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Ferro Carril Oeste, el club que el neoliberalismo hundió

Nada queda de aquel exitoso Ferro Carril. Héctor Cúper levanta el último torneo nacional del club (1984).

Esta no es una historia de buenos y malos, tampoco de vencedores y vencidos. O puede que sí, pero tampoco es lo importante. Porque esta es más una historia universal sobre cómo, en ocasiones, por muy bien que hagas las cosas y trates de avanzar en una dirección; el viento, la corriente, te arrastran inevitablemente en la contraria. Podría ser la historia de cualquier persona, de una PYME o incluso de un Estado, pero es la historia de un club, de un club de barrio. Es también la historia de cómo, una entidad modélica, terminó sumida en una crisis profunda de la que lleva más de dos décadas tratando de recuperarse. Se llama Ferro Carril Oeste, pero todo el mundo lo conoce como Ferro. Si eres hincha de este equipo lo llamarás, simplemente, Oeste.

Nadie se sorprenderá si contamos que Ferro fue fundado por trabajadores del ferrocarril. Ocurrió en 1905, cuando Argentina se encontraba en pleno desarrollo y noventa y cinco empleados de la Compañía del Ferrocarril del Oeste de Buenos Aires se reunieron en la oficina de cargas para fundar un club deportivo. Y digo deportivo porque, desde sus inicios, fue pensado para la práctica polideportiva. «No es un club de fútbol, es un club con fútbol», suelen decir los socios con orgullo. Y lo cierto es que son muchos los que utilizan sus instalaciones para practicar el tenis, nadar en la piscina o hacer ejercicio en el gimnasio. Por eso, la sede de la calle Cucha Cucha ha sido siempre un ir y venir de gente en el que se mezclan los socios que van a practicar deporte, con futbolistas o baloncestistas profesionales. «Cuando Ferro sube a Primera en 1963, sale campeón en cancha de San Lorenzo. Los futbolistas vuelven a la sede del club y quieren festejar allí, pero los socios no les dejan y los mandan a un bar cercano», cuenta Pablo Abiad, autor de la web La Ferropedia y del libro Juega Ferro.

El equipo de fútbol de Ferro compitió durante muchos años en la primera división argentina, aunque solía hacerlo con la mirada puesta en evitar el descenso. «Nuestros bailes de carnaval eran más famosos que nuestros centroforwards», explica Abiad. Y fue así hasta la llegada a la presidencia, en 1964, del empresario Santiago Leyden. «Fue él quien cambió el carácter de Ferro», sigue Abiad. «Era un club poco exitoso en lo deportivo y relativamente aislado del barrio. Hasta que entra la nueva directiva con una idea de club mucho más imbricado y con más compromiso en el barrio».

Hablamos del barrio de Caballito, situado en el centro geográfico de la ciudad de Buenos Aires. Un barrio que vivió su mayor crecimiento a mediados del siglo XX, cuando se demolieron los últimos palacetes y fueron sustituidos por altas torres de viviendas. «Un barrio bien de clase media», explica Ezequiel Fernández Moores, periodista experto en todo aquello que tenga que ver con el deporte argentino y sus aledaños.

Al final, la mezcla de un barrio de clase media con un club abierto a su comunidad y en el que se podían practicar numerosos deportes, permitieron a Ferro multiplicar el número de socios y pasar a convertirse en uno de los elementos vertebradores de la vida de Caballito. Para ello resultó fundamental la puesta en marcha de las Vacaciones Alegres, unas colonias de verano que tuvieron un éxito inmediato y que contribuyeron al crecimiento del club. «Fue el gran imán para la atracción de nuevos socios. Un proyecto muy ambicioso, masivo, que durante años fue muy popular», cuenta Abiad, a quien las colonias marcaron muchos veranos de su infancia. Los socios más jóvenes disfrutaban de sus vacaciones y los jugadores de los equipos de fútbol, baloncesto o balonmano se acercaban a darles clases, contribuyendo a la identificación de los niños con el club y permitiendo a los entrenadores seleccionar el talento por descubrir y detectar hacia qué deporte enfocarlo.

Plantilla de aquel equipo campeón de 1963

Proyectos a largo plazo

En la sección de fútbol el salto definitivo llegó con el fichaje de Timoteo Griguol como entrenador. «El viejo se encontró con un entorno muy receptivo a las ideas que traía” explica Abiad. “Llegó recomendado por León Najnudel, entrenador del equipo de baloncesto y una persona muy reconocida en el mundo FIBA. Griguol había sido campeón con Rosario Central, pero en ese momento estaba entrenando a Kimberley, un equipo de ligas menores».

