Historia del fútbol Perfiles

Boerebach o «el Koeman» del Real Burgos; una historia triste

La Champions League es una competición que da escalofríos y te cierra la boca del estómago cuando suena el himno. La final de un Mundial no se puede comparar a nada. Todo esto es cierto, pero el verdadero fútbol no se encuentra en las competiciones de elite como en el día a día de los equipos de la clase media, media baja y sobre todo de la baja. Los que tiempo atrás abrían su espacio en el informativo porque habían salido de la zona de negativos. Los que eran noticia porque lucían ocho positivos en la jornada veintitantos. Equipos que se nutren de jóvenes que vienen de despuntar en Segunda, de extranjeros que, antes del YouTube, nadie sabía nada de ellos, ni si su apellido procedía de este planeta.

En este tipo de clubes, uno de los que más solera tenía en España era el Real Burgos. Hace dos semanas, la sociedad inició el proceso de disolución mientras el hermano gemelo, el Burgos CF, realiza una temporada excelente en Segunda. La historia de ambos clubes hay que seguirla a través de sus desapariciones y descensos federativos. Hay incluso polémicas sobre si este Burgos CF puede apropiarse de los méritos del anterior Burgos CF. En lo que respecta al Real Burgos, tuvo sus años de gloria en los 90, cuando subió a Primera y logró vencer al Real Madrid con el famoso gol de Juric.  Tras un año de consolidación en la máxima categoría, temporada en la que no se metió en la UEFA por cuatro puntos, llegó la hora del proyecto ilusionante con el fichaje de Theo Vonk, «el nuevo Cruyff» y Michel Boerebach, «el nuevo Koeman». Se compraba lo que funcionaba en otros lados, como ahora. Salió regular. Tras tocar el liderato en la primera jornada después de meterle cuatro a la Real Sociedad, el equipo cayó en barrena hasta desaparecer. Diversos intentos posteriores de reanimarlo no dieron el resultado esperado.

No es que este tipo de accidentes hagan que el aficionado aprecie mejor las diferentes características de este deporte, pero sí que sirven para ser consciente de lo efímera que es la gloria, o para que se saboree de otra forma mucho más intensa cuando se produce, si es que lo hace. Ahora que el fútbol solo se rige por criterios empresariales muy sofisticados, se recuerda aquello con otros aromas, más a linimento y farias que a perritos calientes y calefacción en las gradas. Antes, un día estabas en puestos de UEFA por primera vez en tu historia y a los dos años tu equipo ya no existía.

Para situarse en la elite esa infausta temporada, la plantilla del Real Burgos, a priori, no estaba mal pertrechada, con Gavril Balint, Lorenzo Juarros «Loren» o el portero Elduayen, y el mencionado fichaje estrella, Boerebach, cuya biografía está marcada por la mala suerte y la tragedia personal. Durante el año que jugó en España, su apellido fue escrito en los periódicos cada día de una forma distinta. El error más habitual era ponerle una ene, Boerenbach. Pero sin duda el más psicodélico fue este híbrido entre el juez que llevaba el caso GAL por aquellas fechas, Carlos Bueren, y el famoso compositor del siglo XVIII:

RECORTE

Michel Boerebach había nacido en Ámsterdam en el seno de una familia trabajadora. No estaban en una situación cómoda. Su madre tenía depresión crónica. Andaba siempre colgada con las pastillas y dándole problemas a su padre, que nunca podía quitarse de encima la preocupación por ella. Quizá por estas circunstancias, Michel fue siempre un chico muy tímido y reservado, también un chaval humilde. Nada arrogante.

Dio sus primeros pasos como futbolista en el Sterk Door Wilskracht (SDW) donde se enfrentó a compañeros de generación como Ruud Gullit o Frank Rijkaard, que militaban en el Door Wilskracht Sterk (DWS). Su primer equipo importante fue el Go Ahead Eagles, en el que debutó en la temporada 82-83 cuando tenía 19 años. Allí también jugaba otro joven, René Eijkelkamp, que llegó a ser internacional con Holanda pero que se hizo famoso junto con Boerebach por lucir ambos sendos bigotes y un corte de pelo estilo mullet que todavía se recuerdan como genuinos de la época.

