Ciclismo

Pantani, muerte de un ciclista

En 1974, Leonardo Sciascia publicó Todo Modo, una novela donde la verdad está a los ojos de todo el mundo, paradójicamente el motivo principal por el que nadie la ve. El título es el inicio de una cita de San Ignacio de Loyola, fundador de los Jesuitas, y representa la necesidad de buscar la voluntad divina a cualquier precio, de cualquier modo, a toda costa. Hay algo de todo eso en la trágica muerte de Marco Pantani, quien con una nueva apertura del caso reza por encontrar definitivamente la paz. Por vivir en el cielo.

Hay que echar la vista atrás. El cuerpo de Marco Pantani fue hallado sin vida el 14 de febrero de 2004. Estaba en la habitación d5 del hotel Le Rose, en Rímini. Eran las diez de la noche, aproximadamente. A partir de entonces, las investigaciones -llevadas a cabo por la Fiscalía de Rímini- se abrieron y cerraron un par de veces, prolongándose durante años. La sentencia; descartada siempre por los jueces la hipótesis homicidio; no variaba: muerte accidental o suicidio, motivado por un mix de cocaína y psicofármacos. Una tesis a la que nunca creyó su madre Tonina, quien casi veinte años después de la tragedia -y tras haber cambiado de abogados en varias ocasiones- ha conseguido la reapertura del caso por tercera vez. «El objetivo es aclarar qué sucedió durante las últimas horas de vida del Pirata. Es un fascículo abierto contra desconocidos, porque sí, la hipótesis homicidio (excluida anteriormente) está bien presente.

Es cierto que en la memoria presentada por el abogado Fiorenzo Alessi no hay insinuaciones de presuntos asesinos, ni siquiera sospechosos, pero sí elementos que ponen en duda el suicidio», explica Enea Conti, quien desde Boloña escribe para el Corriere de la Sera sobre el misterio Pantani, un giallo italiano aderezado con todos sus condimentos: mentiras, manipulación, omertá, mafia, criminalidad, droga, prostitución, sangre y contradicciones. Prescripciones, alteración de pruebas y burocracias eternas que siempre rebotan en un muro de goma. Por supuesto, también héroes y villanos.

El caso está abierto. Ha tenido mucho que ver la aparición de Fabio Miradossa, interrogado por la Comisión Parlamentaria Antimafia. Se trata, presuntamente, del traficante que le pasó la última dosis letal a Marco. De hecho, Fabio ha sido el único que ha pagado con la cárcel su delito en esta terrible historia. Precisamente, el pusher, entrevistado hace un año en un especial del programa Le Iene (Mediaset) repitió hasta la saciedad: «Marco no murió, sino que lo asesinaron. Le vendimos el 9 de febrero -a través de un intermediario llamado Ciro Veneruso– entre quince o veinte gramos de coca. Sé que Marco había sacado veinte mil euros en metálico para el pago, pero ese dinero no nos lo dio. Teníamos confianza, muy buena relación. El problema es que ese dinero estaba en su habitación cuando apareció muerto. Alguien le mató para llevarse la pasta, porque por esa cantidad de coca no se puede morir. Sobre todo, porque la fumaba. No la esnifaba, sino que fumaba crack, y en la habitación no había botellas de agua, papel platino o bicarbonato, utensilios que habría necesitado», aclaró en la transmisión italiana que publicó, además, imágenes inéditas con un Pantani boca abajo en un charco de sangre, con heridas notables en toda la cabeza, una pelota compacta de cocaína junto al cadáver, restos en muebles tras haber sido presuntamente esnifada y un desorden generalizado en el cuarto. Imágenes cedidas por la policía científica, quien realizó el vídeo dos horas después que el cuerpo lo vieran los primeros testigos (guardia civil, personal del hotel y médicos del 118) a eso de las nueve o diez de la noche.

A esa hora Marco, por su parte, llevaba muerto mucho tiempo: desde las once de la mañana según datos médicos resultantes de la autopsia. Para más inri, en sus respectivas declaraciones, todos dibujaron un escenario en las antípodas del cuadro oficial ofrecido por el cuerpo del Ministerio del Interior. «Nada de droga, charcos de sangre o desorden exagerado. No recuerdo nada de eso en el cuarto», confesaron, entre otros, algunos doctores de la ambulancia.

