
En el invierno de 1936, mientras Hitler reocupaba la Renania y Europa se acercaba al abismo, la prensa británica tenía otra preocupación más acuciante. En sus medios de comunicación, las noticias sobre los planes nazis compartían espacio con el intento de las autoridades del fútbol de suprimir las quinielas.
Fueron dos semanas que se recuerdan como la guerra de las quinielas, Pools war. El historiador Mike Huggins accedió a las actas privadas y reservadas del Comité de Gestión de la Football League, conservadas en los Archivos de Lancashire, además de a los expedientes del Home Office y la FA. Y lo que encontró fue una historia de hipocresía institucional, moralismo desfasado y un cálculo político completamente delirante.
Las pools de los años treinta eran las quinielas de fútbol. Habían surgido en forma comercial a principios de los años veinte. Cada semana, los apostantes recibían por correo o a través de agentes un cupón con los partidos del sábado. Con una apuesta mínima, predecían los resultados. El dinero se acumulaba en un fondo común y, descontados los gastos y el beneficio de la empresa, se repartía entre quienes habían acertado más resultados. Por unos peniques, cualquiera podía aspirar a ganar una cantidad enorme. Lo mismo que ha ocurrido durante décadas con las quinielas.
A mediados de los treinta, las quinielas eran ya mucho más que un juego. Empleaban directamente a al menos 25.000 personas. Se estimaba que se gastaban veinte millones de libras al año en ellas. Los grandes periódicos de circulación masiva, como el Daily Mirror o el Daily Express, publicaban los cupones e incluían pronósticos de sus periodistas deportivos para ayudar a los lectores.

Incluso Suecia había creado un sistema estatal de quinielas basado en los partidos de la liga inglesa. Las pools eran democráticas e igualitarias: participaban en ellas obreros y empleados, hombres y mujeres, personas de todas las clases. Eran, en palabras del historiador Jeff Hill, una de las grandes instituciones de la vida británica.
Y, sin embargo, el Football League Management Committee, el órgano rector de las tres divisiones de la liga inglesa, las detestaba. El Comité estaba formado por hombres de otra generación, educados en la tradición metodista y no conformista que había combatido el juego en todas sus formas durante décadas.
Varios de sus miembros clave eran metodistas activos: William Charles Cuff, presidente del Everton y director de coro en su capilla metodista local; Charles Sutcliffe, solicitador y director del Burnley, abstemio furibundo; Fred Howarth, secretario de la Liga desde 1930, figura autoritaria que controlaba las actas y los órdenes del día. Para ellos, las quinielas eran sencillamente una amenaza moral para el deporte, juego que consideraban debía encarnar los valores burgueses de la época. Esa aspiración sobrevoló el fútbol durante años; sin embargo, las gradas se llenaban de trabajadores que, si a algo le tenían asco, era a los señoritos.
Lo que desencadenó la guerra de las quinielas fue una propuesta de negocio. En junio de 1934, un contable de Liverpool llamado Watson Hartley se presentó ante el Comité con un esquema para obtener ingresos de las empresas de quinielas a cambio de cederles el derecho a utilizar el calendario de partidos, cuya propiedad intelectual el Comité reclamaba.
El dinero, sugería Hartley, podría destinarse a pensiones para jugadores, instalaciones deportivas o ayuda económica a los clubes. El Comité lo rechazó. Luego cambió de opinión parcialmente. Luego volvió a rechazarlo. Las actas privadas muestran que, a finales de 1935, algunos miembros, incluido el propio Sutcliffe, habían sido convencidos de que la Liga merecía una compensación económica por el uso de su calendario.
En enero de 1936 hubo una reunión en Liverpool entre una delegación del Comité y representantes de la Football Pools Promoters Association. La Liga argumentó que tenía derechos de autor sobre el calendario y exigió un pago sustancial por su uso. La PPA consideró la cifra exorbitante pero, según la biografía del promotor John Moores, estaba dispuesta a ofrecer hasta 500.000 libras. Las negociaciones parecían encaminarse a algún tipo de acuerdo. Pero entonces intervino la Football Association.
La Football Association, la autoridad suprema del fútbol inglés, había mantenido desde principios de siglo una oposición radical a cualquier forma de apuesta relacionada con el juego. En 1902 prohibió a los jugadores apostar. En 1907 introdujo la Regla 43, que contemplaba la suspensión permanente de cualquier directivo, árbitro o jugador que participara en apuestas sobre fútbol. A lo largo de los años veinte y treinta había presionado al gobierno para que ilegalizara las quinielas, sin éxito.
El 17 de febrero de 1936, Cuff se reunió en Londres con Sir Charles Clegg, presidente de la FA, conocido como El Napoleón del fútbol, y con el secretario Stanley Rous. La FA le transmitió un mensaje inequívoco: estaban decididamente en contra de cualquier acuerdo económico con las empresas de quinielas, y dispuestos a dar apoyo financiero para suprimirlas.

