A la pregunta sobre un lugar adecuado para realizar la entrevista, Marko Popović (Zadar, 1982) elige el histórico pabellón Jazine de su localidad natal. Allí sobresalió su padre Petar y allí fue donde Marko protagonizó momentos inolvidables al inicio de su longeva carrera. Allí jugó hasta Michael Jordan, en 1982, con un combinado universitario de la Big East Conference.
Con diez años, Popović vio unas finales de la NBA junto a Dražen Petrović y pudo celebrar la medalla de plata de Croacia en los Juegos Olímpicos de Barcelona. En aquel combinado figuraban dos primos suyos: Arijan Komazec y Alan Gregov.
El liderazgo y la competitividad de Marko se apoyaban en una muñeca siempre preparada para lanzar desde cualquier posición, y, con mucha frecuencia, anotar. Una costumbre que no se apagó con la retirada: fue finalista de un concurso de triples celebrado en septiembre de 2019 con motivo de la Supercopa. A finales de mayo había disputado con el Fuenlabrada su último partido como profesional. El club madrileño retiró su camiseta con el número 2, como también hizo con el 6 de su compatriota Velimir Perasović.
Ahora tendrás más tiempo para pescar. Ha sido siempre tu gran afición fuera del baloncesto.
Sí; cuando el tiempo lo permite, y si ese día no tengo compromisos familiares, salgo al mar. Si tengo un hueco, navego y pesco para desconectar. Ahora mismo, hasta lo prefiero a ver un buen partido de baloncesto.
Pero supongo que seguirás viendo baloncesto.
Mucho. Veo seguro más de diez partidos a la semana, como mínimo. Veo los partidos de la NBA, Liga Adriática, ACB, Euroliga y a veces la Eurocup. También me gusta seguir a equipos como el Fuenlabrada y el Žalgiris. Y nada, cuando estoy en casa siempre está puesta la televisión con un partido de baloncesto.
¿Tus hijos comparten esa afición? ¿Cómo se lleva la vida familiar una vez retirado?
Bueno, a mi hijo mayor le gusta mucho más el fútbol. Él juega de portero en su equipo. Estoy contento por él.
Mi mujer está más encima de ellos que yo [tiene un hijo de 14 años y una hija de 9; NdR], porque a veces tengo que viajar por negocios. Eso sí, estamos juntos para todas las decisiones importantes. Cuando dejé el baloncesto, tuve un poco de miedo acerca de cómo iba a ser mi vida. Pero al final todo ha encajado en su sitio. ¿Podría ser mejor? Claro. Es más fácil ser jugador que encargarte de un negocio, pero en general estoy contento. No puedo quejarme.
Cuando eres profesional te centras en rendir lo mejor posible sobre la pista. El foco en tu día a día está puesto ahí.
Porque tienes un plan diario y un plan semanal. Sabes cuántos partidos tienes ese mes, cuántos entrenamientos tendrás más o menos… Puedes programarte. Te levantas, entrenas, vuelves a casa, comes, descansas, y otra vez entrenas o tienes la tarde libre. Todo es más sencillo, más fácil. Cuando era profesional pensaba que jugar era lo más difícil, pero en este punto puedo decir que era una vida muy bonita, muy fácil. Y fui feliz por hacer algo que me gustaba mucho.
Desde pequeño siempre quise ser un jugador de baloncesto. No tengo ningún remordimiento, porque mis sueños se han cumplido; no cambiaría nada de mi carrera, de un camino que ha durado dos décadas. He conocido a mucha gente buena por todo el mundo. Estoy muy feliz de poder llamarles mis amigos a día de hoy. A personas de Lituania, Rusia, España, Estados Unidos… Compañeros de otras culturas y nacionalidades con los que he compartido vestuario y pista; podría nombrar a muchos, y por esto me siento muy privilegiado.
Claro, en este viaje he conocido también a gente mala, pero siempre tienes que quedarte con las cosas buenas, y sobre todo con las personas buenas, porque todo pasa. Los jugadores estamos de paso en los clubes. Estamos un año, cuatro, cinco, diez. Algunos de ellos acaban como leyendas y dejan una firma inolvidable en sus equipos, pero siempre es algo mutuo. Eso es lo que siento yo hacia Fuenlabrada, su gente y el club. Fueron cuatro años maravillosos.
Por otro lado, es una pena que llegase al Fuenlabrada con más de 30 años. Ya no estaba en mi mejor momento. Podría haber venido un año o dos antes para dar un poco más. Mi mejor baloncesto lo jugué de los 27 a los 30 años. Después tuve varios problemas físicos, aunque no fuesen lesiones serias.

Molestias que te fueron lastrando.
Eso es. Llegué a Fuenlabrada siendo un jugador con experiencia y una persona madura. Me trataron muy bien, con respeto. Cuando te tratan así en un sitio, provoca dentro de ti un sentimiento de querer dar un poco más de lo que estás dando. Más de lo que pensabas que ya era lo máximo, de tu cien por cien, por así decirlo. Aunque claro, los objetivos eran diferentes. Siempre había jugado y luchado por trofeos, y llegué con 33 años a Fuenlabrada, a un club humilde.
En Fuenlabrada cerraste una carrera que comenzó en Zadar. Empezaste y acabaste en clubes de ciudades pequeñas, desafiando a otros equipos más poderosos.
También quería estar en equipos donde pudiera tener protagonismo, aunque fuese ganando menos dinero. En ese momento, después de nueve años en el Este, entre Rusia y Lituania, quería un poco más de calidad de vida. Eso se juntó con una de las cosas más importantes de mi vida, el nacimiento de mi hija Amelia. Estoy muy orgulloso de haber esperado a su nacimiento para decidir el equipo en el que iba a continuar mi carrera. Fue una historia muy bonita. Ella nació el 27 de septiembre, y justo después hablé con Ferran [López] para venir a Fuenlabrada.
Y con Žan Tabak, compatriota y entrenador del equipo.
Sí, con los dos. Estaba en el barco cuando recibí la llamada de Fuenlabrada, y dije que sí. Fue un movimiento sorpresa, con la mayoría de plantillas ya cerradas. Quería vivir en un país como España. Iba a estar al lado de Madrid, en Fuenlabrada. Mi familia vendría conmigo. Bueno, se juntó todo lo que quería.
Es verdad que cuando firmé por Fuenlabrada no sabía bien cómo era el club y sus objetivos. En Khimki, Žalgiris, UNICS o Efes había jugado para ganar trofeos o disputar finales. En Fuenlabrada lo tenía que hacer para salvar al equipo. Ellos venían de una última temporada muy mala, pero nos pusimos a trabajar y a crecer poco a poco, primero con Žan y luego con Jota Cuspinera [Tabak se marchó al Maccabi Tel Aviv en noviembre; NdR]. A partir de diciembre más o menos, empecé a sentir una especie de subidón que duró hasta mi último partido con Fuenlabrada. Y en cierto sentido dura hasta el día de hoy.
Con Marko Popovic en sus filas, el Baloncesto Fuenlabrada disputó dos fases finales de Copa del Rey. En los partidos que decidieron la clasificación para la primera de ellas, la de 2016, el de Zadar promedió más de 20 puntos (con 3,6 triples) y casi 24 de valoración. La segunda llegó en 2018, con Néstor García de entrenador.
Real Madrid y Gran Canaria, respectivamente, acabaron con el sueño copero en cuartos de final, pero Popovic había entrado en la historia del club madrileño. En su último encuentro como profesional, el pabellón Fernando Martín estaba lleno de cartulinas con su cara. La victoria frente a Tenerife en la prórroga se certificó con un 3+1 espectacular de Marko. Con familiares y amigos en las gradas, lanzó su último tiro libre entre lágrimas.
Esos años en Fuenlabrada fueron espectaculares, más allá de que tú estuvieras acostumbrado a pelear por títulos. Jugasteis dos fases finales de Copa del Rey. Lo que debe ser para un aficionado del club recordar aquellas temporadas.
Sí, jugamos dos veces la Copa del Rey, y una vez la Eurocup y la Champions League. Bueno, para mí esto era normal, pero vi que era algo especial para la afición. Aunque Fuenlabrada también tiene su historia. Antes de mi llegada ya habían disputado competiciones europeas.
Además está esa vinculación desde 1991 con un club como Partizan de Belgrado.
Claro, es una historia muy famosa la del Partizan jugando en Fuenlabrada. Bueno, como dije antes, se juntó todo, y conseguimos resultados.
A mí me molestaba mucho perder contra equipos como Real Madrid, Barcelona, Málaga o Baskonia. Estaba acostumbrado a competir por ganar hasta el último balón. Y me sorprendía que se asumiese la derrota en ciertos partidos. Nunca he tenido esta mentalidad. Pasé 13-14 años compitiendo por los puestos de arriba, y poco a poco tuve que cambiar mi mirada para entender que los objetivos iban a ser diferentes.
Esa mentalidad que llevabas incorporada desde Zadar.
Seguramente, pero al final me di cuenta de que la gente necesitaba poco para darte su apoyo. No podías quedarte con nada dentro. Tenías que darlo todo. Eso era lo mínimo. Podías tener más o menos calidad, pero la base era esa. Y la afición se volcaba cuando veía esa actitud en nosotros.
