Los lunes ya no son los mismos sin Roberto Palomar en Marca. Tras 38 años ha dejado voluntariamente el periódico y se ha ido a vivir a un pueblo de Cuenca junto al Cañón del Jucar. Allí no ha vuelto a encender un ordenador y, si no fuese por sus colaboraciones en Movistar y en la COPE, no sabríamos nada suyo.
Hoy hemos quedado para hablar con él. La percha es su carrera periodística que explica que la pasión también se pierde. A cambio queda la nostalgia de una época imborrable que Roberto Palomar relata como si hubiese sido ayer. Pero en este momento le ocupa algo mas importante. «Mi misión ahora es que mi mujer siga viva y aguante lo mejor posible».
38 años en Marca.
38 temporadas. Me gusta contar por temporadas como los futbolistas. Sí, han sido muchas temporadas. Demasiadas a lo mejor. Pero yo creo que no me ha sobrado ninguna. Estoy contento con mi trayectoria en Marca.
¿Y por qué te has ido?
Eso no se decide de la noche a la mañana. No te levantas un día y dices me voy del Marca. Hay varias circunstancias, una de ellas el tiempo que llevas. Otra, la edad que tienes, yo ya he cumplido 62 años y he perdido un poco la pasión. Y para estar en Marca debes estar muy apasionado.
¿Y no se podía recuperar?
No lo sé. Pero a mí me dan un poco de envidia algunos compañeros que tú has entrevistado, como Paco Grande que parece que se van a morir en la trinchera. Yo admiro la ilusión que tienen y la longevidad a la que quieren llevar su carrera. Pero yo no soy de esos. A mi edad, y ahora que físicamente todavía me lo puedo permitir, quiero trabajar menos. No quiero morir detrás del ordenador. Por eso me he ido. He aprovechado para comprar tiempo.
Te envidiamos.
He podido elegir, sí. Llevo desde el mes de julio y todavía no he tenido un momento de esos que digas «joder, qué día más largo o qué voy a hacer». No lo he sentido ni creo que lo vaya a sentir. Me parece que tengo materia suficiente para llenar mi tiempo.
Te has ido de Madrid.
Estoy yendo y viniendo. Pero, sí, paso el noventa por ciento fuera de Madrid. Porque esa es otra cosa que mucha gente dice: «Me voy a jubilar y me voy a ir al pueblo y no quiero saber nada de nadie». Hay mucha gente que lo dice y no lo hace. Pero yo lo he hecho. Soy muy rural, tengo una necesidad casi enfermiza de contacto con la naturaleza. De hecho, esta semana, que estoy en Madrid, no hago más que pensar que tiempo hará en las montañas, en mis montañas.
¿Qué pueblo es?
Es un pueblo que está muy cerca de Cuenca, se llama Villalba de la Sierra y está rodeado de naturaleza. Vivo a cien pasos en línea recta del río Júcar, al lado de una catarata idílica. Tengo seguramente una de las mejores vistas de España, que es el Cañón del Júcar. A veinte minutos de la puerta de casa estoy en el paraíso, disfrutando de una vista sin igual.
Y eso no tiene precio.
Entre mis objetivos está no volver a ponerme una corbata ni unos zapatos. Desde que me he ido de Marca no he abierto el ordenador. Estoy feliz, no necesito esa otra parte que mucha gente sí te reclama. ¿Qué vas a hacer ahora y qué va a pasar con tu día a día? Escribe un libro, me dicen. Pero, ¿por qué? ¿para qué?, yo no tengo ninguna necesidad.
Y te has ido con tu mujer.
Sí, y se ha adaptado, porque a ella le gusta también. Nuestros hijos ya están fuera de casa, no tenemos esa atadura. Quizá sea lo que peor llevo, pero por suerte venimos prácticamente todas las semanas.
Es el día después.
Es el día después que va a durar toda la vida. Espero que sea con salud, que es lo que más me preocupa. Mira, una de las cosas que también me empujaron es cuando ves que las bombas de mala salud van cayendo cerca tuya. En una semana, hace un par de años, se murieron una amiga y un amigo. Hasta entonces nunca había pensado en esto y ahora, que mi mujer tiene un problema de salud importante, llegó la hora.
¿Qué has perdido?
En el momento en que dejé Marca, sabía que iba a tener menos ingresos, y eso claro que se nota. Mira, ahora llega la extra de diciembre y no la voy a tener. Pero admito ese precio a cambio de disfrutar de lo que tengo que, para mí, es mucho. Es más, me considero un millonario en ese sentido.
No siempre es el dinero.
