Ciclismo

Nairo Quintana y los diez malentendidos que no hacen justicia a su carrera

El gran problema de Nairo Quintana fue llegar cuando nadie lo esperaba. La aparición de Quintana en un contexto en el que las esperanzas del ciclismo colombiano se reducían a lo que pudiera hacer Rigoberto Urán en las contrarrelojes y las pruebas de un día remitía a unos tiempos que se consideraban pasados. Los de los míticos escaladores de los ochenta. Los de Lucho Herrera, Fabio Parra, Oliverio Rincón… Enjuto, de rasgos indígenas, origen rural, Nairo no nos dio tiempo a que lo asimiláramos: su explosión fue tan temprana (acabó segundo en el Tour con 23 años) que todos dimos por hechas muchas cosas. Probablemente, demasiadas.

Desde esa irrupción sin pedir permiso al triste rumor de retirada que derivó en la rueda de prensa de este miércoles van doce temporadas de ciclismo en la élite. Doce temporadas que lo convierten en un ciclista superlativo, de época. Un ganador de Giro y de Vuelta. Un hombre que quedó dos veces segundo en el Tour cuando quedar segundo en el Tour era lo máximo a lo que podía aspirar cualquiera que no corriera en el Sky ni se llamara Vincenzo Nibali. Un tipo regular como pocos, capaz de llevarse hasta cincode las vueltas de élite de una semana: dos triunfos en la Tirreno-Adriático, uno en Catalunya, Itzulia y Romandía.

Una estrella, en definitiva. Ahora bien, una estrella poco carismática y que dio a parar, además, en un equipo en el que el carisma parece penalizado. Uno de los grandes mantras del aficionado colombiano es que Movistar nunca creyó del todo en Nairo, pero no es cierto: creyó con una fe irredenta porque le iba el presente y el futuro. Sí, le buscó competencia interna, más allá del siempre individualista Alejandro Valverde, pero sin que esa competencia fuera una afrenta: Mikel Landa nunca podría haber competido con el mejor Nairo. Tampoco habría podido el joven Enric Mas, recién llegado del Quick Step.

El problema, pues, acabó siendo Nairo. A eso costó acostumbrarse, y es normal que en Colombia costara más porque todos veneramos a nuestros héroes. La narrativa dice que la caída de Nairo fue vertiginosa y que pronto se convirtió en un corredor del montón. La narrativa dice que Nairo era un corredor reservón y que sacaba demasiado pronto el codo para pedir relevo. Todo ello es muy matizable, pero sirvió para agrandar la brecha entre el colombiano y el aficionado español. Una brecha injusta, todo hay que decirlo. Quintana no sería Lucho Herrera, pero no era un “meme” en bicicleta. Y en ocasiones, eso es lo que dieron a entender las redes sociales.

El escarabajo que luchó contra el imperio Sky

Volvamos, en cualquier caso,al principio: al chico de veintidós años que ficha en 2012 por el Movistar después de dos temporadas luchando en vueltas menores con los colores míticos del Café de Colombia. Uno de los tópicos de los análisis de la prensa ciclista es que los colombianos maduran demasiado pronto. Que pintan a superestrellas porque uno imagina una progresión a los 27 o 28 años, pero para entonces solo queda declive. Tal vez sea verdad y tal vez fuera ese el primer malentendido en torno a Nairo, porque en 2012, los chicos de veintidós años no eran como los de ahora: no ganaban Tours, no ganaban Vueltas, no ganaban Mundiales. Los chicos de veintidós años esperaban su oportunidad y aprendían al lado de las figuras de la anterior década.

No así Quintana. En su primera temporada con Movistar, Quintana gana la Vuelta a Murcia, gana ni más ni menos que en Morzine durante la Dauphiné-Libéré, gana la Route du Sud y se lleva el Giro dell´Emilia en el otoño de clásicas italianas. El chico es especial, pero corre en un equipo en el que los chicos especiales siempre son sospechosos. Un equipo en el que a las joyas se las cuida tanto que a menudo tardan años en salir de la caja. Un equipo reservón, vaya, por qué negarlo, con tanto miedo a dar una pedalada de más que el bloqueo es frecuente.

Sin embargo, Quintana es incontenible. Un escalador prodigioso, sistemático, en los tiempos en los que todo es explosividad y arranques en los quinientos metros finales, Quintana es un diésel capaz de aguantar kilómetros en fuga. En 2013, no solo gana sino que se exhibe en la Itzulia, con victoria en Arrate y segundo puesto en la crono de Beasáin, demostrando que es hábil en el llano, que sabe leer los recovecos de los circuitos que deberían penalizarle a él y a sus cincuenta y pocos kilos de peso. Llega al Tour como un favorito de segunda fila, pero gana en la penúltima etapa y acaba segundo, justo detrás de Chris Froome.