Željko Obradović insiste mucho en ello. Exige a sus jugadores que lo den todo, porque es lo que quiere el aficionado que ha pagado una entrada. Aunque luego pierdas, te aplaudirán si ofreces todo lo que tienes.
Sí, porque la afición te lo reconocerá. Me identifiqué con la gente de Fuenlabrada. Siempre me ha gustado jugar delante de nuestros seguidores. No es la afición más grande, ni la más pasional, dentro de los equipos en los que he estado, pero es una afición que respeta. Respeta a sus jugadores y los sigue por las canchas españolas cuando juegan como visitantes. Y cuando ven actitud y ganas de luchar, te dan todo su apoyo.
Cuando llegué a Fuenlabrada sólo conocía a Josip Sobin [hijo del histórico Goran, jugó en Fuenlabrada en la temporada 2015/16; NdR]. Le conocía bien. Es un jugador croata que quizás no tiene mucho talento, pero posee un corazón enorme y es un luchador. Luego fui conociendo a los demás: Ivan Paunić, Oliver Stević, Jonathan Tabu, Álex Urtasun, Ricardo Uriz, Ernest Scott, David Wear. Eran buenos chicos, añadimos un poco de talento y la mezcla de todo dio resultado. Acabamos por clasificarnos para la Copa del Rey de 2016, gracias a una gran remontada contra Zaragoza fuera de casa.
Leí que Panathinaikos estuvo interesado en tu fichaje durante tu etapa en Fuenlabrada.
Sí, y también tuve una oferta de Unicaja de Málaga. Hablé con mi agente en ese momento, pero no lo llegué a considerar seriamente. En el caso de Panathinaikos, el interés fue en mi segundo año en Fuenlabrada. Me llamó un agente para ver si quería jugar allí, porque se había lesionado Mike James. Me ofrecieron un contrato y yo me lo pensé.
Xavi Pascual era el entrenador del PAO en aquel momento, ¿no?
Xavi estaba ahí, sí. Luego coincidiríamos en el Zenit. Bueno, al final dije que no. Por temas familiares y porque estaba a gusto en Fuenlabrada. Estábamos jugando una competición europea, la Eurocup. Mi segundo año en Fuenlabrada no fue fácil, pero al final conseguimos el objetivo. A falta de tres jornadas aseguramos la permanencia en la ACB.
Panathinaikos es uno de los más grandes clubes europeos de este siglo, pero rechacé su oferta. Estoy contento, porque creo que acerté.
Lograste algunos récords en Fuenlabrada. En enero de 2016, hiciste 33 puntos contra Murcia, incluido un 14/14 en tiros libres que era la mejor marca en ACB desde los tiempos de Macijauskas [aquel curso, Marko formó parte del segundo quinteto ideal de la competición; NdR].
¿Ah, sí? No lo sabía, pero recuerdo que perdimos este partido.
Bueno, eso podemos obviarlo.
Puedes ponerlo [sonríe].
En 2016 también, 36 puntos y 45 de valoración contra Baskonia; era la segunda mejor marca histórica del Fuenlabrada tras la lograda por Nate Huffman en 1999 (48 de valoración).
Buf, y luego fue una figura en Maccabi Tel Aviv. Mucho respeto por él.
En marzo de 2017, tu récord de triples en ACB: 8 (de 11 intentos) a Manresa. Igualaste una marca de tu compatriota Perasović, aunque en su caso los consiguió en 13 intentos, en 2001 frente a Granada.
Sí, primero lo igualé y más tarde lo superé [logró encestar 10, de 15 intentos, contra Zaragoza en 2018; NdR].

Mejor porcentaje y desde más distancia, porque Perasović tiraba desde 6’25.
Sí, sí, es verdad [ríe]. ¿Qué quieres decir? Que mi récord vale más, ¿no? No, no. Peras era un «killer», dicho en buen tono. Siempre estaba metido. Este es otro que… ¿Cómo explicarlo? Estaba más enfadado cuando perdía que contento cuando ganaba. Él es así. Cuando perdía un partido, entrenaba y jugaba más duro todavía. Después de una derrota, si por él fuese jugaría otro partido la mañana siguiente para quitarse ese mal sabor.
La importancia del trabajo duro.
Él siempre ha sido así, como jugador y ahora como entrenador.
Casos como los de Perasović o Macijauskas, o el tuyo mismo… Desde fuera puede parecer que los grandes tiradores se apoyan en una especie de talento natural, cuando son jugadores obsesionados con mejorar y que lanzan durante horas, muchas veces en solitario.
Esos récords vienen porque antes has batido muchos récords aquí [señala la pista junto a la que se desarrolla la entrevista; NdR]. Y esos récords se baten con muchas, muchísimas repeticiones. A veces parece muy aburrido tirar desde la esquina 100 triples, pero si tienes en mente que ayer has metido 90 de 100 lanzamientos, hoy querrás meter al menos 91 de 100. Esos son los límites con los que te mueves durante tu carrera. Sobre todo hay que tener esta mentalidad de ganador. Alguien puede decir: «Se nace con esta habilidad». No, yo no creo eso. Esto se construye con trabajo duro. El carácter y la mentalidad son claves.
Además, cuando trabajas mucho, creces como jugador y puedes recibir un buen contrato. Así también aprendes a valorar el dinero y a saber cómo gastarlo. Es muy diferente que si un joven talento recibe mucho dinero casi desde el primer momento.
Antes no he citado a Dražen Petrović. Otro que trabajaba como una bestia.
Tengo una buena historia relacionada con esto. Mi padre estaba entrenando con el Zadar para la temporada 1992/93. Yo estaba con él esos días, en Poreč. En esa misma ciudad estaba concentrada la famosa selección de Croacia que compitió en los Juegos de 1992, con Dražen al frente. El Zadar entrenaba a las cinco de la tarde y la Selección a las siete. Yo me quedaba para ver todos los entrenamientos. Después de cada sesión Dražen se quedaba tirando una hora, hasta las diez de la noche, y yo era el que le pasaba el balón.
Justamente en aquellos días se jugaban las finales de la NBA: Chicago Bulls contra Portland Trail Blazers. Yo no me iba a dormir. Me quedaba en la recepción viendo los partidos de la serie, junto a Dražen. Él, como había jugado en los Blazers, estaba muy interesado en la final. Y tengo un recuerdo superbonito de esa experiencia.
Es cuando se te ocurrió la famosa frase sobre Michael Jordan que le atribuyeron a Dražen.
Sí, que Jordan podía beber un vaso de agua en el aire [sonríe]. Dražen le dijo esa frase a un periodista famoso, que la escribió citando a Dražen. Dos días después estaba a la hora del desayuno, junto a mi padre, y Veljko Mršić se acercó y le dijo a mi padre: «Pronto ha empezado tu hijo con las entrevistas».
Yo no sabía de qué estaba hablando Veljko. Luego mi padre compró el periódico y estaba esta frase que había dicho yo [risas].
Sería muy impactante para ti la noticia de su fallecimiento, sólo un año después de estas anécdotas.
Claro, fue muy duro. Aunque no era tan consciente, porque tenía sólo 10 años. Además, había una guerra en ese momento. A mi padre le dolió mucho más, porque compartió pista con él y lo conocía muy bien. Todos los que estábamos en la familia del baloncesto croata nos quedamos devastados. Antes que él tuvimos buenos líderes, pero nunca después hemos tenido a alguien como Dražen. Un líder, un ganador, un «killer». Un ejemplo de trabajo. Un jugador completo, y una persona que abrió la puerta de la NBA para muchos europeos.
¿Qué te contaba tu padre de Dražen?
Siempre hablaba de su ética de trabajo. En ese grupo había varios jugadores que también eran muy trabajadores, como Dino Rađa. Pero él me contaba que siempre, siempre era el último que salía de la pista.
Cuando estaba en Šibenik, Dražen tenía la llave del pabellón. Llegaba a las cinco de la mañana o se quedaba después del entrenamiento, hasta la noche. Era supertrabajador.
Tu padre Petar fue protagonista de una final histórica. La que enfrentó a Zadar y Cibona por el título de la Liga de Yugoslavia en 1986.
Sí, aunque no tengo muchos detalles del partido en la cabeza. Recuerdo la celebración que hubo aquí, en la ciudad, pero poco más. Tenía cuatro años.
Leí que ese día estabas enfermo.
Y mis hermanos también. Pero mi madre nos cogió a los tres y fuimos a ver la salida de los los jugadores, aunque ni nos acercamos a mi padre. Tras la consecución del título, nadie trabajó en Zadar durante los tres días posteriores. Cibona había sido el campeón de Europa dos años seguidos, y llevaba más de 1.000 días sin perder en casa [y en el Zadar faltaba Ivan Sunara, que hizo el servicio militar aquella temporada; NdR].

Había perdido sólo un encuentro en aquella Liga, con un promedio de 112,5 puntos.
