
Rasheed Wallace se ha sentado en el sofá de 7PM in Brooklyn with Carmelo Anthony para repasar toda su vida profesional, que no fue breve ni exenta de encuentros con estrellas. La charla ha recorrido su infancia en Filadelfia, su paso por Carolina del Norte, los años en Portland y Detroit, y su etapa final con los Knicks. También ha hablado de los árbitros, de la prensa y de cómo cambió su imagen con el paso del tiempo
Pero sin duda, lo más divertido de toda la charla llega cuando Wallace explica el plan defensivo que Portland usaba contra Shaquille O’Neal. Wallace cuenta que Arvydas Sabonis tenía instrucciones precisas de no darle el centro a Shaq y mandarlo hacia la línea de fondo, donde llegaría la ayuda. Pero la jugada no salió como estaba dibujada.
Sabonis lo golpeó sin querer en la boca con el codo durante una de esas rotaciones: «Intentábamos que Shaq jugara siempre hacia su hombro derecho y hacerle el dos contra uno desde el centro de la zona. Ese era el plan. Sabonis tenía que obligarle a ir hacia un lado y yo llegaba desde la línea de fondo para doblarle. Pero un día Sabonis me soltó un codazo en toda la boca mientras tratábamos de ejecutar esa defensa».
Wallace recuerda la escena entre risas: «Encima había partidos en los que Sabonis estaba cargado de faltas, o el segundo pívot también, y entonces me tocaba a mí defender a Shaq. Yo era un cuatro, no un cinco. Veía a Shaq plantado en el centro de la pintura y pensaba: ‘Voy a tener que hacerle falta’. Y además procuraba golpearle primero, porque no quería recibir uno de esos golpes suyos a propósito».
Los orígenes en Germantown
Wallace creció en el barrio de Germantown, en Filadelfia. Su primer amor deportivo fue el atletismo, no el baloncesto. Aprendió a jugar viendo a su hermano mayor y a una vecina, una chica de instituto reconocida en toda la ciudad. Recuerda incluso el motivo por el que aquella vecina llamó su atención, bromea con que era un niño de nueve o diez años y que le parecía muy guapa. Ella aceptó jugar unos uno contra uno con él y, mientras lanzaban a canasta, le fue corrigiendo la mecánica del tiro. «Me decía que extendiera el brazo, bloqueara el codo y dejara caer la muñeca». Wallace asegura que, muchos años después, sigue utilizando exactamente esa técnica que aprendió jugando en la calle.

Procedía de una familia de clase trabajadora, pensaba que el tajo sería su destino inevitable: «En mi familia nadie había ido a la universidad. Mi madre no fue. Mis dos hermanos mayores tampoco. Creo que solo dos primos habían pisado una universidad. Yo pensaba que iba a tener un trabajo de nueve a cinco, como todo el mundo. Mi entrenador fue quien me hizo cambiar de idea. Me decía: ‘El baloncesto puede llevarte por todo el mundo. Puede darte una educación. Puede ayudarte a cuidar de tu familia’. Y yo ni siquiera soñaba con ir a la universidad. Eso no formaba parte de mi realidad. Treinta años después puedo decir que tenía toda la razón. Gracias al baloncesto he podido cuidar de mi familia y, aun retirado, sigo viviendo gracias a todo lo que este deporte me dio».
Simon Gratz y la liga Sunny Hill
Wallace jugó en Simon Gratz bajo las órdenes del entrenador Bill Ellerbee. Con ese equipo ganó tres campeonatos de ciudad en cuatro años y dos títulos nacionales. Practicó también atletismo y béisbol. En Filadelfia no existía el circuito AAU tal como se conoce hoy. El torneo de referencia era la Sunny Hill League, una competición organizada por barrios que iba desde secundaria hasta la universidad: «Aquello era diferente porque representabas al barrio en el que habías crecido. No jugabas con un equipo formado para el verano; jugabas por tu gente. Nuestra rivalidad no era con Nueva York. Era con Baltimore. Cada vez que íbamos allí sabíamos que nos esperaba un fin de semana de auténticas batallas. Íbamos diez o doce amigos en coche, jugábamos contra los mejores de Baltimore y luego volvíamos a casa. Era simplemente baloncesto de barrio».
La visita de Dean Smith y Phil Ford
Sus cuatro finalistas universitarios fueron Villanova, Temple, Georgetown y Carolina del Norte. Incluyó a Villanova y Temple por respeto, al ser los equipos de su ciudad. Lo que terminó de convencerlo ocurrió en su propio salón: «Llegué a casa después de entrenar atletismo, con el discman puesto, y vi gente sentada en el salón. Pensé: ‘¿Quién se ha metido en mi casa?’. Entonces miré bien y eran Dean Smith y Phil Ford».
