
Nació y creció en la época en la que todavía se jugaba a las chapas y los niños pasaban las tardes dándole patadas a un balón e imaginando porterías donde tan sólo había dos piedras. Pasaron los años y Quique Estebaranz (Madrid, 1965) pasó por el filial del Atlético de Madrid y se marchó sin llegar a debutar con el primer equipo rojiblanco en partido oficial. Aterrizó en el Racing de Santander, fue máximo goleador de Segunda División y se marchó a un Tenerife en el que se convirtió en ídolo local durante cuatro años y entró en la lista de «enemigos» del Real Madrid después de formar parte de aquel equipo que bajo la batuta de Jorge Valdano privó a los blancos de dos Ligas.
El atacante dio luego el salto al DreamTeam de Johan Cruyff, jugó a las órdenes de Luis Aragonés en el Sevilla y pasó por Extremadura y Orense antes de colgar las botas volviendo a sus orígenes en la Gimnastica Segoviana. Simpático, ocurrente y con un fino sentido del humor en consonancia con su memoria, repasamos una trayectoria repleta de anécdotas -algunas inconfesables- que bien merece la pena.
Madrileño.
No soy gato, gato, pues mis padres nacieron en Segovia y yo tengo mucha ascendencia allí. Nací en la Milagrosa, que a día de hoy no sé si es Chamberí o Salamanca, pero siendo ya muy crío nos trasladamos a la zona del Pirulí, que por aquel entonces ni existía. Aunque luego he visto algo en fotos, lo cierto es que no tengo muchos recuerdos más allá de que mi tío tenía un bar y nosotros vivimos en una especie de corrala hasta que nos trasladamos a la Dehesa de la Villa, por detrás de la Virgen de la Paloma, cuando tenía tres o cuatro años. Estuvimos allí hasta que ya tuve unos dieciséis, cuando nos fuimos a la Ciudad de los Periodistas, donde -quitando el intervalo futbolístico- he estado siempre. Curiosamente, la gente me dice que soy de todos los sitios menos de Madrid, pero qué se le va a hacer.
¿De dónde te viene la pasión por el fútbol?
Mi padre era taxista y mi madre bastante tenía con cuidarnos a cuatro hijos, uno de ellos impedido desde que nació y que falleció con treinta y tres años. Además, también tuvo que hacerse cargo de unos primos míos que se quedaron sin madre. Poca broma.
Ellos no eran nada futboleros, y eso es lo mejor que me pudo pasar. Mi padrino, mi tío Enrique, sí que sabía de fútbol, pero como aficionado. Ya con cinco años me vistió de blanco, el once a la espalda y cuando mayor siempre me repetía: «Tenías cinco años, pero ya se te veían cositas» (risas).
Él fue el único, pues ni a mis padres, ni a mis hermanos, ni a mis otros tíos les gustaba el fútbol. Eran otros tiempos, si tenías televisión era en blanco y negro, y prácticamente no se sabía ni qué equipos había. Siempre me acuerdo de «Estudio Estadio», con aquella música tan típica y una cabecera con primeros planos de jugadores saliendo al campo desde los túneles de vestuarios. Y uno de esos primeros planos era del Atlético de Madrid. Yo lo veía y pensaba «¡qué suerte!», pues ni siquiera lo veía como un sueño, sino con idolatría. Eran años en los que te entretenías con cualquier cosa y yo lo hacía con un balón de fútbol.
¿Y las primeras patadas?
Son en el colegio, en la calle siempre pendientes de que no pasaran los coches o esos terraplenes cercanos al Canal de Isabel II que ahora están llenos de edificios. Eran aquellos tiempos en los que se hacía una portería de la alcantarilla al bordillo. Cuando vivía en la Dehesa de la Villa, a la salida del colegio nos juntábamos para jugar y los pinos actuaban de postes.
Yo era de procedencia muy humilde y no tenía balón, así que tenías que verme jugando a las chapas de fútbol o de ciclismo en la terraza de mi casa, mientras esperaba para escuchar el bote de una pelota, asomarme y bajar. A veces eran niñas que estaban jugando a pasarse la típica bola de plástico y yo iba corriendo y las convencía para jugar al fútbol.
También tenías otro tío que era portero en una puerta del Santiago Bernabéu y te colaba en algunos partidos.
Sí, era el marido de una hermana de mi padre. Hablamos de escapadas puntuales y ni siquiera peticiones mías, sino ofrecimiento de mi tío en esos partidos a los que no iba tanta gente. Él estaba en las puertas y me subía a ver el partido al palco de las mujeres de los jugadores. Iba allí, no quitaba ojo y recuerdo algunos partidos como un 1-0 al Salamanca con gol de Velázquez. Pero fíjate lo que es la ingenuidad de un niño, que estaba atento a todo lo que pasaba sobre el césped y deseando llegar a casa para ver si en la televisión se emitía lo mismo que yo había observado.
¿Esos partidos en el Bernabéu te despertaron algún sentimiento por el Real Madrid?
No es ningún secreto: la zona norte era madridista. Se desconocía qué otros clubes había. Para los que teníamos mi edad, seis, siete u ocho años, te hablaban de Salamanca y pensabas: «Pues debe ser un país que viene a jugar aquí». Había mucha ignorancia. «¿Atlético de Madrid?, pues debe ser de Madrid, pero estará muy lejos». Estábamos muy encasillados, que yo ya tengo muchos años (risas). Era muy difícil moverte de tu zona y vivíamos alrededor de nuestro propio barrio. Nuestros únicos desplazamientos eran del barrio al pueblo para ver a familiares.
¿Cuál fue el siguiente paso?
Seguí jugando al fútbol en el colegio y en el barrio hasta que llegué al instituto Ciudad de los Poetas, que se creó en el barrio de Saconia, cerca del parque de la Dehesa de la Villa. Allí se formó un equipo de fútbol con los chavales que querían jugar y yo entré. Curiosamente, jugué contra Emilio Butragueño, que estaba en el Calasanz, aunque él tenía dos años más. De hecho, nos metieron un porrón de goles. Recuerdo que cuando íbamos a jugar al Calasanz, encima de una de las porterías estaba la bandera con el águila. Todo esto, para nosotros, era como ir a Abu Dabi, pues había que coger tres camionetas y se convertía en toda una aventura.
De ahí me fichó el Magerit, que es cómo se decía Madrid en árabe. Era un equipo que durante mucho tiempo había estado fidelizado al Real Madrid, entrenaba y jugaba en La Paloma. De ahí salieron Juan Señor, García Cortés, Pérez García… llegué con dieciséis años y entonces era un tirillas, un chaval con crecimiento ralentizado que casi no podía con el balón, normalmente un Mikasa. ¡Eso eran balones de verdad! ¡Quién hubiera jugado con Mikasa no tendría que haber hecho la mili!.
Sin embargo, aunque no estaba formado de todo, era delgadillo y no muy fuerte, se me daba muy bien regatear y tenía velocidad. En juveniles jugamos un partido contra el Barajas y vino un ojeador de la Federación Castellana a ver su portero, no a mí. Pues ganamos cinco a cero y los cinco goles los marqué yo.
Así que le estropeaste la carrera al portero del Barajas… (risas)
Sin lugar a dudas. No he vuelto a saber nada de él y no se me caerían los anillos por pedirle perdón (risas).
¿Y el salto al Atlético de Madrid?
El ojeador dio mi nombre y fui, junto a un grupo de jugadores que también habían elegido, a Cotorruelo, que es donde jugaban las inferiores del Atlético de Madrid. Allí nos enfrentamos al juvenil que comandaba José Armando Ufarte y donde estaba Arroyo u otros como Mendiondo, que luego fueron compañeros míos. Nos ganaron, pero le gusté a Ufarte y a la directiva del Magerit le llegaron dos ofertas por mí: una era del Real Madrid para que hiciera una prueba y otra del Atlético de Madrid para ficharme sí o sí.