Pactar con el diablo

Si Pantani fue Jesucristo en vida, la Virgen María es su madre. Porque Tonina es una mujer hecha a sí misma. Llena de cicatrices emocionales y desgastada moralmente, ha declinado hablar con Jot Down para dar, una vez más, su versión del asunto. Ídem Fiorenzo Alessi, el nuevo abogado, quien sustituyó a De Rensis, quien durante años defendió a la familia de Cesenatico. Precisamente él fue uno de los entrevistados en el especial de Canale5: Com’è morto Pantani?

Lo curioso es que, si el final parece imposible, ahora hay quien censura algunas maniobras para llegar a él. Y es que si el periodista Conti lo considera una estrategia para alcanzar la verdad eliminando ínfulas mediáticas que podrían entorpecer, Alessandro De Giuseppe (autor del polémico servicio para Le Iene) no lo tiene tan claro: «Alessi es peligroso. Antes de iniciar esta tercera investigación se reunió con Paolo Zingarelli, el fiscal de la primera y la segunda. Le dije a Tonina que estaba en manos del enemigo. Alessi nos criticó siempre. Es uno que colocó ahí la Fiscalía de cara a la galería para abrir y cerrar el caso, pero la Fiscalía es culpable porque no ha indagado lo suficiente. Siempre dijo que Pantani se suicidó. Sólo De Rensis, incluso gratis, luchó de verdad cuando se reabrió por vez primera en 2014», espeta con virulencia un tipo capaz de denunciar, de poner en tela de juicio cómo el cuerpo magullado de Pantani apareció con una concentración de cocaína diez veces superior a la dosis mínima letal. También cuestionar la diagnosis de muerte por arresto cardíaco o los trastornos autolesionistas psicóticos, que llevaron al ciclista a la tragedia final. «Marco llamó antes de morir a la recepción del hotel pidiendo ayuda porque con él había personas que le estaban molestando. Nadie le hizo caso. En la habitación había una botella de agua de la que no se tomaron las huellas. Ni de esa ni de nada». Lo dice con resignación pues siente haber corrido una maratón hasta el kilómetro cuarenta. ¡Y que lo conseguido ya no sirve para nada!

¿Y qué faltaban en esos dos kilómetros? «Los asesinos, quienes le mataron por droga o dinero. Ya no tenemos relación con Tonina, pero hay prostitutas que saben lo que sucedió. Por supuesto no tiene nada que ver con Madonna di Campiglio», apunta irreverentemente. De hecho, la Comisión Antimafia entrevistó meses atrás a Mario, el taxista que llevó dos escort con Pantani al hotel. Una, por cierto, ya está muerta.

La Antimafia esconde documentos

Junto a Enea Conti, el otro periodista italiano -y quizás el más prestigioso- en hacer un seguimiento del asunto es Manuel Spadazzi. Lo hace desde Rímini para el periódico Resto del Carlino. Está muy ligado a la familia Pantani, de quien confirma su incredulidad con la sentencia de esos dos primeros casos ya archivados: muerte accidental. «Es cierto que De Rensis apretó por el homicidio, pero no hubo pruebas de nada. Ahora la clave para la reapertura ha sido Miradossa. También te digo que hay documentos que la Comisión Antimafia ha cerrado con llave. No tenemos acceso a ellos, y así será difícil encontrar la verdad», reflexiona a la vez que defiende el ímpetu de una madre cuya tesis no sólo excluye el suicidio, sino que, además, afirma que su hijo pudo ser salvado en esa habitación de la Residence Le Rose.

«Pantani, en general, es un enigma sin resolver, pero no sólo el de su muerte», reconoce al recordar esa mañana pantanosa en Madonna di Campiglio, donde fue descalificado por una cantidad ligeramente elevada de hematocrito (53%) respecto al valor permitido (50%). Una densidad superior a la normal en la sangre que requería ser regulada para tutelar un posible riesgo cardiovascular. Nada que ver con sanción por dopaje, como recogieron los rotativos en todo el mundo. ‘Ahí, quizás, se vio envuelto en un presunto giro de apuestas clandestinas’. Así lo reconoció en una interceptación desde la cárcel el criminal Renato Vallanzasca». Lo que dijo ya es material de muchas biografías y libros salpicados de fango en torno al Pirata, a la cara oculta italiana. «Si Pantani -líder con seis minutos de ventaja del segundo a falta de dos etapas- ganaba ese Giro, la Camorra quebraba económicamente pues habría tenido que pagar a todos los que apostaron a su favor».

