
Se nos empieza este año la Vuelta a España por Piamonte, amigos, y a Piamonte hubimos de marchar para ver un poco el asunto, palpar sentires, ver cómo huele, sabe y suena aquello. En bici, claro, que siempre luce más, y sufres un poco. Bueno, un poco mucho. Muchísimo.
Es lo que toca.
Ese cielo tan azul, esa bruma tan del calor
Hace calor.
A mí me gusta el calor. Sobre la bici, digo, ya después lo odio. Pero para pedales… joder, como Miguelón, dame solete, que me brillen los gemelos. Pero es que hace mucho calor. Mucho. Muchérrimo. Igual se han pasado. Si ni siquiera se ve el Monviso, de tanto calor y calima…
Vale, estamos en el Piamonte. Entre Cuneo y la zona de Langhe, Roero y Monferrato. Sí, donde las viñas. Sí, donde empieza la Vuelta a España, edición 2025, noventa años desde inicial. Grande Partenza de nivel, con clase. Aquí, en Piamonte, nació el ciclismo. O, para ser más exactos, aquí en Piamonte nació Fausto Coppi, que es tanto como decir el ciclismo. También Girardengo, y Cavanna, Giovanni Gerbi, Italo Zilioli. Pero, sobre todo, él.
Así que trae pedigrí, el sitio. Y atractivos si desean sufrirse un poco con las dos ruedas. Tiene puertos grandotes, tiene olor a torrentes alpinos por Cuneo (con ese río que se cruza antes de entrar, ese río turquesa y albo), tiene la Maddalena coppiana, La Lombarda maginotesca, la Fauniera de brumas y calvos…
También colinas. Rodamos por viñedos, por terrazas, por avellanales que se pierden hasta donde alcanza el mirar. Nunca vi, yo, campos tan cuidados para obtener avellanas, todo podadito, perfecto. Aquí hacen la crema italiana de cacao esa tan famosa, y los bombones que pone Isabel Preysler a sus invitados en fiestas cayetanescas. Por Ferrero, caen, así que necesitan mogollón de avellanas, supongo.
Ah, también está aquí Cinzano. Sí, el Cinzano del Cinzano. Paso, de hecho, por el pueblo de Cinzano con mi maillot de Cinzano. Mi maillot de Cinzano es negrísimo, que adelgaza, y tiene dos franjitas azul y roja. Bien chulo. Y adelgaza, no sé si lo dije.
A ver, se imponen maillots retro. Ya les dije, tienen estilazo, en Piamonte.
Cuneo es ciudad pequeñita, con aire señorial, los Alpes muy cerca y ese punto Tranquilo-Viva-Vittorio-Emanuele que agrada a quienes buscan historias e Historia. Me cojo aquí la bici en un sitio que se llama Officine Mattio, y que exuda transalpinismo por todas partes. Tú entras y hay espacio enorme, hay muy pocas bicis expuestas, hay un sitio para cambiar por si quieres dar un voltio con la burra, hay trozos de focaccia para meter carbohidratos en vena.
(Nota: no comer focaccia como si la regalasen, aunque la regalen. Queda poco profesional en lo periodístico).
Y eso, que Officine Mattio mola mucho, y tienen unas máquinas muy bellas (todo diseño italiano, todo componentes italianos, personalizadas hasta el extremo) y tengo el mismo aire, sobre una, que Francesco Totti en Saber y ganar. Pero bueno, es lo que es. O se escribe o se entrena.
Yo escribo.
Ah, desde Officine Mattio me ponen, también, acompañante. Será Rodri el primer día, subiendo Lombarda, y está Pietro las demás mañanucas. Pietro va en coche, y a veces me espera, y dice «vai, Marcos», y también «grande, Marcos», y yo meto tripa cuando voy a pasar por donde Pietro (por decencia), y voy más elegante cuando voy a pasar por donde Pietro (por decencia), y ya hasta me duele verlo allí, al fondo de la rampa, en lo más duro, porque serán unos metrines que hago a ritmo alto, unos metrines donde abandono mi jadear tranquilo, mi retorcer de eses.
Muy majo, Pietro.