Finalmente yo me decanté por la posibilidad de jugar en el Atleti, que le dio al club un saco de balones a cambio. Recuerdo que, además, mi madre pidió un chándal para mí. No un chándal del Atlético de Madrid, sino uno para el día a día. Esa fue la única pelea de mi madre como representante (risas) y ahí empezó mi trayectoria en el Atlético de Madrid, con unos diecisiete o dieciocho años.
Con ese juvenil del Atleti marcas un gol en el típico partidillo de entrenamiento contra el primer equipo y te llevas una bronca.
Muchos jueves, por la mañana, nos citaban para jugar un partido contra el primer equipo. Acuérdate de esa imagen de Estudio Estadio que yo tenía grabada en la cabeza con los jugadores saliendo de los vestuarios y llegando a ese mismo césped que yo estaba pisando en ese momento. Los titulares nos metían un carro de goles, los suplentes más todavía por las ganas que le ponían, y nosotros si nos acercábamos, era un milagro.
Hubo un día en que ya íbamos 9-0 y me quedé solo delante del portero. Y si me quedaba solo, había mucho porcentaje de que fuera gol o penalti. Ahí recuerdo que encaré a Abel, le hice un amago, lo regateé e metí el gol. Según marqué, me di la vuelta tranquilamente sin celebrar ni nada y ahí se me acercó él: «Eh, nene, a la próxima salta» (risas).
Después del juvenil pasas al filial. ¿Cómo es ese salto a un equipo que estaba en Segunda División?
Algo brutal. En aquella época el Atlético Madrileño estaba en Segunda División y el C en Tercera. Como nosotros habíamos sido una buena hornada en juveniles, pasamos varios futbolistas, unos cuatro o cinco entre los que recuerdo a Carmona, el mejor jugador que yo he visto en juveniles y luego se perdió.
Entrenábamos todos los días con el filial y éramos jugadores de aquel equipo a todos los efectos, ya jugaras luego en Segunda o Tercera. Yo, a Joaquín Peiró, que era el que entrenaba a aquel Madrileño, le gusté y jugué bastante. Eran partidos que se disputaban en el Vicente Calderón, así que te puedes imaginar lo que eso significaba para nosotros.
Estuvimos dos años en Segunda División, pero esa segunda temporada el equipo descendió a Segunda B, donde estuve otros dos años antes de irme. La primera campaña en Segunda B hice un temporadón con Eduardo Caturla de entrenador y al terminar es cuando llegó Jesús Gil a la presidencia de la entidad y fichó a Menotti como entrenador, Futre, López Ufarte, Eusebio…
Precisamente aquel verano de 1987, el equipo se marchó de pretemporada a Segovia, fuimos cinco jugadores del filial y tuve muy mala suerte, pues sé que le encanté a Menotti pero me lesioné en un entrenamiento preparando el primer partido de temporada con el filial. Tirando a puerta el mismo jueves di una patada al suelo y me jodí el ligamento.
Ovejero, que por aquel entonces era el entrenador, como buen argentino me decía: «Usted se va ahora y el domingo no le duele nada…» ¡Joder qué si me dolió! Tuvo que cambiarme a la hora de partido. Tardé en recuperarme bien dos meses y pico, estuve todo el año en el filial, en el primer equipo echaron a Menotti, yo terminé contrato, no me querían y me dieron la carta de libertad.
Casualmente, Jesús Gil también había echado a Ufarte, que había relevado a Menotti y no quiso apartar a algunos jugadores del equipo como él le había demandado. Él había sido el que pidió mi fichaje para el juvenil, también le había tenido de entrenador en el filial, y ese verano me preguntó que si quería marcharme con él al Racing de Santander.
¿No es un palo saber que el Atlético de Madrid no te quiere renovar?
¿Sabes qué pasa? Antes te decía que cuando era un niño, ni soñaba con ser futbolista. Cuando ya vas creciendo, subes y eres también internacional sub’18 ,sí que tienes alguna previsión de que puede hacerse, por lo que al decirte que no te quieren, te llevas un disgustillo, como cualquier jugador, pero es normal. Sin embargo, no me lo tomé de una forma drástica, pues sabía que al fútbol iba a seguir jugando. No sabía a qué nivel ni dónde, pero eso lo tenía claro.
¿No hubo una espinita por no llegar a jugar con el primer equipo?
Jugué un amistoso, pero no cuenta. Fue en las Margaritas, frente al Getafe y además marqué gol. ¡Pero claro que te queda! ¿Cómo no te va a quedar? También te digo una cosa, ¡me he resarcido con los veteranos…! Fue retirarme, y lo que he podido llegar jugar con esos colores no me lo quita nadie.
¿Hablaste alguna vez del tema con Jesús Gil años después?
Sólo me crucé con él en dos ocasiones. La primera fue cuando llegó al club, pues nos dejaron sin pagar cuatro o cinco meses, quisimos hablar con él, nos llevaron a su mesa presidencial en el Calderón y él entró con toda su presencia: «¡Eh, ¿qué cojones pasa aquí?». No me acuerdo de nada más y qué conseguimos, pero reunir nos reunimos (risas).
La segunda fue en el último partido de la temporada 1994-1995 en el Sánchez Pizjuán. Era un Sevilla, que entrenaba Luis Aragonés y se jugaba la UEFA, frente un Atlético de Madrid de Carlos Aguiar que se jugaba no bajar. Todo acabó con 2-2 y con el resto de resultados nosotros nos metimos en la UEFA, aquel partido estuvo arbitrado por Brito Arceo, al que yo ya conocía de mi etapa en Tenerife y fui a saludarlo al despacho que tienen los colegiados. En ese momento también llegó Jesús Gil a hablar con él, cuando me vio me felicitó muy cómo era él: «Hombre, Quique, felicidades joder».
Ese viaje de Madrid a Santander…
Llorando. Ya conocía la ciudad y sabía que era un lugar bonito porque había ido a jugar allí en época juvenil. ¡Además tuve la suerte de estrenar el nuevo Sardinero! Cuando fui para allá era un tres de agosto, recorrí cuatrocientos kilómetros con mi coche detrás del de Armando Ufarte y al llegar estaba todo lleno.
Tuve que buscar casa, pero no pude encontrar ninguna, así que estuve todo el año en casa de una señora divorciada con cuatro hijos que tenía dos pisos y alquilaba habitaciones. Yo fui el precursor de todo eso y otros jugadores que llegaron luego fueron hospedándose en las distintas habitaciones incluso cuando yo ya me había ido. Fue una especie de «semi-pensión» para jugadores del Racing que venían de fuera y ganaban poco dinero.
Pero vaya temporadón: máximo goleador de Segunda y casi lográis el ascenso.
Bendito año. Caí de pie en todos los sentidos: ciudad, equipo, jugadores… algunos de ellos a los que incluso había tenido en los cromos no hacía tanto, como Alba, Villita, Carlos o Verón. Fue una temporada maravillosa: era el niño bonito del míster, pero demostrándolo en el campo. En la jornada diez le hice cuatro goles al Barcelona Atlètic, dos jornadas después le hice tres al Castellón… fue el año del balón Mery, después de años usándose el Tango.
Y ese balón Mery me hizo… ¡buf! Metí veintitrés goles con dos meses de inactividad porque estuve ingresado por una infección de oído que me detectaron y casi me lleva al otro barrio. De hecho, llegó a estar un cura en el pasillo del hospital para darme la extremaunción. Aquel año estaba Pepe Mel marcando goles en el Castellón durante mi baja y yo pensaba: «Me cago en la puta, me lo va a quitar», pero volví y otra vez me puse a marcar: pum, pum, pum. Quedamos quintos a seis puntos de la promoción.
