
La exhibición de Tadej Pogacar en la última edición de la Milán-San Remo ha vuelto a sacar a colación tantos elogios como sospechas, un mal endémico del ciclismo contemporáneo. Mientras la mayoría del pelotón mediático se ha rendido ante el esloveno tras conquistar por primera vez el Monumento italiano, el exprofesional francés Erwann Menthéour ha torcido el gesto para describir la hazaña como «fuera de lo común».
La carrera ha dejado una de las imágenes más alucinantes de la temporada. Pogacar se sobrepuso a una caída, lideró la persecución en la Cipressa, atacó repetidamente en el Poggio y remató con victoria en la Via Roma. Un despliegue total, físico, táctico y mental, que muchos han calificado como una de las actuaciones más completas de los últimos años en una clásica que tradicionalmente se decide por detalles mínimos.
Sin embargo, Menthéour, ex corredor de La Française des Jeux y uno de los primeros ciclistas en reconocer públicamente el uso de dopaje durante los años noventa, ha publicado un extenso mensaje en Instagram horas después de la carrera donde ejerce el papel de aguafiestas:
«En el ciclismo, la admiración no debería anular nunca el espíritu crítico. Cuanto más fuera de lo común parece una actuación, más debería suscitar preguntas. Sin insultar ni fantasear… simplemente hacer preguntas.
Sinceramente, alucino. Veo a Pogacar correr, ganar, encadenar, arrasar, recuperarse, volver a empezar, y no consigo tragarme el relato maravilloso que nos venden. Un corredor que casi nunca falla, que atraviesa las temporadas con una constancia insolente, que parece poder hacerlo todo, en cualquier lugar y en cualquier momento, debería suscitar algo más que aplausos automáticos.
A título personal, no oculto mi malestar. Lo que estoy viendo supera con creces lo que he conocido, vivido y entendido del más alto nivel. Y, sin embargo, Dios sabe que estuve en primera línea en la época de mi hermano y después cuando pasé a profesional… se lo digo: sus actuaciones son asombrosas. Y precisamente por eso, deberían hacernos reflexionar a todos.
El ciclismo tiene un pasado demasiado sucio como para que nos limitemos a maravillarnos como niños. Este deporte ha mentido, ha hecho trampas, ha ocultado cosas, ha destruido reputaciones, cuerpos y generaciones enteras de corredores. Así que no, preguntarse si una dominación tan total es plausible no tiene nada de escandaloso. Es, de hecho, lo mínimo.
No afirmo lo que no puedo demostrar. Solo digo que, a este nivel de superioridad, de dominio aplastante y feroz, la duda no es cinismo. Es higiene mental. Una actuación puede ser enorme. También puede ser demasiado perfecta como para aceptarla de forma ingenua.
¿Ustedes se lo creen, sinceramente? ¿En qué momento la evidencia de hacerse preguntas pasó a ser menos aceptable que la religión del espectáculo?»

Frente a estas dudas, el relato dominante en el entorno del ciclismo es radicalmente distinto. La victoria de Pogacar en Milán-San Remo ha sido recibida con una avalancha de elogios en la prensa europea, que no ha escatimado calificativos: «monumental», «histórico», «irresistible». Para muchos analistas, el esloveno ha añadido una pieza clave a un palmarés que ya le sitúa entre los grandes nombres de su generación.
Una de las voces más autorizadas en ese sentido es la de Marc Madiot, histórico dirigente del ciclismo francés, quien ha valorado la victoria como la más importante en la carrera del esloveno. «Es la más bonita porque ha salido de su zona de confort».
¿Pero quién es Menthéour?
La figura de Erwann Menthéour ocupa un lugar «especial» en la historia reciente del ciclismo. Nadie recuerda sus marcas, más bien todo lo que contó de la época más oscura de este deporte. Nacido en Brest en 1973, Menthéour creció en un entorno profundamente ligado al ciclismo. Su hermano mayor, Pierre-Henri Menthéour, fue profesional y llegó a ganar una etapa del Tour de Francia. Desde joven, Erwann también mostró talento y progresó rápidamente en categorías inferiores hasta dar el salto al profesionalismo en 1994, con apenas 21 años.
Sin embargo, su carrera coincidió con la época tétrica del ciclismo, la irrupción masiva de la EPO y de sistemas de dopaje cada vez más sofisticados. Como él mismo reconocería años después, se integró en ese sistema desde muy temprano, cuando el dopaje era una norma no escrita para ser profesional. Lo que para algunos ha servido de excusa, como Ullrich y compañía con el »«todos lo hacían».
En términos estrictamente deportivos, su palmarés fue breve. Compitió como profesional entre 1994 y 1997, y su mayor logro llegó ese último año, cuando ganó una etapa del Tour del Porvenir, una de las pruebas más prestigiosas para jóvenes corredores. No obstante, su progresión se vio truncada por ser uno de los primeros ciclistas apartados de una carrera por tener un hematocrito superior al 50%, una medida que en la práctica funcionaba como control antidopaje. Por otro, una caída cuando lideraba el Tour del Porvenir, a solo un día de la meta, que le provocó una fractura de muñeca que precipitó su retirada definitiva con apenas 24 años.
A alguien con su perfil, solo lo conocían los aficionados pata negra. Hasta que en 1999 publicó Secret défonce. Ma vérité sur le dopage, un libro que marcaría un antes y un después.En sus páginas, Menthéour hizo algo poco habitual en la época. Confesó haberse dopado y describió con detalle el funcionamiento del sistema.
Relató cómo el uso de sustancias comenzaba de forma aparentemente inocente, con vitaminas y recuperadores, para derivar rápidamente en un entramado de productos más complejos, administrados de forma sistemática, planificada y organizada. El texto abordaba también la presión del entorno, la omertá y la normalización del riesgo para la salud, en un deporte donde lucir el sponsor de turno en televisión en una escapada, en una victoria de etapa o en el podio de una gran vuelta lo justificaba todo. Drogar «hombres anuncio» reportaba grandes dividendos en una época en la que la televisión tenía un público cautivo de millones de espectadores y cada segundo de presencia publicitaria costaba grandes desembolsos.
El libro tuvo un gran impacto. Se convirtió en un best seller con decenas de miles de ejemplares vendidos y fue traducido a varios idiomas. Menthéour se convirtió en una de las primeras voces que rompían públicamente la ley del silencio en el ciclismo. Su publicación coincidió además con el estallido del caso Festina en 1998, que destapó de forma masiva el dopaje organizado en el pelotón y vino a confirmar lo que decía en cada página.
No obstante, su posicionamiento no fue bien recibido en todos los sectores. Parte del mundo del ciclismo reaccionó con hostilidad, acusándole de exagerar o de intentar beneficiarse mediáticamente. Esa tensión acompañaría a Menthéour durante años, consolidando su perfil como figura incómoda, a medio camino entre el denunciante y el ex integrante del sistema que critica. En definitiva: era un traidor.
Tras ese primer libro, su trayectoria dio un giro significativo. Se alejó del ciclismo profesional y desarrolló una carrera polifacética como escritor, periodista y, sobre todo, como especialista en salud, nutrición y preparación física. Publicó varias obras sobre bienestar y creó el método Fitnext, un programa de entrenamiento y alimentación que tuvo un notable éxito comercial y mediático.