Era un equipazo. Todavía mucha gente por aquí dice que Dražen no quería jugar el segundo partido [el Zadar ganó en su cancha por 84-73 para igualar la serie y forzar un tercer encuentro; NdR]; que estaba simulando una lesión. Pero esto lo explicó años después Mirko Novosel. No jugó porque había recibido ya dos o tres faltas técnicas. Si recibía otra más aquí, no podría jugar el tercer y último partido, en Zagreb. Y Dražen era un jugador muy caliente, así que prefirió reservarlo.
La historia fue así. Vlade Đurović era el entrenador de Zadar. Mi padre empezó muy mal este partido. En el primer tiempo no hizo nada. Cero puntos. Vlade Đurović fue a hablar con él y le preguntó: «¿Cuántos hijos tienes?». Él respondió: «Tres». «¿Y cuántos años tienes?»: «27». «Vale, no has ganado nada todavía. ¿Qué has hecho en tu carrera hasta ahora? ¿Qué le vas a contar a tus hijos? Sal y juega».
Metió 36 puntos en la segunda parte y en las dos prórrogas que se disputaron [22 de ellos de manera consecutiva; NdR] . Fue una de las más grandes sorpresas de la historia del baloncesto yugoslavo [110-111 fue el resultado final; NdR].
Como sólo el campeón nacional iba a la Copa de Europa, podía darse el hecho de que la Cibona, que había ganado el torneo continental ese mismo año, no jugase la siguiente edición.
Sí. Al año siguiente, por cierto, dos jugadores de Zadar, Veljko Petranović y mi padre, tuvieron que hacer el servicio militar. Sólo pudieron jugar una parte del curso con Zadar.
Hay otra historia que involucra a tu padre con Dražen, aunque sea de manera indirecta. El entrenador Đurović le propuso como candidato para batir el récord anotador que había conseguido Petrović contra Olimpia de Liubliana (112 puntos, en octubre de 1985).
El partido fue contra APOEL de Nicosia, en la Copa Korać. A mi padre le propuso que batiese el récord de Dražen, pero dijo que no. Luego eligió a Zdenko Babić, que era un jugador muy talentoso. No hizo una grandísima carrera después, pero en Zadar es un jugador muy respetado. Él batió el récord de Dražen [Babić hizo 144 puntos en la victoria por 192-116; NdR]. Esa es la historia que conozco yo, de la que habla todo el mundo aquí.
Petar Popović jugó 20 temporadas en la elite, pero la vinculación familiar con el baloncesto no se queda ahí. Su madre también fue profesional, y la abuela de Marko, una de las pioneras del deporte de la canasta en Zadar, en los años 40 y 50.
Vienes de una familia muy marcada por el baloncesto, y dentro de ella siempre has destacado el papel de tu madre. Por las obligaciones profesionales de tu padre era la que madrugaba para llevarte a los entrenamientos antes de que fueses a la escuela.
Sí, mi madre fue jugadora de baloncesto del primer equipo de Zadar durante varios años. Mi padre lo tenía más complicado, así que era ella la que me llevaba a los entrenamientos por la mañana. Cuando era un niño nunca quería perderme un entrenamiento. Y si no había entrenamiento, siempre estaba en el pabellón o jugando por la calle con mis amigos. No sólo jugábamos a baloncesto, pero la mayoría del tiempo sí.
Puedo decir que mi madre fue el apoyo más importante para perseguir mis sueños. Ella siempre estaba ahí. A partir de los 16, 17 años, mi padre estuvo muy presente y me dio muchos consejos, pero de niño era mi madre la que estaba ahí a diario.
Además de sus consejos, llegaste a tener a tu padre de entrenador.
Ah, sí. Un horror [sonríe]. Fue probablemente la fase más difícil para mí. Estaba en la adolescencia, y mi padre no quería mostrar al resto de los jugadores ningún favoritismo hacia mí. Llegó un punto en el que quise irme, marcharme de casa, pero bueno, sólo fue un calentón.
El inicio de la guerra, en 1991, se asomó con crueldad sobre Zadar, con un 15 % de población serbia. El propio padre de Marko, Petar, había nacido en Kraljevo.
La guerra te pilló siendo todavía muy joven y en edad de formación como jugador de baloncesto.
Por un lado, una guerra siempre hace un daño enorme, claro. No quiero ni gastar palabras para explicarlo, pero por otro lado hay que madurar, ser fuerte. Nosotros jugábamos por la calle hasta que caía la primera bomba. A esa edad, como he dicho antes hablando de la muerte de Dražen, eres un poco inconsciente. Jugábamos todos juntos en un búnker o sótano, y nos divertíamos. Pero nos faltaban los entrenamientos. Ahí teníamos un hueco y notábamos que nos faltaba algo.
Jugábamos a todo lo que se podía jugar, a fútbol, baloncesto… Pero no es lo mismo cuando puedes hacerlo en el pabellón, contra un equipo de tu edad. Eso sí que nos faltaba. En cuanto a la guerra, pasó lo que pasó y espero que se quede en la historia; que no volvamos a pasar otra experiencia así.
¿Crees que es positivo que las nuevas generaciones conozcan bien la historia? ¿O consideras que lo mejor es pasar página y no volver a un pasado tan terrible?
Hay que decir lo que ha pasado. No se pueden olvidar algunas cosas. Pero, por otro lado, la vida sigue. Podríamos decir que perdonar sí, pero olvidar no. De todas formas, yo era un niño. ¿Qué puedo hablar sobre esa guerra? Era un tema de los políticos. Pero, por ejemplo, los deportistas estábamos juntos. Nunca hemos tenido ningún problema. Siempre nos hemos respetado. Yo tengo amigos serbios, bosniacos, de Macedonia o de Eslovenia. Son amigos para toda la vida.

Las personas de esos países tenéis muchas cosas en común.
Somos muy parecidos. Después de la guerra, mi primera experiencia jugando en el extranjero fue en Valencia. Allí estaba Dejan Tomašević. La guerra había acabado años atrás. ¿Qué le podía decir yo a Dejan? ¿Él qué le podía decir a un niño? Además, me echó una mano desde el principio, y durante toda mi estancia en Valencia. Él y Pedja Mijatović, que es su padrino, me ayudaron mucho, sobre todo en los momentos difíciles. Era mi primera experiencia fuera de casa.
Lo normal dentro de un equipo era que los jugadores veteranos protegiesen a los más jóvenes. En mi caso, cuando alcancé un cierto estatus, hice lo mismo por Vladimir Štimac, Damir Markota, Josip Sobin, Mario Delaš… Por muchos jugadores. Debería ser algo normal. Ayudar y transmitir a las nuevas generaciones, como antes me habían ayudado, y mucho, Dejan Tomašević, Nikola Prkačin [en su temporada en Efes; NdR] o Dino Rađa. Dino, de hecho, casi me puso en el primer equipo del Zadar.
Otra historia que nos tienes que contar.
Estaré a Dino muy agradecido de por vida. En torno a los 18 años es el momento más delicado para un jugador. Hay que darle una oportunidad. Y él me dio ese empujón cuando lo necesitaba. Hoy puedo decir, aún con la diferencia de años que hay entre nosotros, que somos muy buenos amigos.
Vamos a hablar de aquel famoso entrenamiento en el Zadar con Dino Rađa. Un día de noviembre de 1999, estabas en el colegio y llegó tu madre.
Sí, el colegio estaba a 200 metros de aquí. Y en medio del día llegó mi madre para recogerme. Tenía que ir al entrenamiento del primer equipo. Estaban sin bases, porque uno tenía problemas con la afición y otro estaba lesionado. Sólo había ocho jugadores para entrenar. Por eso me llamaron.
Nos enfrentamos en partidillos de tres contra tres. Fallé el primer tiro, pero luego metí diez triples seguidos [Rađa y Komazec estaban en el equipo contrario en ese entrenamiento; NdR]. Dino se enfadó: tiró el balón hacia arriba, hacia la última fila de la grada. Y dijo: «Este chico mañana tiene que estar en el quinteto inicial». Jugábamos contra un equipo modesto, Slavonski Brod.
Dino amenazó con dejar el equipo si no eras titular en el siguiente partido.
Yo no sabía cómo actuar en ese momento. Pensaba que era una broma. Llegó el partido y yo en el quinteto de salida. Lo hice lo mejor que pude. Dino me dio algunos consejos muy importantes para un jugador de 17 años, como era mi caso: en relación a la defensa, a coger la posición para el rebote, no perder el balón y tirar cuando estuviese solo. Nada, cuatro cosas muy básicas, para quitarme un poco de la presión que podía sentir. Ese día lo hice bien.
Mi tercer partido fue contra la Cibona, aquí. Metí un triple, robé 3 o 4 balones y jugué muy bien. A partir de ese momento, mi carrera profesional fue poco a poco en ascenso.
Pocos meses después participaste en el Nike Hoop Summit.
Sí, junto a Tony Parker.
Además estaban en el combinado mundial Sergi Vidal y Boštjan Nachbar, con Marin Sedlaček de entrenador.
Y con Alessandro Gamba. Estaban los dos como entrenadores. Perdimos sólo de un punto contra Estados Unidos, en un partido muy igualado [98-97]. Enfrente estaban Omar Cook y Zach Randolph.
O Darius Miles.
