
La República Democrática Alemana no era, en principio, un territorio propicio para los amantes de las montañas. Su cima más alta, el Fichtelberg, con apenas 1.214 metros, se alzaba en los confines del Erzgebirge, en la frontera con Checoslovaquia. Y, sin embargo, existía en Sajonia una tradición alpinista de largo aliento, forjada entre las paredes verticales de las montañas de arenisca del Elba, también conocidas como la Suiza Sajona. Desde la segunda mitad del siglo XIX, aquellos riscos habían atraído a escaladores que desarrollaron una cultura propia, con normas éticas estrictas que prohibían el uso de escalones o escaleras artificiales para alcanzar las cimas. En los años treinta, la ciudad de Dresde llegó a contar con trescientos clubes turísticos y alpinistas, con alrededor de treinta mil miembros.
La Segunda Guerra Mundial y la posterior instauración del régimen comunista cambiaron radicalmente ese panorama. El alpinismo, al no ser un deporte olímpico ni tener relevancia militar, quedó fuera del foco del Estado socialista. El gobierno de la RDA apostó por disciplinas que reportasen medallas y prestigio internacional, y las expediciones a alta montaña se convirtieron en una actividad reservada a un pequeño grupo de privilegiados. El presidente de la federación de montañismo se vio obligado a reconocer que solo una minoría podía acceder a la práctica de este deporte. Para todos los demás, las opciones eran escasas y las trabas, enormes.
Pero esos montañeros, existir, existieron. El historiador Kai Thomas Reinhardt recogió el testimonio de alpinistas y aventureros de la RDA, así como de los registros de cumbres de las montañas de arenisca del Elba y de las publicaciones oficiales del movimiento deportivo socialista, y testimonió el carácter heroico de esa comunidad de aficionados, a los que les daban igual las restricciones del Estado y se las arreglaron para cumplir sus sueños.
En origen, la situación era francamente complicada. Los Alpes, soñados por generaciones anteriores, habían dejado de existir oficialmente. Los medios de comunicación de la RDA simplemente no los mencionaban, como si no formaran parte del mundo. Austria, Suiza, Italia y Francia eran territorio vetado. No obstante, en 1958, la federación alemana de senderismo y montañismo decidió reunir a una docena de los mejores escaladores del país en el club SC Einheit Dresden, con el objetivo de conformar un equipo nacional capaz de representar a la RDA en expediciones internacionales.
Los seleccionados recibían una plaza profesional, quedaban exentos de trabajar y cobraban por practicar su deporte. A cambio, debían encarnar el modelo de ciudadano socialista. Tenían que ser organizados, disciplinados y con una postura política bien definida y publicitada. Cuando en 1962 s

e restableció el servicio militar obligatorio, los alpinistas de élite, además, tuvieron que publicar en la revista oficial de la federación su disposición a estar siempre listos para defender la patria.
Con estos objetivos políticos, los roces entre la federación y los aficionados fueron inevitables. Más de diez de los mejores alpinistas del país llegaron a escribir una carta abierta a Walter Ulbricht, el secretario general de la RDA, para quejarse de las condiciones de entrenamiento y de la mala gestión de la federación. Un gesto temerario en una dictadura socialista. La carta nunca se publicó, pero tuvo cierto efecto entre los responsables políticos.
El equipo nacional consiguió algunos éxitos notables durante los años sesenta y setenta, incluidas las ascensiones al Pico Lenin y al Pico del Comunismo, la montaña más alta de la URSS. El golpe más duro llegó en julio de 1967, cuando cuatro alpinistas de élite murieron en la cara norte del Eiger, en Suiza. Tras el funeral de Estado celebrado en Dresde, el equipo nacional perdió progresivamente el apoyo de las autoridades.
De esta manera, para quienes no formaban parte del equipo nacional, llegar a las grandes cordilleras de la Unión Soviética, como el Cáucaso o el Pamir, exigía superar un laberinto burocrático de proporciones casi cómicas. Los ciudadanos de la RDA no podían viajar libremente, ni siquiera entre los países del Pacto de Varsovia. Para entrar en territorio soviético necesitaban un documento especial, la llamada Reiseanlage, que solo expedía la policía local y que requería haber obtenido previamente una invitación de una persona o institución soviética, tenía que estar redactada en ruso y certificada por las autoridades del Estado. La policía local, además, únicamente tramitaba ese documento si consideraba que el solicitante era un ciudadano leal a la RDA.
