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Björn Borg: «Cuando volví en 1991, fue con una raqueta de madera, cuando todos usaban grafito: perdí todos los partidos que disputé durante tres años»

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Björn Borg (Foto: Cordon Press)
Björn Borg (Foto: Cordon Press)

El sueco que dominó Wimbledon cinco veces consecutivas y redefinió el tenis moderno, desde que sacó su libro reconociendo y detallando cómo fueron sus crisis y adicciones, no para de dar entrevistas impactantes. Björn Borg se ha abierto para contar una vez más cómo terminó aborreciendo el tenis, se arruinó en los negocios tras dejarlo y lo cerca que estuvo que morir por el abuso de sustancias fuera de las canchas. Parece que necesita hacerlo.  «La verdad», dice, «es que el silencio se volvió más pesado que los secretos».

Desde el punto de vista deportivo, lo más importante es la derrota que Borg sufrió ante John McEnroe en la final de Wimbledon de 1981. El sueco llegaba al partido como campeón defensor, con cinco títulos consecutivos en aquella hierba, sin haber perdido en ese torneo desde hacía mucho tiempo. Llegaba también, aunque nadie lo supiera, con meses de señales de agotamiento acumuladas. «Nadie me había ganado allí en seis años», recuerda. «Era mi pista. Y cuando salí a la final contra McEnroe, ya sabía que algo iba mal. No con mi cuerpo. No con mi juego. Algo iba mal conmigo».

Las semanas previas habían transcurrido entre rutinas que se sentían vacías. Los entrenamientos le resultaban mecánicos. Los viajes, agotadores de una forma que nunca antes había conocido: «Llevaba meses sintiéndolo. Los entrenamientos se habían vuelto mecánicos. Los viajes me resultaban agotadores de una forma que nunca antes habían sido. Cuando llegué al hotel durante Wimbledon aquel año había un centenar de personas esperándome en la puerta. Cuando iba a un restaurante había fotógrafos por todas partes. Recuerdo que, en un momento de aquel torneo, estaba solo en mi habitación y pensé: «No puedo seguir viviendo así». Amaba el tenis, pero ya no quería aquella vida. Se había convertido en un circo con el que no podía convivir».

Björn Borg (Foto: Cordon Press)
Björn Borg (Foto: Cordon Press)

Salió y jugó. Era lo único que sabía hacer. Pero McEnroe le ganó. Y al caer el último punto, Borg esperó dentro de sí mismo que llegara lo de siempre, la rabia, la decepción, las ganas de volver y reparar la derrota. Las emociones que lo habían acompañado desde adolescente. Sin embargo, no llegó nada. «Me quedé de pie en esa pista en 1981 y no sentí nada», dice. «Y eso me asustó más que cualquier derrota que hubiera sufrido nunca. Años después lo dije con total sinceridad en una entrevista: lo que más me sorprendió al perder fue que ni siquiera estaba disgustado. Aquello no era propio de mí. Siempre he odiado perder, incluso más de lo que he disfrutado ganando. Pero, de pie sobre aquella pista en 1981, no sentía absolutamente nada. Y eso me asustó mucho más que cualquier derrota».

Días después, en Estocolmo, Borg se sentó a cenar con Lennart Bergelin, su entrenador desde la infancia, el hombre que era para él mucho más que un técnico. Le dijo que lo dejaba. «Recuerdo sus ojos. Se abrieron de par en par. Me conocía desde hacía tanto tiempo que creo que en algún lugar ya había intuido que algo había cambiado. Escucharlo en voz alta era otra cosa». Bergelin guardó silencio y luego le propuso cinco años más. «Vamos, si sigues motivado puedes ganar mucho más», le dijo. «Tenía razón. Lo sé ahora. Pero entonces no podía escucharlo. Ver la decepción en su cara fue uno de los momentos más dolorosos de todo ese período».

La herida Björn Borg en el US Open

Dos meses después, Borg volvió a enfrentarse a McEnroe en la final del US Open. Tenía otra vibra, pero no se engañaba a sí mismo: «Quiero ser sincero sobre cómo llegué a ese partido. Me repetía que estaba preparado, que aquella era la oportunidad que había estado esperando. Pero, en el fondo, creo que ya sabía que todo había terminado».

Perdió de nuevo. Y esta vez no esperó la ceremonia de entrega de trofeos. Salió de la pista, se fue al coche y fue directo al aeropuerto. Sin rueda de prensa. Sin despedida. Esa noche, sentado junto a la piscina en casa de un amigo con una cerveza en la mano, tomó la decisión definitiva. «La gente se molestó. Lo entiendo. Pero quiero que entendáis algo, no fue arrogancia. No fue una falta de respeto a McEnroe ni al torneo. Es que ya había terminado. El partido había acabado. Y me sentí aliviado. Aliviado de que hubiera terminado».