Tenerife.
Había firmado únicamente un año, pero por aquel entonces estaban los derechos de formación y promoción. Eso era una gran injusticia: el Atlético de Madrid, donde había estado cinco años, no me podía retener de ninguna manera y el Racing de Santander, por estar tan solo un año, podía exigir estos derechos, que eran 70 millones de pesetas de la época.
Si ningún equipo me quería, el siete por ciento de esa cantidad fijada, era para mí. Me quiso Osasuna, pero no estaba dispuesto a pagar tanto. Y el único que fue adelante y pagó esa cantidad fue el Tenerife. De hecho, en mí se gastaron más que en Felipe Miñambres, que fue el hombre del verano después de que pagaran su cláusula de rescisión a través del 1006/85.
Pero yo llegué de puntillas, que fue lo mejor que me pudo pasar. Mientas todo se hacía, Ufarte, el hombre, me apoyaba diciendo que estaba deseando que me quedara. Yo creo que le dijeron que estuviera tranquilo porque nadie iba a pagar y me iba a quedar, porque cuando finalmente el Tenerife ingresó el dinero para ficharme, él, que era todo corazón, le entrevistaron y reconoció: «Estoy muy enfadado, se va un grandísimo jugador con el que podríamos hacer grandes cosas». Él ha sido mi padre deportivo y le tengo un grandísimo cariño.
¿Si hubierais ascendido te hubieras quedado en el Racing de Santander?
Entiendo que si hubiéramos subido, al ser un equipo de Primera hubiera habido más ingresos y una mayor repercusión… pero son muchos «y sis».
Pasas cuatro años en Tenerife y la gente se acuerda de las dos Ligas que pierde allí el Real Madrid, pero en tus dos primeras temporadas el equipo lo pasa mal e incluso os jugáis un descenso a Segunda con el Deportivo de la Coruña en la promoción.
Llegamos allí y no había campos de entrenamiento, por lo que teníamos que ir al Puerto de la Cruz, que estaba a treinta kilómetros de distancia desde el Heliodoro. Bueno, no teníamos campos de entrenamiento… ni entrenador. Llegamos todos en pretemporada, hicimos el reconocimiento… e incluso hay una foto en la que está toda la plantilla al completo y no hay entrenador, pues Vicente Miera tardó en llegar.
Esa pretemporada nos concentraron en el hotel Maritim, que estaba en el Puerto de la Cruz y nos quedaba más cerca para poder ir a entrenar y no tener que ir todos los días desde Santa Cruz, aunque una vez comenzada la temporada sí que tuvimos que hacerlo. Además, no había apenas instalaciones, entrenábamos en el propio campo, la hierba era muy gramosa, gruesa, enredada… no fue fácil.
Fue un año complicado, pero al final es una experiencia, porque en la vida hay que aprender de todo. Éramos un equipo de Primera División que teníamos que pedir a los de Tercera que nos dejaran entrenar. A todo esto hay que unir que se habían creado unas expectativas gigantescas por los fichajes que se habían realizado: Felipe, que iba a ser Neymar y yo, que iba a ser Leo (risas). También vino Francis, el central del Castilla y Español que era de allí de Tejina, Manolo Hierro, Salmerón…
Empezamos la Liga y fue un sí pero no. En aquel equipo estaba el gran Rommel, que en paz descanse, Guina, que ya tenía más de treinta años pero un envío de balón tremendo, el marroquí Moulay El Ghareff… y luego un Vicente Miera que a lo mejor era más metódico de cara al juego y chocó porque allí había una especie de alma de juego a lo «tinerfeño».
No se dieron unos resultados muy favorables y él terminó cesado. A mí, personalmente, me usaba más de revulsivo y, de hecho, la primera victoria en aquella Liga se produce porque yo salgo contra el Oviedo a falta de quince minutos y desvío una falta de Guina para el 2-1. Cuando eres futbolista, siempre quieres jugar, aunque cuando luego eres entrenador y ves que un jugador no te aguanta tanto los noventa minutos, valoras que te da más rendimiento cuando el otro equipo está cansado y él, fresco.
Pero eso tú no lo quieres ver y lo que deseas es estar los noventa minutos sobre el césped aunque desde el sesenta estés muerto. Pero yo con don Vicente, el míster, siempre me he llevado fantásticamente.
Xabier Azkargorta.
Él llega cuando echan a Miera y empiezo a entrar más, aunque con Vicente también lo hiciera. El resultado final es que los máximos goleadores de aquella primera campaña fuimos Rommel Fernández con diez goles y Quique Estebaranz con diez goles. ¿Un dato curioso? Rommel ocho goles de cabeza y dos con los pies, y yo justo al revés.
Ese año jugamos la promoción de descenso contra el Deportivo de la Coruña, empatamos a cero en Tenerife y ni nosotros mismos dábamos un duro para el partido de vuelta. La semana que hubo entre los dos partidos fue complicada, a todos los niveles, pero al final logramos sacar el partido de Coruña gracias al gol de Eduardo Ramos y al marcaje que le hizo Isidro a Fran, que ya empezaba a ser el gran Fran González.
¡Rommel! Qué recuerdos…
Había sido boxeador, de ahí que tuviera el cuello que tenía y un porte atlético extraordinario. Con los pies no le podías pedir tanto, pero de cabeza era letal e incluso recuerdo jugadas de ir a rematar un centro lateral y ver sus piernas a la altura de mi nariz.
¿Cómo te enteras de su muerte en 1993?
Fue un hostión. Me enteré por Mayte Castro, una periodista habitual en los entrenamientos del equipo y referente en Tenerife, que me llamó por teléfono cuando él se estrelló con el Celica. Luego, con el paso de los años tuve la suerte, aunque ya hace tiempo, de jugar un Barça – Real Madrid de leyendas en Panamá e ir ambos equipos al cementerio donde estaba la tumba de Rommel Fernández para rendirle homenaje. Para mí fue una satisfacción poder visitar la tumba de un grandísimo jugador, una persona sensacional y también un pedazo de escudo del Tenerife.
Esa promoción contra el Deportivo fue salvar una pelota de partido.
Tras eso, comenzó una nueva temporada y se decía: «No vamos a tener las expectativas tan altas, aunque tampoco tienen que ser bajas». Pero, ¿qué pasó? repetición de la jugada. No porque no me pusieran, sino porque empezamos mal, se hicieron una serie de fichajes que aparentaban muy buenas maneras y no fue así, y se volvió a lo del año anterior, por lo que se fichó al Indio Solari. Con él hubo una recuperación, terminó la temporada y otra vez lo mismo.
En aquellos entrenamientos con el Indio aparecía un niño pequeño que luego fue futbolista.
Junto al Indio Solari estaba su hermano Eduardo, como segundo, que era el padre de Santiago Hernán. Cuando nosotros acabábamos de entrenar en el Heliodoro y estábamos por ahí estirando, Eduardo se iba con su hijo a la otra esquina del campo y allí ya tenía unas picas y unos conos preparados y ponía al chavalillo a hacer conducciones y de todo.
Recuerdo que la primera vez que lo vi algunos años después de retirarme, me acerqué y le dije: «Hombre, Santiago Hernán Solari, el sobrino, que no hijo, del Indio Solari». Él se me quedó mirando, porque yo ya estaba mayor y tal vez no me reconoció, así que le pregunté: «¿No sabes quién soy?». Cuando le comenté que era Quique Estebaranz no me dejó ni terminar: «¡Quique, cuánto tiempo!». Un gran tipo.
Tuviste un programa de radio en Tenerife.