Viñedos, trigos y cuestas
La cosa, por Cuneo, es dura aunque no tires para Alpes. Quiero decir… a ver, no tan dura como papar Fauniera o Agnello, entiendan, pero tiene su punto. Zona de viñas, zona de cuestas. Pasas un pequeño valle, y luego otro, y otro más. Cada uno con sus rampones al diez durante kilómetro y pico. Después casi ni bajas. Y empiezas con el plato, ves allá arriba que afloja, pero luego afloja en plan «mira, llanete sin discesa», y ya igual quitas desarrollo, y acabas gateando la tercera o cuarta vez, porque se hace duro.
Ah, y hay calor, creo que ya lo dije.
Así que empezamos a subir. Bueno, primero me extravío en el cruce inicial, y acabo… dentro de una bodega. Lo juro, fue sin querer. Todo tiene arquitectura decimonónica (ya les dije que aquí son muy de Saboya, viva Saboya, oe, oe, oe), todo trae muros de color naranja y crema como si fueran escaques. Estilo industrial, solo que alrededor no hay fábricas. Ah, en esta bodega tienen, por cada fila de cepas, un hito hecho escultura. Vamos, que se limitan con rostros, rostros sin expresividad, rostros que resultan pelín catatónicos. De noche igual acojona. Pero huele bien, y tienen terraza. Joder, qué calor. Mira, una sombrita.
Empezamos guay…
Parada técnica y vuelta. Hasta llegar a los rampones paso por un par de rectas largas, rectas con trigo a los lados. A los de Cantabria nos llama mucho la atención el trigo, porque allí no hay (salvo excepciones). También paso junto a plantaciones de maíz (que tengo más familiarizadas) y campos de girasoles (perfectamente instragrameables en verano, oigan). En realidad voy con pelín de acojonamiento, porque ya saben ustedes que las cuestas no son lo mío.
Para arriba.
La cosa es divertida, no voy a engañarles. Divertidísima. Porque el asfalto se retuerce, y hay más paellas que en fallas, y surgen, por doquier, paisajes cucos. Llama mucho la atención, todo tan ordenado, cepas como a tiralíneas. También avellanos, les comenté arriba, y hasta un pomar vi (sin fruta, aun), pero sobre todo viñedos. Voy pelín tostadete, así que, de primeras, creo no entender el rollo. Pero luego ya sí, luego confirmo. Al final de los viñedos, al final de cada fila, donde había estatuas en la bodega, estos villorrios ponen otras cosas. Ponen rosales, rosales de color rojo, de color blanco. Y son bonitos, los rosales, pero es que también ponen, en otros predios, alcachofas. Que son menos estéticas, las alcachofas, y no hay poemas de Spenser sobre alcachofas, y no dice nada Victor Hugo de las alcachofas. Pero las alcachofas se comen, colega, así que yo soy muy team alcachofas, apoyo la moción de poner alcachofas cercando viñas. Además, una vez leí un chiste donde Rompetechos confundía las alcachofas con flores del trópico, así que…
Dónde estás, pequeño Salvatore, monje feo de narices
Vale, vamos pasando pueblos. Pueblos muy así, muy del Piamonte, pueblos encaramados en lo alto de una colina, con una torre campanario que se ve desde lejísimos, pico fino y planta cuadrada, pueblos llenos de adoquines y turistas yanquis que abren los ojos como si estuvieran en una tienda de segunda mano, con ese «ohhh» de lo muy antiguo, de lo muy cuidao. Porque no cruzo trampantojos, oigan… allí hay gente, hay mercadillos, hay olores a fruta fresca y paisanucos conversando bajo un castaño encina. Son pueblos tipo «recién divorciada que abre una librería rural y acaba encamándose con el rudo agricultor», si las sobremesas dominicales no me mienten. Seguro que visualizan villorrio.
