Pocos atletas en el mundo pueden presumir de haber batido el récord olímpico de salto con pértiga. Ignacio Sola (Bilbao, 1944) no es de presumir, pero atesora un rinconcito en los textos de la Historia de nuestro deporte porque lo logró en los Juegos Olímpicos de México 68. Pertenece a una generación excelsa de atletas compuesta por leyendas como Luis Felipe Areta, Luis Maria Garriga, Jorge González Amo o Javier Álvarez Salgado. A mí me gusta verles como la segunda piedra (siempre hay una estructura fundacional anterior) de los cimientos del atletismo moderno. Deportistas que están suficientemente lejos de las grandes guerras y de los Zatopek, los Jessie Owens o de Fanny Blankers-Koen. Que vivieron cambios de materiales, que se acercaron al profesionalismo, que lo dejaron justo cuando empezaba a entrar el dinero. Que compitieron antes de que los Estados patrocinasen y permitiesen disimuladamente la existencia de monstruos drogados.
Sola guarda una planta vigorosa a sus ochenta y dos años. De esas que ves por la calle y a la que asocias una vida llena de aventuras, de expediciones. Le imaginas de almirante de barco, que es una situación que podría haberse dado ya que su padre fue marino. Nos recibe, con los últimos rayos de la tarde entrando en su casa, impecable con camisa blanca y bigote blanco poblado. Comenzamos riendo a causa de una anécdota en una gasolinera en Suecia, repostando en un coche donde iba el legendario fotógrafo deportivo Giuliano Bevilacqua. Presintiendo que va a ser una tarde larga.
Me pide Jorge Gonzalez Amo que te pregunte por la anécdota de la gasolinera en Suecia.
Era un viaje entre las competiciones del aro escandinavo. Descubrimos una gasolinera que iba con monedas y, nos pusimos a repostar y aquello no paraba nunca. A Jorge se le ha quedado muy grabada. Lo curioso es que con nosotros venía un fotógrafo muy famoso, Giuliano Bevilacqua: era un fotógrafo deportivo que vivía en Suecia y después coincidimos en los Juegos de México, que no tenía donde vivir y le metimos en la habitación de los atletas españoles.
En la habitación vivía con nosotros, en la Vila Olímpica, dormía con Luis Garriga y conmigo. Ahora vive en Alicante, y tiene un montón de premios, y ha publicado en un libro que se hace anualmente de las mejores fotografías deportivas que sacaba el Comité Olímpico.
Ignacio. Eres del 44, de Bilbao.
De todo entero. Vivía en pleno centro. En Indautxu, a quinientos metros del estadio. Sabes que en Gran Vía acaba en el Monumento al Sagrado Corazón, bueno pues la calle última antes de llegar al monumento, que es Maria Díaz de Haro. San Mamés está muy cerca y el colegio también lo tenía allí, era muy agradable.
Esto te sitúa en la clasificación de los JJOO de Tokio 64 cuando tenías veinte añitos. Fuiste olímpico con veinte años. Esto no deja mucho trecho desde empezar con el atletismo y que estés ya asentado con la pértiga.
Es que yo ya empecé con el salto de pértiga. No hice nada intermedio del programa que digas, bueno, parece que los saltos, parece que los lanzamientos, las carreras. Por una casualidad en la vida, no por otra cosa. Éramos un grupo de amigos y fue todo casualidad, muy providencial. Teníamos en el colegio un cura que era muy amiguete y entonces nos íbamos de excursión con él los domingos, era de Orduña, de pleno campo. Y allí nos pusimos a saltar un riachuelo con unos palos, que era algo que sabíamos que se hacía en Holanda, está el tío que se cae al canal y eso, cosa que se sigue haciendo todavía.
Con eso pues se generó una cierta risa en el colegio, la gente lo sabía y tal. Pero el profesor de educación física dijo que esto no es para saltar longitud sino altura. Y seguimos hasta que me quedé solo, porque alguno se cayó y otro se hizo daño. El profesor parece que vio las buenas condiciones, y me enseñó cuatro rudimentos de la pértiga. Había en el colegio unas fiestas rectorales que al final eran un partido de los de sexto contra PREU. Pues aquel año se metió atletismo, unas carreras de 50 o 60 metros, y este metió la pértiga.
Al colegio que uno iba también marcaba mucho. En esos colegios, si había suerte, algún cura o profesor estaba totalmente chiflado por el deporte y detectaba talento.
Este profesor había sido atleta antiguamente y, claro, le gustaba mucho aquello. Además en el colegio era un tío muy conocido y muy querido. Siguió entrenándome, nos hicieron un foso de arena bien marcado y un cajetín para encajar la pértiga. El colegio se portó muy bien. Y a partir de ahí me federó él. Íbamos los domingos a Portugalete que era la única pista de atletismo que había entonces en el norte, vaya, en Vizcaya.
Siendo pertiguista se te imagina uno rápido y probando salto de longitud, el balonmano, siendo extremo de fútbol
No, no. Empecé con la pértiga y terminé con la pértiga.
Tampoco en los deportes vascos no hay salto de garrocha, aunque los cántabros sí tienen su versión campestre.
Fíjate, pues no. Del País Vasco era el arrastre de piedras, de bueyes, el levantamiento de piedra, en atletismo la barra vasca, que se lanzaba siempre cuando iba a competir en la pista de Portugalete. Precisamente Félix Erausquin, que fue quien empezó a lanzar la jabalina en estilo rotatorio, provenía de la barra vasca.
Bilbao en 1944 tenía aquella niebla y aquel humo constante, con unas chimeneas que soltaban al aire lo que no está escrito.
Yo marché pronto de Bilbao. Volvíamos de visita a menudo con mis padres, por Navidades, y fíjate, me llamó la atención al cabo de los años que descubrí en la Gran Vía edificios preciosos que había. Pero que anteriormente estaban llenos con chorretes de la lluvia que arrastraba el polvo y el humo. Y los manchaba y eran muy feos. Los remodelaron, y oye, que tenían color. Nunca había visto así esos edificios. Todo el mundo dice que era una porquería de ciudad y fea pues la verdad lo era.
¿Tu familia estaba vinculada al mundo industrial de alguna manera?
