
Jonas Vingegaard (Hillerslev, 1996) ha ganado su primera Vuelta a España.
Tercera grande tras dos Tours, y eso es noticioso, que no tantas veces un multiganador de la Grande Boucle repite al sur de los Pirineos. Anquetil, Merckx, Hinault, Contador, Froome. Creo que no me olvido ninguno, ya ven qué club más corto, ya ven qué nombres. Queda Jonas, también, a calendario inteligente de reunir las tres Grandes, y de hacerlo —paradojas— antes que su dominador generacional. Estuvo de líder dos tercios de prueba, ganó tres etapas, siempre mantuvo el tema bajo control. Y, sin embargo, sabe poco dulce esta Vuelta para él. Por el desarrollo, por las circunstancias, por pelear frente a rivales que no son de su liga… y a veces mostrarse pacato con ellos. No diré que le reste prestigio esta victoria, pero muchos pensaban que saldría de septiembre cual Napoleón en Austerlitz… y casi nos pide un jersey por Borodinó.
Venciendo, más no convenciendo.
Breve tratado para esquivar puertos
Empezaba la Vuelta a España por el Piamonte. Tres jornadas marcando estilo para todo lo que vendría más tarde. Porque la Vuelta a España, la organización de la Vuelta a España, perpetró —el verbo es ese— un bochorno importante por el Piamonte. En cuanto a recorridos, aclaro. Esquivando cualquier atisbo de puerto, trampita o carretera de interés, obviando lugares bien cucos solo por no estrujar meninges, haciendo mutis en las inmensas (repito, inmensas) posibilidades que plantea el Piamonte. Resulta meritorio huir de lo difícil, hurtar paisajes y monumentos, poner sonrisas mientras haces butrones… Resulta meritorio, sí.
Pero es que no fue excepcional. El recorrido de la Vuelta a España ha sido, en su edición de 2025, despropósito absoluto. ¿El peor de siempre? Pues tenemos dónde escoger, pero teniendo en cuenta las posibilidades que existen hoy no me ciscaré en nadie que lo afirme. Exponiendo… todas las etapas con «algo» de montaña acaban en alto (salvo dos mediomontañosas), todas tienen como puerto más duro el último (salvo Farrapona, que es discutible), todas se convierten, en la práctica, en unipuerto grande. Sumen que hay como once finales en cuesta, muchos sin nada previo y con remate chichinabesco. Sumen que hay jornadas con idéntico patrón (ese Belagua, ese Valdezcaray), sumen que apenas hay crono (y en menos acabó quedando), sumen la crono por escuadras y su recorrido indigno (por breve, por gymkanero).
¿Conclusión? Se busca una igualdad artificiosa, porque es artificioso llegar sin diferencias cuando está previsto, desde el mapa, que no puedan hacerse diferencias. Se hurta, también, la posibilidad de jugar a cosas diferentes, emboscar con el equipo, iniciar estrategias. Y, por último, también perjudicas a quien tiene diferencial atlético, porque es imposible demostrar diferencial atlético cuando el esquema busca, precisamente, que no puedas exhibir diferencial atlético. ¿Llegamos con todo abierto a la Bola del Mundo? Pues hombre, sí… pero es como sentirse orgulloso por cazar patitos de goma en la feria… No se mueven, amiguete. Y los ciclistas tampoco.
(Un dato… entre los dos primeros solo hubo huequitos en sendas etapas de monte. El resto, de la manuca. Imaginen).
Y eso, que en Piamonte primera etapa para Jasper Phillipsen (gran Vuelta la suya, sacando petróleo) y tercera para David Gaudu, uno que parecía llamado a más pero se quedó en «veremos» —y tiene pinta de que va a ser así hasta que se retire—. Entre medias marcó Vingegaard territorio prontísimo. Segunda tarde, parcial y rojo. Pareció, entonces, que venía a comerse la Vuelta, a conquistar un porrón de etapas, a meter meneos cual Tadej en el Giro de 2024. Luego ya vimos que nanai. Que ni Jonas es Tadej, ni su condición este septiembre era la del otro aquel Giro. Doblar es duro, ojo, y Almeida le opuso (cierta) oposición. Pero queda un aire de trabajo a medio terminar.
