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Pasarse con las proteínas en deporte y culturismo: un riesgo para los riñones

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Pasarse con las proteínas en deporte y culturismo: un riesgo para los riñones

En los últimos años, las proteínas han dejado de ser un nutriente más para convertirse en objeto de deseo. Batidos, barritas, yogures «protein», panes enriquecidos, cafés con suero añadido o dietas que prometen músculo, saciedad y salud conviven hoy con total normalidad en supermercados, gimnasios y redes sociales.

Lo que durante décadas fue un complemento reservado a atletas de élite y culturistas ha saltado a la población general, impulsado por una publicidad que asocia la proteína con el bienestar, el ansiado control del peso y una supuesta protección frente al envejecimiento. Comer «más proteína» se presenta casi como un seguro de vida.

En el ámbito deportivo, esta fiebre alcanza ya el delirio. En el deporte de fuerza, el fitness y el culturismo, las dietas hiperproteicas —a menudo muy por encima de las recomendaciones oficiales— se han normalizado como parte del entrenamiento, ya sea a través de la alimentación o mediante suplementos. El mensaje es sencillo: más proteína equivale a más músculo, mejor rendimiento y una recuperación más rápida. Sin embargo, esa simplificación se traduce en pautas poco recomendables: ingestas elevadas mantenidas durante años, combinadas con deshidratación, calor, suplementos y una escasa supervisión médica.

Mientras el negocio multimillonario que rodea a este fenómeno insiste casi exclusivamente en los beneficios musculares, las posibles consecuencias a largo plazo quedan en un segundo plano, cuando no se ignoran por completo. Especialmente en un órgano silencioso como el riñón, capaz de adaptarse durante mucho tiempo a hábitos adversos antes de mostrar señales claras de desgaste. La pregunta, cada vez más presente en la literatura científica, es si esta carrera por la proteína, convertida en moda, hábito e incluso dogma, puede acabar teniendo un coste que todavía no estamos midiendo con suficiente atención.

Un estudio reciente, dirigido por Alberto de Lorenzo, Andrew S. Bomback y Niko Mihic y publicado en la revista científica Sports Medicine, ha analizado de forma exhaustiva la evidencia disponible sobre el impacto de las dietas hiperproteicas en la función renal, con especial atención a atletas y culturistas. Sus conclusiones invitan a la cautela. No alertan de un daño inmediato y evidente, sino de un riesgo acumulativo que puede pasar desapercibido durante años hasta que el deterioro ya es difícil de revertir.

Según los autores, una ingesta elevada y sostenida de proteínas obliga al riñón a trabajar en un estado de hiperfiltración glomerular, una adaptación fisiológica que inicialmente puede interpretarse como una mejora de la función renal. El problema es que, mantenida en el tiempo, esta situación puede traducirse en agotamiento de la reserva funcional, inflamación, daño estructural y un declive progresivo de la capacidad de filtración. La dificultad para detectar este proceso radica en que la mayoría de estudios en población deportista son cortos, con pocos participantes y diseñados para medir músculo y rendimiento, no seguridad renal.

Riesgos en el culturismo

El trabajo advierte además de que este posible riesgo puede verse amplificado por factores habituales en el deporte y el culturismo, como la deshidratación, el calor, el consumo de antiinflamatorios, suplementos y otras sustancias. El riñón, subrayan los autores, no distingue entre proteína procedente de alimentos o de batidos, sino entre una ingesta razonable y una sobrecarga mantenida. A día de hoy, no existen pruebas sólidas que garanticen la seguridad renal de las dietas hiperproteicas prolongadas, incluso en personas jóvenes y aparentemente sanas.

Theresa Ivancik (Foto: Cordon Press) Pasarse con las proteínas en deporte y culturismo: un riesgo para los riñones
Theresa Ivancik (Foto: Cordon Press)

En la población general sin enfermedad renal crónica diagnosticada, la evidencia científica ofrece un mensaje más matizado. Los ensayos clínicos aleatorizados realizados hasta ahora —la mayoría con dietas altas en proteínas destinadas a perder peso o mejorar la composición corporal— muestran que, a corto plazo, una mayor ingesta proteica se asocia con un aumento de la tasa de filtrado glomerular (GFR).

Durante años, este hallazgo se ha interpretado como una señal de seguridad, al no observarse un deterioro funcional inmediato. Sin embargo, los propios autores advierten de que se trata de una respuesta adaptativa, no necesariamente de una mejora estructural de la salud renal.

