
El pívot francés Guerschon Yabusele ha pasado por First Team para repasar su última temporada en los Bulls, el papel de Wembanyama en las finales de la NBA y, cómo no, el mate ante LeBron que cambió su carrera. A sus 30 años, acaba de completar una de las temporadas más extrañas de su carrera. Firmó con los New York Knicks con la ilusión de pelear por el título, acabó cedido a los Chicago Bulls a mediados de la campaña y ahora espera, como agente libre, que el teléfono suene con la oferta adecuada.
La decisión de recalar en Nueva York no fue tomada al azar. Yabusele tenía tres ofertas encima de la mesa: Philadelphia 76ers, Denver Nuggets y los Knicks. Denver le seducía con su proyecto de llegar por detrás de Nikola Jokic y Aaron Gordon, alternar el cuatro y el cinco, encajar en una rotación consolidada. Nueva York, en cambio, le ofrecía algo parecido en lo táctico, como jugar de cuatro cuando Karl-Anthony Towns se movía al cinco, pero había algo más: «Cuando estaba en Filadelfia y les jugamos, encontraba que había buen grupo, buen ambiente. Me gustaba su carácter, son unos perros, ¿sabes? Habían llegado hasta la final de conferencia. Y además está Nueva York. Como punto de partida para Francia, es el mercado número uno. Hay todo ese aspecto del negocio que también entra en juego. Al final te dices que tampoco hay mucho que pensar».
El contrato de Guerschon Yabusele
El Garden acabó siendo el argumento definitivo. Yabusele firmó un contrato de dos años y viajó a la pretemporada de Abu Dabi con la expectativa de quien cree que ha dado el paso lógico en su trayectoria. Llevaba años creciendo desde que estaba en el Madrid, la reentrada en la NBA con Filadelfia, los Juegos Olímpicos… La curva iba en ascenso. Pero en los primeros partidos de exhibición se encendieron todas las alarmas: «Llevo doce años siendo profesional. Hay cosas que uno aprende a ver y a sentir. En la NBA, las pretemporadas sirven para que los titulares jueguen hasta el descanso más o menos y que en la segunda mitad juegue el banquillo, para que nosotros también nos pongamos a punto. Pero desde el primer momento, los titulares ya acumulaban treinta y tantos minutos y a nosotros nos daban cuatro o cinco. Me dije: ‘con dos partidos puede ser distinto, puede ser un sistema diferente’. Pero a medida que avanzaba, me fui dando cuenta de que el banquillo apenas jugaba la pretemporada. Me pregunté: ¿cómo va a ser cuando empiece la temporada?»
La premonición era correcta. Jugaba dos minutos aquí, tres minutos allá, cero en algunos partidos. Yabusele habló con el presidente del club, que le animó a buscar explicaciones en el cuerpo técnico. La conversación con el entrenador fue educada pero se lo pusieron todo clarito: «Me explicó que quería que sus cinco titulares jugaran 38 minutos cada uno, más Mitch, que merecía sus 26 minutos. Y eso ya te da una idea de lo que te espera»

Lo que más le desconcertó fue lo que el técnico no mencionó: «Me habló de los cinco titulares, me habló de Mitch, pero no habló de Landry, no habló de Jordan Clarkson, no habló de todos los demás que también estaban allí. Si sumo a todos esos, técnicamente ya no quedan minutos. Así que entendí muy pronto que iba a ser un año muy complicado.»
En un partido contra Minnesota en casa lo tuvo ante sus ojos. El técnico le dio entrada al principio del primer cuarto, el patrón habitual, luego desapareció durante el descanso y los doce minutos siguientes, y al inicio del cuarto período le llamó de repente: «Yo ya estaba en modo: ‘sé que no voy a jugar. Tranquilo’».
Desmotivado y poco preparado
El problema es que no lo estaba, físicamente: «Hago una primera defensa, vamos al ataque, hay una jugada, la bola llega a la esquina, me la dan, el reloj marca cinco, cuatro, tres… y tengo que tirar. La bola sale quién sabe dónde. Regresamos al lado contrario, tengo que defender a Julius Randle, que va a por todas las bolas. Acabo de entrar, aún tengo los tendones fríos, me pienso: ‘dios mío, as rodillas. Ataca, ataca’. Cometo una falta, creo, siguen con la posesión, marca, y me saca. Tres idas y venidas. Menos de un minuto».