Mi padre era marino de profesión. Estuvo navegando 47 años en su vida profesional. Nosotros éramos tres hermanos y vivíamos con mi madre. Mi padre venía cada seis meses, cada ocho y después ya cada año. Porque cambió de trabajar en una compañía española que se llamaba Ibarra que operaba en los famosos cabos, San Vicente, cabo San Jorge, el Cabo de Buena Esperanza, por la ESSO, la petrolera de Estados Unidos.
Y estuvo mucho tiempo aguantando porque eso le daba derecho a cobrar la pensión americana. Pero estábamos muy preocupados: la compañía llevaba la gasolina a Vietnam precisamente durante la guerra. Y ya habían hundido algún barco de la compañía puesto que eran un objetivo. Pero al final le convenció mi madre que se saliera. Yo tuve una infancia feliz.
Las chabolas de Artxanda y aquella miseria las verías también.
Las he visto, claro, porque a Artxanda he subido mucho andando. Una vez fui hasta el aeropuerto, cuando vino María Callas a cantar a Bilbao. En casa tenemos una tradición musical, mi madre tocaba el piano, mi hermana igual, y mi padre era un loco de la música. Mi padre traía de sus viajes montones de discos de tenores, porque en los barcos tienes tiempo para todo. Pues Onassis le había puesto un avión a la Callas para que viniera a cantar y andando que me fui desde Artxanda a Sondika.
Todo el mundo flipa ahora con cómo salta en los vídeos Mondo Duplantis pero cuéntame cómo fue esa primera vez que cogiste una pértiga y te tiraste un foso de arena con 14 años.
Fue en el colegio sí. Tengo fotos de aquel día. En las fiestas como te he dicho. Debí saltar creo dos metros veinte. Y ya fue con una pértiga que compró el entrenador, una pértiga de caña de bambú. La compró en una tienda de deportes que había allí muy famosa, Guisasola, y me la forró con cinta de los colores del Athletic Bilbao en rojo blanco.
Es un primer paso en tu carrera olímpica.
Empecé como federado en un club, el Juventus OAR, siglas de Organización Atlética Recreativa, que era un club famoso en Bilbao, diría que prácticamente el único que había. Quizá después se montó el Vizcaya Club. E íbamos a la pista de Portugalete, que era de 300 metros además como la de la Ciudad Universitaria en Madrid. Ahí íbamos los domingos a competir por la mañana y nos llevábamos la pértiga en el tren que va de Bilbao a Portugalete.
En invierno viajar era una maravilla y no pasaba nada porque íbamos solos pero, cuando llegaba el verano, ese tren que iba a Santurce, el puente colgante a la playa a Las Arenas, se ponía de gente así e imagina la que preparábamos con meter la pértiga y sacarla de ahí.
Llega, imagino, el momento en que ves que pruebas, te gusta y, para más cachondeo se te da bien. ¿Con qué generación de saltadores competías en España?
Ya un poco más en serio, había muchos competidores mejores que yo. Enrique Cajigas era uno de ellos; era un chico colombiano pero que estaba estudiando en Bilbao y después el que tenía el récord de Vizcaya que era Salvador Vadillo. Después había otro que era Vaíllo. Era gente que saltaban tres cuarenta o tres cincuenta. Empecé a progresar y se empezaron a hacer competiciones en Fadura, al lado de Algorta, que tenía un campo de hierba porque tenían un buen equipo de hockey hierba. Ahí batí por primera primera vez bien el récord de Vizcaya, con tres cincuenta y tres.
¿Quizá en juveniles probaste las primeras pértigas de aluminio?
Cuando empecé eran de caña de bambú. Después en Portugalete ya había de aluminio. Que yo quiero creer que eran casi de hierro. Eran muy pesadas. Y ya bastante más tarde las de duraluminio. Pero pasando ya quizá a 1958 o así. Y la llegada de las de fibra de vidrio nada de nada hasta 1962.
Vamos a hacer un poco de didáctica para el público general: ¿qué partes tiene un salto de pértiga?
La primera es la carrera, evidentemente. Yo creo que es lo más complicado del salto. Bastante más. Es como en salto de longitud, de triple; tienes una tabla de batida y el éxito está en ajustar hasta esa tabla correctamente. Sobre todo que sea muy controlada porque vas rápido pero vas cargando con un peso adelante y eso es vital. En otros saltos te dan nulo pero en pértiga te caes. Vas fijo agarrado a dos puntos y, dependiendo de donde impulses, si vas muy adelante mal, y si te quedas muy atrás ni te elevas. Es de mucha precisión.
¿Cuánto puede pesar una pértiga rudimentaria de aquellas de entonces?
Pues igual pesaba cuatro kilos. Además desplazada a mucha distancia hacia delante, es una resistencia muy grande para ir en carrera. Por eso siempre se nos ha visto como gente muy rápida. Es incómodo correr con ella aunque llega un momento en que desarrollas artimañas: puedes ir con la pértiga más levantada, o cruzada pero al final la tienes que poner derecha y bajarla para meterla en un cajetín en el suelo.
Si corres bien ya tienes mucho ganado. Luego la fase de impulsar, encontrándote cómodo y hacer cualquier movimiento subiendo. Uno de los ejemplos lo tienes en Mondo Duplantis. Y mejor que Duplantis para mí lo hacía Lavillenie, más acusada aún la exactitud en la progresión de la carrera.
De los entrenadores que tuve, Jose Luis Torres me decía que cuando viera un salto que, en la imagen, tapara con la mano el cuerpo, que me fijara sólo en las piernas. Y ahí ves quién está regulando: si alargas la zancada, malo porque se bajan las caderas, y si das pasitos malo porque te frenas. Hay que mirar la continuidad, pa-pa-pa, es lo que los grandes de ahora tienen clavado.
¿Con qué generación de saltadores compites a nivel nacional?
Antes de irme a Madrid, en la primera salida que hice para competir en mi vida fue a Madrid con el Juventus, ya como único saltador titular. Creo que fue a la pista universitaria. Ahí conocí a los que yo había oído tanto y leído en los periódicos, a Felipe Armengol, Fernando Adarraga, que eran los cabezas de serie de todo aquello.
Ellos estaban ya saltando cuatro metros y yo todavía en tres ochenta. Después vine a Madrid y ya me incorporé a la residencia y estaba Miguel Consegal que fue siempre un compañero y ya nos empezamos a encontrar en todas las competiciones. Además aparecieron Carlos Hevia, Julio Rifaterra aunque algo más tarde, con el que casi yo ya no he saltado.