Y eso que se marcó lo de Valdezcaray. En el final más suave de la caterva horrible de finales en alto que presentaba esta edición. En un sitio donde ganó Kelly por delante de Van Brabant. Imposible sacar segundos, decían ya en los años ochenta. Y ahora, casi medio siglo después… mira. Habiendo ganas se pueden buscar cosquillucas en cualquier lao, por si necesitaban confirmación. Y eso, que casi el minuto, Vingegaard, entre otras razones porque Almeida estaba viendo El Hormiguero a la hora del ataque, y después su equipo tenía el día de asuntos propios. No lo sabíamos, y nadie quería sospecharlo, pero fue golpe grande…
Ah, ese día mantuvo el rojo Torstein Træen, simpático noruego con edificante historia —superviviente de un cáncer testicular—, treinta añitos y muy poco palmarés. Trincó liderato en una escapada, pero se mantuvo en el top ten hasta Madrid. Su mejor resultado en una grande, hace doce meses aquí mismo, fue el sexagésimo. Mola mucho Træen, y resulta emocionante verlo… pero también es muestra clara del nivel medio que tuvo la Vuelta.
Y, aun con ese nivel, naufragó Ayuso. Juan Ayuso ha tenido una Vuelta a España muy de folclórica… peleándose con «las otras», dando espantadas, mirando siempre por sí misma, pasando del tema cuando no le toca cantar. Protagónico, que hablen del menda, «dientes, dientes, que es lo que les jode». A nivel puramente deportivo… pues fracaso y mal precedente, porque esta dejadez se palpa en el pelotón y te deja en mal lugar para cuando exijas confianza ciega y entrega absoluta. Pese a las dos etapas, que son detalles… bonitos, pero detalles. Tuvo Juan muchos meses para este fin de temporada. Tuvo muchos meses, y al final lo mandaron a la Vuelta, y no es sendero idéntico la preparación de Lombardía. Todo eso es, y está bien decirlo. Pero lo anterior no justifica petada en Andorra cuando hay ochenta paisanos en el grupo —sesenta de los cuales iban contando chistes, de semivacaciones— y el posterior polemizar con la escuadra, pasar un huevo de todo, buscar premios individuales. Hasta cuando hizo el paripé de tirar para Almeida le salió regu, con caras a punto de morirse tras arrastrar cien metros a veinte tíos. No sé. Sigo teniendo confianza en Ayuso, porque le sobra calidad —y gana, gana mogollón, con lo importante que es eso—, pero sale de aquí tocado.
Eso sí, Ayuso siempre protagonista, aunque sea para mal.
Protestas y poco más
Vale, ya va tocando hablar de las protestas. Porque empezaron en la crono por equipos (gilicrono por equipos, desastre a nivel percorso), y desde entonces han sido una constante. Tanto como para cambiar la meta en más de una etapa y el desarrollo de alguna otra. Tanto como para modificar distancias, senderos y kilometrajes en la crono de Valladolid. Y para monopolizar debates y pareceres, añado. Quitando caretas, añado.
Planteemos el asunto, y volvemos a las bicis. Durante la Vuelta a España compite un equipo que lleva, en el pecho, la palabra «Israel». Ni siquiera es un conjunto patrocinado con dinero estatal, sino que la panoja viene, sobre todo, de un multimillonario canadiense, judío, que busca hacer simpático sportwashing con estas cosas. Multimillonario encantado de hablarse con Netanyahu, y de perfil discretuco hasta este septiembre, donde ha soltado la lengua para mear fuera del tiesto en varias ocasiones.
La misma organización se olía cosas, y dejó bien clarito —para quien supiera leer entre líneas— que ellos no podían mandar esa escuadra a la rúa, pero que de tener la potestad… Y hasta, ya en pleno marasmo, dejaron el susurro de que igual mejor se piraban, los mozos.
El caso es que no se piraron, porque estaba, el team, en su derecho para correr esta Vuelta a España. Para correr esta Vuelta a España haciendo la misma labor de blanqueamiento happyflower que arrastra desde hace años, añadiremos. Solo que cada vez resulta más oscuro eso a blanquear. O cada vez somos más conscientes del nombre a poner.