Ese mismo día, media hora antes de la reunión pública con los clubes, Cuff trasladó ese mensaje al Comité en sesión privada. Lo que hasta entonces había sido un debate sobre derechos de autor y compensaciones económicas se convirtió de golpe en una cruzada moral. La FA no hizo declaraciones públicas. La prensa siguió creyendo, al día siguiente, que las negociaciones sobre el dinero continuaban.
El esquema que había concebido Sutcliffe era simple e ingenioso. Las empresas de quinielas necesitaban saber con antelación qué partidos se jugarían el sábado para imprimir sus cupones y distribuirlos. Si la Liga cancelaba el calendario previsto y anunciaba las nuevas fechas con tan poca antelación que los cupones no pudieran imprimirse a tiempo, las quinielas quedarían inutilizadas.
El 20 de febrero, en la reunión con todos los clubes celebrada en el Hotel Midland de Manchester, se aprobó una resolución que declaraba las apuestas sobre fútbol una amenaza para el juego y autorizaba al Comité a tomar todas las medidas que considerara oportunas para suprimirlas. Doce delegados se abstuvieron. El acuerdo se mantuvo en secreto.
El sábado 29 de febrero, la Liga canceló los partidos previstos y anunció un nuevo calendario el viernes 28, demasiado tarde para que los cupones pudieran circular con normalidad. Pero las empresas de quinielas tenían contactos en los clubes y lograron distribuir los cupones en los periódicos del viernes por la noche.
El plan había fallado en su objetivo principal. Pero había causado un daño colateral inesperado: los aficionados no supieron con quién jugaba su equipo hasta el viernes. Las entradas cayeron en picado. Newcastle United recibió 8.000 espectadores en lugar de los 22.000 habituales. Huddersfield pasó de 18.000 a 6.000. Bradford City, de 9.500 a 3.000.
La reacción fue inmediata y devastadora. Los clubes, que veían cómo sus ingresos por taquilla se desplomaban, comenzaron a organizarse. Leeds United lideró la resistencia, argumentando que la acción era inútil, perjudicial para los clubes e incumbencia del Parlamento, no de la Liga. Treinta y seis de los cuarenta y cuatro clubes de las dos primeras divisiones enviaron delegados a una reunión en Leeds el 2 de marzo. Veintiséis votaron por la restauración inmediata del calendario original.
La prensa fue igual de contundente. El Daily Express describió la idea como descabellada y reclamaba que cada uno gastara su dinero como quisiera. El Daily Telegraph escribió que la Liga se había marcado un gol en propia puerta. The Morning Post habló de un misfire, un disparo que había fallado el blanco. El Daily Mail dijo que la iniciativa había fracasado miserablemente y había provocado el resentimiento más fuerte entre miles de aficionados. El Glasgow Herald afirmó que la controversia había sacudido los cimientos del mundo del fútbol.
Cuando Cuff intentó hablar en un acto público en Birkenhead el 24 de febrero, fue abucheado y la reunión se disolvió en el desorden. Al día siguiente, en su propio club, el Everton, se vio obligado a presidir una reunión de directivos que aprobó una resolución de protesta contra el Comité con un solo voto en contra: el mismo Cuff. La Liga había emprendido una guerra contra las quinielas y había perdido incluso a su propio ejército.
El 9 de marzo, el Comité cedió. Los clubes votaron unánimemente restaurar el calendario original. La guerra había durado diecisiete días. Pero la derrota no desanimó a los promotores de la cruzada. La FA y la Liga escribieron al ministro del Interior exigiendo que el gobierno legalizara la prohibición de las quinielas. Un diputado liberal metodista, R. J. Russell, presentó un proyecto de ley privado para abolirlas. La Iglesia de Inglaterra, la Iglesia de Escocia, los baptistas, los metodistas, los presbiterianos, el Ejército de Salvación y la YMCA respaldaron el proyecto. Parecía una coalición moral, un frente biempensante.