También. Fue una experiencia muy bonita. En mi equipo estaba Goran Ćakić, al que yo no conocía antes del partido. Entré en el hotel en el que nos íbamos a concentrar y vi a una persona dentro de la habitación. Me dirigí a él con un «hello», y él me dijo en serbio: «¿Pero qué coño dices?». Flipé y me presenté: «Soy Marko». Ahí nos conocimos y desde entonces tenemos una buena relación.
Esa fue la primera experiencia después de la guerra con un jugador serbio, y no hubo ningún problema. Sólo éramos unos jóvenes a los que les gustaba jugar con el balón. Era lo que más nos gustaba y así disfrutábamos de la vida. Esta anécdota fue en Chicago. El partido se disputó en Indiana.
Podría hablar días y días recordando experiencias de mi carrera, pero no se pueden meter en una única entrevista. Me considero una persona muy afortunada por haber tenido la oportunidad de conocer a tantas buenas personas.
En julio del año 2000 jugaste en este pabellón la final del Europeo U18, junto a Zoran Planinić y Krešimir Lončar entre otros. Con Francia de rival.
Duele mucho el recuerdo de ese partido.
Qué bonito hubiera sido para ti una victoria en casa.
Habíamos ganado a Francia en la fase de grupos. La famosa Francia con Turiaf, Boris Diaw, Yakhouba Diawara, Mickaël Piétrus y Tony Parker [fue elegido MVP del torneo; NdR]. Les ganamos en un partido en el que Ronny Turiaf rompió el tablero. Y luego, en la final, perdimos tras dos prórrogas. Nos metieron una canasta a falta de dos segundos. Fue el propio Turiaf. La derrota más dura de mi carrera.
¿Sí? ¿La más dura?
Una de las que más, seguro. Bueno, quizás la más dura te la puedo decir ahora mismo: contra España en el Eurobasket de 2005. No puedo hablar mucho de esto. Ni quiero, porque han pasado ya muchos años.
En el campeonato celebrado en Serbia y Montenegro, Croacia llegó al cruce de cuartos con España tras una victoria de prestigio ante Italia, subcampeona olímpica el verano anterior. Marko contribuyó con 12 puntos a un triunfo cimentado en la pareja interior formada por Vujčić y Kasun.
Contra España alcanzó los 15. Una España sin Pau Gasol, pero con Navarro (36 puntos) y Fran Vázquez (26). Una canasta del pívot gallego tras una polémica acción entre Garbajosa y Marko Tomas -en la que toda Croacia reclamó falta personal- forzó la prórroga y hundió la moral del equipo de Spahija, que no pudo recuperarse en el tiempo extra (28-12 para España en esos cinco minutos).
Ese torneo podría haber supuesto un impulso clave para Croacia en los siguientes años. Pudo ser un punto de inflexión.
Eso es. Yo era un joven de 23 años, igual que Planinić. Roko Ukić tenía 20 años, como Marko Tomas. Luego estaban Gordan Giriček, Vujčić, Mario Kasun… Kasun tenía 25 años.
Había una buena mezcla entre jugadores europeos importantes del momento, como Vujčić y Giriček, y los que éramos más jóvenes. Con Spahija jugamos muy, muy bien y tuvimos nuestra oportunidad, pero pasó lo que pasó. Fran Vázquez cogió un rebote ofensivo y nos metió una canasta para forzar la prórroga. Y después perdimos.
Croacia tuvo varias eliminaciones con marcadores ajustados. En 2007 contra Lituania…
Fueron tres Europeos seguidos donde fallamos en los momentos claves. Por ejemplo, en el partido contra España del que hemos hablado, en 2005, y sí, contra Lituania en 2007.
Con aquellos tiros libres fallados por Zoran Planinić a falta de un segundo. Con Davor Šuker en el Palacio de Deportes.
Pero justo antes de esos tiros libres había fallado yo un triple. Y años antes, en el 2003, fallé dos tiros libres y Giriček falló otros dos. Fue en un partido contra Grecia que perdimos por un punto. Si hubiéramos ganado, hubiéramos pasado directamente a cuartos. Así, por perder con Grecia, tuvimos que jugar un encuentro extra. Perdimos con Rusia y fuimos eliminados.
Bueno, es lo que hay. No cambiaría nada. Para crecer también hay que perder. Esos partidos me fortalecieron, me ayudaron a madurar y crecer.
En 2008, con Jasmin Repeša de seleccionador, Croacia regresó a unos Juegos tras 12 años de ausencia. Un gran Preolímpico en Atenas con cuatro victorias, incluida una contra la Alemania de Nowitzki, dio paso a una participación en Pekín que acabó con derrota en cuartos ante España, a la postre medalla de plata.
Croacia comenzó muy bien (82-97 a Australia), y Marko despuntó en el segundo encuentro de la primera fase: 22 puntos claves para ganar a Rusia, campeona del último Eurobasket. En la tercera cita, sin embargo, una lesión dejó a Popović fuera del partido contra Argentina y del resto de los Juegos.
Más allá de tu lesión, ¿con qué recuerdos te quedas de los Juegos de Pekín? En cuanto a la experiencia que supone para un deportista estar en una cita así.
Para mí, la amistad. Te juntas con tus compatriotas en la villa olímpica. A algunos ya les conocía, pero con otros nunca había coincidido. Cuando nos eliminaron, salimos todos los deportistas juntos. Fue una fiesta muy bonita.
Los Juegos fueron una experiencia inolvidable, aunque perdiésemos con España antes de poder pelear por las medallas. En ese momento la selección española era algo especial. No sé si fueron los mejores años de aquel equipo, pero sí era el momento cumbre de Pau Gasol y Juan Carlos Navarro. Eran casi imparables. Jugaban muy rápido, corrían mucho, amenazaban desde el triple, defendían bien… Si entraban en calor te sacaban 15-20 puntos de diferencia en cinco minutos, y ahí se acababa el partido. Así de fuerte era España.
Fueron llegando Marc Gasol, Ricky Rubio, Sergi Llull, Víctor Claver… Otra generación para complementar a los que estaban en su prime. España ha acumulado una tradición increíble, ha hecho algo que va a ser muy difícil de repetir por cualquier otra selección. Hay que dar mucho, mucho mérito a las personas de la Federación Española, que han construido todo esto.
Nosotros en Croacia también tuvimos una gran selección de jugadores nacidos en torno a 1980, que se enfrentó a España en Portugal [en el Mundial Júnior de Lisboa, Croacia acabó en la tercera posición; NdR]. Yo no estaba ahí. Zoran Planinić era uno de los más jóvenes. Estaban también Bagarić, Andrija Žižić, Mario Stojić… Jugaron contra Carlos Cabezas, Juan Carlos Navarro, Pau Gasol… Jugadores que partir de entonces siempre estuvieron arriba. Y Raül López, buf. Una pena lo que ha pasado con las lesiones. Pienso que podría haber sido el mejor base de la historia de España.

¿Sí?
Eso creo. Con la técnica que tenía, la rapidez, el tiro, su visión para pasar el balón… Por cierto, mira la lista de bases que ha ido teniendo España: Sergio Rodríguez, Ricky Rubio, José Calderón, Carlos Cabezas… Todos muy listos y todos distintos.
José Calderón, por ejemplo, era un base que defendía por todo el campo, presionando el balón, y acabó teniendo un tiro muy bueno. Su capacidad atlética era enorme. Luego viene un chaval, Ricky Rubio, que defiende, roba balones y pasa muy bien. Estaba Cabezas, un jugador que realiza un trabajo que igual no destaca mucho, pero presiona, tira, crea ataques, sabe qué jugada hacer en cada momento y para quién hacerla… Y además Sergio, con magia para pasar el balón y un tiro que mejoró mucho con el paso de los años. Jugó en Madrid, CSKA, Milano… Siempre a un nivel altísimo.
Me da envidia el baloncesto español. Y no sólo el baloncesto. También el fútbol, el balonmano o el waterpolo. Nosotros estamos muy bien en fútbol, balonmano o waterpolo. Pero mira lo que nos ha pasado en baloncesto. Duele mucho que no hayamos podido clasificarnos para el Eurobasket. Nunca nos había ocurrido. Es cierto que ahora tienes muchos más países capaces de jugar a buen nivel, pero alguien ha hecho un buen trabajo, y nosotros no.
Hay que dar mérito a los que lo han hecho bien. Sobre todo a España, que siempre está ahí arriba, y ha sido dos veces campeona del mundo. Sólo ha faltado el oro olímpico, y estuvieron cerca un par de veces. Eso es impresionante desde mi punto de vista. Por eso me pregunto acerca de quién va a poder repetir una época como la suya, con muchas medallas de todos los colores. Lo veo casi imposible.
En el Eurobasket de 2009, escenario del primer título continental de la admirada España, Croacia cayó con Eslovenia en cuartos (67-65). Un año después, en el Mundial de Turquía y con su excompañero en la Cibona Josip Vranković de entrenador, Marko lideró en anotación a su selección: 14,2 puntos de media que subieron a 16 en el debut contra Estados Unidos y a 21 (14 en el último cuarto) en el compromiso de octavos frente a Serbia.
