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Antonio Anero: «En el autobús del Rayo Vallecano Matagigantes se escuchaba Supertramp»

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Antonio Anero

Tras charlar con él descubres que es la definición pura de bonhomía y generosidad. Antonio Anero (Madrid, 1953) llegó al Rayo Vallecano siendo apenas un niño, vio a sus ídolos desde las gradas y luego compartió vestuario con ellos. Conoció el exilio de Vallehermoso, regresó al estadio de Vallecas y fue parte del primer ascenso de la historia del equipo de la Avenida de la Albufera a primera división.

Pieza clave desde el lateral junto a Landaburu, Alvarito, González, Tanco, Uceda y tantos otros, de aquel Matagigantes que hizo hincar la rodilla a los equipos más poderosos cuando pisaban el barrio en una temporada inolvidable, el lateral también puede presumir de ser el primer jugador que fue convocado por España vistiendo la franja.

Ahora, pasados los setenta, nos regala tres horas repletas de nostalgia, anécdotas que nos permiten volver al pasado y disfrutar de un fútbol que ya se fue pero que conviene no olvidar.

De Usera al Rayo Vallecano.

Mis recuerdos están en un descampado tremendo que limitaba Usera y Orcasitas, absolutamente anárquico en el que se jugaban muchos partidos al mismo tiempo y se llenaba completamente todos los sábados. Ese descampado ahora es el parque de Pradolongo y ahí me pasaba muchas horas jugando al fútbol. Como sucedía con todos los chavales de la época, mi infancia ha sido completamente de barrio, estaba en la calle y era ahí donde nos pasábamos la vida.

Mi padre era muy aficionado al fútbol y ya desde que tenía ocho o nueve años me llevaba a ver partidos: he ido a todos los campos de fútbol, te puedo hablar de equipos que ya ni existen como el Madrileño o el Plus Ultra, y fue así como descubrí al Rayo Vallecano, que para mí fue el definitivo. «¡Yo quiero jugar ahí!», pensaba. Él nos hizo socios, todos los domingos íbamos al estadio, por aquel entonces el tesorero era Marcelino Gil, el «Leti», un señor que curiosamente era del mismo barrio que mi madre y al que ella conocía de cuando eran niños. Ahí surgió la posibilidad de hacer una prueba con doce años.

Era el mes de octubre, el primer año en el que el Rayo Vallecano tenía infantiles y ya habían empezado a entrenar, así que fui allí y les comenté: «vengo de parte de Marcelino». El entrenador me soltó: «hala, ponte a jugar», y cuando me vio un rato ya dijo que me quedaba. Me puse la camiseta por primera vez y no me la quité prácticamente hasta que cumplí treinta. Desde esos doce años hasta los dieciocho en que debuté con el primer equipo, cogía mi bolsita y me iba a Vallecas a entrenar dos o tres días a la semana. Siempre fui defensa, ahí me sentía feliz. Si eras medianamente buenecillo jugabas de otra cosa, pero a mí me pusieron atrás y lo cierto es que encajaba muy bien con mi perfil técnico.

Con 15 años te nombran mejor jugador aficionado del club.

Fue un puntazo, un auténtico impulso. Era prácticamente un chaval y me dieron incluso una placa como mejor deportista aficionado del Rayo junto a un señor mayor que jugaba al hockey. Cuando me lo dijeron fue un subidón impresionante, una valoración que no me podía ni creer: me hubiera ido a Usera corriendo, ¡ni metro ni nada!.

Imagino que ya te dabas cuenta de que eras mejor que el resto…

En juveniles, hasta los dieciséis o diecisiete veía que jugaba siempre, lo cual estaba muy bien, pero nunca he considerado que fuera excesivamente bueno. De hecho, había un compañero en mi barrio, amigo mío, que era mucho mejor que yo. Es cierto que cuando tenía dieciocho, en el último año de juveniles, teníamos un equipo bastante bueno que incluso competíamos con el Real Madrid y me llevaron a la selección castellana. En aquella selección castellana de juveniles todos eran jugadores del Real Madrid excepto Juan Gómez, Juanito, del Atlético de Madrid, y yo. Ahí sí que pensé «debo tener nivel, porque si me llaman para la selección castellana, soy titular y juego todos los partidos…»

Paralelamente también tuve algo de suerte, que siempre es necesaria en el fútbol: estudiaba Aeronáuticos, me estaban dando hostias por todos los lados en la carrera y en mi último año de juveniles el entrenador José María Martínez, Chispa, le pidió al míster del primer equipo, Manolo Peñalva, que entrenara con ellos un par de días a la semana para poder ir a clase, que era por la tarde. A partir de ese momento me surgió la oportunidad de entrenar con el Rayo Vallecano con un entrenador que también creía mucho en la cantera; entré a un vestuario profesional y me di cuenta de lo que es eso. Para que veas la diferencia, el primer día que llegué allí vi una percha, fui a colocar la ropa y uno de los veteranos, tal vez Gómez, me dijo: «Oye, ¿puedes quitar la ropa de ahí?, que esa percha es mía». Cuando eras juvenil, entrabas al vestuario y te ponías donde quieres, pero ahí cada uno tenía su sitio.

Para mí fue un impacto entrenar en un equipo profesional y consolidado en segunda división, aunque me veía muy inferior en todo: físico, técnico… Fue un espaldarazo poder estar ahí y que me tuvieran en cuenta. Además, me trataron muy bien; iba allí, entrenaba y al acabar le preguntaba a alguno que viviera cerca de mi barrio: «Oye, ¿no te importa dejarme en el metro de Delicias?» y ya desde ahí me cogía el 47 para ir a casa.

¿Qué ocurrió ahí? Otra circunstancia curiosa. Como el propio Peñalva ya me conocía e iba de entrenador para un europeo universitario que se iba a disputar en Rumanía durante el mes de julio de 1972, me llamó. Estuvimos entrenando unos días en Madrid y fui al torneo, donde era el más joven de todos, y después de ser suplente en el primer partido ya comencé a jugar todos los encuentros hicimos muy buen torneo. ¡Uf! Recuerdo que en el último partido me dieron un doble golpe en las dos piernas al mismo tiempo y acabé con siete puntos en la tibia pese a llevar espinillera.

A la vuelta del torneo, cuando comenzó la temporada del Rayo, que es curiosamente la primera en Vallehermoso, ya me metieron en la plantilla del primer equipo. Dentro de los treinta que había, llamaron a cuatro del amateur y uno del juvenil, que era yo. Aquel año el entrenador durante las primeras jornadas fue Martín Vences, que no me dio ni bola. Yo veía los entrenamientos y eran la hostia, todos corrían como diablos; personalmente acababa de cumplir los diecinueve años y no estaba adaptado a todo eso pese a que el físico nunca me dio miedo y he sido de los mejores.

De cualquier modo, los resultados no estaban siendo buenos y el equipo lo cogió (José Antonio) Olmedo, que me puso en la primera oportunidad que tuvo. Hubo un partido contra el Valencia en Copa del Rey en el que hice un buen marcaje a Valdez, el extremo izquierdo que fue internacional; no la tocó, me pusieron por las nubes y Olmedo comenzó a apostar por mí. Tuvimos buenos resultados, ganamos en casa (4-0, Gimnástico de Tarragona), empatamos fuera (2-2, Baracaldo), pero llegó un partido en León que cambió todo.

En esas épocas había unas costumbres que serían dignas de comentar, como es que trajeran una copa de coñac para que te la tomaras en el descaso si hacía mucho frío o calentarse los pies con un algodón quemado con alcohol. Antes de ese partido contra la Cultural me tomé un café como el resto de los compañeros, pero no sé si le habían puesto una especie de cafiaspirina -aspirina más cafeína-, ya que ese tipo de estimulantes de perfil bajo se llevaban bastante.

Al momento de tomarlo no noté nada, pero cuando llevábamos quince minutos me empecé a sentir mal; recordé unas palabras de Olmedo en el partido anterior porque nos habían metido un gol debido a que un compañero estaba medio lesionado, no le avisó y no quería llevarme una bronca, así que me acerqué al míster para comentarle que tenía sensación de mareo, por lo que rápidamente me cambió.

Inocente de mí, después de eso fui abiertamente al médico, el doctor Ibáñez del Atlético de Madrid -pues lo compartíamos- y él pidió que me hicieran un electro y unas pruebas de esfuerzo por si era algo del corazón. Unos días después fui al cardiólogo junto a mi madre para ver los resultados y me informó: «Mire, tiene un soplo y no debería jugar al fútbol». Imagínate, menudo palo: estoy en segunda división, con diecinueve años y me dice el médico que tengo un soplo y tengo que dejar el fútbol. Me perdí el final de temporada, el equipo se salvó, pero estaba súperdisgustado por este tema.

Antonio Anero

Pero vuelves.

