
Criado en los barrios más complicados de Baltimore, Dominique Wilkins compitió en la NBA desde 1982. En los Atlanta Hawks protagonizó duelos históricos con jugadores de leyenda como Larry Bird o Michael Jordan. Precisamente, sobre esos enfrentamientos habló largo y tendido en su última entrevista. Retales de una época que difícilmente se podrá repetir, pero que sirvió para que la NBA se pusiera en órbita en todo el mundo.
Sobre Larry Bird, cuenta Wilkins de su primer contacto con él: «Voy a darle la mano y él pone las dos manos detrás de la espalda. Y pienso: ‘OK…’. En la primera jugada del partido dice: ‘No sé por qué te pusieron a defenderme, colega’, y tira un triple. Me molestó, no por el triple, sino porque me llamó ‘colega’. Eso marcó el tono del partido».
Wilkins no se amilanó y lo que hizo fue pagarlo caro: «En una jugada le hice un mate en la cara, él cae al suelo, me había hecho falta, y yo lo señalo. Entonces me dice: ‘Eh, novato… me gustas, tienes pelotas, pero aún así te voy a meter 30 por el culo’. Y terminó metiendo como 38».

Marcarle la distancia fue útil. Wilkins no logró que dejase de jugar bien, pero al menos le tuvo cierto respeto: «Larry sabía perfectamente a quién podía desquiciar. Lo sabía. La primera vez me lo dijo, pero nunca más volvió a hablarme así, porque entendió que yo iba a seguir atacando sin parar. Había un respeto mutuo. Tengo mucho respeto por Larry. Fue un jugador increíble. Y cumplía todo lo que decía: si te decía que iba a lanzar desde un sitio, lo hacía; si te decía que te iba a postear y tirar un fadeaway, lo hacía. Y no había nada que pudieras hacer».
Sobre polémicas y comentarios recientes relativos a su figura, como los de Dennis Rodman, cuando dijo que no podría jugar en la NBA actual, Wilkins es tajante: «Larry Bird podría jugar en cualquier época y hacer lo mismo que hizo en la nuestra. Los jugadores de hoy no podrían con él, punto. Que Dennis Rodman diga que Larry hoy solo jugaría en Europa es un disparate, delirante. Larry podría jugar en cualquier era. Y que J.J. Reddick diga que no está entre los mejores tiradores y que no tenía el físico de hoy… es lo más idiota que he oído. Larry Bird jugó en la época más física de todas. Medía 2,08, casi 2,11, y era físico también».
Y sobre otro tipo de opiniones, quizá más agrias, sobre si imitaba a los negros o si se le tiene veneración por ser blanco, Wilkins de nuevo va directo: «A mí no me importa de qué color sea, puede ser azul. Larry era un maldito fuera de serie, punto. Pregúntale a cualquiera que jugó contra él de verdad y te dirán otra cosa muy distinta a esas tonterías que dicen algunos hoy para ganar ‘likes’ en redes».
Cara a cara con Michael Jordan
Las provocaciones de otro número uno, Michael Jordan, tampoco se quedaban atrás: «En Chicago, Michael entra en nuestro vestuario con traje y corbata. Yo pienso: “¿Qué hace aquí?”. Camina, pasa por mi lado, pasa por Kevin Willis y llega a Randy Whitman. Le da una palmada en la pierna y le dice: ‘Átate bien las zapatillas, que va a ser una noche larga’. Y se va».
Y al igual que Bird, su amenaza se quedó corta: «En ese partido metió 60 puntos… Era increíble. Y lo más increíble es que creo que ganamos ese partido, pero él aún así se fue con 60».