Digamos que históricamente el ciclismo fue espacio cuco para reivindicaciones, pancartas y visibilidades. Muchos kilómetros, imposible controlar toda la extensión, prensa por doquier, muchas veces imágenes en tele. Pero lo de esta Vuelta es, al menos si no me traiciona la memoria, completamente inédito. Como es inédita la situación sobre la que tratan tales protestas, ojo. A mí me gustan más que a nadie las bicis, y me fastidia más que a nadie que se interrumpan carreras, que se neutralicen kilómetros, que no fluya el asunto como debe fluirse. Me fastidia, me fastidia mogollón. Pero es que la esencia de una protesta es fastidiar. Cuando las protestas no fastidian, cuando las ves y dices «mira, qué guay esto» es porque se han transformado en performances cuquimalasañeras (pongan el barrio cool que deseen) realizadas antes de irnos al chalet que tienen papá y mamá en el norte. Seguro que me entienden.
Así que, por ese lao… nada que objetarles. No tengo autoridad moral suficiente para hacer crítica a quienes se manifiestan de forma legítima defendiendo una causa legítima. No la tengo, y no me verán hacerlo. Y me adelanto a las críticas… Sé que este genocidio no va a terminarse por cerrar la meta en Bilbao (pero cualquier visibilidad suma), y sé que hay otros equipos en el pelotón que practican el sportwashing (pero aquí hablamos de una situación extrema como no se ha visto en lustros), y sé que alguno habrá aprovechando el rollo para su engorde propio (pero no cogeré el todo por la parte), y sé que, en definitiva, esos ciclistas de ese equipo concreto poca culpa tienen de lo que se está perpetrando en Gaza. Yo todo eso lo sé.
Igual que entiendo la injusticia de aparecer día tras día en la Vuelta cuando la jornada de Primera División, verbigracia, va transcurriendo a lo normal. Quisiera ver manifestantes parando un partido del Madrid, o algo de Alcaraz, un golf, un baloncesto. Todo eso lo querría… pero la ausencia en un sitio no significa falencia allí donde sí hay. Y todo lo anterior… todos los «peros», los «y si», los problemas y los detallucos… todos esos también los conozco, y soy consciente, y me siento poco reconfortado con mi propia incoherencia en ocasiones. Pero es que aquí hablamos de algo más importante.
«No mezclemos deporte y política», dicen algunos, como si el deporte no fuera —en muchas ocasiones— política. Y como si la situación en Gaza no trascendiera la política y entrase directa en el terreno de la misma humanidad. No hay, a día de hoy, nada más importante que eso como especie, como conciencia común. Y, por tanto, cualquier otra cosa debe ceder sin ambages. Incluida la Vuelta a España.
(Muy bien, desde mi punto de vista, RTVE en el transcurso de estas protestas. Visibilizando lo que es una causa justa, acompañando con declaraciones, por lo general, ponderadas, medidas, casi ejemplares. Vuelvo a insistir en lo de más arriba… no es una cuestión ideológica o política… es una emergencia humanitaria y moral. Como lecturas adicionales les recomiendo Dialéctica de la Ilustración).
Y retorno a las bicis.
La segunda semana fue aclarando conceptos, situaciones. La lucha por el último lugar del pódium, verbigracia, entre Tom Pidcock y Jai Hindley. No vendes muchas pelis, oigan, con esa lucha entre Tom Pidcock y Jai Hindley. Digamos que cayó el asunto para el inglés, que trinca premio al que nunca pensé pudiese aspirar. Pasa que esta Vuelta tuvo un recorrido tan atípico, un desarrollo tan sosainas, que no sabría decirles si ha superado Pidcock el muro de las grandes. Así de duro soy. Buen resultado para él, con todo, mostrando regularidad y (cierto) ritmo a sostener en la (no) alta montaña. Mal haría, creo, en desviarse con falsas ilusiones por culpa de estas tres semanas pelín fakes.
Lo de Hindley es diferente. Entre otras cosas porque tiene un Giro en su palmarés. Un Giro anónimo, un Giro en —y solo en— Fedaia, un Giro muy a lo «Giro Danilo di Luca». Pero, oye, ahí está. Desde entonces solo fogonazos, y cierto aire de ciclista frágil, de líder-pero-mejor-no-líder, de one-hit-wonder. Aquí parecía carburar con las etapas, pero es que tampoco tuvo dónde expresarse. Corren malos tiempos para los grimpeurs de fondo.