En un duelo siempre especial, el de Zadar empató el marcador desde la línea de tiros libres. A continuación, una falta señalada sobre Rašić con sólo un segundo para el final (anotó el primer lanzamiento libre y tiró el segundo a fallar) decidió el partido. 73-72 fue el resultado.
En el Mundial de 2010, otro recuerdo complicado. Una eliminación en octavos contra Serbia.
Bueno, eso no me dolió tanto, porque no merecimos llegar lejos en ese torneo. Lo digo porque no estuvimos bien en nuestro grupo. Ganamos a Irán y a Túnez; y perdimos contra Eslovenia, Brasil y Estados Unidos. Jugamos en octavos ante Serbia, que tenía buenos jugadores: Teodosić, Mačvan, Tepić, Rašić...
Bjelica, Krstić, Veličković…
Sí, todos buenos. Pero nosotros no cuidamos los detalles. Si juegas bien y das el máximo en cada día de entrenamiento, el deporte te lo acaba devolviendo con buenos resultados. Al margen del partido con Estados Unidos, no dimos una buena imagen ni contra Eslovenia ni contra Brasil, y por eso el deporte no nos devolvió nada.
Después de esa primera fase nos cruzamos con Serbia, y en deporte dos más dos no siempre son cuatro. Nos costaba mucho esto: entender que es difícil hacer algo si no estás a buen nivel en todos los partidos, si no vas creciendo durante el campeonato. Teníamos muchos altibajos.
Y en los cruces es muy difícil llegar a zona de medallas, sobre todo si también existe una ronda de octavos. Si hubiéramos ganado, nos habríamos enfrentado a España en cuartos. Ahí estuvo Serbia, y Teodosić metió ese triple decisivo contra España desde más de ocho metros, delante de Garbajosa.
No había salido todavía el nombre de Garbajosa, otra referencia de los mejores años de España.
Bueno, es que hay muchos. Tenéis una fábrica de jugadores de la que tengo mucha envidia, sinceramente. Nosotros la tuvimos en los años ochenta y hasta mediados de los noventa.
En el Eurobasket de 2011, Popovic mantuvo un buen tono, pero Croacia decepcionó, quedando fuera en la primera fase. Estaba dentro de un grupo en el que fueron derrotados por otros países exyugoslavos (Macedonia del Norte y Bosnia).
Ausente en Londres 2012, Croacia regresó a unos Juegos en Río 2016. Marko no estuvo en la cita brasileña; volvió en el Eurobasket de 2017 para cerrar su recorrido internacional. Con Aleksandar Petrović, hermano de Dražen, como técnico, la participación del cuadro dálmata fue, como tantas otras veces, una carretera plagada de curvas. Un inicio interesante (segunda en su grupo de la primera fase, sólo por detrás de España) dio paso a un duelo de octavos contra Rusia que amaneció igualado y acabó en pesadilla, personificada en la figura de Shved (27 puntos).
Croacia lleva desde 1995 sin obtener medalla en un gran torneo, y no se ha clasificado para el Eurobasket. ¿Cuál crees que es el principal problema? ¿Es algo estructural o más relacionado con aspectos concretos? Se ha hablado mucho de la ausencia de bases de primer nivel.
Bueno, hoy puedes jugar con un 5 en el puesto de base. Todo ha cambiado. De todas formas, ¿quién puede decir que no hemos tenido buenos bases en Croacia? En mi generación estábamos Roko Ukić, Zoran Planinić y yo. Dos jugaban en la NBA y otro disputaba la Euroliga. No éramos unos anónimos. Éramos buenos jugadores.
No es que no haya bases; es que hay que dar a los chicos oportunidades para jugar. Hay que respaldar a alguien cuando hace algo mal, cuando se pierde un partido decisivo en un Europeo. Ahí es dónde se conoce a la gente buena, no cuando las cosas van bien. Cuando las cosas van mal es cuando hay que dar apoyo. En los momentos duros.
Nosotros tuvimos momentos duros: 2003, 2005, 2007, 2008, 2009, 2011… En todos los Europeos, en todos los torneos grandes siempre hemos sufrido mucho. Esas situaciones me frustraron, pero ya las dejé a un lado. Las cosas malas, como dije antes, no se pueden olvidar; están en la historia, pero prefiero recordar todo lo bueno que me ha pasado.
En Croacia hubo un problema. En la generación posterior a Dražen estaba Toni Kukoč. Estaba Arijan Komazec, mi primo. Estaban Dino Rađa, Žan Tabak, Velimir Perasović, Stojko Vranković, Danko Cvjetičanin, Veljko Mršić… Todos se retiraron del equipo nacional casi en el mismo momento. En un espacio de dos años. Y los miembros de la generación que llegaba después no estaban preparados para jugar en los torneos grandes.
Era un salto muy grande para ellos, y ahí es donde perdimos el ritmo. Si al menos se hubieran quedado dos de ellos… Al menos con un pilar por debajo del aro, como Stojko o como Dino, hubiera habido una mayor seguridad dentro de la pista para los jóvenes. O si hubieras tenido un jugador del estilo de Perasović al que dar el último balón, porque puedes tener la seguridad al 99 % de que va a meter dos tiros libres cuando reciba una falta personal. Ahí estuvo el problema.
Kukoč volvió, pero sólo para el Eurobasket de 1999.
Sí, Toni Kukoč vino para jugar una última vez. Pero el caso es que después del 95 se retiraron de la selección croata casi todos, en un breve espacio de tiempo.
En casos como los de Hezonja o Šarić, jugadores sobre los que se han cargado muchas expectativas durante años, ¿crees que ha habido demasiada presión desde el entorno? Eso puede generar frustración para el jugador y un peligroso círculo vicioso.
Sin duda. También es verdad que los tiempos han cambiado. Tienes una competición estupenda como la Euroliga, y aparte está la NBA. Ninguna de ellas quiere que sus jugadores estén en las Ventanas FIBA. Es una situación que afecta mucho, sobre todo a los países pequeños. Mira el caso de Eslovenia, por ejemplo. Depende mucho de pocos jugadores: Prepelič, Blažič y, claro, Luka Dončić. Y algún nacionalizado, como Mike Tobey o Anthony Randolph.
A nosotros nos pasa algo parecido. Ya no tenemos a Simon, que se ha retirado, y Bogdanović dejó la selección croata. Tenemos a Hezonja, y los que están en la NBA: Zubac, Šarić y Matković. Son buenos, pero no puedes contar con ellos en las fases de clasificación. Por otro lado, nuestra Liga no es competitiva. Hay jóvenes con talento, pero que no saben lo que es disputar un partido de verdad, delante de 15 000 personas; con la presión de la afición, del resultado… Encarar un desafío contra defensores y atacantes de buen nivel. Allí es donde se crece, no contra rivales malos. Eso es un problema más.
La situación de nuestro baloncesto hay que analizarla mucho más allá de un vistazo a una fotografía para buscar y detectar los problemas. Es mucho más profundo. Hay muchas cosas, y además, actualmente, está el tema económico. Es una de las claves, claro.
Tengo miedo de lo que va a pasar viendo lo que cobrarán los jugadores dentro del baloncesto universitario. A ver, si ganan ahí un millón y juegan 3 o 4 años, y luego vuelven aquí a jugar por mucho menos… Se van a perder. Están acostumbrados a un millón, y no todos van a acabar en la NBA. Manresa, por ejemplo, puede ser una buena oportunidad para que un jugador joven se desarrolle, pero Manresa, como tantos clubes, no puede pagar mucho. No va a ser fácil.
Aquí también entran los agentes que anteponen sus intereses económicos al interés deportivo del jugador al que representan.
Es cuestión de negocio. Estados Unidos tiene un sistema de deporte, de colleges, increíble, pero ahora van a poder captar a todos los talentos del mundo; van a debilitar a muchas Ligas.
Por otro lado, aquí recibirán una oportunidad los jugadores de un nivel más bajo. Pero no son estos los que deberían jugar, sino los que se vayan a Estados Unidos. Ahora todo el mundo va a querer ir a jugar allá por el dinero, no por la educación. El dinero es lo que manda hoy, y el tema económico es un gran problema en el baloncesto croata.
¿Qué te parece la Liga Adriática como competición? ¿Crees que está ayudando a elevar el nivel de los clubes en la región?
A mí, por ejemplo, me gusta que el Zadar juegue la Liga Adriática. Hay 5 o 6 equipos de nivel: Partizan, Budućnost, Estrella Roja, Olimpia, ahora Dubai… Luego tienes a un club como Mega, de donde salen talentos hacia la NBA. Los equipos croatas, como Cibona, Split o Zadar, hemos perdido mucha fuerza por temas económicos.
La Liga Adriática da la opción a un equipo como Zadar de jugar varios partidos ante clubes con los que llenamos nuestro pabellón. Vale, si jugásemos únicamente contra clubes croatas, quizás podríamos llegar a jugar competición europea, aunque luego habría que pasar las fases de clasificación… Yo no creo que esa sea una solución. Hay que competir contra los buenos, y copiar las cosas que hacen.