Pasaron tres o cuatro meses y volví a hablar con Ibáñez, que me comentó que íbamos a visitar a otro médico de su confianza, el cardiólogo Vega Díaz, para que también nos diera su opinión. Nos reunimos, le comenté lo que había ocurrido, miró lo que me pasaba y dijo que era todo una gilipollez: que un soplo era una cosa bastante habitual, que no tenía que darle mayor importancia y me despreocupase. Así hice y no volví a tener ningún susto más en mi vida deportiva, pero es cierto que aquel parón frenó un poco el empuje que llevaba en esa primera temporada. A partir de ahí empecé a jugar todo, fueron años de mucha felicidad por jugar en el Rayo. Lo hacías en segunda división, no eras un crack y la segunda categoría no tenía la difusión que tiene ahora, por lo que los partidos no los veía nadie más que los que iban a Vallehermoso.

Fueron unos años en los que no tuvimos ningún problema para salvarnos y sirvieron para que pudiera consolidarme en el equipo incluso como lateral izquierdo, porque vino Paco Galán, desde el Atlético de Madrid, que era un lateral diestro muy bueno, que subía muy bien. Yo era un futbolista más bien de defender y subiendo no era tan fino como él, que había jugado más arriba, por lo que actué en el lateral izquierdo, aunque no se estilaba algo que me hubiera gustado: eso de meterte dentro a pierna cambiada y poder tirar a puerta. ¡Otro fútbol!

Durante aquella baja el equipo tiene una victoria muy recordada contra el Racing de los bigotes.

Estaba en la grada y lo viví como espectador. Recuerdo que se habló mucho, porque venía el Racing de Santander de Maguregui como líder, invicto después de once jornadas y se comentaba que si perdían se iban a cortar los bigotes. En el Rayo también había muy buenos jugadores en esa época y Vallehermoso era un campo muy difícil para jugar, bastante pequeño y con un terreno muy malo.

Nosotros perdimos muchos aficionados con el traslado al estadio y además hablamos de un campo que estaba separado por una pista de atletismo: el terreno de juego por la zona central estaba sin hierba, por las bandas era más bien chiquitito y mientras estabas jugando un partido te encontrabas por allí entrenando en la pista a Fernando Cerrada o Colomán Trabado, que era récord de 800 metros. Estaba bien, porque conocías a gente del mundo del atletismo…

Había incluso un cordero vivo que se sorteaba en el descanso.

Sí, algo he leído. Era una época en la que las peñas tenían que empujar más, porque si no la cosa se dividía. Desde las peñas se hacía todo lo posible para que la gente fuera allí, debido a que Vallehermoso era un desastre de campo, aunque pese a todo nos mantuvimos. El equipo aguantó unos años en esas circunstancias con muy poco dinero, porque el Rayo ha sido un equipo con poco dinero y pagar tarde y mal. Y a veces, durante alguna época, nunca. En eso ha sido bastante desastre. Lo de estos años atrás, cuando no cobraban tan bien, pensabas: «Es que el Rayo parece que por unas circunstancias u otras ha estado ahí en el candelero».

El portero Tirapu compartió equipo y también jugó en el Atlético de Madrid.

Mariano y yo teníamos diecinueve o veinte años cuando coincidimos en el Rayo. Pero es que no solamente coincidimos en el equipo, sino que ambos elegimos ir voluntarios a la mili para quedarnos en Madrid y poder seguir jugando al fútbol, por lo que estuvimos en la base aérea de Getafe y durante dos meses hicimos el campamento sin salir de allí, tan solo para entrenar. Él era un tipo con mucha confianza en sí mismo, que había venido desde Pamplona, se juntaba con gente del Atlético de Madrid y le gustaba bastante la juerga.

Mariano era un tipo simpático y, sobre todo, un poco subido de decirte cosas como: «Tú no me metes gol. Venga, vas a tirar cinco veces y no me metes ni uno». ¡Y las paraba! Era muy buen portero y destacaba, sobre todo, por eso: ser muy desinhibido. Además, Marcelino Gil, que ya era presidente, le quería bastante; tengo entendido que hasta le llevó un queso allí al campamento de Getafe y su familia le trataba mucho. Es más, Marcelino tenía unas hijas y Mariano Tirapu era guapete, con el pelo largo, un poco rubio… y daba el perfil de gustarles. Además de majo, a mí no me extrañó nada que fuera portero del Atleti, porque era muy bueno.

Pep Munné, que ahora es actor de éxito.

Con Pep Munné tengo la imagen de verlo vestido con una chilaba en Vallehermoso. Él era un personaje fuera del mundo del fútbol, fuera de contexto. Estuvo poco tiempo, tuvo una lesión y no jugó demasiado, pero después de cincuenta años me lo encontré, estuvimos hablando y pude decirle: «¡Te he ido a ver al teatro!». Me he sentido muy orgulloso de tener un compañero actor y ese mismo día en que nos reencontramos me contó una historia que te muestra cómo el destino a veces te marca.

El actor Pepe Bódalo, que era seguidor del Rayo, le contó al míster (Olmedo) que se lo había encontrado en un bar por la noche y eso provocó que casi no jugara contra el Valladolid. Finalmente, sí que acabó saliendo de titular… y a los pocos minutos tuvo que dejar el campo con una lesión de tobillo que lo alejó del fútbol. Ahí, él estaba iniciándose también en el mundo artístico teatral y eso decantó la situación, porque también le llamaron para un musical (“Godspell”, ndr) y la cosa se aclaró. A mí me parecía algo muy positivo que en el mundo del fútbol hubiera personajes distintos. He visto este mundo con ojos de estudiante debido a que estaba en Aeronáuticos y era futbolista profesional, el poder estar en mundos distintos te da una riqueza y otra perspectiva. Con todo esto, te comento, como conclusión, que a mí no me chocaba que Pep Munné pudiera ir con chilaba, por mucho que en el mundo del fútbol pudiera resultar una extravagancia.

Antonio Anero

¿Cómo recuerdas al técnico Héctor Núñez?

Héctor era un poco paternalista, sobre todo con los más jóvenes. Era un míster que pensaba que había que llegar a los jugadores. ¿Y él cómo lo hacía? Igual íbamos en el autobús y hacía algún jueguecito para que participáramos todos. O igual luego se te acercaba para decirte «niño» y te contaba cualquier cosa. Era alguien que intentaba estar cerca del grupo en la parte tanto psicológica como afectiva. En el plano futbolístico, me tenía en muy buena consideración y yo también le tenía muchísimo respeto.

Carlos Álvarez de Villar y aquella preparación física.

Él, además de profesor de educación física, era abogado, pero reconocía que no le gustaba la profesión de abogado, pues era de sinvergüenzas, lo que muestra su perfil recto. Era una persona convencida de sus creencias y fue un absoluto pionero. Independientemente de que sus métodos hayan evolucionado y los actuales sean de otra manera, Carlos fue un precursor, alguien que metió la onda de choque para que alumnos suyos luego pudieran estar en equipos de primera división.

Rompió el hielo y eliminó el subjetivismo: vamos a objetivizar, a hacer test, a medir. ¿Y cómo se hace eso? Con pruebas físicas. Carlos fue el primero que empezó con todo eso antes de que luego llegaran Ángel Vilda, Jesús Paredes, todos sus discípulos que empiezan a cambiar las cosas, adaptar los avances, la tecnificación…

Él es un personaje único y no hay nadie que no le respete. De hecho, era tan único que no le gustaba lo que hacía Alfredo Di Stéfano y se enfrentaba a él, dado a que a Di Stéfano tampoco le gustaba mucho lo que hacía él y pensaría: «Vaya palizas les mete este. ¡Joder!, vamos a jugar al fútbol, que esto no es solo correr».

Di Stéfano se puso un día correr con vosotros en la Casa de Campo y se perdió.

Totalmente real. Alfredo se puso un día a correr con nosotros y, de repente, cuando nos dimos cuenta y llegamos a los coches, había desaparecido. «¿Dónde está Alfredo?», «¿le ha visto alguien?»… y al rato aparece por allí el típico Land Rover de la Policía, se para y se baja Di Stéfano: «¡Eh! ¿pero dónde se metieron?». Lo habían tenido que recoger y traerlo donde estábamos nosotros.

Alfredo Di Stéfano no estuvo mucho tiempo, pero merecería un capítulo aparte.

Yo pensaba: «Joder, si mi padre hubiera estado aquí con Alfredo, con Di Stéfano a su lado». Era la figura que cualquier padre querría conocer, era un Maradona, un Messi a efectos mediáticos. En el trato era bastante auténtico, aunque como entrenador tenía cierta inseguridad, se ponía nervioso. No era un hombre de verbo fácil, sino que le costaba trabajo comunicar. Vivía bastante aferrado a su forma de vivir de toda la vida. En los viajes, cuando íbamos fuera, si lo hacíamos en avión, a veces lo acompañaba al aeropuerto Marquitos -con el que jugó en el Real Madrid y era muy amigo suyo- junto a otros tres o cuatro en un seiscientos.

Alfredo andaba muy de puntera y mi compañero Quique (Enrique Fernández Francisco, ndr) decía: «Se da con el talón en el culo cuando va andando». Era un tío así, pero luego en el fútbol se empequeñecía, le costaba trabajo, no exhibía ningún tipo de personalidad por encima ni de dominar la situación. También estaba bastante aferrado a eso de no querer ver el color amarillo o de decir: «Venga niño, acá conmigo que me da suerte» y cosas de esas.

