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Martí Perarnau: «Guardiola no es un talibán, es un entrenador muy resultadista que quiere ganar»

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Martí Perarnau

Martí Perarnau (Barcelona, 1955) pisó la pista de atletismo con apenas tres meses y forjó una vida donde el deporte y el periodismo se entrelazaron para convertirlo en testigo y narrador de momentos clave de la historia deportiva. Atleta olímpico en Moscú 1980, periodista pionero en programas como Estadio 2, escritor de referencia con obras sobre Pep Guardiola, marido de la también atleta Loles Vives y padre de una futbolista profesional y un músico, Perarnau ha vivido el deporte desde todas sus aristas, desde las zancadas en el salto de altura hasta las tácticas que revolucionaron el fútbol moderno.

En una charla cargada de anécdotas vibrantes como su osada pregunta al general Videla en el Mundial de 1978 o su infiltración en la villa olímpica de Múnich 1972, Martí repasa toda una carrera marcada por la pasión y la lucha contra las adversidades. Desde los encontronazos con la Federación Española de Atletismo hasta su privilegiada mirada sobre Cruyff y Guardiola, Perarnau desglosa con humor y profundidad una trayectoria que no sólo refleja su amor por el deporte, sino también su capacidad para contarlo como pocos.

Atleta olímpico, periodista, escritor, padre de una jugadora de fútbol y de un cantante… ¿Con qué Martí Perarnau te quedas? 

No me quedo con ninguno, pues podemos decir que soy todos ellos, su suma. Todos son patas de la misma mesa, parte de mi propia evolución. Si me preguntas «¿te arrepientes de haber sido periodista y es mejor ser escritor?», te respondería que no, porque no podría haber sido escritor sin haber sido antes periodista. Pero tampoco podría haber sido periodista sin haber sido antes atleta, pues mis inicios en el mundo del periodismo fueron como colaborador de atletismo. Con lo cual, toda esta evolución hace que a día de hoy no pueda decir: «Esto era mejor». Todo es fruto de lo anterior.

Eras un bebé y ya estabas en una pista de atletismo. 

Tengo fotos con tres meses. Mi padre era campeón universitario de cuatrocientos metros vallas y un loco del atletismo. En esa época vivíamos al lado de una pista de atletismo que ya no existe, la del Hispano Francés, junto al campo de fútbol del Europa. Mis padres trabajaban allí y cada mediodía él aprovechaba para ir a entrenar y me llevaba. Uno siempre se fija en los padres y al final siempre tiende a hacer eso…

¿Entonces, desde pequeño ya querías dedicarte al deporte? 

Fue saliendo. Como te comentaba, mi padre me llevaba, entrenábamos, me enseñaba a saltar altura, saltar longitud, a correr… y me fue picando el gusanillo. También pasó con mis dos hermanos, que también han sido atletas. Es algo que surge en casa. Yo hice todas las pruebas del atletismo. Todas significa todas, incluyendo la marcha. Desde que comencé a competir a los diez años, hice todas las pruebas del programa olímpico tanto en entrenamiento como en competición, pero poco a poco me fui dedicando a lo que mejor se me daba. De hecho, empecé como saltador de pértiga y fue así como competí en un campeonato de España en Palencia.

Al cabo de un tiempo me pilló una apuesta que hice conmigo mismo y Dick Fosbury, aunque él no lo sabía. Él era mi gran ídolo, saltó 2,24 en los Juegos Olímpicos de México en 1968 y  me dije: «El año que viene he de saltar 1,25 para que no me saque un metro». Y recuerdo que al final del año conseguí hacerlo: «¡Guau! El campeón olímpico me saca noventa y nueve centímetros». Empezó a gustarme la altura, hubo un verano en que, de pronto, crecí, comencé a saltar mucho, batí el récord de España infantil y ya me quedé en la altura.

Con tanto atleta en casa, ¿cuidabais mucho el tema de la alimentación? 

No te creas. No había el conocimiento actual y mi madre era de macarrones con tomate y entrecot con patatas fritas. Yo llegaba de entrenar con mucha hambre y así era el menú prácticamente cada día. No había ese concepto actual que hoy sí existe en casa con mi mujer que es nutricionista, mi nuera también, y sí que tenemos una muy buena alimentación desde el punto de vista nutricional y deportivo.

¿Cómo conoces a Loles? 

Fue en los entrenamientos, al final todo fue evolucionando, nos enamoramos y hasta hoy, que hemos hecho cuarenta y cinco años juntos.

¿Cómo compaginabas los entrenamientos y las competiciones con los estudios? 

Sin demasiada dificultad. A los quince años conseguí, a través del atletismo, una beca de estudios gratuita en La Salle Bonanova, el colegio más selecto de Barcelona, el de las clases altas, al que también ha ido Piqué. Ellos tenían un equipo de atletismo para los campeonatos escolares y me ficharon a cambio de una beca. Fue ahí donde hice todo el bachillerato hasta que di el salto a la Universidad y de esa forma conseguí unos estudios gratuitos que de otra forma hubieran sido completamente imposibles, dado que mi familia era de clase muy humilde.

Martí Perarnau

En la Universidad no comienzas estudiando Periodismo. 

Estudié Ciencias Físicas. Mi padre tenía un taller de trefilería de acero donde fabricaba las varillas de refrigeración que hay detrás de las neveras. En la fábrica se coge el acero en bruto, se trefila y acaba convirtiéndose en varillas de refrigeración. Al igual que mis hermanos, desde los seis años, cada verano acompañaba a mi padre y a mi abuelo en la fábrica, nos formamos en forjar el hierro y mis manos tienen todavía heridas profundas de aquella época, pues era un trabajo muy duro. Pensando en la fábrica, como no sabía muy bien qué hacer después del bachillerato, valoré que la mejor opción era matricularme a Ciencias Físicas, pero hice un curso, descubrí que realmente no tenía ninguna aplicación a lo que hacíamos y al año siguiente hice Ingeniería Industrial.

Sin embargo, se convirtió en algo totalmente incompatible, pues coincidió con que estaba en el momento más duro de álgebra y cálculo cuando me convertí en campeón de España absoluto con dieciocho años. Vi que no me daba la vida para todo y ahí tuve la suerte de que un tío mío me sugirió hacerme periodista: «Tú que te dedicas a esto, ¿por qué no te olvidas de todas estas cosas y te dedicas a algo donde puedas explicar lo que ocurre en el deporte como deportista?».

Por casualidades de la vida, como es todo en la vida, en un puente aéreo entre Madrid y Barcelona me encontré con Manuel Martín Ferrand, que acababa de fichar como director del Diario de Barcelona, así que con mis dieciocho años me planté ante él y le dije: «Mire, soy Martí Perarnau, campeón de España de salto de altura y me gustaría dedicarme al periodismo». Él, muy amable, me respondió que pasara a verle por su oficina, me recibió una semana después junto al jefe de Deportes, Álex Botines, y me ofrecieron ser colaborador de atletismo. ¡Maravilloso! A partir de ahí empecé a compaginar atletismo y, llamémoslo un periodismo de atletismo muy en el principio: iba a la redacción por las tardes después de los entrenamientos y así empecé a aprender el oficio.

De hecho, nunca subí a la facultad a estudiar Periodismo, sino que aprendí el oficio en el Diario de Barcelona, pues ellos me lo aconsejaron así. Era 1974 y había gente muy buena en aquel periódico como Manuel Martín Ferrand, Antonio Franco, que también fue director de El Periódico, Josep Pernau, que fue el decano del Colegio de Periodistas de Barcelona, Alfons Soteras, José Antonio Sorolla… periodistas de mucho nivel que me desaconsejaron que fuera a la facultad: «Aprende el oficio». Les hice caso e hice una inmersión profunda durante años en el oficio e incluso me quedaba en talleres hasta la madrugada para aprender las linotipias y cómo funcionaba todo.

¿Te acuerdas de la primera pieza que escribiste? 

Creo que fue un cross de las naciones o similar, algo que nunca me ha interesado lo más mínimo, pero me tocó escribir eso.

¿Y tienes recortes de esos años, recuerdos? 

Tengo muchos. El año pasado hicimos mudanza y tengo cajas y cajas. No tengo todo, ni muchísimo menos porque sería infinito, pero tengo una gran cantidad.

Un par de años después de empezar en el periodismo, dejas el atletismo. 

Comencé en el Diario de Barcelona en 1974 y el atletismo lo dejo en 1976. Estaba de presidente de la Federación Española Rafael Cavero, el hermano del que fue Ministro de Educación. Era, como todos los que estaban en ese momento en cualquier puesto, un hijo del franquismo, un tío duro y agresivo con el que tuve encontronazos como atleta. Luego, critiqué mucho en el periódico el primer proyecto que hubo para comenzar a ayudar a los atletas con algunas becas, porque estaba muy mal hecho, y desde entonces dejaron de seleccionarme y, por supuesto, no recibí ninguna ayuda.