Boerebach jugaba de extremo o de centrocampista con vocación ofensiva. Pero cuando fichó por el Roda, el técnico Jan Reker le situó en el centro de la defensa. Michel se lo tomó en principio como que le habían degradado. No obstante, como pronto empezó a irle bien y siguió marcando goles, no tardó en sentirse a gusto en esa posición. En una Recopa llegaron hasta cuartos de final. Les echó el CSKA de Sofia. No era cualquier equipo del Este, en él militaban los jóvenes Stoichkov, Kostadinov y Lyuboslav Penev. En la ida ganó el Roda 2-1, en la vuelta, el CSKA por el mismo resultado. Boerebach hizo el gol de su equipo, un tanto de falta teledirigido. Lamentablemente, en la tanda de penaltis, fue él quien falló el definitivo de su equipo y quedaron fuera.

Revista Don Balón, verano de 1992 (Todocoleccion)

En cualquier caso, fueron dos grandes temporadas las que jugó en esa pequeña ciudad, hasta que el PSV eliminó al Real Madrid de la Copa de Europa, la famosa «Noche negra de Eindhoven». En Eindhoven jugaba Ronald Koeman, que se convertiría en el verano del 89 en el fichaje más caro de la historia del FC Barcelona. Para sustituirle, el PSV fichó a Boerebach «el nuevo Koeman» por 50 millones de pesetas. Había una diferencia de nivel entre ambos, como luego demostraron sus trayectorias, pero tenían una cualidad muy similar, el disparo lejano. El central del Barça chutaba la pelota a 120 kilómetros por hora; Boerebach, a 115. Al propio PSV le había ganado un partido él solo con el Roda metiéndole un gol de falta a Van Breukelend.

Sin embargo, en Eindhoven se cortó su proyección ascendente. Compartía habitación con Wim Kieft, el internacional autor del gol contra Irlanda que clasificó a Holanda en los cuartos de final de la Eurocopa de Alemania. Kieft había jugado en Italia, en el Pisa y el Torino, era un hombre de mundo y Boerebach, recuerda en sus memorias, se sentía cohibido ante él. Sobre el césped, la cosa también le vino grande.

Los estropicios del PSV en defensa fueron memorables. Algunos de ellos, aquí en España, en el Teresa Herrera primero contra el Bayern y luego contra el Madrid de Toshack, que les metió cuatro y él fue sustituido. Guus Hidink no sabía qué hacer. Cambiaba continuamente de jugadores y no daba con la tecla. Hasta en España la prensa se hacía eco del coladero en el que se había convertido la última línea del PSV tras la marcha de Ronald Koeman. El desastre se culminó cuando de nuevo el Bayern, en los cuartos de la Copa de Europa, les eliminó en casa con un gol de Augenthaler en el minuto 90. Hubo lágrimas en las gradas y Hiddink anunció su marcha a final de temporada enfrentado con la plantilla. A Boerebach ya se le daba por amortizado.

«Pensé que era Koeman, el nuevo Koeman, pero seamos honestos: no di la talla», recuerda el futbolista. Su fútbol no valía para un grande. Y encima, ya por aquel entonces, empezó a tener cierta mala suerte. Se casó al final de la temporada, el ocho de mayo de 1990, con Dora. La luna de miel la pasó en el sur de Francia, pero fue un desastre. Les robaron el coche y la flamante piscina de su hotel era un agujero en el jardín, la estaban construyendo. Allí, al menos, concibió a su primer hijo, Lesley. Cuando regresó al tajo, Bobby Robson, nuevo técnico del PSV, había fichado a Popescu para su posición. Empezó el año como suplente y en cuanto pudo se volvió al Roda.

boerebach3De vuelta a este modesto club llegaron buenos años. Y buenos números también. Recuerda que empezó a vivir la vida. Es decir, a ir al bar con los compañeros del equipo y vaciarlo. Fue una etapa feliz, más desengañado del fútbol, pero disfrutando de la profesión. Sumó diez temporadas en Holanda y alrededor de 60 goles marcados. Muchos de ellos actuando como líbero. Gracias a ese bagaje recibió la llamada de Theo Vonk para recalar en el Real Burgos.

