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Dustin Poirier: «Fue un mal día, no una mala vida»

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Nueva Orleans, 19 de julio de 2025: Holloway y Poirier durante el combate estelar de UFC 318 por el título BMF (Foto: Louis Grasse/PxImages / ZUMA Press Wire).

Dustin Poirier tiene treinta y siete años y se retiró de las artes marciales mixtas en el verano de 2025. Hace unos días lo detuvieron en el aeropuerto de Atlanta, borracho, roto, gritando a nadie y a todos. Podría haberse escondido. En lugar de eso, se desnuda: «He tenido episodios de depresión durante toda mi carrera, pero, tío, cuando me golpea, es duro —dice, y la voz se le adelgaza—. Y ese día me golpeó fuerte». Lo que viene después no es la crónica de un campeón, sino el relato pormenorizado de un hombre que trata de entender qué queda de uno cuando se apaga el motor que lo mantenía vivo.

En una reciente conversación en The Diary of a CEO, el pódcast de Steven Bartlett —uno de los espacios de entrevistas más vistos del mundo, con esa fórmula de conversación larga, íntima y sin prisa— cuenta, a punto de quebrarse varia veces, su vida mientras compite en uno de los deportes más duros que exite; también habla sobre el silencio que llega cuando el deporte se acaba.

El diamante de Lafayette

Poirier no es un peleador cualquiera. Apodado «The Diamond», es uno de los pesos ligeros más respetados de la historia de la UFC. Nacido en Lafayette, Luisiana, en una familia de clase trabajadora, se retiró con un balance de treinta victorias, ocho derrotas y un combate sin resultado. Fue campeón interino de peso ligero en 2019, derrotó dos veces a Conor McGregor en 2021 y protagonizó algunas de las guerras más celebradas de la última década frente a Justin Gaethje, Max Holloway o Charles Oliveira. Cayó, eso sí, en las tres ocasiones en que peleó por el cinturón indiscutido —contra Khabib Nurmagomedov, Oliveira y Islam Makhachev—. Le faltó el título absoluto, pero pocos discuten que su lugar está entre los grandes.

«Solo soy un hombre —resume él cuando Bartlett le pide que se defina—. Que intenta hacerlo lo mejor posible, que trata de mantener a su familia, que aprende sobre la marcha, que no tiene miedo de trabajar duro ni de perseguir sueños. Un chaval de Lafayette que encontró algo en lo que volcarse por completo». Ese «algo» fue pelear, y lo fue durante veinte años. Por eso su retirada, tras la derrota ante Holloway en Nueva Orleans en julio de 2025, no fue solo un cambio de trabajo: fue una pequeña muerte.

«Esa parte de mí que cada día se despertaba para exigirse ser el mejor luchador posible está muerta —explica—. Soy Dustin el retirado, Dustin el empresario, Dustin el padre. Pero durante veinte años soñé con ser el mejor. Solo quiero volver a soñar». Nada, admite, ha logrado sustituir la sensación de subir al octágono: «Tengo un vacío dentro de mí que nada llenará. Ser padre es muy gratificante y lo adoro, pero nada llena el hueco que era pelear. Y pelear era una parte de mi terapia».

Una infancia como una montaña rusa

Poirier no esquiva el origen. Cuando Bartlett le muestra fotografías suyas de niño, el luchador reconstruye un cuadro áspero: padres que se divorciaron cuando él era muy pequeño, violencia doméstica en los primeros recuerdos, un padre alcohólico. «Los primeros recuerdos que tengo de ellos juntos no son los mejores —dice—. Peleas, violencia, violencia física». Empezó a beber a los doce o trece años, se peleaba constantemente en el colegio del que acabó expulsado, y a los catorce ingresó en un centro de menores tras una pelea en la que hizo daño a otra persona. «No tenía ninguna meta. Solo vivía el día a día».