Cuando me apunté voluntario a la mili, en un contexto en el que todo atleta de élite que lo hacía recibía tres meses de campamento y luego era liberado, me chupé dieciocho meses en un cuartel bastante duro porque era donde tenían concentrados a los militares rebeldes de la UMD. La puntilla fue que gané el Campeonato de España Militar con la mejor marca de la historia, que además era la mínima para el Campeonato de Europa, y decidieron no seleccionarme. La suma de todo esto me llevó a decir: «Ahí os quedáis y os vais a la mierda». Abandoné el atletismo con veinte años porque me hicieron la vida imposible.

¿No hubo una llamada de la Federación? ¿Nadie intentó que te lo replantearas? 

Nadie.

Te focalizas en el periodismo. 

Cambié el Diario de Barcelona por Mundo Diario, donde me convertí en el jefe de Deportes más joven de todos los que había, porque tenía veintiún o veintidós años. Me creía muy formado, pero evidentemente lo único en que me había formado es lo que había aprendido de los verdaderos que sabían: Álex Botines, Alfonso Soteras, etcétera. Fue así como cubrí el Mundial de Argentina del año 1978.

Martí Perarnau

¿Fue tu primera vinculación con el fútbol a nivel profesional? 

En prensa sí, pero yo era muy futbolero ya desde pequeño. En el Diario de Barcelona digamos que aprendo, pues estaba ya Cruyff en el Barcelona. Además, yo era muy amigo, por ejemplo, de László Kubala, que era el seleccionador.

¿Y cómo surge esa amistad con Kubala? 

Todo comenzó en 1965, yo tenía diez años, él era todavía futbolista y hubo una concentración en un pueblo de Cataluña donde precisamente estaba mi familia. En un momento determinado, tuve que ir al baño, mi madre me acompañó dentro del hotelito y no sé cómo mi hermano se abrió la cabeza, por lo que ella se tuvo que ir a urgencias en un taxi, yo me quedé allí y hubo un señor que me preguntó qué había pasado y estuve explicándoselo. Ese señor se llamaba Kubala y algunos años después, cuando fue seleccionador, nos encontramos, le conté la anécdota y él todavía la recordaba. A partir de ahí, lo que ocurre es que él quería ir a correr por las mañanas, le comenté que era atleta, empezamos a ir juntos y así surgió la relación.

¿Cómo recuerdas ese Mundial de 1978? La gente sigue con el fallo de Cardeñosa en la memoria… 

El recuerdo principal es el frío de Mar del Plata y el gol de Cardeñosa. Es algo tremendo lo que yo vi.

¿Estuviste en la final de los papelitos? 

Estuve en aquella final tifando por Holanda, con el palo de Rensenbrink y la locura aquella. Pero creo que mi mayor disparate fue al día siguiente. Videla hizo una recepción para los periodistas internacionales en el centro de prensa e iba en olor de multitudes saludando a todo el mundo. De pronto se acercó a nosotros y yo, con mis veintitrés años y necio completamente, porque hay que ser imbécil para hacer lo que hice, le dije: «General, ¿qué opina usted del boicot que ha habido en muchas partes del mundo contra su régimen?».

Intenté utilizar unas palabras muy suaves… pero se lo dije. Recuerdo perfectamente que me miró con unos ojos de esos que se dice de hielo, que te traspasaban, y no me contestó. En el colmo de la necedad y la estupidez humana, le volví a repetir: «General, sabe usted que ha habido un boicot en muchas partes de Europa por protesta por su régimen y querría saber su opinión». Ahí ya apareció el brazo de un gorila que me apartó: «Joven, usted ya ha preguntado demasiado». Y se fue.

No reaccioné hasta que un compañero, Enric Bañeres, de otro periódico, me soltó: «Vámonos de aquí corriendo, porque tú eres un imbécil que no sabe lo que acaba de hacer». Le seguí, nos marchamos, y cuando estábamos en la calle fue cuando me entró el pánico y pensé: «Hostia, Martí, en la que nos hemos metido aquí. ¿Qué cojones he hecho?».

Corrimos hasta la casa, cogimos la maleta que ya teníamos hecha, nos fuimos a Ezeiza, cogimos el avión y ahí fue cuando empecé a respirar y a darme cuenta de la estupidez que había hecho. Luego, cuando llegué a Barcelona, recuerdo que escribí el diálogo con él y todo esto que te he contado, que lo tengo guardado. Esa es la mayor estupidez que he hecho nunca, pues me podía haber costado muy caro. No fue premeditado, no es algo que digas: «Había que hacer esto, soy un activista». Yo había ido a un Mundial de fútbol…

¿Fue una pregunta por puro interés periodístico o también la de un chico de veintitrés años que podríamos considerar una crítica a lo que sucedía en Argentina? 

En los meses anteriores había habido movimientos en Europa, sobre todo en Holanda, contra la dictadura de Videla, aunque el boicot no había sido tan fuerte como le dije. No hubo un boicot al Mundial y, de hecho, fue todo el mundo. Se argumentó que Cruyff no fue como boicot, pero en realidad él luego explicó que le habían asaltado en casa, le habían robado, medio secuestrado y decidió que se acabó ir con la selección.

Como esa campaña sí había existido, pues fue lo único que se me ocurrió. Al ver a Videla pensé que había que preguntarle por eso. Fue más bien periodístico, no una acción reivindicativa de nada, porque yo no representaba a nadie. Tampoco le iba a preguntar por cómo se sentía después del triunfo de Argentina.

Un año después de ese Mundial de fútbol regresas al atletismo.

Me quedé en paro. Regresé porque en 1979 cerró el grupo Mundo, donde pertenecía el periódico, y me quedé en la calle. Estamos hablando del mes de noviembre y cuando estaba pensando qué hacer, mi padre me comentó: «Quedan nueve meses para los Juegos». No me dijo nada más, pero ¡hostia! Tenía veinticuatro años, me encontraba perfecto y, aunque no estaba entrenando, sí que jugaba al fútbol y físicamente estaba bien.

Así, me apunté al FC Barcelona, me hicieron licencia, empecé a competir y, de pronto, me vi saltando 2,10 cuando tenía una marca de 2,15 conseguida con dieciocho años. Fue ahí cuando pregunté cuál era la mínima para los Juegos y me comentaron que 2,15, por lo que pensé «ya los tengo ahí» y me puse a entrenar como un burro.

En febrero ya estaba saltando 2,18, superando mi marca, pensando que iba sobrado, seguí entrenándome y volvieron a surgir problemas con la Federación, donde el presidente era Juan Manuel de Hoz, que antes había sido vicepresidente. El problema fue que la Federación Internacional había puesto una mínima de 2,15, pero la Española dijo que para ir había que saltar 2,18.

Personalmente, había alcanzado ya esa mínima, pero ocurrió algo maravilloso, ya que fuimos cuatro los que aquella primavera saltamos 2,18: Roberto Cabrejas, José Luis Espejo, Paco Martín Morillas y yo. En esa situación, la Federación informó que iba a pedir 2,21, por lo que había pasado la mínima seis centímetros, que en altura es un mundo. Quien no ha practicado eso no lo puede entender, pero es un mundo.

Con 2,21 se había sido medalla en todas las ediciones de los Juegos Olímpicos. Y te pedían eso para ir. Imagínate, porque fue una puñalada total. Después de trece competiciones en el mes de junio, es decir, una cada dos días, Cabrejas y yo lo saltamos, los otros dos compañeros no lo hicieron y no fueron a los Juegos habiendo superado la marca mínima por muchísimo. Eso me recuerda a lo que a veces sucede ahora. En ese momento no hay un enfrentamiento con la Federación, pero sí hay tres meses de drama.

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Es curioso que pudieran ir tres saltadores y al final solo fuerais dos. 

En aquel momento aquí se entendía el atletismo al revés que ahora. Se intentaba dar las menos facilidades posibles e ir con el equipo más reducido. Son cosas de directivos que no se pueden entender de ningún modo.

Cumpliste tu sueño y el de tu padre, que intentó ir a los Juegos de 1948. 

Sí, lo intentó en Londres 48, pero se quedó lejos, por lo que fue como una proyección también. Él proyectaba mucho en nosotros, mi hermano mediano corría, fue campeón de Cataluña de 400 vallas, con lo cual era su especialidad, mi hermano pequeño saltaba altura… pero lo proyectó positivamente, nunca nos sentimos presionados. Fíjate que cuando me retiré jovencito no presionó: le jodió, pero no presionó. De hecho, como te comentaba antes, él fue el que me inspiró para volver, porque en eso siempre fue muy positivo.

¿Cómo era ese Moscú en 1980? 