Boerebach declaró a la prensa que vino a España porque Vonk se lo pidió. No podía decir que no a un entrenador del prestigio de este hombre, técnico del Twente hasta entonces. Su adaptación a la plantilla fue un poco complicada. Apenas tres jugadores del Burgos chapurreaban inglés. Tenía que pegarse al lateral Alejandro, el mismo que había marcado un gol memorable en el Camp Nou el año anterior, para que le tradujera malamente. Cogió también un profesor de español, pero era un holandés que casi había olvidado su lengua materna. Encima se fue a vivir a 14 kilómetros de Burgos, a un paraje verde que le recordaba a su país, y sus mejores amigos terminaron siendo Theo Vonk y su mujer Tanya.

Pero ese Real Burgos metía miedo. Iba a jugar con tres puntas. Fútbol total en El Plantío. En pretemporada se midieron al Zaragoza de un campeón del mundo, Andreas Brehme, en el Trofeo de Estella. Salieron con el famoso tridente: Narciso, Loren y Balint. Aunque el encuentro terminó como mandan los cánones : cero a cero con victoria maña en los penaltis.

Su primer gol de falta, habilidad por la que básicamente le recuerdan los aficionados españoles, se lo hizo al Sestao en la presentación de los vascos ante la friolera de 2500 espectadores. También golearon al Lermeño, luego al Briviesca y empezó la liga a lo grande. La Real Sociedad, como otro púgil más, cayó en El Plantío por cuatro a cero.

El Real Burgos era líder de primera división. El siguiente partido era contra el Madrid, lo que magnificó el poderío del equipo en los medios. Su juego ofensivo, sus tres puntas, el nuevo Koeman… «Vonk se bebió el JB en cuatro tragos», tituló el Marca tras esa primera jornada a propósito de John Benjamin Toshack, técnico de la Real.

Desgraciadamente, la fiesta no duró más de cinco días. El calendario les llevó a enfrentarse del tirón y palmar con el Real Madrid, Tenerife de Valdano, FC Barcelona y Atlético de Madrid. Con una trayectoria errante, encajando después un 4-0 en Albacete o un 5-0 en solo 45 minutos en Mestalla, el equipo entró en crisis profunda. Las excusas de Vonk provocaban risa tonta. Dijo por ejemplo que el resultado ante el Valencia le pareció «normal».

Revista Don Balón, verano de 1992 (Todocolección)

En la jornada 11 fue el propio Boerebach el que salvó la cabeza de su compatriota con un gol de falta desde 40 metros ante el Athletic de Bilbao. Sin embargo, el Marca consiguió unas declaraciones del holandés en la prensa de su país que le dejaron en evidencia delante de sus compañeros cuando se publicaron en España. Además de crisis de juego, malestar en el vestuario.

«Ni aunque llegara Cruyff lograríamos levantar el nivel. Los chicos acá se ponen nerviosos y todo es más difícil. Tenemos un par de internacionales en el equipo, pero tampoco han logrado mostrar nada especial. Balint ha pasado lesionado y Limperger no logra impresionar. Me han dicho que nuestro portero [Elduayen] estaba considerado como el mejor de España, pero está pasando por un bajón grande, la realidad es que tenemos una plantilla limitada. La mayoría son jugadores individualistas y el entrenador no puede poner en práctica todas sus ideas. Si no fuera por Vonk yo no estaría aquí, por eso, si lo echan, yo también me voy».

A Vonk lo pasaportaron rápidamente. Boerebach pasó inicialmente a la suplencia. Luego, al centro del campo. Se esperaba que, si bien no había sido el nuevo Koeman, al menos fuera el nuevo Ayúcar, el excepcional centrocampista que había sido el cerebro del Burgos el año anterior. Para cubrir su puesto en la zaga, ficharon a mitad de temporada a Tendillo, que había salido por la puerta de atrás del Madrid de Floro. Aunque Boerebach dejó algún golazo más de falta, la cosa no tenía arreglo. El País describió la situación del club de forma dramática.

«El Burgos es un conjunto casi desahuciado y al que solo sostiene en apariencia la vergüenza profesional de sus jugadores y el entusiasmo digno de mejores causas de sus incondicionales».

Al menos, en España, Boerebach pudo enfrentarse a Maradona. Primero en El Plantío, en una gran actuación del astro argentino que situó al Burgos como farolillo rojo, puesto que ya nunca abandonaría. Después, en Sevilla, aunque no coincidieron en el campo por pocos minutos. Fue la tarde patética en la que Bilardo obligó a Diego Armando a infiltrarse la rodilla en el descanso para sustituirle a los ocho minutos de la segunda parte. El empate que arranco el equipo castellano con la entrada de Boerebach sirvió luego, como pequeña venganza, para chafarle la clasificación para la UEFA a los andaluces.