Un poco a la antigua. Luego, le encantaba meterse a jugar con nosotros cuando hacíamos un fútbol tenis y se le veía feliz participando. Además, al no llevarse bien con Carlos, a lo mejor cuando hacíamos partidos los jueves el preparador no iba y como no podíamos empezar a jugar sin calentar, Di Stéfano nos pedía: «Alvarito, Anero, poneos los dos primeros en la fila, que os sabéis el calentamiento, ¿verdad?» y hacíamos el ejercicio.

Hay una anécdota muy curiosa con él y es que cuando estábamos haciendo el ejercicio de chutar a puerta en Vallehermoso y la tirabas muy alta te gritaba un «¡Eh! Le pegaste al Danone» con ese acento porteño que tenía. Resulta que era porque en el Bernabéu había un anuncio de Danone en el gallinero y se refería a eso. Era bastante chistoso y con algunas gracietas muy divertidas.

Vuestra condición física agracias a esos entrenamientos os hacia diferentes.

Eran palizas que parecía que estábamos entrenando un poco para el atletismo. Incluso el día del golpe de Estado (23 de febrero de 1981) estábamos por allí y Rial llevaba puesto el transistor. Hablamos de jornadas de mucho trabajo: había una a la que nosotros llamábamos la «vuelta a los puertos», porque subíamos cinco o seis cotas bien altas. También estaba el bosque, un pinar con unas rectas de doscientos metros que hacíamos corriendo y volvíamos al trote quince veces… un entrenamiento de resistencia dos veces a la semana como mínimo, pero nosotros participábamos de ello y alentábamos a cualquiera que viniera.

Unos tirábamos del grupo y otros iban al tran-tran porque su capacidad era esa. Y aquello era parte de lo que fue ese equipo. Para que en el campo se vea lo que es un equipo, en los entrenamientos tiene que haber unos métodos: si eres un grupo solidario que en los entrenamientos te machacas, vas a tope y creas un buen ambiente, luego en los partidos se ve. Y esa fue la fuerza de aquel Rayo: nosotros estábamos muy bien preparados físicamente y nos empezamos a dar cuenta de que ese elemento era muy valioso para ganar los partidos.

El Atlético de Madrid lo tomó como ejemplo y tiempo después también comenzaron a entrenarse en la Casa de Campo. Incluso alguna vez os encontrasteis en los bares cercanos después de acabar.

No era algo habitual, pero sí es cierto que en alguna ocasión nos encontramos. A veces, al acabar íbamos a tomar una cerveza al Köln, que estaba en la plaza de Marqués de Vadillo; no había mucha distancia desde la Casa de Campo y nos acercábamos allí directamente con el chándal puesto. Allí estaban también los jugadores del Atlético de Madrid tomando el aperitivo después del entrenamiento y nos vacilábamos un poco: «Vamos por delante, bebed algo…», todo de muy buen rollo.

En 1976 regresáis a Vallecas.

Estábamos deseando. Fue una locura ver un campo grande, con gradas. Había pisado Vallecas como aficionado, pero volver al estadio, la acogida que tuvimos el primer encuentro que jugamos, aquel estallido de felicidad fue como un «Por fin estamos aquí». Llegamos a final de temporada, perdimos el último encuentro con el Valladolid y empezamos la siguiente temporada allí ya con García Verdugo, un hombre muy sistemático que tenía fe ciega en la preparación física y las cosas muy claras. Y se produjo algo que pasa algunas veces, una coincidencia, pues también había muy buenos jugadores, gente con ganas.

Porque para que un equipo ascienda o pasen cosas así no solamente vale el trabajo: hay que tener una calidad humana y unos jugadores con un determinado nivel. Por ejemplo, yo he coincidido con Álvaro García, que ahora se ha convertido en el máximo goleador de la historia del equipo en primera división y se lo he dicho: «Lo estás haciendo muy bien». Me encanta decirles que son buenos a los jugadores que me gustan, y por otro lado, también lo necesitan. A veces se da por sentado que estás bien correspondido con lo que hay, pero a veces alguien también te tiene que decir que lo estás haciendo muy bien.

Antonio Anero

En ese verano hacéis una gira por Yugoslavia, Rumania, Hungría y otros países.

Fue algo extraordinario. Para nosotros maravilloso, porque éramos un equipo de barrio que no nunca habíamos salido de casa y no viajábamos, por lo que cuando sucede haces cosas excepcionales. Llegas a Sofía en avión, luego vas en autobús, sigues la línea del Bósforo para Turquía… ves mundo, otras costumbres. Nosotros lo vivimos como cuando llevan a los chicos de excursión, tuvimos la oportunidad de bañarnos en un río en Pirot, jugamos un par de partidos, vimos Viena… Fue una muy buena experiencia.

En la plantilla destacaba la presencia de muchos universitarios. Era un equipo moderno para la época.

Cuando llegué al primer equipo del Rayo, la sensación era un poco la de estar entre padres de familia. Iba llegando gente más joven, pero predominaba en el espíritu del equipo una cosa de gente mayor. Sin embargo, cuando volvimos a Vallecas, no sé si por casualidad o no, los jugadores que nos juntamos éramos más jóvenes, también estábamos estudiando… el caso es que coincidimos siete u ocho que estábamos en la universidad. Pese a que algunos como Felines o Potele seguían ahí, al volver a Vallecas los más mayores eran una minoría.

El portero Alejandro (Alcázar), estaba estudiando Medicina e incluso he comido con él en la Ciudad Universitaria por quince pesetas. Él era mitad estudiante de Medicina y mitad futbolista, por lo que volvemos a lo de antes acerca de compatibilizar ambas facetas y después con el paso del tiempo sí que alguna vez, cuarenta años después, hemos hablado: «Joder, es que a lo mejor no hemos vivido con la suficiente intensidad ninguna de las dos partes por estar en ambas, en las dos circunstancias».

También comenzaron a leerse otras cosas y no solo circulaban el Marca y el As. Rial era abogado, un poco contracultura, y le gustaba llamar la atención. Aunque era alguien formado y de los mayorcitos, le gustaba mucho tocar las pelotas y al entrenador, que era del Opus, de vez en cuando le soltaba alguna barbaridad. Y Verdugo, muy moderado, le respondía «Señor Bartolo, no sea usted así».

Landaburu estaba por ahí acabando Físicas, muy preocupado por su futuro y acabó jugando en el Barça y el Atlético de Madrid. Luis Nieto también estaba estudiando, Francisco igual, Tanco no estaba estudiando pero era un chaval al que le interesaba mucho la cultura… éramos un grupo del que luego salió un poco la Asociación de Veteranos del Rayo también con gente como Fermín, que era muy instruido. Nosotros nos dábamos cuenta de que éramos un poco diferentes. Y España era diferente en esos momentos.

¿Crees que si no hubieras estudiado habrías sido internacional con frecuencia?

No lo sé a ciencia cierta, pero seguramente sí, porque a lo mejor me hubiera estado echando la siesta en vez de tener que ir a la universidad por la tarde y habría hecho más vida de eso.

¿Y te arrepientes?

No, lo que hice es lo que tenía que hacer. Además, desde muy pequeño lo que se me había inculcado es que tenía que estudiar. Yo veía a los que no estudiaban, como Alvarito o Rocamora, que tenían mucho ocio y a veces el ocio no es bueno. Estudiar te ordenaba un poco la vida. Lo que sucede es que no dimensioné muy bien lo que estudiaba, mientras estaba haciendo Superiores era un esfuerzo muy grande y no era capaz de abarcar todo; me reuní con el director de la Escuela de Aeronáuticos, subí a su despacho y le dije: «Mire usted, soy profesional, juego al fútbol y además estoy estudiando esto». Él me respondió que qué estaba haciendo y que estudiara otra cosa, por lo que me cambié a Técnicos desde segundo de Superior. Ahí ya tuve más facilidad para sacarme la carrera.

Me hablabas antes de otras lecturas que no eran Marca y As.

Para mí, los viajes han sido un motivo para poder leer y solía comprar algún libro de estos de Alianza Editorial. Pero luego, Alejandro (Alcázar), Tanco y yo empezamos a leer el «Hermano lobo», «El Papus», por ejemplo, que era lo que leían los jóvenes. Se supone que el ser universitario te da ciertas inquietudes y no estar tan chapado a la antigua, sino vivir un poco más en un mundo actual.

¿Y qué música se escuchaba en el autobús?

Juan (Luna) era el que ponía música y se escuchaba Supertramp. Ya no era esa música española que se oía antes en los autobuses y había otras cosas.

Era una época convulsa, también con muchas manifestaciones. ¿Solíais ir?

José Mari (José María Navarro Rosinos), hace poco comentaba que a él le llamó el comisario de Vallecas y le advirtió: «Oye, que no te quiero ver en manifestaciones, ¿eh?», pues había ido a alguna. Cuando eres un chaval y te mueves con gente reivindicativa, tienes que estar ahí. Sí que éramos un poco de ese perfil.