Ya tenía experiencia en muchos países del este y, de hecho, incluso había vivido un incidente en Polonia. Cuando la Federación nos pidió mejor mínima, hicimos una gira por países europeos, competir cada dos días y, entre esos destinos, estaba Polonia, donde hicimos cuatro o cinco competiciones entre las que estuvo el campeonato de Varsovia. De hecho, fui subcampeón de Varsovia y me ganó Jacek Wszoła, que fue campeón olímpico en 1976, así que no fue una derrota cualquiera. ¡Y luego fui campeón de Italia, pues eran campeonatos abiertos! (risas).

Volviendo al incidente que te decía, en esa gira por Polonia cambié la camiseta y el chándal con un atleta soviético, que no recuerdo ni quién era, y no se me ocurrió otra cosa que ir a cenar en un restaurante de Katowice, en la Polonia profunda, con el chándal de la CCCP. Al verme, vinieron unos cuantos tíos gritándome, insultándome y diciéndome de todo, yo no entendía nada hasta que la intérprete me dijo: «Quítate eso inmediatamente, porque les estás provocando».

Estamos en el momento de Solidarność, de Wałęsa; ese en el que Polonia se estaba rebelando contra los soviéticos, pero yo no me di ni cuenta. Así, ya tenía cierta experiencia en los países del este, como este caso de Polonia, Bulgaria, Yugoslavia… pero no en la URSS. Allí te encuentras un poco el paradigma del mundo comunista tal y como te lo han contado o lo has visto en las películas, con una entrada en el aeropuerto muy farragosa y una villa olímpica muy vigilada y con súper controles por todos lados. Yo llevaba unas plantillas metálicas en las zapatillas y cada vez que pasaba por los controles me tenía que quitar todo.

De cualquier modo, es comprensible a la vista de lo que había ocurrido en Múnich ocho años antes. Y ahora tengo que hacerte un flashback: En 1972, no conseguí la mínima para ir a los Juegos, que creo que era 2,12 y yo llegué a 2,05. Sin embargo, la marca de relojes Citizen me concedió una beca de mejor promesa del atletismo español y dio un dinero en metálico, veinticinco mil pesetas, que era muchísimo, y lo invertí en que mi entrenador y yo nos fuéramos a Múnich para ver los Juegos.

Allí, mira lo que es la picaresca española, nos encontramos con la sorpresa de que alguien nos informó de que con el chándal de la selección podías entrar en la villa olímpica por la cara, por lo que comenzamos a hacerlo y tengo el récord de haber comido y cenado cada día de gorra en el comedor de la villa entrando por la puerta de atrás, pues los alemanes no entendían que pudieras entrar por ahí y sólo vigilaban la puerta de entrada, jamás la de salida. Y más aún: cuando empezó el atletismo nos dimos cuenta de que también podíamos entrar al estadio con el chándal de España, por lo que pudimos revender las entradas que habíamos comprado y recuperar algo de dinero.

Normalmente, íbamos en el autobús de los propios atletas que cogíamos en la villa olímpica y asistí a todos los Juegos Olímpicos desde la línea de meta, rodeado de atletas, una auténtica maravilla. Así sucedió incluso después del atentado, porque aunque la villa estaba llena de tanques, podíamos entrar exactamente igual y seguimos así hasta el final de los Juegos.

Claro, eso no lo sabes hasta que no llegas allí. Habría alguien con mucha cara dura, probó y vio que se podía hacer. De hecho, los que formaban parte de la delegación española, o sea, los participantes, lo que hacían era falsificar las acreditaciones. Encontraron una fotocopiadora a color, copiaban la acreditación y a los que eran más amigos les daban la acreditación formal. Y los que no lo éramos, nos buscábamos la vida colándonos. Eso fue tan escandaloso que a partir de entonces las medidas de seguridad cambiaron.

Ahora, volviendo a Moscú, estábamos en un mundo donde ya había sucedido el atentado de Múnich y otros tantos, por lo que los soviéticos estaban en un plan verdaderamente rígido con los controles. Me encontré un Moscú como esperaba, muy comunista de la época, con pocas facilidades para comunicarte con la gente por el tema de la lengua y que no sabías si estaban felices o no o si estaban reprimidos o no, pero lo intuías y te lo imaginabas. En cuanto a la ciudad, preciosa. La Plaza Roja es espectacular, se comía de maravilla… lo hicieron todo para que saliera bien y la organización fue muy buena.

En cuanto a la villa olímpica, aprecio ese momento de proliferación del dopaje. Estábamos en un momento del boom del dopaje en los países tanto del este como del oeste, pues aunque se focalizó mucho en los del este, también pasó en Alemania, Francia, Italia o Estados Unidos, que no participó en esos Juegos, pero donde el dopaje era masivo en esos momentos.

No tengo ninguna prueba porque tampoco era mi función en ese momento, pero en la villa olímpica se notaba algo, veías a grupitos de gente que se estaban pasando cositas que daban la sensación de que iban a acabar en una jeringuilla. Eso lo observo sin acercarme y sin que pueda ahora confirmar con una prueba, pero parecía un tráfico de anabolizantes.

El campeón de salto de altura en esos Juegos lo hace con 2,36, once centímetros más que cualquier oro olímpico hasta entonces. 

Hay otras disciplinas donde la mejora es muy clara debido a las evoluciones en los materiales, como ha sido la pértiga. Pero hay otras donde lo que ha ocurrido ha sido un boom gracias al dopaje masivo, y el salto de altura es una de ellas. Con 2,21 eras medalla en todos los Juegos Olímpicos y en Moscú te pedían 2,21 para pasar a la final. Con lo cual, adviertes un cambio, pero este no se debe a la técnica, ni a la pista, ni a la colchoneta, ni a los materiales, sino al dopaje.

¿Te da la sensación de que el dopaje estaba, podríamos decir, «normalizado»? 

Normalizado no, sino que no era una cosa como ahora, en la que está mal visto. No había una conciencia de que el dopaje estuviera mal. A mí, en el año 80, en un viaje de la selección, hubo un compañero que me preguntó: «¿Por qué no tomas nada?». Yo he tenido una formación, tanto con mi padre como con otros maestros como el señor Ponsati, que era una institución en el atletismo de Barcelona, en lo que ahora se llaman valores.

Llámale como quieras, pero me he formado como deportista en el más noble de los sentidos propios del deporte. Para mí, el dopaje era como la absoluta bicha. Cuando ese compañero me comentó por qué no lo hacía, que iba a mejorar, mi rendimiento iba a ser superior y que mis marcas iban a ser mejores, le argumenté por qué no lo hacía, y él, que evidentemente lo hacía, me soltó: «Estás en inferioridad de condiciones, todos lo hacen». Y esa era la realidad: estabas en inferioridad de condiciones y se demostraba en los resultados.

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Un punto clave que pudo cambiar todo en este aspecto fue el dopaje de Ben Johnson en los 100 metros de Seúl 88… 

Ten en cuenta que socialmente no estaba mal visto. No es que estuviera bien visto, pero era como neutro. Sí, se habían muerto ciclistas como Tom Simpson en el Mont Ventoux y otros como Jaime Huelamo habían dado positivo en el velódromo en Múnich. Había también casos en el atletismo español y, de hecho, yo era directivo de la Federación Española aquel año en representación de los atletas, elegido por ellos mismos, y hubo dos casos que habían dado positivo el año anterior, la Federación estuvo intentando perdonarlos e incluso se abrió un debate.

Evidentemente, no existía la conciencia actual ni muchísimo menos. Los conceptos que se manejaban eran mucho más livianos: «Bueno, el chico se ha equivocado». Iba todo en esa línea, como si alguien se hubiera equivocado, pero socialmente no estaba mal visto. Fue así hasta que pasaron los años. Y en 1988, Ben Johnson es el que destapa el gran fenómeno del deporte mundial: hace trampas.

Comienza el concepto de la trampa y empieza a tener una catalogación moral muy negativa. Hablamos de un duelo contra Carl Lewis que en aquel momento centraba la atención de todo el mundo desde aquel Mundial de Roma 87. Era la competición en la que, cada vez que se encontraban, caía el récord del mundo. La competición espectáculo por antonomasia en el mundo. Aquella noche de Seúl es terrible y no la he olvidado, pues fue increíble.

Volviendo a Moscú, ¿cómo se vivió ese boicot de Estados Unidos? 

Lo más duro fueron los dos o tres meses anteriores, porque Estados Unidos presionó mucho para que hubiera un boicot en todo Occidente. En la Federación nos nombraron como representantes a la que ahora es mi mujer, Loles Vives, y a mí, y montamos el inicio de una campaña donde se juntaron muchos otros deportistas.

Movimos hilos, llamamos a Estiarte en el waterpolo, también a gente de natación, etcétera, y se consiguieron centenares de firmas de deportistas de alto nivel que se presentaron en el Consejo Superior de Deportes exigiendo ir a los Juegos. Desde el CSD se hizo caso y el gobierno de Suárez, que hizo una de esas jugadas propias de Suárez, inteligentes y hábiles, más hábiles que inteligentes, que fue: «A ver, ¿cómo lo podemos arreglar? Pues España no va a ir a los Juegos, irá el Comité Olímpico Español».