No lo fue. El 3 de abril de 1936, el proyecto fue derrotado en segunda lectura por 287 votos contra 24. Los parlamentarios de todos los partidos habían recibido avalanchas de cartas de sus electores. El diputado conservador por Bootle dijo que había recibido más de cien cartas y que ahora veía las pools como una apuesta modesta.
Abolirlas, dijo, sería privar a mucha gente trabajadora de un placer razonable y justo. El escritor A. P. Herbert, diputado independiente por la Universidad de Oxford, calificó el proyecto de «podrido» y un intento de tutelar a la gente. Otro conservador sostuvo que era la interferencia más injustificable con la libertad privada. Un laborista admitió que había recibido más cartas de sus electores amenazando con no votarle si apoyaba el proyecto que en ningún otro momento de sus trece años y medio en el Parlamento.
El ministro del Interior había llegado a la misma conclusión semanas antes. De forma privada, había anotado que las pools proporcionaban emoción a muchas vidas grises, hartas de la rutina del trabajo y necesitadas de algún estímulo, y que cualquier intento legislativo era impensable. El Tesoro y el director general de Correos tampoco estaban por la labor: las quinielas generaban millones en sellos y giros postales.
La guerra de las quinielas de 1936 es, en palabras del historiador social Ross McKibbin, un episodio estúpido y mezquino que demostró una vez más cuán aislados de sus seguidores populares estaban tantos administradores del deporte inglés. Revela la fractura entre la cultura popular de la clase trabajadora y los valores morales de quienes gestionaban sus entretenimientos.
Los dirigentes de la Liga eran hombres formados en la tradición victoriana y, para ellos, el juego, como se ha dicho, era una corrupción moral. No tenían la menor comprensión de cómo funcionaban las quinielas ni de lo que representaban para millones de personas.

No eran una adicción perniciosa que les llevara a la ruina, sino una forma barata de participar en una fiesta colectiva, que les hacía soñar con un golpe de suerte y de demostrar a su vez sus conocimientos sobre su deporte favorito. La media de apuesta era de unos chelines. El diario Liverpool Echo lo señaló con la ironía justa: algunos miembros del Comité hablaban de hogares arruinados por las apuestas de fútbol como si la gente jugara cientos de libras a la semana, en lugar de sumas irrisorias como seis peniques o un chelín.
En aquel entonces, una minoría organizada dominó el discurso público durante décadas. Los grupos antijuego llevaban años inundando comisiones parlamentarias, reales y de cualquier tipo con miles de resoluciones, libros, sermones y memorandos.
De forma paradójica, la acción del Comité logró exactamente lo contrario de lo que se proponía. Las quinielas no solo sobrevivieron: salieron del episodio legitimadas socialmente de forma definitiva. Ningún grupo político, ninguna institución religiosa y ninguna autoridad deportiva volvió a intentar suprimirlas. Durante las décadas siguientes se convirtieron en uno de los rituales semanales más arraigados de la vida británica y europea, hasta que la competencia de la lotería nacional las fue erosionando a partir de los años noventa, para acabar eclipsadas por las apuestas online con la llegada de internet.


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