Georg Renner había sido prisionero de guerra en el Cáucaso, donde aprendió ruso y tejió una red de amistades entre los alpinistas soviéticos. Eso le facilitó las invitaciones necesarias. Su segunda esposa era una geóloga rusa, lo que le permitía acompañarla en sus expediciones de exploración por distintas cordilleras. Christoph Mäder, por su parte, dirigía una sucursal de una gran empresa cárnica en Halberstadt. Gracias a ese cargo tenía a su disposición pisos, un taller de carpintería y, sobre todo, latas de carne, un regalo muy cotizado en la economía socialista. Con esos recursos y con el talento para moverse en las intrigas palaciegas del sistema, ambos organizaron durante las décadas de los sesenta y setenta numerosas expediciones a la URSS. Tenían claro de antemano que quien siempre obedece las normas, nunca sale de la RDA.
Una vez dentro de la Unión Soviética, los alpinistas tampoco podían moverse con libertad. La oficina estatal de visados les asignaba una ruta predeterminada, el llamado marschrut, que no podían abandonar. Las regiones más atractivas para el alpinismo, como Tayikistán y Kirguistán, eran zonas fronterizas de importancia militar, y las autoridades jamás habrían autorizado a los extranjeros a adentrarse en ellas. Renner lo resolvía con desfachatez, decía a los funcionarios que quería hacer turismo, y luego sencillamente se iba a la montaña. Nadie le seguía hasta allí.
A finales de los años setenta comenzó a surgir una generación más joven, inspirada en aquellos alpinistas veteranos pero menos dispuesta a someterse a los procedimientos oficiales. Eran estudiantes, en su mayoría vinculados a movimientos religiosos o ecologistas, que habían descubierto una grieta en el sistema de control fronterizo. El llamado Transitvisum, un visado de tránsito que permitía cruzar un país en unos pocos días de camino hacia otro destino, era expedido sin mayores dificultades por las comisarías locales. La pregunta que se hacía cualquier funcionario era razonable: ¿por qué habría de negar el viaje a un país hermano socialista? Algunos alpinistas pedían incluso empadronarse en ciudades como Leipzig, donde las autoridades eran más permisivas a la hora de tramitar ese documento.
El truco era muy simple, una vez dentro del país de tránsito, simplemente no salían. Se quedaban semanas, a veces meses, moviéndose de forma ilegal por la inmensidad de la URSS. Se llamaban a sí mismos viajeros UdF, siglas de Unerkannt durch Freundesland, que podría traducirse como incógnito por el país amigo, una ironía deliberada sobre la retórica oficial de la amistad germano-soviética. En las ciudades grandes de la RDA, como Berlín, Jena, Leipzig y Dresde, surgieron grupos que organizaban encuentros donde se intercambiaban fotografías, mapas y experiencias. Al regresar, los guardias de frontera soviéticos comprobaban invariablemente que la estancia había durado mucho más de lo autorizado. Las consecuencias solían ser una pequeña multa de entre quince y treinta rublos y la prohibición de entrar en el país durante los años siguientes. Una prohibición que, en muchos casos, las autoridades soviéticas no tenían capacidad de hacer cumplir.

Viajar ilegalmente por un país de una enormidad como la Unión Soviética requería nervios de acero y una inventiva propia de un talento literario. Los viajeros UdF intentaban pasar desapercibidos y algunos fingían ser oriundos de las repúblicas bálticas para justificar su acento. Cuando los detenía la policía, confiaban en que los agentes no tuviesen ganas de lidiar con un problema sin protocolo claro, detener a un extranjero sin documentos válidos era un marrón que podía inquietar mucho a los policías, porque podía acarrearles graves consecuencias.
Si algún agente había estado destinado en la RDA como soldado, lo más probable es que se conformase con recordar los viejos tiempos con un par de vasos de vodka. Para situaciones más comprometidas, los viajeros recurrían a documentos falsos de aspecto oficial, como cartillas de la seguridad social de la RDA con sellos artesanales, que presentaban a los inspectores en las remotas regiones de Asia Central. Los soviéticos, acostumbrados a una sociedad donde nadie viajaba solo sin permiso, tardaban en imaginar que alguien pudiera ser arrestos suficientes como para mentirles.