Y se desfiló bajo la bandera olímpica. De ese modo se burló el boicot, con lo cual, ya incluso un par de meses antes de los Juegos, quedó claro que se iba a ir y se apuntaron también otros países europeos con el mismo truco. De esa forma se burló el boicot americano.

¿Y cómo recuerdas tu competición? 

Me fue fatal, porque en el último entrenamiento me lesioné en el abductor. Fue una de esas cosas que pasan tantas veces debido a que estás forzando y me acabó dando un tirón. Los dos días siguientes fueron de estar constantemente en el médico: me pincharon, me hicieron de todo, pero llegué vendado y cojo a la calificación, salté lo que pude, 2,15, pero completamente mermado. Además de esto, los cabrones del waterpolo y de la natación ya habían acabado y se pasaron la noche haciendo el gamberro en la calle (risas). Pero lo cierto es que no me hubiera afectado. Lo que me marcó fue la lesión.

Saltar 2,15 con el abductor de la pierna medio roto sigo pensando que es de las cosas más bestias que he hecho. Y es por la adrenalina de estar en los Juegos. Recuerdo que (Roberto) Cabrejas y yo nos despertamos a las cuatro de la mañana, a las cinco abrimos el restaurante para desayunar y no me entraba nada en el estómago, apenas un yogur con pasas, una cosa tremenda. Fue el nerviosismo. De hecho, te diría que en estas grandes competiciones no gana el mejor ni el que está en mejor estado de forma, sino el que mejor controla las emociones. En general, estamos hablando de gente que está toda en un nivel muy similar y quien maneja mejor las emociones es el que se lo lleva.

¿Sentíais que los éxitos de aquellos años tenían repercusión mediática? 

No, había más cobertura general a tu deporte porque había mucho menos dedicada al fútbol. Es decir, podías ser portada en un periódico deportivo porque habías batido un récord de España o habías ganado algo, cosa que ahora es imposible, pero era porque en aquel momento había mucha especialización en los periódicos. Los diarios tenían su especialista en cada deporte que luchaba por su espacio, pero la repercusión mediática, en mayúsculas, de televisión, no era comparable.

Cuando regresas a España después de esos Juegos, ¿cómo te replanteas el futuro? 

Vuelvo con la espina clavada de los Juegos y quiero ir a los siguientes en Los Ángeles. Tengo la percepción de que es evidentísimo que no voy a poder competir con las grandes figuras mundiales, algo que cinco o seis años antes no sentía, pues podía ir a un campeonato de Europa y me podían ganar, pero era jovencito y estaba muy cerca de ellos.

En ese momento no era así, pues ya cuando este hombre se va a 2,36 y ves la difusión del dopaje, te das cuenta de que no vas a poder competir con ellos. Ahí pensé: «No voy a poder competir con ellos, pero voy a seguir compitiendo por mí mismo para conseguir mis marcas». También me di cuenta de que había saltado 2,21 con nueve meses de preparación, por lo que quizá podía aspirar a cuatro o cinco centímetros más.

Me planteé eso y dediqué el año 1981 muy profundamente, al cien por cien, al atletismo: conseguí buenos resultados, salté 2,19, muchas veces 2,18, quedé octavo en el Mundial Universitario, subcampeón de la Copa de Europa, fui a los campeonatos de Europa… pero me queda un pelín de frustración de no haber mejorado mi marca.

Al terminar el año me di cuenta de que no podía vivir de las dos pesetas que me daban la Federación y el Barça y comencé el camino lento de regreso al periodismo que se culminó cuando en 1982 El Correo Catalán me contrata como jefe de Deportes. Ahí regresé al periodismo y el atletismo se fue diluyendo. De hecho, el Mundial de España de fútbol es el momento en que ya me di cuenta de que eso se estaba acabando, pues estaba trabajando durante el día y cuando a la mañana siguiente intentaba ir a entrenar ya no podía.

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Considero que ese Mundial de España en el que estás con El Correo Catalán fue un evento que cambió la forma de entender el fútbol aquí por todo lo que aportó ese juego de Brasil, por ejemplo. Se pasó de esos centrales con bigote a un principio de algo que podríamos llamar «modernización». 

Creo que es correcto lo que dices, pero hay unas fuerzas que frenan claramente cualquier evolución aquí. Comenzando por la prensa y siguiendo por los entrenadores. Se había construido en los años previos toda una leyenda intelectual de «A mí, el pelotón, Sabino, que los arrollo» y la «Furia Roja», donde prevalece la cultura del central aguerrido con bigote, la entrada fuerte, patada a la espinilla y el balón es casi un estorbo en el fútbol español.

Tu teoría es correcta en el sentido de que llega Brasil y aquí supuso un gran impacto. Es también un impacto porque estamos hablando de una época donde el fútbol internacional no se ve, por lo que, pese a la derrota con Italia, la irrupción de Brasil supuso un bombazo al igual que el rendimiento de Francia, pues pese a perder ante Alemania, era un ejemplo brutal de gran juego. Sí que creo que fue una inspiración para el futuro, pero siempre con el freno de mano puesto de la cultura que prevalece. Quienes dirigían o entrenaban todavía estaban, en otra cultura.

No te clasificas para los Juegos de 1984 y acabas dejando definitivamente el atletismo.

Cada vez se iba haciendo todo más complicado, aun así, durante los años 1983 y 1984 lo fui compaginando como podía: entrenaba por las mañanas, llegaba al consejo de redacción vestido de chándal, por la tarde trabajaba en el diario, pero me di cuenta de que se acababa. Ese año salté 2,15, pero la mínima para ir a Los Ángeles era 2,18, así que no la alcancé, pues no estaba para eso; el atletismo se había convertido en una parte muy secundaria y lo prioritario era el periodismo. Ya estaba viviendo con Loles, ella se queda embarazada y estoy en una perspectiva más focalizada en dedicarme al periodismo. Ahí me contrató Televisión Española en Cataluña, como jefe de Deportes, y ahí lo dejé.

En Televisión Española creas Estadio 2, presentado por Olga Viza. Uno de los programas más icónicos y recordados. 

Nos dimos cuenta de que Televisión Española tenía los derechos de transmisión de todo,  se nos ocurrió hacer un programa que retransmitiera todos los eventos deportivos y  como todos no cabían, pues simultaneábamos. A partir de ahí, hicimos un programa muy ágil donde tenía cabida todo en directo o, en algún caso, con algún falso directo cuando ya no daba tiempo con tantas emisiones a la vez. Hicimos pantallas partidas, etcétera, y se convirtió en un hito.

Años después de estrenarse se ha seguido hablando mucho de ese programa. ¿Cómo surgió la idea en tu cabeza? ¿Lo habías visto en algún otro país? 

No. Venía del periódico y no entendía el desaprovechamiento. ¿Qué tenemos ahora? Una etapa del Giro, un slalom especial desde, por ejemplo, Suiza y un partido de rugby del Cinco Naciones. Pues hay que hacer lo que sea para meter eso, ya que son competiciones muy buenas como para no utilizarlas. Ahora, vamos a tomar una decisión: del Giro vamos a dar pinceladas con varias conexiones y, evidentemente, vamos a poner también los dos últimos kilómetros; en el slalom vamos a elegir cuando desciende Ingemar Stenmark y el resto de los mejores; y el partido de rugby lo vamos a transmitir completo y  cortando para meter el resto de cosas.

Para eso necesitamos la complicidad absoluta de los comentaristas, que, por cierto, están acostumbrados a ser los reyes y señores de su chiringuito y no aceptar nada. Ahí encontramos la complicidad de gente como Matías Prats, que transmitía el esquí y se apuntó claramente a esto. También empezó a haber una especie de entusiasmo colectivo dentro de la casa, una sensación de: «Esto es un aire nuevo y aquí empieza a ser otra cosa».

Como también comenzaron a haber muy buenas críticas, la maquinaria se puso a funcionar rápidamente. Recuerdo que muy pronto, en uno de los primeros programas,  hubo un partido que enfrentaba al Castilla con UD Las Palmas, no teníamos los derechos y a un compañero se le ocurrió: «Vale, no tenemos los derechos, pero ¿podemos meter una cámara? ¿Nos autorizan?». Metimos una cámara, pinchamos en directo cada diez minutos, se veía al periodista explicando lo que estaba ocurriendo y luego ya se pasaba el gol en diferido. Eso provocó un impacto tremendo, pues estamos hablando de 1985.

