dejar pasar nada».

Esa exigencia, sostiene Serena, marcó la diferencia entre una carrera buena y una carrera extraordinaria. Venus fue siempre la gran promesa, la chica a la que todo el mundo miraba. Serena era la hermana pequeña, la que entrenaba en la otra pista, la que tenía que pelear cada centímetro: «La primera vez que gané un torneo, mi padre estaba con Venus y yo estaba con mi mamá en París. Era mi primer torneo. Creo que tenía unos 16 años. Recuerdo que compartíamos habitación. Ella tenía la cama y yo dormía en el camastro porque me encanta dormir en un camastro. Y recuerdo que cada noche quería ver dibujos animados. No sé por qué. Y a ella no le importaba. Los veíamos juntas cada noche».
Años después, en una ocasión en la que estaba clasificada en torno al puesto 89 del ranking y todo el mundo la había dado por acabada, su madre le dio, antes de una final, las instrucciones exactas para ganar: «Recuerdo una vez cuando estaba en el puesto 89 del mundo y todo el mundo me había dado por acabada. Y ella me dijo antes de la final exactamente cómo tenía que jugar. Y gané en menos de una hora. Era un genio. Mi mamá no es alguien que vaya a llenar una habitación. Va a decir una sola palabra. Pero va a ser la palabra más poderosa de la sala, y punto».
Ahora lo describe todo con una metáfora: «Siempre digo que mi padre es el cuerpo, porque era su visión, su objetivo, su sueño. Pero mi madre es la columna vertebral. No puedes funcionar sin esa columna, sin los nervios que salen de ella, sin el sistema nervioso. Puedes tener un sueño, puedes tenerlo todo listo, pero no va a funcionar a menos que tengas esa parte tuya».

Si la victoria en el Open de Australia fue un milagro deportivo, lo que vino después fue una lucha por la supervivencia. Serena Williams tiene una condición sanguínea que la hace propensa a la formación de coágulos. Está medicada de por vida. Y el parto, que culminó en una cesárea, se convirtió en una pesadilla.
Tras dar a luz, Serena empezó a notar que algo iba muy mal. No podía respirar. Tenía coágulos en los pulmones: «Después de tener al bebé, cuando no podía respirar, seguía diciéndole a la enfermera que no podía respirar. Y ella me decía: ‘Bueno, ya sabes, estarás bien’. Yo le dije: ‘No, en realidad creo que necesito un escáner porque siento que tengo coágulos de sangre en los pulmones’. Y empecé a toser tan fuerte que todos mis puntos simplemente se abrieron porque no podía respirar».
Se tuvo que someter a varias cirugías: «Recuerdo que mi único objetivo era poder caminar hasta el buzón. Y un día llegué al buzón y volví, y me quedé inconsciente el resto del día. Fue muy intenso».
Vecina de celebrities, pero humilde
Serena Williams vive en una pequeña ciudad de Florida donde también residen Michael Jordan y Tiger Woods. Un lugar donde, según ella, todo el mundo es «normal», o al menos todo el mundo trata de serlo. Es allí donde está criando a sus dos hijas, Olympia y Adira, con una filosofía, dice, basada en la humildad.

Mientras Michelle Obama explica que ella y Barack educaron a Malia y Sasha para pensar como directoras de comunicación, siempre conscientes de que cualquier paso en falso podría convertirse en noticia, Serena apuesta por la invisibilidad. «Yo trato muy duro de asegurarme de que Olympia sea como cualquier otro niño. No que sea vista como alguien especial. Nunca le digo que es especial. Nunca le dije que yo jugaba al tenis. Cuando empezó a leer, me vio y empezó a hacer preguntas. Ella decía: ‘¿Por qué estás en mi libro?’. Y al final lo fue entendiendo. Pero yo no vivo esa vida en la que tú piensas que yo soy…»
Serena Williams no quiere que sus hijas crean que son mejores que nadie. Quiere que trabajen: «No quiero que sientan que son mejores que cualquier otra persona o que tienen una ventaja, porque eso simplemente… no lo necesitamos más en el sistema en el que vivimos. Solo necesitamos niños que sean tan normales como puedan ser. Si quieren crecer y quieren ser una gran atleta o quieren ser una gran programadora, entonces tienen todo el derecho a hacer eso. Y sí, van a tener una ventaja debido a la vida que yo he vivido y a la vida que mi marido ha vivido. Seguro que seguirán teniendo ventaja, pero aun así tendrán que trabajar duro para llegar a donde quieran llegar».