Con su llegada se consolidó un modelo de trabajo en el que primaba el largo plazo y la sobriedad en el gasto. Tal y como cuenta Abiad, «al terminar cada temporada, Leyden le preguntaba al entrenador por los refuerzos que tenía pensados. Quiero a Platini y a Rumenigge, respondía Griguol. Si no pueden traérmelos, sigo con lo que tenemos». Ese mismo modelo se repetía en las distintas disciplinas de un club que hacía gala de su variedad deportiva y de la sintonía entre los dirigentes de cada deporte. «Cada sábado, en la confitería había reservada una mesa doble. Griguol, Carlos Aimar y Bonini caían después de las once. Enseguida se incorporaba Najnudel, entrenador de basket y también se sumaba el técnico de vóley. Discutían durante horas de táctica, métodos de entrenamiento… Compartían la visión de querer hacer mejores equipos, de ser ellos mejores entrenadores. Una mesa irrepetible” explica Abiad.

La anécdota no refleja más que la realidad de un club en el que las diferentes secciones intercambiaban sus conocimientos. El pívot del equipo de baloncesto podía acercarse al entrenamiento de fútbol para explicar a los centrales cómo ganar la posición y los de fútbol podían compartir conocimiento con los de balonmano o voley. Sinergias que resultaron fundamentales para que Ferro lograra ser dos veces campeón de Argentina en fútbol, campeón de Sudamérica en basket, vóley y balonmano, campeón también en categoría femenina, natación, atletismo… “Cuando se disputaron los Juegos Panamericanos de 1983, Ferro fue el club que más deportistas aportó a la delegación argentina. Algunos decían, entre bromas, que el avión de vuelta debía aterrizar en Caballito, en vez de en el aeropuerto de Eceiza” cuenta Abiad. El mayor reconocimiento al éxito del modelo creado por la directiva de Leyden sería la distinción de la UNESCO “por su labor en el desarrollo deportivo y social”.

Timoteo Griguol

El menemismo

Después de una década de los ochenta tremendamente exitosa, Ferro entró en los noventa con Leyden todavía en la presidencia y con una solidez económica sostenida en los cuarenta y siete mil socios que llegó a tener. Aquello coincidió con un nuevo ciclo político en Argentina. Carlos Menem ganó las elecciones de 1989 al frente del peronismo, prometiendo salariazo y revolución productiva y al grito de «Síganme, no les voy a defraudar» o «No teman, van con Perón y su doctrina». A la hora de la verdad, Menem prefirió aplicar los criterios del Consenso de Washington, que establecen la liberalización de barreras al mercado extranjero o la privatización de empresas estatales. Un cambio tan profundo en las políticas económicas del país, que alteró por completo sus estructuras. «Ordenó un poco la economía, pero a un costo que terminó revelándose tremendo. Se le dieron todas las ventajas a los más poderosos y ahí algo se quebró completamente, se rompió el tejido social. Hubo quienes resignaron vacaciones, pero otros resignaron un plato de comida», apunta Ezequiel.

Argentina caminaba hacia un modelo neoliberal a tal velocidad que a la propia sociedad le costaba asimilar la nueva situación. «En la década de los noventa se perdió el costo social. Ya no importaba tanto cómo se obtenían las cosas, sino lo que se obtenía. Se perdió la solidaridad social. El país se convirtió en un sálvese quien pueda», señala César Francis, abogado y candidato a la presidencia de San Lorenzo, que formó parte del Foro Social de Clubes y asesoró a varios de ellos con sus problemas legales y económicos.

En medio de este auge de la economía financiera y presionados por la fiebre privatizadora, los clubes de fútbol también despertaron el interés del gobierno. «Menem arrasó con todo, privatizó todo lo que te puedas imaginar, pero no pudo con los clubes de fútbol. Cuando hay un elemento cultural tan fuerte, a la modernidad le cuesta mucho más avanzar», explica Ezequiel. «Afectaron la soberanía nacional, pero no nos movilizamos como sociedad. No salimos ni por YPF, ni por Aerolíneas Argentinas, pero, cuando osaron tocar los clubes, la gente salió en su defensa», explica César Francis.

La cuesta abajo

A Ferro todos estos cambios le agarraron en un momento crucial de su historia. Leyden dejó la presidencia del club en 1993. Ese mismo año se marchaba también Griguol. «La directiva no supo encontrar un recambio generacional y cuando la Argentina cambió, siguieron con el modelo que les había dado tantos éxitos en los ochenta. No supieron leer la ruptura que se había dado en el país», explica Abiad.