Estadio 2 es un programa que fue evolucionando y consiguió transmitir un Real Madrid – FC Barcelona que creo que tuvo trece o catorce millones de espectadores, una barbaridad. También hizo cosas maravillosas como un día en que se suspendió el Open Golf de Cataluña por un diluvio, Sergio Gil cogió un helicóptero y trajo al estudio a Seve, Cañizares y Piñero y, como durante esas cuatro horas no había evento, estuvieron todos hablando, Severiano hizo una clase de técnica de golf en el estudio… sucesos absolutamente increíbles. También se empezaron a hacer cosas que no se habían hecho antes, como los entrenamientos de Fórmula 1, entrevistas con los pilotos… La maquinaria se había puesto en movimiento y, como el concepto de programa había sido aceptado con agrado, aquello se convirtió en algo imparable.

Pero a finales de 1987 dices adiós y te marchas a la radio. ¿Sentiste un ciclo acabado? 

No sé. Había entrado Pilar Miró, me ofrecieron una cosa rarísima que rechacé: presentar el Telediario. Yo tenía pelo entonces (risas). Jesús Hermida me llamó una mañana y me ofreció presentarlo, pero a mí no me apetecía lo más mínimo. Vi que aquello empezaba a enredarse y que no iba a terminar bien, por lo que, cuando me ofrecieron ir a Radio Barcelona de la cadena SER, me marché. Allí tuve tiempo de recuperar el fútbol en catalán, que se había perdido. Quien realmente lo había recuperado fue Joaquim Maria Puyal muchísimos años antes, pero se había ido de Radio Barcelona, que se quedó sin transmitir fútbol en catalán y lo recuperamos. Sin embargo, a los seis meses de llegar me llamó José Miguel Abad para incorporarme al Comité Organizador de Barcelona 92, algo que solo iba a ser una vez en la vida y tenía que hacerlo.

Martí Perarnau

Es curioso, estuviste en los Juegos Olímpicos participando como atleta, en otros casi colándote con un chándal de la selección y en otros con el Comité Organizador… 

En 1984 estuve como periodista y después en 1988 como observador y también acreditado por la SER y colaborando, pues le dije a José Miguel Abad que iba a dejar la emisora, pero los Juegos eran ya, ellos me habían acreditado y no podía dejarles tirados. De este modo, participé poco en esos Juegos, pero lo hice todavía en la SER y acreditado por ellos, aunque quien pagó el viaje ya fue el Comité Organizador y estuve como observador.

¿Qué tuvieron esos Juegos Olímpicos de Barcelona? Para mí son el evento que cambia la historia del deporte en España. 

Barcelona 92 es un punto de inflexión en el deporte español. Razones: juegas en casa y hay un gran apoyo económico, por lo que muchísimas disciplinas que estaban más dejadas recibieron gran ayuda. Y al recibir ese sustento económico, el deporte rinde muchísimo mejor.

Además, en algunas disciplinas ha entrado de forma masiva el dopaje en España con retraso respecto de otros países donde el dopaje va un poquitín ya de baja porque les están castigando duramente. En España ha entrado más tarde, pero ha entrado. Igual que en cualquier otro país, ni más ni menos, pero con un retraso. Esos fueron los factores principales: juegas en casa, hay mucho dinero que ayuda a rendir mucho mejor y, en algunas disciplinas, el dopaje está muy vivo. La suma de los tres hace que haya unos rendimientos generales muy buenos y es un punto de inflexión absoluto.

Al contrario de lo que ha pasado en otros lugares, los Juegos de Barcelona acabaron siendo muy buenos también económicamente para la ciudad y no la acabaron arruinando. 

Creo que Barcelona aprovechó muy bien el tirón. El de los Juegos Olímpicos de Barcelona fue un proyecto muy bien hecho desde el punto de vista urbanístico, desde el de la reforma de la ciudad y también desde el punto de vista organizativo. Estuvo muy bien hecho y excepcionalmente ejecutado, de una manera que podemos llamar sorprendente en el sentido de, por ejemplo, la corrupción, que no existió.

Hubo dos grandes factores que lo provocaron: la mayor parte del Comité era gente joven que había nacido en Barcelona y la consideraba su ciudad, estabas en casa y tenías que hacerlo diez veces mejor de lo normal. Segundo, porque había mecanismos de control muy serios donde nadie corrompió nada y, en ese sentido, salió muy bien ejecutado.

Estaba pensando en este tema del dopaje para mejorar los resultados de los españoles…

A partir de 1985 hubo bastantes casos, pero aquí siempre se vieron con cierta laxitud. Una laxitud que todavía continúa en España y, de hecho, el país está señalado por la Agencia Mundial Antidopaje como un país demasiado laxo a la hora de considerar el dopaje. ¿Puede deducirse entonces que  estoy diciendo que las veintidós medallas españolas se beneficiaron del dopaje? en absoluto.

Probablemente, ni uno de los medallistas tenga ninguna relación con el dopaje. Te hablo más de algunas disciplinas, por ejemplo, el atletismo, aunque no sólo, donde los niveles medios subieron muchísimo y se vieron beneficiados por el dopaje. El nivel medio subió mucho y se mantuvo muy alto, apoyado por esa laxitud institucional que hubo y hay.

Tu siguiente paso es en Antena 3 como director de comunicación. 

Es una etapa que recuerdo con mucho agrado. La oportunidad surgió después de los Juegos, Antonio Asensio me ofreció la dirección de comunicación, vinimos a Madrid, nos instalamos y aquí seguimos. Fue una etapa muy bonita porque el proyecto de Asensio era muy apasionante e intenso: hacer una televisión líder, cosa que en ese momento parecía inviable absolutamente, pero que con el paso de los años se consiguió.

En menos de tres años se logró ese liderato y fue apasionante, aunque en cambio también tuvo cosas que chocaban radicalmente conmigo, como fue tener que lidiar con programas que ya se inscriben en la televisión basura, como el de Nieves Herrero. ¿Y quién daba la cara por la cadena? El director de comunicación.

Hay una entrevista que un día me hizo Gemma Nierga, a la que tengo muchísimo cariño y con la que me llevo de maravilla, sobre el programa de Nieves Herrero. Era indefendible, pero yo tuve que hacer un papel horroroso de intentar echar balones fuera.  De este modo, hubo algunas cosas que son televisión basura, está claro, pero también había otras cosas maravillosas, pues fue también la televisión que hizo Farmacia de Guardia, muchísimas cosas formidables y consiguió el liderazgo. Fue una etapa apasionante y, cuando me marché en el 2000, monté una productora de spots publicitarios de televisión con unos compañeros y nos fue muy bien desde el punto de vista del negocio. Pese a que la publicidad era un mundo nuevo, también lo disfruté mucho.

Pero siempre te mantienes en contacto con el periodismo. 

En 2005 empezaron a llamarme antiguos compañeros de Barcelona para que hiciera algunas colaboraciones. Empecé con Jordi Basté, me llamaron de El Periódico y al cabo de unos años también de Sport, de Marca… por lo que empecé a hacer bastantes colaboraciones de una manera continuada y estuve ejerciendo un periodismo no desde dentro de un periódico, sino desde fuera. Al final es mucho dinero sin hacer nada más que explicar lo que ves y lo que crees.

Martí Perarnau

Creas The Tactical Room, una revista digital muy distinta a lo que se estilaba. 

Una de las reflexiones que hice es que tenía mucho volumen de colaboraciones, pero que siempre era decir lo mismo. Estábamos en el Barça de Messi, un Madrid repleto de estrellas y estaba bien, pero me di cuenta de que no hacía más que dar vueltas sobre lo mismo: cada día o cada artículo con un enfoque o una perspectiva distinta, pero en el fondo estaba todo el día en lo mismo. Monté mi magazine, mi revista, y fue una etapa maravillosa, porque ahí hice lo que me apetecía hacer, los contenidos que deseaba. Era muy duro desde el punto de vista del sacrificio personal, porque te exigía mucho, pero era muy gratificante.

The Tactical Room, Panenka, Libero, Jot Down Sport. Los casos de este tipo de periodismo pueden contarse con los dedos de una mano. 

Sí, es una pena. A mí me decían mucho, sobre todo entrenadores, que lo echan de menos. Que echan en falta una publicación que hable de táctica, de metodología, de técnica… y no solo de fútbol, sino de varios deportes. Pero la sociedad en el fondo es la de la prisa y del tiktokismo y tenemos lo que la sociedad quiere.

Tras 70 números y ocho años, decides cerrar la revista. 

Hay un momento, coincidiendo precisamente con lo que hablábamos hace un momento, en que me doy cuenta que el periodismo que me están pidiendo que ejerza desde fuera es uno de círculo vicioso en el que siempre acabas en los mismos lugares. Empiezo a pensar que la única forma de hacer aquello que verdaderamente quiero es por la vía de los libros. Empiezo haciendo «Senda de Campeones», que es una especie de reportaje largo que todavía lo enfoco en aquel momento como periodismo sobre, en resumen, cómo funciona La Masía.