Sí, y con un nombre muy original que puse yo mismo: «A ‘Quí qué’ pasa». Eran los lunes de 17 a 18, tuve diez programas y me dio la oportunidad de entrevistar a varios personajes como Caco Senante o Miguel Gila, que era mi ídolo. Fue en Onda Cero y cuando me ofrecieron dinero por hacerlo yo tan solo les dije que a qué ONG se lo iban a dar, porque yo no quería nada. Ese dinero fue finalmente para un orfanato al que le hacía falta y acabamos todos encantados.
Fernando Redondo.
Un auténtico profesional. No hace falta que diga lo jugadorazo que era, pero le costaba ese ejercicio físico defensivo, porque obviamente era muy ofensivo. En el Real Madrid luego no le hizo falta y él se comía todo. Personalmente tenía un trato muy cercano, aunque esa pose de uno noventa imponía. Era un tío que no ha necesitado del fútbol para vivir, muy educado, transgresor en cuanto a la moda con su estilismo y muy buen tío.
En su etapa en el Real Madrid todos decían que era uno de los líderes del vestuario.
Él llegó a Tenerife muy joven y a lo mejor era más comedido. Seguramente aleccionado por el entrenador, más lo que él se pudiera imaginar, adoptó la postura de ser uno más al principio. Como reza el dicho: si el hombre tiene dos ojos, dos orejas y una boca es porque tiene que mirar y oír dos veces antes de hablar…y él era muy tranquilo en ese sentido.
Recuerdo que su primer entrenamiento lo hizo conmigo, yo no sabía ni cómo ni quién era y tenía que pasarle la pelota para que él me encarara mientras yo salía a su encuentro para intentar quitarle la pelota a fin de evitar que él regateara y marcara gol.
Cuando le tiré la pelota, me di cuenta que era zurdo igual que yo, así que pensé que intentaría irse por la izquierda, pues los zurdos somos muy zurdos y nos cuesta mucho irnos por la derecha. Le pasé la pelota, él iba haciendo ese amago suyo tan típico con la pausa infinita, intentó irse para la izquierda, le dejé el pie y se la quité. Fue la única vez que le robé el balón.
Felipe Miñambres.
Deberían poner su cara en el escudo del Tenerife. Nosotros llegamos juntos y además de ser grandes amigos desde el principio y ser un gran profesional, lo dio todo por el club. No digo que los demás no, pero no durante tanto tiempo y en todas las facetas.
¿Quién era tu compañero de habitación?
Por aquel entonces nacen las Nintendo y depende de con quién quisieras jugar te cambiabas a una habitación o a otra. No había nada estipulado, no había obligación y teníamos libre elección. No siempre éramos los mismos y haciendo un repaso mental rápido creo que he estado con todos o prácticamente todos los compañeros en alguna ocasión.
Agustín llega en 1990 con 31 años y después de toda una vida en el Real Madrid.
Por aquel entonces, cuando íbamos a la península veíamos algunas películas y a mí me encantó Terminator 2. Me volvió loco. Creo que se lo comenté en las vacaciones de Navidad de 1991 y tres días después abrí mi taquilla y encontré un paquete dentro. «¿Y esto?», le pregunté. «Para ti, subnormal», me respondió así como era él. Y cuando abro el paquete me encuentro la película en VHS, que era la hostia. Él se llevaba muy bien con todos, y de hecho, cuando había que calentar el vestuario en alguna ocasión él era uno de los que lo hacía.
Él organizó la comida previa a la destitución de Indio Solari.
Ya habíamos tenido más comidas, pero eran más de equipo y en este caso fue distinto. Él nos pidió que fuéramos todos a su casa a comer y cuando terminamos y nos estábamos marchando, nos expresó las cosas cómo tenían qué ser: en petit comité, pero a la cara y para dentro. Es un tío cojonudo y yo me llevo muy bien con él. Por aquel entonces tenía un perrazo, un gran danés y él le llamaba: «¡Eh, Ringo!», así que cuando le he visto años después sí que le he dicho yo a él: «¡Eh, Ringo!» y le he sacado una sonrisa.
Tras Solari Llegó Valdano, sin experiencia en los banquillos.
Cuando él llega, rompe con todo. Y cuando digo que rompe con todo no digo que traumatizara de ningún modo, sino que rompió los moldes de todo lo previamente establecido y que ya conocíamos. Lo hizo todo de una manera brillantísima para, además, ganarnos cuanto antes.
En lo único que se puso, afortunadamente, muy cabezón y de manera innegociable fue con el 4-4-2 con achique. Nosotros veníamos de estar en la cueva con un 5-4-1 y, de repente, no es que nos dijera que dábamos un paso, sino que íbamos a por los rivales. Y con convencimiento.
Recuerdo aquellos Tenerife – Sevilla con la guerra de estilos entre Valdano y Bilardo de un año más tarde.
Si te digo la verdad, Jorge no tenía más ganas de ganar a Bilardo que a cualquier otro equipo. Él era menottista, vale, pero había ganado el Mundial con Bilardo y también ha dicho que recibió buenas lecciones de él.
De hecho, Valdano contaba aquella situación en la que los jugadores de la selección argentina se estaban quejando de que estaban cansados porque el entrenamiento se estaba haciendo muy largo y al día siguiente Bilardo les despertó a las cinco de la mañana, les metió en el autobús para llevarlos a una parada de metro y allí fueron testigos durante una hora del ir y venir de trabajadores para iniciar su jornada laboral.
Después de un rato, el entrenador les explicó: «Esta gente sale de casa cuando sus hijos todavía están durmiendo y vuelven cuando sus hijos ya están durmiendo, así que no me vuelvan a decir que un entrenamiento es largo».
Con esto te digo que yo creo que todo el revuelo que se pudiera armar fue más un tema mediático que real. Precisamente a este respecto me viene a la cabeza que en pretemporada jugamos un partido contra México, que en aquel momento lo llevaba Menotti y ahí Valdano soltó una cosa muy buena, para no variar: «Vamos a jugar contra la vaca que nos amamanta».
En uno de sus primeros encuentros con él ya os dejó marcados.
Paró el entrenamiento. Después de explicarnos un poco el achique, nos organizó para un partidillo once contra once y no duró ni cinco minutos. Nos advirtió que así no íbamos a ningún lado: «Váyanse a casa y vengan mañana con otra actitud». A partir de entonces fue un cambio radical y un rasgo predominante de aquel equipo.
¿Como vuestra primera charla?
Cuando llegó al Tenerife, él fue hablando con todos y a mí me dejó para el final. En aquella charla, él me señaló: «Quique, eres la mejor zurda de Europa». Esto fue el sábado y yo todavía no conocía bien a Jorge, por lo que no sabía muy bien qué pensaba él realmente y si era un mensaje vacío. Sin embargo, el domingo vi publicado lo mismo en los periódicos, por lo que ya se lo había dicho a ellos incluso antes. «A mí ya me ha ganado para toda la vida», pensé. Y con cada uno de nosotros tuvo un detalle así.
El inicio de la resurrección fue un 2-1 con el Valencia.
Él llegó un martes y, como te decía antes, en apenas unos días se rompieron los moldes, lo que supuso una motivación para nosotros. En la semana previa al Valencia, el mensaje era: «Vamos a por ellos». ¿Cómo vamos a ir a por ellos, si son el Valencia? Quique Flores internacional, Fernando internacional, Penev, Giner internacional, Camarasa internacional, Voro… era un equipazo y nos lo comimos.
Sobre todo en la primera parte, nos los comimos. En el descanso estábamos desmayados, con chiribitas en los ojos y sin visión periférica. Ahí es cuando llegó Ángel Cappa, que era tal para cual con Jorge Valdano, y se nos acercó para advertirnos: «sentirse cansado no es estar cansado», que era una frase del doctor Oliva en aquella selección argentina de Menotti que logró el Mundial de 1978. Ese partido ante el Valencia lo tengo como una de las mayores angustias, y a la vez satisfacciones, de toda mi carrera.