La primera temporada completa tras volver a Vallecas, la 1976-1977, se cierra con el primer ascenso a primera. ¿Qué influencia tuvo el regreso?

En Vallehermoso no se hubiera producido. Allí no había el contexto adecuado para que un equipo pudiera triunfar, no se daban las condiciones e incluso un buen jugador no brillaba. En Vallecas se unió la preparación física con el escenario adecuado: un campo lleno de gente, volver a empezar y una explosión con un buen equipo que corre mucho y pasábamos a los rivales por encima.

No sé cómo estaban los demás compañeros y cuál era su predisposición, pero sí te puedo decir la mía o la de algún otro como Guzmán, que ha estado conmigo desde juveniles: correr y correr. Yo me metía en el campo y pensaba: «No paro, subo veinte veces». Era un fútbol muy vertical, muy físico y con jugadores que tienen calidad, por lo que cuando llegas a mitad de temporada ya te das cuenta: «Coño, soy de los mejores, estoy arriba, gano a todos y no me meten un gol en Vallecas». Eras consciente del potencial del equipo.

Y la conexión con el público.

Llega un momento en el que hasta los conoces. Y eso que desgraciadamente no había la cantidad de jóvenes que hay ahora, ya que antes la gente que iba al fútbol era más mayor. La afición del Rayo siempre ha estado muy unida al equipo y el jugador del Rayo tiene que ser consciente de que eso es el Rayo y lo que diferencia al equipo de los demás: tú eres parte del equipo, pero el barrio también lo es. Tú vas a pasar y ellos van a estar ahí. Por eso, el Rayo ha tenido muy claro que te debes a la afición y que los jugadores somos parte y nos debemos a ella. Hay que sentir que los haces felices.

Antonio Anero

El ascenso se consigue con un empate en casa (1-1) ante el Getafe en un partido en que a los dos os valía un punto.

Lo cierto es que nosotros sabíamos que teníamos muy cerca el ascenso y que cierta pasividad, dejar correr la cosa, nos beneficiaba. Pero, de repente, aparece ahí Felines, hace un remate de la leche y piensas: «Hostia, los del Getafe tienen un problema», debido a que ellos necesitaban también un punto. Y a ver, no es que digas, «meted un gol», pero sí que estás jugando un partido en el que sabes que si pierden van a descender.

Yo, sinceramente, que estaba en el lado derecho, a lo mejor cuando iban por la izquierda decía: «Venga tío, a ver si llegáis a puerta, joder». Era una sensación de, no te digo de solidaridad, pero de no pensar en machacar: casi todos éramos amigos de gente de Getafe, Francisco había jugado allí y los conocías a todos. Y, finalmente, nos metieron un gol. No sé si alguien quitó el pie o no quitó el pie, aunque te puedo decir que yo no quité el pie.

El estadio cantaba «¡qué se besen, qué se besen!»

En cierta medida, me parecía muy justificado. Y me parecía justificado porque había cierta inactividad. Era una sensación rara, de no saber cómo actuar. En el fondo, ninguno queríamos machacar al Getafe, pero lo que no queríamos por nada del mundo era perder el partido. Se crea un ambiente de «si nos viene bien a todos…»

Primer ascenso a Primera de la historia del Rayo. ¿Qué se siente?

Nada. Te sobrepasa. Es un sentimiento de manada que se apodera de ti. Una especie de «ya hemos conseguido todo», una comunión global en la que te abrazas al de la Peña Frasquito, al que tienes al lado… una explosión de júbilo total que empieza en el campo y sigue en el vestuario con Felines tirando una tarta, Tanco por ahí también…

¡Vaya celebración!

Fuimos al Ayuntamiento de Madrid, que estaba en la plaza de la Villa, en tres o cuatro coches descubiertos. Ángel Ortega tenía un concesionario, puso los coches e incluso él iba conduciendo uno de los vehículos donde nos había invitado el alcalde.

Felines.

En el famoso partido de León en el que tenía 19 años y tuve que dejar el campo al cuarto hora por los mareos después del café, compartía habitación con él y ahí reflexionaba: «Hostia, estoy con Felines, que le he visto jugar con doce años, que era mi ídolo e incluso tengo autógrafos suyos». Lo primero que sentí por Felines fue ese respeto y admiración, porque era un fenómeno futbolísticamente, sobre todo antes de las lesiones. Y después de ese respeto, llegó el conocerlo: Felines era como una campanilla dentro del vestuario, estaba alegre, era muy positivo y dicharachero. ¡No veas cómo cantaba en la ducha!

No creo que fuera Supertramp…

No, no, muchas veces cantaba «Qué bonito es el querer» y Gómez le acompañaba en alguna ocasión. Felines ya era un señor mayor, tenía hijos, unos taxis que conducía su hermano… no tenía nada que ver conmigo, pero era muy buen futbolista que además se comportaba como un tipo serio. No era ningún revolucionario, sino una persona muy tradicional a la que no le interesaba la política, que no leía otra cosa que no fuera el As o el Marca, que el fútbol era su profesión pero también se divertía jugando y, sobre todo, un muy buen futbolista.

Me gustaría poder recordar esos partidos suyos antes de la lesión y ver alguno, pero mi memoria es que era muy bueno. Además, era muy chisposo, se ponía con Guzmán en el autobús y empezaban a hacer parodias de un anuncio de detergente en la televisión: «Señora de Barderas, ¿con qué detergente lava usted?». «Yo lavo con OMO». Y a la hora de currar, ahí estaba. Tú le veías y pensabas «si este está lesionado y entrena de esa manera, así tenemos que hacerlo todos». Era un ejemplo para los demás.

Me has dejado intrigado con lo de la firma del autógrafo cuando eras un crío…

En un menú de los Salones Torres, enfrente de la Junta de Distrito en la Avenida de la Albufera. El Rayo Vallecano hacía una fiesta al año en la que nos invitaba a todos y, claro, tú eras un chaval, te encontrabas allí con los jugadores profesionales y tengo las firmas de Felines, Potele, Chufi, Hernández… para mi eran ídolos porque los llevaba viendo desde los once años.

Se sigue notando ese cariño.

Te voy a poner un ejemplo: yo voy ahora a Pedro Bernardo a montar en bici porque está Felines y luego cuando acabo le llamo para estar un rato con él. Lo suelo hacer casi todos los años, es alguien a quien queremos, que ha sido muy importante para el club. A Felo hay que quererlo, porque tiene ese carácter y hay que demostrárselo. Por eso, el libro que han sacado sobre él Juan Jiménez Mancha y Maíte Martín («Felines, un gigante de 1,62, ndr») es tan importante para que todo el mundo conozca cómo es.

Potele.

Él es distinto a Felines. Potele era un genio como futbolista, un tipo que mide menos de uno sesenta y la cantidad de goles que ha metido. Era un tipo que tenía una inteligencia futbolística brutal, para resolver, para moverse, pues si no hubiera podido ser futbolista. Si hablas de alguien listo, oportunista, que sabía jugar sus bazas, ese era Potele. Y al ser pequeño como Felines, se les asocia, pero no son iguales.

Si te digo «Matagitantes», ¿qué es lo primero que te viene a la cabeza?

Me siento muy orgulloso de ese apelativo, porque además era verdad: llegamos a ganar a todos los buenos cada vez que venían a casa. ¿Venía el Valencia?, les ganábamos. ¿Venía el Athletic de Bilbao?, también. Igual con el Madrid o el Barça…

Antonio Anero

¿Cuál de todos esos partidos recuerdas más?

La verdad es que me acuerdo muy poco de los partidos. Y me acuerdo muy poco porque además no teníamos ningún feedback después: no había nada que alimentara lo que había sucedido. Pasaba y pasaba. Recuerdo que ganar al Madrid fue algo excepcional, pero no me acuerdo de los partidos. Siento no poder revivir todo lo que sucedió, aquellas cosas que hicimos y disfrutar de ellos, pero no consigo conectar.

La vorágine provoca que te vayas olvidando y, a no ser que haya gente que te lo recuerde… No somos capaces de disfrutar de lo que pasó y yo ahora tengo una sensación un poco etérea, como de flotar sobre el campo embarrado, correr, las dificultades del terreno… Ahora, viendo algunas fotos antiguas, sí que me vienen algunos detalles de verme ahí con Rubén Cano, pero incluso en plan de broma sí que he preguntado a algunos de los que nos vieron en aquellos partidos: «¿Oye éramos buenos o nos estamos inventando una historia?» (risas).

Curiosamente, hace unos días mi mujer sacó del trastero varias cosas de esa época y vi un cuadernito de anillas en el que tenía apuntados los partidos, las alineaciones y cómo habían sido los goles. Por ejemplo: «Rayo Vallecano 3 – Valencia 0,  no se quién penetra y Alvarito marca gol». Y lo hice hasta que se acabó el cuaderno, que tal vez me decepcioné, empezamos a perder o lo que fuera. Me gusta muchísimo el análisis y apuntaba las cosas porque a mí el fútbol me apasionaba, era una auténtica pasión y hubiera estado jugando toda la vida. Soy un amante desaforado de este deporte, pero de jugarlo. Para mí, el verdadero premio es jugar al fútbol.

