Obituarios

En el recuerdo a Bernardo Ruíz, decano de todos los ciclistas

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Bernardo Ruiz (Foto: Wikipedia)
Bernardo Ruiz (Foto: Wikipedia)

Cuando nace Bernardo Ruiz el dictador Miguel Primo de Rivera lleva quince meses en el cargo. El mismo año en que conquista la Vuelta a España es nombrado catedrático de Derecho Político (Universidad de Valencia, curiosamente) Manuel Fraga Iribarne. Sube al pódium del Tour cuando están como ministros Girón de Velasco, Gabriel Arias Salgado o Muñoz Grandes. Aquel mes de abril gana la liga un clásico Club de Fútbol Barcelona (así escrito) y desciende a segunda división el Atlético Tetuán. Hoy, con el nombre de Mogreb Atlético Tetuán, exhibe dos títulos de Marruecos en sus vitrinas.

Ahora, tan cerquita de la Asunción, marcha Bernardo Ruíz (Orihuela, 1925-2025). El hombre que llegó a cumplir centuria, el campeón de los tiempos heroicos. Era decano de los ganadores en Grandes Vueltas, era decano en los que conocieron cajón de la Grande Boucle. Sus historias suenan a cuentos para no dormir, suenan a crónicas del Goddet joven. Tan distinto su deporte, su vida…

Un tipo irrepetible

Fue, desde chaval, un chico inquieto, lleno de energía. Alguien que hubo de vivir momentos aciagos. Once añucos y la guerra, adolescencia de hambre. Estraperlo, vigilancia, mirar a ver si vienen los de uniforme, hacer señas al padre para que cruce este vado, aquel camino. Muchas veces, en velocípedo. Medio centenar de kilos a la espalda, en un carro. Piernas de sobrevivir antes que músculos para vencer.

Entremos en lo biográfico. Su familia era simpatizante comunista, y lo pasaron mal (aun peor que otros) durante la posguerra. El progenitor expulsado de su empleo, obligado a pasar, de vez en vez, por el cuartelillo, no se fuese a fugar. Un hermano alistándose en la División Azul. Herido por granada soviética que mató a todos los que le rodeaban, condecorado por ello, también pequeño subsidio. Fue él, Tomás, quien le compró en 1941 la bici Alcyon que acompaña sus primeros éxitos. Costaba 500 pesetas… Era grande, robusto para la época. ¿Estiloso? Pues miren, más bien no, pero cómo iba a serlo en aquellos caminos que solo conocían el asfalto de lejos (y a veces).

Los números de Bernardo, por no pasar a mayores, asustan. Corrió entre 1945 (corrió desde antes que cayese Berlín) hasta 1958. Primero como independiente, que es la forma para decirles «carreras poco organizadas, cero equipos, cada uno que se busque las alubias». ¿Primer premio de su vida? Setenta y cinco pesetas y un pollo de corral. Menudo chollazo. Después ya sí, después retahíla de maillots. Paloma, Pirelli, alguno mítico como el de Peugeot, La Perle-Hutchinson o Ignis. Tiempos en que era habitual «ceder» ciclistas para correr en países diferentes. Así lleva Bernardo la zamarra del Faema-Guerra, o la del Girardengo-Icep. Cuentan que si fue el primer corredor hispano que pudimos llamar «profesional». Vamos, que cobraba sueldo por su trabajo, no iba solo a premios y minucias. Aunque nunca rechazó, qué va, los premios, jamás le parecieron minucias. Puedes sacar el hambre del cuerpo, pero nunca sacarás al hombre del hambre… Cada vez que Bernardo corría fuera de España retornaba al país con repuestos, con tubulares, hasta con penicilina. Reventa y más pesetucas para el bolsillo. Le llamaban el «Pipa», y siempre fue igual.

Empieza a correr en pruebas de esas que dicen «golfas». Las que hay en cada verbena, en cada romería, por todos los pueblos. Bici, frontón, bolos, cucaña… lo que fuese menester. Allí existió, siempre, la necesidad de hacer algo, de ganar unos céntimos. Para que no saliera a deber el viaje. Luego pasa al Frente de Juventudes, debuta en la Vuelta a España con veinte añitos, gana Catalunya. Acude por colecta popular, en el pueblo van haciendo rifas, peticiones, denos, denos para mandar al gran campeón hasta Catalunya. Reúnen trescientas pesetas (otros dicen que trescientas cincuenta), inscripción y poco más. Bernardo se lanza cada día, furioso, con ataques y esprines, porque así araña primas para poder seguir. Y hasta ganarse la general. Era un niño.

Es estrella

Empieza a lucirse un palmarés majísimo. Tres veces campeón de España (más una conquista en el Campeonato de España de Montaña). La Vuelta a Burgos, la Clásica de los Puertos, la Vuelta a Castilla, la Vuelta a Asturias, la Vuelta al Levante. Más etapas. Más victoria parcial en Romandía (Porrentruy), más victoria parcial en el Giro (Roma), primer español que consigue, año 1955. También la Barcelona-Pamplona, dos sectores maratonianos, tras moto. Más la Vuelta a España. Más el Tour.