Lo cierto es que esa experiencia me gustó y pensé que esta era otra vía para olvidarme de este periodismo de círculo vicioso. Además, lo compaginaba con mi revista, por lo que tenía cubierto todo lo que me apetecía. Conseguí mantener la revista durante años a pesar de escribir los dos primeros libros de Guardiola, yéndome a Alemania y estando allí de forma permanente. Pero cuando ya me metí en «La evolución táctica», que tardé seis años en hacer, me di cuenta de que era incompatible. Programé una eutanasia lenta por la que la revista cierra al cabo de un año y ya me pude dedicar a los libros por entero.

Volviendo a «Senda de Campeones», el estilo y ese Johan Cruyff al que tú conoces cuando llega al Barça y luego es entrenador. ¿La Masía marcó el estilo y Cruyff se adaptó o él fue el artífice? 

El estilo lo marcó Johan Cruyff. La Masía, más allá de ese concepto de formación para chicos jóvenes que pueden estudiar y compaginar el fútbol… Evidentemente, tenía un estilo, sí, relacionado con el que ha poseído siempre el Barça desde los orígenes: un estilo del juego de pases escocés que surge de aquella influencia y se desarrolla a lo largo de un siglo con altibajos. La Masía tiene ese estilo natural de jugar del Barcelona, pero quien imprime carácter de verdad es Cruyff, sin ninguna duda.

Muchos hablan de ese DreamTeam como precursor del fútbol moderno, pero personalmente pienso que lo hace mucho antes con el Dinamo de Kiev de Valeri Lobanovski que gana la Recopa de 1986, el Real Madrid de la Quinta, que llegaron antes del Milan de Sacchi y jugaban a otra velocidad. 

Creo que no es el Barça de Cruyff. No me quiero ir al 1863 e intentaré ir al fútbol entendido por «moderno», pero hay que recordar a los húngaros, los Mágicos Magiares, como el primer gran símbolo al que siguen muchos otros equipos. Hay dos equipos que rompen con la dinámica del juego que existía hasta ese entonces y que entroncan claramente con esos Mágicos Magiares, que son la Naranja Mecánica y la Alemania de 1972, que era un prodigio de juego y probablemente el equipo más desconocido de los grandes.

En los años ochenta todavía quedan grandes equipos que mantienen esa dinámica de juego rápido, preciso y que, desde el punto de vista visual, eran muy emocionantes para el espectador, el Brasil y la Francia de 1982 y 1986. Luego, el Dinamo de Lobanovski, sin duda, al igual que el Milan de Sacchi con otra perspectiva y otro concepto. También incluyo ahí al Madrid de la Quinta y el DreamTeam es uno más de esta cadena de grandes equipos que surgen a partir de los Mágicos Magiares. Sin embargo, a partir de 1992 hay un retroceso terrible. Como todo proceso, el fútbol siempre ha sido acción y reacción. Y después de tantos años de equipos formidables en esa línea, llega un paso atrás en dirección a otros conceptos de juego, legítimos, pero distintos.

Martí Perarnau

Ahora que hablas de aquellos Mágicos Magiares, siempre he pensado que, si pudiera retroceder en el tiempo y ver un partido en directo, sería aquel Inglaterra – Hungría. ¿Y tú?

¡Hombre! El de Wembley. Aquel tres a seis. Creo que es «el partido» y lo he visto varias veces en YouTube.

Es curioso, pero esa selección de Hungría no gana el Mundial, al igual que sucede con otros equipos a los que te referías como la Naranja Mecánica o la Brasil de 1982. 

Tampoco lo había ganado el Wunderteam de Sindelar en 1934 porque perdió con Italia. Creo que forma parte de la esencia del fútbol, que es la esencia azarosa del deporte. Y, además, se repite. Austria en el 34, Hungría del 54, Holanda del 74, Brasil del 82 y podríamos seguir. No es extraño que un equipo histórico, el mejor de todos, no consiga, en un determinado momento, un título que parecía claro. Hay mil cosas, pero creo que el fútbol tiene un componente de azar tan potente que no me parece una casualidad que haya ocurrido esto.

Volvamos a Cruyff. ¿Sin él hubiera sido posible Pep Guardiola? 

Probablemente la respuesta es que no, pues a Pep no le habrían dado la oportunidad de jugar, luego no habría aprendido lo que aprendió con Johan y no hubiera sido el entrenador que ha sido. No, no habría sido posible.

Me hablabas antes de tus inicios en el periodismo y tu afición al FC Barcelona. ¿Cuál ha sido el jugador que más te ha impresionado sobre el césped? 

Para mí, Cruyff, la temporada que llegó en la 1973-1974, ha sido lo más impactante que he visto nunca. ¿Han sido mejores Maradona y Messi? Sin duda. Pero Cruyff sorteando entradas de defensas que iban a por su pierna, a su rodilla y a su alma… Esa sensación de invencibilidad que tenía Johan sobre el campo cuando conseguía lo que parecía imposible y todos iban a por él. E ir a por él significaba lo de Gentile a Maradona en Sarriá –que también lo vi en directo– que era una broma comparado con lo que diez años antes le hacían a Johan. Era invencible, no podían con él. Para mí es lo que más me ha impactado, quizá porque también era más joven.

Tu primer libro sobre Pep Guardiola es Herr Pep. ¿Cómo surge? 

Conocí a (Manel) Estiarte en Moscú, en los Juegos Olímpicos, y allí nos hicimos amigos, algunas gamberradas juntos… y mantuvimos la amistad durante muchos años. Cuando surge, estaba buscando un siguiente tema después del libro de La Masía, no sabía por dónde tirar y, cuando surgió su fichaje por el Bayern, le llamé para exponerle: «Mira, tengo esta idea, he pensado ir a Múnich, pasarme un año allí, ver los partidos y explicar lo que hace, cómo lo hace y, si puedo tomar algún café con él un día, pues sería maravilloso».

Personalmente, había conocido a Pep en Senda de Campeones, hubo un día en que Estiarte me consiguió una entrevista y me contó cosas de La Masía. En esta ocasión, Estiarte me dijo que iba a hablar con él y, al cabo de unos meses, llamó, me convocó en Múnich y comentó que Pep había dicho que sí. La sorpresa fue que, en lugar de tomar un café, lo hizo para decirme: «Puertas abiertas y puedes verlo todo». Esa generosidad que mostró fue una sorpresa, quiso hacerlo así y lo aproveché.

Hubo un día en que Pep me comentó que Manel ya le había contado la idea y que podía entrar en todas partes. Lo único que me pedía era que no contara las alineaciones y los secretos fuera: «Puedes verlo todo y sé discreto, sé prudente, pero puedes estar en todas partes». Ese día me quedé… Tardé mucho en reaccionar, pues no era lo que había pedido, sino muchísimo más. Fue muy chocante.

Es el primer paso de todos los documentales que luego hemos visto en Prime, Netflix… y, además, con Pep Guardiola, que siempre ha dado mucha sensación de hermético. 

Él es una persona muy centrada en su trabajo. De hecho, sus cuatro años en el Barça no están documentados porque no dejó entrar nada. Luego, cuando permitió que entraran las cámaras de Prime para el documental del Manchester City, es porque ya había vivido toda la experiencia de mis dos libros con él en el Bayern y había visto que no pasaba nada malo.

Hubo un día en que les comenté que, cuando escribiera el libro, les iba a pasar una copia para que ellos pudieran echarle un vistazo, pero me respondieron: «No, no. Es tu responsabilidad, publica lo que tú quieras». Ahí Manel hizo una reflexión muy interesante: «Con que expliques lo que pasa, el 80% será bueno y el 20% malo, es un porcentaje pequeño». Con ese argumento tan simple convenció a Pep. Luego, el propio Guardiola vio que los dos libros no habían provocado ningún cataclismo en ningún lado y, con todo eso, cuando apareció la posibilidad de meter las cámaras para ese documental ya estaba a favor.

Martí Perarnau

¿Y hubo  algo de autocensura? ¿Temas que no sacaras por respeto? 

Sí, pero básicamente con los jugadores. Pensaba que hay que entender que hay momentos en la vida de un vestuario donde existe tensión: un futbolista ha cometido un error muy grave en un partido, a lo mejor hay expresiones gordas y, por respeto al jugador, he tenido una cierta prudencia. Nunca me he autocensurado, pero sí que ha habido cierta prudencia de «¿Esto le va a aportar algo significativo al libro? ¿No? Pues dejemos correr esta bronca y ya está».

Pep dijo que no quería leer aquel borrador cuando terminaras el libro, pero ¿no te dio ningún feedback cuando lo publicaste? 

No los ha leído. Siempre me ha dicho lo mismo. En el último libro, el tercero, ya del Manchester City, porque hacía falta para cerrar una trilogía, también me lo comentó. En la entrevista con él con la que cierro el libro me señaló lo mismo: «No he leído y no lo voy a leer hasta que no sea mucho mayor y aproveche las tardes después de jugar al golf con una copita de vino. Será ahí cuando empezaré a leer lo que hicimos».