Hay una buena anécdota con el cura del pueblo Vallecas después de aquella victoria ante el Real Madrid.

Sí, cuando acabó el partido, el cura paró la homilía y dijo a todos los que estaban allí: «Señores, el Rayo ha ganado 3 a 2 al Real Madrid», aunque creo que luego le costó un toque. También salió la noticia en un periódico ruso: «El Rayo, un equipo de un barrio obrero, ha ganado al todopoderoso Real Madrid».

 ¿Cuál era el secreto de aquel equipo?

Como todos los que jugábamos en ese equipo tenemos ya una edad, tratamos un poco de acercarnos a dónde estaba el quid de la cuestión. Es más, tengo compañeros como Salazar que dice que el profe nos machacaba, que nos cansaba mucho y salíamos cansados al campo. Él señala que no necesitaba tanto entrenamiento, sino más campo de fútbol, porque dedicábamos muchas horas a lo físico. Sin embargo, yo pienso que sí, que ahí estaba el secreto. Solo puedo hablarte de mi caso: sufría entrenando como si fuera un atleta, pero en los partidos luego estaba subiendo y bajando sin parar, algo que no hubiera podido hacer sin una condición física muy buena.

Todos teníamos una gran condición física y, además, creíamos en lo que hacíamos con esta apuesta. Luego, se da la circunstancia de que había jugadores potencialmente buenos que tal vez explotamos ahí. Yo exploté y fui a la selección cuando antes no me conocía nadie, Guzmán y Palín González acabaron firmando por el Atlético de Madrid, Landaburu llega desde el Valladolid y era un chaval muy bueno, Tanco era cojonudo y metía unos golazos de la hostia, Miguel Uceda salía y aunque parecía que no corría mucho las cortaba todas, Alvarito no veas qué cantidad de goles y cómo se iba de los contrarios… Estábamos ahí y a lo mejor si no nos prepara el profe la cosa no se manifiesta.

Luego hay otra cosa importante dentro del fútbol. Personalmente no era amigo íntimo de Taco o de Nieto, pero todos remábamos en la misma dirección. García Verdugo de vez en cuando nos juntaba y organizaba una merienda con las familias y eso está muy bien, pero tampoco es imprescindible ser íntimos, sino que todos vayamos en busca de lo mismo.

Guzmán luego estuvo a las órdenes de Luis Aragonés en el Atlético de Madrid.

Conmigo jugaba más atrás en los juveniles, pero luego en el primer equipo del Rayo ya jugaba como centrocampista y corría como un cabrón. Recuerdo que, una vez fichó por el Atlético de Madrid, me contaba que Luis (Aragonés) le había dicho durante un partido que no se separara de un jugador rival, estuviera constantemente pegado y terminó metiéndose con él a la banda cuando lo cambiaron.

Algunos rivales justificaban las derrotas con jugar por las mañanas.

También. Para nosotros el jugar por las mañanas era bueno, porque te levantabas e ibas al campo, aunque a mí me fastidiaba que en algunas épocas nos concentraran la noche anterior. Héctor Núñez se me acercaba: «Oye Antonio, parece que no te sienta bien». «Míster, estoy toda la semana estudiando y el sábado, que es el primer día que puedo ver a la novia e ir al cine o dar una vuelta, tengo que venir a la concentración». Entiendo que hubiera equipos que les trastocara jugar por la mañana, levantarse a las seis y media…

La economía del club imagino que sería complicada.

Hubo dos épocas en el Rayo Vallecano. Una fue la de Marcelino Gil, en la que cobrábamos todos muy poquito y muy escalonado. Te puedo decir que yo he ido de cien mil, doscientas, tres, cuatrocientas, ochocientas mil después de cinco años, un millón, millón doscientas…  En esa época el único recurso que tenían los clubes era la taquilla y los socios, por lo que todos entendíamos el no cobrar mucho. «Joder, es que no hay dinero», decía Marcelino Gil con esa planta, que parecía Marlon Brando.

Teníamos mucho déficit, pero no era solamente el Rayo, el resto de equipos tampoco nadaban en la riqueza. Ahora hay una fuente de ingresos, los clubes se lo reparten, a los futbolistas les toca lo suyo… pero antes no había. En esos años, lo normal es que llegara el final de temporada y no hubieras cobrado nada de la ficha anual, te pagaban cuando terminaba todo y con letras. Y si tenías suerte y un banco amigo, te descontaban las letras y cobrabas; pero si no, aguantando hasta que vencía la letra.

Luego llegó Paco Encinas en el verano de nuestro primer año en primera, coincidió con mi renovación de contrato y de ganar dos millones pasé a tres millones y pico o cuatro, que es lo máximo que he ganado en el fútbol. Me dobló lo que yo ganaba en segunda división y con el dinero de un año, te comprabas un piso. Si lo piensas ahora, es como si fueran quinientos o seiscientos mil euros, que es una pasta. No te solucionaba la vida, pero te comprabas un piso, que es lo que hacíamos todos en aquella época. Pero entonces, el Rayo era precario. Ha habido épocas, muchas, en las que ibas con el talón al banco y te informaban: «No hay dinero». Así lo recordamos todos los que hemos estado en el Rayo.

Antonio Anero

¿Había primas?

Cuando llegó Paco Encinas, al ser nuevo sí que nos explicó que por punto nos daba no sé cuánto, como ciento cincuenta y mil. ¡Hostias! Me acuerdo que Felices, Uceda, todos estos que estaban casados comentaban: «¡Nos compramos una tele en color con eso!» y con la primera nos fuimos a comprar una.

Landaburu.

Era muy calladito, educadísimo, de un pueblo minero. El típico chaval que había ido a estudiar a un colegio interno o algo así y estaba a punto de acabar Físicas. Mediría uno setenta y tres, no era súper rápido, ni muy fuerte… pero ¡qué maravilla de jugador! Un pedazo de futbolista, tremendamente hábil en el centro del campo, con movimientos muy buenos, un gran tiro y que metía goles hasta de córner porque le pegaba muy bien. Hay por ahí una entrevista que le hicieron en un laboratorio de Físicas donde estaba preocupado por acabar la carrera y, de hecho, eligió el Rayo porque aquí podía continuar con los estudios.

En esta época nuestros padres nos inculcaban el acabar una carrera; yo soy el primero que la hizo en mi familia y desde muy pequeño mi padre era claro: «Juega donde quieras, haz lo que te guste, pero estudia. Tienes que aprobar». Si quería saber lo que me iba tocar si no lo hacía, simplemente tenía que irme a la obra de mi padre, estar allí, ver a los que estaban currando y que te dijeran: «Vamos a descargar este camión de ladrillos» o «Niño, acércate al maquinillo y súbeme un poco de pasta». Curiosamente, la mujer de Jesús (Landaburu) también era física y se llamaba Jesusa. Fíjate, Chus y Chusa. Y allí andaban con su Renault 5, que prácticamente todos teníamos el mismo coche.

Tanco.

Estuve con él hace poco, que nos invitó Alcázar. Cuando vino desde Barcelona lo hizo con dos hijos que tiene, que son gemelos, y me dio mucha alegría, pues tengo un cierto pesar porque me hubiera gustado tener una amistad mayor y profundizar más con él. Al ser catalán, tenía más relación con Puig Solsona, aunque teníamos muy buen feeling. De hecho, recuerdo que tenía una novia muy de izquierdas, yo también tenía mi pareja y hablamos para ir a un restaurante macrobiótico que estaba en el barrio de Estrecho. Teníamos una conexión porque nos gustaban determinadas cosas, éramos chavales jóvenes y nos preocupaban los mismos temas. Además, a pesar de ser tan grandón, era un buenazo, una persona a la que prácticamente nunca he oído gritar ni salirse de madre. En el campo sucedía igual, no era un tipo violento ni nada por el estilo. Ahora, metía unas hostias al balón que no se las he visto dar a nadie: le pegaba de maravilla al balón.

Alcázar era un porterazo.

Lo digo mucho como curiosidad: Alcázar jugó de portero porque su padre se empeñó, pero a él lo que le gusta es el tenis y lo que le hubiera gustado ser de verdad es ser tenista. De hecho, todavía sigue jugando al tenis y es de Manacor, así que imagina. Pero sí, lo cierto es que no ha vuelto a practicar fútbol ni de portero. Cuando se retiró no quiso saber nada más del fútbol. Él era médico, pero lo veías por la calle, pensabas «vaya desarrapado» y lo sigue siendo (risas). Además, era un melómano y el mundo de la música para él era lo máximo, lo que más le gustaba. De hecho, vivía en un piso con sus tres o cuatro hermanos comprado por su padre en la calle Alcalá y, en vez de estar repleto de libros, lo estaba de discos: había por todos los lados. Álex era un personaje bastante especial, como un estudiante más que iba a sus clases, pero que además jugaba en el Rayo. Congeniamos mucho y soy su vínculo con el mundo del fútbol.