En los días previos hablé con Jorge, me pidió que me sacrificara y me puso de interior izquierdo en aquel 4-4-2. No te imaginas el cambio que se produjo en mí desde el martes en que él llegó hasta domingo, cuando tengo enfrente a Quique Flores antes de empezar y pienso: «La que te espera, macho».
Ese es el estado emocional del fútbol. Te voy a decir algo: ninguno de los que estuvimos allí nos habíamos sentido antes, ni nos volvimos a sentir después, más jugadores que aquellos ocho partidos de la 1991-1992 y la temporada 1992-1993. Era un ejemplo de derroche y solidaridad. Peleábamos unos por otros. El achique constituye un sacrificio para primero el que va a robar y no la roba, pues es el que muere para que robe otro. Sin embargo, nosotros nos matábamos por ser ese que iba el primero. Mira, se me ponen los pelos como escarpias.
Después del Valencia, llega un Barcelona que peleaba por la Liga y también ganáis. ¿Lo llegasteis a pensar?
Jorge nos llenó de convencimiento. Sí a mí Jorge me decía que me tirara a un pozo, yo sólo preguntaría si de pie o de cabeza.
Así, el equipo llega al último partido de Liga salvado y enfrentándose al Real Madrid.
Algo nuevo para mí, no sé qué contar (risas). Siempre con simpatía, pero cuando los aficionados del Real Madrid me dicen: «Nos jodiste una Liga en Tenerife», les respondo: «No, no, fueron dos».
¿Cómo fue aquella semana previa para vosotros?
Terminamos el partido ante el Sporting de Gijón, en el que logramos certificar la salvación, y pensábamos que ya iba a ser todo más tranquilo, pero para nada. En esa semana previa en la que nos enfrentábamos al Real Madrid vi más periodistas acreditados que en los tres años que había pasado en el club: en cada entrenamiento, pidiendo entrevistas a los jugadores…
Desde el lunes, Jorge nos señaló que había que abstraerse, pero era imposible, porque la prensa te llamaba incluso a tu casa. Todo tomó una dimensión que ninguno de los que lo vivimos podemos explicar.
¿Cuáles fueron los mensajes de Valdano durante esa semana?
De mucha tranquilidad. Él era el más tranquilo e intentaba que nos aisláramos, pero nosotros aunque también estábamos tranquilos éramos conscientes de lo que estaba pasando. Aunque no quisieras, te lo encontrabas: cuando salíamos de entrenar estaba lleno de aficionados, el trato con los periodistas era más cercano que ahora e incluso veíamos como una falta de respeto si no les atendíamos.
Mi resumen final es que acabamos ganando el Oscar al mejor actor secundario. Quisimos salir como siempre, pero lo hicimos atontados por todo lo que había pasado durante la semana. Cuando uno va a jugar un partido, siempre tiene un gusanillo en la previa, pero aquel día yo tenía una anaconda.
Era como esos sueños en los que quieres correr y no avanzas. El equipo estaba agilipollado y en vez de 0-2 el partido podría haberse puesto con una diferencia superior. «¿Dónde está el equipo de los siete partidos anteriores?», pensaba yo. El gol de Hierro, la salida de Agustín con la lesión y que nada más entrar Manolo le meta el zurriagazo aquel Hagi… lo normal es que nos viniéramos abajo no, lo siguiente.
Pero llegas tú, haces una genialidad para el 1-2, el equipo despierta y ganáis 3-2.
Se me metió el diablo en el cuerpo. Es verdad que esas jugadas yo las hacía muy bien y me salió impecable. ¿Pero tú te crees que yo sé dónde estoy cuando hago así con la pierna? No sabía ni donde estaba la portería. Y quien te diga lo contrario, si no es Leo Messi, miente. Así de claro.
De hecho, esa jugada es muy parecida a la que solía hacer Leo Messi.
Eso es lo que digo muchas veces. ¿Tú sabes que yo empecé a jugar a pierna cambiada en el Madrileño para no aguantar a Tomás Reñones en los partidillos de los jueves contra el primer equipo? Le decía a Carmona, del que hablábamos antes, que se fuera al otro lado para que a mí me tocara con Clemente, que era una madre (risas).
Es muy recordada la imagen tuya abrazándote a Míchel al final del partido.
Si ves vídeos míos, al acabar yo siempre saludaba a todo el mundo. Y en ese partido, lo que hice fue ponerme en su pellejo. Me daba igual que fuera el Real Madrid o hubiera sido el Atlético, el Barça o el Cádiz. Sabía que estaban viviendo un momento jodidísimo y, si ya de por sí saludaba a todo el mundo, ¿cómo no lo iba a hacer aquel día?
El que estuvo vivo fue el fotógrafo, porque me despedí uno por uno y hay otra por ahí en la que estoy con Sanchís. No fueron ganas de llamar la atención ni nada similar, pero es verdad que, desde entonces, cada vez que hay un final de Liga apretado o sospecha de maletines, sale la foto mía con Míchel.
¿Y las primas?
¡Como coja al que se quedó con mi parte le parto la cara! (risas).
Al año siguiente cambia la historia: el Real Madrid se juega la Liga, pero vosotros entrar en UEFA.
Teníamos todo más asentado. Fíjate en esto que te cuento: el año anterior, la pretemporada con Solari la habíamos hecho en Cervera de Pisuerga, una estación de invierno de donde salimos hechos unos marines. No veíamos ni el balón de las palizas que nos dieron e incluso hubo una tarde que sólo quedaron vivos Julio Llorente, por animal, y Antonio Mata, ya que todos los demás ni pudimos acabar el entrenamiento por las molestias que teníamos.
Al año siguiente, volvimos de vacaciones ¿y dónde nos toca la pretemporada?… en Cervera de Pisuerga. ¡Pues no vimos el monte! Todo fue balón, balón, balón y algunos días de entrenamiento más físico con Giráldez. Además, ese verano se fichó a César Gómez, fundamental en esa telaraña, o Diego Latorre, que fue un fichaje más de Ángel Cappa que de Jorge Valdano.
Eso provocó que durante la temporada, con todos más adaptados a la idea, se diera todo tan fantásticamente bien. Éramos muy buenos y ese año teníamos de todo: individualidades, colectivo, sacrificio, solidaridad, ejecución… Jorge se refería a la actitud y siempre nos decía: «En un duelo, admitimos cualquier arma, ya sea un florete o un mísil», pues insistía en que nuestra actitud debía ser la misma independientemente de cómo jugaran los demás. Y eso nos encantaba.
Antes de ese partido contra el Real Madrid tú ya estabas fichado por el FC Barcelona. De hecho, te llamó Johan Cruyff.
Yo era muy extrovertido y solía hacer muchas bromas. Por ejemplo, cada vez que salíamos fuera de Tenerife y estábamos en el aeropuerto todos con nuestro chándal del equipo, me acercaba a la Guardia Civil que estaba en los arcos detectores de metales y les decía que cuando se acercaran los aficionados o los periodistas iba a hacer el sonido de la máquina. Entonces, me ponía de espaldas un poco retirado y, cada vez que pasaba uno, yo hacía «piiii». La Guardia Civil no les decía nada, pero ellos se volvían hacia atrás una y otra vez para volver a pasar.
Esta no era la única, pues hubo una que aprendí de Pedraza cuando coincidimos en el Racing y que hacía en los hoteles: cogía un vaso e imitaba la voz de megafonía para llamar a recepción a los directivos cuando estábamos comiendo. «Atención, llamada telefónica para el señor tal, acuda a la recepción» (imitando el sonido). En el Marsol de Gijón hice bajar a tres directivos del Tenerife y Vicente Miera me decía: «Para ya, para ya» (risas).