Cuando se celebran los Juegos Olímpicos de Roma 60 tienes dieciséis años. Los grandes pertiguistas son los norteamericanos Ron Morris, Don Bragg, el finlandés Eeles Landstrom. Con 4,40 se pasaba a una señora final olímpica. ¿Tenías conocimiento de aquellos nombres y competiciones, o de aquellos Juegos se sabía por la radio y periódicos poco más que lo de Abebe Bikila?
De Roma, muy poco. Solo sé que mi gran amigo Pipe Areta fue a Roma con Miguel de la Quadra Salcedo, con Jose Luis Albarrán en 100 metros, no sé si Melanio Asensio también en 100, José Luis Falcón en martillo, Miguel competiría en lanzamiento de disco. Después ya los conocí a todos, claro.
Se forma un grupo grande, bajo las directrices de Jose Luis Torres pero, en una disciplina con un componente tecnológico tan grande, ¿con qué medios entrenabais? ¿Cómo era el entrenamiento más técnico que haríais?
Hay una cosa. Jose Luis Torres era el responsable técnico, pero se encargaba de todo. Pero porque no había otro. En algo muy puntual estaba José Manuel Ballesteros porque los demás entrenadores ¡eran alumnos suyos!. Bernardino Lombao, José Luis Martínez, Carlos Álvarez del Villar o Paco López, todos han sido alumnos de Torres. No había más que él. Y era un hombre de prestigio y buena persona hasta donde se puede decir basta.
Cuando vio que yo podía marchar bien, en el gimnasio Moscardó, que es donde estaba la residencia de atletas entonces, él consiguió que en el suelo del gimnasio pusiesen un cajetín de pértiga empotrado en las tablas. Imagina, aquel suelo de los gimnastas era intocable. Pues nosotros lo levantábamos y lo tapábamos, y ahí no había sucedido nada.
También colocaron una alfombra de goma para hacer de pasillo de carrera y, para caer, unos sacos de porexpan. Saltábamos en el gimnasio en la época invernal, lo poco que hacíamos en invierno, la verdad. Porque José Luis era un enamorado de la preparación física. Que para cualquier cosa que afrontases, debías tener una condición física y anímica, ya corrieses, saltases o lo que fuera.
Y se hizo grupo.
Empezó a llegar gente, de Madrid Carlos Méndez, trajeron un chico de Canarias a la residencia, Mateo Molina, Carlos Hevia, después Armengol que estaba haciendo la mili en Marina en Madrid y se creó un ambiente. En verano empezamos a bajar a la universitaria y empezamos a competir muy bien. A darle una marcha de más con ciertas marcas.
¿Cual es tu primera internacionalidad con España?
Fue en un encuentro Junior en Lisboa, un España-Portugal. Creo que en 1960. No había venido aún a Madrid porque coincidió con la boda de mi entrenador de colegio en Bilbao, José Luis Barbolla, y me dijo no no, déjate de venir a la boda: tú te vas a Lisboa y ya me contarás.
Se hacían mucho esas triangulares y aquellos encuentros entre selecciones nacionales.
Creo que es una pena que se hayan perdido. Porque sobre todo se hacía afición. Se celebraban en el estadio Vallehermoso, un España-Portugal o España contra selecciones como Grecia, Turquía, Dinamarca o un España-Francia o un España-Italia, que eran los países que normalmente competían en nuestro nivel. Se hacía un año en cada país y en Madrid siempre caían dos o tres competiciones. Y Vallehermoso se llenaba de gente porque empezaban a las ocho de la tarde en esos meses de julio y agosto y las gradas se llenaban de gente que pasaba por ahí. A uno de ellos lo conocí al cabo del tiempo.
Me presentó Bernardino Lombao al presidente, a Jose María Aznar. Y me dice «pero si a este le he visto yo saltando». Porque, por lo visto, vivió una época muy cerca del estadio, por la calle Cea Bermúdez y bajaba con su padre al caer una noche de calor, cuando se podía empezar a andar por Madrid. Iban a Vallehermoso a sentarse y echar un cigarro viendo atletismo. Eran encuentros que hacían afición, iba gente ignorante de aquello pero les acababa gustando. Y fue también una oportunidad para gente que estaba en una segunda fila de la élite internacional.
En ese momento, ya en el Europeo de 1962, Pentti Nikula, Rudolf Tomasek etc andaban por los 4,60, 4,80. Ahí ya no se puede saltar sobre arena, ¡no me fastidies!
Pero fíjate, la pértiga de fibra en el caso nuestro empezó tarde. Porque no las teníamos. Así de sencillo. Habíamos oído hablar del récord del mundo, lo batían todos los días pero no sabíamos cómo podíamos conseguir una pértiga de esas. Y, en caso de conseguirlas, tampoco sabíamos qué había que hacer.
Pero ocurrió que se inauguraron las pistas de atletismo del Real Madrid. Las inaugura Franco, imagina. Hicieron un mitin de atletismo en el que pusieron salto con pértiga. El foso de salto lo situaron, decían, en la recta de la tribuna porque decían que a Franco le gustaba verlo. Total, a aquello vino el que unos días antes había tenido récord del mundo, Dave Tork. Eran días que cambiaba el récord cada día en Estados Unidos entre John Uelses y Tork, y también por ver cómo se saltaba con las de fibra de vidrio. Entonces no había videos ni grabaciones.
Al acabar la competición fuimos con un tío que había de la federación, un encargado que era militar y hablaba muy buen inglés, fuimos con él donde el americano y le dijimos que nos las vendiera. Él luego tenía que ir a Barcelona y le dijimos que así volaría más ligero etcétera. Y nos vendió dos pértigas por cien pesetas. Pero el desconocimiento era total. ¿Qué hacemos con esto?
Eran duras como una piedra, estaban calculadas para un tío que tenía una velocidad de carrera, una velocidad de entrada y que sabía cómo había que entrar, nada que ver con las de metal. Había que empezar de cero. Hasta que descubrimos que había una tienda en París, que todavía sigue existiendo, Dima Sport, donde las vendían. Fuimos a ver al presidente de la federación, Rafael Cavero, él fue a Jose Antonio Elola y este pegando voces en el despacho dijo «¡que traigan las pértigas de fibra!». Y vinieron de todas las medidas. Ya nos enteramos que había pesos, agarres, todo a medida. Claro esto fue a finales del 62, principios del 63.