Aquel niño, insiste, era feliz a su manera, pero arrastraba una herencia difícil de nombrar. Bartlett le recuerda un patrón que le han descrito los psicólogos que pasan por su estudio: los varones que crecen sin una figura paterna estable, con violencia doméstica y adicciones en casa, tienen mayor propensión a la ira y la depresión. «Sin duda —admite Poirier—. Y ni siquiera piensas en ello durante toda tu vida. Hasta que te sientas con alguien, empiezas a abrir cosas y ves que quizá esté cargando con cosas que no son mías».

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19 de julio de 2025: Holloway y Poirier, en el estelar de UFC 318 en Nueva Orleans (Foto: Louis Grasse/PxImages / ZUMA Press Wire).

El incidente del aeropuerto

El detonante llegó el Día del Padre, el 21 de junio de 2026. Poirier tenía por delante un viaje de trabajo de tres etapas —Florida, un rodaje publicitario en Los Ángeles, un compromiso televisivo en Las Vegas—, y no pasó de la primera. En el aeropuerto Hartsfield-Jackson de Atlanta, según los informes policiales, el personal de Delta le impidió embarcar en la puerta D36; él estalló, gritó improperios a los trabajadores y adoptó una actitud agresiva cuando llegaron los agentes. Fue detenido por embriaguez pública, fichado esa misma tarde y puesto en libertad bajo fianza pocas horas después.

Su reconstrucción de aquella jornada es el corazón de la entrevista. «Por la mañana me sentía bien. Pasé la mañana con mis hijos, mi hija me escribió una carta, hicimos todo lo típico del Día del Padre —recuerda—. Pero al salir de casa para coger el vuelo empecé a notarlo. Es como una nube en la cabeza de la que no consigo salir». Bebió dos copas de champán en el primer vuelo, siguió bebiendo en la escala, unos desconocidos le invitaron a unos chupitos y «una cosa llevó a la otra». No recuerda qué le dijo a la agente del mostrador ni ha querido ver el vídeo de su arresto, que se hizo viral. «No quiero verme en ese estado, faltándole al respeto a los policías, a los trabajadores del aeropuerto, a mí mismo, a mi familia. No creo que me beneficie verlo».

Vuelve una y otra vez sobre lo mismo: no piensa escudarse en nada. «Nada de esto es una excusa. Hice lo que hice —repite—. No quiero agarrarme a la salud mental, ni al trauma cerebral, ni a que mi padre viva en la calle. Ese día decidí beber cuando sabía que no estaba bien. La culpa es solo mía». Incluso quiere localizar al policía que lo arrestó para agradecerle su profesionalidad: «Pudo haber sido mucho peor. ¿Y si hubiese sido un poli joven y cabeza caliente que quisiera ser una estrella? Podría estar aquí sentado enfrentándome a cargos graves».

Beber para ser el mejor bebiendo

El alcohol es el otro gran tema de la charla. Poirier no se considera alcohólico —«en los campamentos de entrenamiento pasaba años sin probarlo»—, pero describe con lucidez una relación tóxica. «El noventa por ciento de las veces, si bebo, es para ser el mejor bebiendo. Voy a beber más que nadie», confiesa. Esa misma intensidad que lo hizo un peleador feroz es la que, fuera de la jaula, lo empuja al abismo.

Cuenta que hace unos años, tras una de sus guerras con Gaethje, empezó a sentirse emocionalmente inestable —«algunos días estaba bien, otros estaba triste»— y acudió a terapia por primera vez. Aprendió herramientas, se sintió mejor y cometió el error de abandonarlas. «Empecé a darme cuenta de que no es algo que se arregla y ya está. Es algo en lo que hay que trabajar siempre». El día después de salir de la cárcel de Atlanta retomó las sesiones.

También habla del estigma. «Al principio, cuando lo contaba en las entrevistas, me sentía débil. ¿Quién soy yo para ir a terapia y encima soltárselo al mundo? Pero visto con perspectiva, eso es fuerza —dice—. Estamos en un deporte de tíos duros, donde los mejores del planeta nos partimos la cara, y va uno y necesita terapia para sacarse cosas de dentro. Al gimnasio vamos a cuidar el cuerpo, pero lo de ir al psicólogo hay que esconderlo». La conclusión que se lleva a casa es tajante: «Voy a quitar el alcohol de mi vida por completo. No pienso acabar como mi padre ni volver a meter la pata como en el aeropuerto».