El pueblo en el que yo estoy pertenece a la España vacía o vaciada, somos 500 habitantes, es un sitio sin muchas pretensiones urbanísticas. Allí soy feliz. Me he comprado un banquito para ponerlo a la entrada de casa y todos los días desayuno viendo el monte. A veces, me pregunto: ¿cuánto vale esto? ¿qué precio le pones a esto? Para mí es altísimo. Por eso tomé una decisión valiente, dejé un buen puesto en Marca convencido de que no me equivocaba.
Se acabó el estrés.
No, yo no soy un tipo que se estrese mucho. Nunca en mi vida. Al menos, no lo he percibido. Creo que lo he podido gobernar porque, además, mi trabajo me gustaba mucho. Algunos de los mejores momentos de mi vida los he pasado en la redacción de Marca. Pero es verdad que ya me estaba costando mucho adaptarme a los nuevos tiempos. Y esto no es responsabilidad de nadie. He sido yo el culpable. No he sabido ni he querido adaptarme.
¿Por qué?
Me había convertido en una especie de nostálgico en la redacción.
¿Y no había remedio?
Cada vez que colaba un tema en Google Discover, y era un tema que tenías que retorcer hasta el paroxismo, y no te digo ya nada del titular… tenías casi que mentir en el titular para llamar la atención. Pero es que el mundo audiovisual tampoco me llamaba mucho la atención. Todo tiene que llevar ahora vídeo y yo prefiero leer una entrevista a ver una entrevista. Por eso me encantan estas tan largas como las vuestras y como las que hacía yo antes en una doble página. Ahora tienes que grabarla, tienes que buscar cortes para las redes, tienes que hacer no sé qué. Me convertí en un inadaptado total.
Tú empezaste con Beenhakker entrenador del Madrid.
El día que murió me pasó una cosa muy curiosa. Eran las nueve y pico de la noche y salió la noticia. Yo me estaba poniendo la chaqueta ya para irme a casa y lo pensé, «el único tío de la redacción y de todo el edificio que ha conocido a Benhakker soy yo». Y no me puedo ir a casa sin escribir algo de él. Entonces escribí una cosa que sé por mi experiencia que era buena, que estaba bien escrita, que contaba cosas.
¿Qué contabas?
El día después de una de las Ligas que pierde el Madrid en Tenerife, que él era entrenador, yo fui a su casa. Eran cosas curiosas, interioridades de aquella época, porque entonces yo estaba en primera línea de combate. En fin, un texto y una cosa que era emotiva. Pero no tuvo ningún recorrido, ni estaba bien colocado en la web, ni nadie lo leyó, ni nadie se ocupó de cuidarlo un poco.
¿Y eso machaca el amor propio?
Bueno, a la mañana siguiente, recuerdo que me llamó Michel y me dijo: «me han dicho que has escrito una cosa muy buena de Benhaker y quiero leerla y no la encuentro».
Y se la enviaste.
Pero me costó encontrarla y ahí me di cuenta, en detalles como ese, que igual ya había pasado mi hora de estar aquí. Son las cosas que te van haciendo reflexionar y que te recuerdan que a lo mejor te has quedado a vivir en la nostalgia.
Pero hoy aquí venimos buscando nostalgia.
Pues has venido a buen sitio, porque yo soy nostálgico del periodismo, sobre todo la década de los 90, que viví en Marca desde una posición privilegiada. En aquellos años, si vamos al símil futbolístico, yo jugaba en Marca en el centro del campo y algunos días con el 10 a la espalda. Yo era un tipo importante dentro de la redacción, porque cubría la información del Real Madrid, que era capital, e iba también a la selección.
¿Eras un perro de presa?
Era muy exigente. En aquella época muchos llegamos a anteponer Marca a nuestra vida personal. Yo he tenido mucha suerte con mi mujer, pero tengo algunos compañeros de la época que han pagado un precio caro en su vida personal.
¿Y en tu caso cómo lo evitaste?
No lo sé. Pero de los 38 años, que viví en Marca, más de veinte fueron de una exigencia brutal. Te puedo decir que yo tengo, y todavía está en el periódico, un compañero que no le decía a su mujer las vacaciones que le quedaban y las perdía directamente. Era tal su entrega. Si su mujer se llega a enterar de que el periódico le debía todavía vacaciones….
¿Y qué sentido tiene eso?
Son épocas, son fases que vas pasando. Pero es que cuando llegas a Marca, es que no quieres estar en otro sitio. El objetivo de mi vida era estar en Marca. Y como yo, muchos compañeros. Y entonces llegas ahí y lo das todo. Y ahora me pregunto: ¿lo volverías a hacer? Y, sí, creo que sí lo volvería a hacer.
¿Y cuándo empiezas a cambiar?