Un paso más, entonces.
Yo tuve una adaptación bastante rápida. Conocí gente que no se pudo adaptar. Un francés, Bernard Balastre, lo tuvo que dejar por no adaptarse. Fue una progresión rápida. Se batió el récord de España con la de fibra con unos 4,21 y yo hice unos centímetros más, y ya vino todo seguido. Torres, que tenía la cabeza muy bien puesta, se preocupó por documentarse.
Claro, no había medios, nos enterábamos por el diario L’Equipe, lo mismo de resultados como los comentarios de la gente que escribía. Torres consiguió algunas películas, algunas tomas y así fue como fuimos aprendiendo. También vino un entrenador francés a la pista de la universitaria, dio un curso de cinco o seis días, de cómo era aquello y fuimos aprendiendo.
Esa primavera saltas en Barcelona, Madrid y Kassel para conseguir la mínima olímpica. ¿Un tour bastante aventura, en aquellos días, no?
La mínima era de 4,40 para ir a los Juegos de Tokio y era lo que perseguías. También competimos en Bremen, pero ahí rompí las dos pértigas y me quedé sin poder saltar. Empezamos a salir fuera de España y a conocer y hablar con la gente: todo el mundo tenía la misma inquietud. Pues yo hago esto y esto otro; yo había experimentado pero aún no había una teoría aplicada y concreta a las nuevas pértigas. Ya tuve una progresión bastante curiosa en aquellos años.
En 1964 con 4,60 fui a los juegos de Tokio y ahí me clasifiqué para la final. Y en ella salté moralmente esos cuatro sesenta, y digo moralmente porque no me lo dieron válido. Porque pasó algo que luego ha ocurrido a Lavillenie, algo inédito, pero me pasó primero a mí. El soporte del listón tiene un saliente alargado y evita que caiga. Yo salto, le pego y el listón en vez de caer del soporte cayó encima del saliente y ahí se quedó. Estuvieron los jueces veinte minutos dilucidando pero me lo dieron nulo.
¿Cómo volabais desde España con las pértigas? Porque esos trastos…
Acababas sabiendo trucos de Aduanas, pero sobre todo de la facturación. Salías con tiempo de sobra. De momento tenías que coger un taxi con la vaca, que antes había muchos. Escondías la pértiga un poco y medio asaltabas al taxista cuando paraba. Algunos echaban a correr. Luego había que colocarlo que no sobresaliera por delante por la Ley de Tráfico, un trapo rojo por detrás, todo eso. Y a Barajas a intentar facturar aquello.
El problema es que no cabía en las bodegas de los aviones. Buscabas la solución, quitabas la ventana de emergencia y la metías por ahí. Esto conllevaba pedir permiso al comandante del avión, otro rato. Hasta que apareció un avión que tenía la puerta de carga por detrás y se solucionó. Las metías en fila por debajo de los asientos hasta delante del todo.
Yo soy un torpe. Os admiro dominando ese material para saltar. No es solamente pasar por encima de algo sino que tienes que aprovechar la flexibilidad que tiene ese material para después impulsarte. Sobre el peligro de intentar doblar una pértiga, me chivan que un día, entrenando, se te escurrió la mano, y…
Joder, es que se me escurrió el agarre de la mano y me partió un huevo. Me dio justo en la mitad. Te imaginas esa ballesta, el arco que hace porque del suelo no se mueve. Como falle la mano en la sujeción, la tendencia de la pértiga es volver a recuperar su rigidez, su forma inicial. Y me arreó. Estábamos en Duisburg o por ahí luego compitiendo y se lo enseñaba a los colegas, era terrible. Lo bueno es que me llevaron a un médico en Alemania y me dijo el tío que lo que tenía que hacer para que se bajase la hinchazón, porque tenía como elefantiasis, era darme alcohol y casi me muero. Salte en pantalón de chándal, cómo iría.
En Tokio, unos juegos olímpicos a once mil kilómetros de Bilbao: qué experiencia más absolutamente tremenda quería ser aquella mezcla de gentes y de país.
Ya teníamos casi una familia hecha. Empecé a conocer en aquellos mítines a los que después competíamos. Nos veíamos mil veces, estaban Papanicolau, Hervé d’Encausse, François Tracanelli, Dionisi, un italiano, Rudolf Tomásek el checo, Wolfgang Reinhardt, muchísima gente. Me empezaron a invitar porque tenía ya una marquita decente y entonces siempre coincidimos prácticamente los mismos.
Yo hice muy buena amistad con d’Encausse, que hasta me invitó a su boda en Clermont Ferrand. Y que cuyo hijo Philippe es entrenador de Lavillenie. Un grupo de gente que coincidíamos por el circuito de mítines nórdicos, los Bislett Games en Oslo, el de Estocolmo y el Maailmankisat en Finlandia. Incluso un americano se quedó a vivir allí en Finlandia, Ron Morris que fue un saltador que fue plata en Roma y que se había casado con una finlandesa.
Hablas de los mítines como una competición más, pero aquello eran estadios abarrotados ya en los años sesenta.
Eran tres mítines de primer orden, y ahí los americanos es cuando venían a Europa para hacer un tour. Son el equivalente a Wimbledon al Roland Garros, eran los mítines de más prestigio. Competimos incluso en Zurich, donde yo estuve en alguno pero creo que es más tardío. También en los memoriales como el Paul-Méricamp en París, la nocturna de Milán. Empezamos a movernos bien por el mundo.
Un momento en el que con la fibra de vidrio se empieza a picar sobre los cinco metros, esa barrera. La pértiga está llena de momentos simbólicos: la introducción de nuevos materiales, la aparición del tartán, los primeros seis metros.
Si, sí, ya con cinco metros estaba Hansen, Brian Sternberg… Esta gente en 1964 tenían el récord olímpico en cinco diez y Reinhardt, Lehnertz, otro alemán que salía poco porque este era germano oriental, ya estuvieron todos sobre los cinco metros. Y es que ya habían empezado todos a la adaptación a la fibra.