En la efervescencia de aquel Matagigantes, en pleno 1978, Kubala te convoca para la selección española pero no llegaste a debutar.

Reaccioné con agobio, porque cuando me enteré de la convocatoria de Kubala estaba en clase de dibujo técnico en una academia. Serían las ocho de la tarde y de repente entró la secretaría de la academia en clase y me soltó: «Oye, que te han convocado para la selección española, han llamado a tu casa y tu padre les han dicho que estás aquí, así que ahora van a venir los del As a hacerte unas fotos si no te importa». Y ahí se presentaron en Augusto Figueroa para hacerme una entrevista que salió en la contraportada del As.

El día de la convocatoria me presenté allí en el hotel Alameda, donde me habían citado, con mi bolsita y mi neceser y allí me recibió Pereda, que era el segundo entrenador. Para dormir, me pusieron en la misma habitación que otro que también iba nuevo, Carrete, el lateral del Valencia que fichó por ellos en vez de yo.

¿Podías haber ido al Valencia?

Héctor Núñez se llevaba muy bien con Pasieguito, el secretario técnico del Valencia, porque él había jugado muchos años allí y hubo un día en que, siendo entrenador del Rayo me preguntó en medio de un entrenamiento en la Casa de Campo: «Niño, me ha preguntado el Valencia por ti, ¿te gustaría ir?». Yo le dije que sí, pero no volví a insistirle nada. Si hubiera sido ahora, le hubiera preguntando mucho más por la oportunidad y me habría tirado al cuello: «Héctor, llévame allí», pero antes no te movías a no ser que se juntaran muchas cosas, no tenías capacidad para marcharte. Si los dos clubes se ponían de acuerdo y la oferta era buena, te dejaban ir, pero a no ser que sucediera eso…

Luego, esa misma temporada en la que me seleccionaron, nuestro portero suplente, Toni Pascual, que había jugado en el amateur en el Real Madrid, antes de algunos partidos me avisaba en el vestuario: «Antonio, que ha venido Santisteban a verte, creo que le gustas». Nunca salió, pero recuerdo que al año siguiente en una entrega de premios me dieron un trofeo al futbolista más regular del Rayo; estaba el gerente del Real Madrid y me señaló: «Estuviste a punto de venir al Madrid, pero hacías bien las cosas difíciles y luego lo fácil…» Me dejó un poco pasmado. También leí en un periódico que el Sporting iba a ofrecer 18 millones por mí en un mes de enero… Como te decía antes, era muy difícil cambiar de equipo y yo estaba feliz en el Rayo.

Antonio Anero

¿Cómo fue la experiencia en la concentración?

Un poco distante. No vino nadie siquiera a darme un poco de charla. Era la primera vez que iba, me pusieron con alguien que no conocía de nada, hicimos un entrenamiento en el campo del Pegaso con gente que no tenía relación… No es que me sintiera el último mono, pero sabía cuál era mi rol: el de un joven que llegaba desde el Rayo, que no había tenido un internacional en la vida. Estuve allí y ni siquiera toqué ninguna tecla que podría haber tocado, como haberle dicho a Kubala: «Míster, jugamos en Madrid, sáqueme diez minutillos por lo menos, que va a venir mi familia a verme». Pero sí lo recuerdo como una experiencia muy buena, estaba entre los mejores, ¡en la selección española de fútbol! Aunque nunca he perdido el norte en ese aspecto.

¿Y el trato con Kubala?

Nada. Recuerdo que me dio más o menos la bienvenida y luego cuando acabó el partido sí que me comentó: «Chico, tú eres estudiante, una persona inteligente, y ya habrá más ocasiones». La realidad es que yo estaba allí porque nosotros estábamos muy arriba en la clasificación, pero cuando dejamos de estarlo, a lo mejor empecé a jugar peor o ya no había que llevar a nadie del Rayo. Más valen los fijos y llevar a un jugador del Athletic de Bilbao que a uno del Rayo.

Imagino que te quedaría un pellizco por no ir al Mundial.

Era un poco curioso, porque realmente fui a la selección como lateral derecho, pero lo que buscaban era un lateral izquierdo, debido a que Camacho estaba lesionado. Yo pensaba que podía ir al Mundial, pero cuando a la siguiente convocatoria, que sería en abril, no me llamaron, ya supe claramente que no iba al Mundial. Precisamente, el otro día recordaba esto viendo a Jorge De Frutos y pensaba que ojalá siga marcando goles y el Rayo esté arriba, porque si se empiezan a perder partidos a lo mejor no va.

Pienso que hay factores ajenos. Y en aquella época, además había mucha política, entre comillas: que si soy amigo de Pirri, que si soy amigo de Migueli… con los poderes fácticos dentro del grupo, en la selección persistentemente jugaban los mismos. Si estabas cerca de ellos o eras del Real Madrid a lo mejor sí que pensaban «vamos a darle cuartelillo a este, aunque sólo sea para revalorizarlo». Había muchas cosas que no conocía, existían muchos hilos en la selección, aunque guardo una buena experiencia y todavía conservo hasta la camiseta.

Esta primera temporada del Matagigantes se habló mucho de un partido ante el Betis en que presuntamente os intentaron comprar porque tenían peligro de descenso. ¿Se puede contar?

Sí, se puede contar porque además nos deja en buen lugar. Jugábamos en Sevilla a falta de tres partidos para el final, ya estábamos salvados y el Betis estaba en puestos de descenso y necesitaba ganar. No sé si fue en el autobús o en la comida de antes de salir para el campo, Bartolo (Santiago Bartolomé Rial) nos dice: «Me ha llamado Bizcocho, que nos van a untar porque tienen que ganar como sea». Nosotros no le dimos mucha importancia y ni siquiera nos reunimos para comentar nada: empezamos el partido y llegamos 0 a 0 al descanso. Ahí, en el vestuario no sé si entró Fermín después de hablar con Anzarda y comentó: «Oye, que estos nos sueltan 20 millones, ¿qué hacemos?» Nos juntamos todos en la zona de los urinarios y decidimos que les dijera que no queríamos saber nada. Al final, acabamos perdiendo por 1 a 0.

Perdisteis 20 millones.

Perdimos, pero bueno… Nosotros teníamos muy claro que no íbamos a dejarnos ganar. No estaba en nuestros planes. También tuvimos mala suerte, porque creo que por empatar y ganar sí que nos soltaban pasta en condiciones de alguno de los otros equipos que también estaban implicados. No he cobrado nunca un duro de otro equipo, pero sí que sabía que se ofrecían. De resultas de ese partido contra el Betis hubo una investigación posterior por parte de la Federación, expedientaron a Rial, al que sancionaron seis meses o un año sin jugar.

Algo peor que eso fue un partido en que perdimos en casa contra el Elche en el que alguno de mis compañeros igual sí tuvo intervención. Francisco, Uceda, Felines y yo nos hemos quedado con la mosca detrás de la oreja. En aquellos tiempos había agentes externos que a veces tocaban a algunos jugadores.

Antonio Anero

Pasáis tres años en primera división pero en 1980 se consuma el descenso.

Nuestra primera mitad de temporada no fue mala, con (Fernando) Morena marcando bastantes goles, pero echaron a Héctor (Núñez), aunque estuvimos muy cerca de salvarnos. Aquella temporada, cuando faltaban dos partidos me rompí la clavícula y después perdimos contra Almería en casa y Zaragoza fuera, pero si hubiéramos ganado alguno de esos dos no hubiéramos descendido.

Tras la salida de Héctor trajeron a un entrenador que no tenía ni idea de cómo era el equipo. Era Rafa Iriondo, un extremo vasco que había jugado en el Athletic de Bilbao, luego se convirtió en técnico y era un señor mayor que no enganchaba con el equipo. No sé quién le trajo ni por qué, pero opino que estaba desfasado, no creía en sí mismo.

También coincidió con que Morena ya no marcaba tanto… Tendría que mirar más cosas, porque no sé cuál sería el factor determinante, pero fue una pena, subir a primera es muy difícil y volver a subir después de un descenso es muy complicado. Si hay una palabra para resumirlo, es decepción. Decepción para todos, perdimos mucho con el descenso, nos devaluamos, dejamos de ser futbolistas de primera para convertirnos en futbolistas de segunda. Aquel descenso también marcó una época, fue algo muy negativo.

Me hablas de Fernando Morena. Pregunté a Miguel Ruiz sobre cuál ha sido el delantero con el que más sufrió pensando que me diría Diego Maradona y me respondió que fue él.

Puedo estar de acuerdo con él, porque Morena era un crack que estaba por encima del nivel de un buen delantero centro. Era una estrella, un futbolista que jugaba con su selección, que era un dios en Uruguay y que estaba en lo máximo de su carrera cuando vino a España.