El US Open es la gran llaga de su carrera. Cuatro finales, cuatro derrotas. Borg lo admite que la que más le persigue es el de 1978. Semanas antes del torneo, de vacaciones, se lesionó el hombro esquiando en el agua. Una estupidez, reconoce. «Fui a Nueva York cargando esa lesión, intentando ocultarla, intentando competir con el dolor. Y perdí. Ese es el que más me pesa. No por la derrota en sí, sino por lo que la causó. Una decisión que tomé en un barco, por diversión, en mitad del tramo más importante del calendario de tenis. Era joven. Creía que era intocable. No lo era».

Björn Borg (Foto: Cordon Press)
Björn Borg (Foto: Cordon Press)

La final de 1981 tuvo además una dimensión desconocida hasta ahora. Durante ese torneo, Borg recibió amenazas de muerte. Dos llamadas telefónicas, una antes de las semifinales y otra el día de la final. La seguridad del torneo lo gestionó. A él le dijeron que saliera a jugar. «No lo digo como excusa. Lo digo porque la gente no sabe lo que pasaba entre bastidores. Por fuera estaba tranquilo. Eso era siempre la imagen, el Icebjörn. Pero era un hombre joven al que acababan de decirle que alguien quería matarle, y se suponía que tenía que salir delante de miles de personas y jugar al tenis».

Con el tiempo, Borg ha llegado a una conclusión sobre aquel torneo que nunca conquistó. «El US Open era el torneo que siempre me pedía ser algo para lo que quizá no estaba del todo preparado. Roland Garros era mío. Wimbledon era mío. Las condiciones, la superficie, el ritmo de esos torneos encajaban con quien era yo como jugador. El US Open era diferente. Más ruidoso, más rápido, más caótico. Y quizá necesitaba que el caos me destruyera antes de aprender a jugar a través de él. Pero me retiré antes de tener esa oportunidad».

El vacío y el abismo

Lo que Borg encontró al otro lado del tenis fue el vacío. Había empezado a competir profesionalmente a los quince años. Cada decisión de su vida desde entonces había girado en torno al tenis, como lo que comía, dónde dormía, con quién pasaba el tiempo. El deporte no había modelado solo su carrera. Lo había modelado a él. Y cuando desapareció, no supo quién era. Su primera esposa, Mariana, lo resumió mejor que él. «Nunca tuvimos adolescencia», le dijo. «Comenzamos en el tenis tan jóvenes que nunca tuvimos tiempo de vivir como personas reales. Nuestro desarrollo se detuvo».

Sin plan de transición, sin asesores, sin estructura, Borg acabó en Nueva York. Una noche, en una fiesta, probó la cocaína por primera vez. Es el pasaje más difícil del libro, pero el que toda la prensa internacional llevó a sus titulares el año pasado, ansiosos por el morbo: «La primera vez que la probé sentí una descarga tan intensa como la que el tenis me había dado en el pasado. Esa es la verdad. Eso es lo que escribí en el libro. Y esa sola frase lo explica todo lo que vino después, porque desde ese momento estuve persiguiendo algo que nunca podría atrapar de verdad».

Los años siguientes, sobre todo la primera mitad de los noventa en Milán con su segunda esposa Loredana, fueron los peores. Borg habla de malas influencias, de drogas y pastillas siempre al alcance, de noches sin dormir, de una mente que había sido el instrumento más afilado de una pista de tenis y que ya no era capaz de concentrarse para llegar al final de un día: «Estábamos rodeados de malas influencias; las drogas y las pastillas siempre estaban al alcance de la mano. Dormía mal. No pensaba con claridad. Yo había sido un hombre que había entrenado su mente para convertirla en el instrumento más preciso sobre una pista de tenis y, de repente, ya ni siquiera era capaz de concentrarme para superar un solo día».

Björn Borg (Foto: Cordon Press)
Björn Borg (Foto: Cordon Press)

En 1989, Loredana lo encontró inconsciente. Lo llevaron al hospital. Le vaciaron el cuerpo de alcohol y drogas. Cuando abrió los ojos, vio a su padre de pie junto a la cama. «Esa fue la mayor vergüenza de todo. No la sobredosis. No el hospital. Ver la cara de mi padre. Ese hombre que me lo había dado todo, que me había visto convertirme en algo extraordinario, de pie en una habitación de hospital porque yo me había destruido a mí mismo. Durante mucho tiempo no fui capaz de mirarlo a la cara».

No fue el único episodio: «A mediados de aquella década me desplomé en un puente de los Países Bajos. Mi corazón dejó de latir. Unos transeúntes reaccionaron a tiempo y me salvaron la vida. Estuve muy cerca de morir en varias ocasiones durante aquellos años».