Hay una cosa que me hizo clic que es cuando yo me hice mayor que los jugadores. Cuando vas cumpliendo años y pasas de la Quinta del Buitre a Guti o a Raúl. Cuando un jugador de 21 años te dice que no te atiende o que no te saluda por las mañanas y tú ya tienes treinta y muchos. Entonces te preguntas qué hago yo aquí. Fue una de las razones por las que pedí salir de la información del Real Madrid y dedicarme a otras cosas en Marca.
¿Cómo fue tu relación con la Quinta del Buitre?
Muy buena, muy buena relación, sobre todo ahora. Con el que más relación he mantenido siempre ha sido con Michel. Pero ya entonces había muchísima más familiaridad que ahora. Yo recuerdo pretemporadas con el Madrid, con Beenhakker en Holanda. Entonces el Madrid se alojaba en hoteles pequeños que eran lo que ahora llamaríamos hoteles rurales. Y por la noche los de recepción y el personal se iban y se quedaba el primer equipo del Real Madrid y tú con ellos. Y, por ponerte un ejemplo, Míchel, que es muy goloso, te podía decir, «oye, ¿me traes una onza de chocolate?».
¿Se cuidaban mucho?
Sí, la Quinta sí. Eran chavales bastante sanos. Mira, ellos ahora tienen un grupo de WhatsApp que se llama la Quinta del Buitre, lo que quiere decir que no renuncian a sus orígenes. Pero no sólo eso, sino que todos siguen casados con las mismas mujeres que entonces. Es una trayectoria vital muy curiosa la que han tenido.
¿Dónde estabas en aquella mítica semifinal de la Copa de Europa de la Quinta en Eindhoven en la que Van Breukelen lo paró todo?
Estaba en la redacción. Me parece que ese día viajó Amalio Moratalla, que solía hacer los partidos de la antigua Copa de Europa, y yo estaba en la redacción de Marca, vi aquel partido que fue frustrante porque el Madrid se quedaba en semifinales.
Fue la última oportunidad de la Quinta para ganar la Copa de Europa.
Porque el 5-0 del Milan fue después, sí.
Aquel año el Madrid se había cargado al Napoles, Oporto y Bayern Munich
Bueno, frente al Milan volvieron a tener su chance con Toshack de entrenador. El Madrid perdió 2-0 allí con un penalti que fue fuera del área, y aquí gana 1-0 en aquel partido en el que Paco Llorente se rompió la clavícula y siguió jugando. Recuerdo que Toshack, para romper el fuera de juego, utilizó una táctica muy rudimentaria, que era el saque largo de Paco Buyo, o sea, nada de tocar y estuvieron a punto de eliminar a Milan. De todos modos, yo a la Quinta la considero ganadora de la Copa de Europa, porque quedó Sanchís que la ganó. Y para mí Sanchis es el enganche que le hace justicia a la Quinta del Buitre, que era un equipo fantástico.
¿Cómo era Hugo Sánchez?
Era una máquina entrenando, era una máquina de alta precisión rematando. Y era un tipo que ya tenía el marketing en la cabeza. Él sabía venderse muy bien, sabía qué palos tocar de la prensa. Me acuerdo que grababa sus propias entrevistas, que ponía el casete, que empezó a tener una especie de asistente que él llamaba su ayudante, que lo acompañaba a todos sitios. Y bueno, tenía un ego alto y grande que le hizo chocar con alguno de la Quinta del Buitre, con Michel, por ejemplo. Pero luego acabaron bien. El tiempo suavizó todo aquello y acabó muy bien.
El presidente era Ramón Mendoza.
Como aquel equipo ganaba, ganaron las cinco ligas seguidas, no había muchos conflictos. Y, efectivamente, luego tenían la complicidad de Ramón Mendoza, que para el periodismo era una gozada tener un presidente como él.
Cada vez que veía a un periodista en la puerta del Bernabéu esperando, haciendo guardia, bajaba la ventanilla del coche y le atendía. Él siempre decía que lo más peligroso que conocía era un periodista aburrido. Entonces te daba carnaza, sobre todo para que te fueras de allí. Y fue una época con un Real Madrid muy familiar y es una época que recuerdo muy reconfortante. Yo me lo pasé muy bien con aquella gente. No tiene nada que ver con lo que hay ahora.
¿No se aburría uno haciendo guardia en el Bernabéu?
Mira, yo creo que hubiera podido estudiar otra carrera solo con los tiempos de espera… Con eso ya te he dicho todo.
Tu hijo es periodista.
El día que me dijo que era lo que quería estudiar le dije: «me parece muy bien, haz tu pasión, pero con esto millonario no te vas a hacer». Y ahí está. No es millonario ni está cerca de ello, pero bueno, hace lo que le gusta. Y esta en el As, en As TV en la sección de videos. Y esto es como si eres del Madrid y te sale un hijo del Barça.