En Navidades tuvimos que ir de visita a Argentina y Uruguay por unos temas de su contrato, jugamos contra Peñarol de Montevideo, que había sido su equipo y allí lo trataban como un dios. Estuvimos comiendo en Punta del Este y la persona que nos invitó a comer, que también era amigo de Héctor Núñez, años después llegó a ser presidente de Uruguay (Julio María Sanguinetti, ndr). Pienso que aquel viaje a mitad de temporada nos perjudicó para la segunda mitad de temporada, estuvimos allí una semana, dejamos de entrenar… Pero volviendo a Morena, no era jugador para el Rayo: metió una cantidad enorme de goles y era un auténtico crack. Recuerdo esa estampa suya, de amagar con la derecha, recogerla y meterla dónde quería con la izquierda. Era un jugador muy rápido, muy incisivo y con una capacidad enorme para meter goles. Además, como persona era un auténtico líder.

El Rayo era un equipo de segundo nivel aquí en España, pero era como un dinamizador. Incluso en el autobús era muy protagonista y, como te comentaba, un líder. Además, se sentía muy respaldado por Héctor y el equipo fue como un salto para él. Del mismo modo, para el Rayo era una inversión, algo como decidir: «Pagamos tal cantidad para este y como funcione luego lo vendemos por el doble».

El equipo baja, pero en 1982, un par de años después se roza la final de la Copa del Rey cayendo en semis ante el Sporting.

Yo ya no estaba en el Rayo entonces.

¿No?

Quiero decirte que lo pasé muy mal. Llegó la primera temporada en segunda, llegó la segunda… lo pasé tan mal que prácticamente ni lo recuerdo, es como si hubiera borrado casi todo de mi cabeza. La primera temporada en el regreso a segunda es la 1980-1981, donde el entrenador era el Chato (González), llegaron García Jiménez e Izquierdo y ya noté que no era su sobrino y sus sobrinos eran otros. Empezaron varios movimientos en las alineaciones y empecé darme cuenta que quería poner de lateral derecho a Izquierdo, que era un chaval joven que había traído del Carabanchel, era una máquina corriendo, corría casi tanto o tanto como yo, pero no se comprometía en nada.

Esa temporada la comencé con la clavícula rota después de lo que te comentaba que me había pasado en Barcelona. El médico me la arregló, pero al mes se me volvió a caer, por lo que jugué con ella muy mal. Incluso me condicionaba un poco mentalmente para tirarme a ese lado, cuando yo era mucho de tirarme al suelo e incluso Héctor del Mar me llamaba «Kárate Anero» en las retransmisiones de radio. Pasaron las semanas y noté que ya no era bien valorado, seguí entrenando muchísimo, jugué veintitantos partidos, pero ya no eran tantos.

La temporada siguiente eso se consolidó: Izquierdo y Jiménez jugaron mucho y la cosa empezó a ir mal para mí. Llegó Peñalva para hacerse cargo del equipo un poco antes de mitad de temporada, pensé que iba a contar conmigo ya que él fue el que me sacó en el Rayo, pero no me dio ni bola. De hecho, hubo un amistoso que jugábamos contra no sé quién y ni siquiera me citó. Mi cabeza estaba llena de dudas: «¿Qué pasa conmigo?, ¿por qué me está sucediendo a mí?…» y llegué a la conclusión de que como acababa contrato y tenía el sueldo más alto de todos los que había en la plantilla, me querían dar boleta.

Sin embargo, no me dieron ninguna explicación y eso me dolió muchísimo. Todo llegó a tal punto que llegó el encuentro de vuelta de cuartos de final de aquella Copa del Rey contra el Zaragoza después de haber empatado en la ida y esa misma mañana me fui a jugar un partido de fútbol al Paraninfo de la Universidad porque los Aeronáuticos me dijeron que se estaban jugando mantener la categoría o un ascenso y que tenía que jugar con ellos.

Estuve disputando aquel encuentro como centrocampista porque sabía que luego no me iban a sacar y me llevé un golpazo en una acción en la que iba a chutar, me pusieron la plantilla y le di con los dedos en sus tacos. Así, luego por la tarde, cuando quedaba un cuarto de hora para el final y teníamos el partido resuelto porque llevábamos cuatro o cinco goles, me llama Peñalva: «Antonio, sal».

Ahí que salté al campo, ¿qué iba a hacer, y jugué. No recuerdo, sin embargo, ir al campo del Sporting y a lo mejor sí que estuve en la citación (jugó los 22 minutos finales en una derrota por 3-0). Fíjate lo que puedes llegar a desconectarte cuando uno no tiene ninguna motivación. Me fui a jugar aquel partido en Aeronáuticos porque a mí lo queme gustaba era jugar al fútbol.

Era una momento histórico para el Rayo.

Sí, pero no recuerdo haber estado en Gijón. En cambio, sí que me vienen imágenes de jugar contra Ferrero, que era internacional con Argentina, un crack, en el campo del Sporting y amargarle, porque estaba encima de él. Cuando jugaba me tocaba muchas veces tener cara a cara con los atacantes rivales. De las cosas que he visto últimamente en los recortes que tengo por casa me han llamado la atención unas palabras de López Ufarte en las que responde a una cuestión sobre si él había estado mal porque yo le había marcado muy bien: «Anero es un gran futbolista, pero no estoy descontento con el partido que he hecho».

Antes, te enfrentabas a un jugador y era un «o tú o yo», había mucho mano a mano. Y si Ferrero o López Ufarte no tocaban el balón, tú habías hecho tu trabajo. Se llevaba muy a gala el hecho de haber anulado a un jugador, que no hiciera nada: esa era tu misión. Ahora ya no se estila eso: la responsabilidad está muy dispersa.

Eso favorece muchísimo el que se juegue con marcaje zonal y todo eso. Nosotros, en el Rayo, que no lo hacía casi nadie, reducíamos los espacios como hace ahora el Barça, forzando el fuera de juego del equipo contrario. Presionabas arriba, forzabas, cogías el balón y rompías en velocidad adelante. Recuerdo que el único gol que prácticamente marqué en mi vida, uno en un amistoso en el campo del Atlético de Madrid, lo hice así: un robo de balón, salir sólo por la banda derecha, cruzar el centro del campo y tirársela al portero por arriba.

Antonio Anero

Imagino que te marcharías muy dolido.

Estuve un tiempo viviendo de espaldas al Rayo porque consideré que me habían hecho una putada muy gorda y no quería saber nada. ¿Cuál fue? Que después de estar ahí desde los doce años vino el vicepresidente para asuntos deportivos, Morales, y me dijo: «No te vamos a renovar». Ni siquiera hubo una oferta. En esa época yo creía que había que ir por el mundo con dignidad, que lo más importante era ser tú mismo, no traicionar a tus valores, comportarte de una forma recta y ¿qué pasó? Nada, adiós. Ni una palabra más.

Pasó el tiempo y me llamó el gerente del club, Óscar Desio: «Anero, que no te podemos pagar». «Ya lo sé, he visto que no me habéis pagado, así que he presentado una demanda a la AFE». Me empezaron a dar largas de por qué no me habían podido pagar y me pidieron que quitara la demanda. Fue ahí donde yo saqué al Quijote que uno lleva dentro y pensé: «Vale, os habéis comportado fatal y no habéis tenido ninguna consideración conmigo, pero voy a quitar la denuncia.

Y no por ti, Óscar, sino por la gente del Rayo, que me ha dado mucho. Es una forma de devolverles todo, porque la afición no tiene culpa de que seáis unos ineptos». El Rayo no iba a descender por mí, retiré la demanda, llegué a un acuerdo de pagos demorados y también les dije: «Y el homenaje que tengo firmado con un millón de pesetas como mínimo, os lo metéis por el culo».

Renuncié a mi partido homenaje por una pasta, quité la demanda y no quise saber nada del Rayo porque lo consideré una injusticia tremenda y algo personal. Podría haber estado en el Rayo un montón de años más y hubiera querido estar en el Rayo un montón de años más, aunque hubiese ganado la mitad, pero ni siquiera me hicieron una mínima propuesta económica y me consideré injustamente tratado esas dos últimas temporadas.

Después de todo eso viví un montón de años de espaldas al Rayo, pero llegó un momento dado en el que pensé: «esto no tiene sentido». Comenzaron ciertas cosas, la Peña 2004 nos dio un premio, te acercas al público y te das cuenta de que como exjugador también puedes hacer cosas por el Rayo y, sobre todo, por los aficionados, que son lo más importante.

Te vas al Talavera.

Al acabar la temporada me puse a mandar cartas a todos los secretarios técnicos de segunda división informándoles de que estaba en libertad, pero no me contestó nadie. Después de eso, contacté con Miguella, que era el único intermediario que había, y él me preguntó que si quería ir al Xerez, que ese año iba a estar en segunda división. Lo cierto es que no me hacía mucha ilusión ir allí, mi novia estaba estudiando en Madrid y me dio no sé qué fichar, por lo que dije que no, me puse mi chándal y me marché a entrenar al INEF.

Entrenando allí vi que también lo estaba haciendo el Talavera y saludé a Pérez González, que jugaba de extremo. No sé si sería a raíz de eso, pero unos días después me llamaron a casa por teléfono desde el propio Talavera para comentarme que me habían visto en el INEF, si quería jugar con ellos la siguiente temporada y que para ellos sería un orgullo. Me explicaron que entrenaban en Madrid la mitad de los días y que a Talavera podía ir en autobús que pagaban ellos, pues la mitad del equipo estaba aquí.