Eso decía Jota Cuspinera cuando era nuestro entrenador en Fuenlabrada: cuando no sabes qué hacer, mejor que copies a los buenos. No hablo de clubes grandes: Fenerbahçe no puede copiar a Efes ni Efes copiar a Fenerbahçe. Los dos son buenos, la diferencia la marcan los pequeños detalles. Pero en España, por ejemplo, un equipo de bajo nivel sí puede copiar algunas cosas a Real Madrid o a Barcelona. También el Madrid puede aprender algo de clubes modestos, pero son los pequeños los que pueden aprender mucho más. Esa es la verdad.
Nosotros en Croacia podríamos fijarnos y copiar una Liga como la de Lituania, por ejemplo, que es muy competitiva. O copiar aspectos de la ACB. Económicamente es difícil, pero se trata de acercarse cada año, de ir dando pasos adelante.
Hablas de un proyecto a largo plazo, sin esperar resultados en poco tiempo.
Claro, sería un proceso de 10 a 20 años.
Esa idea podría valer también para la selección croata.
Mira, siempre estamos haciendo círculos. Pasan los años y no hacemos nada. Ni con los clubes, ni con la Selección. Hay que cambiar algo. ¿El qué? Espero que la nueva gente lo pueda hacer, con las incorporaciones de Kruno Simon y Marko Tomas [como director deportivo y ojeador jefe respectivamente; NdR] a la Federación de Croacia. Creo que ellos dos han visto y vivido mucho baloncesto de alto nivel en sus carreras.
Conocen de primera mano aciertos y errores cometidos en el pasado.
A ver si son capaces de transferir todos sus conocimientos y experiencia a la pista. Claro que no van a jugar ellos, pero pueden cambiar cosas que son muy importantes, como la formación de los entrenadores.
Sobre todo a los que trabajan en la base, con los más jóvenes.
Sí. Nosotros siempre tuvimos mucho respeto hacia los entrenadores. Ahora no sé si los jugadores tienen tanto respeto por ellos. En mi época, los entrenadores daban hasta miedo.
Hoy no es el caso. Al revés. Creo que en muchos clubes los jugadores prácticamente eligen a los entrenadores. No hablo de equipos de máximo nivel, pero sí en niveles más bajos. Quizás no eligen, pero condicionan mucho la elección del entrenador.
Tras su participación en el Nike Hoop Summit, Marko decidió competir en Southern Idaho (Division II de la NCAA) durante la campaña 2000/01. No tardó en volver a Europa. Le esperaba el Zadar, equipo que iba a disputar la Euroliga 2001/02. Entre sus rivales, el Real Madrid de Aleksandar Djordjević y Raül López, o un conjunto esloveno ante el que protagonizó su primer momento estelar en la máxima competición continental.
Tu primer gran momento en la Euroliga es el triple ganador contra el Novo Mesto en la temporada 2001/02. Enfrente estaba un joven Lakovič.
Mi padre era el entrenador de Zadar en aquel momento. Jaka Lakovič hizo un partidazo [acabó con 31 puntos, por los 24 de Marko; NdR]. Yo lancé un tiro desde casi medio campo y lo metí [91-94 fue el resultado; NdR]. Es un recuerdo muy bonito. Además, en Zadar había un equipo joven, con amigos míos. Con Tomislav Knežević, Toni Dijan o Marin Vrsaljko. Éramos todos jóvenes de 19 o 20 años jugando juntos en la Euroliga. Contra Real Madrid, Panathinaikos, Fortitudo, Novo Mesto… Todos crecimos y mejoramos jugando contra buenos equipos.
Novo Mesto lo hizo bien ese año, y Jaka Lakovič, después de una gran temporada, acabó en Panathinaikos. Él es cuatro años mayor que yo. Es el ejemplo de que nunca es tarde. Con 24 años salió por primera vez de su país.
Y qué carrera tuvo después.
Muy larga, pasando por equipos grandes como Barcelona y Panathinaikos. Era un jugador muy listo. Tenía 3 o 4 facetas en las que destacaba mucho. Otras cosas las hacía regular, pero realizaba 3 o 4 con una perfección increíble.
Tenía un perfil similar al tuyo. Un base sobre el papel, pero se comportaba en ataque como un escolta, con mucha capacidad anotadora.
Sí, sí. Él no era un gran pasador, pero jugaba muy bien el ‘pick and roll’. Sacaba una ventaja para los compañeros y daba un pase simple. Los entrenadores buenos conocen quién te produce una ventaja en un cinco contra cinco, y esos jugadores tienen valor, sobre todo los que también pueden pasar.
Jaka Lakovič no era un jugador que te hiciese un pase espectacular por detrás de la espalda. Te hacía un pase simple, picado, que se convertía en una buena asistencia. Eso era Jaka Lakovič, otro jugador que con trabajo duro ha conseguido trasladar sus cualidades en la pista a su labor como entrenador. Está haciendo un gran trabajo con Gran Canaria, como hizo antes en el Ulm, en Alemania. A mí no me sorprende, y es un técnico joven. En un futuro quizás le espere, no sé, el Barcelona, donde tiene ese pasado como jugador, u otro equipo de la Euroliga.

O la selección de Eslovenia.
Puede ser otra opción para él, claro.
La campaña 2002/03, todavía en Zadar, es inolvidable para ti.
Fue la temporada más bonita de mi vida. Ganamos dos títulos en poco tiempo. Primero la Copa en Split [fue elegido MVP], contra la Cibona de Zoran Planinić y Haris Mujezinović, después de ganar en semifinales al Split de Jure Zdovc, Dino Rađa, Josip Sesar, Roko Ukić y Andrija Žižić. Y luego la Final Four de la Liga Adriática, en Liubliana.
Algo inolvidable, por la manera en la que vencimos, contra Estrella Roja. Ellos estaban por delante, por diez o doce puntos. El partido se paró por unos aficionados, y a la vuelta remontamos y ganamos con un tiro de mi compañero Michael Meeks desde la esquina [77-78]. Después superamos a Maccabi Tel Aviv en la final [91-88]. Pienso que si hubiésemos jugado diez partidos más contra el mismo rival no hubiésemos ganado ninguno de ellos. Pero ese justo era nuestro partido.
Además, con un formato de Final Four siempre es muy especial.
Y da oportunidad a los equipos más modestos. Eso fue justamente lo que ocurrió. Ahí, a la entrada del pabellón, tienes una foto del día que ganamos. Luego te la enseño.
Fue una maravilla ganar a un equipo que el año siguiente conquistaría la Euroliga. Estaban construyendo algo especial en esos años con Derrick Sharp, Beno Udrih, Nikola Vujčić, Marcus Goree, Quincy Lewis…. Era un equipazo. Pero ese era nuestro día, y jugamos muy bien. Controlamos el partido en la segunda parte.
Ellos tuvieron un tiro abierto para forzar la prórroga, pero fallaron. No puedo explicar cómo fue la celebración. Duró dos o tres días. No fue como el año 86, pero los trofeos, cuando no se esperan, parecen que valen más. Cualquier título es valioso, pero cuando llegas como un underdog… Eso es lo que le gusta a los aficionados al deporte, como el Leicester cuando ganó la Premier League. Esas son historias muy bonitas.
Con su habitual discreción, Marko Popović no menciona el hecho de que en aquella Final Four de la Liga Adriática se salió. Metió 30 puntos al Estrella Roja en semifinales y 27 al Maccabi Tel Aviv de David Blatt en el partido decisivo. Fue elegido, claro está, MVP.
En esa misma temporada, sus actuaciones en la Copa ULEB le pusieron en el escaparate continental. Como un presagio de su futuro inmediato, destacó en los partidos frente a equipos españoles, como Caprabo Lleida (hizo 26 puntos) o Valencia Basket, el club que saldría campeón y que se convertiría en su siguiente destino.
En 2003 fichas por Valencia Basket. Aquel movimiento no salió bien.
Valencia fue una experiencia que no salió como pensaba. Esperaba mucho mucho más de mí mismo.
Llegaste con muchas expectativas. ¿Por qué crees que no encajaste en ese proyecto?
Tenía una oferta de Baskonia, pero el proyecto de Valencia era muy serio. Con el Zadar nos habíamos enfrentado al Valencia en la Copa ULEB el año anterior. Acabaron ganando el título, pero estuvimos cerca de eliminarles en cuartos. Nos ganaron con una buena diferencia en Valencia, pero en Croacia llegamos a dominar por 21 puntos. Ahí fallamos dos triples que nos hubieran permitido despegar. A falta de 3 o 4 minutos, ellos se recuperaron y al final ganamos sólo por 13 puntos. No fue suficiente.
Gracias a eso, a ganar la Copa ULEB, Valencia iba a jugar la Euroliga el año que yo llegaba al club. Me parecía un buen proyecto. El problema es que Valencia no era entonces un buen sitio para los jóvenes. Tampoco yo llegaba preparado: pensaba que después de ganar una Liga Adriática y ser MVP iba a conseguir lo mismo en España.
Pero llegué a un equipo con veteranos, gente dura que habían pasado por todo en sus carreras: Antoine Rigaudeau, Alejandro Montecchia, Dejan Tomašević, Fabri Oberto, Dimos Dikoudis, Alessandro Abbio… Jugadores que tenían detrás trayectorias de varios años en la elite, y ahí llegaba un chaval de 20 años.