¿Qué te quiero decir con esto? Pues que era muy bromista, como veinte días o un mes antes habíamos estado jugando en Barcelona y al ir la zona en la que estaba el autocar del equipo vino Ángel Vilda, preparador físico del Barça para saludarme. Me pidió el teléfono porque a lo mejor iba a Tenerife y así podía aconsejarle sobre sitios, etcétera.
A mí ya se me había olvidado el tema cuando pasa el tiempo y me llaman por teléfono. No era como ahora con los móviles en los que te pone el número ni nada de eso, sino que era la época de los fijos, así que cuando descolgué y escuché: «Hola, ¿es Quique? Soy Johan, de aquí de Barcelona» (imitando perfectamente la voz de Johan Cruyff, ndr), me vinieron a la cabeza todos los jugadores, directivos o periodistas que podían estar llamando para vacilarme, así que colgué.
Pasaron dos o tres minutos cuando volvió a sonar el teléfono y en esa ocasión era Ángel Vilda: «¿Qué tal, Quique? ¿Sabes que al que acabas de colgar era Johan?». «Bueno, pues si había un interés ya me puedo ir olvidando, ¿no?», respondí.
También te llamó Fernández Trigo, en este caso para el Real Madrid.
Sí, pero estaba decidido a irme a Barcelona. Estaba loco por descubrir qué era eso del Dream Team. En aquella época no había plataformas y sólo había partidos televisados los sábados. Si no jugaba el Barça, pues muy bien, se jugaba al fútbol; pero cuando lo hacían ellos era otra cosa. Yo no veía fútbol.
Era feliz no viendo fútbol, y aunque sí me tragaba el Estudio Estadio no solía ver los partidos del sábado por la noche. Pero si jugaba el Barça, ni cenaba. Así que cuando me llamó Johan, tan solo me faltó: «¿Cuánto tengo que pagar por jugar allí?». Un par de meses después de aquel telefonazo de Cruyff fue Fernández Trigo el que me llamó y yo no sabía ni que contarle, porque tampoco quería desvelarle que había firmado con el Barça. «Bueno, no sé, es que…», le dije. «Vale, vale, Quique, no te preocupes», me respondió. Y evidentemente, no volvió a llamar y lo entiendo perfectamente.
El salto de compartir vestuario con aquel Dream Team debió ser brutal.
Yo era bueno en Tenerife, hacíamos muchos rondos y lo hacía bien… pues en Barcelona era una mierda (risas). No era el rondo concretamente, sino el juego de posición. Que me perdonen los eruditos, pero para resumir se trataba de una especie de rondo siete contra cuatro en una superficie rectangular un poco más estrecha que una pista de pádel en la que se colocaban tres en el centro como comodines – Rexach, Cruyff y Guardiola, Eusebio o Amor– que iban con los cuatro de fuera. Luego estaban los cuatro del medio para robar y si lo hacían cambiaban las posiciones con los de fuera, pero todo muy dinámico.
Comienza la pretemporada, vamos al Camp Nou, una pachanguita, foto oficial, comida en el Princesa Sofía y viaje a Holanda. El día siguiente, primera sesión física a las ocho de la mañana y técnica a las once, momento en que aparecen todos los periodistas. Me llevan a un córner y allí estaba la pista para el juego de posición: Charly, Johan y Guardiola en el centro y Laudrup, Koeman, Stoichkov y Goico fuera.
Los otros cuatro: Romario, Iván Iglesias -que también había fichado-, Ekelund y el menda. Es decir, tres nuevos y un chaval del filial contra esas cuatro barbaridades. No se la quitábamos ni con la mano. Y mientras tanto, todos los periodistas tirando fotos. Y ellos, inmisericordes. Era una manera de decirnos: «¿Os creíais buenos? Mirad lo que es ser bueno». ¿Cómo podía ir un balón a esa velocidad en un espacio tan corto? Fue una humillación total para que viéramos donde estábamos, los que nos faltaba por aprender y ponernos los pies en el suelo.
¿Y cómo se digiere esto?
Al llegar nos designaron a una especie de padrinos. A Romario le pusieron a Bakero, el de Iván creo que era Amor y el mío, Txiki. Y él fue el que me explicó: «No te preocupes que todos hemos pasado por esto, nos costó un tiempo pillarlo». Nos debió ver una cara de desesperados increíble, como diciendo: «¿qué hago yo aquí?, si había venido para disfrutar».
Me comentaba Luis Cembranos que en los entrenamientos Cruyff era uno más.
Mira, a Charly todavía podía robársele algún balón, pero a Johan era imposible. Aparte que él no empataba nunca. En los rondos normales, cuando el balón pasaba entre los dos, él te miraba y tenías que meterte dentro.
Estás tan solo una temporada allí.
No jugué tantísimo, pero fue un año increíble. Participé en la remontada contra el Dinamo de Kiev y con un buen papel en aquel cuatro a uno. ¡Qué manera de jugar! Aquel día Romario no marcó ningún gol, pero estampó tres balones contra el poste. Era fútbol total, qué manera de divertirse. Acuérdate que te decía lo que tenían que trabajar los delanteros en el Tenerife, pues en el Barcelona me decían que no bajara. El pobre Chapi Ferrer en el lateral derecho se lo tenía que currar todo y no querían que subiera a doblarme.
Es hablar de Romario y me viene a la cabeza la cola de vaca.
¿Te puedes creer que no la hizo ni una sola vez, ni en un entrenamiento, hasta aquel 8 de enero? Todos los días, antes de que nos cogiera Ángel Vilda para entrenar, hacíamos mil malabarismos, pero el tío nunca lo probó. La lambretta que luego hizo Djalminha contra el Real Madrid sí que la realizó alguna vez, aunque luego no la intentó en ningún partido.
¡Vaya temporada hizo! Aunque se escribieron ríos de tinta sobre sus salidas nocturnas.
Ni bebía ni fumaba, doy fe. Pero le gustaba salir y lo necesitaba. Eso lo ha dejado él bien claro durante toda su carrera: futvóley, playa, volver a las dos de la mañana… Si preguntas a cualquier jugador el día de su presentación que cuántos goles va a marcar, seguro que contesta con evasivas diciendo que lo importante es el equipo, que ojalá sus tantos valgan para sumar puntos… él no dudó: «Treinta». Y treinta que marcó. Tengo muchos recuerdos con él y jugábamos bastante a los dados, a un juego llamado truco, que a él le encantaba.
Pero a ti, el que te enamoró fue Laudrup.
El mejor futbolista con el que he jugado. He estado con grandes futbolistas, pero ninguno como él. Yo he visto a Laudrup irse en un entrenamiento del mejor Sergi y el mejor Chapi, a la vez.
Hristo Stoichkov.
Hubo un partido frente a Osasuna que acabamos ganando 8-1, yo salí en la segunda parte y marqué el sexto después de quedarme solo con el portero y resolver. Cuando lo estábamos celebrando, vino Stoichkov a decirme: «Dásela a Romario». Y me echó una buena bronca.
Y otra Liga en el último minuto. ¿Cómo se viven esos instantes del penalti de Djukic?
Busquets era el portero suplente y estaba escuchando el partido del Dépor en la radio. No había prohibición ni nada parecido y él nos iba comentado lo que pasaba allí. Cuando pitaron el penalti a favor del Deportivo de la Coruña, todo el Camp Nou estaba ya pendiente de lo que ocurría allí porque nosotros ya íbamos ganando cinco a dos al Sevilla.