Porque Jordan tenía solo una premisa entre ceja y ceja, competir, competir y competir: «Con Jordan nunca había amigos en la cancha. Competíamos. No existía eso de saludarnos, de desearnos suerte. Queríamos arrancarnos la cabeza mutuamente. Éramos amigos fuera de la cancha, pero dentro no nos conocíamos. Con él siempre fue respeto. Respeto mutuo. Nunca hubo momentos de “eh, ¿cómo estás?, espero que tengas un buen partido”. Nada de eso. Con Jordan solo era competir. Era competitivo en absolutamente todo. No importa lo que fuera: en el campo de golf, en una apuesta, en ver quién se bebía más rápido un vaso de agua. Siempre apostaba. Esa obsesión por competir es lo que lo hacía tan grande, porque no aceptaba perder. Muy pocos jugadores en la historia han sido así».
E intentar acercarse a sus números era una auténtica utopía: «Hubo un partido en el que yo hice 57 puntos contra los Bulls y él metió 42. Entre los dos sumamos casi 100 puntos. Éramos muy competitivos, siempre íbamos uno contra el otro. Yo solía hacer de media más de 30, pero nunca podía alcanzarlo en la carrera por el título de máximo anotador. Una vez me puse por delante, pero después se puso a meter 34, 35 por partido. Dije: ‘Ya está, no lo persigo más, es imposible alcanzarlo’».
Porque Jordan nunca dio su brazo a torcer, no se ablandó jamás: «En San Luis, en un partido de exhibición, hasta llegué a hacerle un caño. Fue divertido, más para los fans que para nosotros. Pero él competía hasta en esos juegos. La gente piensa que teníamos una amistad en la pista. No, no era así. No había amistad. No éramos amigos cuando jugábamos. Después del partido sí, pero en el momento, no. Era competencia pura».
Para competitividad, las calles de Baltimore
Pese a todo, a Wilkins nunca le quedó grande la NBA, entre otros motivos, porque en la vida ya había tenido que bregar seriamente. su historia empieza lejos de Estados Unidos, en Europa: «Nací en Soborne, Francia, en una base militar. Viví en París hasta los cinco o seis años, y después nos mudamos a Texas y de ahí a Baltimore, Maryland, donde crecí de verdad». Baltimore no era un lugar fácil para un niño, como es sabido por la televisión. Lo cuenta sin rodeos: «Cuando yo estaba allí tenía la tasa de criminalidad más alta de todo Estados Unidos. Era un sitio muy malo. Crecí en los proyectos de O’Donnell Heights y Westport. Si has visto The Wire, mucho de eso está filmado en donde yo crecí… y ni siquiera enseña toda la verdad de lo que pasaba».

Con esas calles como telón de fondo, su madre sacaba adelante a la familia ella sola: «Crecí con ocho hermanos y una sola madre. Mi padre se fue muy pronto. Así que tuve que ser el hombre de la casa desde muy pequeño. Con doce años le prometí a mi madre: ‘voy a ser profesional y voy a cuidarte, nunca más tendrás que trabajar’. Y lo cumplí: a los 18 le compré su primera casa. De todo lo que logré, eso es lo que más orgulloso me hace sentir».
De Baltimore, si tiene un recuerdo imborrable, es la muerte de un amigo: «En Baltimore hacíamos bus hopping, nos subíamos a la parte trasera de los autobuses para movernos de un barrio a otro. Un amigo se resbaló, cayó, y el autobús que venía detrás le pasó por encima del estómago. Murió al día siguiente. Yo estaba allí, lo vi todo. Eso me traumatizó durante años, porque éramos como hermanos».
Al final, tuvo que tomar la decisión de marcharse porque veía que tarde o temprano él sería protagonista del siguiente suceso: «Tenía 16 años y vi cómo otro conocido robaba a alguien. Entonces le dije a mi madre: ‘me voy de la ciudad y no vuelvo más’. Una semana después me subí solo a un Greyhound con una bolsa. No sabía dónde iba a vivir, ni con quién. Solo sabía que tenía que irme para buscar un futuro en el baloncesto».
En Carolina del Norte la suerte le cambió: «Me bajé del bus y vi unos chicos jugando al baloncesto. Les pedí jugar. Cuando terminamos, se me acercó un hombre mayor y me preguntó dónde vivía. Le dije que no lo sabía. Me llevó a su casa, me enseñó un cuarto y la cocina, y me dijo: ‘todo esto puede ser tuyo, la única condición es que juegues para mi equipo’. Era el entrenador del instituto. Gracias a eso, en tres años ese equipo ganó 76 partidos y perdió solo uno».
Una cruz ardiendo en el jardín de casa
En el instituto, Wilkins empezó a brillar entre los mejores de su generación. La muestra más clara fue su presencia en el McDonald’s All-American Game de 1979, donde compartió pista con futuras leyendas: «Aquel año se nos calificó hace poco como la mejor clase de instituto de la historia. En mi equipo estaban James Worthy, Isaiah Thomas, Ralph Sampson, Sam Bowie, Clark Kellogg, Byron Scott, John Paxson… 24 jugadores en total, y los 24 llegamos a la NBA. Fue algo increíble».