Mi hijo está muy especializado en las artes marciales, en boxeo y todo eso, pero luego hace otras cosas también. Yo estoy contento porque ha estado en el Mundial de Qatar, ha hecho vueltas ciclistas, ha tocado muchos palos. Yo pensé que no iba a tener la vocación que yo tenía. Pero sí que tiene esa pasión y se defiende bien.
La vocación del padre.
Bueno, el padre siempre será un marquista convencido. Incluso ahora más que antes. Te contaré el día que me fui de Marca. Yo pensé, «voy a hacer un corte de manga». A decir, «ahí os quedáis». Pues todo lo contrario. Los primeros 15 días me costó muchísimo, mucho más de lo que yo pensaba. Yo no sabía esto. Estaba convencido del paso que había dado y sabía que me iba a ir bien, pero los primeros 15 días fueron tremendos.
¿Y ahora?
Te seré sincero: echo de menos la redacción y a la gente de la redacción… porque yo era un animal de redacción, un canterano de toda la vida. ¿A quiénes? Bueno, pues a todos, prácticamente a todos. Es que si me pongo aquí a decirte nombres, hay tantos, Gerardo Riquelme, que es amigo mío, que se sentaba en frente mía. Alberto Romero, que ha sido mi último gran compañero, que lo tenía sentado a la izquierda. José Luis Hurtado, Juancho Gallardo, el director, que he tenido con él una relación fantástica….. Si es que hay tantos…..
¿Cómo fue la despedida?
No hubo despedida. Yo soy muy raro para todas esas cosas. Aparte que era el mes de julio, que había ya gente de vacaciones. Mandé un correo, que yo creo que fue bonito y emotivo, porque se lo di a leer antes a mi mujer y a mis hijos y casi que lloraron ellos también. Entonces yo creo que iba bien tirado. Pero ni lo aireé demasiado en los días previos ni procuré hacer algo que no me gusta como son las despedidas.
¿Volverás esta Navidad a la redacción?
No lo sé, la verdad.
A felicitar las fiestas.
Pero si vuelvo deberá ser de una forma natural, que tuviera que volver por algo, pero ir por ir no lo creo. Me estoy viendo estos días con gente y demás, pero ir allí a que me halaguen no.
¿Te echan de menos?
Tuve muchísimos mensajes cuando me fui. Algunos, joder, algunos muy emocionantes de gente que no esperaba.
El periodismo, que has practicado, también ha hecho llorar.
Hubo un momento de reporterismo que yo exploté bastante, porque hay una parte informativa que era todo ese día a día del Madrid y de la Quinta del Buitre, que estaba muy bien. Pero luego es verdad que me metí en un periodismo ahí más hasta el tuétano, en el que yo escribía en primera persona, que no me gusta hacerlo mucho, pero que se prestaba la situación en reportajes como cuando fui al Everest.
¿Cuánto tiempo estuviste en el Everest?
La expedición duró 72 días. Fue larguísima. Pero volvería mañana. Tengo un recuerdo inmejorable de aquella experiencia. Yo recuerdo que era el año 2000. Era ir a la Eurocopa del 2000 o ir al Everest. Pero me dije, «joder, yo tengo que ir al Everest». Y lo hablé con mi mujer, que me dijo, «aprovéchalo», porque hasta entonces yo era montañero de salón como espectador de «Al filo de lo Imposible».
Desde los 7.000 metros hiciste un artículo muy emotivo.
Sí, llegué. Yo subí a 7.000 metros, que ya era bastante. Yo no debería haber aparecido nunca por allí. Y sí, sí, fueron de esos artículos que te desnudas porque, joder, aquí estoy yo, esto es mío, lo he hecho yo con mis piernas. Lo sufrí mucho, pero lo disfruté mucho. Y efectivamente, son artículos de esos en los que te desnudas.
¿Te hizo mejor persona aquello?
Bueno, yo he intentado ser siempre buena persona, con Everest o sin Everest. Pero allí ves la vida de otra manera. No sé si llamarlo pobreza, pero ves un mundo de escasas posibilidades como era el pueblo Sherpa.
Fue en el año 2000, estamos hablando de hace 25 años, donde todo se hacía a mano y a pie. Allí no hay carretera. Y tú veías a esa señora mayor, que son como las abuelas, transportar con la cinta en la cabeza y con la cesta detrás un mueble para subirlo a otra aldea, que a lo mejor era el doble de su peso. Y tú vas con tus botas de marca y ellos van con chanclas y ves que nadie las echa para atrás en esos paisajes tan grandiosos.