De hecho, el quinto gol de Bakero ni se celebró. Todo el campo estaba coreando el «campeones, campeones» cuando, de repente, hubo un silencio brutal y pregunté: «¿Qué ha pasado?». «Penalti», me respondió. Uf, yo ya pensaba que se nos iba cuando de repente se escuchó aquel estruendo. No me enteré del fallo por Busi, sino por cómo se levantó todo el campo a la vez y ese grito. Increíble.
Levantáis el título de Liga, pero llegáis a Atenas y el AC Milan os pasa por encima en la final de Champions.
Una derrota en toda regla. Nosotros ganamos la Liga y tuvimos una minicelebración hasta la una de la mañana, que era cenar en el Princesa Sofía y cada uno a su casa, pues el lunes viajábamos a Atenas. Llegamos allí, estuvimos recuperando porque veníamos de jugar poco tiempo antes, el martes tuvimos el entrenamiento previo y el miércoles ya jugamos.
Fabio Capello, sin embargo, les tenía concentrados desde quince o veinte días antes. De hecho, ese fue un hecho muy importante para que se diera unificación de calendarios y todas las ligas terminaran a la vez.
¿Qué suena a excusa? Pues no es así: nos pasaron por encima y pese a que tratamos de hacer algo nos fue imposible. Yo jugué un rato al final, hice un par de jugadas y además casi dejo a Maldini sin Mundial porque me resbalé en el único charco que había y le di un golpazo sin querer. Fueron muy superiores. Sin paliativos. Hubo un detalle espectacular por parte de ellos, y es que antes de empezar el partido, nos vino un paquete a cada uno y dentro había una especie de Rolex con el sello del Milan, precioso. Si me preguntas ahora que dónde está, no lo sé, pero era un reloj sensacional y un gran recuerdo.
Laudrup no jugó mucho en aquella Champions y en la final no tuvo ni un minuto.
Koeman, Stoichkov, Romario y Laudrup. Casi nada. Es que no eran tres buenos y un cojo. ¿Qué vas a hacer? Eran unas circunstancias en las que si Dios decía eso, era palabra de Dios. Los periodistas decían que si durante la semana en Mundo Deportivo o Sport aparecía uno de los cuatro extranjeros más que Johan, no jugaba el fin de semana, aunque no sé si creerlo. Imagino que serían bulos que se iban soltando.
¿Y por qué te vas del Barcelona?
Terminó la Liga, se fueron algunos jugadores importantes como Zubizarreta o Laudrup y a mí me comentó Johan que me podía quedar sin ningún problema, pero que lo que no podía asegurarme era que me fuera a dar partidos. Eso, en él era una invitación educada para marcharte.
Yo le insistía para preguntarle qué quería decirme con eso de que no podía asegurarme minutos, pues tampoco había tenido tantos durante la temporada anterior (risas). Él, muy cariñoso, me expuso que no podía darme ningún consejo, pero que la situación era esa.
Por otro lado, en Sevilla estaba Luis Aragonés, que me quería casi imperiosamente. Además, de ir a un gran sitio, allí me iban a dar un poco más de dinero del que cobraba en Barcelona e iba a firmar un contrato por una temporada más de la que tenía. Por otro lado Joan Gaspart también me ayudó dejándome las cosas claras y en una conversación me señaló: «Ya conoces a Johan. Tenemos unos fichajes en curso -creo que llegaron Escaich y Eskurza que eran un poco de mi perfil- y es un riesgo que puedes tener para no jugar». Blanco y en botella, así que me marché. Yo no soy un tío polémico y no quería quedarme sólo por cabezonería.
Ese año 1994 es el recordado Mundial. Clemente te había convocado en algunas ocasiones, pero no te llevó a Estados Unidos.
Dejé de jugar tanto en el último tercio de Liga y al final el seleccionador se llevó a Juanele, que lo estaba haciendo bien en el Sporting de Gijón. A Clemente siempre le estaré muy agradecido por lo que confió en mí, aunque yo pienso que me llevaba porque creía que Estebaranz era vasco (risas).
Hablando en serio, a mí él me llevó estando en el Tenerife y luego siguió cuando fiché por el Barça. Estuve en cinco convocatorias y jugué tres partidos. La última convocatoria fue contra Dinamarca en noviembre, y de ahí hasta mayo o junio no jugué mucho en el Barcelona y tomó esa decisión. Era una persona franca y directa. De esas que la gente o ama u odia. Y yo lo único que puedo hacer es darle las gracias por llevarme a la selección.
No sé las palabras exactas, pero la primera vez que me seleccionó, estando en el aeropuerto de Barajas me acerqué para agradecerle la convocatoria y él me respondió: «Pues ya sabes, a achuchar, como todos». Siempre que lo veo tenemos una gran relación. Obviamente, ahora nos reímos más, aunque antes también lo hacíamos. Sin la risa no sé vivir, aunque hay momentos en que se puede usar más que en otros. Y él me agradecía que yo estuviera haciendo grupo. «Yo hago grupo, pero luego me pones…», aunque eso no lo firmaba, no (risas).
Otro técnico con personalidad es Luis Aragonés, con el que te encuentras en Sevilla.
Cuando llegué a Sevilla el equipo ya estaba de pretemporada en Sancti Petri. Recuerdo aterrizar el primer día, comer con Luis Aragonés, echarme la siesta y empezar a entrenar. Nosotros ya nos conocíamos de mi etapa en el Madrileño. Ufarte había sido la mano derecha de Luis durante toda la vida e incluso vivían pegados en Alcobendas.
¿Nunca te explicó por qué no te había dado minutos en el primer equipo cuando estabas en el filial?
No, pero sí que es una buena pregunta y a lo mejor Armando (Ufarte) lo puede saber. ¡Y nunca se lo he preguntado! Al final, yo con haber sido futbolista…
¿Cómo era el Luis entrenador?
Duro, seco. Él bromeaba con la cara seria, y eso es difícil de cojones. A la vez, era una persona muy respetuosa y, dicho con todo el cariño, fraternalmente irrespetuosa, como hemos visto en algunas imágenes. Eran otros tiempos, otras actitudes, otros caracteres y Luis era el padre-abuelo de todos, jugaras o no jugaras.
Todo el mundo sabía que él no se casaba con nadie, tenía su idea y te la dejaba clara, mientras que otros no lo hacían. También era muy exigente físicamente y a mí eso me mataba, pues además venía de una etapa en el Barça en la que no se ponía tanto foco en ese aspecto y en Sevilla estuve con Óscar Tosato, que nos daba unas palizas increíbles.
Pienso en él y me mareo. Había que dar vueltas al campo y, de repente se escuchaba su grito: «Venga, a revienta calderas tres vueltas más», todo esto después de haber estado un buen rato con otros ejercicios físicos y en unos campos que no son como los de ahora.
¿Cómo eran esos entrenamientos con Martagón, Diego, Jiménez y compañía?
Los jueves de partidillo eran terribles. Como no estuvieras en el equipo titular, siendo atacante… Rafa Paz y Jiménez, unas madres. Pero a Prieto le pones un familiar enfrente y lo mata. Y además le dice: «Venga coño, levanta. No me jodas». Martagón era el más noble, pero sí que podía pasarse de frenada y llevarte por delante. Y el que tenía mucha fama y luego no era para tanto, era Diego, que fue precisamente el primer compañero con el que compartí habitación.
Davor Suker.
Un súper dotado. La definición pura de cómo se puede no ser el mejor entrenando los jueves pero después salirse los domingos. Con esto no quiero decir que no entrenara, ni mucho menos, pero es que en los partidos era impresionante. Con Luis las tenía bastante pardas, aunque el míster era especialista en saber lidiar con las estrellas de los distintos equipos por los que pasó. Aragonés, tan solo viendo entrenar a los futbolistas era capaz de conocer sus personalidades, sabía a quién tenía que decir las cosas y la forma en la que tenía que hacerlo. «¡Croata, espabile!», le soltaba.