De todo este tiempo que pasaste viendo, paladeando y disfrutando para dar forma a los tres libros, ¿qué fue lo que más te sorprendió de lo que viste? 

Pensé que todo era más sofisticado de lo que es en realidad. Desde fuera lo sofisticamos más, lo trascendentalizamos y lo revestimos con un lenguaje a veces pseudocientífico, pero la realidad es más simple. No menos interesante, pero más llana. Son gente que juega al fútbol y una persona que hace de entrenador dirigiendo a un grupo que tiene días buenos, malos y aciertan y fallan como todo el mundo. Lo cierto es que es mucho más próximo a la realidad de cada uno de nosotros en nuestros trabajos. Mucho más eso que  poner a un astronauta en la luna con una gran sofisticación.

¿No piensas que Guardiola es mucho menos «guardiolista» que muchos otros técnicos que han idealizado una idea y se aferran a ella pase lo que pase? 

Pep no es un talibán. Él es un entrenador muy resultadista, que quiere ganar. Se ha creado una especie de religión llamada «guardiolismo» que pretende interpretar lo que hace y lo que dice Pep y que va más allá de lo que en realidad hace y dice el propio Pep. Él lo que quiere es ganar cada partido, uno tras otro. A continuación, viene el cómo quiere ganarlos. Quiere hacerlo jugando de una determinada manera, porque cree que esta manera es la que más fácilmente le va a llevar a la victoria. No es por razones estéticas, sino porque es la fórmula que le va a llevar a la victoria. Y a veces le lleva y a veces no, como ocurre con todas.

Hay un pasaje muy interesante en «Dios salve a Pep» donde explicas cómo cambia la forma de jugar para enfrentarse al Leeds de Marcelo Bielsa porque sabe que con esa fórmula va a ser más sencillo lograr la victoria. 

Si pensamos en el qué, él quiere ganar. Si pensamos en el cómo, quiere ganar jugando de una manera que cree que le acerca más a la victoria. Si mañana se da cuenta de que hay una manera distinta de llegar a la victoria, lo va a hacer. En tercer lugar, entre los propósitos que tiene también está el intentar provocar emoción en la gente, en los aficionados, y que estos disfruten con lo que están haciendo. Y cuarto, él siente que tiene muy poco talento si se compara con Cruyff, por lo que tiene que trabajar muchas más horas para compensar esa falta de talento.

Es tremendamente perfeccionista. 

Claro. Cuando un defensa sale jugando el balón y falla, él cree que la solución no es que meta un balonazo, sino que se prepare mejor, se entrene mejor y corrija esas cosas.

¿Y esa exigencia que tiene con él también la proyecta a los jugadores? 

Es muy exigente con los jugadores, pero en ese sentido de «tenemos que intentar perfeccionar todo al máximo para que salga como creemos que debe hacerlo».

Martí Perarnau

Ahí está todo el tema de los microentrenamientos. 

Lo hace de una manera no programada, sino muy natural. De una manera tan natural como que a veces ves que termina un partido e, independientemente de que haya ganado, perdido o empatado, se va directamente a un jugador, lo agarra por los hombros y empieza a decirle cosas que en la tele no ves, pero lo que está haciendo es corregirle cosas que han ocurrido durante los noventa minutos: si ha perfilado mal el cuerpo, le ha pasado el balón a la pierna mala de un compañero o no se ha dado cuenta de que su rival ha hecho seis veces no sé qué movimiento.

Le está corrigiendo allí, en caliente, este tipo de cosas. ¿Por qué lo hace en ese momento, que probablemente es el peor? Porque no lo hace de manera premeditada y planificada, sino de forma natural y cuando surge. ¿Es en un entreno? Lo hace en el entreno. ¿Surge en el partido? En el partido. ¿Es una mañana cuando están en el vestuario y se pone a ver un vídeo? Lo hace ahí.

Todo este tema de microentrenamientos, perfilarse, roles… me parece muy de La Masía. Luis Cembranos explicaba que en muchos entrenamientos con Cruyff le ponían a jugar en otras posiciones para que supiera qué iban a esperar los compañeros de él

Todo esto lo generó Johan con una manera de concebir el juego muy específica y también muy concreta para cada perfil y cada rol de jugador. A continuación, Van Gaal aportó mucha metodología a eso. Cruyff aportó los criterios y, una vez establecidos, Van Gaal –dado que en el fondo los criterios eran similares– le aportó método a esto. Y luego, los propios entrenadores de La Masía han ido conformando una metodología de formación que hace que se les enseñe a los niños toda una serie de movimientos, ejercicios, de acciones que tienen que hacer.

Pep ha tenido muchos acompañantes de nivel como Tito Vilanova, Mikel Arteta, Dome Torrent, Lillo… ¿le gusta que le pongan en duda y así ayudarle a ver otras perspectivas? 

Él busca ser un poco desafiado, no tener un grupo de pelotas al lado que le digan que sí a todo, porque eso no le interesa. Él necesita exigencia, siempre lo dice. Precisa exigencia, crítica. La crítica extrema, como a todo el mundo, le sienta mal y, por otro lado, le estimula a mejorar. En el fondo, no la ve mal, pero necesita también la crítica interna desde el punto de vista de quien es su ayudante, que le aporte interrogantes.

Tras una derrota por 1-0 ante el Real Madrid en semifinales de Champions, desde el Bayern se comienza a decir que el Bayern debía «incendiar los árboles en Múnich» en la vuelta, hubo una sobreexcitación de los alemanes, todo acabó con 0-4 del Real Madrid y Pep Guardiola cree que hubo un error. Años después, ya en el Manchester City y una situación similar tras la ida, tuvo miedo a que los suyos jugaran a la velocidad que les iba a pedir la afición y no a la que deberían. 

Se repite un poco aquello que ocurrió en 2014. Recuerdo perfectamente la sobreexcitación aquí en Madrid, sobre todo de Rummenigge, que disparó los ánimos y, a partir de ahí, arrastró a los jugadores: «Tenemos que salir a muerte y el Allianz debe ser una caldera». Me acuerdo muy bien de la reunión con los jugadores un día antes del partido, donde los futbolistas le dicen a Pep: «El ritmo de partido tiene que ser este», que era completamente distinto del que quería él.

De hecho, Pep quería salir con un 5-3-2 porque hay un resultado de tan solo 1-0 en contra, por lo que podías meter un gol en el minuto 85 e irte a la prórroga; pero los jugadores salieron de otra manera y aquello fue un desastre. Por eso, cuando pasan nueve años, se repite la historia al revés. Entonces, el mensaje de Guardiola a los jugadores el día antes es el contrario: «Vamos a salir a conservar el resultado, a no dejarnos llevar por el público ni por las emociones».

Con lo cual, aquellos salen como si se hubieran tomado una tila. Y lo que ocurre es que, desde esa tranquilidad, arrasan al Madrid y le meten 4-0. Y hacen una cosa increíble, pues el Madrid, creo, está veintitrés minutos sin conseguir pasar del centro del campo. Eso define mucho cómo es Guardiola, su personalidad, su forma de ver el fútbol y cómo ha ido creciendo. Es un entrenador que se ha sabido adaptar muy bien y con una idea muy clara. Él pide eso al equipo porque es su forma de ver el fútbol, de sentirlo.

A lo mejor es una barbaridad esto que te voy a preguntar, pero: dejando a un lado todas las connotaciones sentimentales, ¿Pep Guardiola podría ser entrenador del Real Madrid, un equipo que depende tanto de ese gen, de la sobreexcitación, de las noches del Bernabéu con esas remontadas? 

Dejando aparte que es una situación imposible, creo que sí podría hacerlo, pero intentaría aplicar su idea, sus conceptos y aprovecharse del potencial anímico y emocional que tiene el Bernabéu y el madridismo a su favor, no en su contra, pues las emociones son básicas y fundamentales en el deporte. El problema es cómo consigues ponerlas a tu favor y no en tu contra.

Martí Perarnau

Aquella Champions 2021-2022 del Real Madrid es un claro ejemplo con tanta remontada que muchos no podrían explicar desde la lógica. 

Lo que pasa es que, en realidad, no estamos debatiendo del punto de partida de la emoción, sino de su desarrollo posterior. Si el punto de partida es el del Bayern, de «vamos a quemarlo todo», en realidad te estás autoquemando tú. Si el punto de partida es el del City, de «vamos a jugar con mucha frialdad y mucha tranquilidad», en realidad, cuando empiezas a imponer tu juego y metes el primer gol, es tu ritmo y tu dinámica como equipo la que arrastra a tu afición y, al final, tú enciendes el estadio. No es encenderlo previamente, pero partes desde la frialdad y eso se va encendiendo.

Cuando publicas La evolución táctica del fútbol, señalas que en 1945 ya está todo inventado. 

