Historia

Franco vs Videla: así usaron el fútbol las dictaduras española y argentina

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Videla (Foto: Cordon Press)
Videla (Foto: Cordon Press)

Hay algo que parecen olvidar los periodistas y los políticos. En un Mundial, el ganador es el equipo que mejor juega al fútbol, no se entrega la copa a una nación superior. Para eso están los rankings de bienestar, desarrollo e igualdad. Y casualmente, quienes gustan de pasárselos por el forro son tendentes a preferir que el balón hable por la situación de su pueblo.

En Argentina, la escena es conocida y se ha hablado mil veces de ella. El 25 de junio de 1978, la albiceleste derrotó a Países Bajos en la final del Mundial y el estadio Monumental estalló de alegría. Millones de espectadores contemplaban por televisión la celebración de Mario Kempes, Daniel Passarella y el resto de campeones del mundo. Pero a menos de un kilómetro de allí, en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), cientos de detenidos seguían siendo torturados por la dictadura militar. Aquella contradicción convirtió el campeonato en uno de los mayores ejemplos de utilización política del deporte del siglo XX. Hay amplia literatura sobre el tema y no pocas excusas de los que participaron, como Menotti, que se oponían a los militares.

Pero no fue la primera vez que una dictadura descubría el potencial del fútbol. Casi treinta años antes, Francisco Franco había comprendido que un balón podía ser un instrumento diplomático mucho más eficaz que muchos discursos. España estaba aislada internacionalmente tras la Segunda Guerra Mundial por haber apoyado a los nazis y el régimen necesitaba demostrar que, pelillos a la mar, en realidad era un país moderno, estable y digno de formar parte del bloque occidental. Y el fútbol se convirtió en una herramienta perfecta para lograrlo.

Las dos dictaduras recurrieron al mismo deporte, pero perseguían objetivos distintos. El franquismo utilizó el fútbol como una política de Estado durante casi cuatro décadas para construir una identidad nacional y romper su aislamiento internacional. La Junta Militar argentina, en cambio, concentró sus esfuerzos en un único acontecimiento, el Mundial de 1978, con la esperanza de mejorar una imagen exterior profundamente deteriorada por las denuncias sobre desapariciones, torturas y asesinatos.

Los gobiernos autoritarios necesitan construir un «nosotros». No bastaba con controlar el Ejército, la policía o los medios de comunicación, también había que fabricar una comunidad emocional que hiciera suyos los valores de la dictadura. Y el fútbol resultaba especialmente útil porque ofrecía un lenguaje compartido por millones de personas y permitía convertir una victoria deportiva en una victoria nacional.

Videla y Juan Carlos (Foto: Cordon Press)
Videla y Juan Carlos (Foto: Cordon Press)

Cuando terminó la Guerra Civil, España era un país devastado económica y socialmente. La situación empeoró tras la derrota del fascismo en Europa. El régimen franquista quedó prácticamente excluido de la comunidad internacional y no participó del Plan Marshall. Francia y Reino Unido desconfiaban profundamente de una dictadura que había simpatizado con Hitler y Mussolini durante la guerra. Pero la Guerra Fría modificó parcialmente ese escenario. Estados Unidos pasó a considerar útil la existencia de un régimen ferozmente anticomunista en el extremo occidental de Europa y comenzó el acercamiento diplomático que culminaría con los acuerdos militares de 1953. Sin embargo, Franco seguía sintiendo que España permanecía aislada moralmente del resto del continente. Él mismo lo expresó en una entrevista publicada en 1955, cuando afirmaba que España sufría una «soledad moral» respecto a Europa y presentaba el comunismo como el gran enemigo de Occidente.

Fue entonces cuando el régimen encontró en el fútbol la herramienta que estaba buscando. Los historiadores coinciden en que Franco comprendió antes que muchos otros dirigentes el enorme valor diplomático del deporte. No podía modificar la naturaleza de su régimen, pero sí podía proyectar al exterior una imagen de eficacia en algo que empezaba a fascinar a los europeos: el balón. El éxito deportivo servía para abrir puertas que permanecían cerradas en el ámbito político.

De esta manera, el equipo que tenía la franja republicana en el escudo, el Real Madrid, acabó, paradójicamente, convertido en embajador de España. Ningún club desempeñó un papel tan importante en esta materia como el Real Madrid de Alfredo Di Stéfano. La llegada del delantero argentino en 1953 coincidió con el nacimiento de la Copa de Europa y con una etapa irrepetible de dominio continental. Entre 1956 y 1960 los blancos conquistaron cinco Copas de Europa consecutivas y el club se convirtió en el equipo más admirado del mundo.

Aquellos triunfos fueron rápidamente aprovechados por el franquismo. El ministro de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella, llegó a definir al club como «la mejor embajada que hemos enviado al extranjero». El régimen utilizó la imagen elegante y triunfadora del Real Madrid para transmitir la idea de una España moderna, competitiva y plenamente integrada en Europa.