Os metéis en Europa.
Nos clasificamos para la UEFA en la última jornada. Yo he vivido unos años muy intensos, porque llega el verano de 1995 y tenemos el descenso administrativo. ¡Con dos cojones, porque hay que vivirlo todo!
¿Cómo se vivió esa situación?
Estábamos en Sancti Petri y nos dicen que estamos descendidos. Al principio, todos pensamos: «Esto se arregla». «¿Cómo que se desciende por los avales?». «¿Por no pagar?». Es lo que no entendíamos los jugadores. «Pues que paguen ahora». Fue como una especie de duelo, porque la primera fase fue la de la negación. «¿Vamos a bajar a Segunda B?». «¿Cómo qué bajamos?». «Esto no puede ser».
Al principio no nos lo creímos nadie, pero a medida que iban pasando los días… ¡uf! De entrenador estaba Toni Oliveira, que luego no duró mucho cuando empezó la temporada. Hubo aquellas manifestaciones espectaculares en Sevilla con sesenta mil personas por las calles. Ahí salió la frase famosa de: «A un sevillista le dejas sin trabajo y se deprime, pero si le dejas sin equipo se muere».
En tus dos años en Sevilla jugaste poco.
Tuve la madre de todos los esguinces. Ya me había aclimatado en la primera temporada y durante un entrenamiento, un chaval del filial me dio un golpazo. Yo llegué antes y lo vi venir, pero no me dio tiempo a quitar el pie y me cazó. Durante mi carrera había tenido muchos esguinces, pero ese no fue igual: no podía ni apoyar el pie, pero es que además era un dolor constante. El doctor me comentó que no era nada, pero estuve un mes completamente cojo y realmente jodido. Habían pasado veinte días y Luis me decía «¿pero todavía sigue así?», porque me veía cojeando.
Le comenté que tenía que hacer algo que no fuera tratarme solo allí, así que me fui a Mapfre y estuve un mes de ocho de la mañana a cuatro de la tarde dándome de todo. Sin embargo, se había quedado algo y por mucho que hacía no avanzaba. Le comenté al médico si no sería bueno darme un pinchazo, porque en esa época se hablaba del tema de los corticoides, pero él me decía que no.
Después de tres o cuatro meses tratándome, el fisio llegó a decirme que a ver si el tema estaba en mi cabeza, pero yo le respondía: «Pero el bulto, ¿lo tengo o no lo tengo?», pues más que dolor era el bulto que tenía ahí el que me causaba imposibilidad y limitaba el movimiento. Al final, me fui al doctor Cugat en Barcelona y él me dijo: «Lo mejor para esto es un pinchacito». «¡No me jodas!», pues a los dos días ya me empezó a desaparecer todo. Pero ya había perdido varios meses.
Luego todo se precipitó en verano de 1995 cuando vino el tema del descenso administrativo, llegó González de Caldas y señaló que no contaba conmigo. Quedamos mi representante y yo con él en su despacho y ahí fue donde me informó que no quería que yo siguiera en el equipo. Lo hizo mientras leía el periódico. Le recordamos que todavía tenía contrato, pero él nos respondió: «Eso ya veremos cómo se arregla».
Extremadura es tu canto del cisne en Primera División.
Salí de Sevilla y Josu Ortuondo me quiso para ese primer año del equipo en Primera División. Venía de aquella lesión de tobillo que me tuvo tanto tiempo fuera, y que a la postre fue mi punto de inflexión ya con más de treinta años, y llegué a Extremadura. ¡Almendralejo, qué gran pueblo!, ¡qué gran afición!
Los siete primeros partidos los perdimos, algo que en cualquier sitio habría provocado que nos tiraran al pilón como poco. Pero allí, los aficionados lo único que hacían eran agradecernos que habíamos llevado allí al Real Madrid, al Atlético, al Barcelona y todos esos grandes. La gente se portó de diez, nunca nos pusieron una mala cara y estuvieron con nosotros hasta el final.
Desde el punto de vista deportivo, llegamos una serie de refuerzos que no fueron suficientes, el grueso del equipo era el que había logrado el ascenso y pese a que después se reaccionó en enero con varios fichajes, ya era tarde, pues estábamos desahuciados. Le dimos la vuelta a la tortilla, pero ya era tarde. Curiosamente, llegamos a la última jornada y con una serie de carambolas podíamos salvarnos, precisamente en Riazor. Sin embargo, perdimos y ese fue mi último partido en Primera División.
Y te marchas a Ourense.
A pesar que había jugado más de treinta partidos con el Extremadura no hubo ningún otro equipo ni de Primera División ni de Segunda, más allá del Orense, que se interesaran en mí. Yo quería seguir jugando, me llamó Fran Canal, el ahora director general de Osasuna, y estuve allí dos temporadas.
La primera fue buena, teníamos un muy buen equipo y durante varias jornadas llegamos a ser incluso líderes de la clasificación, pero tuve una fractura de clavícula que me provocó una desestructuración esquelético muscular. Ya tenía 32 o 33 años, pero aun así fue una temporada magnífica con varios goles y asistencias y donde tuve la oportunidad de coincidir con Mark Gordon Robins, un futbolista inglés que había pasado por el Manchester United y con el que surgió una química en el césped de esas que son difíciles de explicar: él sabía cuándo tenía que dejarla pasar, uno sabía dónde estaba el otro… ¡y sin conocernos!
La segunda temporada todo fue mucho peor, el equipo descendió y yo ya valoraba la retirada. Estaba precisamente en casa y pensando: «Mes de agosto y libre, por fin voy a poder vivir las fiestas del pueblo», cuando me llamó la Segoviana, que por primera vez en su historia había subido a Segunda B. Y esta fue la forma de cerrar mi círculo profesional, satisfaciendo además a mucha gente de mi familia que es de Segovia, y con la camiseta también azulgrana de la Gimnastica Segoviana.
Y ahora sigues vinculado con el fútbol.
Tras retirarme estuve un año sabático en el pueblo y luego volví a Madrid en el 2001-2002 para sacarme el tercer nivel, que ya intenté lograrlo estando en activo pero no pude por una huelga de entrenadores. Ese año estuve en la escuela de fútbol de la AFE aprendiendo la metodología y luego estuve dos años y medio entrenando a los juveniles del Atlético de Madrid.
Allí tuve a Mario Suárez, Roberto Jiménez Gago, Braulio Nóbrega… El siguiente paso fue entrenar al Leganés en Segunda División B seis meses durante la segunda mitad de temporada, pero después de renovarme en la segunda jornada de la siguiente campaña me echaron.
Precisamente, cuando terminé en Leganés comenzaron a retransmitirse los partidos de Segunda B en el canal autonómico de Madrid, LaOtra, y ahí estuve comentando, aunque muy pronto José María Amorrortu se convirtió en director de las categorías inferiores del Atlético de Madrid y me fichó como director de la escuela federada de fútbol. Estuve en el club durante siete años y apenas unos meses después de acabar ya llegué a Yourfirst de representante, donde ya llevo más de una década.
¿Y si tienes que elegir a un equipo?
Soy de todos, porque a todos me vincula una relación social y particular, pero sí que es verdad que si me tengo que significar por algún equipo más que por el resto, lo hago por el Atlético de Madrid, que es lo que yo llamo «la segunda madre que me parió». Allí he estado de jugador, de entrenador y de director de la escuela. Son quince años en total y el vínculo es tremendamente grande.














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Muchas gracias por la entrevista. Una de las mejores que he leído últimamente. Aprovecho la ocasión para agradecer el trabajo que estáis haciendo.