Parémonos aquí, porque ese segundo puesto ya es de por sí una hazaña. Ningún colombiano había llegado tan lejos en Francia. Fabio Parra pisó podio en 1988, pero el tercer escalón. En aquel Tour, Quintana demuestra que, sin grandes exhibiciones en la montaña, puede aspirar a ganar una gran vuelta. Acaba así con el segundo malentendido: puede que no sea Lucho Herrera, la eterna comparación subiendo los grandes puertos, pero desde luego tampoco es el típico «escarabajo» de los setenta y los ochenta, completamente perdido en el pelotón. Es un tipo listo, hábil en el llano, habitual de los abanicos, con capacidad para colarse en pequeñas fugas…

Lo tiene todo, en definitiva, y lo tiene todo en un momento en el que el ciclismo internacional solo puede confiar en él, en Vincenzo Nibali y en lo poco que va quedando de Alberto Contador para derrocar al imperio Sky. Así, en 2014, veinticuatro años, recuerden, llega su primera gran victoria: perfil bajo hasta Val Martello y ahí, estacazo para hacerse con la maglia rosa del Giro de Italia que defendería con otro triunfo en la cronoescalada de Grappa. Segundo en la general final, otro colombiano, Rigoberto Urán. Debería ser el principio de algo muy grande.

Los años de un estancamiento prodigioso

Y, sin embargo, tercer malentendido, a ese Nairo solo le quedan dos años de mejora.Dos años de consagración de una carrera prodigiosa, pero sin el esperado cambio de marcha que le convierta en el dominador que se vislumbraba. En la Vuelta de ese año, se cae en la contrarreloj cuando va de líder y tiene que retirarse. Al año siguiente, se exhibe en la Tirreno Adriático, roza el triunfo en Alpe D´Huez (quedaría segundo, de nuevo, en ese Tour, otra vez detrás de Froome) y se queda a un paso del podio en la Vuelta. Así, hasta que llega 2016, probablemente su mejor año como ciclista.

El Nairo de 2016, con veintiséis años, parece imparable. Por supuesto, choca contra la dictadura de Sky en el Tour, pero aun así queda tercero. El resto del año es un espectáculo: gana la Volta a Catalunya, gana el Tour de Romandía, gana la Route du Sud… y por fin gana la esquiva Vuelta a España, con triunfo incluido en los Lagos de Covadonga. Un triunfo especialmente significativo porque se produce ante su bestia negra, Chris Froome, uno de los pocos ganadores del Tour que no renegaba después de su compromiso con la Vuelta y que se dejaba la piel año tras año hasta que consiguió ganarla en 2017.

En rigor, Quintana podría haberse retirado ese año y su palmarés sería ya espectacular: dos grandes vueltas, tres podios en el Tour, triunfos en las generales deRomandía, Tirreno, Volta, Itzulia… Es, junto a Contador, el escalador más exitoso de las últimas décadas. Ha sentado un ejemplo en su país, de donde van saliendo jóvenes y jóvenes con una pinta estupenda: primero, «Supermán» López, luego Daniel Felipe Martínez, por último, Higuita y Bernal. El ciclismo reflorece en Colombia hasta el punto de que los sprints durante aquellos años los domina Fernando Gaviria, otro de los que destacó demasiado pronto y luego no ha estado a la altura de las expectativas.

Expectativas. Sobre Nairo cae la pasión de todo un país y todo un continente… pero corre en España. Y en España se viven los últimos días de Purito, de Valverde, de Contador. En España, por lo que sea, Quintana pasa a ser un corredor sospechoso. No importa que, en 2017, gane en la Comunidad Valenciana, en Tirreno, en Asturias, en el Blockhaus rumbo al segundo puesto en el Giro, su sexto podio en una grande. La obsesión de los españoles con el Tour los lleva a juzgar toda una temporada por lo que el colombiano pueda hacer en Francia. Cuarto malentendido. Las temporadas no se juzgan por una carrera y, aunque hace un Tour discreto (12º), se queda a un sprint de llevarse la etapa de Foix y está con los mejores en el Izoard y la Planche des Belles Filles. No basta. Las sospechas crecen, el malestar también.

La tricefalia que acabó con todo

Y, por supuesto, el codo. El puñetero codo. En 2018, Quintana tiene solo 28 años… pero empieza su séptima temporada en la élite. El Sky ha decidido que ese año Froome gane el Giro y Thomas gane el Tour. Al año siguiente, decidirán que lo gane Bernal. Hay que recordar que consiguieron ganarlo incluso con Wiggins, un contrarrelojista campeón olímpico en pista. Nairo ya no es el corredor explosivo de cinco años antes y hay cierto empeño en redes sociales y comentaristas en remarcarlo. El codo. Saca el codo enseguida. No sufre. No se esfuerza. No busca la machada.

Sexto malentendido. Si Quintana ha empezado algo parecido al declive, es aún un declive hermoso. En Movistar no lo ven así y montan la tricefalia con Landa y Valverde, para indignación de los aficionados colombianos. Las imágenes del primer «El día menos pensado» sobre el último año de Nairo en Movistar (2019) nos presentan a un corredor ausente, al margen a menudo de sus compañeros. Ahora bien, un corredor ausente que sigue ganando. ¿Por explosividad, por potencia? No. Por inteligencia. Por veteranía. Por viejo diablo.