¿Qué hacías ahí en el campamento base de tantas horas?
Por las noches llegamos a dormir a -27 grados. Yo pasaba muchísimo frío. Pero tenía dos páginas diarias, porque en aquella expedición creyó mucho Manuel Saucedo, el director. Y si puedes abrir el periódico con tus cosas, lo abres, me decía. Entonces tenía una exigencia, dos páginas diarias en un campo base en el que no pasa nada. Absorbía y chupaba todo lo que podía. Yo me acuerdo, por ejemplo, una de las crónicas que hice que es cómo se negocian las primas con los sherpas, porque tú les vas pagando, cuanto más alto suben, más dinero para que te lleven el equipamiento.
Aquella negociación me la tomé como si estuviera negociando la selección española las primas para el Mundial. Bueno, detalles de esos son los que iban tejiendo aquellas crónicas. El día a día en el campo base avanzado, que es donde yo vivía, que estaba muy alto, 6.400 metros, era muy duro. Estaba siempre como enfermo. La altitud te machacaba mucho pero aun así durante el día era una esponja. Y me acuerdo todos los días a las seis que se empezaba a meter el sol, que es cuando empezaba a escribir.
¿Y cómo?
Se me congeló el ordenador. Me tuvieron que mandar otro desde Madrid, que yo no sé ni cómo llegó. Recuerdo que me lo trajo una expedición italiana. Hubo un momento ya los últimos días que escribía a ciegas, pero tenía cogida la mecánica de tal manera que podía escribir con la pantalla a oscuras.
Pero veías a Juanito Oiarzabal que era como un reloj en la montaña, que sabia un poco de todo y querías estar a la altura en un sitio donde te juegas la vida al más mínimo fallo.
Te podían haber amputado los dedos.
Bueno, de hecho, Juanito un par de años después perdió todos los dedos de los pies. Y gente con lo que yo había convivido allí, o gente de la que ellos hablaban, yo me di cuenta luego que con los años que iban muriendo porque el riesgo al que se ponen es altísimo.
Luego, corriste y terminaste un Ironman.
Un año me mandan a hacer la información del Ironman de Lanzarote. Igual es que pasé muchas horas en la meta. El caso es que yo veía a la gente llegar y me dije, «yo tengo que hacer esto para ver qué se vive y qué no se vive». Y al año siguiente preparé el Ironman, sí.
Y estuve entrenando durante nueve meses y lo hice de forma muy modesta y muy conservador, porque tardé 15 horas. Podía haber hecho menos, pero fui reteniéndome mucho porque yo lo que quería era contarlo en Marca y en la radio. Casi me echan de la carrera, porque no puedes utilizar el móvil, no te dejan. Y durante el maratón me llamaban de Radio Marca… Y, en fin, fueron tantas cosas. Hice también el maratón de Nueva York, que fue otra buena experiencia. Y alguna cosa más por ahí, alguna expedición más que fue casi un milagro.
Es casi un milagro que sigas vivo.
Bueno, en situación de riesgo vital, digamos, en el Everest puedes estar, porque estuve mucho tiempo. Yo tuve un principio de edema subiendo al campo base avanzado a 6.400 metros. Parece que tenía un poco la cara hinchada. Juanito me decía, puedes tener un principio de edema, vamos a parar un día. Y luego en algún momento de la escalada que pasas por algún sitio más delicado, te puedes caer o cuando subí a 7.000 metros que tuve que bajar solo porque ellos seguían. Bueno, ahí pude pasar algún momento difícil, sí.
Tenías hijos pequeños.
Tenía hijos pequeños y tenía un gran seguro del periódico que fue muy generoso conmigo, les habíamos dejado bien cubiertos. Y luego al principio mi intención era no arriesgar en el Everest, era acompañarles hasta donde pudiera. Lo que pasa es que una vez que te metes ahí, tú quieres más. El día de subir a 7.000 metros yo no iba a subir. Pero Juanito me dijo por qué no te vienes con nosotros y yo me dije a mí mismo, «no me puedo quedar aquí». Y lo hice con la mera intención de informar, de contarlo..
¿Por qué no has sido director de Marca?
Porque no tengo vocación del director.
¿Te lo ofrecieron?
No, nunca. Lo más que llegué fue redactor jefe y me lo hicieron estando en el Everest. Recuerdo la llamada de Saucedo y me hicieron redactor jefe porque nos concedieron la licencia para Radio Marca. Y me llamó y me dijo, «tenemos una buena noticia, nos han dado la licencia para Radio Marca y me gustaría que la llevases tú. Te voy a hacer redactor jefe».
¿Y qué le dijiste?