Y mira que no empezó bien, en el Tour. Año 1949 y… ridículo. Todos los españoles retirados. Cuentan que si fue cosa de Dalmacio Langarica, el líder, que no quería estar allí, que tenía pereza, que no se veía bien. Así que aprovechó un pinchazo para tumbar la bici en el suelo y, a pisotones, romper la rueda. Mire, imposible continuar, me vuelvo a casita. Y los demás tras él, les hicieron parar, no sigáis, es fuera de control seguro. Fue un (moderado) escándalo. Tendría Ruíz que resarcirse más adelante, ¿no?

Lo hizo, y lo hizo a fondo. Primero en 1951, en el Tour de Hugo Koblet. Sendas etapas gana Bernardo, primer español en repetir éxito. Una en Brive-la-Gaillarde, tras escapada casi de inicio a los pies del Puy-de-Dôme. La segunda por Aix-les-Bains. Media montaña, terreno ideal para alguien duro y rocoso como él, más fornido que el clásico escalador hispano, más fiable también. Hizo noveno en ese Tour. Detrás, a casi el minuto, un transalpino de Castellania.

El mismo que iba a masacrar esa Grande Boucle, año 1952. La mejor actuación de Bernardo Ruíz al norte de los Pirineos. Pódium, oigan. Y con ramalazos… en fin, tuvo mala suerte. Segundo en Le Mans (pierde al sprint con Rosseel), segundo en Sestriere (tras el intocable Fausto, solo Alpe d´Huez, un día antes, como precedente de llegada en monte), cuarto en Pau (Coppi, Ockers y Robic). Será finalmente tercero. Nunca antes un español subió al pódium de la general. Quedó salvada la afrenta de 1949, ¿no?

(A su pueblo llegaban noticias de la Grande Boucle en directo, narradas por Radio Montecarlo. Buscaban alguien que supiera el francés y… hop, ya sabemos si el convecino ha pillado etapa o no).

No «defenderá» cajón al año siguiente. Deciden no seleccionarlo. Dicen que si se lleva mal con Cañardo, que es quien se encarga de estas cosas. Dicen, cuentan, bisbisean, que si Ruiz se quejó al ver que Cañardo abandonaba el Giro, donde ejercía como director, para acudir a la boda de su hija (casó con Joaquín Rigau, exjugador, entre otros, del Espanyol). Resulta que Mariano se va de Italia, pero trinca todas las perras que le corresponden como prima, y eso no gustó a Bernardo. Que lo masculló con algún reportero. Y después no lo llevan al Tour. Ya ven, la cruz puesta. Una historia que se repite.

(Tampoco acude a Francia Fausto Coppi, por cierto, picado porque el seleccionador de Itala elige como capitán a Gino Bartali. Cosas veredes).

En la Vuelta a España también destacó Ruíz. Un cuarto allá por 1950, un pódium en 1957 (el cajón más explosivo de todos los tiempos, con Jesús Loroño, Federico Martín Bahamontes y Bernardo Ruíz… no cabía más mala hostia). Y, claro, la victoria de 1948. Edición demoledora, la más lenta, en media, de siempre. Pero es que fue entre junio y julio, y pillaron ola de calor los ciclistas, y aquello era inaguantable. Hasta cuarenta y tres grados el día de Zaragoza. Agua, necesitamos agua. Y sobrevivir un poco, también. Cuentan que si paraban en todos los pueblos buscando líquido, que nadie se saltaba ese orden de disciplina interna, que eran compañeros en penurias.

La gracia es que Bernardo Ruíz ganó aquella carrera… bajo la nieve. Como lo oyen. Entre San Sebastián y Bilbao, por Urkiola, Sollube y repechones. Allí, en el gran puerto, pasa destacado Langarica, que corre en casa, que va de líder. Hay viento, hay frío, cae el aguanieve, todos estornudan, qué pasó, por qué tanto cambio, ¿no podríamos tener una meteorología saludable? Y eso, que va Langarica primero por Urkiola, y lleva a su rueda a Bernardo Ruiz, y faltan ochenta kilómetros a meta cuando pincha Dalmacio. Salta Ruiz, se le une, más tarde, Emilio Rodríguez, luego tres más. Colaboran, relevan, Dalmacio parece que llega, que caza, está a menos del minuto, a cincuenta segundos, aguanta por kilómetros… y acaba reventando. Asciende Sollube desde Bermeo haciendo eses. Gana el de Orihuela en Bilbao, se viste como líder. Veinticuatro horas más tarde vuelve a pinchar Langarica en Asón. Definitivo. Ni siquiera pisará el pódium, tras romper el manillar por Galicia.

Bernardo Ruíz ganó la Vuelta Ciclista a España, edición de 1948.

Hace, hoy, setenta y siete años de eso.

