El deporte ha tenido usos propagandísticos de todo tipo, pero también, a pequeña escala, ha servido para cohesionar grupos cerrados, en los que se necesitaba fortalecer la obediencia y sumisión. Las SS fueron un ejemplo de ello. Sus miembros tenían que ir obteniendo una serie de insignias relacionadas con el deporte para avanzar en el cuerpo y, de paso, este se servía de esas pruebas para formar una tropa de elite.
Como explica Berno Bahro, de la Universidad de Potsdam, en junio de 1990, cuando se hacían unos trabajos de excavación en la Cancillería del Reich en Berlín, se encontraron una serie de pinturas que retrataban a los miembros de las SS en dos facetas, por un lado como héroes militares, y por otro, como deportistas.
Las primeras hipótesis sobre esa obsesión por el deporte señalaron que podría ser una simple forma de tener ocupados a los hombres, pero según el historiador Eckart Conze, era una forma de «legitimar» su «virilidad física y mental». De hecho, en la República de Weimar, el único partido que introdujo el deporte en su programa fue el NSDAP, con la intención de «fortalecer al pueblo». Promovían el deporte como una forma de estar en forma y mejor preparados para el combate contra sus enemigos.

En un documental que puede verse en Filmin, A German Party, sobre el partido de ultraderecha AfD, en auge actualmente en Alemania, aparecía una conferencia de uno de los supuestos intelectuales de la formación criticando el concepto de igualdad. En un momento dado, decía «el izquierdista quiere que la sociedad compense lo que la biología le ha negado». Es un ejemplo paradigmático del espíritu del nacionalsocialismo, una interpretación delirante de la selección natural.
Las SS pretendían ser una formación de elite. La admisión de sus miembros estaba organizada por la Oficina Principal de la Raza y Asentamiento (SS Rasse und Siedlungshauptamt) y el funcionamiento de sus estructuras se basaba en una selección biológica basada en el rendimiento, el leistungsadel (aristocracia del rendimiento).
Para entrar, tenían que tener entre 23 y 35 años y una altura mínima de 1,70 metros. Se valoraba la apariencia aria. Ese listón distinguía a sus hombres de los de las SA, y pronto las SS fueron resultando más atractivas a las clases medias, académicos y aristócratas, lo que le dio al cuerpo su carácter de elite.
Inicialmente, se introdujo un entrenamiento atlético y nociones de artes marciales (jiu-jitsu). Desde un principio, el deporte estuvo enfocado a las peleas callejeras con militantes socialistas, aunque estas rutinas también fortalecían la unidad y cohesión del grupo. Puro team-building.
Sin embargo, a partir de 1934, cuando a los rivales políticos ya no había que darles palizas en un callejón ni reventarles los mítines, puesto que estaban ya en la cárcel y en campos de concentración, se dio un paso más allá en la función del deporte dentro de las SS. Ahí la labor propagandística empezó a cobrar un papel especial, se quería contar con buenos deportistas, exitosos en competiciones, para dar ejemplo y mostrar, sobre todo, la superioridad racial. Desde 1935, se introdujeron exámenes obligatorios para obtener insignias deportivas.
El valor que se le daba a estas titulaciones deportivas llegaba al punto de ser imprescindibles para obtener el permiso para casarse y para obtener cualquier tipo de ascenso. El deporte fue uno de los elementos de selección más recurrentes de las SS. Hasta el propio Himmler tuvo que sudar la gota gorda para poder conseguir una y predicar con el ejemplo. Su sueño era que las SS aportasen la mitad de los deportistas alemanes.
En 1937, un 47,4% de los miembros de las SS tenían estas insignias, entre los dirigentes, un 73,6%. Se habían creado centros de alto rendimiento, como los SS-Sportgemeinschaften, de los que llegó a haber 37 en 1939. Todo el programa deportivo de la organización estaba en manos de Richard Hermann, jugador de balonmano y promotor del baloncesto en el III Reich.

Se contrataron entrenadores profesionales y se obligó a todos los deportistas de las SS a abandonar sus clubes e integrarse en los de la organización. A cambio, eran destinados más a labores de seguridad, bajo las órdenes de Reinhard Heydrich. La cita ineludible que se marcó en el calendario fueron los Juegos del Solsticio de las SS, SS-Sonnenwendwettkämpfe. Según Himmler, este encuentro era bueno para sus hombres porque, como se invitaba a competir a la Liga de las Muchachas Alemanas (Bund Deutscher Mädel) y la Liga de Mujeres Nacionalsocialista (NS Frauenschaft) los SS podrían disfrutar de un mecanismo de selección natural para elegir esposa.
Hubo grandes nombres que recibieron toda clase de alabanzas en la prensa del régimen, y no había otra, como los esquiadores Gustav Berauer y Hermann Schertel. Berauer, apodado Gusti, fue herido en el Frente Oriental durante la guerra y no pudo volver a esquiar, pero de 1963 a 1975 fue presidente del Comité de la FIS (Combinada nórdica) de la RFA.