A las dificultades para cruzar fronteras se sumaban las del equipamiento. En la RDA no existía material alpinista de calidad. Algunos artículos se distribuían a través de la federación, otros se conseguían en el mercado negro, y la mayoría había que fabricárselos uno mismo. Un alpinista recordaba haber emprendido su primera expedición al Cáucaso con un piolet de mango de madera prestado, unos crampones de los años veinte que le dejó un amigo, guantes y calcetines de punto casero, y una bolsa grande de albaricoques secos obtenida gracias a sus contactos en un supermercado. Las mochilas podían llegar a pesar más de cuarenta kilos. El equipo occidental era un oscuro objeto de deseo en todo el bloque del Este. El alpinista Reinhold Messner contó que sus botas de plástico y su ropa Gore-Tex despertaban verdadera codicia entre los escaladores del Este.
La falta de mapas detallados era otro obstáculo desesperantre. Por razones de seguridad, estaba prohibido comprar cartografía precisa de las zonas fronterizas, que eran precisamente donde se encontraban las cordilleras más interesantes. Los alpinistas rebuscaban en librerías de viejo en busca de mapas antiguos y los actualizaban con las experiencias propias y ajenas, copiándolos sobre papel de calco.
Georg Renner, ingeniero en un departamento de gestión del agua, se convirtió en el cartógrafo de referencia de toda esa comunidad. Pasaba noches enteras en su despacho dibujando a mano los itinerarios del Pamir y el Cáucaso, consultando viejos mapas, informes de otros escaladores y sus propios recuerdos. Sus creaciones, conocidas como los mapas Renner, circularon de mano en mano por toda la RDA durante décadas. Lo cachondo es que los propios soviéticos le pedían copias para moverse por su propio país. En ocasiones, encontrar la ruta hasta la cumbre deseada llevaba años. La primera vez que se llegaba a la zona, solo se localizaban las cimas; la segunda, se buscaba el acceso; a la tercera, si todo iba bien, se coronaba la montaña.
Financiar esas expediciones tampoco era sencillo. El salario medio de un trabajador de la RDA rondaba los mil marcos a principios de los años ochenta, y los campamentos organizados en suelo soviético costaban entre dos mil y casi seis mil marcos. Para reunir el dinero necesario, los alpinistas recurrían a toda clase de actividades. Klingner fabricaba arneses de escalada en su casa y los vendía de forma clandestina, hasta tenía que emplear algunas costureras para dar abasto con los pedidos que llegaban de toda la RDA. Mäder y otros se dedicaban al llamado Technosport, trepaban por chimeneas industriales y edificios altos para repararlos, lo que le ahorraba al Estado los costosos andamios. Según el propio Mäder, llegó a desmantelar al menos diez chimeneas de fábricas.
Renner, que viajaba siempre con una cámara fotográfica, reunió a lo largo de los años miles de imágenes de las montañas soviéticas. Gracias a los contactos profesionales de Mäder, obtuvieron licencia para imprimir quince mil copias de varios motivos. Como no había nada parecido en el mercado de la RDA, se vendieron sin dificultad.
La tensión entre el alpinismo y el régimen no era solo logística. Había una incompatibilidad más profunda, ideológica. El Estado socialista exigía de sus deportistas disciplina, colectivismo y lealtad política. Los escaladores, en cambio, llevaban décadas cultivando valores radicalmente opuestos, libertad individual, la amistad forjada en la roca y el contacto con una naturaleza que no obedece a ningún partido.
Muchos de ellos, con el cerebro frito ya por su experiencia bajo el Tercer Reich, eran refractarios a cualquier forma de adoctrinamiento. En los registros de cumbres de las montañas del Elba se conservan infinidad de inscripciones que dan cuenta de ese estado de ánimo. Algunas son poemas; otras, aforismos; muchas, una declaración de hartazgo y desesperación. Conforme se acercaba la revolución de 1989, los mensajes iban siendo más atrevidos y antisistema. La Stasi, por supuesto, tenía conocimiento de esos registros de cumbres y hubo casos en los que se intentó identificar a sus autores analizando la caligrafía, aunque con escaso éxito. En la montaña, como en pocas partes, resultaba posible escapar del omnipresente control estatal.