Estaba a punto de ganar el Giro 99. Además, Marco venía de ganar, seguidos, Giro y Tour en el 98. Gestas al alcance de Fausto Coppi o el mismísimo Eddy Merckx. «Se investigó eso, pero se archivó por falta de pruebas. La única certeza es que tomaba ansiolíticos y consumía droga. Otra es que está muerto… Del resto… Que alguien le pegó hasta matarle, que se flageló… Solo conjeturas, ninguna prueba. Sí que la familia lleva mucho dinero gastado, y que ahora se ha puesto en manos del Estudio Alessi, con buena fama en el mundo del ciclismo por haber defendido, entre otros, a Ricardo Riccó, descalificado a perpetuidad por doping», dice explícitamente.

Sorprende que hoy no se hable de la muerte de un ciclista sino la de un dopado depresivo, un proscrito que lucha por vivir en paz allá dónde esté o incluso morir -de verdad- de una vez por todas. Está enterrado en su Cesenatico querido, donde también se encuentran el museo y la Fundación. Parece exagerado, pero Pantani, para quien no lo sepa, ya comenzó a asustar en Merano-Aprica (Giro del 94) a Chiappucci, Gianni Bugno o Miguel Indurain. Ahí comenzó a gestarse el mito del ciclista de otro tiempo, capaz de subir los catorce kilómetros del Alpe d’Huez en 38 minutos (1995), de ganar y hacer soñar erigiéndose en uno de los mejores escaladores de la historia.

Pantani puso contra las cuerdas a Tonkov, Ullrich o Jalabert. A todos. Ganó, se cayó y volvió a levantarse hasta la última estocada de la UCI. También posiblemente se dopó, claro. Desgraciadamente lo hicieron todos los ciclistas desde los años veinte, cuando comenzaron con el abuso de cocaína y cloroformo. Siguieron antes y después de la II Guerra Mundial -en este caso con anfetaminas- y prosiguieron en los cincuenta y sesenta con cafeína y otras sustancias. Todo hasta la muerte del ciclista inglés Tom Simpson, durante el Tour 67, por un colapso cardíaco.

Después, en los noventa, llegaría la EPO, el escándalo Festina, la Operación Puerto, los Tours revocados al gigante Armstrong y muchas anomalías en la sangre del Pirata, quien siempre se sintió perseguido y negó haberse dopado. Lo que sí es cierto es que jamás dio positivo por EPO, aunque cuando estaba en activo no había test sofisticados que lo desenmascararan. Por no hablar de las transfusiones y controles por sorpresa, realizados sólo durante la carrera. Efectivamente sí, Marco jamás dio positivo a un control antidoping oficial ni a ninguna sustancia prohibida. No es óbice para reconocer que en 2013, según informa el Corriere de la Sera, se descongelaron test de orina del Tour que ganó en el 98 relevándose una presencia de EPO en, al menos, tres etapas.

«Sólo digo una cosa. Pantani fue asesinado una mañana en Madonna di Campiglio», admite Roberto Pregnolato, ex masajista del ciclista, a Le Iene“. «No se puede descartar el tema de la mafia y las apuestas ilegales. Encontramos lagunas en el protocolo de los análisis», explica por su parte el ex senador 5 Estrellas Giovanni Endrizzi. Lo dice a sabiendas que la noche anterior, Marco -por seguridad- se controló él mismo la sangre y dio 48% (nivel de hematocritos), y el mismo día que fue apartado del Giro se marchó a hacer otro control en un hospital de Imola, acreditado por la UCI. Volvió a dar 48% con cincuenta mil trombocitos más. La Comisión Antimafia acaba de admitir anomalías en su exclusión al Giro. «Es necesario seguir las investigaciones», asevera.

Pantani fue procesado por fraude. Luego resbaló en el agujero oscuro de la cocaína, el sexo desenfrenado, la depresión. Murió rodeado de gente, pero en realidad estaba solo. Fue la última pedalada del ciclista. Abandonado a su bicicleta. Como tantos; como todos.

Un comentario

  1. Hermoso homenaje, al mejor escalador, que en Paz descanse. Saludos desde Perú.

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