¿Qué diferencias notaste con la pértiga de fibra?
Mientras que la rígida haces un péndulo para subir y girar e impulsar en el salto, todo a base de fuerza, con la flexible es casi al revés: tenías que penetrar lo más posible bajo el arco, y mientras se va doblando tú te vas encogiendo como una pelota digamos, para luego levantar las caderas lo más posible y cuando la pértiga recupere la fuerza, has esperado a que el material responda. Entonces la pértiga te da su energía y te lanza a ese vuelo. El secreto está en que en las pértigas nuevas se doblan con una cierta facilidad y la energía que te devuelve es fortísima.
Volvamos al protagonista, que eres tú. Pasas en 1964 a la final de unos Juegos Olímpicos viniendo de un atletismo en un país que apenas está sacando la cabecita. Y en una disciplina técnica, que no es simplemente poner a un muchacho que corre como un demonio y venga a pasar eliminatorias. Yo creo que fue un golpe en la mesa, decir aquí también podemos hacer cosas difíciles.
Mira yo creo que hubo una generación muy buena en aquella época, muy escasa numéricamente y que se adaptó bastante bien a los métodos de entrenamiento. Y que empezamos a salir al extranjero, es que eso era fundamental. Jose Luis Torres empezó a intercambiar opiniones con el resto de la gente, saber qué hacían ellos, como entrenaban. Sobre todo la pértiga, que se salía de los cánones porque las otras pruebas estaban más machacadas, tenían una trayectoria. En lo nuestro hubo que ir descubriendo poco a poco, los entrenadores hablaban en pequeños grupos, constantemente.
Una de las cosas que a los espectadores les llama la atención es que en pértiga sean los concursos tan largos. ¿Siempre han sido igual de largos?
Eran bastante más largos todavía. Entre otras cosas porque el tiempo que tenía el saltador era tres minutos, uno más que ahora. No sé si en Oslo todavía no había límite de tiempo y eran pruebas que duraban horas y horas. En los Juegos de Tokio empezamos a las doce a media mañana y acabamos a las diez de la noche. Tenías que subir el listón, medir bien, preparabas la entrada, ensayabas… Ahora ya es más estándar y más adelante hubo que bajar el tope a dos minutos.
En aquellos años serías un atleta totalmente amateur. En la vida real, ¿vivías con la beca federativa?
Yo estudiaba por entonces. Iba a la escuela de Aparejadores. Además luego trasladaron la residencia de estudiantes de la calle Pilar de Zaragoza, en el gimnasio Moscardó, a la ciudad universitaria. Fíjate, la tenía al lado.
¿De aparejador no ejerciste después, no?
No. Para nada. En 1968, poco antes de llegar a los Juegos de México, estando concentrados en Pontevedra apareció un hombre, un catalán dicharachero y nos dijo que hacía las mejores zapatillas del mundo, que si nos las poníamos. Abrió el maletero, y nos llevamos todo el cargamento. Eran las zapatillas de la marca Munich y con ellas salté en México.
A mí me daba igual unas zapatillas que otras. Y a partir de ahí me ofreció trabajar con él y montamos una fábrica de calzado deportivo, en unos terrenos en Fuente el Saz. Posteriormente hacia 1974 o así lo dejé y empecé a trabajar con Adidas y mi carrera fue siempre por ahí. Estuve en Zaragoza viviendo doce años seguidos. Hasta que ya me ascendieron a director de marketing, todo era viajar sin parar, y además, al tocar otros deportes, imagina.
Fuiste quinto en el 66 en el Campeonato de Europa en Budapest.
Vaya día. Saltamos en una prueba que se aplazó a un segundo día porque caía un aguacero tremendo. Teníamos las zapatillas de agua hasta los tobillos.
¿Acudiste tú a los Juegos Preolímpicos de 1967 que se organizan como test en México?
Pues no, a los saltadores de pértiga por lo menos no nos invitaron. En los Juegos del 68 estaba la gente muy preocupada con el tema de la altitud y creo que aquello estaba casi pensando mediofondo y fondo. Aunque creo que Pipe Areta sí estuvo. No lo tengo muy claro.
Llega 1968 y quizá los grandes Juegos de la Historia. Y tú eres ya un experto olímpico. Vaya momento gigantesco para el atletismo y para el deporte en general.
Ya llego cuando salto bien cinco metros, que había saltado en Colonia. Y entro en un grupo de cierta élite. Fíjate que el récord olímpico en Tokio fue 5,10, y el mundial estaba unos 30 centímetros por encima, con Bob Seagren. Pero además había poca densidad. Yo ratifico la mínima que me exigía la Federación dos meses antes de ir a México. Luego había un grupo de élite mundial pero las distancias empezaban a ser asequibles. Yo estaba en gran forma, saltando muy bien.
Si ese verano me dicen en Madrid que voy a saltar 5,20 diría que era posible hacer medalla porque yo me veía muy capaz. El tartán posibilitó la mejora y más en carreras cortas como las nuestras, sobre todo a atletas que no gozábamos de una gran velocidad pura. No era mala pero no era una característica de tío muy veloz. Tenía un ritmo de carrera muy bueno. Pero, después, la prueba de México fue otra guerra muy diferente. Hubo cosas raras, como que el segundo fue un alemán que mejoró su marca creo que veinte centímetros allí mismo.
Volvemos a lo mismo, hubo muchos cambios. Es una especialidad que está muy vinculada a cambios técnicos.
Con la pista sintética sí que notabas que en esos cuarenta metros el cambio de la velocidad era brutal comparado a estar saltando en pista de ceniza, donde los pies no agarraban. Igualaba mucho. Yo no era muy veloz, pero en carreras cortas notaba la ayuda. Y hubo también una pértiga nueva. Se pasó de saltar con la Cata-pole a la Sky pole.
Los lectores están impacientes porque repasemos despacio, no tanto la calificación del día 14, sino la final del 16 de octubre de 1968. En la calificación, Hennadiy Bleznitsov, Lehnertz, John Pennel y un Bob Seagren que tenía el récord del mundo. Y vas pasando alturas hasta el 4.80 ¿Qué recuerdas de cómo era el foso de saltos?