Las empresas en las que había invertido su nombre y su dinero quebraron una tras otra. Los socios en los que había confiado lo usaron. «Lo más decepcionante no fue perder el dinero. Fue entender que algunas personas solo veían mi nombre, nunca a mí». Borg no pide comprensión. «Tomé decisiones. Malas decisiones. Sabía lo que estaba haciendo y lo hacía igualmente, porque la alternativa era no sentir nada. Y no sentir nada era peor».

El regreso imposible y el nuevo rival

Pero lo más fuerte es el relato de su regreso en los años 90. En 1991, Borg volvió. No tenía una explicación clara para ello entonces y tampoco la tiene ahora: «La respuesta honesta es que estaba aburrido. Echaba de menos la sensación de estar en la pista. Había probado otras cosas, algunas con éxito y la mayoría no. Y nada se acercaba a lo que el tenis me había dada».

Cogió una raqueta de madera en un circuito que había pasado completamente al grafito: «Volví a coger una raqueta y me dije que podía hacerlo otra vez. Lo que no me dije fue la verdad. No había entrenado como debía. No había preparado mi cuerpo. Y salí a jugar en Montecarlo con una raqueta de madera en un mundo que ya se había pasado por completo al grafito. Uno de mis rivales lo resumió perfectamente: jugar con una raqueta de madera en 1991 era como ir a la guerra con el arma equivocada. Y no le faltaba razón».

Björn Borg (Foto: Cordon Press)
Björn Borg (Foto: Cordon Press)

Con el tiempo, ha llegado a entender ese regreso esperpéntico como algo necesario. «Mirando atrás, fue una locura. Pero creo que necesitaba pasar por ello. Necesitaba volver a estar en esas pistas y sentir el juego una vez más. Aunque fuera doloroso. Aunque me costara la dignidad que el mundo del tenis todavía le atribuía a mi nombre. Cerró algo. Me dejó despedirme de una manera que marcharme de la pista de Nueva York en 1981 nunca me permitió».

La realidad fue tozuda: «Perdí todos los partidos que disputé. Ni una sola victoria en tres años de torneos. Hubo momentos en los que puse en apuros a algunos rivales, instantes en los que volví a sentir destellos del ritmo de antes. Pero unos simples destellos no bastan a ese nivel. El juego había evolucionado. Los jugadores eran más rápidos. La pelota viajaba con mucha más velocidad. Y yo era un hombre que intentaba regresar a algo que ya no existía como lo recordaba. Ahora, cuando miro atrás, nunca he terminado de entender por qué regresé. Con la perspectiva del tiempo, fue una locura. Pero creo que necesitaba pasar por aquello. Necesitaba volver a pisar esas pistas y sentir el juego una vez más».

El cáncer

En septiembre de 2023 llegó el diagnóstico. Cáncer de próstata agresivo, con células durmientes que requerirían vigilancia de por vida. Su médico fue directo, le dijo que eso era muy, muy grave. La cirugía se programó para principios del año siguiente. En ese momento, Borg tenía que volar a Vancouver para capitanear el equipo europeo en la Laver Cup. Los médicos le dijeron que no fuera. Que necesitaban hacerle más pruebas de inmediato, pero fue. «La gente que me conoce no se sorprendió. Esa terquedad, esa negativa a apartarse de algo a lo que me había comprometido, es lo mismo que me mantuvo en una pista de tenis durante años. Para bien y para mal, siempre he sido así».

Björn Borg (Foto: Cordon Press)
Björn Borg (Foto: Cordon Press)

Los meses de espera antes de la operación fueron psicológicamente los más duros. Uno se siente completamente normal, dice, y sin embargo algo dentro trabaja en tu contra y no puedes hacer nada salvo esperar. Borg, que ha pasado toda su vida estudiando rivales para anticipar sus movimientos, se encontró ante un adversario diferente: «Estoy en remisión. Cada seis meses vuelvo y me hago las pruebas. No es un proceso agradable, pero estoy bien. Estoy aquí». Lo que escribió en el libro resume la actitud con que ha enfrentado esta etapa: «Ahora tengo un nuevo rival. Uno que no puedo controlar. Lucho como si cada día fuera una final de Wimbledon».

El único arrepentimiento

Al final de todo, Borg tiene claro cuál es su arrepentimiento. No son los títulos que no ganó ni los récords que podrían haber sido. «Lamento haberme marchado del tenis cuando lo hice. No los títulos que me perdí. Lamento haber dejado las amistades, el vestuario, la sensación de competir al más alto nivel. Elegí otra vida en lugar de conservar la que ya tenía. Fue una decisión estúpida. Y lo sé. Pero he arreglado mi vida y estoy muy contento conmigo mismo».

Bjorn Borg tiene 68 años. Ganó once Grand Slams, cinco Wimbledons y seis Roland Garros. Nunca ganó el US Open.

 

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