Cruzo, por ejemplo, Marsaglia, y en Marsaglia hay una fortaleza que… en fin, parece la abadía de El nombre de la Rosa. Umberto Eco era de aquí, piamontés, y entiendes la arquitectura de su entorno, de su imperio geográfico. Vale, la abadía real es distinta, pero… lo entiendes, aquí en Marsaglia. Como esas… mogollón. Torres defensivas, muros bien gordos, «rascacielos» medievales que otean muchas leguas a la redonda. Espacio de limes, sí, conflictos y disputas. Se las tuvieron tiesas los Saboya con, por ejemplo, la familia Habsburgo.
(Como todo hijo de vecinos por aquí, ojo).
Otrosí: a ratos pedaleo entre carteles de «Ruta Napoleón». Lo que no tiene mayor importancia, porque hay carteles así por toda Europa, desde Portugal hasta Moscú, ya saben.
Vale, vamos camino a Mondovì (seguro que les suena de la Mondovì-Briançon, Giro 1995, finalmente finalizada en Chianale por desprendimientos… los cicloturistas recordamos estas cosas) y un poco antes pasamos por el Santuario de Vicoforte (seguro que les suena de la Santuario de Vicoforte-Briançon, Giro 1996, victoria para ese asaltadiligencias de Pascal Richard, como en la de Chianale… los cicloturistas recordamos estas cosas).
El Santuario de Vicoforte (que está arriba de una cuesta horrible… pero horrible de verdad, ejem) es sitio simbólico. Lo construye la Casa de Saboya para enterrar a sus muertos (para enterrar a sus vivos se sobró la Primera República Española, pobre Amadeo) y tiene todo ese aire despilfarrador de coronas y coronados. Gasta, por ejemplo, la cúpula elíptica más grande del mundo, que igual no esperabas encontrarte tú, cerquita de Mondoví, con la cúpula elíptica más grande del mundo. Tiene, también, una decoración interna en colorinchis y pan de oro que te la firma Mario Vaquerizo (no hemos podido confirmar si Mario Vaquerizo sabe sobre la existencia de Amadeo I), una decoración interna que te deja las escleróticas tipo Chimo Bayo los miércoles, una decoración interna que parece ataque de Pokemon. Lo elegantes que son los italianos y las exageraciones que calzan sus dirigentes (esto último vale para cualquier nación del mundo).
Allí, en el Santuario, hay un par de ancianas orando, muy pías. Silencio, respeto. Luego entra un inglés. No dijo una palabra, pero sé que era inglés, porque tenía ese tono epidérmico «inglés», fosforescente como Andrés Iniesta en la Titan. También calzaba (el paisanuco, no Andrés Iniesta) esas pantorrillas de inglés, esas sandalias con calcetines que solo puede llevarte un inglés. Ah, e iba con perro. Perro pequeñajo y repeinao, ladrador, poco digno a la historia del lugar. Las viejas miran de reojo, murmuran dos o tres maldiciones (igual son masche, luego les hablo de las masche), se levantan, se van. Se van en dirección a unas secuoyas, porque Vicoforte tiene, también, secuoyas.
Cosa de masche, dije.
Tiramos hasta Mondovì, que es ciudad universitaria. La primera del Piamonte, ojo, antes incluso que Turín. Y como ciudad universitaria tiene, en su piazza, un relojón inmenso que te lo leen hasta erasmus de resaca. Aquí, en Mondovì, nació Giovanni Bertone, que ha firmado diseños tipo «meputoencanta-loodiosiempre» para Lamborghini, Alfa Romeo, Lancia, Ferrari o, claro, la Fiat. Ah, y en Mondovì también hubo una batalla de esas Post-Revolución Francesa. Aquí palmó tropas Jean Étienne Championnet, rubísimo y bastante guapo, pero con unas pintas de melindres que… Von Melas le dio fuerte y flojo, y luego tiró hasta Cuneo, y terminó conquistándola. Tuvo que echar mano, La France, de su Bonaparte para resituar asuntos en la Cisalpina.
Pero esa es otra historia.
Por cierto, para llegar a Mondovì (para llegar a la parte histórica de Mondovì) tienes que subir un rampón curiosísimo. Otro más. Y con adoquines. Más adoquines. Ay.
Dolió.