Wallace recuerda su sorpresa, esperaba que el cuerpo técnico estuviera celebrando, y en cambio Smith ya estaba tocando puertas de nuevos reclutas. Esa visita, según cuenta, fue la que selló su decisión de fichar: «Les dije: ‘¿Qué hacéis aquí? Acabáis de ganar el campeonato nacional. Deberíais estar celebrándolo’. Dean Smith me respondió: ‘Celebramos anoche. Ahora toca volver al trabajo’. Pensé: ‘Si este hombre, después de ganar el campeonato, ha venido hasta mi casa en Filadelfia, es que de verdad quiere que juegue en Carolina del Norte’. Ahí fue cuando tomé la decisión».
Michael Jordan se cuela en un entrenamiento
Durante su primer año en Carolina del Norte, Michael Jordan se presentó en un entrenamiento y se puso a jugar y retar a todos los que había por ahí: «La vez que más recuerdo fue cuando Michael Jordan vino a ver uno de nuestros entrenamientos en North Carolina. Se metió un rato a entrenar con nosotros. Terminamos la sesión y, ya sabes, el entrenador nos dio unos diez minutos para trabajar por nuestra cuenta: tirar, pulir la técnica y todo eso. Yo acabé, me fui al vestuario, me quité las zapatillas, me saqué las vendas y estaba poniéndome hielo cuando entró uno de los asistentes y me dijo: ‘El entrenador quiere que vuelvas a la pista’. Le pregunté: ‘¿Qué entrenador?’. Me respondió: ‘El entrenador Smith’. Así que me volví a poner los calcetines, las zapatillas y salí otra vez».

Michael Jordan seguía jugando partidos de uno contra uno con Jerry Stackhouse, Donald Williams, Jeff McInnis, Dante Calabria y otros compañeros: «Entonces me preguntó si yo también quería jugar contra él. Le dije que no. No. Yo tenía sentido común».
Antes sus ojos, había un dominio de balón de otro planeta: «Mi manejo de balón era el típico de las pachangas. No me importaba perder la pelota, que me rebotara en la pierna o en el pie… Pero mi bote no era lo bastante bueno para enfrentarme a ese tipo. No, no iba a jugar un uno contra uno contra Michael Jordan. Prefería quedarme mirando. Había visto lo que les hacía a los profesionales y yo solo era un novato. Aun así, fue una experiencia fantástica. Michael pasó un rato con nosotros, habló con el equipo y nos dejó varios consejos sobre lo que significaba jugar en North Carolina y dar el salto al siguiente nivel».
El Charm City Classic y las rivalidades de instituto
Wallace recuerda con cariño el Charm City Classic de Baltimore, uno de los torneos de instituto más importantes de la época. Describe esos viajes como algo sagrado en el barrio: «Todo el mundo piensa que nuestra gran rivalidad era con Nueva York, pero no. Era Baltimore. Nos juntábamos diez o doce amigos, nos montábamos en el coche y nos íbamos a Baltimore a jugar contra ellos. Aquello era una tradición. Cada año íbamos allí a enfrentarnos a los mejores jugadores de Baltimore. Jugábamos contra Mike Lloyd, Keith Booth, Dante Bright, Duane Simpkins… Aquellos eran algunos de los mejores jugadores de instituto del país. Esos partidos eran incluso más intensos que muchos encuentros oficiales. Todo era cuestión de orgullo entre las dos ciudades».
El origen del stretch big: Cliff Robinson y Derrick Coleman
Wallace recibe hoy elogios de leyendas como Charles Barkley y Reggie Miller, que lo sitúan entre los cinco mejores de la liga actual por su forma de jugar. Él responde con humildad: «La gente dice que yo sería uno de los cinco mejores jugadores de la NBA actual, y se lo agradezco, pero yo no inventé ese estilo de juego. Los primeros fueron Derrick Coleman y Cliff Robinson. Ellos ya hacían todo eso antes que yo. Derrick Coleman podía subir el balón, jugar de espaldas, tirar desde fuera y pasar como un base. Ya hacía todo eso. No inventé nada. Solo seguí el camino que ellos habían abierto».
Glenn Rice y el paso obligado por el alero
En sus dos primeros años universitarios y en sus primeras temporadas de NBA, Wallace apenas lanzaba triples, salvo algún tiro desesperado al final de un cuarto. Todo cambió en su cuarto año en Portland, cuando el entrenador lo movió a alero para poder alinear a Arvydas Sabonis en el poste junto a Brian Grant.