No obstante, incluso así, la sociedad era consciente de que se favorecía a los clubes de las SS. En la regata de primavera de Berlín, ganó el equipo de las SS, el Ruderklub am Wannsee, pero el público ovacionó a los perdedores por un solo motivo: no eran de las SS. Llegó a haber comentarios sarcásticos en presencia de Josef Dietrich, general de las SS, condenado en 1956 por la Noche de los Cuchillos Largos en la que las SS exterminaron a sus homólogos de las SA. A su funeral en la RFA acudieron 6.000 de sus subordinados.
Hasta tuvieron un mártir, el piloto Bernd Rosenmeyer, haupsturmführer de las SS (equivalente a capitán), que falleció intentando batir un récord mundial de velocidad máxima en 1938 al volante de un Auto Union. Se calcula que iba a 479 kilómetros hora cuando una ráfaga de viento desvió la trayectoria de su vehículo.

Tres de los cuatro montañeros que hicieron la ascensión a la cara norte del Eiger tenían vínculos con las SS. Uno de ellos, el posteriormente famoso Heinrich Harrer, declaró al ser descubierto en 1996 que su militancia fue «un error estúpido», pero al culminar su hazaña fueron recibidos por Hitler, que les regaló una fotografía firmada en el Festival Alemán de Gimnasia y Deportes. Su compañero Ludwig Vörg murió en la Operación Barbarroja. Anderl Heckmaier, sin embargo, aunque fue usado por la propaganda por esta proeza y fue contratado como instructor de las SS, nunca se unió al NSDAP. Hizo la guerra en el Frente Oriental y sobrevivió.
Las SS también controlaron los deportes desde las federaciones, al principio, esgrima, ciclismo, balonmano y baloncesto, atletismo, hockey y natación fueron asumidas por sus oficiales. Pero el golpe definitivo lo dieron colocando a Franz Ludwig Metzner en la Federación Alemana de Boxeo. Natural de Turingia, fue uno de los primeros parlamentarios del NSDAP en 1933, y en la guerra, como capitán de un batallón, estuvo destinado en el Este. Al final de la contienda, fue consejero del gobierno en Essen.
Y, especialmente, cuando Felix Linnemann se hizo con la Federación de Fútbol. A este SS-Obersturmbannführer le detuvieron los ingleses al final de la guerra y le mandaron al campo de concentración de Westertimke. Fue la FIFA quien insistió en que no volviera a desempeñar ningún cargo relacionado con el deporte.
Por otro lado, la equitación fue uno de los deportes más importantes para los nazis, ya que representaba valores como la disciplina, la fuerza y la superioridad racial que el régimen quería promover. Sin embargo, al principio, entrar en las SS como jinete no era fácil. Los requisitos para ser admitido estaban basados en criterios muy estrictos de raza, anatomía e ideología, lo que dejaba fuera a la mayoría.

Esto empezó a cambiar cuando las SS relajaron las condiciones de ingreso, permitiendo que jinetes técnicamente capacitados pero considerados ideológicamente «inferiores» militaran en la organización. Esta decisión fue muy criticada por algunos líderes veteranos, que la veían como esa renuncia debilitaba la pureza ideológica del cuerpo, algo que tan celosamente habían intentado fomentar. A pesar de las críticas, la medida permitió que las SS incorporaran a miembros de clases sociales más altas, especialmente de la aristocracia, que eran los que montaban a caballo en estos torneos.
El verdadero punto de inflexión llegó en 1937 con la creación de la Escuela de Equitación de las SS (SS Hauptreitschule) en Múnich-Riem, dirigida por Hermann Fegelein, quien ganó el prestigioso Hamburg Jumping Derby ese mismo año. A partir de entonces, las SS compitieron al máximo nivel con figuras como Günter Temme y Marten von Barnekow, quienes comenzaron a obtener resultados importantes. Desde 1938, los jinetes de la Wehrmacht empezaron a evitar competir contra las SS por el nivel que habían alcanzado.
Fegelein fue uno de los últimos ejecutados por el régimen. Es el que en la película El Hundimiento aparece borracho en la cama en un apartamento con una amante. Hitler en persona lo acusó de traición en el bunker y un pelotón de fusilamiento lo ejecutó en los jardines la Cancillería el 29 de abril, un día antes de que el Führer se volara la cabeza.

Durante la guerra, la obsesión por el deporte no cesó. Mientras los que estaban combatiendo en la URSS llegaban completamente calcinados por la experiencia y con ascensos incuestionables obtenidos en combate, Himmler mantuvo las insignias deportivas para todos los que estaban en la retaguardia. Sin embargo, las directrices deportivas dentro del cuerpo pasaron a estar enfocadas al reclutamiento a través del deporte, la preparación física y mental para la guerra y sobre todo la reintegración de veteranos discapacitados.
En los últimos compases de la guerra, Heydrich asumió todas las carteras deportivas, se convirtió en Reichssportführer, y trazó un plan para emplear directamente el deporte como una herramienta de control de la sociedad alemana. El deporte pasó a estar prácticamente militarizado, pero en 1945 todo llegó a su fin.