Durante décadas se simplificó esa relación afirmando que el Real Madrid era «el equipo de Franco». Hoy la mayoría de especialistas matiza esa afirmación. Historiadores como Sid Lowe, Alejandro Quiroga o Carles Santacana recuerdan que el club no fue creado por el franquismo ni ganó exclusivamente gracias al apoyo político. No obstante, sí existe un amplio consenso en que la dictadura explotó como nadie aquellos éxitos deportivos para reforzar su imagen internacional. Más que fabricar las victorias del Madrid, Franco supo apropiarse de ellas.

Pero el franquismo también quiso controlar la selección. Durante los primeros años de la dictadura desapareció la camiseta roja, sustituida temporalmente por el azul falangista, mientras los jugadores debían realizar el saludo fascista antes de los partidos. La prensa deportiva promovía el mito de la «furia española», un estilo basado en el sacrificio, la disciplina y la virilidad que se presentaba como reflejo del carácter nacional, tal y como lo entendía la fantasía falangista y nacionalista.

El episodio más significativo llegó en 1960. España debía enfrentarse a la Unión Soviética en la Eurocopa, pero Franco prohibió disputar la eliminatoria porque se negaba a competir contra el país que había apoyado a la República durante la Guerra Civil. Cuatro años después, el torneo se celebró en España y la final volvió a enfrentar a ambas selecciones. Esta vez, en casa, retirarse era imposible. El partido fue presentado como una confrontación simbólica entre dos modelos políticos. España ganó por 2-1 y la victoria fue explotada por la propaganda franquista como una demostración de la superioridad del régimen sobre el comunismo.

En Argentina fue distinto: Videla heredó un Mundial y lo convirtió en propaganda. Cuando la Junta Militar tomó el poder el 24 de marzo de 1976, el Mundial ya había sido concedido años antes por la FIFA. El nuevo régimen se encontró con una decisión complicada. O cancelar el torneo o convertirlo en una oportunidad política. Eligió la segunda opción.

Franco y Hitler (Foto: Cordon Press)
Franco y Hitler (Foto: Cordon Press)

El almirante Emilio Massera defendió inmediatamente la necesidad de utilizar el campeonato para ofrecer «una novedosa imagen argentina ante el mundo». El Gobierno declaró el Mundial asunto de interés nacional y destinó recursos económicos gigantescos a la organización del evento. El gasto terminó superando los 520 millones de dólares, muy por encima de las previsiones iniciales.

La Junta también contrató a la consultora estadounidense Burson-Marsteller para diseñar una estrategia internacional de comunicación destinada a combatir las crecientes denuncias por violaciones de los derechos humanos. Mientras los estadios se modernizaban, el sistema represivo seguía funcionando con total intensidad.

Si Franco utilizó el fútbol para construir una identidad durante décadas, Videla intentó hacerlo en apenas unas semanas. La propaganda insistía constantemente en la unidad nacional. Los eslóganes oficiales proclamaban que «Veinticinco millones de argentinos jugarán el Mundial» o que «En el Mundial usted juega de argentino». El mensaje era claro: cualquiera que cuestionara aquella celebración quedaba automáticamente fuera del «nosotros» nacional construido por la dictadura.

La estrategia buscaba un doble objetivo. Hacia el interior pretendía reforzar el apoyo social al régimen mediante el orgullo deportivo. Hacia el exterior trataba de desacreditar las denuncias realizadas por exiliados, periodistas y organizaciones internacionales sobre la existencia de desapariciones forzadas, centros clandestinos de detención y torturas sistemáticas.

Pero, a diferencia del caso español, la operación obtuvo resultados limitados. Las autoridades esperaban decenas de miles de visitantes extranjeros y una enorme repercusión positiva. Sin embargo, la asistencia internacional quedó muy por debajo de las previsiones y las campañas impulsadas por organizaciones de derechos humanos consiguieron que buena parte de la prensa extranjera informara tanto del Mundial como de la represión.

El franquismo, por el contrario, había convertido el fútbol en un proyecto político permanente. Utilizó clubes, selección, prensa y competiciones internacionales para construir un relato de unidad nacional y para presentar una España moderna pese a su naturaleza dictatorial. El fútbol formó parte de la política exterior del régimen durante décadas. La Junta Militar argentina, por su parte, apostó casi todo a una única carta. El Mundial de 1978 fue una operación extraordinaria, concentrada en pocas semanas y diseñada para contrarrestar una crisis de reputación internacional que empeoraba día tras día.