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UFC 264, T-Mobile Arena, Las Vegas, 10 de julio de 2021: Dustin Poirier en acción ante Conor McGregor (Foto: INPHO/Tom Hogan).

El padre, la sombra larga

En el fondo, todo aquel episodio apunta a una sola persona: su padre, hoy sin hogar en algún rincón de Luisiana. «El alcohol le ha arruinado la vida —cuenta Poirier—. Le ha destrozado los matrimonios, las amistades, la relación con sus hijos. Ha entrado en la cárcel un montón de veces por cosas relacionadas con la bebida. Y ahora está en la calle». Fue precisamente pensar en él lo que hundió a Poirier aquel Día del Padre. Tras salir de prisión, intentó que la justicia lo ingresara contra su voluntad mediante una orden de custodia protectora; fue a buscarlo de madrugada, pero su padre parecía sobrio y lo soltaron.

Habla desde la impotencia. «No estoy enfadado con él. Solo me da pena verlo hacerse esto, verlo ir a peor año tras año sabiendo que podría estar mejor». Su hermana le mandó hace poco una foto del hombre bajándose de una furgoneta —la misma que ella le había regalado— sin camiseta ni zapatos, durmiendo detrás de un negocio. Poirier vive esperando una llamada que teme: «No está bien de salud, tiene setenta y cuatro o setenta y cinco años». Y, aun así, ha aprendido a poner un límite: «Ese no es un peso que me toque cargar a mí. Ahora también soy padre. No puedo estar haciéndole de niñera a mi propio padre».

Dejar el mundo mejor de como lo encontró

El deporte es, a la vez, su herida y su posible salvación. Poirier reconoce que la retirada lo dejó sin brújula —«cuando no tengo nada, ninguna meta marcada en el calendario, soy un peligro para mí mismo»— y que ningún trabajo de comentarista o de empresario iguala la adrenalina de pelear «por tu vida y por el bienestar de tu familia delante del mundo entero». La sombra del daño cerebral tampoco lo abandona: un neurólogo detectó en su cerebro un adelgazamiento y un tabique separado, secuelas compatibles con el trauma repetido, aunque el CTE solo se confirma tras la muerte. La posibilidad de volver a la UFC, dice, está en un cinco por ciento, y bajando.

Si algo lo sostiene es la voluntad de convertir el golpe en algo útil. Desde 2018 dirige junto a su esposa la Good Fight Foundation, que nació casi por casualidad —subastando su equipo de combate para ayudar a la familia de un policía asesinado en Lafayette— y hoy reparte cada año unas mil trescientas mochilas escolares y ha financiado pozos de agua en Uganda. En 2020 recibió el primer Premio Comunitario Forrest Griffin de la UFC. «Intento dejar el mundo mejor de como lo encontré —responde a la pregunta ritual con la que se cierra cada episodio del pódcast—. Y enseñar a mis hijos a hacer lo mismo».

En una de las últimas fotos que le enseña Bartlett, la de su combate de despedida en Luisiana, Poirier no aguanta las lágrimas. «Esos guantes, dejarlos en la lona, son un trozo de mí que se quedó allí». Y, aun así, insiste en que lo repetiría todo: «Volvería a hacerlo, aun sabiendo todo el daño que iba a llevarme. Así de divertido fue el viaje. Pero nadie viaja gratis». Fue un mal día, no una mala vida, dirá más adelante. Y en esa frase, tan simple y tan difícil de sostener, cabe entero un hombre que está aprendiendo, en directo, a morir por segunda vez.

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Poirier y Holloway se saludan tras el combate estelar de UFC 318 en Nueva Orleans, el 19 de julio de 2025 (Foto: AP/Ella Hall

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