
España es un gran campeón del mundo, de eso no hay dudas. Es un equipo sin fisuras, paciente, sincronizado, convencido de su idea de juego, con jugadores muy inteligentes, disciplinados y talentosos, valientes para asumir el riesgo de jugar siempre la pelota al pie, aplicados para recuperar rápido. Y llegan al triunfo sin necesidad de convertir muchos goles porque defienden como nadie. Lo que se dice un equipazo. No sé cómo habrán seguido los españoles el rendimiento de su selección a lo largo de este Mundial, pero la sensación que tuve desde Argentina fue que ganaron todos los partidos sin demasiado esfuerzo, sin despeinarse. Todo lo contrario a lo que sucedió con la selección de mi país, que hizo un culto del sufrimiento, como si hubiese preferido quedarse con la insólita épica hollywoodense del cierre contra Francia en el Mundial de Qatar y no con sus primeros 75 minutos de excelencia en aquella final. Se juega como se vive, suele decirse. Y entonces Argentina cumplió el mandato y jugó en Estados Unidos a sobreponerse día a día con la adrenalina de aquellos que no tienen certezas sobre su futuro inmediato.
Frente a la adversidad surgida de sus propias limitaciones, el equipo de Messi y Scaloni se aferró a la emocionalidad amateur, al carácter avasallante forjado en el espíritu grupal indestructible que viene construyendo el entrenador y su cuerpo técnico desde 2018, y en las biografías deportivas de cada jugador, pertenecientes a un linaje que los precede. Lo dijo Scaloni en conferencia de prensa después de la remontada contra Egipto: «Yo me hice entrenador cuando dejé de jugar para tener estas emociones, no porque me guste ser entrenador. Las emociones que te da un partido de fútbol, que nos da a nosotros los argentinos un partido de fútbol, yo creo que es inigualable, y volver a recrear esa emoción es algo increíble. Soy entrenador por esto».
Los hinchas argentinos ya éramos conscientes de las falencias del equipo. En fase de grupos alcanzó con el talento y la capacidad goleadora de un Messi inoxidable a sus 39 años. Luego seguimos con atención el durísimo partido que Uruguay le hizo a España porque imaginamos que de ahí saldría nuestro rival en la siguiente fase, pero no: ni Finalissima postergada ni clásico sudamericano, nos tocaría cruzarnos con la sorprendente selección de Cabo Verde (que empató con España y con Uruguay). Suponíamos que sería el partido para despejar cualquier duda y resultó al revés: en esa instancia inauguramos el sufrimiento como lenguaje, la épica sostenida que terminó de moldear nuestro discurso acerca del mejor ciclo histórico de la selección argentina.

Lo que vino después, ya se sabe. No hace falta repetirlo ni es el propósito de estas líneas. Quería hablar de otra cosa y es por eso que me detengo acá. Mientras en Argentina (y en Bangladesh) sentíamos orgullo genuino por el desempeño de nuestro equipo, la Scaloneta, no tanto por los triunfos como por la ética que lo constituye («la nobleza de los recursos utilizados», diría Marcelo Bielsa), empezamos a advertir un ruido en las redes sociales: son tramposos, racistas, pendencieros, incivilizados, animales, corruptos, les están regalando otra copa. ¿De qué hablan? ¿Qué Mundial están mirando? ¿Dónde vieron fallos escandalosos que torcieron el rumbo de un partido? Al principio le restamos importancia: son cuentas verificadas que escriben pavadas conspirativas para buscar monetización, algunos madridistas resentidos con el capitán argentino, es apenas una cámara de eco del wokismo delirante. Imposible tomarlo en serio como imposible es no conmoverse ante el prodigio de Messi, la bonhomía de Lionel Scaloni y Pablo Aimar, la sencillez de Julián Álvarez, el amor propio de Lautaro Martínez, el espíritu guerrero de Lisandro Martínez y Cuti Romero. ¿No se dan cuenta lo que genera esta selección en los niños argentinos y en diferentes confines del mundo?
Hasta que empezamos a escuchar esas mismas cosas (son tramposos, racistas, pendencieros, incivilizados, animales, corruptos, les están regalando otra copa) en boca de personas reales, desde el exaltado entrenador de Egipto hasta firmas de New Yorker o el The Telegraph inglés. Incluso en el newsletter de una periodista española al que estoy (estaba) suscripto llegué a leer esto: «Mancharon la pelota y, junto a la politización de Trump y el negocio hortera montado por Gianni Infantino, fueron lo peor del Mundial». ¿En serio, Mónica, el final de la carrera de Lionel Andrés Messi a un nivel extraordinariamente competitivo a sus 39 años fue lo peor del Mundial?
Me intriga saber de dónde viene esa idea de equipo «villano». Es cierto lo que dice Guillem Balagué en un tuit del lunes 20 de julio: «Es una nación que, sobre el campo, hace todo lo posible por ganar» (aunque yo preferiría asignarle esa característica a los deportistas y no a la nación). También es cierto que Messi, cuando expulsaron a su compañero Enzo Fernández por doble amonestación, cayó en la tentación de sacar ventaja ladina de una ley difusa ante un gesto de Marc Cucurella, o que una vez terminado el partido algunos jugadores argentinos provocaron una trifulca innecesaria con sus pares españoles. Quizás esta última reacción de Molina y Paredes haya sido por impotencia o tal vez sean malos perdedores (la razón no importa, es cuestionable en cualquier caso) aunque, vale aclarar, fueron la excepción, la mayoría se comportó con hidalguía, tanto en ese final como en la premiación posterior. No me parece una buena lectura del contexto señalar que les dieron la espalda a los jugadores de España mientras levantaban la copa. No le busquen el pelo al huevo.