Los metaanálisis que agrupan estos ensayos confirman ese aumento del GFR, pero no demuestran protección ni inocuidad a largo plazo. La principal debilidad es metodológica: la mayoría de los estudios duran semanas o pocos meses, utilizan estimaciones indirectas del filtrado (eGFR), poco fiables en personas con función renal normal o elevada masa muscular, y carecen de potencia estadística suficiente para detectar daños progresivos.

Cuando se analizan estudios longitudinales con seguimientos de varios años, el panorama cambia. Aparecen señales de declive acelerado de la función renal en determinados subgrupos, especialmente en personas con hiperfiltración inicial, factores de riesgo metabólico o ingestas proteicas elevadas mantenidas en el tiempo. No es motivo para el alarmismo, pero sí una advertencia clara de que el deterioro puede ser silencioso y relevante.

Impacto en los deportes de fuerza y musculación

En el mundo del deporte de fuerza y el culturismo, las dietas hiperproteicas no son una excepción, sino la norma. Muchos atletas consumen entre dos y hasta cuatro veces más proteína de la recomendada para la población general, con ingestas que superan con facilidad los 2–3 gramos por kilo de peso y día.

Esta práctica se ha normalizado con el objetivo de ganar masa muscular, mejorar la recuperación y mantener un físico definido, y suele combinar alimentos ricos en proteína con suplementos que facilitan alcanzar cifras muy elevadas de forma continuada.

La mayor parte de los estudios científicos realizados en este grupo no se diseñaron para evaluar la seguridad renal, sino para medir cambios en músculo, grasa corporal o rendimiento. En muchos casos, los investigadores comparan dos dietas ya de por sí altas en proteína, en lugar de contrastarlas con una ingesta normal. Además, los seguimientos suelen ser breves, de semanas o pocos meses, insuficientes para detectar daños que se desarrollan lentamente.

Aun así, algunos estudios y casos individuales han descrito aumentos llamativos de la tasa de filtrado glomerular y, en situaciones menos frecuentes, un empeoramiento de la función renal tras años de dietas hiperproteicas.

El problema es que estas evaluaciones se basan casi siempre en el eGFR, una estimación poco fiable en personas con mucha masa muscular, ya que la creatinina —el marcador utilizado— aumenta con el músculo y con dietas ricas en carne o suplementos. Esto puede ocultar un daño real o generar una falsa sensación de seguridad.

El posible impacto de las dietas hiperproteicas no puede analizarse aislado del contexto real del deporte. Muchos atletas entrenan durante horas, en ambientes calurosos o con una hidratación insuficiente. La deshidratación repetida reduce el flujo sanguíneo renal y obliga a este órgano a trabajar en condiciones de estrés continuado.

Pasarse con las proteínas en deporte y culturismo: un riesgo para los riñones

A ello se suma el uso habitual de antiinflamatorios no esteroideos para aliviar dolores musculares, el consumo de suplementos de todo tipo y, en algunos casos, de esteroides anabólicos. Además, el ejercicio intenso puede provocar episodios de rhabdomiólisis subclínica, una destrucción leve de fibras musculares que, aunque no siempre da síntomas, supone una carga adicional para el riñón.

El problema aparece cuando todos estos factores coinciden: una dieta hiperproteica mantenida en el tiempo, deshidratación frecuente, calor, consumo de fármacos y entrenamientos muy exigentes. Cada uno de ellos puede ser tolerado de forma puntual, pero juntos crean un escenario en el que el riñón trabaja de manera constante al límite de su capacidad.

No se trata de demonizar la proteína ni de cuestionar su papel esencial en la nutrición y el rendimiento deportivo, sino de empezar a poner en duda el «cuanto más, mejor» que promueven la publicidad y los lineales de los supermercados. Mientras el consumo de proteínas se ha disparado en la población general y, sobre todo, en el deporte de fuerza, la evidencia científica sobre su seguridad renal a largo plazo sigue siendo insuficiente.

En ausencia de datos sólidos que avalen la inocuidad de ingestas muy elevadas mantenidas durante años, la prudencia debería imponerse a la moda. Individualizar la dieta, evitar excesos innecesarios y vigilar la función renal no es alarmismo, sino una forma básica de prevención en un terreno donde el daño, si aparece, suele hacerlo tarde y casi siempre cuando ya es difícil volver atrás.

Un comentario

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