Estábamos los de siempre, la familia de la pértiga con algunas incorporaciones, Seagren, Pennel a quien conocí de venir a competir en Turku, en Finlandia y Lehnertz, Nordwig, Reinhardt, Dionisi, el inglés Mike Bull, Papanicolaos, d’Encausse, éramos la misma banda. Yo creo que eso pasa en todas las pruebas. Igual en un 800 son cientos pero al final, cuando ya estás en semifinales, son los de siempre.
Dos días después. Dieciséis de octubre, a media mañana, comienzas pasando 4.80 a la segunda, luego a la primera sobre 5.00. Y pasas de 5.05. ¿Evitas esa altura por nervios, o por ahorrar porque aquello se podía hacer muy largo? Imagino que presión: estaba por ejemplo Tommy Smith, que calentaba para destrozar el récord del mundo de 200. El ambiente en el estadio olímpico estaría como hirviendo. Unos Juegos donde cada día superaba al anterior; habría una electricidad especial en el aire y tú en una final olímpica.
Sí, voy a 5,10 porque paso de 5,05. En estas competiciones tan largas tú vas calculando. Tenía calculados los saltos en los cuales me encontraba cómodo; a partir de ahí ya corres el riesgo de excesivo cansancio y entonces te haces tu tabla para saltar, condicionada también en lo que hacen los demás. Hay quien pasa, quien deja el salto y entonces elegí eso porque me pareció en aquel momento lo más adecuado. Eran marcas que yo ya superaba y no tenía sentido repetir.
Igualas el récord olímpico. Por el orden de la prueba, según iban cayendo eliminados al ir pasando alturas, te quedas tú situado el primero para intentar 5,10.
Exacto: me quedo el primero e igualo el récord olímpico que había hecho Hansen en Tokio. Y luego bato el récord olímpico al pasar la siguiente altura de nuevo el primero de la ronda.
Un salto que está reflejado en la película oficial de los Juegos de México 68.
Fue una competición preciosa, muy larga, muy duradera como todas. Acabamos a las tantas de la noche.
Un estadio tan gigantesco, imagino un murmullo de fondo del que es complicado abstraerse.
Allí iba pasando la vida y tú vas tachando alturas. Uno de los inconvenientes mayores en esas competiciones tan largas es que, efectivamente, entre un salto y otro puede pasar más de media hora. Claro, tienes que andar con mucho cuidado para no quedarte frío. Tienes que empezar a calentar con tiempo, ya cuando se acerca ver cuántos quedan por delante de mí.
Pues tres, vale, a calentar pues necesitas tener 15 minutos o 20 por lo menos para volver a entonar el cuerpo. Porque, a lo largo de una competición que tiene esa duración, tienes unos altibajos enormes. Por la mañana tienes una determinada actividad y después, por lo que sea, si has metido comida por medio, porque hace calor, porque te da sueño y pegas un bajón de miedo. Y al revés, te despiertas otra y esto hay que mantenerlo porque forma la parte importante del saber competir y el saber estar en la pista.
No es una prueba que se desarrolla con un esfuerzo único y ya se acaba hasta mañana que tengo la semifinal o la final pasado mañana. En México eso le pasó a d’Encausse, por ejemplo, que era un tío que saltaba muy bien. Me acuerdo que él pasó un momento malo, que me dijo no sé qué hacer y tal. Se había desconectado. Le dije, yo que tú iría a tanto y me hizo caso…
¡La élite dando consejos, eras El Sergei Bubka de Bilbao!, ¡El Duplantis del botxo!
Pasó así como tres cuartos de hora y se hundió y lo que saltaba este tío. Le veías pasar ese rato y era una mierda, pero si le ves hace una hora era totalmente diferente. Y la gente hacía de todo: se tapaba con mantas, se ponía así acurrucada y cada uno buscaba un poco la forma de combatir ese peligro de que te venga el relajo excesivo, no sé como llamarlo.
Te metiste cinco veinte: un récord de España que duró otros diez años.
Más o menos sí, hasta Roger Oriol. Yo ya con él apenas he llegado a saltar. Y tengo buena amistad con él, es un tío muy majo. Pues sí, duró unos años.
Y te quedaste a ver el espectáculo de saltar por las medallas a Seagren y los alemanes Schiprowski y Nordwig. Unas medallas que sólo te sacaron veinte centímetros. Visto en los términos actuales esa diferencia con el oro olímpico es menos diferencia que hoy día con Duplantis, Emmanuel Karalis y los demás.
Sí, posiblemente estaba el grupo de élite entonces más concentrado. Ahora está Duplantis que también vaya talento, lo que está haciendo ese chaval.
Contabas un día que pasó algo con un tipo y un reloj en la expedición olímpica.
El jefe de la expedición era Anselmo López con el cual tuve una grandísima amistad, ya fallecido hace unos años. En México tenías el estadio y la pista anexa al lado, aquí calentabas y pasabas por una pasarela a competir al estadio. Estábamos en el estadio formando todos el día de la ceremonia de la inauguración para desfilar. Antes lo hacía toda la delegación, cosa que ahora no pasa evidentemente, porque es de locos meter a deportistas una tarde entera de pie para salir cinco minutos y dar una vuelta, formarte allí, que pase el de la antorcha, que la encienda que tal que cual una ceremonia de cinco horas.
Pero estábamos allí formados esperando a que nos den instrucciones para avanzar y me dice: «si haces récord de España te cambio el reloj por este Rolex». Y yo traje un Seiko que había comprado en Tokio por mil pesetas poco antes y digo «venga, pues vale» tal. Yo pensaba más en el reloj y el récord de España y ni idea de haber batido el récord olímpico, que es algo que me dijeron cuando fui a la tribuna acabada la competición.
Al llegar a Villa Olímpica me lo da, toma, el reloj. Estuve dos días o tres con ello pero yo estaba incómodo con tanto lujo, que un día te pueden cortar hasta las manos. Y se lo devolví. Y al llegar a Madrid me mandó el reloj y un talón de 25.000 pesetas. Era un hombre fabulosamente rico. Y conservo el reloj y va como el primer día.
Otra cosa fue la fascinación de ver saltar a Bob Beamon, a Dick Fosbury, ver correr a Mamo Wolde…
También los del podium y el black power, no te lo pierdas, John Carlos, Tommy Smith, y el australiano y todo aquello. Fueron unos juegos especiales y he estado por motivos de trabajo con Adidas en ocho Juegos Olímpicos. Y en la última con mi época del Comité Olímpico que luego quiero contarte, en una cosa muy bonita.