Además, te incorporaste más tarde porque habías disputado el Eurobasket de 2003.
Sí, estuve con Croacia en el Eurobasket, en Suecia. Llegué a Valencia como un chaval y la gente esperaba mucho de mí. Como he dicho, yo también esperaba mucho de mí mismo. Pensaba que yo, como si fuese Michael Jordan, podía llegar y hacerlo todo solo; que iba a meter 20 puntos por partido, como en Zadar. No fue así. Además, la afición no me aceptó al 100 %, porque Nacho Rodilla se acababa de marchar.
Cada equipo podía tener sólo dos extracomunitarios. Por ello al extracomunitario, tuviera la edad que tuviera, se le exigía que marcara diferencias. Más presión para ti.
Sí, justamente eso es lo que pasó. Y la marcha de Nacho Rodilla supuso más presión [se fue a Caprabo Lleida; NdR]. Nacho era el jugador valenciano, el favorito de la afición, y yo iba a ocupar su lugar en el equipo. Me sentí muy mal por escuchar los silbidos de la gente.
No jugaba bien, y un día estuve hablando con Pedja Mijatović [vivía en Valencia, porque el Levante fue su último equipo como futbolista profesional; NdR]. Me dijo que lo mejor para mí era buscar otro club. Podía quedarme en Valencia, porque había firmado tres años, pero para crecer tenía que irme dos años a un club en el que pudiese tener más minutos y protagonismo, aunque fuese de un nivel inferior. Llegó una oferta de la Cibona y otra de Avellino. Acepté la propuesta de la Cibona, porque me permitió jugar en Euroliga esa temporada y la siguiente. Allí maduré mucho.
¿Cómo se tomaron los aficionados de Zadar tu fichaje por la Cibona?
Fue muy complicado. Pasaron a odiarme el doble de lo que me amaban cuando jugaba allí. Era un infierno, pero me ayudó a madurar. Aprendí a vivir con ello.
Para ti era una prioridad seguir jugando la Euroliga.
Bueno, sinceramente, no tenía demasiadas opciones de volver a Zadar. Valencia pagó una cláusula por mi salida, así que ellos, si decidían ficharme, tenían que renunciar a una importante cantidad de dinero. El entrenador me quería de vuelta, pero la dirección del club cerró esa posibilidad, porque con este dinero cuadraban los números.
A mitad de temporada sólo tenía la opción de la Cibona. Al acabar el curso, firmé un contrato con la Cibona y tuve mucho más protagonismo el año siguiente. Jugué muy bien y acabé fichando por Efes.
En el año y medio que jugó en la Cibona, Marko disputó dos finales ligueras contra el Zadar, con un resultado diferente. Levantó la copa en la primera y su exequipo triunfó en la segunda.
En la temporada 2004/05, con la camiseta de la Cibona, hay un partido contra Estudiantes en el que metes 39 puntos, con seis triples.
Sí, y 54 de valoración [sonríe]. Esa es, a día de hoy, la cuarta mejor valoración individual en la historia de la Euroliga. Creo que el primero de la lista es Tanoka Beard, que sería luego compañero mío en el Žalgiris Kaunas [hizo 63 de valoración en 2004; NdR].
Volviendo a Valencia, fue una etapa muy dura para mí, pero prometí que un día volvería a jugar en España.
Años después te quitarías esa espina.
Sí, y antes tuve la opción de jugar en el Real Madrid, cuando estaba Boža Maljković de entrenador. Hicimos una gran temporada con Cibona en la Euroliga, pero otra vez el tema económico se cruzó en el proyecto. Andrija Žižić se fue al Barcelona meses después. En mi caso hubo interés del Real Madrid, aunque no sé hasta qué punto fue serio, porque decidí quedarme en la Cibona.
En ese momento los clubes más grandes de Europa eran Real Madrid, Barcelona, Panathinaikos, Olympiacos, CSKA… También Montepaschi Siena era un equipo muy fuerte. Cinco o seis candidatos a disputar cada año la Final Four. Cualquier jugador soñaba con estar en un club así, pero bueno, esa opción no se concretó.
Popović disputó la temporada 2005/06 en el Efes de Estambul. Eliminado en cuartos de la Euroliga por el CSKA, futuro campeón, fue elegido en dos ocasiones MVP de la jornada. En las competiciones turcas, ganó la Copa y fue finalista en Liga (en ambos casos con el Ülker como rival).
En 2006 llegó a Kaunas, la ciudad en la que pasaría cuatro años (en dos etapas diferentes). En el Žalgiris coleccionó títulos: cuatro Ligas, tres Copas y dos Ligas Bálticas.
Tras un año en Efes, llegas a Kaunas, otro lugar que te ha marcado mucho. Una ciudad que vive para el baloncesto. Dijiste que en Kaunas te sentías como un futbolista en España.
Eso es, justamente. Como a ellos le gusta decir, el baloncesto es como una religión allí. Sus jugadores se enfocan desde pequeños para convertirse en profesionales, que es lo que quieren ser. Tú vas a una escuela de baloncesto de Marčiulionis o de Sabonis y puedes ver la dedicación de la gente que está ahí. Han tenido una cantera de talentos increíble, sobre todo en el lanzamiento. Siempre han tenido grandes tiradores: Chomičius, Rimas Kurtinaitis, Štombergas, Šiškauskas, Macijauskas, Artūras Milaknis, Gecevičius… También han tenido jugadores grandes con muy buen tiro, como los hermanos Lavrinovič.
Y algunos te has dejado, como Kaukėnas, con el que también compartiste equipo.
Uh, otro genio. Otro trabajador duro, y buena persona. Muy profesional. Un crack.
Con Mačiulis jugaste en Zalgiris, años antes de que fichase por el Real Madrid.
Nos hicimos muy amigos. De aquella época conservo muy buena relación también con Jankūnas, y, sobre todo, con Mantas Kalnietis. Una de las mejores personas que conocí en mi carrera.
En Zalgiris compartiste vestuario con estadounidenses de gran nivel. Antes salió el nombre de Tanoka Beard. También podemos hablar de Marcus Brown.
Sí, aunque algunos eran ya veteranos cuando llegaron a Žalgiris, así que a veces decidían no jugar en Liga para cuidarse y reservar fuerzas para la Euroliga. Lo entiendo perfectamente, porque la competición local no era tan buena en ese momento. Pero cuando jugaban parecían chavales de 20 años. Vaya cracks. Marcus Brown es uno de los mejores tiradores con los que he compartido equipo. Le pondría en una pequeña lista junto a Štombergas y Milaknis. Los tres mejores tiradores con los que he jugado. Sin duda.
Cuéntanos algo que recuerdes de Tanoka Beard.
Recuerdo un partido [suspira]… Jugábamos contra Fenerbahçe, donde estaba Kaspars Kambala [sonríe]. Y en Žalgiris, Tanoka Beard. Los dos hicieron un partidazo. Entre ellos no se tocaron, porque si algo pasaba… Sería una pelea que no sabías cómo acabaría y en la que nadie se podría meter. Me acuerdo muy bien de ese partido en nuestra casa, en el viejo Sports Hall de Kaunas.
¿Tuviste relación con Sabonis? Jugó en Žalgiris dos años antes de tu llegada.
Sí, y él era el presidente cuando yo estaba ahí. A veces viajaba con nosotros. Una persona muy normal. No podías decir que había sido una estrella en la NBA; alguien que había hecho tanto por el baloncesto europeo, soviético y lituano.
Hablamos pocas veces, pero siempre con mucho respeto. Sólo puedo decir cosas buenas de él. También coincidí con Rimas Kurtinaitis, otro grande del baloncesto lituano, en Khimki; y con Chomičius en UNICS.
En el UNICS Kazan viviste dos momentos muy especiales: la Copa ganada al CSKA en 2009 y la Eurocup en 2011, contigo de MVP en la Final Four de Treviso [18 puntos y 11 asistencias, una cifra récord de pases de canasta en el evento; NdR].
En el UNICS disfruté de mi «prime». Los tres años mejores de mi carrera. Sin duda. En esos años en Rusia jugué muy bien, con cabeza y buen físico. Y rodeado de buenos jugadores.
Luchamos siempre por cada título. Estuvimos cerca varias veces, y también ganamos trofeos, como esa Copa de Rusia contra un CSKA que parecía imbatible, y esa Eurocup venciendo en la Final Four con calidad y autoridad a Cedevita y Cajasol [dirigido por Joan Plaza, con el que después coincidiría en Kaunas; NdR]. Igual que habíamos ganado en cuartos al Pepsi Caserta. No digo que lográsemos ese título con facilidad, pero dominamos. Fue así. No es que esté faltando al respeto a otros equipos.
Lo que sí fue una sorpresa fue el título de Copa en mi primera temporada en UNICS. Ganamos en semifinales al Dinamo de Moscú, un equipo que tenía a Travis Hansen, Darjuš Lavrinovič, Javtokas, Hollis Price, Domani, Monia, Bykov, Nachbar, Pargo…

Había mucho dinero metido ahí.