La segunda semana casi se la ventilaron entera, por cierto, en el equipo de Almeida. No… los chicos que llevan idéntico maillot que Almeida, porque equipo, lo que se dice equipo… En fin, a ver… de Ayuso ya les hemos hablado bastante, y no vamos a insistir. Pero es que hay más. Jay Vine, por ejemplo, que tiene un bigote ridículo —es muy difícil llevar un bigote cool, salvo si te llamas Tom Selleck—, pintas de cicloturista venido a más y menos manejo de la bici que Massiel en Año Nuevo. Pasa que también posee patada cuesta arriba (y en crono, siempre que no deba coger ninguna curva, porque coger curvas no es lo suyo), y cara de cemento armado como para exhibir fortaleza justo las jornadas que corre para él… y claudicar debilidades cuando le toca currar para otros. Ay.
Pero eso palidece ante… oh, yeah… mi personaje preferido de toda esta Vuelta a España… no, de todo el ciclismo profesional.
Marc Soler.
Marc Soler piensa… distinto. Y corre también distinto. Es un agente del caos, un Lord Grimdark de las bicis, un mono con pistola —con pistola, licencia de armas y muchas horas disparando—, alguien entre cuyas orejas suena un concierto de Mayhem. La estrategia de Marc Soler es un libro de Danielewski, es el pueblo de Hope tras pasar Rambo, es paisaje de Doré con trazas a lo Brueghel. Porque Marc Soler en bicicleta es como ese niño al que dejas encerrado en un cuarto junto a un botón enorme, color rojo, donde lees «no apretar». Y, claro… Marc Soler aprieta. Marc es un ejemplo para los chavales sobre cómo hay que correr en esto de las bicis (siempre al ataque, tirando de instinto) y sobre cómo no hay que correr en esto de las bicis (siempre a tu puta bola, sin ninguna estrategia). Porque, además, pilló su etapita. Igual hubiera deseado Almeida algo más de curro, pero él pilló su etapita.
No pidas a un genio que renuncie a su Arte.
Decíamos lo de Almeida porque fue, durante muchos días, amenaza grande para Jonas. Almeida es João Pedro Gonçalves Almeida, portuguesísimo nombre que te firma António Lobo Antunes. Ciclista de espesor, con año exitoso, en parte por escoger actuaciones sencillas. Vamos, que ha ganado mogollón, pero con victorias cero a uno en el campo del Selaya, en el del Torina y en Stadium Forjas de Corrales. Por poner contexto.
El problema de Almeida —aparte de lo feo que luce… pena de posición— es que no hace diferencias ni para arriba ni en las cronos. Como mucho, empate, ejem. Y de esa forma es imposible. Fue lindo lo del Angliru, ese poner ritmo y quien pueda que me siga. Pero su máximo rival lo siguió. Y que él estuvo despistao en Valdezcaray. Y que, y que, y que…
Visto lo visto, igual anduvimos vendiendo emociones ficticias, tú…
(Que no se me pase… cierra la segunda semana una victoria de Mads Pedersen. Ciclista duro y peleón que honra cada carrera que corre. Aquí obtuvo verde y parcial, menos éxito del merecido. Pero todo, todo lo que logra es tras buscarlo, tras currárselo, tras poner cartas para sí hasta cuando parece tener la partida en contra. Ojalá aprendieran muchos).
Anticlímax es palabra de septiembre
Así que todo artificiosamente abierto para la tercera semana. Y qué tercera semana, amigos. ¿Resumen? No pasó una mierda. ¿Otro resumen? Pasaron mogollón de cosas.
La realidad, que es cambiante.
Pasó, por ejemplo, un dueto de Lázaros. Egan y el Landismo, en ese orden (o en otro, porque uno ya no sabe qué poner).
Andaba el Landismo de capa caída, porque ha llegado Mikel a la Vuelta un poco así, a la remanguillé. Y bastante que viene, oigan, que pensé yo si no se nos quedaba para siempre en el Giro. Y eso, fuera de forma, dolores de espalda, ánimos sin sonrisa —y un Mikel sin sonrisa es como un niño sin travesuras: mola a priori, pero acaba cansando—. Así que tiró de patas (pocas) y veteranía (mucha, y en verbenas también). Entró en una fuga de esas enormes y fue haciendo todo según el libreto… selección primera, doble selección más tarde, se desgranan los compis, pego la hostia en el alto definitivo. Pena que el alto definitivo nunca llegara, por lo que ustedes saben, y que este asunto se resuelve con el sprint más triste de todos los tiempos, sin (apenas) línea de meta, sin (apenas) cronometraje, sin (apenas) arco.