El problema para el Caudillo fue que antes de que intentara convertir el fútbol en un símbolo de la unidad nacional, este deporte había crecido precisamente en sentido contrario. Durante las primeras décadas del siglo XX, el Athletic Club y el FC Barcelona no solo eran dos de los grandes equipos del país, sino también referentes de las identidades vasca y catalana. Ambos apoyaron los movimientos autonomistas de la época y, durante la Guerra Civil, llegaron a organizar giras internacionales con las selecciones de Euzkadi y Cataluña para recaudar fondos y mantener viva la causa republicana en el extranjero.

La nacionalización impulsada por el franquismo no consistió únicamente en utilizar los éxitos deportivos como propaganda. También transformó la propia organización del fútbol español. La Federación perdió autonomía frente al Estado, los clubes quedaron sometidos al control político y la Delegación Nacional de Deportes, dependiente de Falange, pasó a dirigir la política deportiva. El objetivo era que el fútbol dejara de ser un espacio con fuerte arraigo regional para integrarse plenamente en el proyecto político del régimen.

El franquismo no creó el fenómeno de masas del fútbol, sino que se aprovechó de él. Como recuerda el sociólogo Ramón Llopis, apenas dos temporadas después de terminar la Guerra Civil los estadios ya habían recuperado prácticamente los niveles de asistencia y de socios de la etapa republicana. El crecimiento del fútbol respondía también a un fenómeno europeo de posguerra; en sociedades golpeadas por el conflicto, los partidos ofrecían una vía de evasión colectiva y una sensación de normalidad que los gobiernos no tardaron en capitalizar políticamente.

La paradoja fue que, con el paso de los años, además, el plan franquista empezó a resquebrajarse. Mientras el régimen trataba de presentar el fútbol como un elemento de cohesión nacional, el Camp Nou y San Mamés se convirtieron en algunos de los pocos espacios donde podían manifestarse públicamente identidades reprimidas. El estadio del Barcelona pasó a ser un lugar donde miles de personas exhibían la senyera, cantaban Els Segadors y hablaban catalán con normalidad, mientras el Athletic reforzaba su identificación con el nacionalismo vasco gracias, entre otros factores, a su histórica apuesta por jugadores formados en Euskadi. Esas dinámicas no solo no han cesado, sino que con los años se han incrementado.

En cambio, en Argentina, uno de los principales objetivos de la Junta no era solo mejorar su imagen exterior, sino redefinir qué significaba ser un «buen argentino». La propaganda del Mundial presentó una identidad nacional basada en valores como el orden, la cordialidad, el respeto a la autoridad, el sacrificio y la disciplina. La idea era asociar esas virtudes no solo a la selección, sino al conjunto del país, contraponiéndolas implícitamente al caos y la violencia que, según el régimen, habían caracterizado los años anteriores.

Videla entrega la copa del mundo (Foto: Cordon Press)
Videla entrega la copa del mundo (Foto: Cordon Press)

El Mundial también fue concebido como una herramienta para reconstruir la imagen de la juventud. La dictadura quería borrar la identificación entre jóvenes y militancia política que había marcado los años setenta y sustituirla por otra completamente distinta: la del joven obediente, integrado, patriota y alejado de cualquier forma de contestación. El campeonato ofrecía el escenario perfecto para exhibir públicamente ese nuevo modelo generacional.

La movilización de los centros educativos formó parte de esa estrategia. El Ministerio de Educación ordenó aprovechar el Mundial como una experiencia pedagógica para reforzar el patriotismo entre los estudiantes y organizó la participación de miles de escolares en las ceremonias de inauguración celebradas en Buenos Aires y en las distintas sedes del torneo. La juventud aparecía así como protagonista de la puesta en escena con la que Argentina quería presentarse ante el mundo.

La presencia juvenil fue mucho más allá de los actos protocolarios. Miles de chicos y chicas trabajaron como voluntarios, acomodadores, traductores, asistentes de prensa, guías turísticos o personal de apoyo durante el campeonato. El régimen aprovechó esa participación masiva para reforzar la idea de una juventud disciplinada, amable y preparada para representar la mejor imagen del país ante los visitantes extranjeros.

Además, los testimonios recogidos muestran que muchos participantes no vivieron el Mundial como un acontecimiento político, sino como una oportunidad profesional o personal. Jóvenes periodistas, traductores, estudiantes o trabajadores recuerdan el torneo como una experiencia irrepetible para iniciar sus carreras, aprender idiomas o entrar en contacto con profesionales extranjeros, independientemente del contexto dictatorial en el que se celebró. Pero las emociones despertadas por el fútbol fueron mucho más complejas.

Incluso hoy muchos testigos recuerdan haber interpretado las críticas internacionales al Mundial como ataques contra Argentina y no contra la Junta Militar. Décadas después siguen diferenciando entre el orgullo por su país y el rechazo al régimen, una separación que ayuda a entender por qué la propaganda consiguió cierta eficacia sin traducirse necesariamente en un apoyo consciente a la dictadura.

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