Al día siguiente fue a verle. No para protestar, sino para asumir su culpa: «Le dije: ‘en lo de ayer, la culpa fue mía. Debería haber estado preparado. En los partidos anteriores, cuando me ponías en el primer cuarto, generalmente no volvías a darme minutos. Así que di por hecho que no iba a jugar’. Eso era verdad, y era mi responsabilidad. Tendría que haber seguido en la bici, mantenerme a punto». El entrenador agradeció la conversación, pero siguió en las mismas: «Me dijo que no sabía cuándo iba a necesitarme, que intentara estar listo».
Y el remedio fue peor que la enfermedad. En Boston Celtics tampoco contó para nada: «Me sentí como en Boston de nuevo. Pensé: ‘diez años han pasado. Ha pasado de todo en diez años… China, el Covid, Lasalle, Madrid… y aquí estoy otra vez sin minutos. No puedo volver a ese sitio dos años. Yo tengo 30 años, me encuentro bien gracias a Dios, estoy en forma, no estoy lesionado. Tengo tantísimas cosas que dar que no me puedo ir así’».

Lo que le salvó mentalmente fue la actitud. Yabusele organizó sesiones de trabajo con los jugadores menos utilizados, entre ellos el joven Pacome M’Baye, y convirtió los entrenamientos en pequeñas batallas privadas. «Les decía: ‘estamos obligados a entrenarnos. No podemos aflojar porque no estemos jugando. Hay que estar preparados, porque mañana puede haber un traspaso, mañana puede pasar cualquier cosa. Y si llegas al nuevo equipo sin estar listo, te juzgarán por eso. Dirán que tu temporada fue una pérdida de tiempo’».
AL final llegó el traspaso a Chicago. Para que se consumara, Yabusele tuvo que renunciar a su opción de jugador por tres millones de dólares en el segundo año de. No fue una decisión sencilla: «Hablé con mi mujer, con mis agentes, con mi mentor. Es una decisión importante. Y no es que lo diga fácil, fue largo, hubo muchas preguntas». Pero la alternativa,quedarse dos años sin jugar bajo el mismo cuerpo técnico, le resultaba insoportable: «Me acordé de compañeros franceses que habían pasado por eso, que estuvieron allí sin jugar durante años. Yo no puedo hacer eso. Y fue yo quien decidió marcharme, no ellos. Prefiero que sea yo quien decida».
Su primer partido con Chicago fue al día siguiente del traspaso. Llegó de noche a la ciudad, se presentó en el pabellón y el entrenador Billy Donovan, que ya le había seguido en su época universitaria y había querido elegirle en el draft, le dio instrucciones mínimas: «Me dijo: ‘oye, tranquilo, vamos a repasar dos o tres jugadas y te pondré algunas. Pero si no, tú ya sabes jugar. Cuando salgas a la cancha, lo encontrarás. No hay problema’» Yabusele llamó a su mujer desde el vestuario, alucinando: «Le dije: ‘es una locura, me han puesto hasta una jugada. ¡Tengo una jugada! ¡Voy a jugar!’» En ese primer partido metió 15 puntos y firmó un doble-doble. «Llegué a la esquina, avancé, había una jugada para mí de postup y todo, y pensé: ‘esto es magnífico’».
El Real Madrid como modelo
Desde esa tribuna privilegiada, Yabusele también analiza la transformación de los Knicks en estas finales con una mezcla de admiración y cierta melancolía. La pregunta inevitable es: ¿qué falló durante la temporada regular y qué ha cambiado en los playoffs? Su respuesta es de una sinceridad poco habitual en el mundo del baloncesto profesional: «Lo que es curioso es que cuando yo estaba allí, si hubiéramos movido el balón como hacíamos en el Real Madrid, un poco a la europea, moviéndolo, desplazándolo… Nueva York habría acabado primero de la conferencia. El juego un poco previsible que ves ahora lo veíamos también nosotros desde dentro. Y al final las equipas se anticipan a tus movimientos, ya saben cómo defenderlos. Por eso llegamos a encadenar muchas derrotas. Al principio no podíamos ganar a Orlando, no podíamos ganar a Miami, no podíamos ganar a Boston».