Wallace explica que aquel cambio no fue una decisión táctica menor, sino un sacrificio personal. Nunca había jugado de alero y aceptó hacerlo porque el cuerpo técnico quería mantener juntos a Sabonis y Brian Grant. Sabonis acababa de llegar a Portland y seguía siendo, según Wallace, uno de los tres mejores reboteadores del mundo. «Pensé: nunca he jugado de tres, pero ¿tan difícil es?».

Descubrió muy pronto que lo era mucho más de lo que imaginaba: «El entrenador no paraba de decirme: ‘Si estás solo, tira’. Así fue como empecé a lanzar de tres con regularidad. Glenn Rice me volvió loco. Nunca había tenido que perseguir a un tirador saliendo de bloqueos durante todo un partido. Ahí aprendí el enorme respeto que merecen los aleros. Defender a un jugador así es muchísimo más difícil de lo que parece».
Un Sheed de 27 años en la NBA actual
Ante la pregunta de cómo rendiría hoy, con las reglas actuales y menos contacto físico permitido, Wallace responde sin dudar que su equipo sería un contendiente en el Este. Compara el baloncesto de su época, basado en el juego de poste y la generación de tiros de media distancia, con el ritmo actual centrado en el triple: «Con las reglas de hoy seríamos un equipo candidato a ganar el Este. Ahora el juego está completamente abierto. Si me dejan solo, puedo meter diez triples en un partido. Y si me ponen un pequeño, me voy al poste y también voy a hacer daño».
Menciona a Nikola Jokic como ejemplo de la evolución de su propio perfil, un ala-pívot que se convirtió en pívot titular y terminó dominando desde el perímetro: «Mira a Jokic. Empezó como un cuatro y acabó jugando de cinco. Ese es el tipo de evolución que ha tenido el baloncesto. En mi época a los interiores nos pedían jugar de espaldas al aro. Hoy te piden exactamente lo contrario».
No cree que el problema sea una cuestión de talento, sino de contexto. Explica que durante gran parte de su carrera un interior recibía la orden de jugar cerca del aro, castigar en el poste y utilizar el tiro exterior solo de forma ocasional. Hoy ocurre exactamente lo contrario, exclama.
Aun así, insiste en que no habría cambiado su identidad. Dice que seguiría hablando sin parar en defensa, ordenando a sus compañeros y aportando la intensidad que siempre consideró su principal virtud. «Lo que nunca cambia es competir», afirma. Cree que esa mentalidad tendría el mismo valor hace veinte años que en la NBA actual.
Qué hubiera pasado si Detroit elegía a Melo
En el draft de 2003, Detroit tenía la segunda elección y escogió a Darko Milicic. Denver, con la primera opción, se quedó con Carmelo Anthony. Un año después, Detroit fichó a Wallace en la fecha límite de traspasos y ganó el título. Muchos compañeros de aquel equipo especulaban con lo que hubiera pasado si Detroit hubiese elegido a Melo en vez de a Darko.
Wallace defiende a Milicic: «La gente se olvida de lo bueno que era Darko Milicic. Tenía buen manejo de balón, podía tirar de tres, corría la pista y jugaba por encima del aro. Lo tenía todo para un jugador de su tamaño. Llegó siendo un crío, sin hablar inglés, a un equipo que estaba obligado a ganar. Eso no era fácil para nadie».
Para Wallace, la carrera de Milicic quedó marcada por las circunstancias mucho más que por la falta de talento: «Si Darko hubiera caído en un equipo que pudiera desarrollar jóvenes, hoy la gente hablaría de él de otra manera»
También desmonta una de las teorías más repetidas desde entonces. No cree que la elección de Carmelo Anthony hubiera garantizado más títulos para Detroit. Explica que aquel equipo ya tenía suficiente anotación exterior con Chauncey Billups, Richard Hamilton y Tayshaun Prince. Lo que necesitaba era alguien que endureciera el juego interior y liberara a Ben Wallace de parte del trabajo físico. «Nos faltaba un cuatro», resume. Y ahí considera que su llegada terminó siendo mucho más determinante que cualquier otra incorporación.