En sus memorias Boerebach dijo del Burgos que el club «había vivido por encima de sus posibilidades» —no sé si les suena la frase— y que no le vino mal el descenso y venta de saldo de medio equipo, ahogado una deuda de alrededor de 300 millones que le hizo desaparecer, para volver a Holanda, porque echaba de menos su país. Solo un recuerdo más se llevó de Castilla, allí engendró a su segundo hijo, Sven.

bmarcaRecaló en el Twente gracias a Rob Baan, el exseleccionador nacional de Holanda que en los 80 había apadrinado su fichaje del Eagles al Roda. Con él como técnico y más tarde con Issy ten Donkelaar rindió a muy buen nivel. Llegó a ser el capitán del equipo. Aunque en lo personal las cosas se torcieron. Su mujer, Dora, llevaba mal estar casada con un jugador profesional. Los continuos viajes, callar a los críos cuando Michel se echaba una siesta después de entrenar. Además de detalles ingratos inherentes a la vida de futbolista, cuando iban a la piscina en familia la gente siempre rodeaba a Boerebach y sus hijos se quejaban de que tenían que compartir a su padre con todo el mundo. Otros críos, por ejemplo, se hacían amigos de Lesley y Sven y, cuando conseguían un autógrafo de su padre, no volvían a verlos jamás. El día que nació Sven, de hecho, tuvo que volver rápidamente a los entrenamientos para preparar un partido de la UEFA contra el Bayern de Munich.

Los problemas serios empezaron cuando al Twente llegó el entrenador Hans Meyer, procedente de Alemania del Este. Era el técnico que había llevado al Carl Zeiss Jena de la ya extinta República Democrática Alemana a jugar la insólita final de la Recopa de Europa de 1981 contra el soviético Dinamo de Tblisi. Un derbi europeo del socialismo real. Sus métodos eran los habituales del otro lado del telón de acero. El primer día en Holanda, le pidió a los jugadores que se cortaran al pelo. Boerebach se negó. No se adaptó a la disciplina salvaje y terminó en el banquillo. Calificó el trato del tipo de «inhumano».

«Lo había dado todo por el Twente y de repente estaba apartado como una basura», recuerda. Se llenó de odio y frustración. Eso hundió su matrimonio. Hasta el punto de que dejó a su familia y se fue con una amante. Rompía un hogar, pero es que estaba loco por ella. Era la mujer de Theo Vonk, Tanya. Años más tarde, dolido, recordaría que con su familia y su vida deportiva lo tenía todo para ser feliz, pero ya se sabe. La vida, o se vive, o se entiende. Rara vez suceden las dos cosas al mismo tiempo.

Boerebach, como segundo entrenador del Go Ahead Eagles, 2015

Al año de su divorcio, todo fue a peor. Un infarto fulminó a su padre a los 56 años. Boerebach colapsó. Su padre era su mejor amigo. A los pocos días, su hijo pequeño, Sven, sufrió un ataque de epilepsia. El estrés por la pérdida de su abuelo sacó a flote la enfermedad. En los días sucesivos tuvo hasta 30 ataques. Le diagnosticaron el síndrome de Landau-Kleffner. Tuvo que llevar unos aparatosos electrodos en la cabeza durante mucho tiempo. Partía el alma. Boerebach se enfrentó al problema refugiándose en el alcohol más de la cuenta. Tanya no le aguantó ni un minuto. Le echó de casa.

Retirado del fútbol, con 35 años, era un hombre amargado. Tenía poco dinero y se lo gastaba en apuestas. Gracias a dios al menos logró empezar otra relación con una empleada del Eagles, club en el que acabó sus días como profesional. Angela, que ese era su nombre, conocía bien cómo es el perfil psicológico de los futbolistas. Era alguien capaz de entender que viven fuera de la realidad, en una nube donde las victorias y las derrotas, la titularidad o los puestos de UEFA, son más importantes que lo que ocurre en la vida real, y son personas que luego no saben enfrentarse a situaciones cotidianas. A Boerebach, la vida le iba a traer los golpes más duros que pueda recibir un ser humano.