A estos errores se añadieron los propios cambios generados en la sociedad por las políticas menemistas. Argentina se había abierto de par en par al mercado internacional y no tardaron en llegar los productos más deseados del extranjero. La industria nacional, incapaz de competir, veía cómo muchas empresas echaban el cierre y se olvidaba la revolución productiva. Del prometido salariazo tampoco se volvió a saber. «La clase media perdió capacidad de consumo y los socios de Ferro pertenecían a ese sector» apunta Abiad. «Los más pudientes cambiaron su residencia por los countries que se construían en el conurbano de Buenos Aires», explica César. Al mismo tiempo, se abrieron muchos gimnasios, canchas de paddle, se privatizaron los polideportivos… Crecía la cantidad de negocios dedicados al deporte y la caída del número de socios en los clubes fue inmediata. En poco más de diez años, Ferro pasó de los cuarenta y siete mil socios a apenas cuatro mil quinientos. «Para un club que tiene en la cuota mensual una de sus principales fuentes de ingresos, esto representó un peso que no supo reconvertir. Además, Ferro tenía dos deportes profesionales y había construido el predio Pontevedra (donde entrenaban los equipos y se organizaban las Vacaciones Felices). Todo esto suponía una estructura de costos muy pesada, un ancla que tiró del club para abajo», cuenta Abiad.

Ezequiel añade otro punto de vista. «Así como, en la sociedad, el rico se hizo más rico y el pobre más pobre, en el fútbol ocurrió algo parecido y Boca y River se hicieron más dominadores todavía. Se acabó con el viejo dicho argentino de m’hijo el dotor, que representa la posibilidad de que un obrero llegue a tener un hijo que vaya a la universidad pública, se reciba y trabaje como médico. Bueno, en el fútbol, m’hijo el dotor era Ferro; un ejemplo de que, si tenías un club serio, ordenado, le podías competir a los más grandes y salir campeón».

Las deudas del club se acumulaban y la AFA tampoco salió en su ayuda. «Grondona actuó como si fuera el FMI», explica César. «Había vendido los derechos de televisión a un precio vil y era él mismo quien se encargaba de repartir el dinero. El fútbol fue el ariete para el desembarco fuerte de la televisión por cable, pero los clubes recibían una cantidad menor al valor real de la retransmisión de sus partidos. Para afrontar las deudas acudían a Grondona, este anticipaba pagos y así mantenía controlados a los clubes».

Julio Grondona, uno de los capos históricos del fútbol argentino

Tocar fondo

En este contexto, la caída de Ferro era cuestión de tiempo. «Se alejó de su propia escuela, perdió el planteamiento a largo plazo y empezó a buscar proyectos de supervivencia que dieran resultados rápidamente», señala Abiad. En el año 1998 murió León Najnudel, siendo todavía entrenador del equipo de basket. Dos años más tarde el equipo de fútbol descendió a la B. En 2002, meses después de que el corralito pusiera el país patas arriba, se decretó la quiebra de Ferro.

El club pasó a estar controlado por el juez Rodolfo Herrera y la gestión del fútbol profesional pasó a manos privadas, controlada por Gustavo Mascardi, uno de los más importantes representantes de jugadores del país. Parecía que Ferro había tocado fondo, pero a este drama todavía le quedaba algún capítulo.

En 2005, un programa de televisión emitió una grabación con cámara oculta en la que el juez reconocía que iba a recibir una alta comisión por la venta de los terrenos del club para la construcción de un centro comercial. Las reacciones no tardaron en llegar. El juez fue destituido de su cargo y, diecisiete años después, se ha conocido la condena a tres años de cárcel por negociaciones incompatibles en el ejercicio de la función pública, administración fraudulenta y enriquecimiento ilícito.

En ese momento, cuando ya nadie confiaba en la recuperación de Ferro, fueron los socios quienes se echaron a la calle, denunciando las ilegalidades manifiestas y reclamando una gestión limpia. «El club está situado en un lugar muy estratégico de Buenos Aires y ahí han querido hacer, desde edificios, hasta un shopping con estacionamiento o un centro de salud. De no haber sido por esa movilización, hoy en día Ferro sería bien distinto. Fue la presión de los socios la que salvó al club de una venta segura», sentencia Abiad.

Después de varios años de supervisión judicial y de una lenta recuperación, en 2014 se levantó la quiebra de Ferro y su control volvió a manos de los socios. Desde entonces el equipo de fútbol ha llegado a disputar dos veces el play-off de ascenso a primera división, pero siempre ha terminado ahogado en la orilla. La crisis sufrida por Argentina a lo largo de los noventa fue determinante para la quiebra y el descenso en el año 2000. Pero, lo que entonces parecía un paso breve por la B, ya va por los 22 años. Tal y como cuenta Abiad, «en Argentina parece que todo vuelve menos Ferro».

2 Comentarios

  1. Triste todo … pero TODO LLEGA TODO… vendrá nuestro momento 💚💚💚 volveremos como el ave Fénix de nuestras cenizas 💚💚💚VAMOS FERRO CARAJO💚💚💚

  2. Bueno, menos mal que ahora en Argentina llevan unos cuantos lustros con un gobierno para los pobres en lugar de ese «neoliberalismo» peligroso y devastador.

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