Pero aquello fue una maravilla auténtica porque para nosotros los españoles lo vivimos en un ambiente único.
Unos juegos especiales.
Es que estábamos en casa si tú quieres. La gente nos agasajaba por la calle porque ibas con la chaqueta a España y todos te querían. Yo es que soy hijo de fulano y es que mi padre es de tal sitio. Fueron cuatro días o cinco de estar como atleta en México, el atletismo abría el programa y ya había acabado, y después estuve veinte días de vacaciones.
De visita a las embajadas, íbamos todos juntos. Había montones de familias españolas que se habían ido cuando la guerra y se habían instalado en México y se habían hecho multimillonarios; con grandes negocios. Uno de ellos tenía no sé cuántas, una cadena de zapaterías, y nos regaló zapatos a todas las delegaciones españolas. Ibas a la tienda y escogías los que te gustaban. A todos los que fuimos Cantinflas nos dio una cena.
Otro día y también invitados a un circuito de karts. Ibas a la Plaza Garibaldi, que es donde están todos los los mariachis, y entonces contratabas, vosotros venga para mi casa y ahí les ponían una mesa con bebidas y hasta las 5 de la mañana. Nos iban a buscar con los coches con choferes y así todo. Una generosidad exagerada.
Y eso que México, de fiesta tampoco estaba porque había habido un follón en el DF y os tocó un poco de todo. Protestas estudiantiles, una masacre del ejército, un pueblo volcado…
Fue tremendo. A nosotros nos cogió a un grupo con José Luis Torres, con uno del equipo de hockey hierba y nos tuvimos que meter casi debajo de un coche en pleno lío, en un paseo que dimos por la Plaza de las Tres Culturas. Y el día anterior de llegar nosotros habían metido un bombazo en una puerta de la universidad donde estaban todos los estudiantes por detrás, sujetándola, un portón enorme, y meter un cañonazo contra la puerta y murieron cientos.
Fue una cosa terrible pero con el ambiente de todo aquello nosotros no nos enteramos. Muy al final, cuando aquello se apaciguó. Yo me iba todas las noches a ver a Chavela Vargas, a Cuco Sánchez a toda esta gente porque me encantaba esa música. Yo creo que fue la culminación de hacer deporte y además pasarlo bien, es que claro, éramos jóvenes de 24 años.
Y al año siguiente te partes el tobillo saltando. No me quiero imaginar la caída.
Fue una desgracia; yo me encontraba muy bien, había entrenado bien durante el invierno y estábamos en Barcelona, donde montaron una pista cubierta en un pabellón de la Feria de Barcelona, en María Cristina. Y fue al intentar el récord de Europa de pista cubierta sobre 5,12 o 5,14 creo que era por entonces. Y salté con una pertiga Cata-Pole que me había regalado Horst Dassler, con la que llevaba entrenando unos pocos días. Y pasó que caí en un borde de la colchoneta donde no había nada debajo y me partió el tobillo entero.
El maléolo, el peroné, la cápsula articular y los ligamentos. Volví como pude de Barcelona esa noche y a los dos días o a los tres me operaron en Madrid. Del pie que me operaron, yo no hice la recuperación quizá que había que hacer. Tampoco había recuperadores como ahora. Entonces con buena voluntad y en el gimnasio, pues venga. Pero perdí mucha movilidad; la tengo perdida de hecho, es decir, en vez de tener todo un juego en la parte anterior tengo movilidad limitada.
Eso para la carrera me molestaba mucho; tardé muchos meses, perdí la forma, un poco las ganas de saltar y ya cuando aguanté un poco, todavía salté cinco metros. Debería haber tenido oportunidad de saltar algo más de lo que había hecho. Pero así se acabó la historia y a partir de ella pues me busqué mi forma de trabajar.
Espera, has dicho Dassler.
Yo salté en México y al día siguiente por la mañana me dicen que hay un tío ahí abajo llamando por el telefonillo. Que quería hablar conmigo. Bajo y entonces me encuentro un tío muy amable, muy simpático que hablaba en castellano perfecto. Un alemán que me dice en castellano que era el único que saltó con otra pértiga. Que todos habían saltado con unas nuevas que habían salido unos meses antes y aquí no las teníamos; ni nos habíamos enterado de la existencia de esta pértiga y entonces me dijo que me enviaría unas a Madrid, en su afán de promoción.
Entonces, ¿quién era este hombre? El hijo del fundador de Adidas. El hijo del fundador Adi Dassler. Y este tal Horst Dassler estaba trabajando con su padre en la promoción entre los atletas. Y cuando llegué a Madrid de México ya las tenían en la residencia. Lo bueno es que me mandó una carta por si quería ser comercial de Adidas y, a la segunda oportunidad que insistió, le dije que sí y allí empecé a trabajar.
Vaya poderío el de Dassler.
Tiene una historia muy bonita. Cuando coincidí posteriormente con él en el comedor de la central, con los empleados, me contó que eran íntimos amigos de una familia de Oviedo que yo conocía. Había un entrenador de atletismo, Manolo García, que había sido lanzador de martillo y que era secretario de la Universidad de Oviedo.
Este hombre fundó el CAU de Oviedo, el club de atletismo. Pues había estado en la División Azul y coincide en una trinchera del frente ruso con Adi Dassler. Hicieron amistad y el fundador de Adidas mandó al chico a pasar el verano y aprender español. Y lo mandó a Oviedo a casa de Manolo.
Hablemos de un presente en la pértiga, que ha dejado atrás un mito como Sergei Bubka. Nadie se acuerda de él, o de Vigneron, con la de días que estuvo abriendo telediarios en los que se batía los seis metros y los récord mundiales centímetro a centímetro.
Sí, se vende mal la pértiga. Ahora está muy pujante en los medios pero una generación entera de saltadores han pasado al olvido. Es que lo que hace este Duplantis está fuera de todos los cánones. Tiene, entre otras cosas, una regularidad total y absoluta, es decir cuántas veces casca. Eso no es habitual, no es normal esa regularidad: es todo igual desde que inicia el la carrera hasta la forma de saltar va siempre igual. Es que no le ves un salto malo. Igual que toca al subir, al bajar. Es que hay una diferencia tan brutal que ha hecho olvidar a toda demás la gente.