Dicen de él que nunca pinchaba, porque mimaba sus tubulares como si fuesen jamones, dejándolos secar embadurnados de grasa. Dicen que, quizá, eso le hizo perder la segunda plaza del Tour 1952, porque no llevaba su material casero y se acojonó bastante bajando el Mont Ventoux, perdiendo mucho con Stan Ockers (en París los separan solo seis minutos, una minucia para la época). Dicen que era pilluelo, que cortó al grupo en París, año 1955, y así pudo ganar Poblet, que fingió averías para despistar rivales, incluso cuando era director.

Porque tras su retirada empieza a dirigir equipos. Bueno, el Faema, donde dio sus pedales últimos. Allí… en fin, allí tiene como pupilo a Bahamontes. Se odiaban, literalmente, siempre acusó Ruíz a Bahamontes de ser un ratilla, de ser hombre sin palabra. Incluso han llegado a las manos en alguna ocasión, cuando Bernardo soltó un par de mamporros cansado de los gazmoñeos de Bahamontes. «Era el que mejor subía, aunque algo irregular», dirá décadas más tarde. «Nos toleramos mutuamente», dijo entonces, frase poco tranquilizadora. Porque con Fede corre la Vuelta de 1960. Todo era extraño. Sueldo récord para el toledano de 800.000 pesetas en Faema. Pero es que en Faema no era el Pipas único a malas con Bahamontes… Suárez, vigente ganador de la Vuelta, cuenta que no trabajaría para él. Manzaneque dice que va a jugar sus cartas. A Pacheco lo llegaron a expulsar del Faema por ser… amigo de Bahamontes. Estampa cainita, cruel. Todos cerraron la boca por unas horas y fingieron paz. Espejismo. En la primera etapa, crono por equipos, Faema cae, y dice Bahamontes que no caen, que le han tirado sus propios compañeros. Luego hace escapadas sin sentido. Luego sigue una huelga de piernas caídas, picado porque habían expulsado a un equipier, y llega de noche. Adiós a la carrera. «Bahamontes es un hombre fuera de control», dijo Bernardo.

No extraña, así, que aguante poco de técnico. Y eso que tuvo también mieles, eh, como la victoria de Angelino Soler en 1961. Pero era imposible. Carácter fuerte, disciplina. Y eso que tienen muchos grandes campeones cuando cogen el volante, esa continua insatisfacción al ver que sus pupilos no sufren tanto como ellos. Cómo podrían, tú. Si Bernardo empezó en esto de la bici cuando no terminaba la Segunda Guerra Mundial. Si era reducto de otro tiempo, de otras carreteras, de tubulares a los hombros y polvo en la garganta. Cómo podrían. Bernardo, quizá, entendió todo eso, y se marchó para su Orihuela. Tienda de bicis y motos, siempre le gustó enredar con mecánica. Hablando de bicis y de cosas. Echando un cigarro tras otro. Sin aguantar estrellitas.

Feliz

Ah, ¿Quieren dos últimas anécdotas? Sendas imágenes. Icono, una. Legendaria, absolutamente mítica, otra. La primera es cuando ganó su Vuelta a España. Vestido de blanco (nunca hemos sido muy estrictos con el color del líder), ramo de flores, sonriente. Pedalea por un estadio de fútbol que recién inauguran en aquel tiempo. Chamartín, le dicen, después tomará nombre de presi.

La otra es aun más conocida… y tiene truco. Un misterio, un secreto. ¿Quién dio el agua a quien? Es la toma de Carlo Martini que muestra a Coppi y Bartali compartiendo ponchera. Símbolo de reconciliaciones, las dos Italias, la Segunda Guerra Mundial, cristianos y rojos, todas esas cosas. Y, siempre, la duda. Sobre de quién parte, sobre a quién va. Una que pudo resolverse de forma sencilla, si hubieran preguntado a Bernardo Ruíz. Porque, oh sorpresa, el Pipa consta en tal foto. Aunque no salga. Porque esa foto, la que todos ustedes tienen en la retina, es una poda. En el original aparece, además, Stan Ockers, justo a la izquierda de Fausto, deslabazadísimo sobre su bici, destrozando (no lo nieguen) la belleza del momento, la trascendencia del instante. Como tres plomos que se ponen incorrectamente en una vidriera, como la pesadilla de Cartier-Bresson. Pero es que, encima, surge un cuarto ciclista. Apenas sombra, apenas un pie, un pedal, una pantorrilla. Es Bernardo Ruiz. Eran cuatro, aunque solo conozcan a dos. Ah, dice el Pipa que si la botella se la pasan primero a Bartali, y él la cede a Coppi. Qué importa, ya.

Repasen los nombres. Los momentos. El tiempo, la acción.

Vean la grandeza de Bernardo Ruíz.

Se nos fue un auténtico mito.

 

2 comentarios

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  2. Margarita Ruiz

    Como hija de Bernardo Ruiz, tu artículo me ha hecho emocionarme más que con nada que se ha escrito de mi padre y, eso que creía que, tras un artículo que publicó Vázquez Montalbán en El Pais, hace ya tiempo, nada lo iba a lograr. No imagino cómo una persona tan joven como tu, y sin saber si llegaste a conocerlo, podría transmitir tato sobre él. Gracias de todo corazón. Margarita

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