«Vale, Manolo, cojonudo, muchas gracias. A la vuelta hablamos». Y entonces me pusieron a dirigir Radio Marca, que fue un error porque yo tenía que haber seguido siendo un reportero, porque estuve ahí sufriendo como un perro, haciendo cosas de gerente y al mismo tiempo haciendo por la noche un programa con Paco García Caridad hasta que me vino a rescatar Elías Israel. Le hicieron director de Marca y una de las condiciones que puso es que yo volviera a la redacción.
¿Por qué no se valora más escribir bien, contar historias?
Porque la gente no lee y porque cada vez hay menos nivel en la audiencia. No por otra cosa. ¿Por qué se valora poco al que escribe bien? Mira, hay un caso en el Marca que es José Luis Hurtado, que para mí es el mejor y yo creo que no tiene el reconocimiento que merecería. Es un tío que escribe que da gusto. Pero se consumen otras cosas. Yo no digo ni mejor ni peor. Pero otras cosas. Y no todo el mundo tiene que escribir ni puede escribir como Segurola o como Relaño.
¿Cuál fue tu gran exclusiva?
Una muy curiosa desde la más absoluta casualidad.
Te escucho.
¿La de la casualidad o la de exclusiva?
Aquí vale todo.
La gente ya no se acuerda. Pero el fichaje de Prosinecki por el Madrid fue un parto tremendo. Y había una expectación bestial. Y entonces Saucedo me mandó a Berna, a la sede de la FIFA a entrevistar a Blatter, porque había un tema legal para que los yugoslavos dejasen salir a los jugadores.
Y yo me presenté allá en la puerta de la FIFA. Vengo a entrevistar a Blatter. Y me dice el conserje, «no se preocupe, en cinco minutos le atenderá el Sr. Blatter». Me quedé flipado. Hicimos la entrevista con Blatter, nos dio las claves del fichaje de Prosinecki. Sacamos a Blatter en portada, yo con él, tal cual.
Y me voy a la recepción de la FIFA, me voy al mostrador para ver si nos piden un taxi y según estoy esperando veo que sale un fax con el membrete del Real Madrid. Y era un fax de Ramón Mendoza a Blatter diciéndole que al día siguiente el Real Madrid viajaría a la FIFA. Yo iba viendo, iba leyendo aquello que iba saliendo. Y me digo «esto es una bomba». Y dar el desplazamiento de Mendoza a la FIFA fue una exclusiva, entre comillas, que recuerdo por lo que tuvo de casual, por lo que tuvo de suerte.
Has dejado de escribir.
Desde julio no he vuelto a escribir nada. Bueno, sí, escribo para una revista de trail de carreras de montaña, que hacen seis números al año. El director es amigo mío. Y cuando empezó la revista me lo preguntó. Ya estaba en Marca. Pedí permiso, me dijeron que sí, porque no es competencia. Y el único artículo que he escrito desde la jubilación ha sido para ellos en el teclado del teléfono. Al final, escribes donde te acostumbras. Yo he escrito en una piedra en el Everest sentado porque las sillas no tenían respaldo.
Escribes donde te acostumbras.
En el Dakar escribía las crónicas dentro del coche donde, por cierto, me mareaba muchísimo….
Fueron tantas cosas, fueron 38 años.
Yo creo que ya está bien. Recuerdo que me cogió Amalio Moratalla en el verano del 80 y me llevó con él a Ciudad Deportiva. No pasé ni por los campos de Regional o Tercera. Fui directamente a la Ciudad Deportiva. Pero siempre recordaré que la primera vez, que es una de las cosas que puse en mi correo de despedida, tuve que rectificar al día siguiente.
Era una cosa del Atlético, una lesión, no sé si de Ruiz o de Balbino. Puse que se había roto el pómulo. Pero no era exacto, no era preciso. Y al día siguiente hubo que hacer una pequeña rectificación. Y yo ese día me prometí que nunca más me iban a hacer rectificar en Marca. De hecho, lo conté en el correo de despedida.
¿Y fue así?
Tuve luego problemas con Mourinho.
¿Qué pasó?
Me puso una denuncia. Yo era muy crítico con él como personaje y muy crítico con su fútbol. Era muy práctico, batió el récord de goles, es verdad, pero no era un fútbol que a mí me enamorase.
Y luego recuerdo un partido en Sevilla que pierden y el tío pega una rajada contra los jugadores. No tengo jugadores, no tengo equipo, no tengo no sé qué. Yo en la opinión de los lunes puse una frase en la que digo, «Mourinho es el típico que causa un accidente y se da la fuga». Y entonces alguien le calentó la cabeza y me denunció. Me pedía 15.000 euros que se los iba a dar al Canillas, que era el equipo donde jugaba su hijo, si ganaba el juicio.