A lo largo de los años, Menthéour ha mantenido un discurso coherente con las ideas expuestas en su libro inicial. Ha insistido en denunciar los excesos del deporte de alto nivel, la falta de transparencia y la necesidad de priorizar la salud del deportista frente al rendimiento. En sus publicaciones posteriores, aunque centradas en el bienestar, sigue presente una crítica de fondo a los modelos de éxito basados exclusivamente en la exigencia física y el resultado.
También ha intervenido en medios de comunicación y debates públicos, consolidándose como una voz crítica con autoridad moral derivada de su propia experiencia. Su discurso no se limita al dopaje, sino que abarca cuestiones más amplias como la alimentación, la presión social o los modelos de entrenamiento, siempre desde una perspectiva que cuestiona los excesos del sistema.
En la actualidad, Menthéour es conocido sobre todo por esa doble condición: la de ex ciclista dopado que decidió contar lo que ocurría dentro y la de divulgador en temas de salud y rendimiento. Su figura reaparece periódicamente en la actualidad deportiva, especialmente cuando surgen debates sobre el rendimiento extremo en el ciclismo.
Es precisamente lo que ha ocurrido recientemente tras la actuación de Tadej Pogacar en la Milán-San Remo. Sus declaraciones, en las que admite su «malestar» ante rendimientos que considera difíciles de explicar, han vuelto a situarle en el centro del debate. No acusa directamente, pero sí reivindica el derecho y la necesidad de arquear la ceja ante determinadas exhibiciones «sobrehumanas».
Con los seguidores de Tadej Pogacar encima
Y las reacciones no se han hecho esperar. Le han dicho de todo. Entrevistado por Le Télégramme, ha declarado: «Esperaba reacciones, pero nunca esta violencia, este levantamiento en contra, esta incitación a la omertá. Soy un cabrón, una basura, un resentido, un traidor, un don nadie, ensucio el ciclismo… Incluso he recibido amenazas. ¡No hace falta que me golpeen! ¡No hace falta disparar contra la ambulancia, ya he pasado por eso! Yo nunca he escrito que Pogacar se dopara. Solo he dicho que sus actuaciones deberían hacernos reflexionar a todos. Una vez más, un corredor que casi nunca falla, que atraviesa las temporadas con una constancia insolente, que parece poder hacerlo todo, en cualquier lugar y en cualquier momento, debería provocar algo más que aplausos automáticos. ¿Estoy equivocado? La gente ya no acepta la contradicción: es la política de la emoción».


No hay duda de que el ciclismo ha dado sobradas razones para desconfiar. En realidad el deporte de elite en general, aunque no sé ponga tanto el foco en otras disciplinas.
Sin embargo, el mensaje de Mentheour está a medio camino entre la pataleta (ni dopandose llegó el a destacar) y la búsqueda de notoriedad. Ese no digo que se dope, pero lo digo, basado simplemente en que Pogacar es muy bueno es un argumento bastante pobre.
Si la excelencia deportiva es la prueba del dopaje como sibilinamente desliza, el hubiera pasado por ciclista limpísimo dado su mediocre nivel. Y sin embargo ahí está su historia.
Usain Bolt se dopaba? Michael Phelps? Y Nadal,? lo hace Duplantis o Lamine Yamal? Según el raciocinio seguido con Pogacar, sí