En un año pésimo para el Movistar, Quintana queda segundo en la París-Niza, cuarto en Cataluña, noveno en la Dauphiné y octavo en el Tour, donde además gana en solitario la etapa que acaba en Valloire. Dadme a mí esa decadencia. En la segunda etapa de la Vuelta a España, con final en Calpe, se cuela en un grupo selecto después de mil abanicos y les sorprende a todos con un ataque lejano. Se coloca segundo en la general, luego alcanza el liderato. Acaba cuarto. Lo que pasa es que la gente no habla de eso. Habla de que Marc Soler le esperó un día y Quintana no pudo culminar con la esperada victoria y se olvidan de que aquella etapa la ganó un tal TadejPogacar.

El cisma es absoluto. Nairo debe salir de Movistar y sale. También lo hace Landa, por cierto. El hecho de que, a sus casi treinta años, tenga que elegir un equipo de segunda división -aunque generoso presupuesto-, el Arkea, para continuar su carrera hace pensar que dicha carrera está a punto de pasar a mejor vida. Que ya hemos visto todo lo que teníamos que ver de Nairo, que el tiempo nos ha dado la razón y el chico no daba para tanto… séptimo malentendido.

El resurgir con el que acabó el Tramadol

Si a alguien se le cruza la pandemia como una maldición bíblica es a Nairo Quintana. Arkea le manda a desfogarse a carreras Pro Tour francesa y gana las dos en las que participa. Después, se lleva una etapa en la París-Niza. A continuación, la nada. El confinamiento. Los entrenamientos capados. El calendario precipitado. Nairo corre Dauphiné, pero se retira. Luego, va al Tour, pero, aunque está con los mejores en Orcieres-Merlette, la mítica cima de Luis Ocaña, sus escapadas no llegan a ningún lado y le cuesta una barbaridad mantener el ritmo. Acaba decimoséptimo y da por finalizada la temporada.

Tanto ese año como los años siguientes, ya en la treintena, nos muestran, contra el mito, a un Nairo valiente. Sin coditos. Un Nairo de ataques lejanísimos, de grupos numerosos, de intentar la victoria de cualquier manera. Sabe que no está para los últimos kilómetros, sabe que nunca rozará de nuevo el podio de una clasificación general relevante, pero sigue compitiendo. Porque a Nairo, octavo malentendido, siempre se le ha visto casi como a un vago, a un hombre que no sacaba de sí todo lo que tenía dentro de pura desidia.

Y, en cambio, Nairo lucha por la montaña del Tour, Nairo gana en Asturias, Nairo hace entre los veinte primeros de casi todo lo que corre sin pensar en ahorrarse nada. Nairo, incluso, empieza 2022 con la misma energía de 2020: victoria en la Provence, victoria en los Alpes Marítimos, quinto puesto en París-Niza, cuarto en Catalunya… Una preparación excepcional de cara al que podría ser su último Tour de Francia. El Tour que, de hecho, ha terminado con su carrera. Un Tour que acabó como sexto clasificado, con exhibición incluida en el Granon, donde solo Vingegaard fue más fuerte que él. Un Tour que hacía pensar en una vuelta de su mejor versión, pero que acabó en deshonra.

A los pocos días de acabar la prueba, se supo de su positivo por Tramadol. El Tramadol es un fortísimo analgésico que estuvo especialmente de moda en el pelotón hace dos o tres años. En sí, no es una sustancia dopante, pero a determinadas cantidades, la UCI sí puede sancionar su consumo. Es, además, un producto prohibido dentro del Movimiento por un Ciclismo Limpio, del que Arkea forma parte. Adiós al sexto puesto, adiós a su reputación de años sin un positivo, adiós al Arkea y adiós a la posibilidad de volver a la élite. De ahí, los rumores que ha habido de retirada. De ahí, la incógnita que se cierne sobre su presente y su futuro. ¿Podría seguir corriendo en Colombia, como «Supermán» López? Sí, claro, pero ¿para qué? Hablamos de un corredor excepcional que no merece acabar su carrera disputando vueltas menores.

Nairo quiere limpiar su nombre y hace bien si está convencido de ello. Tal vez estos rumores de un adiós temprano no sean sino el noveno y último malentendido: Quintana no se rinde tan rápido como muchos piensan. Se niega a que le recuerden como un hombre que no llegó a su plenitud, que pecó de conservador y que coqueteó con el dopaje. Lo tiene complicado. En su comparecencia ante los medios, enfatizó varias veces lo inmenso de su palmarés, que, al fin y al cabo, es lo que mide trayectorias.

Habrá que confiar en que ese palmarés se imponga a todos los prejuicios y que, si al final no encuentra equipo europeo que le acoja, nos quedemos con todas esas victorias, con la imagen del “último escarabajo”sentado sobre la bici dejando atrás a todos sus rivales (incluso a Froome), dominando las carreras en los altos, en los llanos y las contrarrelojes. Eso y su legado: ¿se entendería el esplendor del ciclismo colombiano de 2015 en adelante sin él y sin Urán? Tiendo a pensar que no. Lo mismo me equivoco, lo que sería el décimo malentendido.

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