Y llegamos al juicio. Justo antes de entrar, su abogado quiso llegar a un acuerdo. Yo le pregunté al abogado de la empresa y me dijo que no. Y el juez determinó que la expresión era desabrida. Me acuerdo de ese término del juez, desabrida, pero que primaba la libertad de expresión.
Ganaste el juicio a Mourinho.
Gané el juicio, pero no los 15.000 euros, porque eso los pedía él, yo no pedía nada. Y entiendo que la expresión puede ser dura, desabrida y que bueno, también iba en un artículo con 600 palabras y su contexto. Pero ya está. Ese es un lío que tuve. Bueno, luego en las opiniones, pues ya sabes, te dan por todos lados.
No me gustan los lunes.
Vamos a hacer reflexionar un poco a la gente. Es lo que he pensado siempre. Que el tío que se tome el café por la mañana diga, joder, coño, este tío tiene cosas que decir. Y así empecé. Y es verdad que fue una época larga con la página de No me gustan los lunes. Yo notaba que aquello tenía repercusión. Intentaba ir un poco al revés. Intentaba que la gente tuviera algo en lo que reflexionar los 5 minutos de la mañana siguiente. Y eso me causó bastantes problemas, muchos palos.
¿Qué te hizo periodista?
Mi padre era maestro de escuela, que es lo que yo tenía que haber sido también, porque mi abuelo también lo fue. Y los dos eran grandes narradores de sus cosas. Y yo creo que de ahí me vino un poco. Y luego yo no sé por qué, siempre he tenido inclinación a contar cosas.
Recuerdo en el colegio hice como un pequeño periódico que se llamaba La Portería, en el que hacía unos dibujitos y era la crónica del partido del recreo. Puntuaba a los jugadores. Pero, además, le agradezco mucho a mi padre que desde que yo tengo uso de razón, los periódicos entraran en casa. Él compraba El Pueblo y el As.
¿De qué barrio de Madrid eras?
Yo vivía en Ciudad Pegaso, muy cerca de Canillejas. Luego me fui a vivir a Alcalá de Henares. No sé por qué me llevó la vida allí. Supongo porque en Madrid era imposible comprarse una casa.
Pero en aquella época era otra cosa.
Sería en el 92 cuando yo me casé y entonces los intereses estaban por las nubes. Al 13% o más. Sí era más fácil que ahora. Pero es que ahora es imposible comprarse una casa.
Mañana te irás al pueblo.
Me voy el lunes.
¿Tu mujer también está mejor en el pueblo?
Está más tranquila. Está jubilada porque tiene invalidez. Ella hizo Turismo y trabajaba en hoteles. Hacía tiempo ya que no. La pandemia se lo llevó por delante su trabajo. Y entonces está ahí con un cáncer complicado, un cáncer de endometrio, muy complejo. Tuvo una recaída, una operación y ahora lo tiene controlado. Está como dormido, digamos, el cáncer y más o menos. Pero se ha quedado un poco disminuida, tiene muchos dolores, tiene osteoporosis, tiene fibromialgia. Bueno, en el pueblo está tranquila.
Muy duro.
Pero forma parte de mi vida. Incluso me ha influido en lo profesional, porque se te cae el mundo encima cuando te dan la noticia. Y a mí eso, en la última época del periódico me quemó mucha energía, porque de pronto te ves como señalado para que tu misión en esta vida es que tu mujer siga viva y aguante lo mejor posible.
Es el titular de la entrevista.
No lo sé. Pero no me importa, porque ya te digo que forma parte de mi trayectoria profesional. Al final, es uno de los motivos que ha influido para que yo me fuera un poco antes, porque eso te roba la energía. Hay muchos días que yo tenía que pedir porque ella se encontraba mal. «Oye, que hoy no puedo ir al periódico, que trabajo desde casa, porque me pasa esto, porque una operación, porque lo otro». Es así de duro. Pero bueno, lo tenemos controlado. Tengo mucha fe en la medicina. Es increíble lo que puede hacer la medicina. Y ahí estamos. Aquí no se rinde nadie.
Aquí no se rinde nadie.
Es que creo que tenemos hasta una cierta obligación de no rendirnos. Sobre todo el que tiene salud. Yo en este caso de los dos. Es que tienes como obligación de cuidar al otro.
Y mucha paciencia.
Bueno, pues se tiene, pero es que yo me siento como obligado. Por ejemplo, yo tengo cuidado hasta con la bici para no caerme. Si me caigo yo, ¿quién va a ayudar a mi mujer? Antes me metía en muchos líos en la montaña y demás. Ahora ya menos. Con los dos hijos fuera de casa sólo estamos nosotros dos que nos tenemos que cuidar porque mi mujer también me cuida.