En 1945 está inventado el fútbol, completamente. Lo mires por donde lo mires, busques el ejemplo que busques, está todo inventado. Lo que hay a partir de entonces son innovaciones. Creo que es algo consustancial al ser humano y la historia, donde ha habido grandes inventos y, luego, grandes innovaciones.

En el fondo, podríamos dividir, aunque sea un poco burdo esto que digo, entre una época en la que el ser humano inventó cosas y luego otra en la que ha hecho innovar a partir de esos inventos. Innovar no es más que darle usos diferentes a determinados inventos. El teléfono móvil lo inventa en 1973 Martin Cooper en Motorola y es un trasto, pero treinta y tantos años después Steve Jobs innova el iPhone y, evidentemente, hoy nos parece que quien inventó el teléfono móvil fue él. Pero él, lo que hizo, fue innovar algo que ya existía. Así ha sucedido con todo y el fútbol es exactamente igual: se pasa ochenta años con una serie de evoluciones internas y externas que permiten que en 1945 podamos decir: «Está todo inventado».

Dicho esto, a partir de los años 50, que además coincide más o menos con la aparición del fútbol televisado, lo que hay es una innovación sobre lo ya inventado. Gente que cada equis tiempo aplica una vieja idea, pero en un entorno totalmente distinto. Quizá el ejemplo más bestia sea el de Guardiola con Messi de falso 9 en el Bernabéu, cuando mucha gente dijo «Guardiola ha inventado el falso 9». ¡Por Dios! Hacía cien años que José Piendibene era el falso 9, por lo que no deja de ser una innovación.

Han pasado muchísimos años sin ningún falso 9 en el fútbol y, de pronto, Guardiola recupera una vieja idea y la sitúa en un entorno totalmente nuevo, con balón, césped y todo moderno; con un astro mundial de primera fila haciéndolo y un resultado apoteósico. Por lo tanto, es una gran innovación, pero no un invento.

¿Qué es lo más importante de estas innovaciones, las ideas del entrenador o que las implementen jugadores del nivel de Messi, como en este caso del falso 9? 

En mi opinión, el fútbol es básicamente una batalla de ideas que se libran sobre el terreno de juego. Las ideas son de los entrenadores y quien ejecuta son los jugadores. Puede haber ideas brillantes mal ejecutadas por los jugadores, puede haber una porquería de idea ejecutada por un tío con un talento extraordinario que la convierte en buena o, de vez en cuando, hay momentos históricos donde se juntan grandes ideas con grandes talentos.

Pero lo que no cambia es que el fútbol es una batalla de ideas pensadas por los entrenadores, a veces sugeridas por los jugadores. En ocasiones, hay jugadores que hacen determinadas cosas que provocan que el entrenador comience a pensar en convertir eso en una idea de juego.

Antes hablábamos de la importancia que tuvo Cruyff en que hayamos podido disfrutar de Guardiola, pero ¿qué importancia ha tenido el propio Pep para que Leo Messi haya sido esta versión de sí mismo? 

Muchísima. Creo que, sin Pep, habríamos visto una gran dimensión de Messi, pero a un nivel inferior del que hemos visto. Guardiola, como ha reconocido el propio Leo, le aporta en esos cuatro años una serie de conocimientos del juego, del porqué de las cosas, que luego Messi, con una gran inteligencia futbolística, las desarrolla y explota. Le aporta muchísimo.

Martí Perarnau

¿Cuál ha sido la mejor obra de Pep Guardiola en un equipo? 

Es muy difícil. ¿Cuál es la mejor obra de Miguel Ángel, de Leonardo o de cualquier otro gran artista? Es tremendamente complicado elegir y habrá a quien le guste más una u otra porque siente unos colores. Si tuviera que elegir, tengo tres obras. Una es la final de Champions League de 2011 entre el FC Barcelona y el Manchester United, un partido formidable y una obra de arte perecedera, aunque, como está grabada, se puede volver a ver.

Para mí, esa es la primera gran obra maestra y la segunda es la semifinal de Champions contra el Atlético de Madrid, donde queda eliminado en 2016 con el Bayern. La tercera es la semifinal de Champions de 2023, el 4-0 del Manchester City donde consigue jibarizar al Real Madrid de una forma inverosímil.

Otra de tus vinculaciones al fútbol es por tu hija Marta, que es profesional.

Marta y su hermano Martí empezaron practicando atletismo, ambos en vallas, como su abuelo, y llegaron a participar en campeonatos de España. Pero Marta también jugaba al fútbol desde pequeñita porque le gustaba mucho e incluso la llamaban la Iniesta del colegio. Poco a poco fue avanzando, entró en el Rayo Vallecano y, a los diecisiete o dieciocho años, llegó un momento en el que tuvo que elegir. Tuvimos una conversación para quitarle la sombra de que tuviera que dedicarse al atletismo como sus padres e hiciese lo que realmente le gustase.

Dudó mucho, pero acabó eligiendo el fútbol y ha tenido una carrera profesional muy completa, en la que ha sido feliz. Tuvo la oportunidad de crecer y formarse en un equipo como el Rayo Vallecano, que es una gran escuela de valores y, en ese momento, estaba muy arriba, venía de jugar la Champions y tenía un nivel impresionante.

Su inicio en el equipo coincide precisamente con el boom del Barça y, de hecho, uno de los primeros partidos de Lieke Martens en España fue en Vallecas, con Marta como marcadora. Nos pasamos una semana estudiándola para ver cómo podría frenarla. En ese partido, logró que la que era considerada la mejor jugadora del mundo no destacase. Fue uno de los días de los que estoy más orgulloso, porque en ese Barça ya estaban Alexia Putellas, Toni Duggan… un lujo.

Sin embargo, Marta vivió el gran Barça mientras el Rayo caía por una serie de razones que no vienen al caso. Estuvo allí unas temporadas antes de fichar por el Betis y luego abrir la frontera en México, fue la primera española en firmar cuando llegó al Atlético San Luis, donde la nombraron capitana del equipo. Ahí tuvo dos temporadas muy buenas y también jugó en Islandia, Italia, etcétera. En resumen, lleva entre ciento treinta y ciento cuarenta partidos en primera división, que no está nada mal para alguien a quien los médicos dijeron que no podría ni caminar.

 ¿Y eso?

Marta nació con los pies zambos, hacia adentro, y a los tres meses la operaron de los tendones de Aquiles. Nos dijeron que sería complicado que caminase, pero ella es una persona con mucha fuerza de voluntad: caminó, corrió, hizo atletismo y tiene ese currículum en el fútbol. Es de lo que más orgullosos estamos.

Tu hijo Martí se dedica a la música.

Como te comentaba, él también hizo atletismo, participó en un campeonato de España de ciento diez metros vallas y en un par de campeonatos más. Pero, a los diecisiete o dieciocho años, dijo: «A mí lo que me gusta es la música». Empezó con ello y ahora es un muy buen productor musical. Es un mundo completamente diferente. Tanto él como Marta han conseguido todo por sí mismos, por su cuenta y riesgo. Nosotros les hemos dado formación, ánimo y poco más.

Martí Perarnau

Hace poco salió tu último libro, «El fútbol y su filosofía».

Ha sido un libro muy diferente que, además, me permite abrir nuevas etapas, pues la de Pep terminó con la trilogía. Ahora tengo cuatro o cinco ideas para seguir escribiendo y mi intención es continuar mientras la editorial quiera.

Escribir un libro es duro… y no tan rentable como puede parecer.

No, pero yo soy un señor jubilado que cultiva tomates en su jardín. Tengo esto como un hobby al que le dedico el tiempo libre que tengo. No he escrito ningún libro pensando en las rentas ni en lo que se pueda sacar. Es cierto que los libros de Pep han sido un éxito internacional y se han vendido muchos ejemplares, pero nunca los he escrito con ese fin.

4 comentarios

  1. Pingback: Martí Perarnau repasa su vida entre el atletismo, el periodismo y el fútbol - Hemeroteca KillBait

  2. José Antonio Ibáñez

    Gracias por esta extensa y excelente entrevista. Conozco a Martí por sus colaboraciones en RAC1, y me leí su libro “la senda de los campeones “. Siempre me había parecido una persona muy interesante y agradable, y esta entrevista me ha dado la oportunidad de conocerlo mejor. Muchas gracias de nuevo.

  3. Creo que es el primer periodista español de la historia que se atreve a hablar, aunque sea por encima, del dopaje español en BCN 92… olé si valentía!!

  4. Martí Perarnau hablando sobre la metodología de La Masía (brevemente) cuando aquí el gran Javi Roldán nos dijo que eso era una pamplina, que el éxito viene por el mero talento de los chavales y que La Masía no hace nada que no haga Valdebebas u otra academia. Supongo que Paco Seirul.lo (un mindundi) divaga en cientos de páginas en su libro basándose en majaderías… lo dice Javi Roldán.

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