A día de hoy hay, coge aire, 32 atletas que han pasado de los seis metros en la Historia. Y solamente en lo que va de 2026 están Duplantis, Karalis, Sondre Guttormsen, Matvei Volkov (el hijo de Konstantin Volkov, que ya saltó y mucho en los ochenta), Zach Bradford y el australiano Kurtis Marschall. Tres continentes representados y ninguno tiene ni 27 años. ¿Sigues la pértiga de hoy día?
Sí la sigo, la sigo. No a tope pero si la sigo y ya te he dicho que la seguridad de Duplantis es lo que más me llama la atención: es el hombre que nunca falla.
Porque no todos tienen una tipología estándar. Duplantis es ágil, Karalis explosivo… ¿que tiene la generación esta?
Hay unos que son más explosivos, los hay más duros, más acrobáticos. El chico este tiene un poco de cada uno. Yo pongo en duda si es una ventaja que este chaval empezó con 4 años con su padre, y hay una película donde está saltando en el jardín de su casa. Yo creo que esto no te condiciona.
Duplantis tiene una calidad innata por el motivo que sea, unos genes, ha nacido así y sobre todo tiene una seguridad en sí mismo brutal. El control del movimiento es brutal. Nunca sale disparado hacia donde no quiere él. No ves nada raro en él ni en la carrera ni en el comportamiento dentro de la competición que siempre se le ve de una forma exactamente igual.
También asusta la densidad que hay ahora mismo. Que hay seis tíos que están saltando más de seis metros.
En la pértiga tiene un papel importantísimo la calidad del material. Y creo que se ha conseguido que el material se doble con más facilidad. Esto permite que el agarre sea mucho más alto porque cede más fácilmente y, sobre todo, donde han ganado es en cómo recupera el material. La fuerza de recuperación de la pértiga es brutal. Antes tenías que usar elementos más lentos de reacción. Y posiblemente quede mucho por ver todavía. Yo a Duplantis todavía le veo sobre 6,40 o así.
Y las chicas superando los cinco metros. Entre las nuevas Sandi Morris, la Sidorova, y dos clásicas en lo alto: Jennifer Suhr y Yelena Isinbayeva.
Aún así está como estancada ahora mismo. Igual después de Isinbayeva se paró la cosa un poco. Ahora mismo está flojita la pértiga femenina. A ver, flojita depende de la referencia que tomes.
¿Y decían que las mujeres no debían correr más de 800 metros para preservar su salud? Mira, subiendo disparadas como cohetes y flexionando las pértigas de fibra.
Sí; eso hay que doblarlo. Así es. Alberto Juantorena me presentó a Isinbayeva en una gala en Niza. No sé si ahora vive en Tenerife o por ahí.
¿Puede llegar algún otro cambio en materiales? Véase la reactividad de las placas de carbono de las zapatillas: el principio es el mismo.
Es la recuperación del carbono: de la flexibilidad a la rigidez. Sí, todo ha cambiado y todos aportan una parte de su tecnología.
Algo que me querrás contar, que no te haya preguntado.
Estando en Zaragoza en la central de Adidas entonces estaba muy relacionado con el Comité Olímpico Español, porque iban con la vida siempre en las Olimpiadas y tal. Entonces un buen amigo me dijo por qué no entras tú en la asamblea del COE, que tienes derecho de ello. Porque en la Asamblea hay muchos estamentos: los presidentes de las Federaciones Nacionales, las olímpicas y las no olímpicas, anteriores secretarios de Estado de deporte, y hay un grupo de deportistas.
Y podías entrar en ese grupo deportistas siempre que te avalasen una serie de firmas. Y entonces el Comité Internacional exigió a los comités Olímpicos que formasen una comisión de deportistas (y que actualmente preside Pau Gasol). Carlos Ferrer Salat llamó a los deportistas que estábamos por ese grupo de la Asamblea. Hicimos una que presidía Juan Ruiz olímpico de esgrima, y allí estaban Luis Álvarez Cervera, Paquito Fernández Ochoa, Herminio Menéndez, Juan Corbalán y yo y alguno que me dejo. Y con el tiempo me fueron ratificando hasta llegar el actual presidente del COE, Alejandro Blanco.
Y se hizo una cosa muy buena que es una auténtica Comisión de deportistas del COE. Se dijo vamos a ayudar al deportista, que viene de una época en la cual no se ha formado suficiente, no se preparó para el futuro una vez que salió de su deporte y vamos a ayudar laboralmente. Gente que lo está pasando muy mal y hay muchos casos dramáticos en todos los sentidos, ha habido hasta suicidios.
Me tiré mi tiempo, he trabajado aquí muchas noches, sin ser miembro ni asalariado del comité. Y muchos problemas los hemos resuelto lo mejor posible. Contactos entre el COE y empresas, convenios para ir a buscar trabajos con Sanitas, Adecco, pero es que venía gente con medallas pero también sin una mínima formación. Y el proyecto progresó hasta la Oficina de atención al deportista, que proporciona becas para los estudios, ayuda jurídica, ayuda psicológica y psiquiátrica. Y se está gastando cerca de un millón de euros en becas. Ahí he pasado 20 años muy buenos.
Del deporte de alto nivel se sale sin los mejores años de una vida.
Y gente que está padeciendo problemas físicos, deportistas con mucha edad; hablo de gente de 60 años para arriba. Que le han surgido cosas derivadas de la práctica del deporte, prótesis de caderas, prótesis de rodilla, de tobillo y a través de las ayudas de la Comisión de deportistas hay contacto con veinte clínicas y tenemos contacto con largos tratamientos psiquiátricos y psicológicos.
Y de esto no se habla y se mantiene muy en secreto hasta el punto que como presidente de la comisión defendí que no íbamos a dar nunca un nombre de la persona afectada. La gente no se abre, cuenta las cosas a través de un tercero porque un deportista siente vergüenza. Y lo hemos pasado mal en ese sentido pero también hemos tenido muchas alegrías, muchísimas.
Vaya rato de grabadora que llevamos.
¿Y ese cacharro no se agota nunca? Oye, cortamos más queso o qué.