Así como los ganadores tuvieron su ceremonia emotiva con las autoridades que les entregaban el trofeo de oro macizo de 6,175 kilogramos, los perdedores tuvieron la suya de cara al público que los acompañó en cada partido y que los estaba aplaudiendo en la derrota. ¿Qué mayor demostración de caballerosidad deportiva, de aceptación estoica, que la de un público vitoreando a los vencidos? Además, ¿alguien reparó en lo que hicieron los franceses en 2022 o los croatas en 2018? No voy más atrás porque hasta 2014 las premiaciones eran diferentes, perdedores y ganadores subían hasta el palco oficial para recibir sus medallas y la copa, no se montaban tarimas en el campo de juego.
Jot Down Sport no hizo coberturas especiales sobre el Mundial ni dedicó la edición del lunes 20 de julio a celebrar la proeza del equipo de Luis De la Fuente. Quizás esta nota con mirada argentina sea extemporánea, una discusión con hombres de paja, con fantasmas que no existen, aunque escriban tuits diciendo que «Messi ha decidido terminar su carrera como un cualquiera, intentando sacar rédito de acciones intrascendentes cual usurero y sin hacer historia. Lo tuvo todo en sus manos para ser él el mejor, pero su escasa inteligencia lo cegó. Ha dilapidado toda su carrera por nada», o «Le agradecemos que jugara y le mostrara al mundo lo tramposo y mal jugador que es. Que la FIFA le regaló el mundial pasado y le iba a regalar este pero la presión mediática no lo permitió! Tramposo, violentos, ladrones. Eso son y el mundo lo sabe ahora!».
A lo mejor lo que dicen es cierto y somos los argentinos quienes tenemos un sesgo que nos impide ver una parte de la realidad. Lo que vemos desde el sur futbolero de Sudamérica es que nuestra selección consolidó su estatus de potencia, que el artefacto al que llamamos Scaloneta es un ejemplo de humildad, de perfil bajo, de profesionalismo con pasión, de camaradería, de hermandad, de vergüenza deportiva, de respeto a los proyectos a largo plazo, algo inédito para los estándares culturales argentinos. También vemos las lágrimas de Messi y pensamos que podría haber elegido retirarse de los mundiales con la gloria de Qatar, con la foto de la copa del mundo en sus manos en un cierre perfecto para su carrera. A sus 35 años, podría haber optado por giras de despedida y homenajes en fade out. Pero no. Decidió entrenarse como nunca (como siempre) y exponer la corona. Compitió con excelencia poniendo en riesgo el final feliz. Así de generoso es con su talento y su liderazgo. Por eso es el mejor de la historia.


Imposible no pensar en el conductor que va en direccion contraria por una autopista y piensa que son los demás los que van mal. Asumid la realidad y olvidaos de excusas: pasasteis la raya de lo obsceno y ahora justificais lo injustificable. Dadle una vuelta a vuestros valores.
¡Tiene gracía! (poca desde luego) cuando pides que se te perdone, pero, (el pero de casí siempre) pero: «cometí los atropellos cometidos porque…» Y a continuación el ofensor se descarga de su «mea culpa» para justificar lo injustificable .
Efectivamente , los argentinos deben tener un sesgo que les impide ver la realidad :¿humildad?, ¿saber perder? …. Es la única explicación que encuentro a las afirmaciones del artículo.
«Trifulca innecesaria de Molina y Paredes» se puede traducir como «puñetazo alevoso y sin venir a cuento de Molina a Rodri» y «agresión vergonzosa y barriobajera de Paredes y Almada a Eric García y Gavi)». ¿Y qué decir del puñetazo canalla de Ayala a Olmo? Supongo que estará enterado y habrá visto las imágenes. Por lo que se ve, los argentinos también son los reyes del eufemismo.
¿Nos tomas por tontos? En serio ¿Nos tomas por tontos?
¿Por qué disimular tras un barniz de épica barata lo que es una realidad visible para todo el mundo desde Latinoamérica hasta la India y Bangladesh aunque no para el ombliguismo argentino: los equipos de fútbol, rugby, baloncesto, voleibol etc… no quieren jugar contra vosotros no porque seáis tan poderosos, tan heroicos, si no porque no respetais el Fair Play, jugáis al limite y más allá del límite y no sabéis perder. Lo del domingo noche fue un escándalo: media hora después de terminado el partido y justo cuando España recogía la copa, teníais que saludar a la afición argentina. Algunos con las manos en los bolsillos y otros con las manos detrás. Curiosa forma de saludar al público. Solo os honra la actitud de un jugador desconocido, pero que recordaré: Flaco López
La verdad es que su entradilla es bastante aprovechable:
Versión 1: Tengo un sesgo que me impide ver la realidad, por eso en la albiceleste vi humildad, profesionalismo y camaradería
(No creo que todos los argentinos lo tengan, el sesgo, ni hayan visto lo que usted.)
Versión 2: En la albiceleste vi humildad y blablablá, luego tengo un sesgo que me impide ver la realidad.
De nada. Puede usar cualquiera de las versiones como mejor le parezca.
Tras mi primer comentario y releer el artículo, no creo que sea un sesgo. O bien está escrito en plan irónico, o buscando la provocación; no lo sé. He leído varios artículos argentinos sobre la final y ninguno menciona el comportamiento del equipo durante y al final del partido, leyendo cosas como «esta Argentina fue ejemplar en el coraje para alcanzar la victoria como en la hidalguía para reconocer que ganar no es un destino manifiesto.»
¿O es que finalmente lo del sesgo es verdad.?