La expectativa natural era que, siendo una estrella en Carolina del Norte, se quedara en el circuito de la ACC. Pero decidió romper con esa tradición. «En los años setenta, si eras un gran jugador en Carolina del Norte, era casi una ley que no podías irte de la ACC. Yo fui el primero que rompió ese sistema. Firmé una carta de intención con North Carolina State, pero al final me eché atrás. No quería que me comparasen con David Thompson. Y Georgia era el sitio adecuado: fuimos seis All-Americans de instituto al mismo tiempo, no estaba solo».
Esa elección le trajo problemas de toda clase: «Cuando tomé la decisión, todo el mundo se volvió loco en Carolina del Norte. Recibí cartas con insultos, pintaron mi coche, rompieron las ventanas de mi casa, me llegaron amenazas de muerte… y una noche apareció una cruz ardiendo en el jardín de mi casa».
Esa imagen le marcó profundamente: «Recuerdo que estaba dentro, vi una luz enorme desde la ventana. Salí y vi la cruz quemándose. Al principio estaba nervioso y asustado, pero en cuestión de segundos me puse furioso. Nunca había visto nada así en Baltimore, pero en el Sur nada te sorprendía. Era 1979 y todavía había un baile de blancos y otro de negros. La única cosa integrada era el deporte. Yo no fui a mi propio baile de graduación: los blancos lo hacían en el instituto, nosotros en el centro recreativo».
La hostilidad no se limitó al barrio o a desconocidos: «Incluso algunos familiares no entendieron la decisión y hubo peleas. Mis hermanos sí lo aceptaron, estaban siempre listos para pelear si hacía falta. Pero yo quería salir de ese ambiente. La Universidad de Georgia cuidó de mí y de toda mi familia. Nos sacaron de Carolina del Norte y nos mudamos a Atlanta. Por eso hasta hoy, nadie puede decirme nada malo de Georgia: me salvaron de una situación muy peligrosa».
Lo más duro, la lesión de 1992
El momento más difícil de su carrera llegó en 1992, cuando se rompió el talón de Aquiles: «Literalmente, iba corriendo por la cancha y escuché un pop. Me giré y pensé: ‘¿Quién me ha dado una patada?’. No había nadie detrás. Tenía el pie apuntando hacia arriba, el dolor me recorrió todo el costado derecho y me caí de bruces».