Sin apenas, tampoco, sprint, porque un sprint entre Mikel Landa y Egan Bernal tiene menos velocidad punta que Mariano Rajoy por las mañanas. Moló, por traer lo positivo, esta victoria de Egan, que bien la ha buscado, que bien la merece. Aunque fuese un poco así, un poco «victoria pero victoria meh». Es otro que lo ha pasado horrible, otro que no volverá al ranking preaccidente, pero resulta encomiable su interés, sus ganas. Su profesionalidad. Enhorabuena.
Al día siguiente llegaron las imágenes tipo peli de Zack Snyder. El apocalipsis, la oscuridad. Impactaba, sí, ese Morredero en tizne y verde, con la carretera haciendo, en ocasiones, de línea que separa dos mundos. Fue desolador, más aún porque, quizá, se nos ponía metafórico con la Vuelta que llevábamos. Ganó, aquel día, Giulio Pellizzari. Veintiún añitos, sexto en el Giro, sexto acá. Doblando bien, aunque sea el doble «facilón». Quizá tengan los italianos a quién encomendarse tras mucho penar en el desierto… Todo esto, por si alguien lo duda, sin ataque alguno entre los gallos. Otra vez. Reservando para la crono, decían los optimistas (tras pasar por caja).
Y después ocurre que la crono se queda en prólogo, y que en un prólogo no puedes hacer distancias. Diez segundos mete Almeida a Vingegaard… y cuatro le devuelve, veinticuatro horas más tarde, Vingegaard a Almeida. En un sprint bonificado. Todo su equipo (el del danés) corriendo para una sola cosa (y la consiguen); todo su equipo (el del luso) corriendo para los intereses individuales (y los consiguen). La diferencia entre ambas escuadras ha sido, este septiembre, sideral. Sideral en cuanto a conseguir premios gordos, lo de los parciales ya… Sea como fuere… dos duelos entre los equipos en sendas grandes al margen de Tadej, y dos veces que cayó victoria del lado protestante.
Igual hay un patrón ahí.
Porque estaba todo sentenciado. Por mucho que hubiese segundines (relean el argumentario), por mucho que existan contingencias (pero si dependemos de las contingencias, mal asunto)… todo sentenciado. La Bola del Mundo es un invento sin más interés que el meramente geográfico, esa cercanía a Madrid que artificia frecuentemente los finales de la Vuelta. Y volvió a comprobarse. Vingegaard es mejor ciclista que Almeida, João no puede con los calzoncillos. Apenas cambios entre los mejores —ninguno digno de reseñar— y la sensación de que Jonas ganó con lo justo una grande de lo más justa. Justicia, pero justita.
Poco más que contarles, oigan. Luego pasó lo de Madrid, y ya lo tienen bien explicado por tus opinólogos de cabecera, esos que se enteraron ayer de que existían las bicis… Yo me remito a párrafos anteriores.
Y fin.
La Vuelta ha muerto.
Que viva la Vuelta.


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Cuando ataca a Marc Soler, en mi cabeza veo a Murdock del equipo A, y la voz de MA grita ‘¡¡¡Loco!!!’
Bendito Loco
Otra crónica para enmarcar… ave Marcos, tus fieles te saludan
Siempre leo las crónicas ciclistas de Marcos Pereda con interés. Las hay (muy) buenas, y algunas difíciles de seguir, pero esta es la mejor que he leído: el párrafo de Marc Soler es tan certero, divertido y apropiado, que nadie podría esplicarlo mejor. Una joya de crónica, felicidades
Explicarlo. Dichoso corrector del teléfono, que crea más problemas de los que soluciona. Poder editar los mensajes sería ideal.
Ciclismo… Eres tú.
Suscribo cada una de tus palabras sobre las protestas.
Es siempre una delicia leerle.
Muchas gracias Don Marcos.