Ocurrió en el verano de 2003. Estaba en casa y se acercó un policía en moto. Preguntó por él y le dijo que se sentara. “Tu hijo Lesley ha muerto y tu hijo Sven está crítico”, dijo secamente. Boerebach se quería tirar por la ventana. Angela salió corriendo a casa de los vecinos. Les pidió prestada una botella de vino.

Su exmujer Dora viajaba en el coche con toda la pandilla de críos. Una amiga de diez años iba delante, de copiloto. Detrás, estaban sentados Lesley, Sven y dos amigos. En la carretera, alguien hizo una maniobra extraña y el coche de Dora chocó contra un tractor. Ella se rompió un brazo por 30 partes, también le estalló el bazo. Lesley murió en el acto. Solo tenía 12 años. Sven recibió un golpe en la cabeza tan fuerte que no duró más de 15 minutos consciente. Quedó en coma. Los demás niños no sufrieron grandes daños.

A Boerebach, en el hospital, los médicos no paraban de hablarle, pero él no entendía nada. Solamente, cada mañana, se conformaba con escuchar que Sven seguía vivo. Esas eran las únicas palabras que podía captar. En los pasillos del centro sufría crisis de ansiedad. Por el ambiente, la tensión, la impotencia. A veces salía de allí corriendo. Pero no había nada que hacer, la vida de Sven se fue apagando. El 25 de julio de 2003 a las 13:50 estaba en muerte cerebral. Angela estuvo con el pequeño en sus últimos momentos. Le lavó los dientes, lo peinó, le «desenchufaron» y murió en sus brazos a las 18:30 horas. Con nueve años. Donaron todos los órganos que pudieron, el corazón y la córnea.

Boerebach

En el funeral, el féretro de Lesley tenía los colores del Feyenoord. El de Sven, los del grupo de pop BZB, donde tocaba su batería favorito. Había cientos de globos por todas partes. Sonó el himno del Feyernood, la canción favorita de Lesley y sus amigos, «Lik maar aan m’n LollypopLik maar aan m’n Lollypop», y «Tears in heaven», de Eric Clapton. Boerebach llevaba una camiseta del Feyernoord de Paul Bosvelt, el futbolista que más le gustaba a su hijo mayor. No pudo hablar. Dijo que había cometido errores en su vida, que nunca más volvería a pasar y se vino abajo. La madre de los niños, Dora, a la que le habían contado todo al despertar del coma, se consolaba pensando que se encontraban en el paraíso.

Los críos llevaban puesto el cinturón de seguridad, pero no les ofreció ningún tipo de protección. Boerebach, al final de la ceremonia, arremetió a patadas contra los adornos florales. Un testigo cuenta en sus memorias que en ese momento era inevitable no recordar su devastador disparo a puerta.

Y lo más duro llegó después. Angela, su madre y él se encerraron en casa. Estaban destrozados pero no hablaban de ello. Eran incapaces de comunicarse. «En estos casos alguna gente quiere llorar todo el día, encuentran así el consuelo. Yo no. Yo no hago nada en absoluto. Si intento no pensar en ello, si no hablo de ello, y si no lloro, siento que es lo menos malo. Es diferente para cada uno y esta es mi manera», rememora Boerebach, que, además, se mantenía inconsciente todo el tiempo que podía con alcohol y tranquilizantes. Mal cóctel.

«Estaba constantemente temblando, un vaso de vino era la mejor medicina». Alternaba los momentos de inconsciencia con los de furia. Se enfrentaba a Angela frecuentemente. Dejó de creer en dios. No podía dormir ni una sola noche. Siguió bebiendo y tomando tranquilizantes hasta que reventó. En una crisis nerviosa un doctor tuvo que ir a casa a inyectarle un sedante. Pero volvía a las andadas una y otra vez. Llegó a agredir a Angela, que se marchó de casa.

Entonces Boerebach se quedó con su madre, quien le daba todo el alcohol y los tranquilizantes que quería. El garaje de su casa estaba lleno de botellas vacías. Cientos de botellas. Otra vez volvió a reventar. Se cayó hacia atrás en la cocina y se abrió la cabeza. Angela volvió con él.