Un equipazo, con David Blatt como entrenador. Jugamos la final contra el CSKA de Ettore Messina. Con Trajan Langdon, Holden, Šiškauskas, Smodiš, Sasha Kaun, Savrasenko… Bueno, no hace falta mencionar todos los nombres. Era el campeón de la Euroliga, y dimos otra sorpresa.
Estoy contento por haber dado mis mejores años a un club que no era tan conocido. Creo que en esas temporadas, con Kelly McCarty, Terrell Lyday, Maciej Lampe, Zakhar Pashutin, Samoylenko… metimos a UNICS en el mapa de Europa. Crecimos mucho durante esos años.
Djordjević te entregó el trofeo de MVP de la Final Four de la Eurocup 2010/11. Con tu padre y tu hermano en la grada. Es una de las imágenes más icónicas de tu carrera.
Fue un momento muy emocionante para mí. Saša era un ídolo para muchos jugadores.
Un ganador. Un ganador con cojones, como diríais en España. Capaz de meter unos triples… Como aquel de Partizan, como los que metió con Yugoslavia… Un puto crack. Uno de los mejores bases de los años 90.
Su otro equipo en Rusia fue el Khimki. Pasó dos temporadas, en la segunda de las cuales (2014/15) ganó por segunda vez la Eurocup. Un triunfo del que no disfrutó como hubiese deseado. Marko se lesionó en febrero y arrastró problemas físicos hasta el cierre de aquella campaña. El protagonismo fue para Tyrese Rice, figura del equipo en la final contra Gran Canaria.
Quería detenerme un poco sobre la figura de Joan Plaza. Siempre has hablado muy bien de él.
Coincidimos en Žalgiris, en mi último año en el club [2012/13]. Teníamos un equipo muy competitivo. Me dio pena que ese proyecto no se mantuviese más de un año. Con Joan uno o dos años más… Él es un entrenador que apuesta por los procesos a largo plazo.
Recuerdo muy bien la primera reunión de Joan con el equipo. Nos dijo cómo íbamos a jugar. Dejó claro que en diciembre estaríamos de puta madre, pero que al principio iríamos poco a poco. Y así fue. Puedo imaginar lo que habría pasado si hubiéramos trabajado con él más tiempo.
Esa temporada ganamos nuestro grupo de la primera fase en la Euroliga, y en el Top 16 perdimos tres partidos por sólo un punto: contra Panathinaikos y los dos ante el Real Madrid… Con esas victorias habríamos alcanzado los cuartos. Pero ahí también entró el tema económico. Se fue Tremmell Darden [que se marchó al Real Madrid; NdR], e Ibrahim Jaaber también dejó el club. Con todo, al final ganamos la Liga con autoridad.
Tengo mucho aprecio por Joan. Es un entrenador muy estudioso y preparado, que habla muy bien y que muestra mucho respeto hacia los jugadores, sean jóvenes o veteranos. Aprendí mucho de él, sobre todo de psicología aplicada a un equipo, de cómo llegar a las personas a través de las circunstancias que se van dando.
Una cosa más, como ejemplo. Un día, acabado el entrenamiento, Joan preguntó a una persona que había estado al lado, viendo la sesión: «¿Cómo has visto el entreno? ¿Habrías hecho algo de otra manera?». No sé si a ti te ha pasado en tu trabajo, pero muchas veces, cuando estás muy metido en algo, no ves las cosas que estás haciendo mal. Cosas que hacemos mal los jugadores alguien puede verlas claramente desde fuera. Joan estaba preparado para escuchar consejos de una persona que no pertenecía al grupo, y aprender de él. Me sorprendió su humildad para preguntar a ese espectador sobre posibles cambios.
Años después, coincidisteis en el Zenit (curso 2019/20), pero por poco tiempo. Llegaste al club como director deportivo y él era el entrenador.
Él ya estaba ahí, sí. El club era un caos, y encima luego llegó el coronavirus. Estuve sólo dos o tres meses en el Zenit. El equipo estaba completado, y era un proyecto en transición. Los patrocinadores habían puesto muchísimo dinero, pero sólo con dinero no se puede tener un buen equipo de repente. Es un proceso, como siempre ha dicho Joan.
Faltó paciencia, llegó la pandemia y separamos nuestros caminos. Primero se separó el club con Joan, y luego conmigo. Fue una experiencia sin ningún sabor, ni malo ni bueno.
Vi un vídeo de 2021 en el que hablabas con Ricardo Uriz. Te habías apuntado al Curso de Entrenador Superior de baloncesto. ¿Sigues teniendo esa inquietud o ahora tienes la cabeza en otras cosas?
La sigo teniendo, más que nunca. Pero nunca más tomaré un cargo de director deportivo, o algo así. Sólo trabajaré en el parqué, a pie de pista. Pero no en cualquier sitio. Debería ser en un proyecto en el que se vea una idea clara de futuro, con una luz al final del túnel.
Donde estés a gusto y puedas trabajar a tu manera.
O para trabajar con algún entrenador bueno y aprender de él. Empecé el curso de entrenador con esta mentalidad y esta idea, pero al final… El baloncesto croata tampoco es el mejor sitio para empezar. Además mis hijos van creciendo y ya no son tan pequeños. Tengo la chispa y noto la falta de adrenalina, pero bueno, a ver lo que pasa. No estoy obsesionado con esto. Poco a poco. Como dije al principio de la entrevista, mi sueño se ha cumplido ya.
Si llega algo bien, y si no, tan contentos.
Eso es. Todo está bien. Estoy muy contento con la trayectoria que he tenido como jugador. Ese era mi sueño de niño, no ser entrenador.
De hecho, cuando jugaba odiaba a los entrenadores. Siempre pensaba que iban contra mí, y con el paso de los años, cuando superas los 30, entiendes lo que te decían en su momento. Cuando te calmas un poco y ves las cosas de un equipo desde diferentes ángulos… Esa madurez viene con la experiencia y con los años, pero no es fácil ser entrenador. Es mucho más difícil que jugar, aunque debería ser un proceso natural para mí.
Una curiosidad. ¿Qué hiciste justo después de retirarte como jugador profesional?
Al principio tuve la idea de ser agente, pero sólo duré cinco días. Estaba con un jugador, y al verme entre éste y un club, con subidas y bajadas de precio y sueldo, decidí que eso no era para mí. No quería estar en medio de las partes, con negociaciones de este tipo.
Tuve también otro tipo de ofertas. Me llamaron los Denver Nuggets para que fuese su scout en Europa, pero necesitaba un tiempo para mí. Tenía aquí mis negocios y estaba muy ocupado con ellos. El trabajo de ojeador implica estar cinco o seis meses fuera de casa.
Cuando te retiraste, ¿tenías la necesidad de desconectar o enseguida echaste de menos la competición?
No, no echaba de menos el baloncesto. Al final lo que menos me gustaba eran los entrenamientos. En Fuenlabrada llegué a un punto en el que entrenaba con un chico letón de 17 años, Rodijs [Macoha], y acababa frustrado. A mí me costaba calentar y entrar en la dinámica de la sesión, y este chaval llegaba y se ponía a tope en un momento. Me molestaba mucho verlo, ¿sabes? Iba cogiendo ritmo y temperatura de trabajo y acababa bien el entrenamiento, pero hacer esto cada día, cada vez con más esfuerzo para estar a la altura competitiva exigida… Es difícil.
Lo que sí echo de menos es todo lo que viene antes del partido, la preparación. Y el sabor que queda después de la victoria. Esos momentos en los que te sientes vacío físicamente, pero lleno porque lo has dado todo y el equipo ha ganado el partido. Eso sí que me falta.
Quizás también se echa de menos el trato diario con los compañeros de equipo.
Sí, sí, eso lo echo mucho de menos, aunque tengo un equipo aquí. Vamos a los torneos, jugamos, y bueno, sigo sin perder un partido [sonríe].
Intento cuidarme, aunque tengo mis fases. Entreno, hago pesas, corro, salgo a veces en bicicleta…

¿También tienes las llaves de un pabellón, como Dražen?
No, no [ríe]. Vengo a las 7 de la mañana y un encargado me abre. Soy uno de los primeros en llegar. Es lo que hago antes de mis obligaciones diarias. Debo estar bien físicamente, porque si dejo de entrenar, me duele todo: la rodilla, la espalda, la cadera… Pero cuando entreno, estoy bien.
Si ahora estuviesen echando por la televisión un partido destacado de tu carrera, ¿te pondrías a verlo?
Sinceramente, no me interesan los partidos que jugué en el pasado. Por ejemplo, no he vuelto a ver el partido entero contra Maccabi Tel Aviv del 2003. Podía ver un partido para analizarlo y detectar fallos cuando era profesional, pero ahora mismo no.
Por otro lado, tampoco quiero hablar mucho de baloncesto a mis hijos. No quiero poner presión sobre ellos, porque esta vida ofrece mucho más. Hay millones de opciones. Algunos hemos tenido el privilegio de jugar al baloncesto a buen nivel, pero cualquier trabajo es muy valioso si lo haces bien, más allá del dinero que tienes o ganas.







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Muchas gracias!