En aquel tiempo era un diagnóstico casi definitivo. «Me dijeron: ‘tu carrera se ha terminado’. Que como mucho volvería siendo la mitad de lo que era. Tenía que leer en la prensa todo ese discurso negativo. Pero yo pensaba: ‘voy a volver y voy a ser mejor que antes’».
Y lo consiguió: «Trabajé nueve meses, dos veces al día, todos los días. No quería solo jugar en el aire, quería dominar también desde el suelo. En mi primer partido de vuelta, contra los Knicks, metí 30 puntos. Entonces supe que estaba de vuelta. Ese año promedié 30 por partido. Nadie en la historia había regresado de un Aquiles roto para hacerlo al mismo nivel o mejor que antes. Ese año metí 23 tiros libres seguidos contra los Bulls, un récord en su momento. Yo solo quería demostrar que seguía ahí, que estaba al mismo nivel. Y lo probé».
Últimos años en la NBA
En 1994, en pleno liderazgo del Este con los Hawks, fue traspasado a los Clippers. «Fue por dinero. Era agente libre al final de la temporada y no querían pagarme lo que habían prometido. Es algo que nunca se había visto: que un equipo líder del Este traspasara a su mejor jugador en su mejor temporada. Pero pasó».
Con los Clippers, conoció de cerca al polémico Donald Sterling. «Recuerdo un partido en San Antonio. El entrenador vino y nos dijo: tengo órdenes de sacaros a todos después de cuatro minutos. Sterling quería que David Robinson mantuviera el título de máximo anotador en el Oeste, y no que Shaq se lo llevara en el Este. Yo le dije: ‘ninguno de esos juega en nuestro equipo, ¿qué sentido tiene?’. Robinson acabó con 71 puntos. Cosas locas así pasaban todo el tiempo allí».
Decidió cambiar de aires y firmó como agente libre por Boston. «Nunca pensé que jugaría en los Celtics, pero Red Auerbach me buscó y no pude decirle que no. Fue una organización de primera, me trataron muy bien».
En Grecia e Italia
A mediados de los noventa, Wilkins sorprendió al dejar la NBA para fichar por el Panathinaikos griego. El contexto ayudaba: había lockout en la liga y le ofrecieron un contrato irrechazable. «Fui de vacaciones a Grecia, y fue una de las experiencias más impresionantes que tuve como jugador. Me trataron como a un rey. Me ofrecieron el mundo. Fui el deportista mejor pagado de Europa, incluso más que los futbolistas. Era una oferta que no podía rechazar».

El lujo contrastaba con su vida previa en Baltimore. «Me dieron una casa con cuatro plantas, cocina en cada piso, todo de mármol, con oro de 14 quilates. Un lugar ridículo de lo lujoso. No pagábamos nada: todo estaba cubierto».
Pero lo más impactante no fue la casa, sino la hinchada. «Los aficionados griegos son los más fanáticos del mundo. Antes de cada partido tiraban monedas a la pista durante tres o cuatro minutos. Por eso los banquillos en Europa tienen escudos de plástico que se levantan. La primera vez me dieron en la cabeza en el calentamiento y me corté. Les dije: ‘no vuelvo a salir’. Y me dijeron: ‘tranquilo, es tradición’. Yo pensaba: ‘¿tradición? Me han abierto la cabeza’. Al final te acostumbras».
La relación con los entrenadores tampoco fue fácil. «Nuestro técnico era yugoslavo, muy duro. Nos hacía saltar a la comba de lado, atravesando toda la pista. Le dije: ‘eso es un accidente garantizado, yo no lo hago’. Aun así ganamos los primeros trece partidos. Le oí decir una vez a un compañero: ‘Dominique es un cabrón, pero lo necesitamos’. Ese año ganamos la Euroliga».
No todo fue triunfo: hubo conflictos cuando murieron su padre y su abuela. «Tuve que escaparme de madrugada para volar a Estados Unidos, porque si les avisabas te quitaban el pasaporte. Incluso me multaron con 50.000 dólares por volver a casa a un funeral. Pero yo lo habría pagado cien veces. Era mi familia».
Al año siguiente, la relación se deterioró. «Me lesioné y me dijeron: ‘vete a Estados Unidos, vuelve la próxima temporada’. Cuando regresé me dijeron: ‘no vamos a pagarte’. Yo les recordé que el dinero estaba en un banco americano a mi nombre. Intentaron bloquearlo con una demanda de cuatro millones, pero la perdieron. Esa era su forma de hacer las cosas. No solo conmigo, a muchos jugadores les pasó».
Tras Grecia, probó suerte en Italia. «Me encantó la cultura. Allí me trataron muy bien. Pero ya sabía que mi final estaba cerca y pronto decidí volver a la NBA para retirarme».


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Jajajajajaja, por qué lo traducen igual. En México esto sonó albur.
Uno de los más grandes en la época más grande de la NBA
Gran trayectoria y fe de vida
Mi ídolo de juventud
Muy bien jugador el gran Wilkins cien veces lo habría pagado es mi familia gloria a Dios x eso