
Los famosos juegos de Hitler no fueron una idea suya. Los trámites de la celebración los iniciaron las autoridades de la República de Weimar. Mucho se ha escrito sobre la que fue considerada la primera olimpiada en una dictadura, pero poco se ha investigado realmente. La Villa Olímpica, por ejemplo, acabó siendo un cuartel de la Wehrmacht y, a partir de 1945, la ocupó el Ejército Rojo hasta que abandonó una Alemania unificada tras la desintegración de la Unión Soviética.
El historiador Emanuel Hübner tiene uno de los trabajos más interesantes sobre este complejo de 50 hectáreas en The Olympic Village of 1936, donde explica que la construcción de las instalaciones no tuvo nada que ver con los prejuicios y tópicos sobre la supuesta efectividad alemana, disciplinada y organizada, sino que el proceso no estuvo exento de enfrentamientos de toda clase entre las instituciones que lo llevaron a cabo.
Lo que sí es cierto es que, desde un primer momento, su construcción se hizo para los Juegos Olímpicos, sí, pero con el objetivo de que luego fueran un gigantesco cuartel, como así fue, con una escuela de oficiales y un hospital militar. La Villa estaba ubicada en Döberitz, a unos 14 kilómetros al oeste de Berlín. Filosóficamente, esas instalaciones tenían que servir de encuentro a la juventud del mundo, personificada en sus deportistas, como un canto a la paz. La realidad es que las obras las estaba realizando el Ministerio de Guerra del Reich. Sin embargo, tampoco esto respondía a un plan maestro.
El modelo estaba copiado de la primera Villa Olímpica seria de la historia, la de Los Ángeles 1932. Eran 500 casas de madera distribuidas en 64 hectáreas a las afueras de la ciudad, donde pudieron alojarse 2000 personas. Los alemanes visitaron esta instalación y quedaron maravillados. Y esa fue una de las razones por las que el proyecto tuvo que ser entregado a los militares: no tenían dinero para hacer algo igual. Por este motivo, se le propuso al ejército la reconversión de unos cuarteles y campos de entrenamiento ya existentes, que luego quedarían, mejorados, para su libre disposición. Similares problemas de financiación tuvo el estadio, el Deutsches Stadion.
Los responsables del Comité Olímpico Alemán eran Theodor Lewald y Carl Diem. Ninguno de los dos tenía el carné del NSDAP. En un principio, los nazis no se atrevieron a cesarlos por el prestigio que tenían, pero se aseguraron puestos directivos para el partido. Los dos responsables, por su parte, fueron tan ilusos que pensaron que, con su influencia, podrían impedir que los nazis inundaran de política el evento. Algo sí que lograron. Las actividades antisemitas se suspendieron antes del evento. Incluso hubo entusiastas de los Juegos de origen judío que acudieron como turistas.
Durante la construcción de las instalaciones, el ejército también aprovechó la propaganda para darse una pátina de Fuerzas Armadas que trabajaban por la paz, quedaba tiempo para que el deporte adquiriera otro significado mediante las SS. Aunque, en las excavaciones previas, aparecieron objetos neolíticos enterrados, hubo que parar y dejar que los expertos del Museo de Prehistoria Temprana de Berlín hicieran su estudio arqueológico pertinente. Eso demoró la obra hasta enero de 1935.
El arquitecto Werner March había diseñado todo el conjunto y el paisajista Heinrich Wiepking-Jürgensmann hizo los jardines y el entorno. Todo bajo las órdenes del capitán Fürstner, al que se le ocurrió involucrar a más de un centenar de ciudades alemanas concediéndolas la decoración de cada casita del complejo con motivos locales. La idea, como obligaba a los municipios a pagar por el derecho de decorar las instalaciones, no tuvo mucho éxito. Tuvo que romper el hielo Coburg, una pequeña ciudad en el centro de Alemania, que también había sido, en los años 20, la primera en elegir un alcalde nacionalsocialista. Y no se sumaron muchas más, que seguían en una situación económica calamitosa, por lo que hubo que echar mano de artistas y estudiantes de las academias vinculadas al Ministerio de Reich para la Ciencia y la Educación. La prensa mintió sobre la «feroz competencia» de las ciudades por poner su nombre en las casitas.
Los medios, la Villa Olímpica se presentó como un símbolo de paz, pero también de la voluntad del pueblo alemán de reconstruir la nación bajo una nueva dirección. Atrás quedaba la decadencia. Multitud de artículos incidieron lo seguros y satisfechos que se habían sentido los visitantes extranjeros. Sin embargo, donde había prensa libre, como en Inglaterra, aparecían otro tipo de comentarios. El medallista Arthur Brown decía: «Los alemanes están justamente orgullosos de la Villa Olímpica, pero tenía inconvenientes. Estamos a diez millas del estadio, a quince de la ciudad, y rodeados por una valla metálica». Más adelante, recordaría: «No ayudaba el hecho de que, en cuanto nos marcháramos, la Villa se iba a convertir en el lugar donde los alemanes aprenderían las formas más modernas de matarnos (…) El hecho es que fuimos a Berlín con la equivocada idea de que íbamos a presenciar una competición deportiva, pero se nos ofreció solo propaganda política».
Al final, quienes más disfrutaron las instalaciones fueron los miembros del Ejército Rojo destinados a Alemania durante décadas, que construyeron aquí sus apartamentos sobre las casas de la Villa. Cuando las instalaciones cayeron en manos de la nueva Alemania en 1993, el Ejército no quiso volver. Pero no por segundas o terceras lecturas de la narrativa de aquel lugar, sino porque no quería invertir en volver a rehabilitarlo todo. No fue hasta 2009 que los restos entraron en un programa de cuidado de lugares de importancia nacional y hubo algunas restauraciones. Pese a todo, la Huella del Holocausto seguía presente.
Graciosamente, entre los promotores de la Villa, el propio Lewald tenía orígenes judíos, pero estuvo tan bien conectado que no solo no fue enviado a ningún campo años después, sino que pudo salvar de ese destino a un amigo de la infancia. El caso de su colega, Diem, fue diferente. Él se fue involucrando con los nazis hasta el final. El 18 de marzo de 1945 fue famoso el discurso que pronuncio en esta misma Villa Olímpica ante los miembros de las Juventudes Hitlerianas en el que les dijo: «La muerte es hermosa cuando el noble guerrero lucha por la patria, muere por la patria»: Al día siguiente, la mayoría moría a manos de unidades de tanques soviéticas en la Heerstrasse. Tenían una media de 16 años. Diem también sobrevivió a la guerra, no consta que él se enfrentara a las tropas soviéticas como esos niños. Conocedor del Holocausto desde 1943, fue nombrado rector de la Universidad Alemana del Deporte y ocupó el puesto hasta 1962. Hay una placa con su rostro en la puerta del Estadio Olímpico de Berlín.

March, el arquitecto, en la guerra de la inteligencia nazi, el Abwehr, pero en 1953 fue nombrado titular de la cátedra de urbanismo de la Universidad Técnica de Berlín, cargo que ocupó hasta 1960. Entre 1956 y 1960 construyó el Estadio de El Cairo. Mientras que su paisajista, Wiepking-Jürgensmann, formó a los paisajistas alemanes de la era nazi, fue incluido en la lista de los «bendecidos por Dios» del Ministerio del Reich para la Ilustración Pública y la Propaganda y, acabada la guerra, se incorporó a la Universidad Técnica de Hannover.
Tan solo Fütsner, el capitán que dirigió las obras de la Villa Olímpica, no fue testigo de la guerra. Se suicidó nada más terminar los Juegos Olímpicos.