Cuidarse.
Tenemos esa obligación. En las salas de espera de oncología he aprendido mucho porque ves gente que se hunde. Joder, hemos tenido que hablar alguna vez con gente que se entrega y que ya no tiene más. Y luego ves gente mayor con una situación delicada que quiere llegar a mañana y pelean para llegar a mañana. Y llegan con la ayuda de la medicina.
Hay auténticos genios en la oncología, que es lo que yo más conozco. Y esto va a seguir avanzando y hay que permanecer aquí. Porque quién te dice que dentro de cinco años no hay un medicamento mejor o algo que te ayude más. Hay casos desesperados y esto te viene atravesado y te viene mal, pues estás jodido. También hemos visto gente caer alrededor. Pero mientras se pueda hay que seguir peleando. Aquí no se rinde nadie. Desde luego, no me he rendido nunca. Aparte, yo soy un optimista patológico.
Nostálgico y optimista.
Sí, muy optimista. Yo siempre he pensado que la cosa va a ir a mejor. Y nostálgico bastante. Por eso no quiero pasar la raya de la nostalgia a ser un gruñón, como te decía antes en el periódico. Pero hay muchas cosas del pasado que me gustan y además creo que siguen teniendo su vigencia. Al final, el periodismo dentro de unos años seguirá basándose en la gente que sabe contar historias, que sabe preguntar y que sabe escribir.












Mucho ánimo y mucha salud a su mujer, señor Palomar,soy un rumano afincado en Madrid, aficionado del Barça y de No me gustan los lunes desde hace más de 20 años.Espero que encuentre la az y la tranquilidad,para usted y su familia,un abrazo 🫂
Espectacular. En su día me parecía un gruñón pero cambió mucho y para bien mi percepción de este Señor. Gracias.
Cuando participaba en las tertulias en el programa mañanero de Juan Manuel Gozalo ,contó una vez cómo su mujer le preguntó: A dónde vas tan temprano?
– A que me regañen,con Gozalo a que me regañen!! Un crack Palomar
Tantos días cerca y Nunca le dije que era el periodista que más credibilidad me ofrecía, nunca le dije que me parecía el más serio y nunca le dije que siempre le he seguido. Bueno pues hoy que estamos los dos retirados se lo digo. Un abrazo y mucha suerte Roberto.
Comparto totalmente la nostalgia por los ochenta y noventa, aunque eso no signifique que fueran años necesariamente mejores. Eso sí, Roberto Palomar se equivoca en una cosa. El día siguiente de la primera liga perdida en Tenerife fue durísimo, pero no domingo, sino lunes. Lo sé porque todos los que éramos del Madrid tuvimos que sufrir los comentarios de los barcelonistas, y no era agradable ir un día como aquel a la escuela. Como para olvidarlo…
Comparto totalmente la nostalgia por los ochenta y noventa, aunque eso no signifique que fueran años necesariamente mejores. Eso sí, Roberto Palomar se equivoca en una cosa. El día siguiente de la primera liga perdida en Tenerife fue durísimo, pero no fue domingo, sino lunes. Lo sé porque todos los que éramos del Madrid tuvimos que sufrir los comentarios de los barcelonistas, y no era agradable ir un día como aquel a la escuela (era lectivo, no como el domingo). Como para olvidarlo…
Sinceramente prefiero la època actual en el periodismo, te guste el fútbol, o la NBA o la fórmula 1 o lo que sea, ahora tienes mil opciones, o más profundas o más superficiales.
Grande Palomar. Una pluma de calidad que sí, siempre tenía cosas que decir desde un ángulo inverso, desde una perspectiva distinta e inteligente. Para mí su cénit profesional fue «No me gustan los lunes»: incisivo, mordaz, diferente. Mi modesto homenaje a aquellos artículos que era pura condensación de virtudes en la redacción y el estilo.
De los juntaletras más detestables que ha habido en este país. Rencoroso, amargado, siempre avinagrado tanto escribiendo como hablando. Qué bueno que te hayas ido. No vuelvas nunca.
Este mensaje es un buen paradigma de la estulticia actual y de la mediocridad de los lectores que el propio entrevistado comenta en una de las respuestas: utilizar para su diatriba los mismos argumentos que critica (rencoroso, amargado y avinagrado… le dijo la sartén al cazo).
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Impecable Roberto, como siempre. Un placer y un gusto, un honor tenerte como amigo. Tu entrevista, como tu vida y la forma de afrontar y enfrentar, son totalmente aspiracionales para mí.
Enhorabuena también Alfredo por la parte que te toca.
Gracias a ambos.