El cambio, según él, no es tanto táctico como de mentalidad colectiva: «Hay una sola pelota. Cuando cada uno acepta su rol de verdad y entiende que si nos superamos juntos el baloncesto cambia, todo fluye. Antes, en el equipo, se veía a alguno que otro un poco frustrado porque no tenía la pelota. En cuanto esos comportamientos desaparecen y la gente entiende que hay que sacrificarse, el equipo se transforma».
El partido que lo cambió todo, según recuerda, fue una victoria abultada contra Utah: «Habíamos encadenado derrotas, era el partido en el que había que reaccionar. Creo que hicimos un parcial de 20-0 en un cuarto donde Utah no anotó durante no sé cuántos minutos. Ganamos de 40 puntos o algo así. Eso nos despertó».
Un capítulo aparte merece Karl-Anthony Towns, al que Yabusele conoce bien de los entrenamientos del inicio de temporada. Durante años, la narrativa sobre el pívot dominicano-americano ha insistido en su blandura defensiva, en su falta de intensidad en los momentos decisivos. Lo que se ha visto en estas finales, donde ha sometido a Wembanyama a una presión constante, ha sorprendido a muchos. A Yabusele, no del todo: «Cuatro es cuatro. Tiene un talento ofensivo brutal. En defensa, siempre tuvo esa reputación de ser un poco blando. Pero al final es como todo el mundo, hay jugadores que en un momento dado se dan cuenta de que hay que salir de la zona de confort. Estas son las finales. Aquí es ahora».
De los entrenamientos conjuntos guarda el recuerdo especial: «Trabajábamos los tiros juntos antes de los entrenamientos: triples, postup, situaciones concretas. Balanceábamos los dos, él y yo. Antes de conocerle, escuchas lo que dicen por ahí y no sabes con quién te vas a encontrar. Llegué y era un tío agradable, respetuoso. Lo contrario de lo que esperaba». Las críticas que recibió durante la temporada regular le dejaron perplejo: «La gente olvidaba que puedes tener partidos malos. Y en Nueva York, después de dos o tres malos partidos, ya te piden que lo traspasen».
Wembanyama
Sobre Wembanyama, Yabusele habla con la autoridad de quien le ha defendido en varias ocasiones y ha entrenado con él en la selección francesa: «Es un problema sin solución aparente. Todavía está tan lejos de su mejor versión. Cada verano llegas, vuelves a jugarle y tiene un nuevo recurso. Cuando crees que le conoces, aparece algo nuevo. De la manera en que agarra las posiciones con la pelota, llega a jugar alrededor de lo que le hacen: sabe que van a empujarle, entonces juega por encima de eso, y ahí se vuelve demasiado fuerte».

El último enfrentamiento directo, ya con la camiseta de Chicago, dejó una imagen que Yabusele narra entre risas: «Le dije al árbitro que no tenía derecho a apoyarse en mí, que ya era suficientemente grande, que había que pitarle las faltas. Me miró y me dijo que no había nada» Yabusele se encogió de hombros: «Le dije que sí, que en realidad tenía razón. Estoy reventado, lleva toda la noche haciéndome correr»
La selección francesa es el otro gran tema de conversación. El Eurobasket fue una mezcla de lo mejor y lo peor de este grupo con una eliminación prematura ante Georgia que todavía duele. El capitán hace autocrítica: «Cuando salí de la competición, hablé con Benoît y con otros amigos y les dije: ‘soy un idiota’. El grupo era tan bueno, la dinámica tan positiva, que creí que no necesitaba forzar en ataque. Me convertí en pasador puro y perdí mi agresividad. Y los rivales lo vieron: si le ponemos una pequeña trampa, él pasa, nos olvidamos de él y ya».