Ellos tenían la intención de hacer un equipo para segunda B, las condiciones económicas también me gustaron y sabía que según tenía la clavícula y con veintinueve años iba a ser muy difícil que alguien de más arriba  me quisiera. Total, que fiché por Talavera, y allí iba sobrado: jugaba de central, de lateral… había buenos jugadores y un gran ambiente. Además, físicamente estaba muy bien y, de hecho, allí nos hacían un test que era el que también se realizaba para el acceso al INEF y era segundo por detrás de Quini, un pequeñajo que corría como un diablo.

Me lo pasé realmente bien, el equipo no iba mal y jugábamos en un grupo del sur, por lo que íbamos a Ceuta, Huelva, Jerez de la Frontera, Granada… Salíamos en el autobús desde Madrid, pasábamos por Talavera para recoger a los cinco o seis que estaban allí, hacíamos toda la ruta del sur hasta Sevilla y ahí ya tirábamos a donde fuéramos a jugar. A la vuelta, llegábamos a Talavera a las dos de la mañana y a Madrid a las tres. De toda aquella plantilla, los únicos que no teníamos que trabajar al día siguiente éramos Carlitos Aguiar y yo.

El entrenador del equipo era preparador físico y de fútbol sabía poquito, pero no se metía con nosotros. Llegábamos de viaje, a hoteles de tres estrellas como mucho, él se iba a la cama a las once y nos pedía: «No os acostéis muy tarde, que mañana tenemos partido». Antes a los viajes sólo iban quince, por lo que uno tenía que estar en una habitación solo y yo les pedí al míster y al delegado que si podía ser yo, me molesta mucho la luz, tardo en dormir, me gusta leer y no me pusieron ningún problema.

Cuando acabábamos de cenar, les comentaba a los compañeros que si querían jugábamos a las cartas en la habitación y allí echábamos una partida, quien quisiera se echaba un cigarrito… como cualquier equipo de segunda B.

¿Tanto te afectó el tema de la clavícula?

El hombro no está lo suficientemente ancho, la musculatura no es la misma que en el otro lado. ¿Sabes por qué la tengo rota? Por gilipollas. Por estudiar. Si no hubiera estudiado, ahora no estaría así. Cuando el médico me operó, me puso un cabestrillo y me advirtió que debía mantenerlo durante veinte días, pero a la mitad de esa recuperación tuve un examen en la escuela y además de escribir -que no era lo peor- tenía que conducir desde Las Rozas, que es donde vivía.

Allí fui conduciendo, cambiando de marchas… así que cuando a los veinte días el médico me quitó todo, esa misma noche estando acostado se me volvió a ir el hombro porque no estaba soldado. Y en vez de operarme otra vez, seguí. ¡Y todo por presentarme a un examen!

¿Y por qué te retiras? Rozabas los treinta…

Un poco antes de acabar mi segunda temporada en Talavera me llamaron unos compañeros de la Universidad para comentarme que iban a salir seis plazas de ingeniero técnico en Barajas, así que hice concurso de oposición y entré. Era en Madrid y en un puesto fijo para toda la vida de ingeniero técnico aeronáutico para comenzar en julio, así que nada más acabar la temporada en junio, me incorporé aunque cobraba menos que en el Talavera.

Antonio Anero

Aunque te retiraste, todavía seguiste unido al fútbol por medio de la AFE.

Ese año 1984, cuando dejé de jugar al fútbol en el Talavera y acababa de cumplir treinta y uno, ya me había sacado el carnet de entrenador de regional, y mira por dónde me llama Paco Tocón -que había sido portero del Getafe e hizo el curso conmigo- para decirme que la AFE iba a crear una escuela de fútbol para chavales por medio de Juan Gómez, Juanito. La iban a hacer con cuatro entrenadores y los requisitos eran haber sido futbolista profesional y tener el título de entrenador. A mí me gustó mucho la idea, además ya conocía a Juan después de haber jugado juntos en juveniles.

Íbamos a comenzar con cuatro equipos, todo lo iba a financiar la AFE y el director iba a ser Juanito, que por aquellas todavía jugaba en el Real Madrid. Él quiso quedar con nosotros para hablar de la escuela y los planes que tenía y en vez de llevarnos a un restaurante quiso invitarnos a su casa, una cosa impensable en estos días. Quedamos en su apartamento de Mateo Inurria y ese fue el germen de lo que fue mi vida durante treinta años en la escuela con los chavales compatibilizando mi trabajo en el aeropuerto de Barajas. Y ha sido una experiencia maravillosa, que me ha proporcionado un enriquecimiento personal fabuloso. Durante este tiempo han sido tres días a la semana -lunes, miércoles y viernes- y los partidos de los sábados, pero todo ese tiempo y trabajo ha estado muy bien invertido. La docencia en el fútbol es algo que me ha llenado mucho personalmente y emocionalmente ha sido una cosa muy poderosa.

Durante estos años hicimos cosas muy innovadoras como estudiar las capacidades de un chaval a través de sus factores psicofísicos o su potencial psíquico para ser deportista de élite. En el día a día también había cosas muy innovadoras como que los entrenadores fuéramos cambiando de equipos o que jugaran todos, no había titulares y suplentes. Eran temas muy vanguardistas dentro de la educación en el deporte, también todos tenían que aprobar y si no lo hacían el psicólogo hablaba con los padres, les ponían un plan de trabajo y, aunque no dejaban de entrenar, sí se quedaban sin el premio de jugar.

¿Cómo era Juanito?

Nos conocimos en la selección castellana de fútbol de juveniles, cuando él jugaba en el Atlético de Madrid y era súper dicharachero. Cantando en el autobús y luego se ponía allí a jugar con nosotros a las cartas, que también le gustaba mucho. Estamos hablando de cuando tenía diecisiete años, pero a lo mejor le condicionaban bastante las compañías; el chaval había venido del pueblo y se sentía importante. También era un líder: se ponía a dar palmas, a cantar… para mí ya estaba en otro escalón.

Si la escuela se creó en 1985, él ya estaba ahí cuando en 1987 dio el pisotón a Lothar Matthäus. ¿Cómo lo afrontó?

Él hizo ese acto calamitoso, pero fue capaz de llegar al día siguiente a la escuela, reunir a todos los chavales, decirles que fueran al centro del campo y delante de todos los que estábamos allí pidió perdón. Luego, reconoció que lo que había hecho era indigno, algo que no se podía hacer y que si no le perdonaban él se iba ese mismo día porque si no, no podía seguir en la escuela como entrenador. Tuvo los huevos de salir ahí y hacer eso. Juan era muy de prontos.

Tengo la suerte de ser amigo de sus dos hijos, sigo teniendo relación con ellos porque, entre otras cosas, yo vivía cerca del Ramón y Cajal, donde lo hacían sus dos hijos con su exmujer, por lo que a veces cuando acaban el entrenamiento ella me pedía que si podía llevar tanto a Rober como a Juan David. He mantenido la amistad con ellos y, de hecho, cuando hace unos años hicieron un documental sobre Juanito ellos me invitaron y participé en él para hablar de Juan.

¿Sigues viendo mucho fútbol?

Al Rayo no me lo pierdo nunca, aunque el presidente no hace ningún favor. Hace tres o cuatro años sacó algo por el que si los veteranos sacábamos un abono nos daba otro gratis, todos lo hicimos e íbamos a ver el equipo, pero luego lo suprimió y dijo que no, que si queríamos ir hiciéramos como el resto. He visto varios presidentes y me parece increíble que el actual sea incapaz de tener un detalle para los que hemos estado ahí, por lo que no voy prácticamente nunca, aunque veo todos los partidos por la televisión.

También veo al Madrid, al Atleti, el Barça, la Champions… y, como curiosidad, no veo fútbol femenino porque mi hijo trabaja en el Real Madrid como analista, me pongo muy nervioso y no soporto verlo. También me gusta ir a ver a algunos exalumnos que a lo mejor ahora están en tercera división. Sí, consumo mucho fútbol porque me gusta, aunque me aburre un poco el juego de ahora, soy muy exigente y de los que les gusta que los equipos vayan arriba.

Antonio Anero

Un poco como el Rayo de ahora.

Sí, muy del Rayo de ahora.

Y también muy presente en todos los actos de peñas, presentaciones de libros…

Hay que hacerlo. En primer lugar, porque hay que mantener la memoria viva. Además, hay que ser solidario y estar con la gente, porque todos somos el Rayo: igual que lo es cualquier aficionado, lo soy yo.

2 comentarios

  1. Deliciosa entrevista a un personaje muy interesante. Gran jugador, no hubiera desentonado en un Atleti, Madrid o Valencia de la época y un poco infravalorado precisamente por estar en el Rayo. Recuerdo haber ido a Vallecas con 10 años el día del 6-1 al Cádiz en la temporada del debut en primera. Mítica defensa la de Alcázar-Anero-Uceda-Tanco-Rocamora. Grandísimos recuerdos.

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