El triple de media cancha de Rip Hamilton
Wallace recuerda con humor uno de los tiros más extraños de su carrera con Detroit: un lanzamiento desde tres cuartos de cancha de Rip Hamilton, casi al final de un partido, que entró por rebote en el tablero. Cuenta que él y sus compañeros ya celebraban la posesión defensiva y que ese tiro les arruinó la noche, aunque terminó contando igual en el marcador: «Rip metió uno de esos tiros que solo ves una vez en la vida. Todos pensábamos que la jugada había terminado y, de repente, el balón entró. Ni siquiera era un lanzamiento preparado. Lo tiró porque no quedaba otra. Nos quedamos mirando unos a otros sin entender cómo podía haber entrado ese balón. Fue uno de esos tiros imposibles que solo ves una vez».
Las tres versiones de Kobe y el peso real de Shaq
Wallace vivió tres etapas distintas de Kobe Bryant: el joven Kobe junto a Shaq, los duelos entre Portland y Los Angeles Lakers, y el Kobe que ayudó a frenar la dinastía en 2004: «Cuando Kobe llegó a la liga, todo el mundo lo veía como otro chaval joven que podía salir ahí fuera, meter puntos y jugarse todos los tiros. Pero, conforme avanzó su carrera, fue haciéndose cada vez más eficiente. Eso fue lo que más me llamó la atención de su evolución, cada año era más eficiente y cada año esperaba más de sus compañeros. Fue asumiendo cada vez más el papel de líder dentro de los Lakers».

Sobre Shaquille O’Neal, Wallace insiste en poner el contexto físico sobre la mesa, superaba en peso a la mayoría de rivales por más de treinta y cinco kilos. También rompe una lanza en favor del pívot de los Lakers cuando se habla de su fama de jugador violento: «En aquella época era el mejor atleta del planeta. Medía unos 2,16 o 2,18 y pesaba alrededor de 155 kilos, pero corría la pista como un animal. La gente se olvida de eso. Quiero que entiendan el contexto. Los árbitros, en cierto modo, nos ayudaban, porque sabían que para mover a un jugador así hacía falta algo más que un simple manotazo. Nos permitían darle mucho más. Por eso Shaq acababa tan enfadado y repartía tantos codazos. Y cuando llegó el ‘Hack-a-Shaq’… madre mía. Estoy seguro de que quería pelearse con medio mundo».
Por qué Wembanyama no es el nuevo Shaq
Cuando le preguntan si Victor Wembanyama representa un cambio de paradigma similar al de Shaq, Wallace responde con matices. Reconoce el talento del francés y su tiro exterior, muy superior al de Shaq, pero recuerda que Shaq ganaba los enfrentamientos físicos por simple diferencia de peso y volumen corporal: «Wemby es un gran jugador. Es un gran jugador para el baloncesto de hoy. Pero la diferencia está, por supuesto, en el peso. Como he dicho, Shaq le sacaba al menos unos 35 o 40 kilos a casi todos los rivales. Si no tenías otro pívot enorme enfrente, era imposible igualarlo físicamente. Ahí está la gran diferencia. Victor tiene un tiro exterior muchísimo mejor que el de Shaq, sin ninguna duda, pero Shaq nunca evitaba el contacto. Si intentabas defenderle con ese estilo europeo, fintando o esquivando el choque, te soltaba un golpe de cadera y te mandaba al suelo. Esa era su forma de jugar. Era una fuerza de la naturaleza».
Los cinturones de campeón, inspirados en la lucha libre
Tras ganar el título de 2004, Wallace decidió que los anillos no eran suficiente celebración. Contactó a un primo relacionado con la extinta WWF para conseguir cinturones de campeón personalizados para todo el equipo, cada uno con el apodo de su dueño grabado. Los guardó en secreto hasta la noche en que recibieron los anillos oficiales.
En el vestuario se decidió salir a la cancha con los cinturones puestos, ocultos bajo las chaquetas del calentamiento. En la fila de tiros de entrada, el equipo se los mostró al público, que respondió con euforia y una lluvia de fotografías. Wallace asegura que esa broma marcó el inicio de una costumbre que después adoptó la WWE, entregando cinturones a los campeones de otras disciplinas.
Recuerda que nadie, salvo un pequeño grupo de compañeros, sabía que los cinturones existían. La idea era sorprender tanto a la afición como a la propia organización. Cuando llegó el momento de presentarse sobre la pista, cada jugador abrió la chaqueta del chándal y dejó al descubierto el cinturón de campeón. «El pabellón se volvió loco», recuerda. Años después sigue convencido de que aquella imagen contribuyó a convertir el título de los Pistons en uno de los más recordados de la época.
Wallace sonríe cuando le comentan que hoy la WWE entrega cinturones personalizados a campeones de otros deportes. Está convencido de que aquella costumbre nació en Detroit. «Nosotros lo hicimos primero», afirma orgulloso. Nunca pretendieron iniciar una tradición; simplemente buscaban una forma distinta de celebrar un campeonato que habían conquistado contra todo pronóstico.