Lo de la noche ante Georgia lo recuerda con una mezcla de fatalismo y autoexigencia. La noche anterior había enviado un mensaje al grupo, había visto cómo Serbia, favorita, caía eliminada ante Fernández y los suyos: «Les escribí: chicos, esto es el Eurobasket. Las grandes siempre caen contra las pequeñas. Georgia no tiene nada que perder. Ellos nos van a mirar con una motivación enorme. La presión está de nuestro lado. Hay que jugar juntos, hay que hacer esto, no podemos hacer lo que hizo Serbia» .El mensaje llegó a su destino. El resultado, no. «Al día siguiente falló todo lo que podía fallar».
La selección, pese a ello, tiene motivos para el optimismo. El talento disponible, cracks como Wembanyama, Gobert, Evan Fournier tras su MVP de la liga francesa, Timothé Luwawu–Cabarrot, Sylvain Francisco y el propio Yabusele, convierte a Francia en candidata de aquí a Los Ángeles 2028: «Sobre el papel, clarísimamente somos un equipo fuerte. Pero hay que crear una conexión, un bloque que nadie pueda tocar. El camino va a ser muy largo, primero la clasificación, luego el Mundial de Qatar, luego conseguir el billete olímpico. Todo el mundo va a salir a por nosotros porque nos ven como los grandes. Eso va a hacerlo más difícil, no más fácil».
El mate a LeBron
Lo que ya nadie le puede quitar es el verano de 2024. La final olímpica de París. El mate sobre LeBron James. Yabusele lo describe como el mejor partido de su vida: «Estás en la pista, escuchas al público, los tambores, todo eso, y al mismo tiempo ves a esos jugadores enfrente y piensas: esto es el sueño. Es el partido más grande que he jugado en mi vida».

El mate fue una llamada de atención sobre una trayectoria que durante años había construido su reputación en Europa sin que la NBA se molestara en girar la cabeza. Cuando Paul George comentó asombrado que no entendía por qué ese jugador no había estado antes en la liga, Yabusele se limitó a pensar lo evidente: «Pero si estaba en el Real Madrid. Llevaba años haciendo cosas allí. Para ellos, lo que pasa fuera de los Estados Unidos sencillamente no existe».
La secuela no tardó en llegar. Los Lakers aparecieron en el calendario de Chicago. Yabusele llevaba días haciéndose la misma pregunta: «¿Le hablo? ¿No le hablo? ¿Hago como si no hubiera pasado nada?» Cuando se encontraron en la cancha, LeBron le saludó brevemente, con una cierta frialdad que Yabusele interpretó a su manera. Luego llegó la acción, el alero intentó un mate o un bandeja, Yabusele fingió ir a taponarle y se echó atrás en el último instante. La pelota acabó en bandeja fallada, en el aire. El amigo que le acompañaba al partido se lo confirmó después: «Me dijo que había visto la jugada, que de verdad parecía que le había desconcentrado» La conclusión fue inevitable: «Estoy en su cabeza».
Planes futuros
Ahora toca esperar. Chicago ha iniciado una reconstrucción, hay una nueva dirección deportiva y Yabusele no descarta seguir en el equipo si la propuesta es la adecuada. La ciudad le ha conquistado: «Es grande, es limpia, la gente es amable. Hay muchas cosas que hacer. Y el equipo estaba contento conmigo, los aficionados me pedían que me quedara. Si me hacen una oferta, no voy a decir que no a esa franquicia».
Al mismo tiempo, mantiene abierta la puerta a Europa, y específicamente al Cholet Basket, el club de su infancia, que ahora proyecta un presupuesto de 50 millones de euros, aunque deja claro el orden de prioridades: «Si no vuelvo a la NBA este verano, creo que se habrá terminado. No creo que vaya a tener una segunda oportunidad de volver. Así que voy a agotar esta hasta el final».
Yabusele ha pasado por Boston sin jugar, por China con el Covid, por Levallois reconstruyéndose, por Madrid consolidándose, por Filadelfia explotando, por los Juegos Olímpicos consagrándose y por Nueva York pagando el precio de haber elegido con el corazón. Cada uno de esos capítulos le ha dejado algo. El último, el de Chicago, le devolvió lo más importante, que son las ganas de jugar: «Fue la mejor cosa que pudo pasarme. Porque allí, si hubiéramos movido el balón como en Madrid, habríamos acabado primeros».