Pero siguió bebiendo, siguieron las noches sin dormir, aunque ahora se las pasaba con el ordenador. Metido en Internet pudo leer mensajes de apoyo que le llegaban de todas partes del mundo, hasta de Burgos. Angela piensa que el vino, por lo menos, sirvió para sacarle cierta vena poética. El futbolista se puso a escribir.

En una ocasión le llamó un individuo. Le dijo que sabía dónde vivía el hombre que había provocado el accidente que había acabado con la vida de sus hijos. Le pidió 1800 euros por quitarlo de en medio. «Afortunadamente, no tenía ese dinero», puntualiza Boerebach.

El alcohol ya le había convertido en un trapo. Tenía fuerza y disciplina para luchar por lo que fuera, pero cuando era futbolista tenía un sueño, ahora se sentía completamente vacío. Tuvieron que llevarle a un centro de desintoxicación. Allí le dijeron que seguía vivo gracias a la fortaleza de su corazón de deportista. En el diagnóstico psiquiátrico, anotaron que no era un suicida propiamente dicho, pero que estaba quitándose la vida conscientemente con el alcohol. Bebiendo hasta morir.

Aunque logró salvarse. Y realmente lo hizo escribiendo. Relató todos los recuerdos que tenía de sus hijos, del accidente, de cómo lo vivió. Hasta el último detalle. Con poesías dedicadas a ellos. Una terapia de choque. La obra se terminó publicando con el nombre de «Nooit Meer Zaterdag» (Nunca más el sábado). Ese día era cuando jugaba al fútbol con sus hijos. Es prácticamente imposible que el relato, de apenas 50 páginas, no te arranque las lágrimas a chorros.

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Ayudar al escultor Károly Szekeres a hacer una estatua de sus hijos también sirvió para que no volviera a caer en la espiral de autodestrucción en la que había entrado. Además, los hermanos De Boer y otros futbolistas le apoyaron económicamente para que organizara un trofeo de jóvenes promesas con el nombre de Lesley y Sven. Su íntimo amigo desde el primer día René Eijkelkamp, ya ex del PSV y Shalke 04, le metió en el staff técnico del Go Ahead Eagles, en segunda división. Allí trabajó para Mark Overmars, director del club. Allí sigue.

En las últimas páginas de su libro hay un pequeño relato que se llama Diego Armando Boerebach. En unas pocas líneas cuenta cómo en una ocasión lo sentaron en el banquillo en el Twente. Había perdido la titularidad y estaba lleno de odio y resentimiento. De pronto, el jugador que le había quitado el puesto se lesionó y le tocó entrar al campo. «Ahí va Diego Armando Boerebach», se dijo. Saltó al terreno de juego, empataron y él marcó el 1-2 de la victoria. Se puso como loco. Haciéndole gestos al entrenador y diciéndole de todo. Ahora Boerebach, recordando, se para a analizar la situación. Toda esa rabia contenida, esa reacción inmadura, infantil, todo por el fútbol. Se avergüenza tanto. Todo eso por algo que no tiene ninguna importancia.

4 Comentarios

  1. Me ha encantado el artículo. Casualmente me recordó a otro leído sobre este mismo futbolista en kodro magazine… Y al comprobarlo mi sorpresa es que tiene frases y párrafos casi idénticos… Es mucha casualidad me parece a mi que un artículo de hace 2 años se parezcan tanto…

  2. Me tranquiliza que vuestro artículo sea de 2013. Es más, tiene bastante sentido.
    Me reitero en lo interesante (y triste) de la historia que cuenta. Me gustaría leer esa biografía pero supongo que no estará en español.
    Enhorabuena por el artículo.
    Un saludo.

  3. Yo lo acabo de leer ahora por primera vez, y me parece un artículo exquisito, enhorabuena Álvaro.

    Sobre el personaje de Boerebach, para mí; un trabajador que siempre ha vivido de un sueldo medio y sometido al régimen dictatorial de empresas que sobreviven de mala manera y a decisiones de jefes mediocres, no comprendo como un jugador de primer nivel, que habrá ganado en unos cuantos años mucho más de lo que yo podré ganar en toda mi vida, inicia una espiral descendente por decisiones que no entiende, o que van en su perjuicio…

    Ojo, no me meto en el drama personal, eso es otra historia y ahí no entro, pues ni yo mismo soy capaz de saber como actuaría…

    un saludo

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