Muchos jóvenes alpinistas de los años ochenta trabajaban en la iglesia o en empleos marginales, como jardineros en cementerios, que les dejaban tiempo libre para vivir en la Suiza Sajona gran parte del año. Estar en torno a una hoguera, en una cueva, con un grupo de personas afines, lejos de todo, era ya en sí mismo un alivio ante tanto orden comunista y, sobre todo, tan asfixiante.

Los viajes ilegales por la URSS añadieron además otro clavo en el ataúd del sistema. La propaganda de la RDA había educado a sus ciudadanos desde la infancia en la admiración por los logros soviéticos. El contacto directo con la realidad cotidiana de ese país, viajando en vagones de tercera clase, haciendo autostop, recibiendo la hospitalidad de familias campesinas en regiones remotas, era una experiencia que desmantelaba ese relato oficial de golpe. Entre los alpinistas y los viajeros UdF, el conocimiento del declive progresivo de la autoridad soviética y la convicción de que el comunismo estaba abocado al fracaso era un lugar común décadas antes de la caída del muro.
No es una coincidencia que entre los alpinistas de la RDA hubiera una proporción especialmente alta de personas que intentaron escapar al Oeste. Eran los más capacitados para hacerlo y ganas no les faltaban. Antes de la construcción del Muro de Berlín en 1961, varios de los mejores escaladores sajoneses abandonaron el país. Después, la situación se estabilizó durante un tiempo, pero en la década de los ochenta se produjo un nuevo éxodo entre la comunidad alpinista. Un testigo de la época lo describía como una epidemia, en cuanto alguien comenzaba a pensar en marcharse, la idea se extendía. El alpinismo, habituado a cruzar límites físicos y psíquicos, había creado un entorno especialmente favorable para esa decisión.
Reinhard Tauchnitz y Karsten König, dos de los viajeros UdF más activos, tomaron en 1989 la decisión de escapar de la RDA con un plan basado en ascender una cumbre de más de ocho mil metros para que su huida saliera en todos los periódicos. Tras un largo periplo por la Unión Soviética y China, mientras la revolución democrática desmontaba el Muro en su país, alcanzaron en 1990 la cumbre occidental del Shisha Pangma, en el Tíbet. Los periódicos cubrieron ampliamente la hazaña, aunque ya no tuvo el efecto que esperaban.
Aunque en la otra cara de la moneda tenemos la investigación del historiador William Gray, que ha estudiado las incursiones de los montañeros de la RDA en Corea del Norte, que aunque pudiera parecer un destino sencillo para los alpinistas del socialismo real, lo cierto es que estas expediciones se organizaron por casualidad. Durante una visita oficial a Dresde en 1984, el líder norcoreano Kim Il-sung asistió a una exhibición de escalada en la región de la Suiza Sajona. Impresionado por la destreza de los montañeros, los invitó a probar suerte en las montañas norcoreanas.
La propuesta dio lugar a dos expediciones, una en 1985, con ocho escaladores sajones, y otra en 1989, pocas semanas antes del derrumbe de la RDA. Para las autoridades, el proyecto reforzaba los lazos entre dos países socialistas. Para los alpinistas, suponía una oportunidad excepcional de viajar y abrir rutas inéditas.
Los integrantes de la primera expedición contemplaron Corea del Norte como una experiencia extraordinaria . Esa percepción quedó reflejada en el nombre que dieron a una de las rutas más difíciles, Weg des Dankes o Camino de la Gratitud. El principal escalador del grupo, Bernd Arnold, explicó que una oportunidad semejante merecía agradecimiento y que aquella ascensión era su forma de expresarlo.
La expedición de 1989 vivió una experiencia muy distinta. Mientras Europa del Este se transformaba a velocidad de vértigo, los montañeros pudieron observar campos de prisioneros y grandes proyectos propagandísticos como el hotel Ryugyong de Pionyang. Aquellas imágenes les estomagaron, incluso en lo relativo al futuro de la propia RDA. Uno de los participantes decidió emigrar tras regresar porque creyó haber visto el destino que aguardaba a su país.
Ninguna perspectiva como lo alto de una montaña.