Las Finales de 2004: superar a los Pacers y frenar a los Lakers
Wallace describe el mayor obstáculo de aquella carrera hacia el título como la serie contra Indiana Pacers, un rival que igualaba a Detroit en casi todos los aspectos del juego. Superado ese cruce, el equipo llegó a la final contra Los Angeles Lakers con la confianza de que algo especial estaba ocurriendo.

Recuerda especialmente el vuelo de regreso a Detroit tras perder el segundo partido en Los Angeles, con la serie 2-0. En ese avión, el grupo se puso de acuerdo en una idea simple: no podían permitirse volver a Los Angeles Lakers. Terminaron ganando la serie y el título.
Wallace explica que, en realidad, el momento decisivo no llegó durante un partido, sino en aquel vuelo de regreso. El vestuario entendió que, si la serie volvía a California, probablemente el campeonato se escaparía. «No podemos volver aquí», fue la idea que empezó a repetirse entre los jugadores. Nadie levantó la voz ni hizo un gran discurso. Simplemente se creó un compromiso colectivo: ganar todos los encuentros que quedaban en Detroit y cerrar allí mismo las Finales.
También reivindica el nivel de aquellos Indiana Pacers. Cree que la historia ha terminado reduciendo la temporada de los Pistons a la victoria sobre los Lakers de Shaq, Kobe, Karl Malone y Gary Payton, pero insiste en que la eliminatoria realmente decisiva fue la final del Este. Indiana era un equipo extremadamente físico, disciplinado y con múltiples recursos ofensivos. «Para nosotros, superar a Indiana fue casi tan difícil como ganar el anillo», reconoce.
El primer partido en la NBA, su verdadero momento 7PM
Al preguntarle por su momento decisivo, personal o profesional, Wallace elige su primer partido oficial con Washington Bullets. Jugaba por detrás de Chris Webber, Juwan Howard y Gheorghe Muresan, sin minutos asegurados. Sentado en el banquillo, viéndolos correr la cancha, tuvo la certeza real de que había llegado a la NBA: «Sinceramente, no supe que tenía opciones reales de jugar en la NBA hasta que me senté a pie de pista en mi primer partido con los Washington Bullets. Ese fue también el primer partido de la NBA al que asistí en mi vida. Cuando estaba allí sentado, viendo a Chris Webber, Juwan Howard y Gheorghe Muresan, pensé: ‘Vaya, de verdad he llegado a la NBA’. Di las gracias a Dios por haberme dado el talento para poder ayudar a otras personas y a mi familia».
Los Jailblazers y el trabajo comunitario que no se contó
Wallace vio el documental sobre los Jailblazers, el apodo que la prensa puso a aquellos Portland Trail Blazers de finales de los noventa por sus problemas legales y su mala fama. Su queja principal es que el documental dejó fuera el trabajo comunitario del equipo, él y Damon Stoudamire recibieron premios mensuales por su labor social, y Stoudamire ayudó a abrir bibliotecas escolares en el noreste de Portland.

Wallace recuerda en especial los partidos de softball benéficos que organizaban Damon Stoudamire y Terrell Brandon, enfrentando a sus respectivos grupos de amigos, con comida gratis y casas inflables para los niños del barrio. Cuenta también que, siendo jugador de Portland años después, insistió ante la directiva para que el club recuperara la relación con los antiguos Jailblazers, una gestión que finalmente se concretó.
Para Wallace, el gran problema del documental no fue lo que contó, sino lo que decidió dejar fuera. Insiste en que la imagen pública de aquellos Trail Blazers quedó construida casi exclusivamente alrededor de los arrestos, las sanciones y las polémicas, mientras que apenas se mencionó la enorme cantidad de actividades solidarias que realizaban los jugadores. «Cada mes hacíamos cosas para la comunidad», explica. Tanto él como Damon Stoudamire llegaron a recibir reconocimientos por su implicación social, pero esas iniciativas apenas ocuparon unos segundos en pantalla.
Sobre el cierre del documental, Wallace aclara que la frase que atribuyeron a su desacuerdo con la ciudad de Portland respondía a otra pregunta distinta, editada fuera de contexto. Explica además que no acudió a la reunión de exjugadores porque esa misma noche lo homenajeaban en el Salón de la Fama del Deporte de Michigan, rodeado de familia: «Estaba con mi familia. No podía estar en dos sitios al mismo tiempo», explica dejando claro cuáles son sus prioridades.