Tierra de brujas
Alba es una ciudad turística. Quiero decir… Cuneo también, pero en Alba puedes ver más parejas con sus mochilas grandes, su cara de no saber papa de italiano y sus ganas de ver todo lo del Renacimiento (o anterior o posterior, tampoco se ponen en plan melindres). Así que, por Alba, encuentras la calle principal, que es solo para peatones, y tiene tienducas de esas donde solo entran quienes arriban desde lejos… Pero, ¿saben?, está todo bien, porque es bonito, y tiene construcciones bellísimas, y no hay masificación, y, qué coño, nosotros también vinimos a ver cosas.
De Alba son tradicionales las trufas y las masche. De las primeras no es tiempo, jo, las segundas tienes muchas por alrededores. Masche les dicen a unas piedras casi lisas, en vertical, veteadas con rojos y marrones, que surgen escondidas entre forestas y resultan imponentes como gigantes recién deseperezaos. Que igual… Porque masche son también, aquí, las brujas. En el resto de Italia aparecen como strega (no el licor, las nigrománticas), pero en dialecto piamontés constan masche, y uno mira así, como de reojo, cuando pasa pedaleando, no vaya a ser que se muevan los muros y tenga que meterse sprint tipo van Poppel.
Y no estamos para sprints tipo van Poppel.
La zona de Alba es más tranquila para el cicloturista. Cero autos (cero autos en casi todos los recorridos de la región, aclaremos), menos cuestecillas. Tampoco mucha llanura, siempre repechos, terreno tipo Evenepoel, para que se hagan idea. Pero sin tanto jadear agónico.
Bonito sí, bonito sigue. No se lo conté antes, pero toda esta zona tiene un aroma… peculiar. Dulce, intensísimo. Es por unos árboles muy altos que hay en cunetas (y en jardines, y en paseos), unos que tienen flores blancas y dejan el asfalto perdido de polen naranja. Como aquí vinimos por las sensaciones… pues resulta muy raro subir un puertito así, a quince por hora, y saltar de sombra y aroma a sombra y aroma lentamente, según vas pasando sotos. Entre eso y manchones de color… Porque a veces se abre la vista, y puedes ver hasta allí, hasta muy lejos, y tiene el mundo pecas de tonos distintos, pecas esmeraldas, pecas color barro, pecas de lila y azul. Y tú te quedas de esta forma, como tonto, encantadísimo, y casi te olvidas de las ciento ochenta pulsaciones, y de los cuarenta de calor…
Calor… sigue haciendo calor, no sé si les dije. Calor tipo «vaya, me ha dado un golpe de calor, descansaré tirao en ese claustro gótico, seguro que a nadie le importa». Ese calor. Calor de «mira, una fuente, qué mierda, sale el agua hirviendo». Mucho calor. Tanto calor como para pensar que ves espejismos, que te traicionan los ojos.
Explícome.
Pasó en el último repecho del día, porque estas cosas siempre pasan en el último repecho del día. Iba yo a, no sé, cuarenta o cincuenta por hora (ejem), así que me dio tiempo a fijarme. A mi derecha una casona enorme, tipo tradicional, casi completamente hurtada a la vista por árboles que estaban ya allí cuando el Conde de Cavour se hacía popó en las calzas. Y a mi izquierda… a ver, debo jurarlo. A mi izquierda había un espacio grandote, muy aplanao, un parking de grija y polvo albo. Pero con coches de superlujo, coches de esos deportivos que deben ser incómodos de narices, coches en color amarillo chillón como solo pueden llevarlo cosas tipo Maserati. Pues de esos, y similar, quince o veinte. También un puñado de clásicos, hasta un DS descapotable, vi. Caían gotitas de sudor en el cuadro, llevaba los mirares pelín borrosos.
Debe ser una trattoria de la hostia, pensé, y seguí dando pedales, que es lo que hacemos nosotros. Despacio, pero dar pedales.
Cien metros más arriba vi el cartel. La strada dei Campioni, pone allí, con las letras sobre una figura evocando a Fausto Coppi. Siempre Fausto Coppi. Rampa al doce, al trece. Paso tan lento que puedo contar mis radios.
Campioni por los cojones, chistosos.
Y sigo
Me encanta esto.








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